Pestañas abiertas

1 abierta

    Conversión de San Pablo

    1. “En aquel tiempo dijo Simón Pedro a Jesús: “He aquí que nosotros lo hemos abandonado todo y te hemos seguido” (Mt 19, 27). En este evangelio son tratados dos argumentos: la grandeza de los apóstoles en el juicio final y la recompensa de los que abandonan las cosas pasajeras de este mundo.

    I - La grandeza de los apóstoles en el juicio final

    2. Pedro, “corredor ágil, que recorre sus caminos” (Jer 2, 23), dice: “He aquí que nosotros lo hemos abandonado todo”.

    Pedro, te comportaste sabiamente, porque, cargado de pesos, no podías seguir al que corre. Poco antes, había oído que el Señor decía: “En verdad, les digo. Difícilmente un rico entrará en el reino de los cielos” (Mt 19, 27). Y por eso, para entrar con facilidad, lo dejó todo.

    ¿Qué entiendes por “todo”? Las cosas exteriores y las interiores, o sea, lo poseído y la voluntad de poseer: lo hemos abandonado de tal manera que no nos quedó ni un residuo.

    Dice el Señor por boca de Isaías: “Destruiré también el nombre de Babilonia, sus restos, su germen y su estirpe” (14, 22). El nombre de Babilonia es el nombre de la propiedad, marcado por los términos lo mío y lo tuyo. Cristo destruyó en los apóstoles no sólo el nombre, sino también los restos de la propiedad; y no sólo esto, sino también el germen, o sea, la tentación de poseer, y la estirpe, o sea, la voluntad de poseer.

    ¡Dichosos aquellos religiosos, en los que estas cosas son destruidas, porque con razón podrán decir: “He ahí que nosotros lo hemos abandonado todo”.

    Miren a los apóstoles “que vuelan”. Se pregunta Isaías: “¿Quiénes son éstos que vuelan como las nubes y como las palomas a sus palomares?” (en latín, fenestra, ventanas) (60, 8). Las nubes son leves. Los apóstoles, abandonado el peso del mundo, ligeros, en las alas del amor, vuelan en pos de Jesús. Dice Job.- “¿Conoces tú, quizás, los grandes caminos de las nubes y la ciencia perfecta?” (37, 16). Camino grande es abandonarlo todo: camino angosto durante la peregrinación de esta vida, pero grande en la recompensa. La ciencia perfecta consiste en amar a Jesús y caminar en pos de El. Este fue el camino y ésta fue la ciencia de los apóstoles, que como palomas volaron a sus ventanas o palomares.

    Ventana se dice en latín fenestra, “que lleva afuera”. Los apóstoles y los hombres apostólicos, inocentes y sencillos como palomas, volaron lejos de las cosas terrenas con el fin de guardar las ventanas de los sentidos, para no salir por ellas a las cosas exteriores que habían abandonado.

    Por esas ventanas salió aquella paloma sin corazón, que se dejó seducir. Relata el Génesis que “Dina, hija de Jacob, salió para ver a las mujeres del país. La vio Siquém, que la arrebató y violó su virginidad” (34, 1-2). Así el alma desventurada es llevada afuera a través de los sentidos del cuerpo, para ver las bellezas mundanas; y mientras vagabundea de acá para allá, con su consentimiento, es arrebatada por el diablo; y el resultado es su ruina.

    ¡Qué diversidad de vuelos! Los apóstoles de las cosas terrenas vuelan a las celestes; Dina de las cosas celestes desciende a las terrenas. Esta vuela hacia el diablo; aquéllos vuelan hacia Cristo.

    3. “Y te hemos seguido” (Mt 19, 27). Por ti lo hemos abandonado todo y llegamos a ser pobres. Y porque tú eres rico, te hemos seguido, para que nos hagas ricos también a nosotros.

    Son más miserables que todos los hombres aquellos religiosos, que lo abandonan todo, pero no siguen a Cristo. A ellos les sucede un doble daño: se privan de todo consuelo exterior, y no tienen ni el consuelo interior, mientras los mundanos, aunque no tengan el consuelo interior, por lo menos tienen el exterior.

    “Te hemos seguido a ti”, nosotros criaturas hemos seguido al Creador, nosotros hijos al padre, nosotros niños a la madre, nosotros hambrientos al pan, nosotros sedientos a la fuente, nosotros enfermos al médico, nosotros cansados al sostén, nosotros desterrados al paraíso. “Te hemos seguido a ti”, y “corremos tras la fragancia de tus perfumes, porque el aroma de tus perfumes supera todo otro aroma” (Cant 1, 3; y 4, 10).

    Se lee en la Historia Natural que la pantera es una riera de maravillosa belleza y que su olor es talmente embriagador que supera todo otro aroma. Y por eso, cuando los demás animales olfatean su presencia, en seguida se le acercan y la siguen, porque se sienten restaurados de manera extraordinaria por su vista y por su olor (Aristóteles y Plinio).

    Cuán grandes sean la amabilidad y la belleza de nuestro Señor Jesucristo, los bienaventurados lo experimentan en la patria; pero también los justos de alguna manera lo saborean en esta vida. Y los apóstoles, apenas percibieron su amabilidad, en seguida lo abandonaron todo y lo siguieron.

    “Nosotros te hemos seguido; pues, ¿qué tendremos?” (Mt 19, 27). “Como los que buscan un tesoro y gozan inmensamente, cuando hallan un sepulcro” (Job 3, 21-22). El tesoro en el sepulcro es figura de Dios en el cuerpo, asumido de la Virgen. Oh apóstoles, ya hallaron el tesoro, ya lo poseen enteramente; y ¿qué buscan de más?”. Pues, ¿qué tendremos?”. ¿Y qué quieren de más? Conserven lo que hallaron, porque El es todo lo que buscan. “En El -dice Baruc- hay la sabiduría, la prudencia, la fortaleza, la inteligencia, la longevidad y el alimento, la luz de los ojos y la paz” (3, 12-14). Hay la sabiduría, que todo crea; la prudencia, con que gobierna las cosas creadas; la fortaleza, con la cual sujeta al diablo; la inteligencia, con la cual todo lo penetra; la longevidad, que vuelve eternos a los salvados; el nutrimento, con el cual los sacia; la luz que ilumina y la paz que tranquiliza.

    4. “Y Jesús les dijo: “En verdad les digo: ustedes que me siguieron” (Mt 19, 28). El Señor no dice: “Ustedes que lo abandonaron todo”, sino “Ustedes que me siguieron”. Todo ello es propio de los apóstoles y de los perfectos. Son muchos los que abandonan sus cosas; y, sin embargo, no siguen a Cristo, porque, por decirlo así, se tienen a sí mismos (o se bastan). Si quieres seguir y conseguir, es necesario que te dejes a ti mismo. El que sigue a otro en el camino, no se mira a sí mismo, sino al otro, a quien constituyó guía de su camino. Dejarse a sí mismo significa no confiar en sí mismo en ningún caso, creerse inútil aunque haya cumplido todo lo que se le mandó, despreciarse como un perro muerto o una pulga, no anteponerse a nadie en el propio corazón, reputarse peor que todos los más grandes pecadores, considerar todas las propias obras buenas como paño de mujer menstruada, ponerse a sí mismo delante de sí, llorarse como muerto, humillarse profundamente en toda ocasión y abandonarse totalmente en Dios. Vamos a ver ahora qué se les promete a los que así se comportan. “En la regeneración” -la primera regeneración acontece en el alma por el bautismo; la segunda acontecerá en el cuerpo el día del juicio, cuando los muertos resucitarán incorruptibles (1Cor 15, 52)- “cuando el Hijo del hombre”, Jesús, en la condición de siervo, sujeto a juicio aquí en la tierra, “estará sentado”, ejerciendo su poder de juez, “en el trono de su gloria”, o sea, la iglesia, en la que se manifestará su omnipotencia, “se sentarán también ustedes en doce tronos” (Mt 19, 28). Si sólo los doce apóstoles, sentados en doce tronos, serán jueces con Cristo en el día del juicio, ¿dónde se sentará Pablo, “vaso de elección” (Hech 9, 15), que hoy de lobo se transformó en cordero, que trabajó más que todos (1Cor 15, 10), y que fue arrebatado hasta el tercer cielo, donde oyó palabras inefables, que no le es dado al hombre expresar? (2Cor 12, 2-3). ¿Dónde se sentará, por favor, un tan grande hombre, si en el tribunal hay para los jueces sólo doce tronos, cuando él mismo afirma con toda fuerza: “¿No saben que nosotros juzgaremos a los ángeles”, o sea, a los ángeles malos? (1Cor 6, 3). Para resolver esta dificultad, es necesario saber que se usa el número doce como plenitud del poder, y que las doce tribus de Israel representan a todos los que deberán ser juzgados. He aquí, pues, que los pobres con el pobre Jesús, hijo de la Virgen pobrecilla, juzgarán con justicia a todo el mundo (Salm 9, 9). Dice también Job: “Dios no salva a los impíos y dejará el juicio a los pobres” (36, 6). Dice “a los pobres” y no a los ricos, “cuya gloria será su confusión” (Filp 3, 19). Entonces se avergonzarán, cuando vean sentados en juicio con Cristo, y con Cristo juzgar, “a aquellos a los que un día habían ridiculizado y escarnecido”.

    II. Recompensa de los que abandonan las cosas pasajeras

    5. Esta recompensa está indicada en las palabras: “Todo el que deja casa, hermanos y hermanas, padre y madre, hijos o propiedades…” (Mt 19, 29), o sea, habrá pospuesto a mi amor todos sus afectos terrenos.

    6. En sentido moral. La casa simboliza la mala costumbre; los hermanos, los sentidos del cuerpo; las hermanas, los pensamientos ociosos de la mente; el padre, el diablo; la madre, la sensualidad; la esposa, la vanidad del mundo; los hijos, las obras; el campo, las preocupaciones terrenas. Según el proceso de la generación humana, podemos determinar también la generación del pecador, que de hijo de Dios llega a ser hijo del diablo. De la sugestión del diablo y de la concupiscencia de la sensualidad, como de dos semillas, es generado el pecador. Se dice en Ezequiel: “Tú padre es amorreo y tu madre es hetea” (16, 3).

    Amorreo se interpreta “amargo”. De cuánta amargura sea el diablo, lo saben los que fueron contagiados de su “dulzura”, que será el gusano (Is 66, 24). Nadie siente la amargura, si antes no bebe su dulce bebida. Dice Habacuc: “¡Ay de aquel que da de beber a su amigo, vertiendo hiel y emborrachándolo, para ver su desnudez! Se llenará de deshonra, no de honra” (2, 15-16).

    El diablo, para engañar más fácilmente y para que el pecador beba más tranquilo, ofrece, ante todo, la miel del placer y, después, añade la amargura de la muerte, cuando la miel es ávidamente ingerida. Y así el pecador, amigo del diablo, en seguida es despojado de la gracia de Dios y en la vida futura, en cambio de la gloria del mundo, será colmado de la ignominia del infierno.

    Hetea se interpreta “quebrada”. Y ésta es la concupiscencia de la sensualidad, que debe ser quebrada bajo el yugo de la humildad. Dice el Eclesiástico: “El yugo y las riendas doblegan el cuello duro, y la fatiga continua doma al esclavo. Para el mal servidor, tormento y cadenas; ponlo a trabajar, para que no esté ocioso, porque la ociosidad enseña muchas maldades” (33, 27-29). El esclavo simboliza la sensualidad, cuya protervia se dobla con el yugo de la humildad y cuya lascivia se frena con la tortura de la abstinencia y la cadena de la obediencia.

    He ahí el padre y la madre del pecador, cuyos hermanos son los apetitos ¡lícitos de los sentidos. Estos son los hermanos de José, que “lo arrojaron en una vieja cisterna” (Gen 37, 20).

    José es figura del espíritu del hombre; la vieja cisterna es el pecado mortal o el infierno. Estos hermanos, como se expresa Juan, quieren que “el espíritu suba a esta fiesta” (7, 8), o sea, a la gloria de las cosas temporales. De ellos dice Job: “Mis hermanos pasaron delante de mí como un torrente, que corre rápido hacia los valles” (6, 15). Hacia los valles bajan las inmundicias. Los sentidos de la carne corren vertiginosamente hacia los valles de la gula y de la lujuria, sin preocuparse de la miseria del espíritu.

    Además, hermana es llamada en latín soror, de semilla, porque ella sola con los hermanos forma parte de la parentela. Las hermanas del pecador son los pensamientos lascivos de la mente, que nacen de la semilla de la sugestión diabólica. De ellas dice Ezequiel: “Hubo dos mujeres, hijas de la misma madre, que se prostituyeron en Egipto. La mayor se llamaba Oola, la menor Ooliba” (23, 2-4). Dos son en particular los pensamientos, que hoy, sobre todo, corrompen la mente del pecador: la codicia del dinero y el placer de la lujuria, que son como dos hermanas meretrices.

    Y, en fin, la mujer del pecador es la vanidad del mundo. Y ésta es Jezabel, mujer de Acab, de la que se lee en el tercer libro de los Reyes: “Incitado por Jezabel, su mujer, Acab cometió muchas abominaciones, adorando a los ídolos” (21, 25-26). Jezabel se interpreta “flujo de sangre” o “sangre que fluye” o también “estercolero”. Y ésta es la vanidad del mundo, de la que emana la sangre de todo pecado y que en el momento de la muerte será cambiada en un estercolero. Se lee en el primer libro de los Macabeos: “La gloria del pecador es estiércol y gusanos. Hoy es exaltado, y mañana desaparecerá, porque se convertirá en polvo y sus proyectos se perderán” (2, 62-63).

    Esta mujer no permite que su hombre viva en paz, sino que lo incita a adorar a los ídolos, o sea, a cometer todo género de pecados; y por eso se hace abominable a Dios.

    7. Después que el diablo dio mujer a su hijo, quiere que ella le engendre hijos, que son nietos del mismo diablo. En ellos están representadas las obras de la vanidad, las obras de las tinieblas, dignas de la muerte eterna.

    Dice a este propósito Nehemías: “Vi a judíos que tomaban a mujeres moabitas; y sus hijos hablaban la lengua de Asdod y no sabían hablar judío” (2 Esd 13, 23-24). Moab se interpreta “del padre”, y Asdod “incendio” o “fuego. Así hoy muchos cristianos y religiosos toman mujeres, o sea, las vanidades del mundo, engendradas por el diablo, y con ellas engendran hijos, o sea, obras que no saben hablar judío, o sea, no saben alabar a Dios, sino que sólo hablan la lengua de Asdod, o sea, cultivan el incendio de la gula y de la lujuria y el fuego de la avaricia.

    He ahí “la generación depravada y perversa” (Dt 32, 5), a la que el diablo provee la casa de las malas costumbres, Esta es la casa y el horno de hierro de Egipto, de que habla el Éxodo: “Acuérdense de aquel día en el que salieron de Egipto y de la casa de la esclavitud” (13, 3).

    El día es el sol que brilla sobre la tierra; el sol es la gracia de Dios que, mientras ilumina la mente, libera de la esclavitud de las malas costumbres. El pecador, ya liberado, debe acordarse de “este día” y dar siempre gracias a Dios.

    El diablo da también los campos de las preocupaciones terrenas. Campo se dice en latín áger, porque en él se trabaja, en latín agitur. Dice el Génesis: “Caín dijo a Abel, su hermano: “Salgamos afuera”. mientras estaba en el campo, Caín se arrojó contra Abel y lo mató” (4, 8).

    Caín se interpreta “posesión”, Abel “luto”. En el campo de las preocupaciones terrenas, la posesión de las riquezas mata el luto de la penitencia. Este es el Hacéldama, o sea, “campo de sangre” (Hech 1, 19). Pero Mateo dice campos, no campo, justamente por las múltiples preocupaciones temporales.

    Pues bien, todo aquel que abandone todas estas cosas, en la vida presente recibirá el céntuplo, o sea, los bienes espirituales, los que, comparados con los bienes materiales y, sobre todo, por su intrínseco valor, son como el número ciento comparado a un numerito.

    Dice Marcos: “Recibirá cien veces más ahora en este tiempo, con persecuciones”, o sea, en esta vida llena de persecuciones, “y en el futuro la vida eterna” (10, 30).

    A la posesión de esta vida nos conduzca aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III - Sermón alegórico

    8. “José mandó que en la boca del saco, o bolsa del más joven, Benjamín, fuera colocada su copa de plata” (Gen 44, 1-2). Se halla una referencia semejante en el libro de los Proverbios: “La lengua del justo es plata escogida” (10,20).

    Benjamín, antes, se llamaba Ben-oni, o sea, hijo de mi dolor, y más tarde Benjamín, o sea, “hijo de la derecha”.

    El es figura del bienaventurado Pablo, que, escribiendo a los filipenses, dice de sí mismo: “Yo, circuncidado el octavo día, de la estirpe de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos, en cuanto a la Ley fariseo y en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia de Dios” (3, 5-6). He ahí a Ben-oni. Antes, fue “hijo del dolor” y, después, “hijo de la derecha”. Escucha sobre el “hijo del dolor”. Dicen los Hechos: “Saulo, aun respirando amenazas y muerte contra los discípulos del Señor…” (9, 1).

    Saulo se interpreta “tentación”. Donde hay tentación, hay dolor. Oye la tentación y el dolor: “Saulo asolaba a la iglesia y, entrando en las casas, arrastraba a hombres y mujeres y los encarcelaba” (8, 3).

    La Cabeza de la iglesia estaba en el cielo, sus pies caminaban en la tierra, y Saulo los pisoteaba. Por eso, la Cabeza desde el cielo clamaba: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hech 9, 4). Saulo tentaba, y la Cabeza sufría y gritaba: “Tentación, tentación, ¿por qué me persigues? ¿Y qué provecho sacarás? He aquí lo que conseguirás: por una sola persecución, “serás azotado cinco veces, recibiendo cada vez cuarenta golpes menos uno”. Sufrirás también tú las tentaciones “en los numerosos viajes, con peligros de ríos y peligros de bandoleros”. Eres hijo del dolor y dolor experimentarás, porque “tres veces serás flagelado, una vez lapidado y tres veces harás naufragio” (2Cor 11, 24-26).

    Hemos oído acerca de Ben-oni; oigamos también algo acerca de Benjamín y cómo el hijo del dolor se cambió hoy en el hijo de la derecha, esa derecha que hoy abatió al lobo y levantó al cordero. Relata Lucas: “Yendo por el camino y estando por acercarse a Damasco, repentinamente lo envolvió una luz del cielo. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía en hebreo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hech 9, 3-4).

    Derecha suena como “que da fuera” (en latín, dans extra). La derecha del omnipotente “dio fuera”, en el duro cuello del rinoceronte, tal puñetazo que lo hizo caer a tierra. “Lo envolvió” en pleno día una “luz del cielo”, que superaba el esplendor del sol. ¡Oh piadosa y benigna corrección de la derecha! Tú golpeas con el flagelo de la luz y reprendes con voz dulce: “¿Por qué me persigues?”. Hoy se cumplió lo que está escrito: “¡La derecha del Señor obra maravillas!” (Salm 117, 16). Derribando al perseguidor Saulo, la derecha del Señor lo exaltó, haciéndolo de lobo un cordero, de perseguidor de la iglesia un predicador.

    9. “¡La derecha del Señor obró maravillas!”, cuando en la boca de la bolsa repuso la copa de plata. “Ve, Ananías, porque éste es para mí un vaso de elección, para llevar mi nombre delante de los pueblos, de los reyes y de los hijos de Israel” (Hech 9, 15).

    La copa de plata es figura de la sabiduría luminosa y elocuente, que José, o sea, Cristo, puso como especial prerrogativa en el corazón y en la boca del más joven Benjamín, o sea, del bienaventurado Pablo.

    Benjamín fue el más pequeño y el último de todos sus hermanos; y Pablo escribe en la primera carta a los corintios: “Ultimo de todos y casi un aborto, el Señor se me apareció también a mí. Yo soy el mínimo de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios” (15, 8-9). Mínimo viene de mónada (unidad), porque después de él no hay un número más pequeño.

    ¡Oh humildad del mínimo! El no se gloría ni se exalta por los dones de la sabiduría y de la elocuencia, ni por la grandeza de las revelaciones y de los milagros, ni por los misteriosos secretos que oyó, sino que llora sobre sí mismo por la persecución que desencadenó contra la iglesia: “Yo no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios” (1Cor 15, 9). ¡Pobres de nosotros miserables, que ocultamos a nuestros ojos nuestros numerosos pecados, para no verlos; y si tenernos una sola cosa buena, que es casi nada, nos la ponemos delante de los ojos y la mostramos a los demás!

    En cambio, deberíamos obrar como los ribaldos que, cuando quieren lucrar algo, esconden la ropa buena, si la tienen, y ostentan su desnudez y su miseria a los ricos de este mundo. Así también nosotros, si hicimos algún bien, tengámoslo oculto y, en cambio, mostremos las miserias de nuestras culpas y enfermedades, para que recibamos del Señor el don de la gracia.

    Demos, pues, gracias a Jesús Nazareno que hoy de un perseguidor nos dio un admirable doctor, con cuya doctrina nos ilumina aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    IV- Sermón moral

    10. “José mandó que en la boca de la bolsa de Benjamín fuera colocada su copa de plata”. Vamos a ver qué significado moral tengan Benjamín, la bolsa, la boca de la bolsa y la copa de plata, Benjamín es figura del penitente, que ante todo es hijo del dolor: “Tengo siempre delante de mí mi dolor” (Salm 37, 18). Presta atención que dice: “Delante de mí”. Se cuenta que el avestruz pone sus huevos delante de sí, y los mira con mirada fija y continua, y, mirándolos, los calienta; y así los huevos se abren y nacen los pollitos.

    Así el pecador debe tener delante de su mente sus obras y debe examinarlas a menudo y atentamente con dolor, para que de ellas puedan germinar los frutos de la penitencia. El que se pone a sí mismo frente a sí, no hallará en sí mismo otra cosa sino dolor.

    En cambio, los miserables pecadores se comportan como los monos, de los que dice la Historia Natural, que “en la luna llena brincan alegremente, y cuando la luna tiene los cuernos (creciente o bajante), entonces se entristecen, llevan sobre el pecho a los pequeños que aman y sobre el dorso a los que no aman (Plinio).

    El capricho de la fortuna varía según el aspecto de la luna: crece y decrece, y nunca puede permanecer la misma. Cuando la fortuna del mundo es como la luna llena, entonces los carnales exultan. Dice Job: “Se divierten con los juegos, cantan al sonido de tímpanos y cítaras, y danzan al sonido de los instrumentos. Pasan sus días en los placeres y, después, en un punto (instante) se precipitan en el infierno” (21, 11- 13).

    Punto deriva de punzar. En la hora de la muerte, los mundanos serán punzados por el diablo tan reciamente, que del lecho en que yacen, estarán constreñidos a hacer un salto en el infierno. Pero, cuando la fortuna les presenta los cuernos de las adversidades, caen en la tristeza, porque las adversidades deprimen, mientras la prosperidad exalta. Estos llevan sobre el pecho a los hijos, o sea, la gloria del mundo, los placeres de la gula y la lujuria de la carne, todas cosas que aman. En cambio, los sufrimientos, la penitencia y las miserias de esta vida las ponen en el dorso, donde nada ven.

    Ahora vamos a ver lo que hace Ben-oni, que dice: “Mi dolor está siempre delante de mí”. Porque ama el dolor, lo tiene siempre delante de sí, en él se examina como en un espejo y descubre sus manchas.

    Dice Jeremías: “Establécete un punto de Observación, ponte en la amargura y dirige tu corazón por el camino recto” (3 1, 2 1). Observa estos tres verbos: establece, pon y dirige. Uno sigue al otro. El que establece delante de sí el espejo de su vida, se pone en la amargura y orienta su corazón por el camino de las buenas obras. El que de esta manera fue Ben-oni, llegará a ser Benjamín, o sea, el hi o de la derecha.

    11. Presta atención, porque la derecha es figura de dos realidades: de la gracia en la vida presente y de la gloria en el futuro.

    De la derecha de la gracia se dice en el Apocalipsis: “Tenía en su derecha siete estrellas” (1, 16). Estas siete estrellas son presentadas en la lectura de la misa, donde se lee de Saulo: “Repentinamente lo envolvió la luz del cielo; cayó a tierra; se levantó y entró en la ciudad; recuperó la vista; recibió el bautismo; tomó alimentos; predicó a Jesús” (Hech 9, 3-20).

    En el primer evento está indicada la gracia que previene, en el segundo la consideración de la fragilidad, en el tercero el reconocimiento de la propia iniquidad, en el cuarto la purificación de la conciencia, en el quinto la efusión de las lágrimas, en el sexto la dulzura de la contemplación, en el séptimo el anuncio de la Palabra o también la acción de gracias. Vamos a considerarlos uno a uno.

    Cuando el pecador se dirige hacia Damasco, que se interpreta “bebida de sangre”, propende a asimilarse las inmundicias del pecado. De improviso, porque no sabe de dónde venga ni adónde va, “lo envuelve la luz del cielo”, de la que Job dice: “Señálame en cuál camino habite la luz y dónde tienen su morada las tinieblas, para que tú las conduzcas a ambas a sus sitios” (38, 1819). La luz es la gracia; la morada de las tinieblas es la mente ciega del pecador; el término del pecado es el fin (la muerte). Cuando la mente del pecador es iluminada por la gracia, se pone fin al pecado. “Cayó a tierra”. Dice el Salmo: “En su presencia caerán todos los que descienden a la tierra” (21, 30). Como si dijera: “En la presencia de Dios se humilla aquel que considera su fragilidad”.

    “Levántate y entra en la ciudad”. Dice el Salmo: “Ando entristecido todo el día” (37, 7). Por fuera, luchas; por dentro, pecados. Si uno, fuera de su casa, recibiera una injuria y, después, entrando en su casa, la hallara sucia y desordenada, ¿no quedaría, quizás, profundamente contristado? ¡Por cierto!

    Así el penitente, considerando, por fuera, la malicia del mundo y reconociendo, por dentro, la inmundicia de su conciencia, todo el día anda afligido. Observa que dice “todo el día”. Antes que un rayo de sol entre en la casa, no es visible por dentro el polvo suspendido en el aire; pero si entra un rayo de sol, en seguida el aire se llena de polvo. El rayo de sol es el conocimiento, que muestra al hombre las culpas de su conciencia y pone en evidencia con claridad lo que antes estaba escondido. Y porque uno debe entrar en sí mismo no de vez en cuando sino continuamente y entristecerse de su estado, por eso dice: “todo el día”. El que quiere conocer completamente su miseria, debe entrar en sí mismo y afligirse no por medio día, sino todo el día. Y porque de esta tristeza se llega a la purificación de la conciencia, he aquí el cuarto punto.

    “Recuperó la vista”: “Al momento cayeron de sus ojos como escamas” (Hech 9, 18). Algo semejante se lee también en el libro de Tobías: “Comenzó a salir de sus ojos un moco blancuzco semejante a la membrana del huevo. Tobit, el hijo, lo tomó y lo sacó de los ojos de su padre, el cual inmediatamente recuperó la vista” (11, 14- 1 5). Las escamas son figuras de la impureza de la mente y la membrana del huevo simboliza la vanagloria. Dice Jeremías: “Sus vírgenes son rugosas” (Lam 1, 4), o sea, sarnosas. La sarna en el hombre es comparable a las escamas del pez o de la serpiente. Como si dijera: “Aunque sean vírgenes en el cuerpo, son sarnosas por el inmundo prurito de su mente”. La membrana del huevo, que es sutil y cándida, simboliza la vanagloria, que es muy sutil, o sea, astuta, porque a veces lo que se cree hacer por devoción, se hace por el deseo de alabanza mundana; y cándida, porque se complace sólo de la apariencia exterior. “Cándido” es un término que sugiere una blancura artificial, mientras el término “blanco” indica una blancura natural.

    Estos dos vicios: la impureza de la mente y la vanagloria, ciegan a los hombres; sin embargo, cuando con la gracia de Dios son removidos, la conciencia se purifica y se recupera la vista. “Recibió el bautismo”. Se lee en el libro de Judit, que “ella salía cada noche al valle de Betulia y se lavaba en la fuente de agua” (12, 7). Judit se interpreta “que confiesa”, Betulia “casa que da a luz al Señor”, noche “tiempo silencioso”, el valle “la humildad”, la fuente “las lágrimas”.

    El que se confiesa, o sea, el penitente, sale del tumulto interior y exterior, de noche (literalmente) o en el silencio, al valle de Betulia, o sea, a la humildad de la conciencia, con la cual da a luz al Señor para sí mediante la contrición y para los demás mediante la predicación, y allí se bautiza, o sea, se lava, mediante la compunción de las lágrimas.

    “Tomó alimentos”. Dice el Eclesiástico: “Lo nutrirá con el pan de vida y de inteligencia” (15, 3). Observa que hay una doble dulzura en la contemplación: la primera está en el afecto y pertenece a la vida; la segunda está en la inteligencia y pertenece a la ciencia. Esta acontece con la elevación de la mente, aquélla en una especie de enajenación de la mente.

    La elevación de la mente se posee cuando la agudeza de la inteligencia, iluminada por Dios, trasciende los objetivos de las capacidades humanas, pero sin llegar a la alienación de la mente, de tal modo que lo que ve está por encima de sí misma, sin embargo, no se aleja del todo de las cosas habituales.

    La enajenación de la mente se posee cuando el recuerdo de las cosas presentes cae de la mente; y, transfigurada por la intervención divina, pasa a un cierto estado de ánimo extraordinario e inaccesible a la humana capacidad (Ricardo de San Víctor). El que se alimenta y conforta con tal alimento, está muy bien dotado para predicar a Jesús o también para darle gracias. Dice el Salmo: “Comerán los pobres, y se saciarán, y cantarán las alabanzas del Señor” (21, 27). Los pobres, o sea, los humildes, antes, comerán con la inteligencia y, después, se saciarán en el afecto; y así cantarán las alabanzas del Señor.

    Estas son las siete estrellas en la derecha de Cristo, cuyo hijo es Benjamín, porque antes había sido Ben-oni.

    12. Este Benjamín es llamado “el más joven”, porque era el menor de los demás hermanos; y en él está indicada la humildad del penitente. Lo mismo se dice también de David: “Queda todavía el más pequeño, que está apacentando las ovejas (1Rey 16, 11). Sólo la humildad de la conciencia apacienta las ovejas de la inocencia. En la boca de la bolsa de este Benjamín, el antiguo José mandó que fuera colocada su copa de plata. La copa de plata simboliza la explicita confesión de los pecados, que el penitente debe llenar con el vino de la compunción y ofrecer a Jesucristo.

    Dice Nehemías: “Levanté la copa de vino y se la di al rey. Me sentía casi desfallecer en su presencia” (2 Esd 2, 1). Dice la esposa en el Cantar de los Cantares: “Las conjuro, hijas de Jerusalén”, o sea, potencias celestiales; “si encuentran a mi dilecto, díganle que desfallezco de amor” (5, 8).

    El que desfallece de amor por Cristo, le ofrece el vino de la compunción. Y Observa que dice “levanté”. El hipócrita no “levanta”, no aumenta la compunción, sino que la reprime, porque derrama lágrimas sólo por la vanagloria.

    Esta copa de plata está colocada en la boca del saco y no en el fondo. El saco áspero es figura del corazón contrito, del cual en el libro de Jonás se dice que “el rey de Nínive se vistió de saco y se sentó en la ceniza (3, 6).

    Nínive se interpreta “aparente”. Y ésta es la vanidad del mundo, que es como el fango cubierto de nieve. Su rey es el penitente, porque él la desprecia. Vestido de saco, está sentado en la ceniza, porque en la contrición del corazón medita sobre su fin, cuando será reducido a ceniza. El no esconde en el fondo la copa de plata de su confesión, sino que la lleva en la boca, siempre dispuesto a acusarse a sí mismo. Observa que dice “su copa”. La gracia de la confesión no debes atribuírtela a ti mismo sino a Cristo, del cual viene todo lo que hay de bueno en ti.

    Sean, pues, honor y gloria a Cristo, que de Ben-oni sacó un Benjamín, de un hijo del dolor un hijo de la gracia en la vida presente y en el futuro un hijo de la gloria, cuando, junto con los que están a la derecha, merecerá oír: “¡Vengan, benditos de mi Padre, y reciban el reino!”.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica