Domingo XX después de Pentecostés
Exordio.
El triple templo y su candelabro
1. “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo” (Mt 22,2). Se lee en el primer libro de los Macabeos que “introdujeron en el templo el candelabro, el altar de los perfumes y la mesa” (4, 49). De estas cuatro cosas -templo, candelabro, altar y mesa- vamos a analizar el significado alegórico, el moral y el anagógico (místico). Considera que hay tres templos- el seno virginal, el alma fiel y la Jerusalén celestial; y en cada uno de ellos hay el candelabro, el altar y la mesa.
Del templo del seno virginal se habla en el tercer libro de los Reyes, cuando dice que Salomón edificó el templo con tres materiales: el mármol, el cedro y el oro. El mármol estaba revestido de madera de cedro, y el cedro lo estaba de oro (6, 7 … ) .
En el mármol se designa la virginidad de la bienaventurada Maria; en el cedro, cuyo olor ahuyenta a las serpientes, la humildad; y en el oro su pobreza. El mármol de la virginidad se reviste, o sea, se adorna y se conserva, con el cedro de la humildad. Una virgen soberbia no es virgen. Y por eso la dichosa María, casi olvidando su virginidad, muestra su humildad, diciendo: “¡He aquí la esclava del Señor!”.
El cedro de la humildad está revestido y adornado con el oro de la pobreza. En efecto, la abundancia de las riquezas suele producir la maldad de la soberbia.
En este templo fueron introducidos el candelabro, el altar de los inciensos y la mesa. Como en la divinidad tres son las personas, y una única sustancia, así en la humanidad de Cristo tres son las sustancias y una única persona. Jesucristo es Dios y hombre, y en el hombre hay el alma y el cuerpo. En el candelabro se designa la divinidad de Cristo; en el altar de los inciensos, su alma, que siempre fue colmada con la fragancia de todas las virtudes; y en la mesa, su carne, con la que nos alimentamos y nos saciamos en el sacramento del altar.
¡Bendito y glorioso este templo, iluminado por el candelabro de la luz eterna, perfumado por el altar de los inciensos y saciado con las mesa de la proposición, o sea, de las ofrendas.
Símilmente, del segundo templo, que es el alma fiel, dice el Apóstol: “El templo de Dios es santo, que son ustedes” (1Cor 3, 17). En este templo debemos introducir el candelabro de la caridad, el altar de los inciensos, o sea, la devoción de la mente, y la mesa de la proposición, o sea, la palabra de la sagrada predicación.
Del candelabro de la caridad se habla en el libro del Éxodo, cuando el Señor ordena a Moisés:
“Labrarás un candelabro dúctil de oro purísimo, del cual saldrán las copas, las esferas y los lirios. De los lados se ramificarán seis brazos: tres por un lado y tres por otro (25, 31-32).
Dúctil significa que se labra con el martillo. El candelabro de la caridad se labra con el martillo de la tribulación, para que la caridad, una vez nacida, crezca no en sí sino en la mente del hombre. Así comenta Agustín la primera carta de Juan: “La perfecta caridad consiste en que uno esté dispuesto también a morir por los hermanos. Pero, acaso, ¿una vez germinada, es ya del todo perfecta? No por cierto, pero nace para crecer hasta la perfección. Cuando nace, es alimentada; al ser alimentada, se fortifica; al fortificarse, se perfecciona; y al Negar a la perfección, dice: “Deseo morir para estar con Cristo” (Filp 1, 23). Estas palabras sugieren claramente el progreso y la perfección de la caridad”.
El candelabro de la caridad se labra con oro purísimo. La caridad no admite ningún defecto o vicio. Como el oro es el más precioso de todos los metales, así la caridad sobresale entre todas las demás virtudes. De este candelabro deben salir las copas, las esferas y los lirios. En la copa, que con su cavidad contiene lo que se le vierte y lo da a beber, se designa la humildad con la compunción de la mente. La concavidad está dispuesta para recibir líquidos; en cambio, la hinchazón (la convexidad) los rechaza. En la esfera que gira alrededor, se designa la solicitud por las necesidades del prójimo. En los lirios se designa la tersura de la castidad. Entonces tú, que tienes la caridad, has de poseer también las copas con respecto a Dios, las esferas con respecto al prójimo y los lirios con respecto a ti mismo.
Considera también que el candelabro de la caridad tiene seis brazos, tres a la derecha y tres a la izquierda, con los que abraza a Dios y al prójimo. Los tres brazos, con los que se abraza a Dios, son: el odio al pecado, el desprecio de las cosas temporales y la contemplación de las cosas celestiales. Del primer brazo dice el Salmista: “Odié y detesté toda iniquidad” (118, 163). Del segundo brazo dice el Apóstol: “Todo lo considero como estiércol, para ganar y abrazar a Cristo” (Filp 3, 8). Del tercer brazo dice el mismo Apóstol: “Fijen la mirada no en las cosas visibles, sino en las invisibles” (2Cor 4, 18).
Asimismo, los tres brazos, con que se abraza al prójimo son: perdonar al pecador, corregir al que yerra, nutrir al que tiene hambre. Sobre el primer punto se lee en el evangelio: “¡Perdónales, porque no saben lo que hacen!” (Lc 23, 34). Sobre el segundo punto dice Santiago: “El que hace volver al pecador del error de su camino, salvará su alma de la muerte y cubrirá una multitud de pecados” (5, 20). Sobre el tercer punto dice Salomón: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber” (Prov 25, 21).
Si se introducen en nuestra alma el altar de la devoción y la mesa de la sagrada predicación junto con este candelabro, entonces el templo será de veras santo y en él habitará Dios.
En fin, hay el tercer templo, o sea, la Jerusalén celestial. De él dice el Salmo: “Entraré en tu casa”, o sea, en la iglesia militante, “y me postraré en tu santo templo” (5, 8), o sea, en la iglesia triunfante; y en ambos templos “proclamaré tu nombre” (Salm 137, 2). Se lee en el libro de Daniel: “Daniel entró en su casa y en su aposento, cuyas ventanas estaban dirigidas hacia Jerusalén; y tres veces por día se ponía de rodillas para adorar y alabar a su Dios” (6, 10).
En este templo hay el candelabro de la luz. Dice el Apocalipsis: “La gloria de Dios lo ilumina, y su lámpara es el Cordero” (21, 23). Y allí hay también el altar de los inciensos. En el mismo Apocalipsis: “Vino el ángel y se paró delante del altar, con un incensario de oro. Le fueron dados muchos inciensos, para que los ofreciera junto con las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro, puesto delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo de los inciensos junto con las oraciones de los santos” (8, 3-4). Y esto es también lo que dijo Rafael a Tobías: “Cuando orabas con lágrimas, y sepultabas a los muertos, y descuidabas tu almuerzo, yo ofrecí tu oración al Señor” (12, 12).
Y allí hay también la mesa. Dice Lucas: “Yo les preparo un reino, como mi Padre me lo preparó, para que coman y beban a mi mesa, en mi reino” (22, 29-30).
Con estos tres templos queremos poner de acuerdo y celebrar las tres bodas, de las que trata el evangelio de hoy: “Semejante es el reino de los cielos a un rey que celebró las bodas de su hijo”.
2. Considera que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la preparación de las bodas y las invitaciones, cuando se dice: “Semejante es el reino de los cielos”. Segundo: la matanza de los asesinos y la presencia de los buenos y de los malos en las bodas, cuando añade: “El rey, oyendo esto, se indignó”. Tercero: la condenación del hombre no vestido con el traje nupcial, cuando concluye: “Entró el rey”.
En el introito de la misa se canta: “En tu poder, Señor, están todas las cosas” (Est 13, 9). Se lee, después, la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los efesios: “Vigilen cuidadosamente sobre su conducta” (5, 15). La vamos a dividir en tres partes y concordarlas con las tres partes del evangelio. La primera: “ ¡Vigilen! “; la segunda: “ ¡No se embriaguen de vino!“; la tercera: “¡Llénense del Espíritu Santo!”.
En este evangelio el Señor habla de bodas; y en su carta el Apóstol nos invita a celebrarlas con salmos, himnos y cánticos. Y es por esto que se la lee junto con este evangelio,
I Las tres bodas
3. “Semejante es el reino de los cielos a un rey”. Considera que hay tres especies de bodas: bodas de unión, bodas de justificación y bodas de glorificación. Las primeras fueron celebradas en el templo de la bienaventurada Virgen; las segundas se celebran diariamente en el templo del alma fiel; las terceras se celebrarán en el templo de la gloria celestial.
En las bodas, como se sabe, se unen dos personas: el esposo y la esposa. Y aunque dos familias estén en discordia, generalmente, gracias al matrimonio, se reconcilian, cuando la persona de una familia se casa con la de la otra.
Entre nosotros y Dios habla una gran discordia. Para eliminarla y establecer la paz , era necesario que el Hijo de Dios tomara su esposa de nuestro parentesco. Para concluir este negocio, o sea, el matrimonio, intervinieron muchos intermediarios e intercesores, con insistentes oraciones, y apenas pudieron obtenerlo. Finalmente el Padre dio su consentimiento y envió a su Hijo, el cual, “en el tálamo de la bienaventurada Virgen” (Glosa), unió a sí nuestra naturaleza; y entonces el Padre celebró las bodas de su Hijo.
A este propósito dice Juan Damasceno: “Después del consentimiento de la santa Virgen, el Espíritu Santo descendió a ella, según la palabra de Dios comunicada por el ángel, purificándola e infundiéndole la potencia adecuada para recibir y también engendrar la divinidad del Verbo. Y entonces la Sabiduría del Altísimo la cubrió directamente con su sombra; y su Potencia, o sea, el Hijo de Dios, de la misma sustancia del Padre, fue presente como semilla divina; y unió a sí mismo la carne de nuestra primitiva mezcla, tomándola de la santísima y purísima sangre de la misma Virgen, animada con el alma racional e intelectiva, no engendrándola de semilla, sino creándola por obra del Espíritu Santo”.
Después repite la misma cosa: “Todo lo que el Verbo había implantado en nuestra naturaleza, el Verbo de Dios lo asumió en sí mismo, o sea, el cuerpo y el alma intelectual. El Todo lo asumió todo, para darme a mí en totalidad y gratuitamente la salvación”. Y Agustín: “La divinidad quiso unirse de la manera más noble, ¡pero la carne no pudo casarse de manera más sublime!”.
Símilmente, el segundo tipo de bodas se celebra, cuando, al sobrevenir la gracia del Espíritu Santo, el alma pecadora se convierte. Dice el alma a través de la boca del profeta Oseas: “Iré y volveré a mi primer marido, porque entonces me iba mejor que ahora”. Y poco después: “Mi esposo me llamará, y ya no me llamará Baal. Y quitaré de su boca los nombres de Baal, y ya no se acordará de sus nombres. Y en ese día estableceré un pacto con las bestias del campo y con las aves del cielo y con los reptiles de la tierra; y eliminaré de la tierra el arco y la espada y la guerra; y los haré reposar tranquilos” (2, 7 y 16-18).
El esposo del alma es la gracia del Espíritu Santo. Cuando el Espíritu Santo la llama a la penitencia con la inspiración interior, todo llamado de los vicios pierde atracción. Por esto dice: “Baal ya no me llamará más”. Baal se interpreta “superior” o “devorador”, e indica el vicio de la soberbia, que tiende a estar sobre todos, y también los vicios de la gula y de la lujuria, que todo devoran. La gracia elimina sus nombres de la boca del penitente. “Sean eliminadas de su boca las cosas viejas” (1Rey 2, 3), para que el penitente elimine del corazón y de la boca no sólo el pecado, sino también las ocasiones y las fantasías peligrosas. “Y en aquel día”, o sea, en el momento de la infusión de la gracia, que ilumina el alma, ,establece un pacto con ellos”, o sea, se reconcilia con los pecadores, “con las bestias del campo”, o sea, con los avaros y con los rapiñadores, “y con las aves del cielos”, o sea, con los soberbios, “y con los reptiles de la tierra”, o sea, con los glotones y los lujuriosos. Y entonces destruye de la tierra, o sea, de la mente del pecador, los arcos de la sugestión diabólica, las espadas fulgurantes de la prosperidad mundana y la guerra de la carne. Y así los hace dormir tranquilos y celebrar las bodas, como el esposo con la esposa en el tálamo de la pura conciencia.
En fin, hay el tercer tipo de bodas que se celebrarán, cuando, en el día del juicio, llegue el esposo Jesucristo, del cual se dice: “He ahí, viene el esposo, salgan a su encuentro” (Mt 25, 6). El tomará consigo a su esposa, la Iglesia, de la que dice Juan en el Apocalipsis: “Ven y te mostraré a la desposada, la esposa del Cordero”. Y me mostró a la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, esplendente de la gloria de Dios” (21, 9 … 11). La Iglesia de los fieles desciende del cielo, de Dios, porque de Dios logró que su morada fuese en el cielo. Ahora vive en la fe y en la esperanza, pero dentro de poco celebrará con su Esposo las bodas, de las que se lee en el Apocalipsis: “¡Dichosos los que fueron invitados al banquete de las bodas del Cordero” (19, 9).
De estas tres bodas dice el Señor en Oseas: “Te haré mi esposa para siempre” (2, 19): he ahí las bodas de la glorificación. Dice Isaías: “Habrá una felicidad perenne sobre sus cabezas, y alcanzarán gozo y alegría” (Is 51, 11).
“Te haré mi esposa en el juicio y en la justicia, en la misericordia y en la benevolencia” (Os 2, 19): he ahí las bodas de la justificación. En el juicio de la confesión, con la cual el alma se juzga y se acusa; en la justicia de la satisfacción, con la cual se aplica a sí misma la justicia, el Señor hace su esposa al alma en la misericordia, perdonando los pecados, y en la benevolencia, infundiéndole la gracia y conservándosela.
“Te haré mi esposa en la fe” (Os 2, 20): he ahí las bodas de la unión. En efecto, en la fe de la bienaventurada Virgen, que creyó al ángel, se desposó con nuestra naturaleza.
Digamos, pues: “Semejante es el reino de los cielos a un rey, que celebró las bodas de su hijo”. Comenta la Glosa: “El reino de los cielos”, o sea, la Iglesia aquí en la tierra o la comunidad de los justos, “es semejante a un rey”, o sea, a Dios Padre, “que celebró las bodas de su Hijo”, o sea, unió a la iglesia a su Hijo, mediante el misterio de la encarnación.
4. “El rey envió a sus siervos a llamar a los invitados a las bodas; pero ellos no quisieron venir. De nuevo envió a otros siervos a decir: “He ahí, ya preparé mi almuerzo, mis bueyes y mis aves de corral cebadas ya están matados, y todo está dispuesto. ¡vengan a las bodas!” (Mt 22, 3-4). La misma cosa dice Salomón en los Proverbios: “La Sabiduría edificó su casa, labró sus siete columnas, mató sus víctimas, escanció su vino y puso su mesa. Envió a sus criadas para hacer las invitaciones sobre el baluarte y sobre las murallas de la ciudad” (Prov 9, 1-3).
La Sabiduría, el Hijo de Dios, edificó la casa de su humanidad en el seno de la bienaventurada virgen; y esa casa fue sostenida por siete columnas, o sea, por los dones de la gracia septiforme. Todo esto es lo mismo que decir: “Celebró las bodas de su Hijo. Mató sus víctimas, escanció su vino y puso su mesa”. También es lo mismo que decir: “He ahí, ya preparé in¡ almuerzo…”.
“Envió a sus criadas es lo mismo que decir: “Envió a sus siervos “ Considera que el Señor llama e invita a los pecadores para las tres susodichas bodas, que están designadas en el baluarte y en las murallas de la ciudad. En el baluarte se designa la humildad de la encarnación del Señor; en las murallas, las obras penitenciales, por las cuales uno sube a la ciudad de la gloria celestial. El Señor llama a los pecadores por medio de los predicadores, que son llamados siervos y criadas. Siervos por la humildad: “Somos siervos inútiles”, dice el evangelio de Lucas, “hicimos lo que debíamos hacer” (17, 10). Criadas a motivo de los cuidados solícitos que ejercen con las almas, justamente como las criadas con su señora. Se dice en el Salmo: “Como los ojos de la criada miran a las manos de su señora” (122, 2). A estas tres bodas se refieren las tres expresiones que hallamos en el evangelio y en Salomón: “He aquí, ya preparé mi almuerzo”, en las bodas de la unión. Comenta la Glosa: “El almuerzo está dispuesto”, o sea, se cumplió el misterio de la encarnación. Para que los invitados participaran con mayor gana, añade: “Mató los animales”, o sea, las víctimas. Entre los antiguos eran llamadas víctimas los sacrificios que se hacían después de la victoria, o también porque eran traídas al altar vincta, o sea, atadas”.
Víctimas fueron los apóstoles y sus seguidores, que entregaron sus cuerpos a los suplicios, para convocar a los pueblos a las bodas de la encarnación del Señor. De ellos dice Moisés: “Llamarán a los pueblos al monte, y allí inmolarán las víctimas de justicia” (Dt 33, 19). Los apóstoles llamaron a los pueblos al monte, o sea, a la fe en la encarnación del Señor; y allí, o sea, para dilatar la fe, se inmolaron a sí mismos como víctimas de justicia, para que los injustos se volvieran justos. Está escrito: “El justo vive en virtud de la fe” (Gal 3, 11).
Símilmente, “mis bueyes están matados”, en las bodas de la justificación, o sea, de la penitencia. Los bueyes son matados, cuando los soberbios pecadores se humillan y se mortifican con la penitencia. Entonces ya no se pertenecen a sí mismos, sino al Señor. Se pertenece a sí mismo el que busca sus intereses y no los de Jesucristo. Dice Juan: “Los suyos no lo recibieron” (1, 11). Cuando tiene la cabeza erguida como el toro y tiene los ojos de torva mirada, el hombre se pertenece a sí mismo. En cambio, cuando la cabeza se sumerge en el fango, o sea, cuando la soberbia se humilla en la consideración de su bajeza y es matada con la mortificación y la penitencia, entonces no se pertenece, sino que pertenece a aquel que lo compró.
En estas bodas, la Sabiduría mezcla el vino, cuando reprime los placeres de la carne y del mundo con la amargura de las lágrimas. Dice Isaías: “La bebida (medicina) es amarga para los que la beben” (24, 9). La bebida del gozo mundano, cuando se mezcla con las lágrimas de la penitencia, es amarga para los que la beben, o sea, para los penitentes. Asimismo, “las aves gordas del corral están matadas y todo está dispuesto” en las bodas de la gloria celestial Las aves gordas del corral son llamadas en latín altilia, de álere, nutrir; y simbolizan a los hombres perfectos, ricos en caridad interior, que con las plumas de la contemplación buscan las cosas supernas. Se dice que están matados, porque con la muerte del cuerpo ya alcanzaron el reposo. En estas bodas “la Sabiduría puso la mesa”. Por esto, se dijo anteriormente: “Para que coman y beban a mi mesa”.
Nadie, o, más bien, pocos van al banquete de estas tres bodas. Detestan la pobreza y la humildad de la encarnación del Señor, temen la dura penitencia, no desean el banquete de la mesa celestial y, más bien, aspiran ardientemente a los bienes temporales. Sigue el evangelio: “Los invitados no se preocuparon y fueron quien a su hacienda, o casa de campo, y quien a los propios negocios” (Mt 22, 5). Comenta la Glosa: “Ir a la casa de campo significa sumergirse desmedidamente en las ocupaciones terrenas; e ir a los propios negocios quiere decir ansiar las ganancias terrenas”. Sobre este argumento consulta el sermón del II domingo de Pentecostés, sobre el evangelio: “Un hombre preparó una gran cena”.
En fin, “otros invitados tomaron a sus siervos, los injuriaron y los mataron” (Mt 22, 6). Sobre este tema tenemos una concordancia en el segundo libro de los Macabeos, donde son recordados los siete hermanos horriblemente matados por Antíoco, junto con su madre. Y en el mismo segundo libro se habla de Eleazar, que, “prefiriendo una muerte gloriosa a una vida ignominiosa, “voluntariamente se encaminó al suplicio” (7, 1 - 19; y 6, 1 9).
5. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Vigilen atentamente sobre su conducta, no como necios, sino como sabios” (Ef 5, 15- 16).
Observa que en esta primera parte de la epístola se ponen tres versículos que concuerdan con las tres susodichas bodas: “Vigilen atentamente, aprovechen bien el tiempo, no sean insensatos”. El que aspira a las bodas de la encarnación del Señor, camina con cautela, porque camina en la luz; y el que camina en la luz, no tropieza. Dice Isaías: “Los pueblos caminarán a tu luz, y los reyes en el esplendor de tu nacimiento” (60, 3). Los que participan en las bodas de la Sabiduría encarnada, no son necios, sino que se vuelven de veras sabios. La misma Sabiduría lo afirma: “A mi me pertenecen el consejo y la justicia, mía es la prudencia, mía es la fortaleza” (Prov 8, 14). Son éstas las virtudes que hacen al hombre sabio: el consejo para huir del mundo, la justicia para dar a cada uno lo suyo; la prudencia para cuidarse de los peligros, y la fortaleza para mantenerse firme en las adversidades.
Viene a las bodas de la penitencia el que rescata el tiempo mal gastado, “aprovechando el tiempo presente, porque los días son malos” (Ef 5, 16). Y Agustín comenta: “Los días son llamados malos, a motivo de la maldad y de la miseria del hombre. Aprovecha el que pierde, o sea, el que da de lo suyo, para ocuparse de Dios, porque es como si diera una monedita por el vino. Dice el evangelio: “Si uno quiere litigar contigo en juicio y quitarte la túnica, déjale también el manto” (Mt 5, 40).No pierdas tiempo, para tener el corazón en paz”. En fin, el que aspira a las bodas de la gloria celestial, no es necio sino prudente. Prudente es como decir porro videns, que ve lejos. “Gusta y ve qué bueno es el Señor” (33, 9); y en aquella bondad comprende cuál sea la voluntad de Dios.
Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos hagas Regar a las bodas de tu encarnación con la fe y la humildad y que nos hagas celebrar las bodas de la penitencia, para que después podamos participar en las bodas de la gloria celestial.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
II Las tres tiendas
6. Continúa el evangelio: “El rey, al oír lo sucedido, se enojó y envió a sus ejércitos para exterminar a aquellos homicidas y quemar su ciudad” (Mt 22, 7). Comenta la Glosa: Antes, mientras invitaba y cumplía obras de demencia, obraba el “hombre”; ahora, en el momento del castigo, sólo es llamado “rey”. Dice el Salmo: “La misericordia y la verdad preceden tu rostro” (88, 1 5). En su primera venida fue misericordia, en la segunda será verdad de juicio. Por esto, Cristo es llamado también abeja, porque tiene la miel de la misericordia y el aguijón de la justicia.
Dice de Él el profeta Malaquías: “El será como el fuego del fundidor y como hierba de los lavadores” (3, 2). La hierba de los lavadores se llama borit, hierba para jabonar. Con ella se hacen panes, que se llaman herbáticos, los que blanquean los vestidos, los secan y los usan como jabón.
Jesucristo es, al presente, como la hierba de los lavadores, porque con su misericordia blanquea las almas de los pecados; pero en el futuro será para los impíos como el fuego del fundidor, que los envolverá en el horno del infierno. El evangelio añade: “Envió a sus ejércitos…”. Dice la Glosa: “Enviará a sus ejércitos”, o sea, a los ángeles, por medio de los cuales ejercerá el juicio, exterminará a los pecadores y a su ciudad; o sea, quemará en la gehena la carne, o sea, el cuerpo, con el alma: y así los que pecaron con el cuerpo y el alma, serán castigados tanto en el cuerpo como en el alma”. “Dijo el rey a sus siervos: “Las bodas están dispuestas; pero los invitados no fueron dignos” (Mt 22, 8). La gracia de Dios está siempre a disposición; pero se hace indigno el que la rechaza o, después de haberla recibido, no la conserva. Las bodas están dispuestas: ¿por qué no vienen? ¿Por qué no entran? ¿Por que se vuelven indignos? oigan lo que amenaza el Señor por boca del profeta Zacarías: “El Señor destruirá todas las naciones que no suban a celebrar la fiesta de las tiendas” (14, 18). Considera que las tiendas son tres, y corresponden a los tres tipos de bodas.
La primera es la tienda de la encarnación del Señor, de la que habla Isaías: “La tienda brindará la sombra contra el calor del día, y será refugio y abrigo en el turbión y en el aguacero” (4, 6). El Hijo de Dios, cuando recibió de la bienaventurada Virgen el cuerpo, en el cual como en una tienda, fue huésped y peregrino, hizo para nosotros como una sombra contra el calor del día, o sea, contra el ardor de la prosperidad mundana. Dice el Salmo: «Tú protegiste con la sombra mi cabeza en el día de la batalla” (13,9, 8), o sea, al tiempo de la prosperidad mundana, que hostiliza reciamente a los pobres de Cristo.
El que carece de la sombra de la pobreza del Señor, el sol arde sobre su cabeza y muere. Se relata en el libro de Judit que “su marido, Manasés, murió en los días de la siega de la cebada. Se hallaba en el campo, para vigilar a los ligadores de gavillas, Cuando su cabeza fue golpeada por la insolación; y murió” (8, 2-3). Un episodio semejante lo hallamos en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que el muchacho, hijo de la sunamita, salió para ir a su padre entre los segadores y dijo a su padre: “Me duele la cabeza”. Y murió” (4, 18-20).
Manasés se interpreta “olvidadizo”, y simboliza al codicioso y al avaro, que, olvidando la pobreza del Señor, mientras atan en el campo, o sea, en la abundancia de las cosas temporales, las gavillas de las riquezas, son golpeados a la cabeza, o sea, en la mente, por el ardor de la prosperidad mundana; y así mueren.
Lo mismo se debe entender del muchacho, o, sea, del carnal y del lujurioso, de los que dice Isaías: “El niño morirá a los cien años; y el pecador de cien años será maldito” (65, 20). Y el Filósofo: “Es la malicia la que no te permite ser anciano” (De autor ignoto).
También la humanidad de Jesucristo es para nosotros seguridad y protección. Dice el Salmo: “El Señor es mi ayuda, no temo: ¿qué puede hacerme el hombre?” (117, 6). Y esa humanidad es también sombra: “Protégeme bajo la sombra de tus alas” (Salm 16, 8); protégeme del turbión de la sugestión diabólica y del aguacero de la concupiscencia carnal.
La segunda es la tienda de la penitencia. Se lee en los Cantares: “Morena soy, pero hermosa, como las tiendas de Cedar” (1, 4). Sobre este argumento consulta el sermón del III domingo de Cuaresma, sobre el evangelio: “Cuando un espíritu inmundo …
La tercera tienda es la de la gloria celestial Dice el Salmo: “¡Qué amables son tus tiendas, Señor de los ejércitos!” (83, 2).
Por ende, el que no sube a celebrar la fiesta de estas tiendas, el Señor lo herirá con la condenación a la muerte eterna. La fiesta de la primera tienda se celebra en la fe y en la humildad, la fiesta de la segunda tienda en la contrición del corazón, y la fiesta de la tercera tienda en la dulzura de la contemplación.
Las bodas, pues, están dispuestas; pero los invitados no fueron dignos; y por eso, ¡ay de los que se hacen indignos, prefiriendo las cosas innobles, viles y transitorias, o sea, el estiércol de las cosas temporales! “Vayan”, pues, oh predicadores, “a los cruces de los caminos; y a cuantos encuentren, invítenlos a las bodas”. Comenta la Glosa. “Los caminos simbolizan las obras; las salidas de los caminos, la falta de obras, porque, en general, fácilmente se convierten los que no tienen éxitos en las actividades terrenas”. Sobre este argumento, consulta el sermón del II domingo después de Pentecostés, parte tercera, sobre el evangelio: “Un hombre preparó una gran cena”.
“Y los siervos salieron por las calles y juntaron a todos los que hallaron, buenos y malos; y las bodas se llenaron de convidados” (Mt 22, 10). Comenta la Glosa: “La iglesia está puesta entre el cielo y el infierno, y por eso junta indistintamente a buenos y a malos”, o sea, a Pedro y a Judas, el aceite y la amurca -que es la hez del aceite, así llamada de mergere, que yace en el fondo-, el trigo y la paja, así Ramada de pala, porque es aventada con la pala, para pulir el trigo. La paja, o sea, los pecadores, son aventados por la pala de la sugestión diabólica. Y el Eclesiástico, por contraposición, dice: “No te dejes arrastrar por cualquier viento, ni sigas cualquier camino” (5, 11); y entiende la soberbia, de la que parten todos los caminos del diablo. Y Job lo confirma: “Trata con desprecio todo lo que es elevado: él es el rey de todos los hijos de la soberbia” (41, 25).
7. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “No se embriaguen de vino, porque en él hay lujuria” (Ef 5, 18). Sobre este versículo queremos reflexionar más ampliamente y mostrar qué gran peligro se esconda en el vino. Se dice en el Génesis: “Noé, cultivador de la tierra, comenzó a plantar una viña. Bebió el vino, se emborrachó y se desnudó en su tienda” (9, 20-21). He ahí, a la letra, ¡cuánta desgracia va unida al uso excesivo del vino!.
Sentido moral. Noé es figura del prelado, el cual, mediante la predicación, cultiva la tierra, o sea, la mente de los súbditos; planta una viña, cuando edifica a sus súbditos con las buenas obras; bebe el vino, cuando se complace en ellos, como dice el Apóstol: “¿Quién plantó una viña y no comió de su fruto?” (1Cor 9, 7). Pero, a veces, se embriaga, cuando de ello se jacta inútilmente o de otra manera cae en el pecado. Después sigue la desnudez, o sea, la divulgación del pecado oculto. Y ésta es la evacuación del vientre de Saúl, de que se habla en el primer libro de los Reyes, donde dice que “Saúl entró en una caverna, para evacuar el vientre” (24, 4). Comenta Gregorio: “Evacuar el vientre significa extender al exterior el insoportable hedor de la malicia, concebida dentro, en el corazón”. Cam, o sea, el mal súbdito, divulga el pecado de su prelado; en cambio, Sem y Jafet, o sea, los buenos súbditos, con el rostro vuelto a otra parte, cubren con una manta la desnudez del padre. Y siempre Gregorio: “Decimos que volvemos la cabeza de algo que reprobamos. Los hijos de Noé llevan una manta con el rostro vuelto a otra parte, porque, aun desaprobando el hecho, pero apreciando al maestro, no quieren ver lo que cubren. “No se embriaguen, pues, de vino, porque en él hay lujuria”.
Dice Jeremías: “Puse delante de los hijos de la casa de los Recabitas unas copas llenas de vino y unos cálices, y les dije: “¡Beban vino!”. Pero ellos me contestaron: “No bebemos vino, porque Jonadab, hijo de Recab, nuestro padre, nos mandó: “No beberán vino ni ustedes ni sus hijos, jamás; ni edificarán casas, ni sembrarán semillas, ni plantarán viñas ni las tendrán, sino que habitarán en tiendas por todos sus días”. Y poco después: “A la casa de los recabitas dijo Jeremías: “Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel; “Por obedecer a la orden de su padre Jonadab, no faltará varón de la estirpe de Jonadab, que esté siempre en mi presencia” (35, 5-7 y 18-19). “No se embriaguen de vino, pues, porque en él hay lujuria”.
El que se embriaga de vino, no merece participar en el banquete de las bodas; sino que, más bien, merece, como aquellos homicidas, ser quemado con toda su ciudad. Y a este propósito tenemos una concordancia en el primer libro de los Macabeos, donde se relata que Tolomeo, hijo de Abubo, ofreció a Simón un gran banquete. “Cuando Simón y sus hijos estuvieron borrachos, Tolomeo y sus hombres se alzaron, empuñaron las armas, entraron en la sala del banquete, y los mataron a él, a sus dos hijos y a algunos de sus jóvenes servidores, Y cometió una gran traición contra Israel” (16, 16-17).
He ahí, ¡cuántos males son causados por el vino, por medio del cual el diablo no sólo mata a los carnales, sino también a los penitentes, simbolizados en Simón y en sus hijos, o sea, sus obras, y a los jóvenes servidores, o sea, su pureza!. “No se embriaguen de vino, porque en él hay lujuria”.
Dice Oseas: “La fornicación, el vino y la embriaguez quitan el juicio” (4, 11). Se lee en el Génesis que Lot tenía dos hijas: “La mayor dijo a la menor: “Ven, embriaguemos de vino a nuestro padre, y durmamos con él, para poder suscitar una descendencia de nuestro padre. Le dieron de beber vino y durmieron con él” (19, 31-35). ¡He ahí cómo el vino quita el juicio!
Sentido moral. Lot es figura del justo, sus dos hijas simbolizan la perversa sugerencia y el placer desordenado, que, a veces, trastornan el ánimo del justo, tanto que de veras podría ser llamado Lot, o sea, “decadente”. Y sobre ello tenemos una concordancia en Isaías: “De la raíz de la serpiente saldrá un áspid, y su estirpe tragará el ave” (14, 29). La raíz de la serpiente es la sensualidad en el hombre, de la que nace el áspid, o sea, la sugestión; y la estirpe de éste, o sea, el placer carnal, tragará el ave, o sea, la razón, que podía volar muy alto. “No quieran embriagarse de vino, porque en él hay lujuria”.
Y a propósito dice Salomón en los Proverbios. “¿Para quién, los ayes? ¿Para el padre de quién, los ayes? ¿Para quién, los litigios? ¿Para quién, los precipicios? ¿Para quién, las heridas sin motivo? ?Para quién, los ojos amoratados? ¿No son, quizás, para los que se entregan al vino y siguen vaciando los cálices? No mires el vino, cuando su color brilla en una copa y cuando se desliza deliciosamente, pero al fin te morderá como una serpiente, y como una víbora te inoculará el veneno” (23, 29-32). Y esto se aplica, sobre todo, a la lujuria. “No quieran, pues, embriagarse de vino, porque en él hay lujuria”.
Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que nos preserves de la ruina y del fuego de la gehena a nosotros y a nuestra ciudad, nos ayudes a subir a la fiesta de las tiendas y nos liberes de la embriaguez de vino y de su lujuria, para merecer un día comer y beber a tu mesa en el reino de los cielos. Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
III - Los tres trajes nupciales
8. “Entró el rey para ver a los convidados, y allí vio a un hombre que no llevaba traje nupcial” (Mt 22, 11).
Considera que como son tres los tipos de bodas, así son tres los trajes nupciales: el de lino fino, el variopinto y el de escarlata. En el primer tipo de bodas es necesario el traje de lino, en el segundo el traje variopinto y en el tercero el de escarlata. Por eso el que quiere participar en las bodas de la encarnación del Señor, es necesario que tenga el traje de lino, o sea, del candor de la castidad. Se dice en el Apocalipsis: “Ya llegaron las bodas del Cordero y su esposa está preparada, y a ella se le concedió que se vistiera de lino fino, cándido y esplendente” (19, 7-8).
Cordero se dice en latín agnus y tiene este nombre, porque agnóscit, reconoce a la madre más que los demás animales; y por ende es figura de Jesucristo, que, colgando de la cruz, reconoció a su Madre entre los miles de judíos, y “encomendó a la Virgen al discípulo virgen” (jerónimo).
Llegaron, pues, las bodas del Cordero, o sea, se cumplió la encarnación de Jesucristo; y por ende su esposa, la santa Iglesia, y toda alma fiel, debe prepararse con la fe y debe cubrirse de lino fino, o sea, de castidad, esplendente en la conciencia y cándida en el cuerpo. ¿Cómo podría participar en las bodas del Hijo de Dios y de la bienaventurada Virgen, el que no se viste con el traje de lino de la castidad? ¿Cómo puede pretender entrar en la Iglesia, unirse a la comunidad de los fieles y participar en la preparación del cuerpo de Cristo, el que sabe que no tiene el traje de lino cándido y espléndido, o sea, la castidad interior y exterior? El rey le dirá sarcásticamente: “Amigo, ¿cómo entraste aquí sin el traje nupcial?” (Mt 22, 12). El Hijo de la bienaventurada Virgen se complace mucho en el candor de la castidad. De El habla la esposa del Cantar: “Mi amado descendió a su jardín, a los canteros de las especias aromáticas, para apacentarse en los jardines y recoger lirios. Yo soy de mi amado, y mi amado es mío: él se apacienta entre los lirios” (6, 1-2). El jardín del Amado es el alma del justo, en la que hay dos tesoros: el cantero de las hierbas aromáticas, o sea, la humildad, que es la madre de todas las demás virtudes, y los lirios, o sea, la doble continencia; y por eso a este jardín baja y se alimenta el Amado. Considera que hay cuatro jardines: el jardín de los nogales, el de los manzanos, el de las vides y el de las hierbas aromáticas. Siete son los dones del Espíritu Santo-. el espíritu del temor, de la ciencia y de la piedad, del consejo y de la fortaleza, de la inteligencia y de la sabiduría (Is 11, 2-3). El alma del justo, por el espíritu del temor, se vuelve jardín de los nogales, cuyos frutos, las nueces, poseen tres características: la amargura en la corteza, la dureza en la cáscara y la dulzura en la pepita. El jardín de los nogales es la penitencia, que tiene la amargura en la carne, la dureza de las tribulaciones en la resignación de la mente y el gusto de los gozos espirituales.
Símilmente, por el espíritu de ciencia y de piedad, el alma del justo llega a ser el jardín de los manzanos, cuyos frutos, las manzanas, tienen la dulzura de la misericordia. Asimismo, por el espíritu del consejo y de la fortaleza, llega a ser el jardín de las vides, teniendo el calor de la caridad; y por el espíritu de sabiduría y de inteligencia llega a ser el jardín de las hierbas aromáticas, que emiten fragancia a nuestras puertas (Cant 7, 13) (Glosa).
9. El que quiere participar en las bodas de la penitencia, es necesario que tenga la túnica variopinta, o sea, la humildad del corazón. De ella dice el Génesis: “Jacob amaba a José más que a los otros hijos, por haberlo engendrado en la ancianidad, y le confeccionó una túnica variopinta” (37, 3). Jacob, o sea, Dios Padre, amó a José, o sea, a su hijo, Jesucristo, más que a todos los hijos adoptivos, habiéndole engendrado de María Virgen en la “vejez”, o sea, en el mundo decadente; y le confeccionó una túnica variopinta, o sea, lo revistió de humildad. El mismo dijo: “¡Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón!” (Mt 11, 29). A este propósito hallamos algo semejante en el segundo libro de los Reyes, donde se lee: “Hubo una tercera batalla contra los filisteos en Gob, en la cual Adeodato, hijo de Salto, tejedor de tejidos variopintos, betlemita, derrotó a Goliat, el geteo “ (2 1, 1 9).
Considera que tres son las batallas: del diablo, del mundo y de la carne. Esta es la batalla de Gob, que se interpreta “lago”; y nuestra carne es un “lago de miseria y barro de hez” (Salm 39, 3). En este lago se traba la batalla contra los filisteos, o sea, contra los cinco sentidos del cuerpo, que, embriagados por la bebida de las cosas temporales, se hunden en los pecados. En esta batalla y en este lago hay el penitente, que es “Adeodato”, o sea, iluminado por la gracia de Dios, “hijo de Salto”, o sea, de la soledad, de la penitencia y de la aflicción, “tejedor de tejidos variopintos”, o sea, humilde y manso, “de Belén”, o sea, contemplativo y colmado de la dulzura del pan celestial. Este, tan valeroso y tan dotado de cualidades, mientras se mortifica, derrota a Goliat, el geteo, o sea, al diablo.
Dice Isaías: “El Señor de los ejércitos levantará el azote contra Asur”, o sea, el diablo, como la matanza de Madián en la peña de Oreb” (10, 26). Se lee en el libro de los jueces que Gedeón “derrotó los campamentos de Madián con antorchas, con las trompetas y quebrando los cántaros” (7, 19-21). Gedeón es el penitente que, a través de la lámpara de la contrición, la trompeta de la confesión y la rotura de los cántaros, o sea, la mortificación de la carne, derrota al diablo; y esto en la peña de Oreb, que se interpreta “sequía” o “cuervo”, o sea, con el firme e inamovible propósito de vivir en la penitencia, que deseca los flujos de la lujuria e induce al luto y al desprecio del mundo, simbolizados en el cuervo.
Pues bien, el que quiera entrar en las bodas de la penitencia, debe revestirse del traje variopinto. Y si estuviera privado de él, podría oír: “Amigo”, por el vestido modesto, enemigo por la pompa del corazón, “¿cómo entraste aquí”, o sea, en la orden religiosa, “sin tener el traje nupcial” de la humildad? ¿Qué hay de más detestable y de más abominable ante Dios y los hombres que la soberbia en un religioso? Si tampoco el cielo fue de provecho para los ángeles soberbios, ¿como puede ser de provecho el monasterio para el religioso soberbio? ¡Hasta los seglares se humillan y los pecadores se confiesan! En cambio, el religioso se jacta de las plumas de la cigüeña y del gavilán (Job 39, 13), y monta en soberbia. Y entonces dice de él el profeta Abdías: “La soberbia de tu corazón te ensalzó”, o sea, te engañó (1, 3). Sobre esto, consulta el sermón del domingo de Sexagésima, sobre el evangelio: “El sembrador salió a sembrar”.
10. En fin, el que quiere entrar en las bodas de la gloria celestial, es necesario que se revista de un traje escarlata, o sea, de la caridad de Dios y del prójimo.
La escarlata y la púrpura son de la misma materia; sólo que su color es muy diverso. La púrpura, producida por el primer color de la ostra, es más oscuro, mientras la escarlata, producida por el segundo color, es más roja. Por esto el señor ordenó a Moisés que “los ornamentos sacerdotales y en las cortinas de la tienda de la reunión fueran teñidos dos veces con la cochinilla, o sea, con la escarlata ( Ex 26 y 28), en la que con razón está simbolizado el amor de Dios y del prójimo.
También David habla de esta cochinilla o escarlata: “Hijas de Jerusalén, lloren sobre Saúl, que las vestía de escarlata y de delicias y que adornaba sus ropas con ornamentos de oro” (2Rey 1, 24).
Oh hijas de Israel, oh almas fieles, lloren sobre la muerte de Saúl, o sea, de Jesucristo, a quien el Padre ungió como rey para liberar a los hijos de Israel de las manos de los filisteos, o sea, de los demonios. El las viste con la escarlata de la doble caridad y con las delicias de la pura conciencia, y, para embellecer sus vidas, les ofrece los adornos de oro de las demás virtudes.
El que en el último juicio se halle privado de tal traje, recibirá del Rey la sentencia de su condenación.
Se dice de este Rey: “Entró el rey”, porque, viniendo para juzgar, iluminará la conciencia de todos, “para ver”, o sea, para poner en evidencia los méritos de los que deben ser juzgados, y distinguir a los “comensales”, o sea, a los que están tranquilos en su fe; y “allí vio a un hombre”, en el cual se designan todos los que están unidos en el mal, “que no estaba vestido con el traje nupcial”, o sea, que tenía la fe pero no las obras de la caridad; “y le dice: “Amigo”, por la fe, “¿cómo entraste aquí sin vestido nupcial?”. Pero él quedó mudo”, porque allí no hay posibilidad para negar o para disculparse. “Entonces dijo a sus siervos: “Atenlo manos y pies y échenlo a las tinieblas exteriores. Allí habrá llanto y rechinar de dientes” (Mt 22, 13).
De este Rey dice Jeremías: “Nadie es como tú, Señor; tú eres grande y grande es la potencia de tu nombre. ¿Quién no te temerá, o Rey de las gentes?” (Jer 10, 6-7). A este Rey se le canta en el introito de la misa de hoy: “En tu poder están, Señor, todas las cosas” (Est 13, 9). Este Rey de reyes y Señor del universo ordena a sus siervos: “Atenlo manos y pies”. Son atados con el castigo los que aquí no quisieron “atarse”, o sea, no quisieron impedirse de hacer el mal. Allí los miembros, cada uno en particular, serán sometidos a las penas correspondientes a los vicios a los que aquí se abandonaron (Glosa): “Por lo que uno peca, por lo mismo será castigado” (Sab 11, 17).
“Échenlo a las tinieblas exteriores” del infierno, que allí son exteriores, mientras aquí las tuvo interiores, en el corazón. A este propósito dice la Sabiduría: “Ningún fuego, por intenso que fuere, alcanzaba a iluminarlos, y tampoco el brillo radiante de las estrellas alcanzaba a esclarecer esa terrible noche” (17, 5).
La tinieblas son llamadas así porque ténent umbras, mantienen las sombras. La sombra simboliza el olvido de la muerte, y es llamada exterior, porque cuando acoge a uno extra, o sea, fuera de la tierra de los vivientes, lo retiene por la eternidad. “Allí habrá llanto” de los ojos que se posaron sobre las vanidades, “y rechinar de dientes”, que gozaron en la glotonería y devoraron los bienes de los pobres. Estos serán los dos peores momentos del infierno. el fuego y el hielo. Del fuego procede el humo, que provoca el llanto; del hielo proviene el rechinar de dientes, de los que habla Job: “Pasarán de las aguas heladas de la nieve al máximo calor” (24, 19). Considera que, como en este mundo los pecados más numerosos son la lujuria y la avaricia, así en el infierno los tormentos más pavorosos serán el fuego y el hielo. La lujuria es un fuego, del que habla Job-. “Es un fuego que devora hasta la destrucción y que consume todo germen” de virtud (31, 12).
Se lee en la Historia Natural que “la salamandra vive en el fuego” (Aristóteles); así el lujurioso vive en la lujuria. El fuego de la lujuria engendra el fuego de la gehena. La avaricia es llamada hielo, porque encoge las manos para que no se extiendan a la misericordia. Se lee también en la Historia Natural que el pájaro sufre de mal caduco (epilepsia) y cae a tierra, pero no por la enfermedad. Es porque come una hierba llamada jusquiamo, beleño (planta con propiedades narcóticas); y cuando la come, esa hierba despide vapores fríos, que hielan el cerebro, por lo cual el pájaro cae a tierra.
El pájaro, así llamado de párvitas, pequeñez, simboliza al avaro que es pequeño y mezquino, porque no puede vivir sin las moneditas y es más pequeño que todas las riquezas que posee, porque no son las riquezas las que le sirven a él, sino él a las riquezas. Su cerebro, o sea, su mente, se encoge por el hielo de la codicia; y por eso caerá a la tierra del infierno, donde habrá llanto y rechinar de dientes.
El evangelio concluye: “Muchos son los llamados” por la fe a las bodas; «y pocos son los escogidos”, en el reino, por la caridad.
11. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “llénense del Espíritu Santo, entreteniéndose mutuamente con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en sus corazones” (Ef 5, 18-19).
Presta atención a los tres términos: salmos, himnos y cánticos, que concuerdan con los tres tipos de bodas, indicados anteriormente. En las bodas de la encarnación del Señor es necesario el salmo de las buenas obras, para que obres según lo que crees; y así serás buen salmista tocando el “salterio de diez cuerdas” (Salm 32, 2), que canta al Señor con la Observancia de los diez mandamientos.
En las bodas de la penitencia es necesario el himno de la confesión y de la humildad, de lo que dice el Salmo: “Es himno de alabanza para todos sus santos, para los hijos de Israel”, o sea, para los religiosos y los penitentes, “un pueblo que está cerca de El” (148, 14).
En las bodas de la gloria habrá el cántico de alegría. Los impíos florarán y rechinarán sus dientes en el infierno, mientras los santos cantarán un cántico de alegría en el cielo: “Cantarán el cántico de Moisés, siervo de Dios” (Ap 14, 3). Como Moisés, después de haber sumergido al faraón y a los egipcios en el mar Rojo, prorrumpió en un cántico de exultación; así los santos, después que los impíos estén hundidos en el infierno, cantarán en el cielo un canto de eterna exultación. Y sobre esto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Macabeos, donde se relata que, masacrados los enemigos y quemadas sus ciudades, “con himnos y cantos de alabanza bendecían al Señor que obró grandes cosas en Israel y que les dio la victoria” (10, 38).
¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Con la voz, con la mente y con las lágrimas roguemos y supliquemos al Señor Jesucristo que, cuando venga para el juicio, no mande que seamos echados a las tinieblas exteriores junto con el hombre privado del traje nupcial, sino que nos admita a cantar el cántico de exultación con sus santos en las bodas de la gloria celestial.
Nos lo conceda el mismo Cristo, que es digno de alabanza y de gloria por los siglos eternos. Y toda alma, esposa de Cristo, responda: “ ¡Amén! ¡Aleluya!”.