Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo II de Cuaresma (I)

    Exordio.- Sermón a los predicadores

    1. “Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan y los llevó a un monte muy alto…” (Mt 17, 1).

    En el Éxodo se lee que el Señor dio esta orden a Moisés: “Sube a mí al monte, y espera allá; y te daré dos tablas, la ley y los mandamientos que escribí, para que se los enseñes a los hijos de Israel” (24, 12).

    Moisés se interpreta “acuático” y es figura del predicador, que riega las mentes de los fieles con el agua de la doctrina “que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 14). Al predicador le dice el Señor: “Sube a mí al monte”. El monte, a causa de su altitud, simboliza la sublimidad de la vida santa, a la cual el predicador debe subir por la escala del amor divino, abandonando el valle de las cosas temporales; y allí hallará al Señor. En efecto, al Señor se le halla en la sublimidad de la vida santa. Se dice en el Génesis: “En el monte el Señor verá” (22, 14); o sea, el Señor, en la sublimidad de la vida santa, le hará ver y entender lo que debe a Dios y lo que debe al prójimo.

    “Te daré dos tablas”. En las dos tablas está indicada la ciencia de los dos Testamentos, la sola que sabe enseñar, la sola que hace sabios. Esta es la única ciencia que enseña a amar a Dios, a despreciar el mundo y a someter la carne. Esta doctrina debe enseñar el predicador a los hijos de Israel, porque de ella dependen toda la ley y los profetas (Mt 22, 40). Pero, ¿dónde se encuentra esta ciencia tan preciosa? justamente, en el monte. “Sube a mí -dijo- al monte, y permanece allí”, porque allí “se realizará el cambio de la derecha del Altísimo” (Salm 76, 11), la transfiguración del Señor, la contemplación del verdadero gozo.

    Por eso, del mismo monte se dice en el evangelio de hoy: “Jesús tomo a Pedro, a Santiago y a Juan…

    2. Observa que en este evangelio se destacan cinco cosas notables: la ascensión de Jesucristo con los apóstoles, su transfiguración, la aparición de Moisés y Elías, la sombra producida por la nube luminosa, y la declaración de la voz del Padre: “Este es mi Hijo muy amado”.

    Para gloria de Dios y para utilidad de sus almas, vamos a ver el significado moral de estos cinco sucesos, conforme a lo que el Señor quiera inspirarnos.

    I - La subida al monte de Jesucristo con los tres apóstoles

    3. “Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan”. Estos tres apóstoles y amigos íntimos de Jesucristo simbolizan las tres facultades de nuestra alma, sin las cuales nadie puede subir al monte de la luz, o sea, a la sublimidad de la familiaridad divina. Pedro se interpreta “el que conoce”, Santiago el que suplanta” y Juan “gracia del Señor”.

    También tú, que crees en Jesús y de Jesús esperas la salvación, toma contigo a Pedro, o sea, el conocimiento de tu pecado, que consiste en tres cosas: la soberbia del corazón, la concupiscencia de la carne y el apego a las cosas mundanas. Toma contigo a Santiago, o sea, la destrucción de estos tres vicios, para que con la sumisión de la razón puedas demoler la soberbia del espíritu, mortifiques la concupiscencia de tu carne y rechaces la vana falsedad de las cosas mundanas. Toma, en fin, también a Juan. o sea, la gracia del Señor, que “está a la puerta y llama” (Ap 3,20), para que te ilumine y te haga conocer el mal que hiciste y te haga perseverar en el bien que comenzaste a hacer. Estos son aquellos tres hombres, de los que dijo Samuel a Saúl: “Al llegar a la encina del Tabor, saldrán a tu encuentro tres hombres, que están subiendo a Dios en Betel: uno lleva tres cabritos, el otro tres tortas de pan y el tercero un odre de vino” (1Rey 10, 3).

    La encina del Tabor y el mismo monte Tabor simbolizan la sublimidad de la vida santa, que con razón es llamada encina y monte y Tabor: encina, porque es constante y firme hasta la perseverancia final; monte, porque es elevada y sublime hasta la contemplación de Dios; Tabor, que se interpreta “esplendor que viene”, porque difunde la luz del buen ejemplo. En la sublimidad de la vida santa se requieren estas tres cosas: que sea constante en sí misma, sumergida en la contemplación de Dios y luz que ilumina al prójimo.

    “Cuando vengas”, o sea, cuando decidas venir o subir a la encina o al monte Tabor, “te saldrán al encuentro tres hombres, que suben a Dios en Betel”. Estos tres hombres son Pedro, o sea, “el que conoce”; Santiago, o sea, “el que suplanta”; y Juan, “la gracia de Dios”.

    Pedro lleva tres cabritos, Santiago tres tortas de pan y Juan un odre de vino. Pedro, o sea, el que se reconoce pecador, lleva tres cabritos. En el cabrito está simbolizado el hedor del pecado, y en los tres cabritos las tres especies de pecados, en los que más frecuentemente caemos: la soberbia del corazón, la impudencia de la carne y el apego a las cosas mundanas. Pues bien, el que quiere subir al monte de la luz, debe llevar estos tres cabritos, o sea, debe reconocerse culpable en estas tres especies de pecados.

    Santiago, o sea, “el que suplanta o erradica” los vicios de la carne, lleva tres tortas de pan. El pan simboliza la bondad del espíritu, que consiste en la humildad del corazón, en la castidad del cuerpo y en el amor a la pobreza. Nadie puede tener esa “bondad”, si primero no erradica los vicios. Pues bien, lleva las tres tortas de pan, o sea, la triple bondad del espíritu, el que reprime la soberbia del corazón, combate la impudencia de la carne y rechaza la avaricia del mundo.

    Juan, o sea, el que con la gracia de Dios, -que previene, acompaña y coopera-, conserva todas estas cosas con fidelidad y constancia, lleva de veras el odre del vino. El vino en el odre simboliza la gracia del Espíritu Santo, infundida en la buena voluntad.

    Jesús tomó, pues, a Pedro, a Santiago y a Juan. Toma tú también a estos tres personajes y sube al monte Tabor.

    4. Pero, créeme, la ascensión es difícil, porque el monte es muy alto. Con todo, ¿quieres subir con gran facilidad? Procúrate aquella escala, que se lee y se canta en la historia bíblica de este domingo: “Jacob vio en sueños una escala levantada, o sea, apoyada en tierra, y su cima tocaba el cielo; veía también a los ángeles de Dios que subían o bajaban por ella; y al Señor apoyado en ella” (Gen 28, 12-13).

    Presta atención a cada una de las palabras y constatarás su concordancia con el evangelio. Vio: he ahí el conocimiento del pecado, del que el bienaventurado Bernardo dice: “Dios no me conceda tener otra visión que la de conocer mis pecados”. Jacob, que tiene el mismo significado de Santiago: he ahí el desarraigo de la carne. De Jacob dijo Esaú: “¡He ahí que por la segunda vez me suplantó!”. (Gen 27, 36). En sueño: he ahí la gracia del Señor que infunde el sueño del sosiego y de la paz, El filósofo Aristóteles así describe el sueño: “El sueño es la quietud de las facultades corporales, con la tensión de las facultades espirituales”. Cuando uno duerme el sueño de la gracia, se sosiegan en él los estímulos carnales, producidos por sus obras malas, y se reaniman los impulsos del espíritu. Dice el Génesis: “Al ocaso del sol, el sueño venció a Abraham y un gran temor cayó sobre él” (Gen 15, 12). Por “sol” se entiende aquí el placer carnal; y, cuando se lo vence, desciende sobre nosotros un sopor, o sea, el éxtasis de la contemplación; y nos invade un gran terror de los pecados pasados y de las penas del infierno. ¿Quieres oír la tensión de las facultades espirituales, cuando se debilitan las facultades carnales? “Yo duermo”, dice la esposa del Cantar, o sea, desisto del ansia de las cosas temporales, “y mi corazón está en vela” (Cant 5, 2), en la contemplación de las cosas celestiales. Con razón se dice: “Jacob vio en sueños una escala”, por medio de la cual tú puedes subir al monte Tabor.

    5. Observa que esta escala tiene dos brazos (los tirantes) y seis peldaños, por medio de los cuales es fácil la subida. Esta escala simboliza a Jesucristo; los dos brazos son la naturaleza divina y la humana; los seis peldaños son su humildad y pobreza, la sabiduría y la misericordia, la paciencia y la obediencia. Fue humilde al asumir nuestra naturaleza, cuando “miró a la humildad de su sierva” (Lc 1, 48). Fue pobre en su natividad, en la que la virgen pobrecilla, al dar a luz al mismo Hijo de Dios, no encontró lugar donde acostarlo, sino que “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre de ovejas”. Fue sabio en su predicación, porque “comenzó a hacer y a enseñar” (Hech 1, 1). Fue misericordioso al acoger benignamente a los pecadores: “No vine para llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mt 9, 13) a la penitencia. Fue paciente bajo los flagelos, las bofetadas y los salivazos. El mismo dijo a través de la boca de Isaías: “Puse mi rostro como piedra durísima” (50, 7). La piedra, si es golpeada, no reacciona ni se queja contra quien la parte. Así Cristo: “Al ser maldecido, no maldecía; y, al padecer, no amenazaba venganza” (1Pe 2, 23). Fue, en fin, “obediente hasta la muerte y a la muerte de cruz” (Filp 2, 8). Esta escala estaba apoyada en la tierra, cuando Cristo se dedicaba a la predicación y obraba milagros; y tocaba el cielo, cuando, como dice Lucas, pasaba las noches en oración al Padre” (6, 12).

    He ahí: la escala está erguida. ¿Por qué, pues, no suben? ¿Por qué serpentean por tierra con las manos y con los pies? Suban, pues, porque Jacob vio a los ángeles que subían y bajaban por la escala. Suban, pues, oh ángeles, oh prelados de la Iglesia, oh fieles de Jesucristo. Suban, les digo, para contemplar cuán suave es el Señor; y bajen, luego, para ayudar y aconsejar, porque de esto necesita el prójimo. ¿Por qué intentan subir por otro camino que no es la escala? Por cualquier otra parte que quieran subir, los amenaza el precipicio. “oh necios y de corazón lento”, no digo, “para creer” (Lc 24, 25), porque ustedes creen, ¡y también los demonios creen!; pero ¡ustedes son duros y de piedra en el obrar! ¿Presumen ustedes poder subir por otro camino al monte Tabor, al reposo de la luz, a la gloria de la bienaventuranza celestial, en lugar de la escala de la humildad, de la pobreza y de la pasión del Señor? ¡De veras no es posible! He aquí la palabra del Señor: “El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24). Y en Jeremías se lee: “Tú me llamarás Padre, y no desistirás de caminar en pos de mí” (3, 19). Dice Agustín: “El médico toma primero la medicina amarga, para que no rehúse beberla el enfermo”. Y Gregorio:

    “Bebiendo el cáliz amargo, se llega al gozo de la sanación”. “Para salvar la vida, debes arrostrar el hierro y el fuego” (Ovidio). Suban, pues, y no teman, porque el Señor está apoyado sobre la escala, dispuesto a acoger a los que suben. “Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y subió a un monte muy alto”.

    II - La Transfiguración de Jesucristo

    6. “Y se transfiguré delante de ellos”. Graba en ti como en cera blanda esta figura, para poder recibir la figura de Jesucristo. He aquí cómo fue: “Su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve” (Mt 17, 2). En esta expresión se deben observar cuatro cosas: el rostro, el sol, las vestiduras y la nieve. Vamos a ver cuál podría ser su significado moral.

    En la parte anterior de la cabeza, que es el rostro del hombre, hay tres sentidos: la vista, el olfato y el gusto, ordenados y dispuestos de manera admirable. El olfato está puesto entre la vista y el gusto, como una balanza. Análogamente, en el rostro de nuestra alma hay tres sentidos espirituales, dispuestos en orden perfecto por la sabiduría del sumo Artífice: la visión de la fe, el olfato de la discreción y el gusto de la contemplación.

    7. Sobre la “visión de la fe” se lee en el Éxodo que “Moisés y Aarón, Nadab y Abiud y los setenta ancianos de Israel vieron al Señor de Israel; y había debajo de sus pies un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno” (24, 9-10). En esta cita se describen todos los que ven con el ojo de la fe y qué cosa deban ver, o sea, creer. Moisés se interpreta “acuático”, y es figura de todos los religiosos que deben empaparse con las aguas de las lágrimas. Para este fin fueron sacados del río de Egipto, para que en esta horrible soledad siembren entre lágrimas y, después, cosechen con júbilo en la tierra prometida. Aarón, sumo pontífice, que se interpreta “montano”, (porque Dios lo mandó a encontrar a Moisés en el monte - Ex 4, 27), es figura de todos los altos prelados de la iglesia, que se hallan constituidos en el monte de la dignidad y de la autoridad. Nadab, que se interpreta “espontáneo”, es figura de todos los súbditos, que deben obedecer espontáneamente y no forzadamente. Abiud, que se interpreta “padre de ellos”, es figura de todos los que están unidos en matrimonio según la forma de la iglesia, para que sean padres de hijos. En fin, los setenta ancianos de Israel simbolizan a todos los bautizados, que en el bautismo recibieron los siete dones de la gracia del Espíritu Santo.

    Todos ellos ven, o sea, creen y deben ver y creer en el Dios de Israel. Y “bajo sus pies había un embaldosado de piedras de zafiro”. He ahí lo que deben creer. Las palabras “Señor de Israel” indican la divinidad; las palabras “bajo sus pies” indican la humanidad de Jesucristo, a quien debemos creer como verdadero Dios y verdadero hombre. De “estos pies” dice Moisés en el Deuteronomio: “Los que se acercan a sus pies, recibirán su doctrina” (33, 3). Por esto se dice que María “estaba sentada a los pies del Señor y escuchaba sus palabras” (Lc 10, 39). Bajo los pies del Señor, o sea, después de la encamación de Jesucristo, apareció la obra del Señor como de piedras de zafiro y semejante al cielo sereno. La piedra de zafiro y el cielo sereno tienen el mismo color. Observa que el zafiro tiene cuatro propiedades: muestra en sí mismo una estrella, destruye el carbunclo, es semejante al cielo sereno y detiene la hemorragia.

    El zafiro es figura de la santa Iglesia, que tuvo su inicio después de la encarnación de Cristo y permanecerá hasta el fin de los tiempos. Ella se articula en cuatro órdenes: los apóstoles, los mártires, los confesores y las vírgenes, que con razón podemos comparar a las cuatro propiedades del zafiro.

    El zafiro muestra en sí mismo una estrella y en esto simboliza a los apóstoles, que por primeros mostraron la estrella matutina de la fe a los que yacían en las tinieblas y en la sombra de muerte. El zafiro, con su contacto, hace desaparecer el carbunclo, que es una enfermedad mortal; y en esto simboliza a los mártires que con su martirio vencieron la enfermedad mortal de la idolatría. El zafiro, de color del cielo, simboliza a los confesores que, considerando como inmundicia todas las cosas temporales, se elevaron con la cuerda del amor divino a la contemplación de la celestial bienaventuranza, diciendo con el Apóstol: “Nuestra patria está en el cielo” (Filp 3, 20). En fin, el zafiro detiene la hemorragia, y en esto simboliza a las vírgenes, que por el amor del Esposo celestial detuvieron totalmente en sí mismas la sangre de la concupiscencia carnal. Y ésta es la obra admirable de la piedra del zafiro, que apareció bajo los pies del Señor.

    Con los comentarios susodichos tienes claramente lo que tu alma debe ver y lo que debe creer con el ojo de la fe.

    8. Sobre el olfato de la discreción, se lee en el Cántico del amor: “Tu nariz es como la torre del Líbano, que mira contra Damasco” (Cant 7, 4). En esta cita hay cuatro palabras muy importantes: la nariz, la torre, el Líbano y Damasco. En la nariz se indica la discreción; en la torre la humildad; en el Líbano, que se interpreta “blancura”, la castidad; y en Damasco, que se interpreta el que bebe sangre”, la malicia del diablo.

    La nariz del alma es, pues, la virtud de la discreción, por medio de la cual debe saber distinguir el perfume del hedor, el vicio de la virtud, y advertir también las cosas lejanas, o sea, las tentaciones del diablo. Dice Job del justo: “Percibe de lejos el olor de la batalla, las incitaciones de los capitanes y las griterías del ejército” (39, 25). El alma fiel, con el olfato, o sea, con la virtud de la discreción, prevé la guerra de la carne y los comandos de los capitanes, o sea, las sugestiones de la vana razón, simbolizadas en los capitanes, para que, bajo la apariencia de la santidad, no caiga en la fosa de la iniquidad. Siente las griterías del ejército, o sea, las tentaciones de los demonios, que aúllan como las fieras. El aullido es propio de las fieras.

    El olfato de la esposa debe ser como la torre del Líbano. La virtud de la discreción consiste, sobre todo, en la humildad del corazón y en la castidad del cuerpo. Con razón, la humildad es llamada la “torre de la castidad”, porque como la torre defiende el campamento, así la humildad del corazón defiende la castidad del cuerpo de los dardos de la fornicación. Si tal es el olfato de la esposa, bien podrá con facilidad mirar contra Damasco, o sea, el diablo, que ansía beber la sangre de nuestras almas, disfrazando su sutil perfidia.

    9. Del gusto de la contemplación, dice el Profeta: “Gusten y vean qué bueno es el Señor” (Salm 33, 9).

    Gusten, o sea, con la garganta de su mente mastiquen y, masticando, evoquen la bienaventuranza de aquella celestial Jerusalén, que es la glorificación de las almas santas, la gloria inefable de los ejércitos de ángeles, la perenne dulzura del Dios trino y uno. Consideren también qué gran gloria es tomar parte en los coros de los ángeles, junto con ellos alabar a Dios con incansable voz, contemplar cara a cara el rostro de Dios, admirar el maná de la divinidad en la urna de oro de la humanidad. Si gustan a fondo estas cosas, de veras y muy de veras constatarán qué bueno es el Señor. ¡Bienaventurada el alma, cuyo rostro está dotado y enriquecido con tales sentidos!.

    Observa que el olfato, casi como el fiel de la balanza, está colocado entre la vista de la fe y el gusto de la contemplación. En la fe es necesaria la discreción, para que nos atrevamos a acercarnos y a ver la zarza ardiendo y a desatar la correa de las sandalias, o sea, a investigar los misterios de la encarnación del Señor. Cree nomás, y esto es suficiente. No está en tu poder desatar las correas. Dice Salomón: “El que presume escudriñar la majestad de Dios, será aplastado por su gloria” (Prov 25, 27). Hemos, pues, de creer con firmeza y profesar nuestra fe con sencillez.

    También en la contemplación es necesaria la discreción, para no pretender saborear las cosas celestiales más de lo que sea conveniente. Dice Salomón: “Hijo, si encontraste la miel”, o sea, la dulzura de la contemplación, “come lo que te basta, para no vomitarla, si te hartas demasiado” (Prov 25, 16). Vomita la miel aquel que, no contentándose con la gracia gratuitamente recibida, quiere indagar con la razón humana la dulzura de la contemplación, descuidando lo que se lee en el Génesis que, “al nacer Benjamín, murió su madre Raquel” (35, 17-19). En Benjamín se representa la gracia de la contemplación, en Raquel la razón humana. Al nacer Benjamín, muere Raquel, porque, cuando la mente, elevándose sobre sus fuerzas, vislumbra alguna luz de la divinidad, desfallece toda razón humana. La muerte de Raquel simboliza el desfallecimiento de la razón. Por esto escribía Ricardo de San Víctor: “Con la razón humana, nadie puede llegar allí donde fue arrebatado Pablo”.

    Por esto, el olfato de la discreción debe ser como una balanza colocada entre la vista de la fe y el gusto de la contemplación, para que el rostro de nuestra alma resplandezca como el sol.

    10. Observa que en el sol se destacan tres cosas: el esplendor, la blancura y el calor. Y considera cómo estas tres propiedades del sol se compaginan perfectamente con los tres sentidos del alma. El esplendor del sol concuerda con la visión de la fe, que con la claridad de su luz vislumbra y cree en las cosas invisibles. La blancura, o sea, la pureza y la limpieza, concuerda con la discreción del olfato; y con toda razón, porque como nos tapamos la nariz y nos dirigimos a otra parte ante una cosa hedionda, así por la virtud de la discreción debemos alejarnos de la inmundicia del pecado. Y también el calor del sol concuerda con el gusto de la contemplación, porque en ella hay de veras el calor del amor. Dice san Bernardo: “Es absolutamente imposible contemplar el sumo Bien y no amarlo”, ya que Dios es el mismo amor.

    Presten, pues, atención, oh queridísimos hermanos, y consideren lo útil y lo saludable que es tomar consigo a estos tres compañeros y subir al monte de la luz, porque allí se realiza de veras la transfiguración, desde la efímera apariencia de este mundo a la figura de Dios que permanece por los siglos de los siglos y de la que se dice: “ Su rostro resplandeció como el sol”. ¡ojalá resplandezca como el sol el rostro de nuestra alma, para que lo que vemos en la fe, brille en las obras; y el bien que percibimos en lo interior, por la virtud de la discreción, se traduzca en un lindo testimonio de obras externas; y lo que saboreamos en la contemplación de Dios, suscite mayor fervor en el amor al prójimo. Sólo así nuestro rostro resplandecerá como el sol.

    11. “Sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve, tanto que ningún lavandero en la tierra las podría hacer más blancas” (Mt 17, 2; Mc 9, 2). Las vestiduras de nuestra alma son los miembros de este cuerpo, que deben ser cándidos. Dice Salomón: “En todo tiempo sean cándidos tus vestidos” (Ecle 9, 8). ¿De qué candor? “Como la nieve”. El Señor, por boca de Isaías, promete a los pecadores convertidos: “Si sus pecados fueran como la escarlata, serán blanqueados como la nieve” (1, 18).

    Observa aquí dos cosas: la escarlata y la nieve. La escarlata es un paño que tiene el color del fuego y de la sangre. La nieve es fría y blanca. En el fuego se representa el ardor del pecado y en la sangre su inmundicia; en la frialdad de la nieve se representa la gracia del Espíritu Santo y en la blancura la pureza de la mente. Dice, pues, el Señor: “Si sus pecados fuesen como la escarlata”… Es como si dijera: “Si ustedes vuelven a mí, yo les infundiré la gracia del Espíritu Santo, que extinguirá el ardor del pecado y lavará su inmundicia. El mismo dice por boca de Ezequiel: “Derramaré sobre ustedes agua pura y serán purificados de todas sus inmundicias” (36, 25). Por ende, las vestiduras, o sea, los miembros de nuestro cuerpo, han de ser blancas como la nieve, para que la frialdad de la nieve, o sea, la compunción del corazón, extinga el ardor del pecado, y la pureza de nuestra familiaridad con Dios lave toda inmundicia.

    También las vestiduras simbolizan las virtudes de nuestra alma, que, si se reviste de ellas, aparecerá gloriosa en la presencia del Señor. De esas vestiduras, se lee en la historia bíblica de este domingo, que “Rebeca revistió a Jacob con vestiduras muy lindas, que guardaba en su poder” (Gen 27, 15). Rebeca, o sea, la sabiduría de Dios Padre, revistió a Jacob, o sea, al justo, con vestiduras muy lindas, o sea, con virtudes, porque estaban tejidas con la mano y el arte de su sabiduría, y las guardaba en su poder, colocadas en el tesoro de su gloria. Y el Señor las tiene de veras, porque es amo y dueño de todo, y da esas vestiduras a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Estas vestiduras son cándidas por el efecto que producen, porque hacen cándido al hombre, no diría como la nieve, sino mucho más blanco que ella. Y tales vestiduras, ningún lavandero, o sea, ningún predicador que exista, las puede hacer tan cándidas con el lavado de su predicación.

    III - La aparición de Moisés y Elías

    12. “Aparecieron Moisés y Elías, que hablaban con El” (Mt 17, 3).

    Al justo así transfigurado, así iluminado y así revestido, se le aparecen Moisés y Elías. En Moisés, que era “el más manso de todos los hombres que habitaban en la tierra” (Num 12, 3), cuyos ojos no se habían empañados ni removidos los dientes, está simbolizada la mansedumbre de la misericordia y de la paciencia.

    “Manso” es como decir “acostumbrado a la mano”. Este es como un hijo, como un animal doméstico, acostumbrado a la mano (a la acción) de la gracia divina. Su ojo, o sea, la razón, no se empaña con la neblina del odio, ni se ofusca con la nube del rencor; sus dientes no se mueven contra alguno con la murmuración, ni muerden con la calumnia.

    En Elías, quien, como se narra en el tercer libro de los Reyes, “mató a los profetas de Baal en las orillas del torrente Cisón” (18, 40), está simbolizado el celo de la justicia. “Baal” se interpreta “el que está en alto” o “devorador”, y “Cisón” “su dureza”. Pues bien, el que de veras arde de celo por la justicia, mata con la espada de la predicación, de la amenaza y de la excomunión a los profetas y a los siervos de la soberbia, que tienden siempre a lo alto; mata a los siervos de la gula y de la lujuria, que todo devoran: los mata para que mueran al vicio y vivan para Dios. Y esto lo lleva a cabo en el torrente Cisón, o sea, por la excesiva dureza de su corazón, a causa de la cual acumulan sobre sí la indignación para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios. A este propósito dice el Señor por boca de Ezequiel: “Son hijos de dura cerviz y de indomable corazón, aquellos a los que te envío. Toda la casa de Israel es de frente impudente y de cerviz obstinada” (2, 4; y 3, 7). llene la “frente impudente” aquel que, cuando es corregido, no sólo desprecia la corrección, sino que tampoco se avergüenza del pecado. A éste lo reprende Jeremías: “Te hiciste una cara de meretriz: no quisiste ruborizarte” (3, 3).

    Moisés y Elías, o sea, la mansedumbre de la misericordia y el celo de la justicia, deben manifestarse en el justo, ya transfigurado en el monte de la familiaridad con Dios, para que, como el samaritano, pueda infundir en las llagas del herido el vino y el aceite: la aspereza del vino exasperará la blandura del aceite, y la blandura del aceite atenuará la aspereza del vino.

    Del ángel que apareció en la resurrección de Cristo, se lee en Mateo que “su semblante era como el rayo y sus vestiduras como la nieve” (28, 3). En el rayo se indica la severidad del juicio, y en el candor de la nieve la blandura de la misericordia.

    El ángel, o sea, el prelado, debe tener el aspecto del rayo, para que las mujeres, o sea, las mentes afeminadas, se espanten ante la vista de su santidad. Como hizo Ester, de la cual se dice: “Cuando el rey Asuero levantó la mirada con las chispas de sus ojos mostró la cólera de su ánimo, la reina se y desmayó, su rostro palideció y recostó su cabeza cansada sobre el hombro de su criada” (15, 10). Pero el prelado, como lo hizo Asuero, debe extender el cetro de oro de su benevolencia y revestirse de los vestidos de nieve, para que los que fueron reprendidos por la severidad paterna, sean consolados por la piadosa benevolencia de la madre. Por esto se dice: aunque uses el látigo del padre, ten siempre los pechos de la madre.

    El prelado tiene que ser como el pelícano, el cual, como se cuenta, mata a sus polluelos, pero, después, extrae sangre de su cuerpo, la derrama sobre ellos y así los hace revivir. Así debe conducirse el prelado: después de haber censurado a sus hijos y súbditos con el azote de la disciplina y haberlos matado con la espada de ásperas invectivas, debe con su sangre, o sea, con la compunción de la mente y la efusión de lágrimas, que Agustín llama “sangre del alma”, exhortarlos a la penitencia, en la que está la vida del alma.

    IV - El testimonio de la voz del Padre “Este es mí Hijo muy amado”

    13. Si en ti existieran antes estas tres cosas: la subida al monte, la transfiguración y la aparición de Moisés y Elías, llegarías a obtener también la cuarta, como lo aclara el evangelio: “He ahí que una nube luminosa los envolvió” (Mt 17, 5). Una expresión similar la hallamos hacia el fin del Éxodo: “Después de haber llevado a cabo todas las obras, una nube cubrió la tienda del testimonio, y la gloria del Señor la llenó” (40, 31-32).

    Recuerda que en la tienda del testimonio había cuatro cosas: el candelabro con siete lámparas, la mesa de la proposición, el arca del testamento y el altar de oro. La tienda del testimonio es el hombre justo. Es tienda, porque la vida del hombre es un duro combate mientras viva. Desde la tienda, los soldados armados suelen acometer a los enemigos y ser por ellos acometidos; y el justo, cuando emprende un combate, él mismo es combatido. Por eso se dice: “El enemigo que pelea bien, te obliga también a ti a pelear bien” (Ovidio). Es tienda del testimonio, que se recibe no sólo de los que están fuera, testimonio que a veces no corresponde a la verdad, sino de uno mismo, cuya gloria es el testimonio de su conciencia (2Cor 1, 12), y no de la lengua ajena.

    En esta tienda del testimonio, el candelabro de oro, labrado a mano, con siete lámparas, es la compunción del corazón de oro del justo, que es molido por una serie de suspiros como si fueran martillos. Las siete lámparas de este candelabro son los tres cabritos, las tres tortas de pan y el odre de vino, que llevan los susodichos compañeros del justo. Hay también en la tienda del justo la mesa de la proposición, que simboliza la perfección de la vida santa y sobre la cual hay que poner los panes de la proposición, o sea, el alimento de la predicación, que debe ser ofrecido a todos. Por esto dice el Apóstol: “Soy deudor tanto de los griegos como de los bárbaros” (Rom 1, 14).

    Siempre allí, en la tienda, se halla el arca del testamento, en la que se guardaban el maná y el bastón de Aarón. En el arca, o sea, en la mente del justo, debe haber el maná de la mansedumbre, para ser como Moisés, y el bastón de la corrección, para ser como Elías. En fin, hay también un altar de oro, símbolo del firme propósito de la perseverancia final. En este altar se ofrecen diariamente el incienso de la devota compunción y los aromas de la perfumada oración.

    14. Con razón se dijo: “Después de haber terminado todas las obras, una nube cubrió la tienda del testimonio”. Una vez que se llevó a cabo hasta la perfección todo lo relacionado con la tienda, una nube la cubrió y la llenó la gloria del Señor, como se dice en el evangelio de hoy: “Una nube luminosa los envolvió”. Al justo, transfigurado en el monte de la luz por la santa familiaridad con Dios, la gracia del Señor lo preserva de los ardores de la prosperidad mundana, de la lluvia de la concupiscencia carnal y de la tempestad de la persecución diabólica; así merecerá percibir los silbos de una brisa suave, o sea, la dulzura del Padre que dice: “Este es mi hijo amadísimo. ¡Escúchenlo!”. Merece de veras ser llamado hijo de Dios, el que tomó consigo a los tres mencionados compañeros, que subió al monte, que se transfiguró a sí mismo desde la figura de este mundo a la figura de Dios, que tuvo como compañeros a Moisés y a Ellas y que fue digno de que una nube luminosa lo envolviera.

    Te suplicamos, pues, Señor Jesús, que del valle de la miseria nos hagas subir al monte de la vida santa, para que, marcados con la figura de tu pasión y fundados en la mansedumbre de la misericordia y en el celo de la justicia, merezcamos en el día del juicio ser envueltos por una nube luminosa y oír la voz de la alegría, del gozo y del júbilo: “¡Vengan, benditos de mi Padre”, que los bendijo en el monte Tabor, “y reciban el reino que les fue preparado desde el origen del mundo!” (Mt 25, 34).

    A este reino se digne conducirnos aquel Señor, al cual pertenecen el honor y la gloria, la alabanza y el dominio, la majestad y la eternidad por los siglos de los siglos.

    Y todo espíritu responda: ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica