Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XXIII después de Pentecostés

    Exordio.

    El predicador y la le convocatoria de la trompeta

    1. “En aquel tiempo, los fariseos se retiraron y se consultaron cómo sorprender a Jesús en sus palabras” (Mt 22, 15).

    Dice Oseas: “En tu garganta haya una trompeta, como águila sobre la casa del Señor, porque transgredieron mi alianza y se rebelaron contra mi ley” (8, 1). Vamos a analizar lo que signifiquen estas cuatro cosas: garganta, trompeta, águila y casa.

    Considera que, como se lee en el libro de los Números, la trompeta convocaba para tres fines: para la guerra, para los banquetes y para las festividades (10, 7-10). La trompeta es la predicación. Dice el profeta Amós: “Si resuena la trompeta en la ciudad, ¿quién no se espantaría?” (3, 6). Es señal de gran obstinación, cuando el pueblo oye la trompa de la predicación, que amenaza la muerte eterna, y no se espanta. Hacen como la víbora sorda, porque tienen una oreja pegada a las cosas terrenas y tapan la otra con la cola de la concupiscencia carnal, para no oír la voz de la trompa que debería atraerlos admirablemente (Salm 57, 5-6) (Glosa).

    Hablando de estos tales, dice el profeta Miqueas a los predicadores: “No vayan a hacer sus anuncios en Gat, ni imploren con las lágrimas, sino salpíquense de polvo en la casa del polvo” (1, 10). Gat se interpreta “lagar”, y simboliza a los soberbios y avaros de este mundo, que, como lagares, oprimen y despojan a los pobres y a los necesitados. A ellos les dice el mismo profeta: “Ustedes les arrancan violentamente sus pieles de encima de ellos y la carne de sus huesos. Ustedes devoran la carne de mi pueblo y desuellan su piel y desmenuzan sus huesos” (3, 2-3). A todos ellos no debemos dar anuncios con la trompa de la predicación, ni implorarlos con las lágrimas, porque ni la trompa es capaz de doblegar la dureza de su corazón, ni las lágrimas pueden apagar el fuego de su avaricia.

    El mismo profeta insiste: “En la casa del impío hay todavía fuego, o sea, los tesoros acumulados con la injusticia y con la medida escasa, repleta de ira. ¿Podría yo justificar las balanzas falsas o la bolsa de pesas engañosas?” (6, 10- 11). ¡Por cierto, no! En esto se denuncian los embustes de los avaros, que compran con una medida y venden con otra. “En la casa del polvo”, o sea, del penitente pobrecillo y contrito de corazón, que se reconoce polvo, oh predicadores, “salpíquense de polvo”, o sea, den ustedes también el ejemplo de su humildad, porque, dice el Señor, “los pobres serán evangelizados” (Mt 11, 5), no los ricos; los humildes, no los soberbios. La hinchazón (soberbia) rechaza infusiones.

    La trompa es, pues, la predicación, que convoca a la guerra contra los vicios. A este propósito dice el profeta Joel: “Yo, el Señor, hablé. Proclamen esto entre las gentes: llamen a la guerra santa, inciten a los valientes, acudan todos los guerreros. Con sus arados forjen espadas y lanzas con sus hoces. También el débil diga: “Yo soy fuerte” (3, 8-10). Cuando el Señor, con la inspiración interior, habla en los predicadores, entonces ellos proclaman entre las gentes, o sea, a los que viven paganamente: “Llamen a la guerra santa Va a la guerra santa aquel que antes se libera de los vicios y después emprende la lucha “contra las potencias del mal en favor de las del cielo”. El que disiente, siente (o sea, el que se desliga de una parte, se liga a la otra). Incita a los valientes aquel que tiene el firme propósito de no recaer. Acuden los guerreros, cuando los cinco sentidos del cuerpo, que antes eran como hembras que afeminaban el alma, ahora suben como guerreros de costumbres castas y correctas, ellos que antes solían bajar a lo profundo de los vicios. Convierten los arados en espadas y las hoces en lanzas los que transforman la lengua calumniadora, que antes, como arado, solía abrir surcos en la vida ajena, en las espadas de la confesión y de la acusación de sí, y las hoces de las preocupaciones terrenas y del amor propio en lanzas de caridad. Así el que era débil y afeminado puede decir: “Yo también soy fuerte y puedo ir al ataque y empeñarme en combates, en el día del Señor”.

    2. La trompa de la predicación convoca también al banquete de la penitencia, del cual el Señor, por boca de Joel, dice: “No teman, animales de la región, porque los pastos del desierto reverdecieron, porque las plantas producen su fruto, y la higuera y la vid dieron su vigor. ¡Ea, pues! Exulten y alégrense en el Señor su Dios, oh hijos de Sión, porque les dio al maestro de la justicia y les enviará la lluvia de la mañana (primavera) y de la tarde (otoño), como en el pasado. Y sus eras se llenarán de trigo y sus lagares rebosarán de vino y de aceite. Y los compensaré por los años devastados por las langostas, los gusanos, los tizones y las orugas” (2, 22-25).

    Los animales de la región son los pecadores convertidos, que de la lejana región de la desemejanza (donde perdieron la semejanza con Dios) se dirigieron a la misericordia de Dios, como dice el Salmo: “Tus animales habitarán en ella” (67, 11), o sea, en la santa iglesia, que es la región de la semejanza (con Dios).

    A éstos, para que no se desesperen por la gravedad de sus pecados, se les dice: “No teman, porque los pastos reverdecieron en el desierto”. Desierto quiere decir abandonado o porque no se siembra, y simboliza la penitencia que hoy es practicada sólo por algún raro y convencido inquilino. Los pastos del desierto, pues, son los penitentes, que germinan en la contrición. Como el germen señala el comienzo de la flor, así ellos siempre recomienzan y se renuevan día tras día. No teman, pues, animales del desierto, porque ustedes también llegarán a ser lozanos como los pastos.

    “El árbol produjo su fruto”. Presta atención a estas tres plantas: el árbol, la higuera y la vid. En el hombre hay tres miembros (tres órganos), de los que procede todo lo que se realice en su interior y en el exterior: el corazón, la lengua y la mano. El corazón del penitente es como el árbol que produce el fruto de la contrición, del cual dice Isaías: “Este es todo el fruto: la remoción de su pecado “. La contrición es llamada “todo el fruto”, porque remueve todo pecado, con tal que tenga el firme propósito de confesarse. En efecto, Isaías en seguida añade: “Cuando desmenuce todas las piedras del altar, como se hacen polvo las piedras de cal, cuando no levante más bosques sagrados, ni templos en honor del sol” (27, 9).

    Altar es como decir alta ara; y se dice ara, porque allí arde la víctima. El altar simboliza la soberbia, la lujuria y la avaricia, que buscan las grandezas terrenas, entre las que arde el alma desventurada. Este es el altar de Baal, que significa “superior” o “devorador”, que va muy de acuerdo con la etimología del altar. Por ende las piedras del altar son los pecados de soberbia, lujuria y avaricia, que el que se va a confesar debe depositar delante del sacerdote, como piedras de cal desmenuzadas, para que confiese distinta y detalladamente tanto el pecado como sus circunstancias. Y así ya no habrá bosques sagrados, o sea, imaginaciones, ni templos en honor del sol, o sea, las complacencias pecaminosas. “El árbol, pues, produce su fruto”. “La higuera y la vid dieron su vigor”. La higuera, en latín ficus, es así llamada de fecundidad, y simboliza la lengua, que es fecunda en palabras. Alrededor de esta higuera debemos echar abono, o sea, el reconocimiento de los pecados (Lc 13, 8), para que pueda producir su vigor, o sea, la confesión. La vid simboliza la mano, que extiende los dedos como los sarmientos. Los dedos, en latín digiti, son llamados así, porque son diez, o también porque están decorosamente unidos.

