Pestañas abiertas

1 abierta

    Natividad del Señor

    1. “En aquel tiempo se promulgó un edicto de César Augusto, para que todo el mundo se empadronara” (Lc 2, 1).

    En este evangelio se deben considerar tres momentos: el censo de todo el mundo, el nacimiento del Salvador y el anuncio del ángel a los pastores.

    Con la ayuda del Señor, vamos a proponer breve y metódicamente cada uno de los tres acontecimientos.

    I El censo del mundo

    2. Censo del mundo: “Se promulgó un edicto de César Augusto”. Observa que en esta primera parte se dice, en sentido moral, que el que quiere de veras arrepentirse de los pecados cometidos, debe ante todo “describir”, o sea, hacer el censo con contrición de toda su vida y después darse prisa para confesarse.

    “Se promulgó un edicto de César Augusto”. César, que se interpreta “señor del poder”, y Augusto, “en solemne actitud”, representa a Dios omnipotente, Señor de toda la creación: “Su mano lo hizo todo” (Is 66, 2); y “bajo su poder se doblan todos los que rigen al mundo” (Job 9, 13), o sea, el peso del orbe, es decir, los prelados de la iglesia y los príncipes del mundo.

    Dios está en actitud solemne, porque, como dice Daniel, “millares de millares le servían, y decenas de miles de miríadas le asistían” (7, 10). Se dice que uno está (de pie), cuando está pronto para ayudar a los suyos; en cambio, se dice que está sentado, cuando ejerce el juicio. En ambos casos la posición es solemne, gloriosa y noble.

    Este nuestro “emperador”, a través de sus pregoneros, o sea, los predicadores de la iglesia, promulga cada día un edicto, para que se empadrone todo el mundo. El mundo es llamado también “orbe”, o sea, circulo, por su redondez. En efecto, el océano, circundando el orbe por todas partes, lame sus contornos.

    La vida del hombre es un orbe, o sea, como un círculo. Por eso en el Génesis se dice: “Eres tierra y a la tierra regresarás” (3, 19).

    El hombre debe empadronar, o sea, describir todo su orbe, o sea, el círculo de su vida, examinando en la amargura de su alma lo que cometió en la niñez, en la adolescencia, en la juventud y también en la ancianidad. Y Observa que dice “todo”, para insinuar los pecados cometidos con el corazón, con la boca y con las obras, los pecados de omisión, y sus circunstancias. También se indica que el texto no dice “escribir”, sino “describir, que significa escribir los diversos modos y lugares del pecado. “Este primer censo fue llevado a cabo por el gobernador de la Siria, Quirino” (Lc 2, 2).

    Quirino, que se interpreta “heredero”, es figura del penitente, “heredero de Dios y coheredero con Cristo” (Rom 8, 17), el cual dice: “Mi heredad es espléndida para mí” (Salm 15, 6). El penitente hace el primer censo de sus pecados, cuando, ante todo, escudriña minuciosamente con viva contrición los pecados cometidos y las omisiones. El es el gobernador de la Siria, que se interpreta “altura”, o sea, que gobierna las alturas de la soberbia y de la arrogancia. Dice Job del diablo: “El ve todas las cosas altas y es el rey de todos los hijos de la soberbia” (41, 25). ¿Puede haber un gobierno más digno de alabanza que el de regirse a sí mismo y humillar la propia soberbia?

    3. “Y todos iban a empadronarse”. He aquí el recto procedimiento de la penitencia: primero, enumerar los pecados y, luego, acudir a la confesión. “Todos iban a empadronarse”.

    ¡Pobre de mí! ¡Qué pocos son hoy en día los que van a empadronarse! Por eso se lamenta Jeremías: “Las calles de Sión lloran, porque no hay quien venga a las fiestas solemnes” (Lam 1, 4).

    Pero “José”, o sea, el verdadero penitente, “de la casa y de la familia de David”, el rey que de veras se arrepintió y a cuya casa el Señor prometió: “En aquel día habrá una fuente manante para la casa de David”, este José fue. La fuente de la divina misericordia está abierta para la comunidad de los penitentes, “para la purificación del pecador y de la mujer menstruada” (Zac 13, 1), y lava tanto los pecados manifiestos como los ocultos.

