Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XXII después de Pentecostés

    Exordio.

    El penitente y el religioso. La contrición y la confesión

    1. “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: “El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos” (Mt 18, 23).

    Se relata en el libro de Daniel que, “por orden del rey, Daniel fue vestido de púrpura, se puso a su cuello un collar de oro y se proclamó que él tenía el tercer grado de poder en su reino” (5, 29). Vamos a analizar lo que signifiquen estos cuatro puntos: Daniel, la púrpura, el collar de oro y el tercero en el reino.

    Daniel se interpreta “causa de Dios” o “juicio de Dios”. Considera que la causa es un impulso del ánimo para obrar. Causa es llamada así de casus, acontecimiento, por el cual sucede, En efecto, es el origen y la materia de una empresa, que cuando se propone, es causa; cuando se la trata, es juicio; y cuando se la acaba, es justicia. Causa es llamada también caos, que sucedió al principio de todas las cosas. El origen de cualquier cosa es llamada causa. Daniel simboliza al penitente, que por el temor y el amor de Dios hace de sí mismo causa, juicio y justicia. Este es el significado de las tres cosas sobredichas: la púrpura, el collar de oro y el tercero en el reino.

    Hace causa a sí mismo con la contrición, que es origen de toda cosa justa y es un impulso del ánimo para hacer el bien. Hace el juicio en la confesión, en la cual se sondea y se examina. Hace la justicia con la satisfacción, en la cual da a cada uno lo suyo: a Dios la oración, a sí mismo el ayuno y al prójimo la limosna. En esto consiste la satisfacción. El Rey de los reyes, Jesucristo, ordena que Daniel se vista de púrpura. La púrpura, que es color sangre, simboliza la contrición del corazón, de la que procede la sangre de las lágrimas.

    Se lee en el cuarto libro de los Reyes que, “al amanecer, cuando el sol brillaba sobre las aguas, los moabitas vieron desde lejos las aguas rojas como sangre y exclamaron: “¡Esto es sangre de espada!”. A la letra se entiende así: “Cuando los moabitas vieron de lejos las aguas del torrente atravesadas por los rayos del sol, sospecharon que estuvieran rojas de sangre, y exclamaron: “Los enemigos se mataron mutuamente” (3, 22-23).

    En sentido moral. Cuando en la mente nace el sol de la gracia, entonces las rojas aguas de las lágrimas, como sangre, vienen por el camino de Edom, o sea, despuntan en los ojos del penitente. Y de veras estas aguas son sangre de espada. Cuando el corazón del pecador es herido por la espada de la contrición, derrama lágrimas de sangre. Con razón, pues, se dice: “A la orden del rey, Daniel fue vestido de púrpura”.

    “Y se le puso al cuello un collar de oro”. El collar está compuesto por varios círculos de oro que del cuello descienden al pecho. El collar de oro al cuello simboliza el círculo de la sincera confesión en la boca del pecador, de la que el Señor dice: “Te puse un collar alrededor de tu cuello” (Ez 16, 11). Y con razón la confesión es llamada collar o círculo de oro. La Sabiduría “llega de una extremidad a la otra con fuerza” (Sab 8, 1). El pecador, revolviendo en el círculo de la confesión desde el primero al último pecado, debe incluirlo todo como girando alrededor, como hacía el Profeta, cuando decía: “Giré alrededor e inmolé en su tienda”, o sea, en la santa iglesia, “sacrificios de alabanza” (Salm 26, 6), o sea, de la confesión. Y de este círculo dice el Señor al diablo: “Pondré un círculo a tus narices y te haré volver por el camino por el cual viniste” (Is 37,29).

    Considera que de tres manera se comete el pecado mortal, que es el camino por el cual el diablo entra en el alma, o sea, con la sugestión del diablo, la complacencia de la carne y el consentimiento del espíritu. En los primeros dos casos el pecado es venial, en el tercero es mortal. Cuando el pecador en la confesión, con la que rechaza la sugestión, se arrepiente del consentimiento de la mente, y se castiga con la satisfacción por la complacencia de la carne, entonces el Señor pone un círculo a las narices del diablo, o sea, a sus astucias y a su malicia, y lo hace volver por el camino por el cual llegó. En efecto, todas las cosas si curan con su contrario (Gregorio).

    “Y se proclamó que Daniel ocupara el tercer grado de poder en su reino”. El reino de Cristo es la vida del justo. “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36). La vida del justo consiste en las tres cosas sobredichas. Y es tercero en el reino de Cristo aquel que guía su vida por la satisfacción de las obras penitenciales. En este tercer prodigio fallan los magos del faraón, o sea, los sabios de este mundo, que no quieren dar reparación por sus pecados. En cambio, el auténtico penitente, para ser digno de participar en el reino celestial, se esfuerza por ser tercero en el reino de aquel rey, del cual habla el evangelio de hoy: “Semejante es el reino de los cielos a un rey”.

    2. Presta atención a los tres momentos de este evangelio: la condonación de la deuda de parte del rey, la ingratitud del siervo inicuo, su encarcelación o tortura. El primero: “Semejante es el reino de los cielos”; segundo: “Al salir, ese siervo halló a uno de sus consiervos”; tercero: “Entonces el rey lo llamó”.

    En el introito de la misa de hoy se canta: “Yo tengo pensamientos de paz, dice el Señor” (Jer 29, 11). Se lee después la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los filipenses: “Confío en el Señor Jesús” (Filp 1, 6), que vamos a dividir en tres partes y concordar con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Confío”; segunda: “Dios es mi testigo”; tercera: “Por eso ruego”.

    Y presta atención que en el evangelio de hoy Mateo trata del siervo inicuo que no quiso tener compasión de su consiervo; en cambio, el apóstol ama profundamente a todos en el amor de Cristo y exhorta que también en ellos abunde el amor. He ahí por qué esta epístola se lee junto con este evangelio.

    I El rey condona la deuda al siervo

    3. “Semejante es el reino de los cielos a un hombre rey que quiso hacer las cuentas con sus siervos” (Mt 18, 23 … ). Este hombre rey es Jesucristo: hombre en su humanidad, rey en su divinidad; hombre en la natividad, rey en la pasión, en la que recibió las insignias reales: la corona, la púrpura y el cetro. Tuvo la corona de espinas, el manto de escarlata y en mano, como cetro, la caña; y después, “los saldados doblaban las rodillas delante de él y lo escarnecían diciendo: “¡Ave, rey de los judíos!” (Mt 27, 29).

    Sobre esto tenemos una concordancia en Daniel: “Miraba en una visión nocturna, he ahí que venía en las nubes del cielo”, que simbolizan a los predicadores, “uno como un hijo de hombre, que llegó hasta el Anciano de días” (7, 13). En efecto, “desde lo más alto del cielo es su venida” (Salm 18, 7), o sea, la venida de aquel que es en todo igual al Padre, que quiso pedir cuentas a sus siervos. Pide cuentas, cuando examina los méritos de cada uno en este mundo y que los examinará con mayor severidad en el futuro.

    Y también sobre esto tenemos una concordancia en Daniel, donde dice: “Yo seguía mirando hasta que fueron colocados los tronos y se sentó el Antiguo de días. Su vestidura era blanca como la nieve; y los cabellos de su cabeza eran como lana limpia; su trono era como llamas de fuego con las ruedas como fuego ardiente. Un río de fuego corría rápido delante de El. Miles de millares lo servían y miles de miríadas lo asistían. El juez se sentó y los libros se abrieron” (7, 9-10). Explica la Glosa. “Los ángeles y todos los elegidos acompañarán al Señor en el juicio, y serán los tronos de Dios, porque sobre ellos se sentará. Dice mateo: “Cuando el Hijo del hombre venga en toda su majestad y todos los ángeles estarán con El (Mt 25, 3 1), porque ellos son los testigos de todos los actos de los hombres, los que obraron el bien o el mal bajo su custodia (Glosa).

    “Y el Antiguo de días se sentó”, o sea, el Padre. Explica la Glosa: “Aunque en el juicio aparezca la persona del Hijo, sin embargo, no faltan ni el Padre ni el Espíritu Santo. El Padre es por sí mismo; el Hijo es del Padre, y todo lo que tiene, se lo atribuye a aquel del cual es, o sea, al Padre. O también: se dice Antiguo, o sea, juez verdadero y severo. Antiguo es como decir ante quam, antes que. Cristo en el evangelio de Juan dice: “Antes que Abraham existiera, yo soy” (8, 58). Se dice de Dios que “está sentado” y es el Antiguo de días, para que se manifieste su naturaleza de juez eterno. Y se lo describe como Antiguo, para que sea apreciada la madurez de la sentencia.

    “Su vestidura era cándida como la nieve”. El Salvador, transfigurado en el monte y esplendente de la gloria de la Majestad divina, aparece envuelto en vestiduras cándidas. También en el juicio su vestidura será cándida; y esto indica que el juicio será límpido y justo y que en el juicio no habrá preferencias para nadie. Dice Pedro: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas” (Hech 10, 34).

    Observa que dice “cándido como la nieve”. La nieve debe su nombre a la nube, de la cual viene. Dice Ambrosio que a menudo las aguas heladas se solidifican en una nube con el soplo de vientos glaciales, y a través del aire cae la nieve. La nieve es cándida y fría. En el juicio habrá candor para los bienaventurados, frío para los condenados. El candor será en las palabras: “ ¡Vengan, benditos!”; el frío será en las otras palabras: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno! “.

    “Y los cabellos de su cabeza eran como lana limpia”. Sobre este argumento consulta el sermón del domingo II después de Pascua, sobre el evangelio: “Yo soy el buen pastor”.

    “Su trono era como llamas de fuego”. Comenta Orígenes: “El trono de Dios son los monjes y los ermitaños y los demás que, viviendo juntos en un único lugar, se aplican al servicio de Dios sin vagabundear: en sus corazones tranquilos reside Dios. Con razón se los designa como llamas de fuego, porque están inflamados de amor a Dios y de amor al prójimo y del deseo de la patria celestial”. De manera particular se dice llama a la del horno de fundición, porque es atizada por los fuelles. El horno de fuego es el corazón del justo, del cual, con el soplo de los fuelles, o sea, de la contrición y de la confesión, se atiza la llama de la doble caridad.

    Dice el Salmo: “Tú haces, Señor, de los espíritus tus ángeles, y de las llamas de fuego tus ministros” (103, 4). Los ángeles, “mensajeros”, o sea, los justos, son espíritus, porque no tienen gusto de las cosas terrenas ni carnales; y son llamas de fuego, cuando aman a Dios y al prójimo.

    “Sus ruedas son como fuego ardiente”. En las ruedas se designa la rapidez del juicio, del que dice el Señor en el profeta Malaquías: “ Vendré a ustedes para el juicio y seré un testigo ágil contra los calumniadores, los adúlteros y los perjuros; y contra los que defraudan la merced a los obreros; contra los opresores de las viudas y de los huérfanos y contra los que hacen injusticia al extranjero. Todos ellos no me temen, dice el Señor de los ejércitos” (3, 5).

    “Un río de fuego que corre rápido”, o sea, impetuoso, “delante de su rostro”. En el río se designa la perpetuidad de la pena; en el fuego, la severidad del juicio; y en la rapidez, la inmediata caída de los pecadores en la gehena.

    “Millares de miles lo servían y millares de miríadas lo asistían”. Dice el Salmo: “Los carros de Dios son miles y miles” (67, 18). Dos son los cometidos de los ángeles. Dice Gregorio: “Una cosa es asistir y otra cosa es servir. Asisten los ángeles que no salen para llevar mensajes a los hombres; en cambio, sirven los que van para cumplir su cometido de mensajeros; sin embargo, tampoco éstos interrumpen su contemplación de Dios. Y como son más numerosos los que sirven que los que principalmente asisten, el número de los que asisten es casi limitado, mientras el número de los que sirven no tiene límites”.

    “El juez se sentó”, y con él se sentó el colegio de los jueces, “y se abrieron los libros”; o sea, las conciencias y las obras de cada uno son mostradas a todos en cada uno de sus aspectos, tanto en el bien como en el mal. El libro bueno es el de los vivientes; el libro malo (negro) está en manos del acusador, que es a la vez enemigo y vengador, del cual se habla en el Apocalipsis: “Este es el acusador de nuestros hermanos” (12, 10). Y de nuevo: “Y fueron abiertos los libros; y se abrió también otro libro, el de la vida. Y los muertos fueron juzgados por las cosas que estaban escritas en los libros, cada uno según sus obras” (20, 12). Con toda razón se dice: “Semejante es el reino de los cielos a un hombre rey, que quiso pedir cuentas a sus siervos”.

    4. “Y, comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos” (Mt 18, 24). En el número diez está indicado el decálogo, y en el número mil la perfección del evangelio. Todo hombre es deudor a Jesucristo de diez mil talentos, o sea, de la Observancia del decálogo y del evangelio.

    Dice Salomón: “Teme a Dios y Observa sus mandatos” (Sir 12, 13). Se llaman mandatos casi como dados de la mano. Los mandamientos del decálogo fueron escritos por el dedo de Dios (Dt 9, 10); y los mandamientos del evangelio fueron dados a los apóstoles de la mano de Jesucristo. Merece, pues, ser Observado lo que fue dado de la mano de Dios, y para cuya Observancia cada hombre fue creado.

    5. “No teniendo éste con qué pagar, su señor mandó que fuera vendido él con su esposa, sus hijos y cuanto poseía, y saldara así la deuda” (Mt 18, 25). Vamos a analizar lo que signifiquen las obras, la esposa y los hijos.

