Octava de Pascua
Temas del sermón
Exordio: El predicador y a quiénes deba predicar
1. En aquel tiempo: “La tarde de aquel mismo día, el primero después del sábado, estando las puertas cerradas del lugar, donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!” (Jn 20, 19).
En los Hechos de los Apóstoles dice Pedro: “Estaba yo en la ciudad de jope y vi en éxtasis una visión: una especie de envoltorio, semejante a un gran lienzo, descendía como bajado del cielo por las cuatro puntas, y llegó hasta mí. Mirando en su interior, lo examiné atentamente, y vi en él cuadrúpedos terrestres, y fieras, y reptiles, y aves del cielo. Oí también una voz que me ordenaba: “¡Levántate, Pedro, mata y come!” (Hech 11, 5-7). Pedro es figura del predicador, que debe detenerse en oración en la ciudad de Jope, que se interpreta “belleza”, o sea, en la unidad de la iglesia, en la cual brilla la belleza de las virtudes y fuera de la cual sólo se halla la lepra de la infidelidad. La primera cosa que debe hacer el predicador, es entregarse a la oración. A la oración sigue el éxtasis, o sea, la elevación de la mente por encima de las cosas terrenas; y en el éxtasis ve una especie de envoltorio, como un gran lienzo…
En el envoltorio, o sea, en el gran lienzo, se indica la gracia de la predicación, que con razón se llama vaso, porque con el vino de la compunción embriaga las mentes de los fieles. Y había un gran lienzo de lino, porque limpia los sudores de las fatigas y da fuerzas para resistir los ataques de las pasiones. Las “cuatro puntas” son las enseñanzas de los cuatro evangelistas; y el lienzo descendía bajado del cielo, porque “todo buen regalo y todo don perfecto vienen de lo alto” (Sant 1, 17). “Y vino hasta mí”. En esto se destaca de manera peculiar el privilegio del predicador, al cual, propiamente del cielo, es confiada la tarea de la predicación. “En ese envoltorio había “cuadrúpedos terrestres”, o sea, los golosos y los lujuriosos; y “las bestias”, nombre que suena como vastiae (devastadoras), o sea, los traidores y los homicidas; y “los reptiles”, o sea, los avaros y los usureros; y “las aves del cielo”, o sea, los soberbios y todos los que se elevan con las plumas de la vanagloria. Este envoltorio es como “la red echada al mar, que captura todo género de peces” (Mt 13, 47). Y al predicador se le dice: “Levántate, mata y come”. “Levántate”, para evangelizar; “mata” el mundo; mortifica e inmola, para ofrecer sacrificios a Dios; y así, despojado de la vetustez, llegues a la novedad; “y come”, o sea, acoge en la unidad y en la comunidad del cuerpo de la iglesia. De esa unidad y de esa comunidad se habla en el evangelio de hoy: “La tarde de aquel día, el primero después del sábado… los discípulos estaban reunidos”.
2. En este evangelio se destacan cinco momentos. El primero es la reunión de los discípulos, como se anuncia de antemano: “La tarde de aquel día”; el segundo: el triple saludo de paz, cuando añade: “Vino Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!”; el tercero: la potestad concedida a los apóstoles de atar y desatar: “Y, al decir esto, sopló sobre ellos…”; el cuarto: la incredulidad de Tomás: “Tomás, uno de los doce, no estaba con ellos”; el quinto: la profesión de fe de Tomás y la confirmación de nuestra fe: “ocho días después”. Observa también que en este domingo se lee la epístola del bienaventurado Juan: “Todo lo que nació de Dios, vence al mundo” (1Jn 5, 4); y en la noche, según la costumbre de la iglesia romana, se leen los Hechos de los Apóstoles. Queremos examinar brevemente esos cinco relatos y cotejarlos con las cinco partes del evangelio, referidas El primer episodio es la reunión de los apóstoles en Jerusalén: “Entonces del monte de los Olivos regresaron a Jerusalén”. El segundo es: “En aquellos días se levantó Pedro en medio de los hermanos”. El tercero: la curación del tullido desde el seno de su madre, al cual Pedro dijo: “No poseo ni oro ni plata”. El cuarto: la conversión de Saulo; y el quinto: el eunuco y el centurión Cornelio.
1. La reunión de los discípulos
.3.- “La tarde de aquel día”. En esta primera parte se destacan cinco elementos: la tarde, aquel día, el primero después del sábado, puertas cerradas, la reunión de los discípulos por miedo de los judíos. El día, del sánscrito dian, o sea, luminosidad, señala la gloria de la vanidad mundana, que el Señor rechazó: “Yo no recibo gloria de parte de los hombres” (Jn 5, 41); y Jeremías: “No ambicioné, ni deseé el día de los hombres: tú lo sabes” (17, 16); y en Lucas: “Y ahora, en este tu día” y no mío, “si tú conocieras lo que te conviene para la paz” y no a mí (19, 42); y en los Hechos de los Apóstoles: “El día siguiente, Agripa y Berenice llegaron con gran pompa” (25, 23) (en latín, ambitione), o sea, rodeados de un gran gentío. La Glosa pondera que en griego, en lugar de ambitione, se usa el término phantasia.
Agripa se interpreta “acopio urgente” y Berenice, “hija excitada por la elegancia”. Agripa simboliza a los ricos de este mundo, que se apresuran a acumular riquezas con la usura y con falsos juramentos; pero dice Job: “Las riquezas que devoró, las vomitará; y Dios se las arrancará de las entrañas” (20, 15). Berenice simboliza la lujuria de la carne, hija del diablo, que se excita con la elegancia exterior y hace que otras se exciten. Agripa, pues, y Berenice, o sea, los ricos y los lujuriosos, en el día de la suntuosidad mundana, proceden con mucha ambición, que es una fantasía frustrante, porque aparenta ser algo, cuando en realidad nada es; y cuando se cree tener algo, todo se evapora.
“La tarde de aquel día”. La tarde de este día es la penitencia, en la cual el sol del esplendor mundano se convierte en tinieblas y la luna de la concupiscencia carnal se transmuta en sangre. En los Hechos de los Apóstoles Pedro, usando las palabras del Señor, reportadas por Joel, dice: “Haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo. El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre” (2, 19-20).
En sentido alegórico. El Señor hizo prodigios en el cielo y en la tierra, cuando descendió a la tierra mediante la sangre de la cruz; y en el fuego, cuando envió al Espíritu Santo a los apóstoles; y así subió en alto el humo de la compunción. Se lee en los Hechos: “Se sintieron con el corazón traspasado, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Qué haremos, hermanos?”. Y Pedro les dijo: “Arrepiéntanse; y cada uno de ustedes se bautice en el nombre de Jesucristo” (Hech 2, 37-38).
En sentido moral. En la sangre está indicada la maceración de la carne; en el fuego, el ardor de la caridad; y en el vapor del humo, la compunción del corazón, Estos prodigios hace el Señor en el cielo, o sea, en el justo, y en la tierra, o sea, en el pecador.
4. Con estas tres cosas concuerda la epístola de hoy: “Tres son los que dan testimonio en el cielo: el espíritu, el agua y la sangre” (1Jn 5, 8).
En sentido alegórico. El Espíritu es el alma humana, que Jesucristo exhaló en la pasión; el agua y la sangre brotaron de su costado, que no podía suceder, si El no hubiese tenido la verdadera naturaleza de la carne (humana).
En sentido moral. El espíritu es la caridad; el agua, la compunción; y la sangre, la maceración de la carne. Con estas tres cosas concuerdan también las palabras del Éxodo: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en el fuego; y de él subía el humo como el humo de un horno; y todo el monte se estremecía con gran violencia, Y el sonido de la trompeta iba aumentando en extremo y se hacía más penetrante” (19, 18-19).
El monte Sinaí es figura de la mente del penitente, en la que, cuando el Señor desciende en el fuego de la caridad -del que El mismo dijo: “Yo vine a traer fuego a la tierra” (Lc 12, 49)-, todo el monte humea, y de él sube el humo de la compunción como de un horno, o sea, del ardor de la mente. Y así todo el monte se estremecía con violencia por la maceración de la carne, o causaba espanto a los espíritus inmundos.
Dice Job: “Nadie le dirigía palabra, y todos veían que su sufrimiento era terrible” (2, 13).
-Y el sonido de la trompeta”, o sea, de la confesión, “poco a poco se hacía más fuerte y más penetrante”, porque el penitente, cuando se confiesa, debe comenzar por los pensamientos ilícitos, luego pasar a las palabras y después a las obras malas.
“El sol se convertirá en tinieblas y la luna en sangre”. El sol se convierte en tinieblas, cuando el lujo mundano es oscurecido por el saco de la penitencia; y la luna se cambiará en sangre, cuando la concupiscencia de la carne es reprimida con la maceración, las vigilias y la abstinencia. Con razón está dicho: “La tarde de aquel día, el primero después del sábado”. Y el Señor dice en el Éxodo: “Acuérdate de santificar el sábado” (20, 5). Santifica el día sábado aquel que permanece en el reposo del espíritu y se abstiene de las obras prohibidas.
5. “Y las puertas estaban cerradas”. Las puertas son los cinco sentidos del cuerpo, que debemos cerrar con las cerraduras del amor y del temor de Dios, para que no nos suceda lo que preanunciaba Pablo en los Hechos de los Apóstoles: “Sé que después de mi partida entrarán en medio de ustedes lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño” (20, 29). Pablo se interpreta “humilde”. Cuando la humildad desaparece del corazón, los lobos rapaces, o sea, los deseos carnales, entran por las puertas de los cinco sentidos y devoran la grey de los buenos pensamientos.
“Donde estaban reunidos los discípulos por miedo de los judíos”. Los discípulos son los juicios de la razón, que deben reunirse juntos por miedo de los judíos, o sea, de los demonios, para que no les perjudiquen. Se lee en el Cantar de los Cantares: “Eres hermosa y de lindo semblante, oh hija de Jerusalén, terrible como un ejército en orden de batalla” (6, 4). El alma es la hija de la Jerusalén celestial, bella por la fe y graciosa por la caridad. Ella también será terrible a los espíritus malvados, si dispone los juicios de la razón y los pensamientos de la mente, como un ejército de soldados para pelear contra los enemigos.
Sobre esa reunión de los discípulos concuerdan los Hechos de los Apóstoles: “Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los olivos, que dista de Jerusalén como una caminata del sábado. Y, entrados, subieron al cenáculo donde moraban Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago de Alfeo y Simón el Zelote y judas de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración con las mujeres, con María la Madre de Jesús y con los hermanos de El” (1, 12-14).
El monte de los Olivos dista de Jerusalén una milla y la caminata del sábado era de mil pasos: en el día sábado no estaba permitido a los judíos caminar más.
El cenáculo es llamado por la Glosa “tercer techo”, y es figura de la fe fortalecida, de la esperanza y de la caridad. Debemos subir a este cenáculo, quedar con los discípulos y perseverar unánimes en la oración, en la contemplación y en la efusión de las lágrimas, para merecer recibir la gracia del Espíritu Santo. Dijo el Señor: “Permanezcan en la ciudad, hasta ser investidos de poder desde lo alto, o sea, del Espíritu Santo (Lc 24, 49).
SI, pues, el día de la gloria mundana esté declinando se ponga en la y tarde de la penitencia, en la que, como en día sábado, el hombre debe apartarse de toda obra mala, y las puertas de los cinco sentidos estén cerradas, y todos los discípulos de Cristo, o sea, los cristianos, o los sentimientos del justo, estén reunidos juntos, entonces el Señor obrará lo que dice el evangelio a continuación.
II - El saludo de paz
6. “Vino Jesús, se puso en medio de los discípulos y les dijo: “¡Paz a vosotros!”. Dicho esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se alegraron, al ver al Señor. De nuevo dijo Jesús: “¡Paz a ustedes!”. Como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes” (Jn 20, 19-2 1). Lo primero que resalta en este evangelio, es el triple saludo: “ ¡Paz a ustedes! “, a motivo de la triple paz que Cristo estableció entre Dios y el hombre, reconciliando al hombre con el Padre por medio de su sangre; entre el ángel y el hombre, asumiendo la naturaleza humana y elevándola por encima de los coros de los ángeles; y entre el hombre y el hombre, reuniendo en sí mismo, como piedra angular, al pueblo de los judíos y al de los gentiles (paganos).
Observa también que en el nombre “PAX” hay tres letras y una sola sílaba. Todo ello simboliza la Unidad y la Trinidad de Dios. En la letra P está señalado el Padre; en la letra A, que es la primera vocal, está señalado el Hijo, que es la voz del Padre; y en la X, de doble consonante, está indicado el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. Al decir: “¡Paz a ustedes!”, Jesús nos recomendó la fe en la Unidad y en la Trinidad. “Vino Jesús y se puso en medio”. El centro es el lugar que compete a Jesús: en el cielo, en el seno de la Virgen, en el pesebre del rebaño, en el patíbulo de la cruz.
En el cielo: “El Cordero, que está en medio del trono”, o sea, en el seno del Padre, “los guiará y los llevará a las fuentes de las aguas de la vida” (Ap 7, 17), o sea, a la saciedad de los gozos celestiales. En el seno de la Virgen: “Exulten y canten alabanzas, oh habitantes de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel” (Is 12, 6). Oh bienaventurada María, que eres la habitación de Sión, o sea, de la iglesia, que en la encarnación de tu Hijo fundó el edificio de su fe, exulta con todo el corazón y canta con la boca tu alabanza: “¡Mi alma glorifica al Señor!”, porque el grande, el pequeño y el humilde, el santo y el santificador de Israel está en medio de ti, o sea, en tu seno.
En el pesebre del rebaño: “Serás conocido en medio de dos animales” (Ha 3, 2); “el buey conoce a su propietario y el asno, el pesebre de su amo” (1Sam 1,3).
En el patíbulo de la cruz: “Crucificaron con él a otros dos, acá y allá, y a Jesús en el medio” (Jn 19, 18).
“Vino Jesús y se puso en medio”. “Yo estoy en medio de ustedes -nos dice en Lucas- como aquel que sirve” (22, 27). El está en el centro de todo corazón. Está en el centro, para que de El, como del centro, todos los rayos de la gracia se irradien hacia nosotros, que estamos en la circunferencia, nos damos vuelta a su alrededor o nos agitamos en la periferia.
7. Con todo lo anterior concuerdan las palabras de los Hechos de los Apóstoles: “En aquel tiempo se levantó Pedro en medio de los hermanos -estaba reunido un grupo de casi ciento veinte hombres-, y dijo: “Hermanos…”; y todo lo que sucedió para la elección de Matías (1, 15-16).
Cristo, resucitado de entre los muertos, estuvo en medio de los discípulos; y Pedro, que antes había caído renegándolo, se levantó en medio de los hermanos. Con ello nos indica a nosotros que, levantándonos del pecado, podemos ponernos en medio de los hermanos, porque en el centro está la caridad, que se extiende tanto a los amigos como a los enemigos.
“Vino Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!”. Recuerda que existe una triple paz. Primero: la paz del tiempo, de la cual se habla en el tercer libro de los Reyes: “Salomón tuvo paz en los alrededores” (países limítrofes) (4, 24); segundo: la paz del corazón, de la cual se dice: “Con él en paz me acuesto y en seguida me duermo” (Salm 4, 9); y también: “La Iglesia gozaba de paz por toda la Judea, la Galilea y la Samaría; y crecía caminando en el temor del Señor; y estaba henchida de los consuelos del Espíritu Santo” (Hech 9, 31). Judea se interpreta “confesión”; Galilea, “pasaje”; y Samaría, “custodia”. La Iglesia, o sea, el alma fiel, halla la paz en estas tres cosas: en la confesión, en el tránsito de los vicios a las virtudes y en la guarda del precepto divino y de la gracia recibida. Y de esta manera crece y camina de virtud en virtud en el temor del Señor, pero no en el temor servil, sino en el temor filial; y en toda tribulación rebosa de los consuelos del Espíritu Santo. Tercero: la paz de la eternidad, de la que dice el Salmo: “El mantiene la paz en tus fronteras” (147, 14).
La primera paz debes tenerla con tu prójimo y la segunda contigo mismo; y así, en la octava de la resurrección, tendrás también la tercera paz con Dios en el cielo. Detente, pues, en el medio y vas a tener paz con tu prójimo. Si no te pones en el medio, no podrás tener paz. En la “circunferencia” no pueden haber ni paz ni tranquilidad, sino agitación y volubilidad.
Se dice de los elefantes que, “cuando traban algún combate, toman un cuidado particular de los heridos, ya que a los heridos y a los fatigados los encierran en el centro del grupo” (Solino). De la misma manera, acoge también tú en el seno de la caridad a los débiles y a los heridos. Así lo hizo el guardia de la cárcel, del que se habla en los Hechos de los Apóstoles, quien “tomó a Pablo y a Silas en aquella misma hora de la noche y les lavó las heridas; luego, los llevó a su casa y les preparó la mesa; y se regocijó con toda su casa, por haber creído en Dios” (16, 33-34).
5. “Jesús se puso en medio de los discípulos y les dijo: “¡Paz a ustedes! “. Dicho esto, les mostró las manos y el costado”. Lucas añade que Jesús dijo: “¡Miren mis manos y mis pies: soy yo mismo!” (24, 39).
Según mi opinión, el Señor mostró a los apóstoles las manos, los pies y el costado por cuatro motivos. Primero: para demostrar que de veras había resucitado y para quitarnos así toda duda; segundo: para que la paloma, o sea, la Iglesia o también toda alma fiel, anidara en sus llagas, como en profundas aberturas, y así pudiera esconderse de la vista del gavilán, que trama acechanzas para arrebatarla; tercero: para grabar en nuestros corazones los signos extraordinarios de su pasión; cuarto: los mostró pidiendo que también nosotros compartamos su pasión y no volvamos a crucificarlo de nuevo con los clavos de nuestros pecados.
Nos mostró sus manos y su costado, diciendo: “He aquí las manos que los crearon, cómo fueron traspasadas por los clavos; he aquí el costado, del que ustedes fieles, mi Iglesia, fueron engendrados, como Eva fue engendrada del costado de Adán; ese costado fue traspasado por la lanza, para abrirles la puerta del paraíso, cerrado por la espada llameante del querubín. El poder de la sangre, brotada del costado de Cristo, alejó al ángel y melló la espada, mientras el agua apagaba el fuego. No quieran, pues, crucificarme de nuevo, profanar la sangre de la alianza, en la que fueron santificados, y llevar afrenta al Espíritu de la gracia. Si prestas atención a tales razones y las escuchas, oh hombre, tendrás paz contigo mismo.
Después de haberles mostrado las manos y el costado, el Señor dijo de nuevo: “ ¡Paz a ustedes! Como el Padre me envió a mí” a la pasión, aunque me ame, casi con el mismo amor también yo los envío a ustedes a aquellos sufrimientos, a los que el Padre me envió a mí”.
III El poder dado a los apóstoles de atar y desatar
9. “Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban al Espíritu Santo, Quedan perdonados los pecados de aquellos a los que se los perdonen; y quedan retenidos los pecados de aquellos a los que se los retengan “ (Jn 20, 22-23).
El soplo de Jesús indicaba que el Espíritu Santo no sólo era el Espíritu del Padre sino también suyo. Dice Gregorio: “El Espíritu es enviado a la tierra, para que amemos al prójimo; y es enviado desde el cielo, para que amemos a Dios”.
Dijo: “Reciban al Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados de aquellos, a los que se los perdonen; y quedan retenidos los pecados de aquellos, a los que se los retengan”. Se trata de aquellos a los que ustedes juzgan dignos de remisión, con las dos llaves de la potestad y del discernimiento, o sea, con la aplicación de la potestad y del discernimiento. Desde luego, se entiende que hay que guardar el orden y la modalidad en el poder de atar y desatar. Vamos a ver en qué modo el sacerdote perdone los pecados y absuelva al pecador.
Si uno peca mortalmente, en seguida se hace digno de la gehena, atado con la cadena de la muerte eterna. Después, se arrepiente; y, de veras contrito, promete confesarse. En seguida, el Señor lo absuelve de la culpa y lo libera de la muerte eterna, que en fuerza de la contrición se convierte en la pena del purgatorio. La contrición podría ser tan profunda, como en María Magdalena y en el ladrón, que, si aquel pecador muriera, en seguida volaría al cielo.
Se acerca al sacerdote; se confiesa y el sacerdote le intima una penitencia temporánea, por la cual también la pena del purgatorio puede ser expiada en esta vida; y si la cumple satisfactoriamente, volará a la gloria. Así Dios y el sacerdote perdonan y absuelven.
Con estos planteos concuerdan los Hechos de los Apóstoles, en los que Pedro dice: “No poseo ni plata ni oro; pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo, el Nazareno, levántate y camina. Lo tomó de la mano derecha y lo levantó; y en seguida se le afirmaron los pies y los tobillos. Y, brincando, se puso en pie y anduvo, y entró con ellos en el templo” (3, 6-8). El bienaventurado Bernardo, escribiendo al Papa Eugenio, le decía: “Medita en la herencia que te dejaron tus padres: el documento del testador no menciona ninguna de estas cosas. Escucha la voz de tu predecesor que dice: “No poseo ni oro ni plata”. Comenta la Glosa: “La primera tienda ( de la alianza) tenía prescripciones sobre los cultivos y un santuario secular, famoso por su oro y plata. Sin embargo, la sangre del evangelio brilla más preciosa que los metales de la Ley, porque el pueblo, que antes yacía enfermo delante de las puertas doradas, sólo en el nombre de Jesucristo crucificado entra en el templo celestial”. Y Jerónimo: “Si quieres recobrar el oro y la plata en la iglesia, evoca la sangre inmolada, que a los antiguos estaba permitido derramar, porque se les prometía estas cosas. En cambio, ahora Cristo pobre santificó la pobreza en su cuerpo y a los suyos no les promete cosas temporales, sino celestiales”.
“En el nombre de Jesucristo”… He aquí el camino de la perfección: ante todo, se levanta, el que yacía; después, emprende el camino de las virtudes, y así con los apóstoles entra por la puerta del cielo. Presta atención a las palabras: “levántate” por medio de la contrición y “camina” por medio de la confesión; y así “Pedro lo tomó de la mano derecha y lo levantó”, o sea, lo absolvió y lo despidió en paz.
También aquí hallamos una concordancia en los mismos Hechos de los Apóstoles, donde se lee que Pedro “halló en Lida a un hombre llamado Eneas, que desde hacia ocho años yacía en cama, pues era paralítico. Le dijo Pedro: “Eneas, ¡que Jesucristo te sane! Levántate y arregla tu cama”; y en seguida se levantó” (9, 33-34). Eneas se interpreta “pobre o miserable”, y representa al pecador que se halla en pecado mortal, pobre de virtudes y miserable, porque es esclavo del pecado. Este, como paralítico, yace en el lecho de la concupiscencia carnal, tullido en todos sus miembros; y a él debe decirle el vicario de Pedro: “Eneas”, pobre y miserable, “¡te sane Jesucristo! Levántate con la contrición y arregla tu cama con la confesión. Tú mismo, y no otro, arregla tu cama”. Y en seguida se levantó, libre de toda atadura de pecado.
En los mismos Hechos de los Apóstoles se destaca otra concordancia. “Pedro dijo: “Tabita, levántate”. Y ella abrió los ojos. El le dio la mano y la levantó” (9, 40-41). Tabita se interpreta “gacela”; y el animal es llamado así, porque escapa de las manos, es tímido y asustadizo, una especie de cabra salvaje. Representa al alma del pecador, tímida y asustadiza, que quiere escapar de las manos del Padre celestial. A esta alma se le dice: “Levántate por medio de la contrición”; y entonces abre los ojos por medio de la confesión; y se detiene humillándose a través de la satisfacción; y después se levanta en pie por medio de la absolución de todos sus pecados.
IV- La duda de Tomás
10. “Tomás, uno de los doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos, cuando vino Jesús. Le dijeron los demás discípulos: “¡Hemos visto al Señor! Pero él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no meto mis dedos en el lugar de los clavos y no palpo la herida del costado, no creeré”.
Tomás se interpreta “abismo”, porque dudando conoció más profundamente y se arraigó con mayor seguridad. Dídimo es un término griego, que significa “mellizo”, y por ende dudoso (escéptico). No por casualidad sino por un designio divino Tomás estaba ausente y no dio crédito a los relatos (de los compañeros). ¡Oh designio divino! ¡Oh santa duda del discípulo! “Si no veo en sus manos la marca de los clavos”… Deseaba ver reedificada la tienda de David, que se había desplomado, de la cual dice el Señor por boca del profeta Amós: “En aquel día yo levantaré la tienda caída de David, taparé sus grietas y levantaré sus murallas” (9, 11). En David, que se interpreta “ de mano fuerte”, debemos ver la divinidad; en la tienda, el cuerpo del mismo Cristo, en el cual, como en una tienda, habitó la divinidad. Esa tienda se desplomó con la pasión y la muerte. Por las grietas en las murallas se indican las heridas de las manos, pies y costado. Estas heridas el Señor las reedificó en su resurrección. De ellas dice Tomás: “Si no veo en sus manos las heridas”… El Señor misericordioso no quiso abandonar en su honesta duda al discípulo, que en el futuro llegaría a ser un “vaso de elección”; sino que bondadosamente le quitó la neblina de la duda, como arrancaría de Saulo la ceguera de la incredulidad.
Tienes una concordancia en los Hechos de los Apóstoles, donde dice Ananías: “Hermano Saulo, el Señor Jesús que se te apareció en el camino por donde venías, me envió para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo”. Y en seguida cayeron de sus ojos como escamas, y recuperó la vista. Se levantó y fue bautizado. Tomó alimento y recobró fuerzas” (9, 17~19).
Se cumplió así la profecía de Isaías: “El lobo comerá pasto junto con el cordero” (65, 25), o sea, Saulo con Ananías, que se interpreta “oveja”. El cuerpo de la serpiente se cubre de escamas. Los judíos son “esas serpientes y raza de víboras”. Saulo, imitando su perfidia, había tapado como con una piel de serpiente los ojos de su corazón; pero, al caérsele las escamas por las manos de Ananías, muestra en su rostro la luz que recibió en su mente. Asimismo, por las manos de Ananías, o sea, de Jesucristo, que fue “llevado al matadero como un cordero” (Is 53, 7), cayeron las escamas de la duda de los ojos de Tomás y recuperó la vista de la fe.
V- La confesión de Tomas confirmación de nuestra fe
11. “Ocho días después, estaban de nuevo reunidos los discípulos en el cenáculo, y con ellos Tomás. Vino Jesús a puertas cerradas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a ustedes!”. No vamos a explicar lo que ya está explicado.
“Dijo después a Tomás: “Mete aquí tu dedo y mira mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente”. Respondió Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. Le replicó Jesús: “Porque me has visto, has creído.
¡Bienaventurados los que no ven y creen!”
Dice el Señor por boca de Isaías. “En las palmas de las manos te tengo escrito” (49, 16). observa que, para escribir, son necesarios tres elementos: el papel, la tinta y la pluma. Las manos de Cristo fueron el papel, su sangre la tinta y sus clavos la pluma.
Cristo nos escribió en las palmas de sus manos por tres motivos. Primero: para mostrar al Padre las cicatrices de las Hagas, que había sufrido por nosotros y as! inducirlo a la misericordia. Segundo: para jamás olvidarse de nosotros, como El mismo lo declara por boca de Isaías: “¿Puede, quizás, una mujer olvidar a su niño, y no tener piedad del hijo de su vientre? Y aunque ella se olvidara, yo jamás me olvidaré de ti. He ahí: te grabé en las palmas de las manos” (49, 15-16). Tercero: escribió en sus manos cómo debemos ser y qué debemos creer.
¡No quieras ser incrédulo, oh Tomás, oh cristiano, sino creyente!
“Exclamó Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”. En su respuesta, el Señor no le dijo: “Porque me tocaste”, sino “porque me viste”, porque la vista es de alguna manera un sentido general, que suele servir de ayuda para los otros cuatro. Tal vez no se atrevió a tocar, sino que miró solamente, o quizás miró tocando. Veía y tocaba al hombre; pero por encima de esto, después de haber eliminado toda duda, creyó que era Dios, profesando lo que no veía. Oh Tomás, me viste como hombre, pero creíste en ni¡ como Dios.
12. “¡Bienaventurados los que no han visto y han creído!”. Con esto, Jesús alaba la fe de los gentiles (paganos); pero usa el tiempo pasado, porque en su “presciencia” veía las cosas futuras como ya sucedidas.
Tenemos una concordancia en los Hechos de los Apóstoles, cuando Felipe interrogó a Candace, eunuco de la reina de Etiopía: “¿Crees con todo el corazón?”. Respondió. “Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios”. Y Felipe lo bautizó” (8, 37-38). Asimismo, se puede hablar del centurión Cornelio, a quien Pedro bautizó con toda su familia, en el nombre de Jesucristo (Hech 10, 1-48).
Estos dos, que creyeron en Cristo, prefiguraban a la iglesia de los gentiles (paganos), que creería en el nombre de Jesucristo y seria regenerada a través del sacramento del bautismo. A ellos Pedro les habla con las palabras del introito de la misa: “Como niños recién nacidos y razonables, busquen la leche no adulterada” (1 Pe 2, 2).
El niño, en latín ínfans, es llamado así, porque no sabe hablar, fatí. Los fieles de la Iglesia, nacidos del agua y del Espíritu Santo, deben ser infantes, que no hablan la lengua de Egipto, de la que dice Isaías: “El Señor afligirá la lengua del mar de Egipto” (11, 15). En la lengua está indicada la elocuencia, en el mar la sabiduría filosófica y en el Egipto el mundo. El Señor aflige la lengua del mar de Egipto, cuando por medio de los simples y de los ¡letrados demuestra que la elocuencia y la sabiduría del mundo son mudas e insípidas.
“Razonables y sin engaño”. Razonable es lo que se obra con la razón. La razón es una mirada del alma, por la cual contempla la verdad en sí misma y no a través del cuerpo; o es la contemplación de la verdad, pero no a través del cuerpo; o es también la misma verdad que se contempla (Agustín).
Debemos, pues, ser razonables con respecto a Dios y a nosotros mismos, y sin engaño con respecto al prójimo.
“Busquen la leche”, o sea, esa leche, de la que habla Agustín: “El pan de los ángeles llegó a ser leche de los niños”. La leche es llamada así por su color, ya que es un líquido blanco. Y blanco en griego se dice leucis y en latín albus. Su sustancia es producida por la sangre. En efecto, después del parto, si una parte de la sangre no hubiera estado todavía consumida para alimento del útero, por vías naturales fluye a los pechos y, llegando a ser blanca por obra de éstos, asume la naturaleza de la leche. Y desde ese momento llega a ser alimento de todo recién nacido, “porque la sustancia con la que acontece la generación, es la misma sustancia que produce la alimentación: la leche es como sangre hervida, digerida, no corrupta” (Aristóteles). En la sangre, que es de horrible apariencia, está representada la ira de Dios; en la leche, que es de sabor dulce y de agradabilísimo color, la misericordia de Dios. La sangre de la ira se convirtió en la leche de la misericordia en los pechos, o sea, en la humanidad de Jesucristo. Dice el Profeta: “Dios cambió los rayos en lluvia” (Salm 134, 7). Los rayos de la ira divina se convirtieron en una lluvia de misericordia, cuando el Verbo se hizo carne.
1.3.- En sentido moral. El eunuco etíope y Cornelio el centurión son figuras de los pecadores convertidos. Cornelio se interpreta “el que entiende la circuncisión”. Con razón Cornelio y el eunuco se asimilan. Los penitentes, por el reino de los cielos, se tornan eunucos, circuncidan (eliminan) por sí mismos los deseos carnales y, creyendo en el nombre de Jesucristo, se lavan en la fuente viva de la compunción, y se renuevan con el bautismo de la penitencia.
Hacen como los elefantes, de los que dice Solino: “Las hembras antes de los diez años ignoran el sexo, y los machos antes de los quince. Copulan por un bienio, cinco veces al año y no más. Y no regresan entre los compañeros de la manada sin antes lavarse en aguas fluentes”.
Así los penitentes y los justos, si cayeron en algún pecado, se sonrojan al regresar a la comunidad de los fieles, si antes no se lavan con las aguas fluentes de las lágrimas y de la penitencia. Recemos, pues, queridísimos hermanos, y con ardor supliquemos la misericordia de Jesucristo, para que venga y se detenga en medio de nosotros, nos conceda la paz, nos libere de los pecados, aleje de nuestro corazón toda duda y grabe en nuestras almas la fe en su pasión y resurrección. Y así con los apóstoles y con los fieles de la iglesia mereceremos recibir la vida eterna.
Nos la conceda aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y glorioso, por los siglos de los siglos. Y toda alma fiel responda: “¡Amén! ¡Así sea!”.