    “José subió de Galilea”, que se interpreta “rueda” (evento), y señala la susodicha descripción de la propia vida, “de la ciudad de Nazaret”, que significa “flor”. A la flor sigue el fruto; por la flor se llega al fruto. Así a la contrición debe seguir la confesión: mediante la contrición se llega al fruto de la confesión, o sea, a la absolución y a la reconciliación. Y Observa que “José subió, para empadronarse junto con María, su esposa, que estaba encinta” (Lc 2, 5). María se interpreta “mar amargo”, y simboliza la doble amargura, con la que el penitente debe subir a la Judea, o sea, a la confesión, en la que se halla la ciudad de David, “que se llama Belén”, o sea, “casa del pan”. Y ésta simboliza el alimento de las lágrimas: “Mis lágrimas fueron mi pan” (Salm 41, 4).

    Con todo esto concuerdan las palabras de Isaías: “Por la cuesta de Luhit subirán llorando, y por el camino de Horonaim levantarán gritos de contrición” (15, 5). He ahí el mar amargo. Luhit se interpreta “rodillas” y “mejillas”; y Horonaim, “desahogo de su tristeza”.

    El que Hora, o sea, el penitente, sube a la confesión, bañado en lágrimas, que de las mejillas suben a Dios, como dice el Eclesiástico-. “¿Las lágrimas de la viuda no corren, quizás, por sus mejillas? ¿Y su clamor no va contra quien las hace correr? Y de sus mejillas suben hasta el cielo, y el Señor que las escucha, se complacerá en ellas” (35, 18-19). El desahogo de la tristeza es el dolor del corazón contrito, del cual debe emanar el grito de la confesión, que el penitente debe elevar, para confesar todos los pecados con sinceridad y claridad.

    4. Y advierte que José subió con María encinta. El alma, amargada por el doble dolor de sus pecados, se impregna del temor de Dios, como dice Isaías: “Como la mujer encinta, cuando se acerca el alumbramiento, gime y grita en sus dolores, así fuimos nosotros delante de tu rostro”, o, según otra versión, “por temor de ti”. “oh Señor, concebimos, tuvimos dolores de parto y dimos a luz el espíritu de salvación” (26, 17-18).

    El rostro de Cristo, que vendrá para el juicio, impregna de temor el alma, para que conciba y dé a luz el espíritu de salvación.

    II. El nacimiento del Salvador

    5. “Y sucedió que, mientras se hallaban allí…” (Lc 2, 6). ¿Dónde allí? En Belén, o sea, “casa del pan”; y María también es la casa del pan. El pan de los ángeles llegó a ser leche para lo niños, para que los niños llegaran a ser ángeles. “Dejen, pues, dice el Señor, que los niños vengan a mí” (Mc 10, 14), para que “mamen y se sacien de los pechos de sus consolaciones” (Is 66, 11).

    Observa que la leche es de sabor dulce y de apariencia agradable. Así Cristo, como dice “Boca de Oro” (Juan Crisóstomo), con su dulzura se atraía a los hombres, como el diamante atrae el hierro. El afirma de sí mismo: “El que come de mí, tendrá todavía hambre; y el que bebe de mí, tendrá todavía sed” (Sir 24, 29). Y es además de aspecto encantador, porque “los ángeles desean fijar en El su mirada” (1 Pe 1, 12).

    “Se cumplieron los días del alumbramiento” (Lc 2, 6). He ahí: “la plenitud de los tiempos, el día de la salvación y el año de la benevolencia”.