    La esposa del pecador es la codicia de este mundo. Esta es la estatua de Nabucodonosor, de la cual se dice en Daniel:”Tú, oh rey, estabas mirando; y he ahí una gran estatua. Su cabeza era de oro purísimo, su pecho y sus brazos de plata, su vientre y sus muslos de bronce, sus piernas de hierro, sus pies en parte de hierro y en parte de arcilla, o fango” (2, 31-33).

    Vamos a analizar qué signifiquen el oro, la plata, el bronce, el hierro y la arcilla.

    Sentido alegórico. Esta estatua simboliza a la santa iglesia, que en los apóstoles tiene la cabeza de oro. Dice el Cantar: “Su cabeza es de oro purísimo” (5, 11). Los brazos y el pecho, en los cuales reside la fuerza más grande, la iglesia los tuvo de plata en el tiempo de los mártires, que afrontaron heroicamente los combates. El mismo esposo dice a la iglesia en el Cantar: “Te haremos collares de oro, tachonados de plata” (1, 10). Los collares son cadenas tejidas con haces de oro y de plata. Los collares de la iglesia fueron la humildad y la pobreza, que tuvo en el tiempo de los apóstoles; y al tiempo de los mártires, para que fueran más hermosos, fueron como trenzados de plata, o sea, empurpurados con la sangre. La plata unida al oro, o sea, la sangre de los mártires, en la cual blanquearon sus estolas, con la humildad y la pobreza de los apóstoles, presenta a los ojos de nuestra mente una estupenda belleza.

    Símilmente, la iglesia tuvo el bronce y el hierro en los confesores, que con el sonido de su predicación quebraron la maldad de los herejes. Dice Moisés en el Deuteronomio: “Hierro y bronce son el calzado de Aser” (33, 25). Aser se interpreta “bienaventurado”, y simboliza el bienaventurado coro de los confesores los que, calzados con el bronce de la predicación y el hierro de la constancia invencible, pisotearon serpientes y escorpiones, o sea, a los herejes y a los cismáticos. Dice el Señor por boca de Jeremías: “He aquí que yo te puse en este día como una ciudad fortificada, como una columna de hierro y como un muro de bronce, contra toda esta tierra, contra los reyes de Judá y sus príncipes, contra los sacerdotes y el pueblo de la comarca. Te harán la guerra, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo, dice el Señor, para librarte” (1, 18-19).

    Presta atención a estas tres cosas: la ciudad, la columna y el muro. En la ciudad fortificada está designada la unidad, que de veras defiende y, defendiendo, custodia; en la columna de hierro, la caridad fraterna que sostiene; en el muro de bronce, la invencible paciencia y la constancia en la predicación. Y porque los santos confesores Jerónimo, Agustín, Hilario y los demás doctores de la iglesia tuvieron estas cualidades, por eso derrotaron a los fabricantes de falsedades.

    En fin, la Iglesia, pobrecilla, agitada por las tempestades, entre los desechos del mundo, tiene por así decirlo en los pies el hierro y el barro, tanto en los clérigos como en los laicos. En el hierro se designa la avaricia y en el barro la lujuria. ¡He ahí cuáles son los miembros del cuerpo de Cristo, que es la iglesia: los avaros y los lujuriosos!. Ellos no son la iglesia de Cristo, sino la sinagoga de Satanás.

    6. Sentido moral. Al principio del mundo hubo dos ciudades: la iglesia y Babilonia. Esta estatua es figura del mundo, de la ciudad de Babilonia y de la sinagoga de Satanás. Con razón se la llama estatua, porque es su imagen, su representación. llene boca, pero no habla, porque tiene en la boca el pólipo (tumor) de la avaricia; tiene los ojos, pero no ven, porque los cegó el estiércol de la lujuria; tiene oído, y no oye, porque, como la serpiente, tiene una oreja pegada a la tierra y tapa la otra con la cola, para no oír la voz del embaucador.

    “Su cabeza era de oro puro”. El oro simboliza la sabiduría del mundo; la plata, la elocuencia; el bronce, que es muy sonoro, la vanagloria; el hierro, la obstinación; y el fango, el amor a las cosas temporales. Esta estatua la redujo a pedazos el pequeño guijarro, Jesucristo, que, como dice Daniel, “se desprendió del monte”, o sea, nació de la bienaventurada Virgen, “no por mano de hombre”, o sea, sin el concurso de hombre, “y golpeó la estatua a los pies y se los quebró. Entonces se despedazaron también el hierro, la arcilla, el bronce, la plata y el oro. Y todo fue reducido a ceniza, que el viento barrió; y de la estatua no quedó resto alguno” (Dan 2, 34-35). Así Cristo en su primera venida golpeó la estatua del mundo, que no fue destruida del todo, pero che será destruida en el día del juicio. Dice el Apocalipsis: “Cayó, cayó Babilonia, la prostituta, que emborrachó el mundo con el vino de sus fornicaciones” (14, 8).

    7. Hay otra explicación. Esta estatua es figura del prelado de la Iglesia, eminente y honrado en las cosas del mundo. Esta es la estatua de Baal, que se interpreta “superior” o “devorador”. He ahí el ídolo erigido en la casa del señor, que todo devora. Se lee también en Daniel que, “entre los babilonios había un ídolo de nombre Bel, al cual ofrecían cada día doce ártabas”, que es un tipo de medida, “de flor de harina, cuarenta ovejas y seis cántaros de vino”. ¡He ahí cuántas cosas devora aquel que será devorado por el diablo! También el rey veneraba ese ídolo, y cada día iba a adorarlo. En cambio, Daniel adoraba al Señor, su Dios” (14, 2-3). Observamos que todo esto se realiza cada día en la Iglesia de Cristo. El prelado debería comportarse como Pedro, del que se relata en los Hechos de los Apóstoles que, “cuando Cornelio se echó a sus pies para adorarlo, Pedro lo levantó diciendo:

    “Levántate. Yo también soy un hombre como tú” (10, 25-26).

    El rey preguntó a Daniel: “¿Por qué no adoras a Be¡?”. Le respondió Daniel: “Yo no adoro a ídolos hechos por manos de hombre, sino al Dios vivo que creó el cielo y la tierra y que tiene poder sobre todo ser viviente”. Y el rey le replicó: “¿No te parece que también Bel es un dios vivo? ¿No ves cuántas cosas come y bebe cada día?” (14, 3-5).

    ¡Ay de mí! ¡Cuántas cosas come! Y los pobres gritan a las puertas con el vientre vacío y desnudo. Porque come mucho, por eso es un dios vivo. “Y Daniel, riendo, le contestó: “¡No te engañes, oh rey! Ese ídolo por dentro es de fango”, o sea, goloso y lujurioso,”y por fuera es de bronce”, o sea, soberbio y avaro; “y no come nunca “el alimento que no perece, sino que permanece para la vida eterna” (Jn 6, 27).

    La cabeza de este ídolo, o sea, de esta estatua, es de oro; y en el oro se designa la insípida sabiduría de la carne, que es necedad ante los ojos de Dios; y en la plata, la elocuencia que es una rana de Egipto. De estos dos metales dice el Señor en Ezequiel: “Tomaste tus vasos adornados hechos con mi oro y mi plata, y te labraste figuras humanas y fornicaste con ellas” (16, 17). Con el oro de la sabiduría y la plata de la elocuencia, que el Señor da al prelado de la iglesia, para que sean vasos adornados, con los que recoja la gracia del Espíritu Santo y la ofrezca a los demás, el desgraciado labra para sí ídolos, cuando destruye la gracia de la inteligencia y de la elocuencia con su vida viciosa; y fornica con ellos, cuando por medio de ellos busca la vanagloria en el prostíbulo del mundo, Símilmente, en el bronce se designan las riquezas, que son muy sonoras, “Llamaron sus tierras con sus nombres” (Salm 48, 12). Dice Ezequiel: “Tu nombre se divulgó entre las gentes” (16, 14), no entre los ángeles. En el evangelio no está escrito el nombre del rico vestido de púrpura, sino del pobre y ulceroso Lázaro.

    En el hierro está designado el poder, que despedaza a los pobres. Pero tú, Señor, “despedazaste los dientes de los pecadores” (Salm 3, 8); y “el Señor despedazará los dientes de los leones” (Salm 57, 7). Esta es la fiera de la que habla Daniel, que era “espantosa, terrible y de gran fuerza; tenía grandes dientes de hierro, devoraba y despedazaba; y, lo que sobraba, lo pisoteaba bajo sus pies” (7, 7). En fin, en, el fango se designa nuestra carne miserable que, al caer la piedra, o sea, a la llegada de la ineluctable muerte, será golpeada y destruida. Entonces el oro de la sabiduría, la plata de la elocuencia, el bronce de las riquezas, el hierro del poder, serán despedazados, reducidos a nada y barridos por el viento, porque la carne será entregada a los gusanos, las riquezas a los parientes y el alma a los demonios; y así de ellos no quedará traza alguna.

    Con razón se dice en el evangelio: “El señor mandó que fuera vendido él con su mujer y sus hijos”, porque, como comenta la Glosa, “a causa de la concupiscencia del mundo y de la carne, y por las obras malas, que fueron para él como mujer e hijos, deberá sufrir las penas eternas”.

    Dígnese librarnos de aquellas penas aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    8. “Entonces aquel siervo se postró y lo suplicó, diciendo: “Señor, ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo” (Mt 18, 26). ¡He ahí lo que debe hacer el pecador mientras vive, para que después de la muerte no sea arrastrado con mujer e hijos al suplicio de la muerte eterna. Presta atención a estos tres verbos: se postró, suplicó y te lo restituiré todo, en los que se designan la contrición, la confesión y la satisfacción, por cuyo medio son perdonados todos los pecados. Postrarse es caer a tierra. Cae a tierra el que está de veras contrito y se reconoce tierra. Dice el Salmo: “En tu presencia caerán todos los que bajan a la tierra” (21, 30). Dice “en presencia del Señor”, no delante de la estatua de Nabucodonosor, de la cual se dice en Daniel: “Todos los pueblos cayeron a tierra, para adorar la estatua de oro, que Nabucodonosor había erigido, en el campo de Dura” (3, 7 y 1), nombre que se interpreta “belleza” y también “lenguaje”.

    La estatua de oro es la gloria falaz de este mundo, que es levantada por el diablo sobre la belleza exterior y sobre el lenguaje de las falsas promesas. Muestra la belleza de la gloria y la promete; y así todas las gentes, cayendo de la gloria verdadera, adoran la efímera, y con ella al diablo. Dice el diablo: “Te daré todo esto, si, postrándote, me adoras” (Mt 4, 9). El que quiere impetrar el perdón, no se postre delante de la estatua, sino delante de Jesús; y se postre con el siervo, del cual se dice: “Se echó a tierra y lo suplicó”. Suplicar significa pedir algo con humildad y devoción. La confesión debe ser humilde y devota: humilde, o sea, inclinada hacia la tierra, en el desprecio y acusación de sí mismo; devota, en la solícita voluntad de satisfacer. Entonces podrá decir: “¡Ten paciencia conmigo!”. Dice el Apóstol. “¿Te atreves tú a despreciar las riquezas de su bondad, paciencia y longanimidad? ¿No sabes que su benignidad te impulsa a la penitencia (conversión)?” (Rom 2, 4). El que desprecia tales riquezas, será siempre pobre y miserable.

    “Y todo te lo restituiré”. Restituye todo, el que satisface por todo, para que a la culpa corresponda un castigo proporcionado. “¡Hagan frutos dignos de penitencial” (Lc 3, 8). Y en el libro de Josué se lee que la heredad, tocada en suerte a Judá, pasaba por Sin (15, 1-3), nombre que se interpreta “medida”. Medida es todo lo que se determina en peso, capacidad, longitud y ánimo. La verdadera satisfacción tiene en sí misma estas cuatro propiedades: el peso del dolor; la capacidad del amor, con la que abraza en sí misma a todos; la longitud de la perseverancia final y la humildad del ánimo. Donde se hallan reunidas todas estas características, está disponible la misericordia. Sigue el evangelio: “El señor de aquel siervo, movido a compasión, lo dejó libre y le perdonó la deuda” (Mt 18, 27). Considera que la misericordia del Señor cumple tres acciones: purifica el alma de los vicios, la enriquece con copiosos carismas y la colma con las delicias de los gozos celestiales. La primera acción aflige el corazón con la contrición; la segunda lo ablanda con el amor; la tercera lo inunda de rocío celestial con la esperanza de los bienes eternos.

    Y esto es evidente, gracias a la triple interpretación de la palabra misericordia, que significa “donar un corazón mísero” (en latín míserum cor donans); y esto concuerda con la primera acción de la misericordia del Señor. Misericordia significa también “poner aparte la severidad del corazón”; y esto concuerda con la segunda. También misericordia significa “la gran dulzura que inunda el corazón”; y esto concuerda con la tercera. El señor, colmado de esta triple misericordia hacia su siervo, lo dejó libre y le condonó la deuda. Con este paso del evangelio concuerda de manera excelente y adecuada el introito de la misa de hoy, en el cual el Señor misericordioso proclama: “Yo cultivo pensamientos de paz y no de desgracia”; y en el evangelio: “El señor tuvo compasión de su siervo”. “Me invocarán”; y en el evangelio: “El siervo se postró y lo suplicó”. “Y yo los escucharé”; y en el evangelio: “Lo dejó libre”. “Los haré volver de su cautiverio” (Jer 29, 11-14); y en el evangelio: “Le perdonó toda la deuda”.

    9. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Confío en el Señor Jesús, que, el que comenzó en ustedes la buena obra”, o sea, postrarse en la contrición, suplicar en la confesión y restituir todo en la satisfacción, “la llevará a la perfección hasta el día de Jesucristo”, o sea, hasta el fin de la vida, cuando Dios se hará ver. “Es justo que yo tenga estos sentimientos”, o sea, que yo quiera esto “con todos ustedes”, a los que suplico que hagan lo mismo (Filp 1, 6-7).

    Obren de tal modo que mi confianza no sea vana. Y expone los motivos: “porque los llevo en el corazón”, no sólo en los labios. Deseo que “todos ustedes sean partícipes de la gracia que se me dio en las cadenas” por compasión, “y en la defensa” contra los adversarios, “y en la consolidación de los débiles en la doctrina del evangelio”, para que también en el futuro sean mis compañeros y mis copartícipes de la felicidad eterna.

    Para que merezcamos llegar a esta felicidad, te suplicamos, Señor Jesucristo, que, ya que tú eres la piedra angular, despedaces la estatua de nuestra concupiscencia y nos condones la deuda de nuestra maldad. Dígnate concedérnoslo tú que eres el Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II. - La ingratitud del siervo malvado

    10. “Al salir, aquel siervo halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y, agarrándolo, le ahogaba diciendo: “¡Págame lo que me debes! “ (18, 28). Aquel siervo malvado, olvidando la misericordia divina que le había condonado la deuda, no quiso usar misericordia hacia su consiervo. Y ese siervo tenía el deber de usar misericordia con su consiervo, después que el señor había tenido misericordia con él.

    Cuan grande es la diferencia entre los diez mil talentos y los cien denarios, tan grande, y mucho más, es la diferencia entre el pecado con el cual ofendemos a Dios y el pecado con el cual nos ofende el prójimo, Si Dios, Señor de todo lo creado, te condona una deuda tan grande, ¿por qué tú no condonas al prójimo una deuda tan pequeña? El que se olvida de la misericordia que se le usó, no experimenta más misericordia para nadie. La salida del siervo manifiesta su culpable olvido.

    Leemos en el Génesis: “Dijo Caín a Abel:

    “Salgamos afuera”. Al hallarse en el campo, Caín se arrojó contra su hermano Abel y lo mató”. Esto es justamente lo que dice el evangelio: “Lo aferró y lo quería estrangular”. Caín se interpreta “adquisición”, como lo dijo Eva: “Adquirí un hombre, gracias a Dios” (Gen 4, 8 y 1). Caín es figura del avaro que, cuando sale de la presencia de la misericordia divina, aferra y estrangula a Abel, que se interpreta “dolor”, y simboliza al pobre, afligido por el dolor de la pobreza.

    Sentido moral. Como Caín mató a Abel, así la posesión de las riquezas mata el llanto de la penitencia; y a la posesión, que nace primero como Caín, sigue el llanto de la muerte eterna. Dijo Daniel al rey Baltasar: “No humillaste tu corazón, sino que te levantaste contra el Señor del cielo y no glorificaste a Dios, que tiene en su mano tu respiración y todos tus caminos. Entonces por El fue enviado el dedo de aquella mano que grabó lo que ves en la pared: “Mene, contó Dios tu reino; Tekel, lo pesó, y lo halló falto; Peres, tu reino fue dividido” (5, 22-28).

    En el juicio habrá estos tres momentos: el interrogatorio de los pecadores, la acusación por todo el bien omitido, la ejecución de la sentencia. Entonces el reino de Babilonia será dividido, o sea, la sinagoga de los pecadores será separada del reino de los justos y será entregada a los medos y a los persas, o sea, a los demonios, los que estrangularán a aquel que estrangulaba a los demás.

    “Aferrándolo, lo sofocaba”. El verbo sofocar se compone de so o sub, bajo, y fauces, garganta. Las fauces son llamadas así, porque faudunt voces exhalan las voces, y por ellas nosotros hablamos. El que aprieta las fauces, busca quitar la voz y la vida, La vida del pobre es la poca sustancia de qué vive, como el alma vive de la sangre. Cuando le quitas al pobre su pequeña sustancia, le extraes la sangre y le aprietas la garganta; entonces tú mismo serás estrangulado por el diablo.

    11. “Y su consiervo se postró y le suplicó, diciendo: “¡Ten paciencia conmigo, y todo te lo restituiré!”. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que se fue y lo hizo encarcelar, hasta que pagara la deuda” (Mt 18, 29-30).

    ¡Oh siervo malvado! Con las mismas palabras tú suplicaste al señor y él te condonó la deuda; pero tú, suplicado sobre lo mismo por un compañero, ¡no quisiste condonarle y lo hiciste poner en la cárcel! Pero, créeme, llegará el día en que se cumplirá la sentencia de Salomón: “El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, pero no será escuchado” (Prov 21, 13).

    La cárcel es el mundo, verdadero horno de Babilonia. Y tenemos la concordancia en el libro de Daniel, donde se relata que los siervos de Nabucodonosor “no cesaban de atizar el fuego del horno con bitumen y estopa y pez y renuevos” (3, 46). Bitumen se dice en latín naphta; pero otros dicen que naphta se compone de carozos de aceitunas y de amurca, o hez del aceite. La estopa es llamada así, porque sirve para estopar (calafatear) las hendiduras de las naves. La pez viene del pino, con el cual se hace. Los renuevos son los sarmientos de las vides.

    En la naphta está representada la avaricia, que carece del aceite de la misericordia y que sólo tiene la amurca o hez del dinero. Exprime el aceite de las aceitunas, y sólo queda la amurca. Quita al dinero el aceite de la misericordia; y queda sólo él, como fuego de muerte eterna. En la estopa está simbolizada la vanagloria, que pronto se reduce a ceniza. En la pez, que despide un denso humo, está representada la lujuria, que contamina el alma y echa a perder el buen nombre, En los sarmientos está simbolizada la soberbia; en efecto, los soberbios están cortados de la verdadera vid, que es Jesucristo.

    Con estos cuatro combustibles se alimenta el fuego del horno de Babilonia y arde también todo este mundo; y en este horno se hallan los tres jóvenes Sidrac, Misac y Abdénago. Pero el ángel del Señor aleja de ellos la llama del fuego y refresca el interior del horno, como si soplara una brisa de rocío; y así el fuego no los roza para nada (3, 49-50).

    En estos tres jóvenes se designan aquellas tres virtudes, que vuelven ilesos de la hoguera del mundo a los que las posean. En Sidrac, que se interpreta “mi decoro”, está simbolizada la castidad. Se lee en el Cantar: “Tú eres hermosa y elegante, por tu castidad interior y exterior, oh hija de Jerusalén” (6, 3). Y en el Génesis: “Hijo lozano, José, y de hermoso semblante” (49, 22). Y de nuevo: “Rebeca era una niña muy elegante y virgen hermosísima” (24, 16). Y todavía: “Raquel era de semblante hermoso y de aspecto elegante” (29, 17). En Misac, que se interpreta “sonrisa”, está representada la paciencia, que sabe sonreír también en las tribulaciones.

    En Abdénago, que se interpreta “siervo silencioso”, está delineada la obediencia, que se somete de buen ánimo y calla las palabras de su propia voluntad. Los que poseen estas tres virtudes, están al resguardo del fuego del horno, o sea, del incendio de los vicios de este mundo, por obra del ángel del gran Consejo y por la brisa de rocío, que es la gracia del Espíritu Santo.

    “Los demás consiervos, al ver lo que sucedía, se entristecieron mucho, y fueron, y refirieron a su señor todo lo que había acontecido” (Mt 18, 31). Los consiervos, según el comentario de la Glosa interlineal, son los predicadores del evangelio, o también los ángeles, que refieren a Dios las obras de los hombres. En efecto, dijo el ángel a Daniel: “Desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte delante de tu Dios, tus palabras fueron escuchadas; y yo vine por tus palabras” (10, 12). Comenta la Glosa: “Desde cuando comenzaste a implorar la misericordia de Dios con lágrimas, ayunos y oraciones, yo tomé la ocasión de presentarme a la presencia de Dios, para interceder por ti”.

    12. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Dios me es testigo de cómo los amo a todos en las entrañas de Jesucristo” (Filp 1, 8), o sea, “en el profundo amor de Cristo”, para que sean por El amados, o también para que ustedes amen a Dios y al prójimo con el mismo amor con el que les ama Cristo, que dio su vida por ustedes. Por cierto, todo esto no deseaba el siervo malvado, que quería estrangular a su compañero.

    Se dice “testigo”, porque defiende lo que está establecido. Óptimo testigo es el bienaventurado Pablo, que defendía en sí mismo y en los demás lo establecido por Jesucristo. Las entrañas son las partes internas del cuerpo cerca del corazón; y su nombre suena como vívido, porque en ellas se contienen la vida y el alma. Las entrañas de Jesucristo son el amor con el que nos amó y del que nuestra alma vive. En todas partes hay muerte; sólo en las entrañas de Jesucristo hay vida.

    Dice la Historia Natural que sólo hay cuatro animales, que viven exclusivamente de los cuatro elementos. El álice, o anchoa, pequeño pez, que sólo vive de agua; el camaleonte vive sólo de aire; la salamandra vive sólo de fuego; la talpa vive sólo de tierra.

    Del camaleonte dice Solino que no toma alimentos ni se nutre de líquidos, y de ninguna otra cosa vive sino aspirando el aire. El animal es cuadrúpedo, de movimientos lentos como los movimientos de las tortugas, de cuerpo tosco, de color variado y mudable en un instante, de tal modo que toma el color de las cosas entre las que se halla. Hay sólo dos colores que no puede fingir: el rojo y el blanco; los otros colores los imita con facilidad. Se esconde durante el invierno y aparece en la primavera. Puede ser matado; pero, aunque matado, mata a su matador. Si un volátil come algún pedacito de su cuerpo, al instante muere. En cambio, si lo come el cuervo o alguna ave que toma el nombre del sonido que emiten, la naturaleza los ayuda a hallar alguna defensa o remedio. En efecto, cuando se sienten afectados, toman hojas de laurel y así se curan. La salamandra se llama así, porque puede resistir al fuego. Si trepa por un árbol, envenena todos sus frutos; y no sólo no se quema en un incendio, sino que lo extingue. También se la llama lagarto, del que Salomón habla en los Proverbios: “El lagarto se pilla con la mano, pero vive en los palacios de los reyes” (30, 28). El lagarto es llamado en latín stellio por el color, o sea, tiene el cuerpo punteado de puntos lucientes como un abanico de estrellas. La talpa es así llamada, porque está condenada a una perpetua ceguera: no tiene ojos y pasa su vida excavando la tierra.

    Dado que nos hemos propuesto tratar de la caridad, que es la vida del alma, si en la naturaleza de estos cuatro animales, hallamos algo útil para la edificación de esta virtud, lo vamos a exponer en este lugar. En cambio, acerca de su veneno y de su crueldad, por el momento no querernos hablar. Considera que la caridad, sobre todo, consiste en cuatro cualidades: la compunción del corazón, la contemplación de la gloria, el amor al prójimo y el recuerdo de la propia bajeza.

    En el álice, o anchoa, pequeño pececillo, está simbolizado el humilde penitente, que sólo vive del agua de las lágrimas. Dice con el Profeta: “Todas las noches inundo de llanto mi lecho y riego mi cama con las lágrimas” (6. 7); o sea, inundo de lágrimas mi conciencia por cada uno de mis pecados, que me puede llevar a la eterna noche (muerte); y riego de lágrimas mi cuerpo, mortificado por la penitencia, para que “germine hierba verde que dé semilla, y la planta fructífera que dé fruto según su especie” (Gen 1, 12). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo de Septuagésima sobre el evangelio, “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”.

    13. Y como el humilde penitente vive sólo del agua de las lágrimas, tenemos una muy clara concordancia en Daniel, donde dice: “Yo, Daniel, seguí llorando durante tres semanas; no comí manjar delicado; y vino y carne no entraron en mi boca; ni me ungí con ungüentos hasta completar las tres semanas” (Dan 10, 2-3).

    Observa que el llanto excesivo produce tres efectos: oscurece los ojos, perturba la cabeza y hace empalidecer el rostro. Y así también el ojo del verdadero penitente, que antes solía saquear su alma, se oscurece para que no pueda ver más a una mujer para desearla (Mt 5, 28); y se cierra para que la muerte no entre por las ventanas (Jer 9, 21). Su cabeza, o sea, su mente, se turba por los pecados cometidos. Se dice en el cuarto libro de los Reyes, con el hijo de la sunamita: “¡Me duele la cabeza, me duele la cabeza!” (4, 19). La repetición de la frase indica la vehemencia del dolor. Su rostro se hace pálido por la mortificación de la carne. Dice el Salmista: “Mi carne y mi corazón desfallecen” (72, 26); o sea, se atenuaron la impudencia de la carne y la soberbia del corazón. Estas son las tres semanas durante las cuales el penitente llora. O también: llora por tres semanas, porque ofendió a la santa Trinidad con el corazón, con la boca y con las obras.

    “No comí manjares delicados”. Comenta la Glosa: “Se abstuvo de los alimentos refinados, como debemos hacer nosotros, y mucho más, en el tiempo del ayuno. Los que abusan de las cosas ¡lícitas, deben después abstenerse también de las cosas lícitas. O también: el manjar delicado simboliza el lujo mundano, que hoy muchos desean. Dice Salomón en los Proverbios..

    “Agradable es al hombre el pan de la mentira”, o sea, de la pompa seglar, que finge ser algo, mientras nada es; pero “después su boca se llena de piedras”, o sea, de la pena eterna (20, 17). Dice Job: “Su comida en su vientre se convertirá en la hiel de los áspides” (20, 14). El penitente no come de este manjar; más bien, dice con el Salmista: “Comía la ceniza como pan” (101, 10). Comenta la Glosa: “Comía, como pan, las cenizas, o sea, las sobras de los pecados; haciendo penitencia; consumía los pecados más leves, porque también los pecados leves deben ser destruidos por la penitencia.

    “Y mezclaba con el llanto mi bebida”, o sea, la felicidad temporal (Salm 101, 10). Y añade: “Y no entraron en mi boca ni carne ni vino”, en los que están señaladas la concupiscencia de la carne y la gloria del mundo. La carne es llamada en latín caro, porque es cara, querida. El vino evoca la vena, porque, bebido, llena en seguida de sangre las venas. “Ni me ungí con ungüentos”, y aquí tenemos una concordancia con el profeta Amós, que dice: “¡Ay de ustedes, que comen los corderos del rebaño y novillos escogidos de toda la manada; y beben vino en tazones y se ungen con los ungüentos más preciosos!” (6, 4-6). En cambio, el penitente practica todas las mortificaciones sobredichas hasta completar las tres semanas, o sea, hasta satisfacer plenamente por los pecados y alcanzar el perdón de la santa Trinidad.

    14. “En el camaleonte está designado el contemplativo, que vive de sólo aire, o sea, de la dulzura de la contemplación. Y por esto dice con el Apóstol: “Nuestra patria está en el cielo” (Filp 3, 20). Y en Job: “Mi alma escogió la suspensión” (7, 15). La suspensión simboliza la elevación de la mirada interior al Señor. El justo con la cuerda del amor divino se eleva de las cosas terrenales y se suspende en el aire por la dulzura de la contemplación; y entonces casi todo se transforma en aire, no teniendo nada de carnalidad. De Juan el Bautista se dice que era “una voz que grita en el desierto” (Mt 3, 3). La voz es aire; y Juan era aire y no carne, porque ya no sabía a cosa carnal, sino todo y sólo a cosa celestial.

    Se dice en el Éxodo que bajo los pies del Señor había como un trabajo de piedra de zafiro (24, 10). Bajo los pies de Cristo, o sea, bajo su humanidad, están puestas, como escabel, las mentes de los justos. Está escrito que “María Magdalena estaba sentada a los pies del Señor” (Lc 10, 39). Y de nuevo: “Las mujeres se acercaron y rodearon sus pies” (Mt 28,9). Y en el Deuteronomio: “Los que se acercan a sus pies, recibirán su enseñanza” (33, 3). El zafiro es del color del cielo. Las mentes de los justos, sometidas a la humanidad de Cristo con la fe y la humildad, son como un precioso trabajo de piedra de zafiro.

    Presta atención a estas tres cosas: trabajo, piedra, zafiro. Trabajo, por la fatiga de la penitencia. De ella dice Salomón: “Programa tu trabajo fuera y trabaja con cuidado tu campo” o sea, tu alma; “y después edificarás tu casa” (Prov 24, 2 7), o sea, tu conciencia. De piedra, por la constancia de la mente. Dice Zacarías: “En una sola piedra hay siete ojos” (3, 9); o sea, en el hombre constante hay los siete dones de la gracia. De zafiro, por la dulzura de la contemplación.

    Se lee en Ezequiel que “había sobre la cabeza de los querubines como una piedra de zafiro” (lo, 1). “Sobre la cabeza de los querubines”, o sea, en la mente de los justos, que están colmados de aquella ciencia que sola sabe enseñar y que sola rinde sabios. Y Observa que aquellos seres que Ezequiel al principio había llamado cuatro animales, aquí los llama querubines; y llama con el nombre de los ángeles a los animales, porque eran alados.

    Hay que subrayar que está escrito que no tenían ni pies, ni picos de aves, sino sólo alas. Los justos no tienen, como las aves, garras corvas de la rapiña y de la violencia ni el pico para dilacerar o para calumniar a los hermanos, sino sólo las alas de la contemplación divina. Para llamarnos a esto, la naturaleza no dio a los hombres las uñas corvas sino derechas.

    15. Se lee en la Historia Natural que las aves de garras encorvadas, cuando ven que sus polluelos pueden volar, los empujan y los echan del nido; y cuando esos polluelos crecieron, ya no se curan de ellos. Así se comportan ciertos avaros sin piedad que, si ven que los pobres y los enfermos mejoran un poco y, lo que es peor, también en la misma enfermedad, los echan de la propia casa. En cambio, sobre la cabeza de los querubines hay la piedra de zafiro, porque la mente del justo es ennoblecida e iluminada por la felicidad de la contemplación.

    En la salamandra está representado el hombre caritativo, que sólo vive del fuego de la caridad. Dice el Eclesiástico: “Surgió Elías como el fuego, y su palabra ardía como una antorcha” (48, 1), porque la obra y la palabra del justo arden de caridad. Con razón, pues, es llamado stellio, lagarto, porque resplandece de estrellas, por el esplendor de las buenas obras. Dice de él Salomón que el justo “se esfuerza con sus manos”, o sea, con sus obras, en relación al prójimo, “y habita en los palacios de los reyes”, o sea, en la contemplación, en relación a Dios.

    En la talpa está indicado el hombre despreciado y abandonado, que vive sólo de tierra, porque se reconoce tierra y pecador, y jamás olvida esa maldición: “Eres tierra y a la tierra regresarás” (Gen 3, 19). Aquel hombre, en la ceguera de este destierro, se contenta sólo con la tierra, porque no come la carne de los demás, o sea, no juzga ni condena a los demás pecadores; sino que, en la amargura de su alma, sólo considera sus pecados, pero “deseando que todos estén en las entrañas de Jesucristo” (Filp 1, 8).

    Hermanos queridísimos, supliquemos a Jesucristo, que nos reúna en las entrañas de su caridad y nos haga vivir en el agua de la compunción, en el aire de la contemplación, en el fuego del amor y en la tierra de la humildad, para que merezcamos llegar a El, que es la Vida, Dígnese concedérnoslo El mismo, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III - Encarcelación del siervo malvado; y de si reviven los pecados perdonados

    16. “Entonces el señor llamó a aquel siervo y le dijo: “Siervo malvado, te condoné aquella deuda, porque me suplicaste. ¿No debías tú también tener piedad de tu consiervo, como yo tuve piedad de ti?”. Y el señor lo entregó a los torturadores hasta que no hubiese restituido toda la deuda” (Mt 18, 32 33). De esta lección del santo evangelio se deduce claramente que los pecados perdonados reviven. Por esto quiero reportar aquí lo que hallé en las Sentencias sobre este argumento.

    Se pregunta si los pecados perdonados revivan. La solución de este problema es oscura y ambigua, porque algunos afirman, pero otros niegan que los pecados, una vez perdonados, puedan más adelante revivir para ser sometidos a la pena.

    Los que dicen que los pecados perdonados reviven, se fundamentan sobre las siguientes afirmaciones. Ambrosio: “Perdónense unos a otros, si uno peca contra el otro; diversamente Dios hace revivir los pecados perdonados. En efecto, si es despreciado en esta materia, sin duda considerará nula la penitencia, por la cual concedió su misericordia, como se lee en el evangelio del siervo malvado, que fue sorprendido culpable contra su consiervo”. Rábano: “Dios entregó a los torturadores al siervo malvado hasta que restituyera toda la deuda, porque al hombre le son imputados para el castigo no sólo los pecados cometidos después del bautismo, sino también los pecados originales, que habían sido cancelados en el bautismo”.

    Gregorio: “Por lo que se dice en el evangelio consta que, si no perdonamos de corazón lo que fue cometido contra nosotros, nos será de nuevo demandada la cuenta también de lo que, con júbilo, pensábamos que fuese perdonado con la penitencia”.

    Agustín: “Dice Dios: “Perdona y serás perdonado”. Pero yo te perdoné antes. Tú, al menos, perdona después, porque, si no perdonas, te llamaré y pediré cuenta también de los pecados perdonados”. Y de nuevo: “El que, olvidando los beneficios divinos, quiere vengar las injurias recibidas, no sólo no merecerá el perdón de los futuros pecados, sino que de nuevo se le pedirá cuenta de los pecados que él creía que ya fuesen perdonados”.

    Beda: “Regresaré a mi casa de la cual salí” (Mt 12, 44). Debemos tener temor de este versículo y tomarlo seriamente en cuenta, para que la culpa, que creíamos extinguida en nosotros, no vuelva a caer sobre nosotros por nuestro descuido”. Y todavía: “El que, después del bautismo, es vencido de nuevo por la maldad de la herejía o por la concupiscencia mundana, en seguida estos pecados lo precipitarán de nuevo en lo profundo de todos los vicios”.

    Y todavía Agustín: “Que los pecados perdonados revivan, allí donde falta la caridad fraterna, lo enseña clarísimamente el Señor en el evangelio del siervo malvado, al cual el señor pidió la restitución de la deuda ya perdonada, porque el siervo no quiso condonar la deuda a su compañero”.

    Se fundamentan sobre estas autoridades (afirmaciones) los que sostienen que los pecados perdonados reviven, si los mismos son cometidos de nuevo.

    Se les objeta. No parece justo que uno sea castigado de nuevo por el pecado por el cual ya hizo penitencia y que le fue perdonado. Si fuese castigado porque pecó y no se enmendó, evidentemente esto es justo. En cambio, si se le pidiera cuenta de lo que le fue condonado, esto o es una injusticia o una justicia misteriosa. Parece que Dios juzgue y condene dos veces por el mismo pecado y que el castigo fuera infligido dos veces: todo esto la Escritura lo niega (Na 1, 9) (1). Sin embargo, a lo anterior se podría responder que no hay ni doble castigo, ni que Dios juzga dos veces el mismo pecado: lo que sucedería si, después de una adecuada satisfacción y suficiente expiación, Dios lo castigara de nuevo. Pero el que no perseveró, no satisfizo ni adecuada ni suficientemente. Debe recordarse continuamente del pecado cometido, no para repetirlo, sino para precaverse. No debe olvidar todos los dones de Dios, que son tantos cuantos son los pecados perdonados (102, 2). Debía pensar que tantos eran los dones de Dios cuantos eran sus pecados; y por aquellos dones dar gracias sin fin. Pero como fue ingrato y volvió al vómito como el perro (1Pe 2, 22), anuló todo el bien anterior y volvió a llamar los pecados perdonados. Y así Dios, que antes le había perdonado porque se había humillado, ahora se lo imputa de nuevo, al verlo soberbio e ingrato. Pero, como parece incompatible que los pecados perdonados sean de nuevo imputados, algunos piensan que nadie es castigado de nuevo por Dios por los pecados una vez perdonados. Otros piensan que los pecados perdonados reviven y son imputados, porque, a causa de la ingratitud, el pecador es considerado culpable, como lo era anteriormente. Y se dice que se pide cuenta de lo que había sido perdonado, porque el pecador fue ingrato del perdón recibido; y así se vuelve reo, como lo era antes.

    Hay eximios doctores, que sostienen ya una posición ya la otra. Por esto yo, sin pronunciarme ni por una ni por la otra, dejo el juicio al lector inteligente, añadiendo que para mí será seguro y cercano a la salvación comer las migajas, que caen bajo la mesa de los señores (Mt 15, 27) (2).

    17. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “Y por esto ruego que su amor abunde aún más y más en todo conocimiento y en todo discernimiento” (Filp 1, 9). La caridad debe abundar, o sea, crecer en el conocimiento para que el hombre sepa juzgar y distinguir no sólo el mal del bien, sino también entre lo bueno y lo mejor. Por esto añade.”Para que puedan distinguir siempre lo mejor y ser sinceros”, o sea, sin doblez con respecto a ustedes, “sin hostilidad” con respecto a los demás, “para el día de Cristo”, o sea, hasta el día de la muerte o del juicio final.

    Todas estas cosas el siervo malvado no las practicó, porque no fue sincero con respecto a Dios, que le había condonado la deuda y porque se portó con hostilidad con respecto a su compañero, al que intentó estrangular e hizo echar a la cárcel. Por eso, en el día de Cristo, él mismo será entregado a los torturadores, o sea, a los demonios y así será estrangulado definitivamente.

    “Estén colmados de los frutos de la justicia”, o sea, de las obras que son fruto de la justicia, “obtenidos por medio de Jesucristo”, no con sus fuerzas, “para gloria y alabanza de Dios” (Filp 1- 11). Así entrarán en la gloria eterna para alabar eternamente a Dios; o también: ustedes serán la gloria y la alabanza de Dios, para que, gracias a ustedes, se diga: “Dios es maravilloso en sus santos” (67, 36); o sea, Dios obra maravillas en sus santos o les da poder de obrar maravillas.

    Hermanos queridísimos, imploremos y supliquemos al Señor, que nos perdone los pecados pasados, nos conceda la gracia de no recaer en ellos y que perdonemos de corazón a nuestros hermanos. Y así mereceremos llegar a su gloria, en la cual El es digno de alabanza y glorioso por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Aleluya!

    (1) He aquí el versículo del profeta Nahúm (1, 9): “El Señor destruye: esta desgracia no sucederá dos veces”.

    (2) La Iglesia enseña que no se puede admitir que los pecados revivan. Como Cristo perdonó los pecados de manera absoluta y sin condiciones, así la Iglesia tiene el poder de perdonarlos incondicional y definitivamente.

    Cita bíblica