    El penitente, pues, debe extender la mano de la obra a los mandamientos del decálogo, que están bien ligados entre sí. En la primera tabla se escribieron los mandamientos relacionados con el amor de Dios; y, en la segunda, los mandamientos relacionados con el amor al prójimo. Y cuando están todos unidos, están muy decorosamente juntos.

    Por esto, oh penitentes, ustedes que son hijos de Sión, o sea, de la iglesia, exulten en sus corazones y alégrense con las obras en su Señor Dios y no en otras cosas, porque El les dio un maestro de justicia, o sea, el Espíritu de la gracia, que les enseña a hacer justicia por ustedes mismos, y hace bajar sobre ustedes la lluvia de la mañana y la lluvia de la tarde. Comenta la Glosa: “La lluvia de la mañana es la fe; la lluvia de la tarde es el cumplimiento de las obras. O también: la lluvia de la mañana es el conocimiento de Dios, que se da después de la fe; y la lluvia de la tarde es la plenitud de ese conocimiento”.

    “Y las eras se llenarán de trigo”. Por eras se entienden las mentes, en las que se hace la separación de la paja, o sea, de los vicios; y así abunda el trigo de las buenas obras; y por la estrujadura que sobrellevan, abundan del aceite de la misericordia y del vino de la consolación. “Y los recompensaré por los años devastados por las langostas, los gusanos, los tizones y las orugas”. La langosta es llamada así por tener las patas largas como un asta. El gusano, en latín brucus, es llamado así porque es todo boca. El tizón es una enfermedad que destruye las mieses. Oruga, así llamada de roer, es el gusano que roe las hojas y que, si camina sobre la piel, provoca prurito. En la langosta se designa la soberbia, en el gusano la gula, en el tizón la ira y la envidia, y en la oruga la lujuria. Son estos cuatro vicios que devoran todas nuestras obras buenas. Pero, cuando volvemos a la penitencia, nos compensa el Señor por los años perdidos con la abundancia de las obras buenas, porque las obras que habían sido realizadas en la caridad (el estado de gracia) y después destruidas por la culpa sucesiva, reviven con la penitencia, a cuyo banquete nos convoca la trompa.

    3. En fin, la trompa nos convoca para la fiesta de la gloria. Dice el profeta Nahúm: “He ahí sobre los montes los pies del que trae buenas noticias, del que anuncia la paz. Celebra tus Fiestas, Judá, y cumple tus votos, porque Belial, el malvado, nunca más atravesará tus tierras: fue completamente destruido” (1, 15). El que anuncia la fiesta de la gloria celestial, anuncia la verdadera paz; y el que la predica, no lo hace en los valles del placer, hacia el cual corren las inmundicias, sino sobre los montes de una vida perfecta, porque allí se posaron los pies del Señor.

    “Celebra, pues, tus fiestas, oh Judá”. Judá se interpreta “que confiesa”, y simboliza al penitente que, después de haber celebrado aquí el banquete de la penitencia, pasa a celebrar la fiesta de la gloria celestial, en la cual ofrece con seguridad sus votos al Señor, cantando con los ángeles, sin temer que Belial, o sea, los estímulos de la carne y las tentaciones del demonio, lo atormenten más tarde, porque los enemigos están completamente destruidos. Dice Joel: “Jerusalén será sagrada, y los extraños ya no pasarán por ella” (3, 17). Comenta la Glosa: “Después del día del juicio, Jerusalén, formada por los ángeles y los hombres, estará sin ninguna contaminación, que antes había contraído por la mezcolanza de los malvados. Y el extraño, o sea, el diablo, o algún mal pensamiento, no hallará más resquicio para insinuarse en los justos, que gozan de la paz de Dios.

    Digamos, pues: “En tu garganta resuene la trompa”. Oh predicador, la trompa de la predicación resuene en tu garganta, o sea, en tu mente y no sólo en tu boca, para ser como el águila sobre la casa de Dios, o sea, sobre la santa iglesia o sobre el alma fiel. Sobre este argumento consulta el sermón del domingo XIV después de Pentecostés, sobre el evangelio: “mientras Jesús iba a Jerusalén”.

    “Porque violaron mi alianza y transgredieron mi ley”. Por esto el predicador debe tener en su garganta la trompa y, como el águila, subir sobre la casa del Señor, porque los pecadores violaron la alianza contraída con el Señor en el bautismo y transgredieron los mandamientos de la Ley y de la gracia, tornándose así peores que los fariseos, que violaron el precepto de la Ley, en la cual se dice: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6, 16; y Mt 4, 7), cuando, reunidos en consulta, tendieron una trampa al Señor de la Ley, como se dice en el evangelio de hoy: “Los fariseos se retiraron y se consultaron cómo sorprender a Jesús en sus palabras”.

    4. Presta atención que en este evangelio se destacan dos momentos: la solapada maldad de los fariseos y la sabiduría de Jesucristo. La primera, cuando dice: “Los fariseos se retiraron”; la segunda: “Jesús, conociendo su malicia”.

    En este domingo y en el próximo se leen los doce profetas menores. Y en el introito de la misa de hoy se canta: “Pueblos todos, aclamen al Señor con voz de júbilo” (Salm 46, 2); y se lee la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los Filipenses -. “ ¡Sean mis imitadores! “ (3, 17), que vamos a dividir en dos partes y concordar con las sobredichas partes del evangelio. Primera parte: “ ¡Sean mis imitadores!”; la segunda: “Nuestra ciudadanía está en el cielo”. Se lee esta epístola junto con este evangelio, porque en el evangelio Mateo habla de los fariseos y de los herodianos, que se interpretan “gloria de la piel”, y también de la moneda marcada por la imagen del César; y el Apóstol, en la epístola, habla de los enemigos de la cruz de Cristo, cuya gloria será su confusión, y de nuestro cuerpo, que será glorificado en la luz del sumo Rey.

    I - La solapada malicia de los fariseos

    5. “Los fariseos se retiraron y se consultaron cómo sorprender a Jesús en sus palabras” (Mt 22, 15). Los fariseos se interpretan “separados”, y simbolizan a los prelados de la iglesia, soberbios y carnales, de los que habla Oseas: “Su banquete está separado; se entregaron a la más desenfrenada fornicación” (4, 18).

    El convite de los santos consiste en llorar no sólo por sus pecados, sino también por los ajenos, aspirar a los bienes eternos y gozar la dulzura del gozo interior. De este convite de los santos está separado el convite de los fariseos, que se dieron a la fornicación. Nuevamente habla el Señor en Oseas: “En la casa de Israel vi cosas horribles; allí fornicó Efraím y se contaminó Israel. Pero también tú, Judá, prepárate para la siega, cuando haga volver del cautiverio a mi pueblo” (6, 10-11). En la casa de Israel, o sea, en la iglesia, vi algo horrendo, o sea, las fornicaciones de Efraím, que se interpreta “fructificación”, o sea, de los religiosos, que deberían fructificar; en cambio, por la avaricia y otros vicios caen en la idolatría. E Israel, o sea, el prelado, se contaminó de vicios.