    Desde la caída de Adán hasta la llegada de Cristo fue tiempo vacío. Dice Jeremías: “Miré a la tierra, y he ahí que estaba vacía y sin nada” (4, 23), porque el diablo lo había asolado todo: fueron días de dolor y de enfermedad. Dice el Salmo:

    “Perturbaste el lecho con la enfermedad (Salm 40, 4). Fue un año de maldiciones. Dice el Génesis: “ ¡Maldita será la tierra por tu causa!” (3, 17). En cambio, hoy, “se cumplieron los días del alumbramiento”. De la plenitud de este día todos nosotros hemos recibido. Dice el Salmo: “Seremos colmados con los bienes de tu casa” (65, 5). A ti, oh bienaventurada Virgen, sean alabanza y gloria, porque hoy fuimos colmados con la bondad de tu casa, o sea, de tu seno, Nosotros, que antes estábamos vacíos, ahora estamos llenos; antes enfermos, ahora sanos; antes malditos, ahora benditos, porque, como se dice en el Cantar: “Tus frutos son el paraíso” (4, 13).

    6. Sigue el evangelista: “Y dio a luz a su Hijo primogénito” (Lc 2, 7). ¡He ahí la bondad, he ahí el paraíso! Corran, pues, oh glotones, oh avaros, oh usureros, que se regodean más en el dinero que en Dios; y “compren sin plata y sin trueque” (Is 55, 1) trigo y granos, que hoy la Virgen sacó del tesoro de su seno.

    “Y dio a luz al Hijo”. ¿Cuál hijo? El Hijo de Dios y Dios mismo. ¡Oh tú, mujer, más dichosa que cualquier otra, que tuviste en común al Hijo con Dios Padre! ¡De cuál gloria resplandecería una pobre mujer, si tuviese un hijo en común con un emperador de este mundo! En mucho superior es la gloria de la Virgen, que condividió al Hijo con Dios Padre.

    “Y dio a luz a su Hijo”. “El Padre le dio la divinidad, la Madre la humanidad; el Padre la majestad, la Madre la debilidad” (Agustín). Dio a luz a su Hijo, el Enmanuel, o sea, el “Dios con nosotros”. “¿Quién, pues, estará contra nosotros?” (Rom 8, 31).

    Dice Isaías: “Sobre su cabeza puso el yelmo de la salvación” (59, 17). El yelmo es la humanidad, la cabeza es la divinidad. La cabeza está escondida bajo el yelmo, la divinidad está escondida bajo la humanidad. No hay que tener ningún temor: la victoria es de nuestra parte, porque está con nosotros un Dios en armas.

    ¡Gracias a ti, Virgen gloriosa, ya que por tu mérito Dios está con nosotros!

    “Dio a luz a su Hijo primogénito”, o sea, engendrado del Padre antes que todos los siglos, o “primogénito de entre los muertos”, o también “primogénito entre muchos hermanos”.

    7. “Y envolvió al Niño en pañales y lo recostó en el pesebre” (Lc 2, 7). ¡Oh, qué pobreza! ¡oh, qué humildad! El Señor de todas las cosas es envuelto en pañales, y el rey de los ángeles es recostado en un establo. ¡Avergüénzate, oh insaciable avaricia! ¡Desplómate, oh soberbia humana!

    “Lo envolvió en pañales”. Observa que Cristo, tanto al principio como al fin de su vida, fue envuelto en pañales. “José de Arimatea -dice Marcos- compró un lienzo y, después de haber bajado a Jesús de la cruz, lo envolvió en él” (Mc 15, 46). ¡Feliz el hombre que termine su vida envuelto en la inocencia bautismal!

    El viejo Adán, cuando fue echado del paraíso terrestre, fue revestido con una túnica de pieles. La piel, cuanto más se la lava, tanto más se deteriora; y en esto están representada su carnalidad y la de sus descendientes. En cambio, el nuevo Adán fue envuelto en pañales, en cuya blancura están representados el candor de su Madre, la inocencia bautismal y la gloria de la resurrección final. “Y lo recostó en el pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue” (Lc 2, 7). He ahí -como está escrito en los Proverbios- “la cierva amada y el gracioso cervatillo” ( 5, 19). Dice la Historia Natural que la cierva pare en el camino trillado (Aristóteles). Así la bienaventurada virgen dio a luz en el camino, porque para ellos no había lugar en el albergue. El albergue es llamado en latín diversórium, porque se llega a él por diversos caminos.

    III El anuncio de los ángeles a los pastores

    8. “Había en aquella región unos pastores, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño” (Lc 2, 8).

