Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo VI después de Pentecostés

    Exordio.

    Sermón sobre los prelados y los predicadores de la Iglesia

    1. “En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Si su justicia no supera la de los escribas y de los fariseos, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt 5, 20).

    Se relata en el tercer libro de los Reyes que “en las basas del templo estaban esculpidos querubines, leones, bueyes y riendas colgantes” (3Rey 7, 2729). Observa que tres son los elementos para sostener la construcción de la casa: los capiteles, las columnas y las basas.

    Los capiteles son llamados así, porque son las cabezas de las columnas, y son figuras de los profetas, de los que en el tercer libro de los Reyes se relata: “Los capiteles, que estaban sobre las columnas, estaban labrados en forma de lirios” (3Rey 7, 19). En el lirio está simbolizado el supremo esplendor de la patria eterna y de la inmortalidad; y está también simbolizada la magnificencia del paraíso fragante del perfume de las flores: todas cosas que los profetas, padres de los apóstoles, nos transmitieron en sus profecías. Las columnas simbolizan a los apóstoles, de los que se dice: “Yo afianzo sus columnas” (Salm 74, 4). En el tercer libro de los Reyes se relata que Salomón erigió dos columnas: a una la llamó Jaquin, que se interpreta “solidez”, y a la segunda la llamó Boaz, o sea, “fuerza” (3Rey 7, 2 1). En estas dos columnas están representados los apóstoles, que con razón se llaman dos columnas, porque por dos veces, después de la resurrección de Cristo, recibieron al Espíritu Santo: ante todo, en tierra, para que se ame al prójimo; y después desde el cielo, para que se ame a Dios.

    En la resurrección de Cristo los apóstoles recibieron la solidez, y en la venida del Espíritu Santo, una fuerza que jamás se desvanecería. Las basas simbolizan a los prelados y predicadores de nuestros tiempos, en los cuales deben hallarse esculpidas estas cuatro figuras: los querubines, los leones, los bueyes y las riendas.

    En los querubines está simbolizada la plenitud de la ciencia y de la doctrina; en los leones, el terror de la potencia; en los bueyes, la mansedumbre de la misericordia; y en las riendas, las ataduras de la disciplina. En las basas del templo, por favor, ¡que haya estas esculturas: el conocimiento de la doctrina, para enseñar; el terror de la potencia, para reprender; la mansedumbre de la misericordia, para confortar; y las ataduras de la disciplina, para refrenar! (Glosa).

    De estas cuatro cosas se habla en el cuarto libro de los Reyes, donde se relata que Eliseo clamaba: “¡Padre mío, Padre mío, carro de Israel y su conductor! “ (4 R 2, 12). “Padre mío” se refiere a la enseñanza; “padre mío”, a la corrección; “carro”, para confortar; y “conductor”, para refrenar. Si los prelados de la iglesia y los predicadores graban en sí mismos estas cuatro cualidades, de veras podrán alcanzar esa superior justicia, de la que habla el Señor en el evangelio de hoy: “Si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos”.

    2. Observa también que en este evangelio sobresalen tres mensajes. Primero: la justicia de los apóstoles, donde se dice: “Si su justicia no supera Segundo: la condenación del que se irrita contra el hermano y lo escarnece: “Oyeron que se dijo a los antiguos Tercero: la reconciliación entre hermanos: “Si estás ofreciendo tu limosna Con estas tres partes del evangelio estableceremos una concordancia con algunos relatos del tercer libro de los Reyes.

    En el introito de la misa de este domingo se canta: “El Señor es la fuerza de su pueblo” (Salm 27, 8-9). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte” (Rom 6, 3 … ). La dividiremos en tres partes y veremos la concordancia con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Los que fuimos bautizados…”; segunda: “Sepan que nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con Cristo”; tercera: “Sabemos que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere.

    I – La justicia de los apóstoles

    3. “Si su justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos”. La justicia de los fariseos consistía en que fuera refrenada la mano (o sea, la exterioridad), y no el interior. Los judíos creían que no se pudiese pecar con el pensamiento, sino sólo en las obras. En cambio, la justicia de los apóstoles, por el espíritu del consejo y la gracia de la misericordia divina, es muy superior, para que no sólo sea refrenada la mano de las obras malas, sino también el espíritu de los pensamientos perversos.

    Los escribas y los fariseos -este último nombre significa “separados”son los hipócritas que, escribiendo ante los ojos de los hombres, escribieron la injusticia; y son también algunos religiosos presuntuosos, que se consideran justos a si mismos y desprecian a los demás.

    Su justicia consiste en el lavado de las manos y de los vasos, en la disposición de los vestidos, en la construcción de elegantes edificios (sinagogas) y en la gran variedad de instituciones y de prescripciones. En cambio, la justicia de los verdaderos penitentes consiste en el espíritu de pobreza, en el amor fraterno, en el llanto de la contrición, en la mortificación del cuerpo, en la dulzura de la contemplación, en el desprecio de la prosperidad terrena, en la paciente aceptación de las adversidades y en el propósito de la perseverancia final.

    Sobre la justicia de los unos y de los otros tenemos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que “Elías dijo a los profetas de Baal: “Escojan un novillo, y prepárenlo ustedes primero, porque son muchos, e invoquen el nombre de sus dioses; pero no pongan el fuego debajo. Ellos invocaron el nombre de Baal, desde la mañana hasta el mediodía, gritando: “¡Baal, escúchanos!”. Pero no se oía ni una voz ni una respuesta. Ellos iban saltando alrededor del altar, que habían erigido. Hacia el mediodía, Elías comenzó a burlarse de ellos, diciendo: “Griten en voz más alta. Baal es su señor. Puede ser que esté hablando, o esté en su habitación, o esté de viaje; quizás duerma, y hay que despertarlo”. Ellos gritaban con voz más fuerte y se hacían incisiones con cuchillos y lancetas, según su costumbre, hasta chorrear sangre” ( 3Rey 18, 25-28). He ahí cómo es la justicia de los fariseos.

    En cambio, cómo sea la justicia de los verdaderos penitentes, lo demuestra la continuación del relato: “Elías, en el nombre del Señor, construyo un altar de piedras; después, hizo alrededor del altar una zanja, capaz de contener dos medidas de semilla-, dispuso la leña y descuartizó el novillo”. Después, mandó que derramaran agua sobre el holocausto y la leña, una, dos y tres veces. “Y el agua corría alrededor del altar, y la zanja se llenó de agua”. Y después que Elías ofreció su plegaria, “cayó el fuego del Señor, que devoró el holocausto, la leña, las piedras, la ceniza y también lamió el agua que estaba en la zanja. A tal vista, todo el pueblo cayó rostro en tierra y gritó: “¡El Señor es Dios, el Señor es Dios!” (3Rey 18, 30-39).

    4. Los hipócritas presuntuosos, los profetas de Baal, que se interpreta superior” o “devorador”, se escogen un buey, o sea, la concupiscencia carnal. Este es el buey cornúpeta (que acomete con los cuernos), del cual se dice en el Éxodo: “Si el buey acometiera con los cuernos desde tiempo atrás, y el dueño, avisado, no lo encerró; si el buey causa la muerte de un hombre o de una mujer, será apedreado, y también morirá su dueño” (Ex 21, 29).

    El buey cornúpeta es figura del apetito carnal, el cual, “con el cuerno de la soberbia”, mata un hombre o una mujer, o sea, la razón y la buena voluntad. Y porque su dueño, o sea, el espíritu, no quiso encerrarlo ni ponerle algún freno, será matado junto con el buey; y así serán castigados eternamente tanto el cuerpo como el alma.

    Y también los abades y los priores escuchen esto. Si tienen un buey cornúpeta, o sea, un monje o un canónigo soberbio, vinolento y lujurioso, y no lo quieren recluir, para que con sus malos ejemplos no escandalice a hombres o mujeres, ese buey será lapidado; y el abad o el prior, que no quisieron recluirlo, serán castigados eternamente.

    “E invoquen los nombres de sus dioses … o. Cuantos son los pecados mortales cometidos, tantos son los dioses que ellos invocan y adoran, como se lee en el Éxodo: “Estos son tus dioses, oh Israel, que te sacaron del país de Egipto” (32, 4).

    ¡Pobre de mí! ¡Cuántos son hoy los religiosos que también en el desierto, o sea, en la vida religiosa o en el claustro, adoran a los dioses que hablan adorado en Egipto, o sea, en el mundo! Y como carecen del fuego de la caridad, su sacrificio no les sirve para nada. Desde la mañana hasta el mediodía, gritan diciendo. “¡Baal, escúchanos!”. ¿Qué significa invocar a Baal, sino ansiar para ser superior? Pero no se oye ni voz ni respuesta a su voluntad.

    Entonces de nuevo gritan en voz más alta. Gritar quiere decir desear. Se sajan con cuchillos y lancetas, o sea, se atormentan con ayunos y flagelos; desfiguran su cara y, antes, ayunan en las vigilias, para, luego, celebrar mejor la fiesta del vientre.

    Al tiempo de Elías, los profetas de Baal gritaban pero no eran escuchados; en cambio, en nuestros tiempo gritan y son escuchados. Son promovidos a cargos superiores, para precipitar luego en una calda más grave. Antes, su voz era humilde, su hábito modesto, su vientre plano, su rostro pálido, su oración asidua en público; en cambio, ahora truenan amenazas, caminan con capas pomposas e ínfulas; tienden el vientre hacia adelante y tienen el rostro rubicundo-, duermen mucho y no rezan nada. Vendrá, vendrá Elías, capturará a los profetas de Baal y los matará en el torrente Cisón (3Rey 18, 40). Vendrá Salomón y matará a Adonías, que quería reinar; y vendrán Simei, que lanzó sus maldiciones contra David, y Joab, que mató a dos jefes de Israel, que eran mejores que él (3Rey 2, 24 y 44-46 y 31-32).

    5. Continúa el tema de la justicia de los penitentes. “Elías construyó un altar”. Elías es figura del penitente que, con las piedras de las virtudes, reconstruye el altar de la fe, destruido por los pecados, y sobre él ofrece el sacrificio de la alabanza, como perfume fragante y agradable a Dios. “Cavó una zanja”. El penitente, con su corazón contrito y con el espíritu humilde, hace brotar ríos de lágrimas por el temor de la gehena y por el deseo de la vida eterna. Allí prepara la leña, porque toma como ejemplo para sí las palabras y las obras de los santos. Descuartiza después el buey y lo coloca sobre la leña, cuando intenta conformar todos sus actos según el ejemplo de los santos padres. Derrama una, dos y tres veces el agua sobre el holocausto y la leña, porque en todo tiempo guarda los pensamientos, las palabras y las obras en la pureza de la conciencia y en la compunción de las lágrimas. Y no desiste, sino después de haber llenado las zanjas, o sea, después que la felicidad futura, que sigue a las tristezas presentes, sea completamente lograda.

    Y así se realizarán las palabras, que siguen: “Cayó el fuego del cielo y devoró el holocausto Cuando la sentencia del juez supremo, después de haber examinado minuciosamente las palabras, las acciones y toda nuestra vida, aquilatándonos como la plata se purifica con el fuego, y después de habernos hecho inmortales y bienaventurados, nos coloque en nuestra sede definitiva, entonces cantaremos, como el pueblo de los israelitas, un himno eterno de acción de gracias: “¡El Señor es Dios, el Señor es Dios!”

    Esta es la justicia que justifica a los penitentes, de la que habla el Señor: “Si su justicia no supera la de los escribas y de los fariseos Y observa que la justicia es aquella virtud, por la cual, con recto juicio, se da a cada uno lo suyo. justicia es como decir (en latín) iuris status, estado de derecho. Cada uno está obligado a practicar la justicia hacia cinco objetivos: a Dios el honor, a sí mismo la cautela (desconfianza), al prójimo el amor, al mundo el desprecio, al pecado el odio. A estos cinco objetivos corresponden las cinco expresiones contenidas en el introito de la misa de hoy: “El Señor es la fortaleza de su pueblo y el refugio salvador de su ungido. Salva a tu pueblo, Señor, bendice tu heredad; y guíalos para siempre” (Salm 27, 8-9).

    Si das honor al Señor, el Señor será tu fortaleza. Si, en lo posible, usas prudencia para contigo mismo, el Señor será tu refugio de salvación. Si amas al prójimo, el Señor te salvará a ti mismo y a él. Si desprecias al mundo, bendecirá tu heredad. Si odias el pecado, te guiará aquel, con el que vivirás por los siglos de los siglos.

    6. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy-. “Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Por medio del bautismo fuimos sepultados junto con él en la muerte, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos para la gloria del Padre, as! también nosotros podamos caminar en una vida nueva. Si fuimos plantados juntamente con El en una muerte semejante a la de El, así también lo seremos en la semejanza de su resurrección” (Rom 6, 3-5).

    He ahí la justicia repartida entre los cinco objetivos. Observa que “del costado de Cristo salieron sangre y agua”: el agua del bautismo y la sangre de la redención Un 19, 34). El agua para el cuerpo, porque “las muchas aguas simbolizan a muchos pueblos” (Ap 17, 15); y la sangre para el alma, porque “el alma vive en la sangre” (Dt 12, 23). Pues bien, demos todo a Dios, que todo redimió para poseerlo todo.

    “Todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús”, o sea, en la fe de Jesucristo, fuimos purificados “en su muerte”, o sea, en su sangre. Dice el Apocalipsis: “El Señor nos amó y con su sangre nos lavó de nuestros pecados” (Ap 1, 5». Recuerda que “la sangre, extraída del costado de la paloma, cancela la mancha de sangre del ojo” (Plinio). Debemos, pues, tributar honor y adoración, todo lo que somos y todo lo que podemos, a aquel, que con su sangre canceló del ojo de nuestra alma la mancha de sangre, o sea, del pecado.

    Nuestra paloma, Jesucristo, que carece de hiel, cuyo canto es llanto y gemidos, quiso que su costado fuese abierto, para cancelar la mancha de sangre a los ciegos y para abrir a los desterrados la puerta del paraíso.

    Y con nosotros mismos debemos tener cautela. La epístola añade: “Por el bautismo fuimos sepultados juntamente con él en la muerte”, o sea, en la mortificación de los vicios. Como Cristo, sufriendo el suplicio de la cruz, tuvo los miembros estirados y clavados, reposó en el sepulcro y fue sustraído a las miradas humanas, así también nosotros, sobrellevando la cruz de la penitencia, debemos tener los miembros clavados por medio de la continencia, para no retornar a los pecados pasados, de los cuales debemos apartarnos completamente, en tal modo que no conservemos ni su imagen ni su recuerdo (Glosa).

    Asimismo, debemos ofrecer al prójimo nuestro amor. “Como Cristo resucitó de los muertos Como Cristo, después de su resurrección, se apareció a los discípulos y cambió su tristeza en gozo, así también nosotros, resucitando de las obras muertas a la gloria del Padre, debemos alegrarnos junto con el prójimo y caminar juntos en la vida nueva. ¿Y cuál es la vida nueva, sino el amor del prójimo? “Les doy un mandamiento nuevo -dice el Señor-, que se amen los unos a los otros” (Jn 13, 34). Y en el Levítico: “Para dar cabida a la cosecha nueva, tirarán la añeja” (Lv 26, 10); y las cosas añejas son la ira, la envidia y todos los demás vicios que enumera el Apóstol (Gal 5, 20-21).

    7. Asimismo, debemos manifestar nuestro desprecio al mundo y nuestro odio al pecado. Sigue la epístola: “Si fuimos plantados junto con Cristo … Si de la huerta de Babilonia, donde los falsos jueces sorprendieron a Susana, nos trasplantamos y nos plantamos en la huerta del Esposo, en la cual él fue sepultado, entonces de veras despreciaremos al mundo. Y como del desprecio del mundo nace el odio al pecado, el Apóstol añade “en la semejanza de su muerte”. Donde hay la semejanza de la muerte de Cristo, allí hay también el aborrecimiento del pecado.

    Está escrito en el Cantar de los Cantares: “Huye, oh mi amado; sé semejante a la cabra montés y al cervatillo, por los montes de las b”meras” (8, 14). “Huye, mi amado”: he ahí el desprecio del mundo. Dice Juan: “Querían arrebatar a Jesús, para proclamarlo rey; pero El huyó al monte” (Jn 6, 15). En cambio, cuando lo buscaban para conducirlo a la muerte, El mismo salió al encuentro de los que le buscaban. -‘Huye, pues, mi dilecto”.

    Se relata en el Éxodo que “el faraón quería matar a Moisés; pero él huyó de su presencia, se detuvo en la tierra de Madián y se sentó junto al pozo” (2, 15). Huye también tú, amado mío, porque el diablo busca matarte, y habita en la tierra de Madián, que se interpreta “del juicio”, para juzgar tu tierra (a ti mismo), con el fin de no ser juzgado por el Señor. Y siéntate junto al pozo de la humildad, del cual podrás sacar “el agua que brota para la vida eterna” (Jn 4, 14). Huye, pues, amado mío.

    Se lee en el Génesis que “Rebeca dijo a Jacob: “He ahí que Esaú, tu hermano, amenaza con matarte. Ahora, hijo, escucha mi voz, levántate y huye a la casa de mi hermano, Labán, en Harán; y vivirás con él” (Gen 27, 42-44).

    El peludo Esaú es figura del mundo, engolfado en innumerables vicios. El mundo, oh hijo, amenaza con matarte. Huye, pues, a la casa de Labán, que se interpreta “blancura”; o sea, refúgiate junto a Jesucristo, que te hará más blanco que la nieve (Salm 50, 9), borrando tus pecados; refúgiate junto a Cristo, que está en Harán, que se interpreta “excelsa”; y allí habitarás con El, porque el Señor habita en lo más alto de los cielos. Huye, pues, amado mío.

    “Sé semejante a una cabra montés y a un cervatillo”. La cabra es llamada así, porque emprende cosas arduas y difíciles (en latín hay una asonancia entre caprea, cabra, y cápit, emprende), tiene la vista aguda y se esfuerza por alcanzar las cosas altas. Los cervatillos, hijos de los ciervos, son llamados en latín hínnuli, de innuo, hacer señas, porque a una seña de la madre corren a esconderse. Estos dos animales simbolizan a Jesucristo, Dios y Hombre. En la cabra está simbolizada su divinidad, que todo lo ve; y en el cervatillo, su humanidad, que, a una seña de su madre, difirió hasta los treinta años su obra, iniciada a los doce años, y retornó con ella a Nazaret, permaneciéndole siempre sumiso.

    Este cervatillo es llamado “hijo de ciervos”, o sea, desciende de los antiguos patriarcas, de los que tuvo su origen según la carne. oh amado mío, hazte semejante a esta cabra y a este cervatillo, para que, plantado junto con El en la semejanza de su muerte, puedas subir al monte de las balsameras. Eso es lo que dice el Apóstol: “Seremos semejantes también a su resurrección”. Los montes de las balsameras simbolizan la excelencia de las virtudes; y el que las posee, gozará con Cristo en la resurrección final.

    Te rogamos, pues, Señor Jesús, que nos hagas abundar en las obras de la justicia, para poder despreciar al mundo, mostrar en nosotros la semejanza de tu muerte, subir al monte de las balsameras y alegrarnos contigo en el gozo de la resurrección, Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II. - Condenación del que se enoja con su hermano y lo ofende

    8. “Oyeron que fue dicho a los antiguos: “No mates; y el que mata será sometido a juicio”. Pero yo les digo: “El que se irrita contra su hermano, será reo de juicio; el que le dice: “¡Estúpido!”, será sometido al sanedrín; y el que le dice: “¡Loco!”, será sometido al fuego de la gehena” (Mt 5, 21-22). El mandamiento de Cristo no es contrario a la Ley, sino que contiene una ampliación de la Ley, El que no se irrita, no mata; pero no es verdad lo contrario: el permiso de irritarse puede ser causa de homicidio. Elimina la ira y ya no habrá homicidio. La ira es todo impulso malo, para hacer daño. El impulso subitáneo, al que se resiste, es una pre-pasión, o impulso instintivo. Si se consiente, llega a ser pasión, y es la muerte en casa.

    “El que se irrita contra su hermano”. En estos pecados hay una progresión. El primer momento es irritarse y frenar este impulso del alma. El segundo es grave: cuando este impulso se manifiesta en levantar la voz y herir a aquel, con el que uno está irritado. El tercero es peor: cuando se llega a los insultos y a las injurias.

    Asimismo, hay una gradación en el castigo. El juicio es la pena más pequeña, porque todavía se trata con el acusado y hay posibilidad de defensa. Más grave es el sanedrín, o sea, cuando los jueces discuten entre sí acerca de la pena que hay que infligir a aquel, que fue juzgado digno de la condenación. La máxima pena es la gehena, donde no hay posibilidad de revocación.

    De esta manera, lo que no podía ser expresado con modalidades más apropiadas y seguras, fue señalado con algunos ejemplos. Con estos tres grados -juicio, sanedrín y gehena- son indicados particularmente los distintos estados que existen también en la condenación, según la gravedad de los pecados cometidos.

    Considera que entre la ira y la iracundia existe esta diferencia: la ira es momentánea y estalla por algún motivo; la iracundia es un vicio de la naturaleza y es permanente. Se dice iracundo a uno que, cuando la sangre le hierve, estalla en furor. Ira viene del latín uro, que significa ardo. La ira es como una llama.

    Raca es una palabra hebrea, que en griego se dice kenós, y significa vacío o estúpido; y corresponde al insulto popular: “¡Sin cerebro!”. El que así injuria al hermano, que está lleno del Espíritu Santo, purgará una pena según el juicio de los santos jueces. Fatuo es aquel no sabe lo que dice y no comprende lo que dicen los demás. Tonto es un obtuso de sentimientos.

    9. Sobre estas tres cosas hallamos una concordancia en el tercer libro de los Reyes, donde se relata que Salomón mató a Adonías, Simei y Joab. “Adonías, hijo de Hagit, se ensoberbeció, diciendo: “Yo reinaré”. Y se procuró carros, caballos y jinetes y cincuenta hombres que corriesen delante de él” (3Rey 1, 5).

    En Adonías, que se interpreta “dueño dominante”, está simbolizado el iracundo que, como un amo, quiere dominar a los demás. El es hijo de Hagit, que se interpreta “reflexión”. De una reflexión perversa nace la iracundia, por la cual el pecador se ensoberbece, diciendo: “¡Yo reinaré!”. ¡Oh, cuánta necedad! ¡Aquel que todavía no sabe guiarse a sí mismo, anhela mandar a los demás!.

    “Y se procuró carros, jinetes y cincuenta hombres”. El carro simboliza la lengua, los jinetes las palabras y los cincuenta hombres los cincos sentidos del cuerpo. En el maldito carro de una lengua cortante, que debería ser tronchada con la espada y quemada con el fuego, se ensoberbece el alma del pecador, cuando se inflama de ira. Corren y corretean las palabras, como jinetes al ataque. obedecen también los cinco sentidos del cuerpo, envenenados con la hiel de la iracundia: en los ojos la ceguera, en los oídos la sordera, en las manos la crueldad; y así de cada uno de ellos.

    Este es Zimri, el homicida, del que habla el tercer libro de los Reyes que, “después de entrar en el palacio real, prendió fuego a la casa consigo; y así murió en los pecados que habla cometido, haciendo el mal ante los ojos del Señor” (3Rey 16, 18-19). Zimri se interpreta “agresor” o “el que provoca a la ira”, y es figura del iracundo, que, con el fuego de la iracundia, se prendió fuego a sí mismo y a la casa real, o sea, a su alma, comprada con la sangre del Rey; y así, pecando mortalmente, muere delante del Señor.

    Con razón el iracundo está simbolizado en el basilisco. observa que el basilisco, un reptil de medio pie de largo, es un terrible flagelo para la tierra: con su soplo agosta las hierbas, seca las plantas, mata a los animales y prende fuego a todo lo demás. Contamina el aire, de tal modo que ninguna ave puede volar por encima en el aire, sin ser envenenada por sus pestilentes exhalaciones. Hasta los demás reptiles tiemblan ante su silbido; y todos se dan a la fuga y se apresuran a refugiarse donde puedan. Ninguna bestia se alimenta de los cadáveres, matados por su mordedura, ni ninguna ave se les acerca. Con todo, es derrotado y vencido por las comadrejas; y los hombres las introducen en las cavernas, donde el basilisco se esconde (Solino).

    También en este siglo hay un poderoso amo, que, envenenado con el tóxico de la iracundia, como el basilisco, con el soplo de su malicia agosta las hierbas, o sea, oprime a los pobres; deseca los árboles, o sea, a los ricos, a los mercaderes y a los usureros; mata y prende fuego a los animales, o sea, a sus domésticos. Y hasta contamina el aire, o sea, la vida religiosa; “levanta su boca hasta el cielo y su lengua recorre la tierra” (Salm 72, 9). Los demás reptiles, o sea, sus amigos y compañeros, conociendo sus infamias, tiemblan ante su silbido. Y cuando su ira estalla, todos se dan a la fuga y se apresuran a esconderse, en cualquier lugar, aunque fuera en el chiquero de los puercos (Se desconoce toda referencia concreta a este tirano).

    Un tirano tan feroz, tan fuera de sí y tan inflamado de espíritu diabólico, es derrotado por las comadrejas, o sea, por los pobres en el espíritu, que no lo temen, porque no tienen nada que perder. Y los hombres, esclavos de las riquezas terrenas, no se atreven a acercársele, sino que envían a los pobres a las cuevas, donde el tirano se esconde; y les dicen: “¡Háblenle ustedes, porque nosotros no nos atrevemos!”.

    Asimismo, en Simei, que lanzó maldiciones contra David, está simbolizado aquel que dice a su hermano: “Raca, sin cerebro”; y en Joab está simbolizado aquel que le dice a su hermano:

    “Fatuo, loco”.

    Salomón quitó la vida a los tres: a Adonías, porque quiso reinar: he ahí la ira; a Simei, porque lanzó maldiciones contra David: he ahí el insulto “raca, sin cerebro”; y a Joab, porque mató con la espada a jefes mejores que él: he ahí el que dice a su hermano “Fatuo, loco”, y lo hiere con la espada de la lengua. ¡Pobre de mí! ¡Cuántas veces pecamos mortalmente en estas tres formas, y raramente o nunca nos confesamos!

    10. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola:

    “Sabemos bien que nuestro hombre viejo fue crucificado juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado, porque el que ha muerto, está justificado (o sea, libre) del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que viviremos también con El” (Rom 6, 6-8).

    Observa que en este pasaje por tres veces se nombra el pecado; y cuando en nosotros se destruye este triple pecado, también se destruyen las tres cosas señaladas antes: el que se irrita, el que dice “raca” y el que dice “fatuo”; entonces, restablecido el dominio de la razón, es destruido también el cuerpo del pecado, o sea, el cúmulo de crímenes causados por la ira y por la envidia. Si nuestro hombre viejo, o sea, los impulsos instintivos, es crucificado con los clavos del temor de Dios, una vez que esté crucificado, ya no seremos más esclavos, del pecado, o sea, de la iracundia, porque no nos enojaremos más contra nuestro hermano, sino que lo veneraremos en el mismo Cristo crucificado. El que ha muerto, o sea, el que tiene mortificada su voluntad, está justificado, o sea, está libre y justo, de aquel pecado, o sea, de haber dicho a su hermano “fatuo”. Cuando cesa la causa, cesa también el efecto. Supliquemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que extirpe de nuestro corazón la ira e infunda en nuestra conciencia la tranquilidad, para amar a nuestro prójimo con el corazón, con la boca y con las obras, y para llegar a aquel, que es nuestra paz.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III - La reconciliación fraterna

    11. “Si presentas tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda delante del altar y anda y reconcíliate, antes, con tu hermano; y después ven y presenta tu ofrenda” (Mt 5, 2324). Altar es como decir alta ara; y se dice ara, porque allí arden las víctimas.

    Presta atención que hay cuatro tipos de altares: el superior y el inferior, el interior y el exterior. El altar superior es la Trinidad, de la cual dice el Señor en el Éxodo: “No subas a mi altar por medio de gradas, para que no se descubra tu vergüenza” (o sea, desnudez) (20,26). En la Trinidad no se deben instituir grados, pensando que el Padre sea mayor que el Hijo, o el Hijo menor que el Padre, o el Espíritu Santo menor que los dos; sino que se debe creer con simplicidad en su perfecta igualdad. “Cual el Padre, tal el Hijo y tal el Espíritu Santo” (Símbolo atanasiano). “Para que no se descubra tu vergüenza”, como se descubrió la de Arrio, que terminó su vida de manera repulsiva, esparciendo sus entrañas, porque quiso subir al altar por medio de gradas.

    El altar inferior es la humanidad de Jesucristo, del cual El mismo, siempre en el Éxodo, dijo: “Erigirás para mí un altar de tierra” (20, 24). Erige un altar de tierra para Jesucristo aquel, que cree que El recibió la verdadera carne de la Virgen María, que fue tierra bendita.

    12. El altar interior es la devoción de la mente. De él habla el Señor a Moisés en el Éxodo: “Harás un altar para quemar incienso; lo harás de madera de Setim. Tendrá un codo de largo, un codo de ancho y dos codos de alto; y del mismo procederán sus cuernos. Lo revestirás de oro purísimo” (30, 1-2). La madera de Setim viene de un árbol con espinas (acacia), y es una madera que no se pudre; y cuanto más se tuesta, más se endurece.

    Esta madera es figura de los sentimientos del corazón, que deben tener tres cualidades: deben ser como las espinas, que punzan el corazón con el recuerdo de los pecados; no deben pudrirse, o sea, no consentir jamás a las malas sugestiones; y cuanto más se queman en el fuego de las tribulaciones, tanto más firmes deben permanecer en su propósito.

    Con tales maderas se construye el altar para el Señor, según las medidas señaladas. En la longitud está simbolizada la perseverancia; en la anchura, el amor al prójimo; y en la altura, la contemplación de Dios.

    El codo natural va de la punta de los dedos hasta el codo. Esta medida usó Moisés en la construcción del arca y del altar, Se llama “codo” del latín cubo, estoy a la mesa, porque, cuando tomamos el alimento, nos apoyamos en el codo; y el codo termina con la mano.

    En el codo está simbolizado el recto obrar. Pues, el altar, o sea, la devoción de la mente, debe procurar el recto obrar en la longitud de la perseverancia con respecto a sí misma, en la anchura de la caridad con respecto al prójimo y en la altura de la contemplación, que es de dos codos, o sea, de una doble perfección con respecto a Dios: a El le debemos atribuir la longitud de la perseverancia y la anchura de la caridad celeste, dado que todo bien que tenemos, viene de El.

    Y este altar debe estar revestido de oro purísimo. El vestido de la mente devota es la limpieza de la áurea castidad. Vestido deriva del verbo latino veho, llevo, presento, porque el vestido manifiesta el propio estado o condición social del hombre que lo lleva; así la limpieza de la castidad manifiesta el estado de la mente: de la rigurosidad de la castidad se conoce la rectitud de la mente.

    Desde este altar suben las volutas de los inciensos al interior del Santo de los santos, donde está escondida el arca. o sea, de la compunción de la mente sube el perfume de los aromas, o sea, de la oración perfecta, y llega hasta el cielo, “donde se halla Cristo, sentado a la derecha de Dios” (Col 3, 1).

    13. Finalmente, el altar exterior es la mortificación de la carne, de la cual habló el Señor a Moisés: “Harás el altar del holocausto con maderas de Setim, de cinco codos de largo y otros tantos de ancho, y de tres codos de alto. Y de él saldrán los cuernos en los cuatro ángulos; y lo revestirás de bronce” (Ex 27, 1-2).

    Holocausto viene de las palabras griegas holos, todo, y kauma, quemado por el fuego. Holocausto, pues, significa “todo quemado”, porque la víctima era entregada al fuego y totalmente consumida. El altar del holocausto es nuestro cuerpo, que debemos quemar enteramente en el fuego de la penitencia y ofrecerlo así en holocausto al Señor. Y el altar debe construirse con la madera de Setim, o sea, con los miembros no corrompidos por la lujuria.

    Ese altar debe medir cinco codos de largo, cinco codos de ancho y tres codos de alto. En los cinco codos están simbolizadas las cinco llagas del cuerpo de Jesucristo; y en los tres codos son recordadas las tres veces que Jesús lloró: sobre la ciudad de Jerusalén, sobre Lázaro y durante su pasión.

    Considera que la cruz de la verdadera penitencia tiene la “longitud” de la perseverancia, la “anchura” de la paciencia y la “altura” de la esperanza en el Padre. En esta cruz crucifiquemos muestro cuerpo con las cinco llagas del cuerpo de Jesucristo, o sea, mortificando el miserable placer de los cinco sentidos, y llorando y gimiendo por las iniquidades cometidas, por los pecados del prójimo y por el riesgo de perder la salvación.

    Los cuatro cuernos del altar de los aromas y del holocausto simbolizan las cuatro virtudes principales (cardinales), que adornan el alma y el cuerpo, de las cuales se habla en el libro de la Sabiduría: “Ella enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza; en la vida nada hay más útil a los hombres que estas virtudes” (Sab 8, 7).

    Y este altar, por orden del Señor, debe ser revestido de bronce. En el bronce, que es sonoro, están simbolizados los sufrimientos y los gemidos de dolor, con los cuales debe ser cubierto el cuerpo del penitente.

    14. Estos son los cuatro altares, y a cada uno de ellos se puede aplicar lo que dice el Señor en el evangelio de hoy: “Si presentas tu ofrenda al altar…

    Presta atención que, como hay cuatro especies de altar, así hay cuatro especies de ofrendas y cuatro categorías de nuestros hermanos. Están las ofrendas de la oración, de la fe, de la penitencia y de la limosna. Hermanos nuestros son todo prójimo, Cristo, el ángel y nuestro espíritu.

    Si presentas la ofrenda de la oración al altar de la santa Trinidad, y allí te acuerdas que tu hermano, o sea, tu prójimo, tiene algo contra ti -si lo ofendiste con palabras o con acciones, o si tienes alguna mala intención contra él-: si está lejos, vete, no con los pies sino con el espíritu humilde, a postrarte delante de aquel, a quien estás por hacer tu ofrenda; si está presente, vete con tus pies a pedirle perdón. Asimismo, si presentas la ofrenda de tu fe al altar de la humanidad de Jesucristo, o sea, si crees que El asumió verdadera carne de la Virgen, y allí te acuerdas que justamente El, que es tu hermano, porque por ti asumió la naturaleza humana, tiene algo contra ti, o sea, te acuerdas que estás en pecado mortal; hasta que lo confieses con el sonido de la voz, deja allí tu ofrenda, o sea, no confíes en tu fe muerta, y vete antes a reconciliarte, por medio de la verdadera penitencia, con tu hermano, Jesucristo.

    Asimismo, si presentas al altar la ofrenda de la penitencia, o sea, la maceración de la carne, y allí te acuerdas que tu hermano, o sea, tu espíritu, tiene algo contra ti; o sea, que mientras tú castigas el cuerpo, te acuerdas que tu espíritu está manchado por algún vicio, deja allí tu ofrenda, o sea, no confíes en la aflicción de la carne, si antes no purificas tu espíritu de toda iniquidad; y después vete y presenta tu ofrenda.

    Finalmente, si tú ofreces el don de la limosna a los pobres, y allí te acuerdas que tu hermano, o sea, el ángel, que desde el momento de la creación, por la cual tú también fuiste creado, graciosamente te fue asignado por Dios, para llevar al cielo tus oraciones y tus limosnas, tiene algo contra ti porque, mientras él te sugiere el bien, tú apartas el oído de la obediencia, deja allí tu don, o sea, no confíes en tu árida limosna; sino que, antes, vete, con los pasos del amor, a reconciliarte por medio de la obediencia con el ángel de la amonestación, que te fue dado como guarda; y después presenta, por las manos de él, tu don, que será muy agradable a Dios.

    15. Con esta tercera parte concuerda la tercera parte de la epístola: “Sabemos que Cristo, resucitado de los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene poder sobre El. En cuanto murió, murió al pecado una vez por todas; y en cuanto vive, vive para Dios. Así también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 6, 9-11).

    Si quisieras reflexionar atentamente sobre este pasaje, hallarás los cuatro altares, de los que se habló anteriormente.

    Cuando dice: “Cristo, resucitado de los muertos”: he ahí el altar de la Trinidad. En el nombre “Cristo”, está el mismo Hijo, que resucita; y está el Padre, por cuya gloria, como ya se dijo antes, Cristo resucitó: “La muerte ya no tiene más poder sobre El, porque, viviendo, vive para Dios”; y está el Espíritu Santo, porque es el Espíritu que da vida. “Y éstos tres son una sola cosa” (1 Jn 5, 7). Cuando añade: “En cuanto murió”: he ahí el altar de la humanidad, que por el pecado murió una sola vez en el altar de la cruz. Y cuando dice: “Así también ustedes considérense muertos al pecado”: he ahí el altar del holocausto, o sea, del sufrimiento del cuerpo mortificado. Lo que sigue: “Vivientes para Dios”: he ahí el altar de los aromas, o sea, de la devoción de la mente, y quien la posee, de veras “vive para Dios, en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Oh Padre, te rogamos por medio de Jesucristo, a quien constituiste víctima de expiación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10), que acojas por medio de El nuestros dones, y que nos concedas la gracia de reconciliarnos contigo y con los hermanos, y que, una vez reconciliados, podamos ofrecerte a ti, oh Dios, sobre el altar de oro que se halla en la Jerusalén celestial, los dones de nuestra alabanza junto con los bienaventurados ángeles.

    Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios uno y trino, bendito en los siglos eternos.

    Y toda criatura diga: “¡Amén! ¡Aleluya!.

    Cita bíblica