    Sigue diciendo Oseas: “Repudié tu becerro, Samaría; mi furor se encendió contra ellos. ¿Hasta cuándo serán incapaces de purificarse? También aquel becerro es obra de Israel” (8, 5-6). Samaría es la iglesia, cuyo becerro, o sea, el prelado, sensual y descarado, que camina con el cuello erguido y el vientre prominente, fue repudiado por el Señor. Del mismo habla Oseas: “Como novilla disoluta se desvió Israel” (4, 16). Y, por ende, como dice Jeremías: “Novilla esbelta y hermosa es Egipto; pero de septentrión”, o sea, del diablo, “le vendrá un tábano” (46, 20), o sea, el aguijón de la avaricia y de la lujuria.

    Contra tales prelados no sólo se enoja el Señor, sino que también se enfurece. ¿Hasta cuándo será incapaz mi pueblo de purificarse del descaro, de la lascivia y de otros vicios? Como si dijera: “El pueblo no es capaz de purificarse de todos estos vicios, porque él también es de Israel, o sea, porque ve estos vicios en sus prelados. Israel, pues, está contaminado”.

    Pero también tú, oh Judá, o sea, simple pueblo de los laicos, aunque los prelados y los religiosos sean viciosos, prepárate a la siega, o sea, a cumplir obras buenas, y no mires hacia ellos; porque yo cambiaré su obstinación en el pecado, como cambia el torrente, cuando sopla el viento austral, o sea, por medio de la gracia del Espíritu Santo.

    De estos fariseos habla Oseas: “Su corazón está dividido (falso) e irán a la ruina. Dios mismo despedazará sus ídolos y destruirá sus altares” (10, 2). El que tiene el corazón dividido, va a la ruina. Se lee en el tercer libro de los Reyes, que “Jeroboam”, que se interpreta “división”, fue golpeado y murió él con toda su familia hasta el que orina contra la pared” (14, 10). El mismo Señor Omnipotente despedazará los ídolos de los fariseos, o sea, la hipocresía y la jactancia, y destruirá los altares, o sea, la pompa de las riquezas y la petulancia de la carne, sobre los cuales ofrecen sacrificios al diablo.

    Justamente de ellos habla el evangelio: “Los fariseos se retiraron”. ¿A dónde se retiran? La mujer adúltera dice en Oseas: “iré detrás de mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas” (2,5).

    La mujer adúltera es figura del alma adúltera espiritualmente, que va en pos de sus amantes, cuando obedece a los sentidos del cuerpo. En el pan están indicados los placeres y la prosperidad seglar. Dice Job: “En esa vida el pan le resulta repugnante” (33, 20). En el agua está simbolizada la lujuria, como lo dice Job: “Duerme bajo densas frondas, en lo espeso de los cañaverales y en lugares pantanosos” (40, 16). En la lana está representada la inocencia exterior, de la que se dice en el Levítico que “la blancura de la piel es señal de lepra” (13, 3). En el lino está figurada la habilidad del engaño, de la que habla Isaías: “Serán confundidos los que trabajan el lino, los que cardan y tejen telas finas” (19, 9). Se dice lino, porque es leve y suave. En el aceite está delineada la adulación, de la que se dice: “El aceite del pecador no ungirá mi cabeza” (Salm 140, 5), o sea, mi mente; como decir: que mi cabeza no se hinche de adulación falsa. ¡He ahí adonde se retiraron los fariseos!

    6. “Los fariseos se retiraron y se consultaron” (Mt 22, 15). Dice Isaías: “¡Ay de ustedes, hijos rebeldes -oráculo del Señor-, que toman consejo, pero no de mí; y urden la tela, pero no por mi inspiración, y añaden pecado a pecado. Salieron para bajar a Egipto sin consultarme, esperando la ayuda del poder del faraón, y buscando resguardo a la sombra de Egipto. El poder del faraón será su vergüenza y el resguardo a la sombra de Egipto será su ignominia” (30, 1-3). Los hijos rebeldes son aquellos de los que habla Oseas: “Efraím se dio a la fornicación”: éstos son los laicos; “Israel se contaminó”: éstos son los religiosos. “No piensan en convertirse a su Dios, porque el espíritu de fornicación está en medio de ellos y ya no reconocen al Señor”. (5, 3-4).

    “Toman consejo, pero no de mí”. Dice el Señor en Oseas: “Ellos reinaron, pero no por mí; llegaron a ser príncipes, pero yo no los conozco” (8, 4). “Y urdieron la tela”. Dice Oseas: “El becerro de Samaría será como una telaraña: porque sembraron viento, recogerán tempestades” (8, 6-7). Como la telaraña es rasgada y dispersada, así el becerro, o sea, la petulancia de los clérigos, será reducida a la nada. Como el viento produce el torbellino y levanta una polvareda, así el amor a las cosas temporales, que es como el viento, arrastra y lleva al torbellino de la condenación eterna.

    “Y no por mi inspiración”. Dice Isaías: “Ellos lo provocaron a la ira y contristaron a su Santo Espíritu, que se volvió su enemigo” (63, 10). Y Miqueas: “¿Se achicó, quizás, el Espíritu del Señor o tales son sus pensamientos? ¿No son benéficas mis palabras con aquel que camina con rectitud? En cambio, mi pueblo se levantó como enemigo” (2, 7-8). El Espíritu del Señor “se reduce”, cuando al pecador se le priva de la gracia; mientras el Señor es copioso con aquellos en quienes infunde su gracia.

    “Para añadir pecado a pecado”. Dice Oseas: “En la tierra no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios; sino que la inundaron la blasfemia, el embuste, el homicidio, el robo y el adulterio, y se derrama sangre sobre sangre” (4, 1-2). Añaden pecado a pecado, pecados nuevos a pecados viejos. Como las orillas retienen el río, para que no inunde, así el temor de Dios y la consideración del mundo son como dos orillas que deberían frenar la inundación de los pecados. Pero esto no se verificó entre los clérigos, porque delante de sus ojos no hay temor de Dios (Salm 35, 2), y se volvieron descarados como una meretriz; y no quisieron sonrojarse.

    “Ustedes partieron para bajar a Egipto”, o sea, para practicar la avaricia del mundo, de la que habla Amós: “Golpea el quicio y se bambolearán los dinteles, porque todos son dominados por la avaricia” (9, 1). En el quicio, en el cual gira la puerta, se entiende el uso de las llaves en los prelados, que pueden excluir o admitir a la iglesia. En los dinteles se designa la sublimidad de la dignidad sacerdotal, que se echa a perder por el fuego de la codicia y de la soberbia.

    “Y no me consultaron”. Siempre Amós: “El Señor Dios nada hace sin revelar antes su secreto a sus siervos, los profetas” (3, 7).

    “Ustedes esperaron la ayuda del poder del faraón”, o sea, de los sentidos del cuerpo. Al contrario, leemos en Jeremías: “No se jacte el sabio de su sabiduría, ni el fuerte de su fortaleza, ni el rico de sus riquezas; sino que el que quiere gloriarse, se gloríe en esto: en tener discernimiento y conocerme a mí, porque yo soy el Señor que obra con misericordia, con juicio y con justicia en la tierra. En esto me complazco, dice el Señor” (9, 23-2~4). “Y buscaron resguardo a la sombra de Egipto”, o sea, del poder humano, que es como una sombra que pasa.

    7. Sobre esto tenemos una concordancia en el profeta Jonás, donde se dice que “el Señor hizo crecer la yedra o una planta de calabaza -en el texto hebreo calabaza se dice cicíon, que crece rápidamente y rápidamente se seca-. La planta creció sobre la cabeza de Jonás, para hacer sombra a su cabeza y protegerlo, porque estaba sufriendo un malestar. Jonás experimentó la más viva alegría por la calabaza. Pero, al día siguiente, al despuntar el sol, el Señor envió un gusano que la carcomió y la planta se secó. Cuando el sol comenzó a calentar, el Señor envió un viento cálido y bochornoso. El sol golpeó la cabeza de Jonás, que se sentía arder, tanto que invocó la muerte” (4,6-8).

    En la calabaza se entiende el poder mundano, cuyo fruto, mientras está en su lozanía, es comestible; pero, después, se vuelve leño seco. Así sucede con el pecado: antes, procura el placer, que se desvanece; pero después quedan la culpa y la mancha en el alma; y si uno no acudiera en seguida al arrepentimiento, correría el riesgo de la muerte eterna. Pero, al despuntar el día, o sea, a la llegada de la gracia, esta calabaza se seca, porque, cuando el diente del gusano de la conciencia muerde y roe, toda la gloria del mundo se desvanece, o sea, se percibe que nada vale. Y esto “al día siguiente”, o sea, después de aquel día, del cual habla Job: “ ¡Sea maldito el día en que nací! “ (3, 3). Entonces el sol, o sea, el amor de Dios, golpea en la cabeza, o sea, en la mente, no sólo iluminando, sino también hiriendo, para inducir al arrepentimiento. Y así invoca la muerte de su sensualidad. Sobre este argumento consulta el sermón del domingo de Septuagésima, segunda parte, sobre el evangelio: “Al principio Dios creó el cielo y la tierra”. “Y el poder del faraón será su vergüenza, y el resguardo de la sombra de Egipto será su ignominia”. Dice Oseas: “Efraím vio su debilidad y Judá su incapacidad. Y Efraím recurrió a Asiria y Judá llamó a un rey en su defensa; pero ellos no podrán salvarlos ni liberarlos de sus males” (5, 13). Esto era lo que también decía Isaías: “ Egipto en vano e inútilmente les ayudará” (30, 7). Por cierto ni Asiria, o sea, el diablo, ni Egipto, o sea, el mundo, pueden eliminar la enfermedad o la debilidad en el hombre. Dice Job: “Los ojos de los malvados languidecerán y toda salvación será impedida” (11, 20). Y Horacio: “Ni la casa ni la hacienda, ni un cúmulo de dinero o de oro redujeron la fiebre del cuerpo enfermo del amo”.

    8. “Para sorprender a Jesús en sus palabras” (Mt 22, 1 5). Así hoy los fariseos intentan sorprender en falta a Jesús, que predica al pueblo. Hacen como hizo Amasías, del cual se dice en el libro de Amós: “Amasías, sacerdote de Betel, envió recado a Jeroboam, rey de Israel, diciendo: “Amós se rebeló contra ti en medio del pueblo de Israel. La gente no podrá soportar todos sus discursos. Esto dice Amós: “Jeroboam morirá a espada, e Israel será llevado al destierro, lejos de su tierra”. Y Amasías dijo a Amós: “Vidente, vete, huye a tierra de Judá; y come allá tu pan y allá podrás profetizar” (7, 10-12). Lo mismo suelen decir los fariseos de nuestro tiempo a los predicadores, cuando los reprenden por su malicia y, además, envían al superior sus quejas en contra de él. El que escucha, escuche; y el que comprende, comprenda (¿No habrá pasado por el mismo crisol Antonio, por sus francas palabras?).

    “Enviaron a Jesús a sus discípulos con los herodianos”, o sea, los soldados de Herodes, que en aquel momento se hallaba en Jerusalén. Dice la Glosa: “Había una rebelión en medio del pueblo. Algunos sostenían que era un deber pagar los tributos por la seguridad y la tranquilidad, ya que los romanos combatían por todos. En cambio, los fariseos sostenían que el pueblo de Dios no estaba obligado a pagarlos, porque ya pagaba el diezmo; si hubieran pagado, estarían sometidos a leyes humanas”.

    Hay que destacar que oportunamente los discípulos de los fariseos se unen a los herodianos, porque los discípulos de la separación, cuando se alejan de la verdadera gloria, se unen a la gloria vana y transitoria. Sobre esto tenemos una concordancia en Oseas: “Efraím, como un pájaro, se escapó; y su gloria desapareció de los partos, de las preñeces y de las concepciones” (9, 11). Hoy en día hay muchos que, mientras son implumes, o sea, pobres y desconocidos, moran tranquilos en el nido de la humildad; en cambio, cuando tienen alas y plumas, o sea, riquezas y dignidades, vuelan en alto y se ensoberbecen. Su gloria está en sus alas, mientras deberían pensar en cuán grande fue su miseria en la concepción, en la crianza y en la educación. De nuevo Oseas: “El viento los ató a sus alas” (4, 19). Las alas son la inteligencia y el sentimiento. La inteligencia vuela por los campos de la verdad, y el sentimiento vuela por el campo del discernimiento en el bien; pero ambos están impedidos por el viento de la vanagloria.

    “Maestro, sabemos que eres veraz” (Mt 22, 16). Maestro, en latín magister, es como decir “mayor en el lugar”, porque sterrós en griego y statio en latín significan lugar, puesto de guardia. Lo llaman “maestro” para que, sintiéndose halagado, les abra enteramente los secretos de su corazón y quiera aceptarlos como discípulos.

    “Tú eres veraz y enseñas el camino de Dios en la verdad” (Mt 22, 16). Dice el Salmo: “Guíame por tu verdad y enséñame” (24, 5). Guíame a huir de los errores, para que yo viva en la rectitud y en la piedad, como lo exige la verdad, y enséñame la misma verdad.

    “Y no tienes acepción de personas”. Lo provocan para que tema más a Dios que al César y diga que no se debe pagar el tributo, para hacerlo aparecer como instigador de la rebelión. “Tú no miras a la persona de los hombres”. Dice Habacuc: “Tus ojos son inocentes y no ves el mal, y no puedes mirar la iniquidad” (1, 13). Se dice persona, porque es única en sí misma (en latín persona, per se una). “Dinos tu parecer: “¿Es lícito o no pagar el tributo al César?”. Vamos a responder a esta cuestión en los puntos siguientes.

    9. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “¡Hermanos, sean mis imitadores! “. Aunque no me tengan presente, imítenme y hagan como yo. “Observen”, o sea, examinen con atención, “a los que se comportan según el modelo que tienen en nosotros” (Filp 3, 17), o sea, el ejemplo de nuestra vida, como dice Pedro: “Háganse de buen corazón modelos de la grey” (1 Pe 5, 3). ¡Afortunado aquel prelado que con la forma (ejemplo) de su vida puede reformar a los deformados (traer al buen camino a quien se había desviado).

    “Muchos”, o sea, los fariseos, “se comportan como enemigos de la cruz de Cristo”; y por su ruina espiritual el Apóstol lloraba: “Su fin será la perdición”, o sea, su fin será la pena eterna; “Y su dios es el vientre” (Filp 3, 18-1 9).

    La Escritura habla a menudo a través de comparaciones o de metáforas, para que lo que no se puede comprender en una cosa, se pueda descubrir en otra semejante. El vientre es comparado a un dios, cuando dice: “Su dios es el vientre y su gloria es una vergüenza” (se glorían de lo que debiera avergonzarlos). Se suele construir templos para los dioses, erigir altares, consagrar ministros para su culto, ofrecer sacrificios de animales, quemar inciensos. El templo del dios-vientre es la cocina, el altar la mesa, los ministros los cocineros, los sacrificios las carnes soasadas, el humo del incienso el aroma de las salsas. Estos templos no se construyen en Jerusalén, sino en Babilonia, porque los que tienen como dios a su vientre, ponen su gloria en la confusión y en la vergüenza. En efecto, este mismo dios, el príncipe de los cocineros, es aquel que destruyó los muros de Jerusalén, que transportó los vasos del Señor a la casa del rey de Babilonia y de los vasos del templo hizo vasos del palacio o, más bien, para decir la verdad, de los vasos de la mesa divina hizo vasos de cocina.

    Dice el Apóstol: “Santo es el templo de Dios, que son ustedes” (1Cor 3, 17). En este templo los vasos son los corazones que llegan a ser vasos del templo del Señor, cuando, colmados de virtudes, agradan a la voluntad de Dios. En cambio, llegan a ser vasos del palacio, cuando quieren agradar a cualquier autoridad humana; y llegan a ser vasos de cocina, cuando, lo que antes servía para la sobriedad, ahora sirve para la gula.

    Dice Jeremías: “Los que comían con azafrán, ahora se abrazan con el estiércol” (Lam 4, 5). El azafrán, en latín crocus, crece en el oriente y da a los alimentos color y sabor. Se alimentan con el azafrán los que, al principio de su conversión, se sustentan interiormente con el sabor de la virtud y exteriormente muestran el color de las buenas obras. Pero éstos que antes se nutrían de azafrán, ahora se abrazan con el estiércol, cuando, después de las obras de piedad y de continencia, ahora se sienten atraídos por el llamado del vientre. Y a veces sucede que los que, antes de la conversión, vivían sobriamente en su casa, después, en el monasterio, se vuelven glotones.

    El dios-vientre es aplacado con las víctimas de diversas viandas, presta oído a los rumores, es excitado por las varias especies de sabores, gusta más de las chácharas que de las oraciones, se felicita por el ocio y se abandona a las delicias de la somnolencia. Y este dios tiene monjes, canónigos y convertidos que lo sirven devotamente; o sea, los que en la Iglesia de Dios viven plácidamente en el ocio, que no se dedican a las oraciones privadas, sino que prefieren los fantasiosos relatos de los ociosos, entre los cuales no se escuchan sollozos ni suspiros de una mente arrepentida, sino las risas, las carcajadas y los eructos del vientre atiborrado. Estos tales se reúnen y tienen consejo; pero “mi alma no entra en aquel consejo” (Gen 49, 6). Conjuremos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que nos separe de la separación de los fariseos, nos afiance en la enseñanza de su verdad y nos guarde del vicio de la gula, para que merezcamos llegar al banquete de la vida eterna. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - La Sabiduría de Jesucristo

    10. “Jesús, conociendo la malicia de los fariseos, les dijo: “Hipócritas, ¿por qué me tientan?”. Conoce su malicia aquel que conoce todas las cosas, al que nada está escondido y al que nada puede escapar. Dice el Señor por boca del profeta Amós: “Aunque bajen hasta el infierno, de allí los sacaría mi mano; y aunque suban hasta el cielo, de allí los arrancaría mi mano; y aunque se escondan en la cima del Carmelo, yo que escudriño los corazones, los quitaría de allí. Y aunque se oculten a mis ojos en la profundidad del mar, allí enviaré a la serpiente, para que los muerda” (9, 2-3). ¿Por qué me tientan, hipócritas? ¿Por qué tienen una cosa en el corazón y otra en la boca? “Todos los hipócritas son malvados, y todas las bocas profieren mentiras” (Is 9, 17).

    “Les dijo: “Muéstrenme la moneda del tributo” (Mt 22, 19), o sea, la moneda con la cual pagan el tributo, que lleva grabada la imagen del César. “Y ellos le presentaron un denario”, que valía unas diez monedas. “Jesús les preguntó: “¿De quién son esta imagen y esta inscripción?”. Le contestaron: “Del César”. Presta atención a estos tres elementos: el denario, la imagen y la inscripción.

    Como en el denario está grabada la imagen del rey, así en nuestra alma está grabada la imagen de la Trinidad. Dice el Salmo: “Señor, está grabada en nosotros la luz de tu rostro” (4, 7). Comenta la Glosa: “oh Señor, la luz de tu rostro, o sea, la luz de la gracia, con la que se reintegra tu imagen en nosotros y por la cual nosotros te somos semejantes, está grabada en nosotros, o sea, está grabada en la razón, que es la fuerza superior del alma. Es por ella que somos semejantes a ti y en ella está grabada aquella luz, como el sello en la cera”.

    Por rostro de Dios se entiende nuestra razón, porque, como a través del rostro uno es conocido, así a través del espejo de la razón se conoce a Dios. Sin embargo, esta razón fue deformada por el pecado del hombre; y por ese pecado el hombre perdió su semejanza con Dios, pero con la gracia de Cristo esa semejanza fue restablecida. Por eso dice el Apóstol: “Renuévense en el espíritu de su mente” (Ef 4, 23). Esta gracia, por la cual se renueva la imagen que había sido creada, aquí es llamada luz.

    Considera que la imagen es triple: la imagen de la creación, en la cual el hombre fue creado, o sea, la razón; la imagen de la re-creación (nueva creación), con la cual se restablece la imagen creada, o sea, la gracia de Dios que se infunde en la mente que debe ser renovada; la imagen de la semejanza, por la que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de toda la Trinidad. Por la memoria es semejante al Padre, por la inteligencia al Hijo y por el amor al Espíritu Santo.

    Dice Agustín: “¡Señor, que me acuerde de ti, que te conozca y te ame!”. El hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios: imagen por el conocimiento de la verdad, semejanza por el amor a la virtud. Entonces la luz del rostro de Dios es la gracia de la justificación, con la que es distinguida la imagen creada. Esta luz es todo el bien y el verdadero bien del hombre, con el cual es señalado, como el denario con la imagen del rey. Y por ende el Señor, en este evangelio, concluye: “¡Den al César lo que es del César, y den a Dios lo que es de Dios!”. Como si dijera: “Como dan al César su imagen, así den a Dios el alma, iluminada y distinguida con la luz de su rostro”.

    11. Sobre esto tenemos una concordancia en el profeta Zacarías: “Miraba, y he ahí un candelabro de oro macizo; en su cúspide hay una lámpara (otras versiones dicen “recipiente con aceite”) y siete lucernas y siete tubos para las lucernas que están encima de él. Y, junto al candelabro, dos olivos: uno a la derecha y otro a la izquierda de la lámpara (4, 2-3). vamos a analizar cuál sea el significado moral de estos cinco elementos: del candelabro, de la lámpara, de las lucernas, de los tubos y de los dos olivos.

    El candelabro y el denario, la lámpara y la imagen tienen el mismo significado. El candelabro es el alma, que es llamada de oro macizo, porque fue hecha a imagen y semejanza de Dios. Dice el Eclesiástico: “Dios formó al hombre de la tierra, y lo hizo a su imagen” (Sir 17, 1), para que así pueda vivir y sentir, y tenga la memoria, la inteligencia y la voluntad. Por esto le dijo:

    “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón o sea, con toda tu inteligencia, voluntad y memoria. Como el Hijo es del Padre, y de ambos es el Espíritu Santo, así de la inteligencia es la voluntad y de ambas es la memoria; y sin esas tres facultades el alma no puede ser perfecta, o sea, completa. Y por lo que se refiere a la bienaventuranza eterna, uno solo de estos dones, sin los demás, no subsiste. Y como Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo no son tres dioses, sino un solo Dios en tres personas; así el alma-inteligencia, el alma-voluntad, el alma-memoria no son tres almas, sino una sola alma, que tiene tres potencias, en las que se refleja de manera maravillosa la imagen de Dios. Y con estas tres facultades, que son las facultades superiores, se nos manda amar al Creador, para que lo que se comprende y se ama, esté también siempre en la memoria.

    Y para Dios no basta la inteligencia, si en el amor hacia El no toma parte la voluntad; tampoco bastan la inteligencia y la voluntad, si no se añade la memoria, por medio de la cual Dios está siempre presente en la mente del que lo entiende y del que lo ama. Y como no hay momento en que el hombre no disfrute o no necesite de la bondad de Dios, así Dios tiene que estar siempre presente en su memoria. Además, el hombre fue hecho a semejanza de Dios, para que, como Dios es el amor, y es bueno, justo, manso y misericordioso, así el hombre debe tener él también el amor, ser bueno, justo, manso y misericordioso.

    “Vi un candelabro de oro macizo, y sobre su cúspide una lámpara”. La lámpara es la infusión de la gracia, con la que el alma es iluminada. Del justo, iluminado por esta lámpara, dice Job: “Se escarnece la simplicidad del justo. Es una lámpara despreciada en la consideración de los ricos, pero preparada para el tiempo establecido” (12, 4-5). Gregorio: “La simplicidad del justo es llamada una lámpara despreciada: lámpara, porque ilumina interiormente la conciencia; despreciada, porque en la consideración de los carnales es estimada sin valor alguno, y es juzgada necedad por los sabihondos. Consideran como muertos a los que no piensan vivir según la carne, como ellos. Y el tiempo establecido para la lámpara es el día establecido por Dios para el último juicio. Entonces será manifiesto de cuánta gloria resplandecerán todos los justos, que ahora son despreciados”.

    12. “Y sobre el candelabro hay siete lucernas y siete tubos”, a través de los cuales el aceite es transmitido a las lucernas. Considera que las siete lucernas simbolizan las siete bienaventuranzas; y los siete tubos, las siete palabras pronunciadas por Cristo en la cruz. Vamos a poner de acuerdo las unas con las otras.

    “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3). - “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

    “Bienaventurados los mansos, porque poseerán la tierra” (Mt 5, 5). -“En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).

    “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5, 4). -“Mujer, he ahí a tu hijo; después, dijo al discípulo: he ahí a tu Madre” (19, 2627).

    -Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt 5, 6). - “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46).

    “Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (Mt 5, 7). - “¡Tengo sed!” (Jn 19, 28).

    “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). - “¡Todo está consumado!” (Jn 19, 30).

    “Bienaventurado los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). - “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).

    El que es rico en la pobreza de espíritu, puede realmente orar por los perseguidores y decir con Jesús: “Padre, perdónales”. El que es humilde de espíritu, perdona al que le hace el mal y ora por él. En cambio, Edom hace lo contrario, o sea, el pecador soberbio, del que dice el profeta Amós: “Por tres fechorías de Edom, y por cuatro, no revocaré su castigo, porque persiguió con la espada a su hermano, porque le negó misericordia, porque guardó rencor contra su hermano y porque conservó el odio hasta el fin. Prenderé fuego en Temán, que consumirá los palacios de Bosra” (1, 11-12).

    El primer pecado consiste en pensar el mal, el segundo en consentirlo, el tercero en ejecutarlo y el cuarto en no arrepentirse. El que, después de haber cometido los tres primeros pecados, si de veras se arrepiente, el Señor lo llama delante de su rostro de misericordia; en cambio, si no se arrepiente, el Señor aparta de él su rostro de misericordia. Dice la Glosa: “Edom tiene el mismo significado de Esaú y Seir. Esaú persiguió a Jacob, lo espantó y lo obligó a huir hacia la Mesopotamia y no guardó para él ninguna entraña de misericordia. Y el odio, que había estado en el padre, lo conservan los idumeos, nacidos de él, contra los hijos de Jacob, tanto que no les permitieron pasar por su territorio, cuando salían de Egipto para encaminarse hacia la Tierra Prometida. En esto violaron las leyes de la misericordia, desconociendo que ellos eran hermanos, Todo esto hacen los que odian a sus hermanos y no son pobres en el espíritu. Por esto el Señor hará bajar el fuego de la gehena sobre Temán, que se interpreta “austral”, mediodía, o sea, sobre los que en el tiempo de la prosperidad mundana viven como disolutos. “Aquel fuego devorará los palacios de Bosra”, que se interpreta “fortificada”; o sea, devorará a los que se forran de disculpas, para permanecer en sus pecados.

    Sentido moral. Edom se interpreta “sanguinario”, y simboliza nuestra carne, que se deleita en la sangre de la gula y de la lujuria. Ella persigue, con la espada de la concupiscencia, a su hermano Jacob, o sea, nuestro espíritu, y quiere ofender la misericordia que se le debe de parte de Dios. Por esto Jacob ora al Señor y dice en el Génesis: “Líbrame de la mano de mi hermano Esaú, porque tengo gran miedo de él, no sea que venga y hiera a la madre con los hijos” (32, 11). El espíritu teme la carne y suplica ser salvado de la mano de su concupiscencia, la cual, si llega al consentimiento, herirá a la madre con los hijos, o sea, la razón con todos sus sentimientos, o la misma alma con sus buenas obras.

    13. El que es manso, que no lanza ofensas ni se ofende si las recibe, el que no escandaliza ni se escandaliza, merecerá oír, junto con el buen ladrón y, más aún, con el confesor: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, que es la tierra de los vivientes y que poseerán los mansos.

    Esta tierra no la poseerán los avaros que, como bestias feroces, dilaceran su mente acumulando y escandalizan a los demás arrebatando. Y por esto jamás percibirán el silbo de esa brisa suave: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, sino que oirán el trueno de la divina condenación: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 4 1).

    He aquí lo que está escrito de ellos en el libro de Zacarías: “Levanta tus ojos y Observa lo que está por aparecer. Y yo pregunté: “¿Qué es?”. Y me contestó: “Aquella es una ánfora”. Y añadió: “Esta simboliza lo que ellos ven en toda la tierra”. Después, fue traído un talento de plomo; y he ahí que dentro del ánfora había una mujer. Y el ángel dijo: “¡Esta es la impiedad!”. Y la volvió a echar dentro del ánfora y colocó sobre la boca del ánfora la masa de plomo. Y levanté mis ojos y vi, y he ahí a dos mujeres que aparecían; y el viento agitaba sus alas, y tenían las alas como las del milano, y alzaron el ánfora entre el cielo y la tierra. Y pregunté al ángel que hablaba conmigo: “¿A dónde llevan el ánfora?”. Y me respondió: “Para que se le construya una casa en el territorio del Senaar” (5, 5-11).

    El ánfora simboliza la avaricia, cuya “boca” no se cierra, sino que permanece siempre abierta en el anhelo de las cosas temporales. Y esto es lo que se ve en toda la tierra, porque todos saben y todos conocen la avaricia, y hacia ella dirigen los ojos. Compañera de la avaricia es la masa de plomo, o sea, la condenación eterna, que es como una gruesa bola, que no se puede tragar ni escupir.

    Las dos mujeres son la rapiña y el robo. La rapiña se relaciona con los personajes importantes, el robo con las personas más modestas. Se dice que tienen alas de milano, que es un ave rapaz. El milano es llamado en latín mílvus, mollís avís, ave muelle, y lo es por su vuelo y por su fuerza limitada; en cambio, es un ave rapacísima que acecha las aves domésticas; y por ende simboliza a los rapaces orgullosos, o sea, a los personajes importantes. Esta ánfora es alzada entre el cielo y la tierra, porque el avaro no se elige el lugar en el cielo con los ángeles ni en la tierra con los hombres, sino en el aire con Judas traidor y con los demonios. Y las dos mujeres no dejan al avaro, hasta llevarlo a la tierra de Senaar, o sea, al lugar del hedor, es decir, al infierno. En efecto, Senaar se interpreta “hedor”.

    14. El que llora por sus pecados, o por los del prójimo, o por la miseria de este destierro, o por el retraso de llegar al reino, es consolado por el Señor, el cual consoló a su Madre que lloraba por su pasión, diciéndole: “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!”. Y a este propósito dice el profeta Nahúm: “Bueno es el Señor que consuela en el día de la tribulación, y no olvida a los que confían en El” (1, 7). Y también Zacarías: “Yo seré para él un muro de fuego alrededor, y seré una gloria en medio de él” (2, 5). Y el Éxodo: “El rocío se posó alrededor de los campamentos” (16, 13). Cristo en defensa de los suyos, es como un muro de fuego que destruye a los enemigos, y en medio de ellos será una gloria que los alienta.

    15. El que tiene hambre y sed de justicia, da a cada uno lo suyo: a Dios y al prójimo el amor, y a sí mismo la penitencia por los pecados cometidos. Esta triple justicia está indicada en aquellas tres palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?”. Dos veces llama a “Dios”, para recordar el doble precepto de la caridad; y “¿Por qué me abandonaste?”, para recordar la pena corporal. Comenta la Glosa: “¿Por qué me abandonaste?”, o sea, “¿por qué me expusiste a tan grandes suplicios?”, pregunta el Hijo al Padre. De estas tres palabras dice Habacuc: “El justo vive por la fe” (2, 4). Se llama justo, porque respeta los derechos. “justo” se refiere a uno mismo; por la fe” se refiere a Dios; y “vive” se refiere al prójimo. El que es justo, Observa los derechos hacia sí mismo, juzgándose y condenándose; y por la fe en Dios vive en el amor al prójimo. En cambio, dice Juan, “el que no ama, permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14).

    16. El que es misericordioso con los demás, Dios será misericordioso con él. Los judíos, sin misericordia, no hicieron esto. Ellos a Cristo, pendiente de la cruz y sediento, no ofrecieron un vaso de agua fresca sino vinagre mezclado con hiel; y Cristo, después de haberlo probado, no quiso beberlo, porque quiso probar la amargura, o sea, la pena de la culpa, pero no quiso asimilarse nuestros pecados. Lo mismo hacen hoy con Cristo los falsos cristianos, peores que los judíos. Y por esto no hallarán misericordia en el tiempo de la tribulación. Observa que en el vinagre tres cosas son dignas de consideración. Antes fue vino acerbo; después llega a ser vino purificado; en fin el vino picado se vuelve vinagre. Así es el falso cristiano: antes del bautismo es uva agreste y áspera, porque es todavía infiel, como dice el Apóstol: “Todos nacemos hijos de la ira” (Ef 2, 3). Recibido el bautismo, llega a ser como un vino aromático por la fe; después, se transforma en vinagre por el pecado mortal.

    En latín vinagre se dice acétum, como decir “agudo”, punzante, y también “aguado”. En efecto, el vino mezclado con el agua toma pronto el sabor del vinagre; y se dice ácido, que es casi acuoso. Cuando un fiel cristiano se mezcla con el agua del placer carnal, muy pronto se convierte en el vinagre del pecado mortal que, en cuanto dependa de él, ofrece a Cristo, no digo colgando de la cruz, sino que ya reina en el cielo.

    He aquí cómo Cristo se lamenta con las palabras de Isaías: “Esperé que la viña diera uvas; en cambio, dio agraces o uvas silvestres”. Y para aclarar su pensamiento, añade: “Esperaba rectitud; en cambio, ella obró la iniquidad; esperaba justicia, y sólo se oye el clamor de los oprimidos” (5, 1-7). La uva silvestre se dice en latín labrusca, porque sale hacia la labbra, o borde de los caminos. Las obras de los pecadores, o sea, la iniquidad de la avaricia y el clamor de la lujuria, son como uvas silvestres que salen hacia los caminos y que son arrebatadas por los viandantes. Dice Ezequiel: “En todo cruce de caminos levantaste la señal de tu prostitución (idolatría), estropeaste tu belleza y te ofreciste a todo viandante” (16, 25).

    17. El que quiere conservar la pureza del corazón, para ver a Dios, es necesario que ponga fin a todo pecado, para decir con Jesús: “¡Todo está cumplido!”. Sin embargo, las iniquidades de los amorreos todavía no terminaron; y por esto, como dice Isaías: “El Señor Dios de los ejércitos acortará y decretará el fin de las maldades en toda la tierra” (10, 23). Y Ezequiel: “Esto dice el Señor Dios: “El fin viene, el fin viene sobre las cuatro partes de la tierra. Ahora es el fin para ti, lanzo contra ti mi ira y te juzgaré por tus obras” (7, 2-3).

    18. El que tiene la paz del corazón, de veras merece ser llamado hijo de Dios Padre, al cual, junto con su Unigénito, dice en la hora de la muerte: “¡Padre, en tus manos encomiendo mí espíritu!”, porque de la paz del corazón pasa a la paz de la eternidad. El mismo lo promete por boca de Isaías: “En la alegría saldrán” del cuerpo, “y en la paz serán llevados. Los montes y las colinas”, o sea, los mayores y los menores y las potencias angélicas, “cantarán cantos de alabanza delante de ustedes. Y todos los árboles de la región”, o sea, todas las almas de los santos, que gozan de la bienaventuranza celestial, “los aplaudirán”, exultando por su llegada. Estas son las siete lucernas y los siete tubos de aceite, con los cuales se ilumina el candelabro; y el denario, o sea, el alma, está contramarcada con la imagen del rey.

    19. “Y cerca del candelabro dos olivos, uno a la derecha y otro a la izquierda”. La lámpara simboliza la iluminación de la gracia. Los dos olivos son la esperanza y el temor, que guardan la gracia infusa: la esperanza del perdón a la derecha y el temor del castigo a la izquierda.

    A este propósito dice Miqueas: “Oh hombre, te indicaré lo que es bueno y lo que pide el Señor de ti: practicar la justicia”, de la cual viene el temor, ,$y amar la misericordia”, o sea, las obras de misericordia”, de la que viene la esperanza, “y caminar humildemente con tu Dios” (6, 8).

    Comenta la Glosa: “En todo esto no busques más recompensa que la de agradar a Dios y de caminar con El, como Enoc; y así, como Enoc, tú también serás trasladado. Donde hay temor y esperanza, allí hay una vida empeñada con Dios”.

    Y considera aún más que el aceite flota sobre todos los líquidos, y por esto simboliza la esperanza, que tiene por objeto los bienes eternos, que están por encima de todo bien transitorio. La esperanza, en latín spes, es el pie, en latín pes, para caminar hacia el Señor. La esperanza es la espera de los bienes futuros; y ella expresa el sentimiento de la humildad y una respetuosa actitud de sumisión. El aceite, además, condimenta los alimentos; y también nosotros debemos condimentar con el temor de Dios todo lo que hacemos. Dice el Salmo: “ ¡Sirvan al Señor con temor!” (2, 11); y “el que está en pie, cuídese de no caer” (1Cor 10, 12). Y para que la sumisión no resulte amarga, el mismo Salmo añade: “Y alégrense con El”. Pero para que esta exultación no degenere en la temeraridad, añade todavía: “Alégrense con El con temblor”. He ahí que ahora está claro para todos qué signifiquen y cómo concuerden entre sí el denario contramarcado por la efigie del rey y el candelabro iluminado por la lámpara.

    Preguntemos, pues: “¿De quién son esta imagen y la inscripción?”. La inscripción en el denario es, en el cristiano, el nombre de Cristo, que está por encima de todo nombre. Los cristianos tomamos el nombre de Cristo, y no de otro. Cristo mismo dice en el Salmo: “Todos estarán escritos en tu libro; los días se formarán y ninguno se formará en ellos” (Salm 138, 16) (El sentido original es distinto: “Mis acciones estaban escritas en tu libro. Los días de mi vida estaban ya trazados, antes que uno de ellos existiera”). “Oh Padre, en tu libro”, o sea, en mí, que soy el libro de la vida, “estarán escritos todos” los fieles, o sea, serán ordenados y nombrados. “Los días”, o sea, los más grandes, como los apóstoles -de los que se dice: “Un día transmite la palabra a otro día” (Salm 18, 3)- “se formarán” en mí, del cual toman la perfección de la gracia; “y ninguno” de los míos (de los que creen en mí) se formará “en ellos”, porque los cristianos no dirán de ser de Pedro o de Pablo, sino sólo de Cristo, del cual toman el nombre de cristianos (1Cor 1, 12).

    20. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Nuestra ciudadanía está en el cielo” (Filp 3, 20). Ya que nuestra ciudadanía está en el cielo, debemos suplicar al Señor que haga con nosotros lo que El mismo dice de Josué, hijo de Josedec: “Quítenle esas vestiduras sucias. Después dijo a Josué: “He ahí, yo te quité la iniquidad y te revestí de ropas nuevas”. Y añadió: “Pongan sobre su cabeza una diadema lúcida”. Y pusieron una diadema lúcida sobre su cabeza y lo revistieron con vestidos cándidos” (Zac 3, 4-5).

    Las vestiduras sucias simbolizan la vida mundana, que ensucia el alma y la conciencia. Dice el Apocalipsis: “El impuro continúe siendo impuro” (22, 11). Y Jeremías: “La suciedad está en sus pies” (Lam 1, 9), o sea, su vida desordenada dura hasta el fin de su vida. Dice Joel: “Los jumentos se pudren en su estiércol” (1, 17).

    “He ahí, yo te quito la iniquidad”, simbolizada por las vestiduras sucias. Antes, el Señor quita la suciedad de la vida anterior, y, después, reviste con ropa de muda, o sea, de virtudes y de costumbres honestas, con las que se regula nuestra forma de vida celestial.

    “Pongan sobre su cabeza una diadema”. La diadema es una mitra que tiene dos cuernos, puntas, en los que está representado el conocimiento de los dos Testamentos o también la doble caridad. La diadema en la cabeza simboliza el conocimiento o también la doble caridad en la mente. Las vestiduras cándidas indican las obras de pureza en la carne. Dice el Señor en el Apocalipsis:

    “Caminarán conmigo envueltos en blancos vestidos” (3, 4), porque su vida es una vida celestial.

    “De los cielos esperamos, como Salvador, a nuestro Señor Jesucristo, que transfigurará nuestro miserable cuerpo, para conformarlo con su cuerpo glorioso” (Filp 3, 20-21). ¡He aquí cómo el denario será contramarcado con la imagen de nuestro Rey! Puede esperar con seguridad aquel que no vive según la vida mundana, sino según la vida celestial. Sin embargo, Amós parece decir lo contrario: “¡Ay de los que esperan el día del Señor! ¿Qué será para ustedes el día del Señor? Aquel día será tinieblas y no luz” (5, 18), o sea, día de tribulación y no de prosperidad. En aquel día verán que sus obras, que ahora parecen luminosas, en cambio serán tenebrosas. Comenta la Glosa: “Muchos soberbios, para ser considerados justos, dicen que desean el día del juicio o el día de su muerte, para estar con Cristo. Pero a ellos el profeta les dirige sus ayes o amenazas, porque nadie está sin pecado y, justamente, por lo que ellos no tienen ningún temor, son dignos del suplicio eterno”.

    Sólo esperan con seguridad al Señor Jesucristo los que llevan aquí abajo una vida digna del cielo.

    21. He aquí porque la santa Iglesia en el introito de la misa de hoy invita a elevar alabanzas a Jesucristo, diciendo: “Aplaudan con las manos, pueblos todos; aclamen al Señor con voces de exultación” (Salm 46, 2). Oh gentes todas, convertidas a la fe y a la penitencia, que conducen una vida digna del cielo, ¡alégrense en el obrar el bien! Como si dijera: “Sean unánimes las manos y la lengua: las manos para obrar el bien y la lengua para alegrarse”.

    Se lee en el Levítico que a la tórtola ofrecida en sacrificio “se le debía retorcer la cabeza hacia las alas” (5, 8), o sea, las palabras (la cabeza) hacia las obras (alas).

    ¿Y cuál es el motivo de aplaudir y jubilar? Helo aquí: el Señor transformará nuestro cuerpo miserable y vil, para que llegue a ser como el denario, que lleva grabada la marca del Rey; o sea, transfigurará nuestro cuerpo conforme a su cuerpo de gloria, porque “seremos semejantes a El” (1 Jn 3, 2) y “lo veremos cara a cara, así como El es” (1Cor 13, 12); y su gloria luminosa se reflejará en nuestro rostro.

    ¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Supliquemos e imploremos a nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, para que quiera transformar e iluminar el denario y el candelabro, o sea, nuestra alma, con su imagen y con su luz. Así, transformados en el alma y en el cuerpo, mereceremos ser conformes a su esplendor en la gloria de la resurrección.

    Dígnese concedernos esa gloria aquel, que es el Dios bendito, glorioso y excelso por los siglos eternos Y toda alma, distinguida con la imagen del Rey, responda: ¡Amén! ¡Aleluya!

    Cita bíblica