    Las “vigilias” se llamaban “excubiae” o guardias, y “estationes” o puestos de guardia fuera de la casa. Antiguamente, los romanos dividían la noche en cuatro “vigilias” (cuatro turnos de guardias) y por turno custodiaban la ciudad.

    La noche es figura de la vida presente, en la que caminamos tanteando como de noche. No nos vemos ni a nosotros, o sea, nuestras conciencias; y a menudo tropezamos con los pies, o sea, con nuestros sentimientos y afectos.

    El que quiere custodiar válidamente su ciudad en esta noche ( de la vida), debe estar despierto y velar atentamente durante los cuatro turnos.

    El primer turno simboliza la impureza de nuestro nacimiento; el segundo: la malicia de nuestras iniquidades; el tercero: la miseria de nuestra peregrinación (terrenal); y el cuarto: el pensamiento de la muerte. En el primer turno debe velar, para despreciarse a sí mismo; en el segundo, para mortificarse; en el tercero, para llorar; y en el cuarto, para nutrir un saludable temor.

    ¡Bienaventurados aquellos pastores que velan así durante los cuatro turnos, porque así defienden egregiamente su rebaño!

    Observa que el pastor vela sobre su rebaño por dos motivos: para que el ladrón no hurte y el lobo no arrebate. Todos nosotros somos pastores; y nuestro rebaño está formado por la multitud de nuestros buenos pensamientos y nuestros santos deseos. Sobre este rebaño debemos velar diligentemente durante los cuatro turnos, para que el ladrón, o sea, el diablo, no nos robe con sus sugestiones, y el lobo, o sea, el apetito carnal, no nos arrebate mediante nuestro consentimiento.

    A los que velan de esa manera, se les anuncia el gozo de esta natividad.

    9. “Y el ángel les dijo: “Les anuncio un gran gozo, porque hoy les nació el Salvador” (Lc 2, 10-11). Con esto concuerdan las palabras del Génesis: “Nació Isaac. Dijo Sara: “Dios me hizo reír; y cualquiera que lo oiga, se reirá conmigo” (21, 5-6). Sara se interpreta “princesa” o “carbón”, y es figura de la gloriosa Virgen, princesa y nuestra reina, inflamada por el Espíritu Santo como el carbón por el fuego, Hoy Dios le dio la sonrisa, porque de ella nació nuestra sonrisa: “Les anuncio un gran gozo”, porque nació la sonrisa, porque nació Cristo. Esto hoy hemos oído del ángel: “Y cualquiera que lo oiga, se reirá conmigo”. Sonriamos, pues, y exultemos junto con la bienaventurada Virgen, porque Dios nos dio la sonrisa, o sea, el motivo de sonreír y de gozar con ella y en ella: “Hoy les nació el Salvador”.

    Si alguno se hallara en punto de muerte o fuera condenado al ergástulo y si se le anunciara: “He aquí, llegó el que te salvará”; ¿no reiría, quizás, o no exultaría? ¡Por cierto! Entonces gocémonos también nosotros con una conciencia pura y con un amor no fingido, porque hoy nos nació nuestro Salvador, que nos salvó de la esclavitud del diablo y del ergástulo del infierno.

    10. Para hallar este gozo, nos es dado una señal, cuando el ángel añade: “Esto les servirá de señal: Hallarán un niño envuelto en pañales y puesto en un pesebre” (Lc 2, 12).

    Aquí debemos notar dos cosas: la humildad y la pobreza. ¡Feliz el hombre que tendrá esta señal en la frente y en la mano, o sea, en la confesión y en las obras. ¿Qué significa: “Hallarán a un niño”, sino: “Hallarán la sabiduría balbuciente, la potencia débil, la majestad rebajada, lo inmenso hecho niño, el rico hecho pobre, el rey de los ángeles recostado en un establo, el alimento de los ángeles casi pasto de los animales, el ¡limitado recostado en un angosto pesebre? Esto, pues, les servirá como señal, para que no perezcan con los egipcios ni con los habitantes de Jericó.

    Por el verbo encarnado, por el parto de la Virgen, por el nacimiento del Salvador, “sea gloria a Dios Padre en los cielos altísimos, y sea paz a los hombres de buena voluntad”.

    Dígnese concedernos esta paz aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    IV Sermón alegórico

    11. “Un niño nos nació, un hijo se nos dio; y sobre sus hombros fue puesto el principado; y su nombre será el Admirable, el Consejero, el Dios fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la paz” (Is 9, 6). Pero antes había dicho: “He aquí, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, que será llamado el Enmanuel” (7, 14), o sea, “Dios con nosotros”. Este Dios se hizo por nosotros niño y hoy por nosotros nació. Cristo quiso ser llamado “niño” por muchas razones; pero, por amor a la brevedad, voy a exponer una sola. Si haces una injuria a un niño, si lo provocas con un insulto, si lo golpeas; pero si después le muestras una flor o una rosa o algo semejante, y mientras se la muestras se la entregas, ya no se acuerda de la injuria sufrida, se le pasa la ira y corre a tu encuentro para abrazarte.

    Asimismo, si ofendes a Cristo con un pecado mortal y si le haces cualquier otra injuria, pero después le ofreces la flor de la contrición o la rosa de una confesión bañada en lágrimas -“las lágrimas son la sangre del alma” (Agustín)-, El no se acuerda más de tu ofensa, perdona la culpa y corre a tu encuentro para abrazarte y besarte. Dice Ezequiel: “Si el impío hace penitencia de todos los pecados que cometió, yo no me acordaré más de sus iniquidades” (18, 21-22). Y Lucas, hablando del hijo pródigo: “El padre lo vio y, movido a misericordia, corrió a su encuentro, se echó sobre su cuello y lo besó” (15, 20). Y en el segundo libro de los Reyes se relata que “David acogió con benevolencia al fratricida Absalón y lo besó” (14, 33).

    “Hoy, pues, se nos nació un niño”. ¿Y a nosotros qué ventajas nos vinieron por el nacimiento de este niño? Muy muchas ventajas bajo todo concepto. Escucha a Isaías: “El niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid; y el niño destetado pondrá la mano sobre la cueva del basilisco. No harán daño alguno ni matarán en todo mi monte santo” (11, 8-9). El basilisco (palabra griega) y régulus (palabra latina) significan “reyezuelo” o pequeño rey, porque es el rey de las serpientes. Tanto esta serpiente venenosa como el áspid representan al diablo, cuyas cueva y caverna son los corazones de los inicuos; y en ellas nuestro “niño” puso la mano, cuando con la potencia de su divinidad sacó fuera al mismo diablo. Dice Job: “Su mano, como la de un obstetra, sacó fuera a la serpiente tortuosa” (26, 12).

    Es cometido de la obstreta retirar el fruto del parto de las tinieblas a la luz. Así Cristo, con la mano de su potencia, sacó a la antigua serpiente, el diablo, de los tenebrosos corazones de los réprobos. Y así ni el diablo ni sus satélites harán daño alguno a los cuerpos, sino con su permiso; en efecto, los diablos no pudieron entrar en los puercos sino con su permiso; y menos podrán matar a las almas con la muerte eterna. Antes de la llegada del Salvador, los diablos tenían sobre el género humano tanto poder que vejaban vergonzosamente los cuerpos de los hombres y arrastraban miserablemente a las almas al infierno. Sin embargo, desde ahora ya no podrán hacer ningún daño “en todo mi santo monte”, o sea, en toda mi Iglesia, en la que habito.

    12. “Y nos fue dado un hijo”. Con esto concuerda lo que se lee en el segundo libro de los Reyes: “En Gob contra los filisteos hubo una tercera batalla, en la cual Adeodato, hijo de Salto, tejedor de paños variopintos, betlemita, mató a Goliat, el geteo” (2Rey 21, 19).

    Observa que la primera batalla sucedió en el desierto: “Jesús fue conducido al desierto” (Mt 4, 1); la segunda sucedió en la planicie, o sea, en público: “Jesús estaba echando a los demonios” (Lc 11, 14); la tercera sucedió en el madero de la cruz, en la cual fue clavado y con la que derrotó a los filisteos, o sea, a las potencias del aire (ver Ef 2, 2). Esta tercera batalla se llevó a cabo en Gob, que se interpreta “lago”, o sea, en las llagas del Redentor y, especialmente, en la llaga del costado, de la que manaron los dos ríos de nuestra redención. En este “lago”, Jesús, por la sola misericordia de Dios Padre, nos fue dado, para ser nuestro campeón o atleta. El fue “hijo de Salto”, porque, como dice Marcos, “estaba en el desierto con las fieras” (1, 13); o también “hijo de Salto”, porque fue coronado de espinas (El término latino Saltus significa una quebrada cubierta con árboles y zarzas).

    “Tejía paños variopintos”. Cristo se preparó en el seno de la Virgen un vestido variopinto, o sea, la humanidad, adornada con los dones de la gracia septiforme; y “era betlemita”, porque hoy nació de la Virgen en Belén.

    O también. Fue “hijo de Sako” en la pasión; y será “tejedor de paños variopintos” en la resurrección final, porque entonces nos revestirá con el vestido variopinto, adornado con las cuatro dotes (del cuerpo resucitado); en fin, será “betlemita” en el convite eterno.

    Este nuestro atleta, golpeado en el lago de la pasión, derrotó a Goliat de Gat, o sea, al diablo.

    13. “Y sobre sus hombros fue puesto el principado”. Con esto concuerda lo que se lee en el Génesis: “Abraham tomó la leña para el holocausto y la puso sobre los hombros de Isaac, su hijo” (22, 6). Y dice Juan: “Jesús, llevando la cruz, se dirigió hacia el lugar llamado Calvario” (19, 17).

    ¡Oh humildad de nuestro Redentor! ¡Oh paciencia de nuestro Salvador! El, a solas, lleva por todos el madero, en el cual será colgado, clavado y muerto; o, como comenta Isaías: “El justo perece, y ¡no hay nadie que reflexione en su corazón!”. (57, 1). “Y sobre sus hombros fue puesto el principado”. Dice el Padre, por boca de Isaías: “Pondré sobre sus hombros la llave de la casa de David” (22, 22). La llave es la cruz de Cristo, con la cual El nos abrió la puerta del cielo. Y Observa que la cruz es llamada “llave” y “principado”: llave, porque abre el cielo a los elegidos; principado, porque con su fuerza precipita a los demonios al infierno.

    14. Y será llamado el Admirable en la natividad, el Consejero en la predicación, Dios por obrar milagros, el Fuerte en la pasión, el Padre del siglo futuro en la resurrección, En efecto, al resucitar, nos dejó a nosotros, como heredad a los hijos después de sí, la segura esperanza de la resurrección. Y en la eternidad será para nosotros el Príncipe de la paz.

    Dígnese concedernos esta paz el mismo Dios bendito. ¡Amén! ¡Así sea!

    V Sermón moral

    15. “Nos nació un niño”. De este niño dice Mateo: “Si no se vuelven y no se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos” (18, 3). Observa. El niño, cuando se despierta en su cuna, llora; si está desnudo, no se enrojece; si es sacudido, recurre al seno de la madre. La madre, cuando quiere destetarlo, unta los pechos con algo amargo. El niño no conoce la malicia del mundo; es incapaz de cometer pecados; no obra el mal contra el prójimo; no guarda rencor; a nadie odia; no busca las riquezas; no se preocupa de la belleza de este mundo; no tiene preferencia de personas. El niño simboliza al penitente convertido, quien una vez estuvo con el corazón hinchado de soberbia, altanero y presumido en las palabras, engreído en la opulencia de sus riquezas; en cambio, ahora se hizo pequeño, humilde y despreciable a sus ojos. Cuando vela, o sea, cuando evoca con la mente su vida pasada, llora amargamente; vuelto desnudo y pobre por amor de Cristo, no se avergüenza; tampoco se avergüenza de desnudarse en la confesión. Si sufre una injuria, no responde con otra injuria, sino que corre a la iglesia y derrama oraciones por los que lo calumnian y persiguen.

    La iglesia, por decirlo así, lo destetó, cuando con la amargura de los castigos (la satisfacción) le untó el pecho del placer carnal, que él solía chupar. Las otras analogías son claras, y por ende sean aplicadas literalmente.

    Cuando algún mundano se convierte y llega a ser “niño” de Cristo, con el júbilo del corazón y la alegría en la voz, debemos prorrumpir diciendo: “Nos ha nacido un niño”. Dice Juan: “La mujer”, o sea, la santa Iglesia, “cuando da a luz con la predicación o con la compasión hacia los pecadores, “está triste”; en cambio, “cuando da a luz” con la contrición y la confesión de los pecados, “a un niño”, o sea, a un neoconvertido, “no se acuerda más de los afanes, por el gozo de que vino al mundo un hombre” (16, 2 1). Y de Juan el Bautista -Juan se interpreta “gracia de Dios”- se dice: “Muchos se regocijarán por su nacimiento” (Lc 1, 14).

    16. “Nos fue dado un hijo”. Demos gracias a Dios, porque de un esclavo del mundo y del diablo hemos recibido a un hijo de Dios, el cual dice en el Salmo: “El Señor me dijo: “Tú eres mi hijo; yo hoy te engendré”, por medio de la gracia, a ti, que hasta ayer eras esclavo a causa de la culpa; y ya que eres hijo, “pídeme y te daré en posesión a las gentes”, o sea, los pensamientos rebeldes, “y en heredad los confines de la tierra” (Salm 2, 7-8), o sea, los sentidos de tu cuerpo, para que los domines. “Hijo”, del que se dice en el Génesis: “Hijo que crece es José, hijo que crece y de aspecto hermoso” (49, 22). “Un hijo que crece” por la pobreza, como el mismo José lo pondera: “Dios me hizo crecer en la tierra de mi pobreza (donde era pobre)” (41, 52). Y “de aspecto hermoso” por la humildad. En efecto, se dice en el Génesis que “Raquel”, nombre que se interpreta “oveja”, o sea, humilde, era “de rostro bello y de aspecto primoroso” (29, 17). “Nos fue dado”, “porque estaba muerto y volvió a la vida, estaba perdido y fue hallado” (Lc 15, 24). ¿Para qué fue dado? ¿Para qué fue hallado? Para que se someta a las fatigas de la penitencia.

    17. “Y sobre sus hombros fue puesto el principado”. Sobre esto tenemos una concordancia en el Génesis: “Isacar es un asno robusto, recostado entre los límites. Vio que el reposo era bueno y la tierra óptima; y sometió sus hombros para llevar cargas” (Gen 49 14-15).

    Isacar, que se interpreta “hombre de la recompensa”, es figura del penitente, que trabaja varonilmente por la recompensa eterna, y por esto es llamado “asno robusto”. De él se dice en el Eclesiástico: “Para el asno el forraje, el palo y la carga” (33, 25). El forraje rústico, para que no desfallezca; el bastón de la pobreza, para que no se insolente y no recalcitre; la carga de la obediencia, para que no se desacostumbre al trabajo. Con estos tres requisitos se prepara la medicina para el penitente.

    “Y recostado entre los límites”. Los dos límites son la entrada y la salida de la vida, o sea, el nacimiento y la muerte. Entre estos límites se recuesta el que pensando en su nacimiento se humilla y pensando en su muerte llora. El necio no está entre estos dos términos, sino que más bien se arregla en el centro de ellos. Se lee en el libro de los jueces: “¿Por qué te quedaste entre los dos confines, para oír los balidos de los rebaños?” (5, 16).

    El centro entre el nacimiento y la muerte es la vanidad del mundo; los rebaños son los movimientos carnales, cuyos balidos, o sea, las caricias lisonjeras, escucha aquel que descansa en la vanidad del siglo. En cambio, el penitente, que mora entre esos términos, eleva los ojos de la mente y atisba el reposo de la dichosa gloria, o sea, cómo sea buena para la glorificación del cuerpo, y a la vez atisba la tierra de la eterna seguridad, cómo sea óptima para la contemplación de la Trinidad; por eso somete sus hombros, para regir el principado, o sea, el yugo de la penitencia, por medio del cual se domina a sí mismo y vence las tentaciones. Por esto estimula el Eclesiástico: “Somete tus hombros y lleva el yugo” (6, 26).

    18. “Y será llamado admirable, consejero, Dios, fuerte, Padre del siglo futuro y príncipe de la paz”. Considera que en estos seis nombres está compendiada la perfección del penitente o del justo.

    El penitente es admirable en el diligente examen y en la frecuente revisión de sí mismo y ve maravillas en lo profundo de su corazón. Por esto es admirable aquel Job, cuya paciencia todo el mundo admira, que decía: “No cerraré mi boca, hablaré en la angustia de mi espíritu y conversaré en la amargura de mi alma” (7, 11). La angustia del espíritu y la amargura del alma no dejan nada fuera discusión, cuando todo es examinado y tamizado hasta lo más nimio.

    Es consejero en las necesidades corporales y espirituales del prójimo, como se expresa Job: “Fui ojo para el ciego y pie para el cojo” (29, 15). El ciego es aquel que no ve en su conciencia, y cojo es aquel que se desvía del recto sendero de la justicia. Pero el justo es buen consejero para los dos casos, porque para el primero es ojo enseñándole a conocer el deterioro de su conciencia; y para el segundo es pie sosteniéndolo y guiándolo, para que cumpla los pasos de las obras en el camino de la justicia.

    Es Dios. En el gobierno de los súbditos, el justo es llamado Dios sólo de nombre, porque hace las veces de Dios. En efecto, el Señor dijo a Moisés: “He ahí que yo te constituí “dios” del faraón”. Y también: “Si el ladrón no fuere descubierto, el dueño de la casa se acercará a los “dioses”, o sea, a los sacerdotes, y “jurará que no alargó su mano a las cosas de su prójimo” (Ex 7, 1; y 22, 8). También está escrito: “Ustedes son dioses” (Salm 81, 6).

    En otro sentido. Dios en griego se dice Theós, o sea, “que mira”, y deriva del verbo theoreo, mirar, porque Dios mira todas las cosas. Théo quiere decir también “corro”, porque Dios recorre pasando revista a todas las cosas. El penitente es llamado “Dios”, o sea, que mira y que recorre: mira las cosas superiores en la contemplación y pasa revista a las cosas pasadas, para comprometerse a la penitencia.

    Es fuerte en luchar contra las tentaciones. Se lee en el libro de los jueces: “Apareció un cachorro de león enfurecido, que corría rugiendo hacia Sansón. Pero el espíritu del Señor irrumpió en Sansón, el cual descuartizó al león, como se despedaza un cabrito” (14, 5-6), El cachorro de león es el espíritu de soberbia o de lujuria o de algún otro vicio: está enfurecido por su insistencia y ruge con la astucia. Aparece de improviso y asalta con violencia. Pero cuando el espíritu de la contrición, del amor y del temor de Dios irrumpe en el penitente, éste descuartiza el espíritu de soberbia simbolizado en el león, y despedaza el espíritu de lujuria, simbolizado en el cabrito a causa de su hedor. Así el penitente destruye, o sea, despedaza aquel pecado y sus circunstancias.

    Es Padre del siglo futuro, en la predicación de la palabra y en la del ejemplo. Dice el Apóstol: “Hijitos míos, a quienes de nuevo doy a luz, hasta que Cristo se forme en ustedes” (Gal 4, 19). Y otra cita: “Yo los engendré en Cristo, mediante el evangelio” (1Cor 4, 15), para la vida eterna. Es príncipe de la paz en la armoniosa cohabitación del espíritu y del cuerpo. Dice Job: “Las bestias de la tierra”, o sea, los impulsos de tu carne, “estarán en paz contigo; y constatarás que también tu tienda goza de paz” (5, 23-24). Y también: “Sepultado”, o sea, escondido al mundo por la contemplación, “dormirás seguro. Reposarás y no habrá quien te espante” (11, 18- 1 9).

    Dígnese concedernos todo esto aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica