Natividad de San Juan Bautista
1. En aquel tiempo: “Para Isabel se cumplió el tiempo del parto y dio a luz a un hijo” (Lc 1, 57). En este evangelio se destacan dos eventos: el nacimiento del Precursor y la imposición del nombre.
I - El nacimiento del Precursor
2. “Para Isabel se cumplió el tiempo del parto y dio a luz a un hijo”. La bienaventurada María permaneció tres meses en la casa de Zacarías, asistiendo a la cuñada (parienta) hasta que dio a luz. Y se lee en el Libro de los justos que la bienaventurada María levantó de la tierra a Juan, recién nacido (Pedro Comestor).
“Se cumplió”. La Sagrada Escritura suele poner la palabra “cumplimiento” sólo por el nacimiento o por la muerte o por las obras de los buenos, significando que su vida tiene el cumplimiento, o sea, la plenitud de la perfección. Por ejemplo: “Se cumplieron para María los días de su parto” (Lc 2, 6); “Abraham murió, lleno de días” (Gen 25, 8). En cambio, los días del impío son inútiles y vacíos. “Para Isabel, pues, se cumplió el tiempo del parto”. Zacarías, como nos relata Lucas, había entrado en el templo del Señor para ofrecer el incienso; y se le apareció Gabriel que le dijo: “Tu mujer, Isabel, te dará a luz un hijo” (Lc 1, 9-13). Esto le fue anunciado en el mes de setiembre, cuando se celebraba la solemnidad, llamada “Día de la expiación o de la propiciación”, y hoy la promesa se cumplió.
Vamos a ver en sentido moral qué cosa signifique Zacarías, que se interpreta “recuerdo del Señor” o “que recuerda al Señor”, y qué cosa signifique Isabel, que se interpreta “la séptima de mi Dios”.
3. Isabel representa al alma fiel, que con razón es llamada “la séptima de mi Dios” a motivo de los “septenarios”, que tienen una especial relación con ella, o sea, los siete dones (del Espíritu Santo), las siete peticiones (del Padrenuestro) y las siete bienaventuranzas. Con el primer septenario el alma es justificada, con el segundo progresa de lo bueno a lo mejor, con el tercero se hace perfecta. O también es llamada “séptima”, o sea, séptimo día, el sábado, el reposo, porque en ella reposa Dios, cuando ella se abstiene de toda obra servil. “El alma del justo es sede la sabiduría” (Gregorio). “En la paz, o sea, en el alma pacífica, está su morada” (Salm 75, 3).
De este sábado dice Isaías: “Te llamarás sábado de delicias, día santo y glorioso del Señor” (58, 13), día saturado de delicias. Y las delicias son, por cierto, los tres mencionados septenarios, en los que el alma se alimenta para ser un sábado de delicias, lleno de santidad de vida y de gloria de la conciencia.
Isabel concibió de Zacarías. Dice el Salmo: “Me recordé de Dios y me llené de gozo; me ejercité en la meditación y mi espíritu desfalleció” (76, 4). La mujer concibe en el placer; así el alma, en el recuerdo del Señor, concibe con gran deleite. Dice el Salmo: “En el camino de tus testimonios”, o sea, de tus martirios y de tu pasión, “me gocé más que de toda riqueza” (118, 14). La corona de espinas, la cruz, los clavos, la lanza y todos los demás martirios de Cristo constituyen la delicia del justo, el cual halla en ellos más consolación que en todas las riquezas de este mundo. Por eso dice: “Me recordé de Dios y me alegré”.
Y de esta consolación proceden dos efectos: la práctica de las obras de caridad y el debilitamiento en el espíritu de confianza en sí mismo; o también los dos efectos, de los que habla el Salmo: “Mi carne y mi corazón desfallecen”, o sea, la tentación de la carne y la soberbia del corazón; “pero tú eres el Dios de mi corazón y mi tesoro para siempre” (72, 26), para concebir de El y para parir al hijo de la vida eterna.
Observa que Isabel concibió en el mes séptimo, o sea, en septiembre y dio a luz en el mes de junio. Así el alma concibe en el día séptimo, el sábado, en el reposo y con la devoción de la mente; y en el mes de junio, llamado en hebreo Siban -que se interpreta “don justo”- da a luz al hijo, o sea, la obra buena. En efecto, da a luz, por así decir, en la santidad de las obras el don de la gracia, que concibió en su mente.
4. “Para Isabel se cumplió el tiempo del parto y dio a luz a un hijo. Los vecinos y los parientes oyeron que el Señor había exaltado en ella su misericordia, y se alegraron con ella” (Lc 1, 57-58). La Glosa escribe: “El parto de los santos, o sea, su nacimiento, implica para todos una gran alegría, porque ellos son una riqueza común’, o sea, los santos nacen para bien de todos. La justicia, o sea, la santidad, es una virtud social, ventajosa para toda la comunidad; y en el nacimiento del justo se adelanta un indicio de la vida futura y, en la anticipada alegría de los vecinos, se indica la gracia de la futura virtud”.
En sentido moral. Los vecinos son los ángeles, los parientes son los justos, que se complacen con el alma que da a luz obras buenas. Dice Gabriel: “Y muchos se regocijarán de su nacimiento: será grande delante del Señor, no beberá vino ni bebidas embriagantes” (Lc 1, 14-15).
De veras, se alegrarán muchos, porque se alegrará Cristo, se alegrará el ángel y se alegrará el prójimo. Se alegrará Cristo, como dice Lucas: “Cuando encuentra la oveja, la carga sobre sus hombros, lleno de gozo” (15, 5). Explica la Glosa: “Los hombros de Cristo son los brazos de la cruz. Allí cargó mis pecados, y en el cuello de ese noble patíbulo reposó”.
Se alegrará el ángel: “Les digo que hay gran gozo delante de los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente” (Lc 15, 10). Y la Glosa explica: “Los ángeles, seres inteligentes, gozan que el hombre se reconcilie con ellos; y esto nos estimula a la honestidad y a que hagamos lo que les es agradable a esos mensajeros celestiales, cuya protección debemos desear y cuya ofensa debemos temer .
Se alegrará el prójimo, como se expresa el Apóstol en la segunda carta a los corintios: “Gozo de su tristeza, porque ella los impulsó a la penitencia” (7,9).
“El será magno”, o sea, grande. En latín, magno se refiere al ánimo, y ,grande al cuerpo. Si tu obra es pequeña a tus ojos, será magna, grande delante del Señor. Decía Juan el Bautista: “Es necesario que El crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). Cuando tú te haces pequeño con la humildad, crece en ti la gracia por la fortaleza de tu ánimo.
“Grande delante del Señor”, no delante de los hombres, que engañan y se engañan y que llaman mal al bien y bien al mal. Cuanto es el hombre delante de Dios, tanto vale, y ¡nada más! Si quieres consagrar tu obra buena al Señor, cuídate de beber el vino de la vanagloria u otra bebida embriagante de una desconveniente alegría.
El Señor ordena a Aarón: “Tú y tus hijos no beban vino ni otra bebida embriagante, cuando entren en la tienda de reunión, para que no mueran” (Lv 10, 9). “El hombre o la mujer, cuando hacen voto de santificarse y quieren consagrarse al Señor, se abstendrán del vino y de toda bebida embriagante” (Num 6, 2-3). Pues bien, el que desea que su obra sea consagrada al Señor y sea recibida en la tienda de la Jerusalén celestial, cuídese de la embriaguez de la vanagloria y de la desconveniente alegría. ¡Amén!
II - La imposición del nombre
5. “Y sucedió que al octavo día vinieron para circuncidar al niño” (Lc 1, 59). El primer día indica el conocimiento de la propia fragilidad; el segundo, el recuerdo de la propia iniquidad; el tercero, la amargura de la contrición por los propios pecados; el cuarto, la efusión de las lágrimas; el quinto, la acusación de sí mismo en la confesión; el sexto, la plegaria al Señor; el séptimo, la limosna al prójimo; y el octavo, la aflicción de la abstinencia para sí mismo.
En este octavo día fue circuncidado el niño, porque la práctica de la abstinencia circuncida realmente el corazón de culpables consentimientos y el cuerpo de ¡lícitos placeres de los sentidos. Se dice abstenerse, o sea, estar lejos. Está lejos el que no consiente a los ¡lícitos placeres ni del corazón ni del cuerpo.
Se lee en el Génesis que los ángeles dijeron a Lot: “No te detengas en toda esta región ni en los alrededores; sino, sálvate a ti mismo en el monte, no sea que tú también perezcas” (19, 17).”Toda región” significa el corazón y el cuerpo. Ni en esta región ni en sus alrededores absolutamente debemos detenernos ni con los actos ni con el consentimiento; sino que debemos salvarnos lejos, en el monte de una conducta celestial, para no perecer con los demás, que se detienen dentro de esa región o en sus alrededores.
“Y querían llamarlo con el nombre de su padre, Zacarías” (Lc 1, 59). Explica la Glosa: “Los que quieren llamar al niño con el nombre de su padre, representan a los que, mientras el Señor anuncia los nuevos dones de la gracia, quisieran, en cambio, que él predicara todavía las sólitas proclamas del antiguo sacerdocio. Quieren imponer el nombre del padre, porque prefieren recibir la justicia que viene de la ley a acoger la gracia que viene de la fe”. Lo mismo hacen hoy los malos parientes y vecinos, que al hijo de un usurero quieren imponerle el nombre del padre; y con ello le enseñan a imitar la maldad, la rapiña y la usura del padre.
Sin embargo, oigamos lo que la madre responde: “¡De ninguna manera, sino que se llamará Juan! “. A través del espíritu profético aprende lo que no aprendió del marido. En efecto, no podía ignorar el nombre del precursor -que el ángel había revelado a Zacarías- aquella, que había reconocido a Cristo en el seno de su madre. (Lc 1, 13).
Juan se interpreta “gracia de Dios”, porque fue el precursor de la gracia, o también “inicio del bautismo”, por el cual se infunde la gracia. El alma fiel quiere que su obra sea llamada “gracia”, porque con la gracia la cumple y con la gracia quiere conservarla; y dice con el Apóstol: “Por gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue vana en mí” (1Cor 15, 10).
Por eso Juan se interpreta también “aquel en el que está la gracia”, por dos motivos: para que la conserve y para que por ella sea conservado; y así la gracia no será vana, o sea, inoperosa. El vaso, que conserva el vino, es también conservado por el vino, para que no se pudra. “Guarda los mandamientos, y los mandamientos te guardarán a ti” (Prov 7, 2).
Dice el Apocalipsis: “Porque guardaste con constancia mi palabra, yo también te guardaré en la hora de la tentación que está por venir al mundo entero, para poner a prueba a los habitantes de la tierra” (3, 10). El que guarda la palabra con constancia, es a su vez guardado para que en la hora de la tentación no pronuncie palabras ofensivas, o sea, no consienta al pecado.
O también: la hora de la tentación es el momento de la muerte, en el cual el diablo se esfuerza con todos los medios por tentar al hombre y pervertir sus sentimientos, porque en aquel momento o lo conquista o lo pierde definitivamente. En aquel momento, sobre todo, el diablo tienta al hombre contra la fe y contra la esperanza, para que no crea ni reciba los sacramentos de la Iglesia, y para que no ponga su esperanza en la divina misericordia. ¡Feliz de aquel que en aquel momento “será guardado!”.
6. “Dijeron a Isabel: “No hay nadie en tu parentela que se llame con ese nombre” (Lc 1, 61). La parentela malvada y perversa simboliza los apetitos carnales y los sentimientos irracionales del ánimo, en los cuales no hay alguno que se llame “gracia”: más bien, se llaman concupiscencia y ostentación. Ni los demonios ni los hombres perversos quieren que nuestra obra se llame “gracia”: más bien, quieren que se llamen soberbia, lujuria y avaricia. Se lee en el libro de Rut: “Dicen las mujeres”, o sea, los flojos y los afeminados: “¿No es ésta Noemí?”. Pero ella respondió: “No me llamen Noemí”, la hermosa, “sino llámenme Mara”, o sea, amarga, porque el omnipotente me colmó de gran amargura” (Rut 1, 19-20). La llaman “hermosa” por el esplendor del cutis, y no amarga por la penitencia, que consiste en la amargura del corazón, con la cual la gracia del Omnipotente colma el alma, para que no reciba ningún deleite de la “dulzura” de la hiel.
“Entonces preguntaron a su padre, cómo quería llamar al niño” (Lc 1, 62). Explica la Glosa: “Los que por señas preguntan al padre por el nombre del niño, simbolizan a los que pretenden asegurarse la gracia con el solo testimonio de la Ley”.
Porque la incredulidad (al anuncio del ángel) había quitado a Zacarías la palabra y el oído, es interrogado por señas. Gabriel le había dicho: “Serás mudo y no podrás hablar hasta el día en que todo esto suceda” (Lc 1, 20). Zacarías pidió una tablilla, que se puede asir con el puño, y una pluma para escribir, y escribió: “Juan es su nombre” (Lc 1, 63), como si dijera: “No somos nosotros los que imponemos este nombre, porque ya lo recibió de Dios. Tiene ya su nombre, que nosotros reconocemos, y no que elegimos nosotros”.
“Y todos se maravillaron” del acuerdo entre el padre y la madre. Está escrito en Daniel que “por Dios fue enviado el dedo de la mano, que escribió en la pared: “Mene, Tekel, Peres”, que se interpretan “calculó, pesó y dividió”.
La mano se llama así, por ser la ayuda de todo el cuerpo (en latín, munus, don o defensa), porque ella provee el alimento a la boca y presta todo servicio. En la mano está simbolizada la gracia del Espíritu Santo, que se da a los fieles como ayuda y defensa, con las que ellos se nutren y pueden obrar el bien.
Esta mano escribe en el corazón del hombre esas tres palabras, para que enumere todos sus pecados en la confesión y después los sopese en la satisfacción, para que una congruente pena corresponda a la culpa; y él debe separarse absolutamente de la culpa, para poder perseverar en la penitencia hasta el fin. ¡He ahí la inscripción de la gracia! El que ejecuta los tres mandatos, “tendrá por nombre Juan”. La gracia del Espíritu Santo impone y escribe el nombre de la gracia, para que toda nuestra obra sea agradable y llena de gracia; y todo sea atribuido a la gracia de aquel, por quien este nombre fue donado.
A El sean siempre el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
III Sermón alegórico
7. “Neftalí es un ciervo suelto, que pronuncia discursos bellísimos” (Gen 49, 21). Neftalí se interpreta “dilatación” o también “me dilató”, y representa al bienaventurado Juan, a quien el Señor dilató con múltiples gracias, o sea, lo hizo rico en gracias. Le dice por Jeremías: “Antes de formarte en el seno materno, yo te conocía” (1, 5). Y Gabriel: “No temas, Zacarías, porque tu oración fue escuchada. Tu mujer, Isabel, te parirá un hijo, a quien llamarás Juan” (Lc 1, 13); “Y, antes de que salieras del seno, te santifiqué” (Jer 1, 5). En efecto, “Isabel fue llena del Espíritu Santo, y el niño saltó de alegría en su seno” (Lc 1, 41 y 44). “Y te constituí profeta entre las naciones” (Jer 1, 5). En efecto: “¿A quién fueron a ver? ¿A un profeta? Sí, les digo, y más que a un profeta” ( Mt 11, 9).
Juan es llamado “ciervo suelto”, o sea, ágil y veloz, que atraviesa lugares espinosos y escabrosos e incrementa la carrera con los saltos. Así el bienaventurado Juan pasó por encima de las riquezas, simbolizadas en las espinas, y por encima de los placeres de la carne, simbolizados en la escabrosidad de la tierra. De él se canta: “Desde tus tiernos años -se dice a los doce años huiste del tropel de gente y alcanzaste las cavernas del desierto” (Himno de la fiesta).
Dice Lucas: “El niño crecía y se fortalecía en el espíritu”, porque crecía en la gracia del Espíritu Santo, “y vivió en regiones desiertas hasta el día de su manifestación a Israel” (1, 80); y Mateo: “Juan estaba vestido de pelo de camello y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida eran langostas y miel silvestre” (3, 4).
Comenta la Glosa: “Se alaba la rusticidad del vestido y del alimento, mientras se reprueba la práctica del rico, “que se vestía de púrpura y de lino fino, y banqueteaba espléndidamente cada día” (Lc 16, 19). Si el bienaventurado Juan, santificado en el seno materno y del cual testimonió el Señor: “De entre los nacidos de mujer no se levantó otro mayor que Juan”, se atormentaba con vestidos tan burdos y con un alimento tan rústico, ¿qué podemos decir nosotros, miserables pecadores, concebidos en los pecados y llenos de vicios, que detestamos toda aspereza y buscamos delicadezas y comodidades?
El Señor, como dice Isaías, “nos llama al llanto y a las lamentaciones, a raparnos el cabello y a vestirnos de cilicio; en cambio, he ahí que gozan y están alegres; se matan terneros, se degüellan ovejas, se comen carnes y se bebe vino” (22, 12-13). En el llanto está simbolizada la efusión de las lágrimas; en las lamentaciones, la contrición del corazón; en la rapadura de la cabeza, la renuncia a las cosas terrenas; y en el cilicio, la mortificación del cuerpo.
A todo esto nos invita el bienaventurado Juan con el ejemplo de su vida y con la palabra de su predicación; y por esto:
8. “Y pronuncia bellísimos discursos”. Dijo Juan.- “Hagan penitencia, porque el reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17); y de nuevo: “Yo soy una voz que clama en el desierto: “Preparen los caminos del Señor, enderecen sus senderos” (Lc 3, 4). Estos son los discursos bellísimos, porque la penitencia hermosea el alma. Se lee en el cuarto libro de los Reyes: “El leproso Naamán descendió al río jordán y se lavó siete veces, según la orden de Eliseo; y su carne se volvió como carne de un niño; y quedó limpio de la lepra” (4,R 5, 14).
Así el pecador, contaminado por la lepra del pecado, debe descender, o sea, humillarse, y en el jordán, en el “río del juicio”, o sea, con la penitencia bañada en lágrimas, debe lavarse siete veces, o sea, todo el tiempo de su vida, que se despliega en el giro de siete años; o también porque se suele imponer al pecador una penitencia de siete años, según la palabra de Eliseo, o sea, de Juan el Bautista: “¡Hagan penitencia!”. De este modo su alma recuperará la pureza de la inocencia bautismal, que había recibido en la niñez.
Además, Observa que el bienaventurado Juan es llamado “voz”. La voz es aire. La voz es llamada así, porque manifiesta la voluntad del ánimo. Juan nada tuvo de terreno, o sea, de terrenidad, sino que fue totalmente, por así decir, “aéreo”, porque “vivía en familiaridad con las cosas del cielo”.
También es llamado “voz”, porque era muy grácil por la severa abstinencia; él que anunciaba la voluntad de Cristo, que gritaba en el desierto, o sea, desde el patíbulo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).
O también: como la voz precede la palabra, así él precedió a la Palabra, o sea, al Hijo de Dios. Dice Job: “Acaso, ¿sacarás tú a su tiempo al lucero?”. (38, 32). Como el lucero, estrella de la mañana, anuncia el día, así el bienaventurado Juan nos anunció a Jesucristo, que es “el día de la vida eterna”: “El que venga después de mí, existía antes que yo” (Jn 1, 15), o sea, es superior a mí en dignidad.
¡Sea El bendito por los siglos! ¡Amén! ¡Así sea!
IV Sermón moral
9. “Neftalí es un ciervo suelto”. Se lee en el Deuteronomio: “Neftalí gozará de gran abundancia, y será colmado con las bendiciones del Señor: poseerá el mar y el mediodía” (33, 23).
Neftalí, que se interpreta “convertido” o “extendido”, es figura del penitente, que, convertido de su camino perverso, se “extiende” a las buenas obras.
Dice el Señor a Jacob: “Te extenderás al occidente y al oriente, al norte y al sur” (Gen 28, 14). En el occidente están simbolizadas las cosas caducas de este mundo, en el oriente el esplendor eterno, en el septentrión o aquilón la sugestión del diablo y en el mediodía la caridad fraterna.
El penitente se extiende al occidente, o sea, a las cosas caducas, para pisotearlas; al oriente, para conquistarlo; al septentrión, para resistir a las sugestiones diabólicas; y al mediodía, para practicar la caridad fraterna.
Presta atención, que pone primeramente el occidente y después el oriente, porque, si antes no extiende su pie para pisotear las cosas temporales, no puede extender la mano para conquistar los bienes celestiales. Se pongan (como en el ocaso) antes las cosas temporales, para que nazcan después las eternas.
Este Neftalí goza de la abundancia de la gracia en el camino, o sea, en esta vida: “Los valles abundarán de trigo” (Salm 64, 14); o sea, los espíritus humildes abundarán de los dones de la gracia; y serán colmados con las bendiciones de la gloría en la patria: “¡Vengan, benditos de mi Padre, a recibir el reino!” (Mt 25, 34).
Mientras tanto, mientras está en el camino, es necesario que ante todo posea el mar, o sea, la amargura de la penitencia, y el mediodía, cuando resplandece el sol y calienta, o sea, la luz de la sabiduría con respecto a la contemplación de Dios, y el calor con respecto al amor del prójimo. Entonces, de veras, Neftalí es un ciervo suelto.
10. Se lee en la Historia Natural, que el ciervo aprende a correr con el ejercicio, y suele saltar las matas espinosas y las anchas fosas. Cuando percibe los ladridos de los perros, dirige su camino con el viento a favor, para alejar su olor; tiene un oído finísimo, cuando tiene las orejas erguidas, pero si las baja, no oye nada. Cuando se siente enfermo, come ramitas de olivo y así recupera la salud (Solino). Cuando una niebla, o velo, acomete sus ojos, aspirando con las narices extrae de las tinieblas de las cavernas una serpiente y la devora. Y cuando siente el ardor de su veneno, corre a una fuente; y abrevándose y sumergiéndose, cura la niebla de los ojos y a la vez se libera de todos los humores superfluos.
Y así el penitente, o también el justo, con la práctica de la devoción y de las buenas obras, aprende el rumbo de su conducta, para correr en la justa dirección y sin cansarse hacia la meta de su celestial vocación. El Apóstol aconseja a Timoteo: “Ejercítate en la piedad” (1Tim 4, 8).
Se lee también en la Historia Natural que las abejas vuelan por los aires como por ejercicio, después regresan a la colmena y se alimentan. ¡He ahí la piedad! Las abejas simbolizan a los justos, que se ejercitan en el aire, o sea, en la contemplación de las cosas celestiales. Dice Job: “El ave nace para volar” (5, 7). “Volaré y descansaré”, dice el Salmo (54, 7). Después de semejante ejercicio, regresan a sus colmenas, o sea, a la propia conciencia, y ahí se alimentan en el gozo y en la dulzura del espíritu. Además, el penitente se acostumbra a saltar, porque “el hábito es una segunda naturaleza” (Cicerón); se acostumbra a saltar sobre las matas espinosas, o sea, a despreciar las riquezas de este mundo, y las anchas fosas, o sea, los placeres del cuerpo; y por eso se le llama “ciervo suelto”. “Nadie se hace perfecto en un instante” (juvenal); y entonces, poco a poco, debemos acostumbrarnos a despreciar las riquezas y los placeres.
“Una costumbre se elimina con otra costumbre” (Ovidio); y el filósofo dice: “Desaparecerán los vicios, si se toma la costumbre de abandonarlos por algún tiempo” (Séneca). Y también: “El camino más corto para llegar a las riquezas es despreciar a las mismas riquezas” (Séneca); y de nuevo: “Soy un ser superior y nacido para cosas grandes, para hacerme esclavo de mi cuerpo” (Séneca).
Además, cuando el penitente percibe los ladridos de los perros, o sea, las sugestiones de los demonios, endereza sus acciones según la dirección del viento. Y esto significa que en todas sus acciones debe hacerse guiar, interior y exteriormente, por la humildad. En el viento favorable está simbolizada la humildad, en el viento contrario la soberbia. Los apóstoles “tenían el viento contrario y se cansaban mucho al remar” (Mc 6, 48). El viento favorable se dice en latín secundus, y suena casi como secus pedes, junto a los pies. María, la penitente humilde, “se puso detrás, junto a los pies del Señor, y con sus lágrimas comenzó a bañarle los pies” (Lc 7, 38). O también: segundus, favorable, deriva de séquere, seguir, porque el penitente toma su cruz y sigue al Crucificado.
Al que así dirige sus caminos (su vida), el diablo jamás podrá sorprenderlo con su astucia y con su malicia.
“Con las orejas erguidas tiene un oído finísimo”. “Al oírme, en seguida me obedecían” (Salm 17, 45). Dice Isaías: “Cada mañana despierta, cada mañana despierta mi oído, para que lo escuche como maestro. El Señor Dios me abrió el oído; y yo no fui rebelde, ni me volví atrás” (50, 4-5). En el oído -en latín autis, de hautio, bebo, porque el oído bebe los sonidos- se designa la obediencia, la cual, si está atenta con la humildad y abierta con la devoción, beberá el sonido, porque oirá al maestro, o sea, a Cristo, o al prelado; no será rebelde a sus palabras, ni se volverá atrás delante de sus palabras. Y presta atención que por dos veces dice “cada mañana”, para indicar que la obediencia tiene que ser pronta y alegre. Dice la esposa del Cantar: “Levantémonos de mañana, para ir a las viñas” (7, 12). O sea, a las obras de la obediencia.
Símilmente, el ciervo, o sea, el penitente, al sentirse enfermo, o sea, al sentirse debilitado y oprimido por las tentaciones, come ramitas de olivo. El olivo simboliza la humanidad de Cristo, de la cual en el lagar de la cruz manó, como aceite, su sangre, con la cual curó las llagas del herido. Ramitas de ese olivo son los clavos y la lanza, los azotes y la corona de espinas, y todos los demás instrumentos de su pasión. Si el penitente se alimenta de ellos mediante la fe y la devoción, recibe nuevo vigor contra las tentaciones.
Dice Isaías: “Tú eres un refugio para el pobre, una ayuda para el necesitado en su miseria, la esperanza en la tempestad y una sombra contra el calor” (25, 4). El verdadero penitente es pobre en el espíritu y necesitado de muchas cosas: para él Cristo, que “se hizo obediente al Padre hasta la muerte” (Filp 2, 8), es fortaleza contra la prosperidad del mundo, para que no lo exalte; es refugio contra las adversidades del mundo, para que no lo depriman; es esperanza en el torbellino de las sugestiones diabólicas, para que no lo trastornen; abrigo de sombra en el calor de la concupiscencia carnal, para que no lo reduzca a cenizas.
Asimismo, “como el ciervo anhela las fuentes de las aguas” (Salm 41, 2), así el pecador arrepentido anhela la fuente de la confesión. Cuando percibe que su alma está afectada de ceguera por la sustracción de la gracia, con la aspiración de sus narices, o sea, con la contrición, arranca de la oscura caverna de la propia conciencia la serpiente, o sea, el pecado mortal.
Se lee en el segundo libro de los Reyes: “De sus narices subía el humo de su ira” (Salm 17, 9 y 2Rey 22, 9). Las narices del penitente simbolizan su aguda sensibilidad para captar el perfume del paraíso y el hedor del infierno, y para descubrir las astucias del diablo. De estas narices deben subir el humo, o sea, la contrición con lágrimas, y el desdén contra sí mismo, para hacer penitencia.
De esta manera devora a la serpiente arrancada de su conciencia, porque en la amargura de su alma reflexiona atentamente y con ansia sobre el pecado mortal y sus circunstancias; y de esa manera se apresura para ir a la fuente de la confesión, donde, después de haber bebido el agua de las lágrimas y haberse sumergido humildemente en la misma fuente de la confesión, abandona todas las cosas superfluas y dañosas; y así rejuvenece.
11. “Y hace discursos bellísimos”. Discurso se dice en latín eloquium, discurso suelto. Dice Lucas: “Los apóstoles comenzaron a hablar diversas lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen” (Hech 2, 4), o sea, que hablasen con soltura. Discursos bellísimos son, pues, las palabras de la confesión, que el pecador convertido debe manifestar con soltura, con claridad y con fervor. Dice Marcos: “Se soltó la ligadura de su lengua, y hablaba correctamente (7, 35).
Y presta atención que la confesión es llamada “bellísima”, porque hace hermosa al alma leprosa. Dice el Salmo: “Confesión y belleza delante de Dios” (95,6).
Esta es el agua del jordán, que limpia la lepra de Naamán; es manantial de salvación, que elimina del ciervo la niebla de los ojos y los humores superfluos; y es eficacia en la confesión para embellecer el alma; y de esa manera el alma agrada a su Esposo y así podrá llegar a su abrazo.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!