Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo II después de la Navidad

    Exordio.

    Sermón a los penitentes para la cuaresma

    1. “En aquel tiempo, cuando Jesús tenía doce años, sus padres subieron a Jerusalén” (Lc 2, 42). Dice el Señor en el profeta Ageo: “Pongan sus corazones en sus caminos. Suban al monte, traigan madera y edifiquen la casa” (1, 7-8). En estos tres verbos: pongan, suban y edifiquen, están indicadas la contrición, la confesión y la satisfacción; y el que las tiene, podrá edificar la casa al nombre del Señor.

    Los caminos son nuestras obras. Dice Jeremías: “Observa tus caminos en el valle, y sabrás lo que hiciste” (2, 23). Consulta el sermón del domingo 111 de Cuaresma sobre el evangelio: “Jesús estaba echando a un demonio”.

    “ Poner el corazón en el camino” significa pensar con la contrición del corazón en lo que se hizo. Dice el Salmo: “Consideré mis caminos, y dirigí mis pies (pasos) a tus testimonios” (118, 59), o mandamientos.

    Desgraciadamente son pocos, o tal vez ninguno, que hagan esto; por esto el Señor se lamenta en Jeremías: “Presté atención y escuché: nadie dice lo que es bueno; nadie hace penitencia por sus pecados, preguntándose:

    ¿Qué hice?”. Cada uno se volvió a su propia carrera, como el caballo que va impetuosamente a la batalla” (8, 6). David, que había puesto su corazón en sus caminos, o sea, había reflexionado, dirigió sus pasos, o sea, sus afectos, a los testimonios, o sea, a los martirios del Señor. En cambio, éstos que no piensan en lo que hacen ni hacen penitencia, continúan su carrera detrás de los bienes temporales.

    El que no conoce su mundo interior, se dirige a las cosas exteriores y ajenas.

    Es ajeno todo lo que no puedas llevar contigo en la hora de la muerte. Pon, pues, tu corazón en tus cosas, no en las ajenas, porque donde está el corazón, ahí está el ojo; donde está el ojo, ahí está el conocimiento; donde está el conocimiento, ahí está el perdón.

    Pongan, pues, sus corazones en sus caminos, y así podrán subir al monte, en el cual se designa la confesión, que es “el monte de Dios, el monte fecundo” (Salm 67, 16). De esa fecundidad se dice también: “ Como de meollo y de grosura se sacia mi alma” (Salm 62, 6). “Unges mi cabeza con aceite”, o sea, mi mente con la luz de la confesión; “y qué precioso es mi cáliz” (Salm 22, 5), o sea, la bebida de las lágrimas.

    “¡Oh, qué bella es la generación casta, con claridad!” (Sab 4, 1). La confesión, que nace de la contrición, puede ser llamada “generación”, cuya belleza consiste en la castidad y en la claridad: castidad, para que todos los pecados sean, por decirlo así, desnudados delante del único sacerdote y no divididos entre varios; claridad, para que el que se confiesa, sea inundado de lágrimas, con las que su conciencia se vuelve límpida.

    “Traigan la madera”, en la que se designa la satisfacción de la penitencia. Del monte de la confesión trae el penitente la madera de la satisfacción. Y ten en cuenta que, como en el madero de la cruz de Cristo hubo “la longitud, la anchura, la altura y la profundidad” (Ef 3, 18), así en esta madera, que es la cruz de la confesión, debe haber la longitud de la perseverancia final, la anchura de la caridad, la altura de la esperanza y la profundidad del temor (Glosa).

    Con esta madera se edifica la casa del Señor, en la ciudad de Jerusalén, de la que se dice en el evangelio de hoy: “Cuando Jesús tenía doce años, subió con sus padres a Jerusalén según la costumbre de la fiesta” (Lc 2, 42).

    2. Observa que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la subida de Jesús y de sus padres a Jerusalén: “Cuando Jesús tuvo doce años”; segundo: hallazgo de Jesús después de tres días: “Y sucedió que después de tres días Jesús fue hallado en el templo”; tercero: el regreso a Nazaret con sus padres: “Y descendió con ellos”.

    En el introito de la misa de hoy se canta: “En el trono excelso de tu gloria” (composición litúrgica que alude a Isaías 6, 1-3). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Los conjuro, hermanos, por la misericordia de Dios” (12, 1). La vamos a dividir en tres partes y concordar con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Los conjuro”; la segunda: “No se conformen a este siglo”; tercera: “Por la gracia que me fue concedida, digo a cada uno …

    I - Subida a Jerusalén de Jesús y de sus padres

    3. “Cuando Jesús tuvo doce años”. Vamos a estudiar cuál sea el significado moral del niño Jesús, de sus padres, de Jerusalén y de la costumbre del día de la fiesta.

    “El niño Jesús”. Con estos dos nombres se indica la perfección del justo, que debe ser “niño” (en latín puer, o sea, puro con respecto a sí mismo, y “Jesús”, o sea, salvador con respecto al prójimo. Para ser “puro”, le son necesarias seis virtudes: la limpieza del corazón, la castidad del cuerpo, la paciencia en las adversidades para que no se deprima, la constancia en la prosperidad para no exaltarse y, para perseverar en estas virtudes, la humildad y la pobreza.

    Para ser “salvador”, le son necesarias seis obras de misericordia, que son: “Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; fui forastero, y me acogieron; estuve desnudo, y me cubrieron; enfermo, y me visitaron; en la cárcel, y me vinieron a ver” (Mt 25, 35-36).

    Y éste es el número de “doce años” del justo, que desea subir a Jerusalén con el niño Jesús, del que se dice: “Cuando Jesús tuvo doce años”.

    “Sus padres subían a Jerusalén”. Los padres de Jesús eran José y Maria: José se interpreta “aumento” y María “mar amargo”, no porque haya tenido el amargo gemido de la penitencia, sino porque tuvo en suerte el nombre de amargura casi por un presentimiento de la pasión de su Hijo. José y María son figuras de la esperanza y del temor, que son como los “padres” del justo. La esperanza es la expectativa de los bienes futuros, que engendra un sentimiento de humildad y una solícita disponibilidad de servicio. He ahí a José, humilde y diligente servidor (del Hijo de Dios). La esperanza es llamada en latín spes, casi pes, pie, paso de progreso: he ahí el aumento. Al contrario, se dice desesperación, cuando no hay ninguna posibilidad de progresar, porque, cuando uno ama el pecado, no espera por cierto en la gloria futura. Y para que la esperanza no degenere en presunción, debe unirse al temor, “que es el principio de la sabiduría” (Sir 1, 16); y nadie puede poseer la sabiduría, si antes no saborea la amargura del temor. Por esto se dice en el Éxodo, que los hijos de Israel, antes de llegar a las dulzuras del maná, hallaron las aguas amargas de Mara (15, 23). Bebiendo un medicamento amargo, se llega al gozo de la salud.

    Con estos “padres”, el justo debe subir a Jerusalén, en la que están figuradas la perfección de la vida, la tranquilidad de la mente y la suavidad de la contemplación. Dice Tobías: “Las puertas de Jerusalén serán construidas de zafiro y de esmeralda, y todo el cerco de sus murallas de piedras preciosas. Todas sus plazas serán enlosadas con piedras tersas y cándidas, y por todas sus calles se cantará “Aleluya” (13, 21-22).

    En el zafiro que es de color celeste y en la esmeralda que es de color verde está simbolizada la perfección de la vida, que consiste en el desprecio de las cosas terrenales y en el deseo de las celestiales. En las piedras preciosas, tersas y cándidas, está simbolizada la tranquilidad de la mente. Y en el Aleluya se indica la suavidad de la contemplación. En el sermón del domingo XV después de Pentecostés, hallarás tratada más ampliamente esta cita, en la exposición de la historia de Tobías.

    4.”Según la costumbre del día de la fiesta” (2, 42). Moisés había ordenado a los hijos de Israel: “Tres veces al año todos los varones se presentarán delante del Señor tu Dios, en el lugar elegido por El: en la solemnidad de los ázimos, o sea, la pascua; en la solemnidad de las semanas y en la solemnidad de las cabañas. Nadie se presente delante del Señor con las manos vacías, sino que cada uno ofrecerá lo que tiene, conforme a la bendición que el Señor su Dios le dio” (Dt 16, 16-17).

    Considera que en estas tres fiestas están simbolizados los tres estados de la vida espiritual: los incipientes, los proficientes y los perfectos. En la solemnidad de los ázimos está figurado el estado de los incipientes, que deben celebrar la pascua “con ázimos de sinceridad y de verdad” (1Cor 5, 8) y comer el cordero con hierbas amargas del campo (Ex 12, 8), o sea, en la amargura de sus pecados. Sobre este argumento consulta el sermón “La Pascua del Señor”, primera parte.

    En la solemnidad de las semanas, en la que se ofrecían al Señor dos panes nuevos de las primicias, está representado el estado de los proficientes, cuyo “hombre interior se renueva de día en día” (2Cor 4, 16). Ellos ofrecen al Señor los dos panes nuevos, o sea, la pureza de la mente y del cuerpo.

    En la solemnidad de las cabañas, llamada en griego scenopegia, preparación de las tiendas, está indicado el estado de los perfectos, los que, como dice Isaías, “morarán en las tiendas de la confianza” (32, 18). “Sus tiendas -dice Balaam- son hermosas como valles boscosos”, en las que están figuradas la pobreza y la humildad, que ofrecen un resguardo contra los ardores de las cosas temporales. “Esas tiendas son hermosas, como jardines regados cerca de los ríos” (Num 24, 5-6), en los cuales está designada la infusión de la gracia, que apaga la sed de la concupiscencia carnal. Esta es la costumbre del día de fiesta, según la cual todo justo está obligado y debe subir a Jerusalén, donde, para no comparecer delante del Señor con las manos vacías, debe ofrecer el cordero de la inocencia con respecto al prójimo, los dos panes nuevos de la doble pureza del alma y del cuerpo con respecto a sí mismo y, como dice el Levítico, debe tomar los frutos de los árboles más hermosos y las ramas de palmeras … (23, 40). Consulta también la última parte del sermón del domingo de Ramos.

    5. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Les conjuro, hermanos, por la misericordia de Dios, a ofrecer sus cuerpos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: éste es su culto racional” (espiritual) (Rom 12, 1). Todo justo que quiere subir a Jerusalén con los “padres”, según la costumbre del día de fiesta, debe absolutamente Observar las tres exhortaciones, indicadas por el Apóstol; diversamente, aparecerá con las manos vacías delante del Señor, el cual dice: “Cualquier cosa que ofrezcas en sacrificio, la sazonarás con sal; y de tu sacrificio no quitarás la sal de la alianza de tu Dios. En toda oblación”, o sea, en toda buena obra, “ofrecerás la sal” del discernimiento (Lv 2, 13).

    “Les conjuro que ofrezcan sus cuerpos como una víctima viva, santa y agradable a Dios”. Presta atención a estos tres adjetivos: viva, santa y agradable a Dios. Los incipientes deben ofrecer a Dios una víctima viva, los proficientes, una víctima santa; los perfectos, una víctima agradable a Díos, Con estas tres cosas concuerda también el Levítico, cuando habla de tres especies de oblaciones. La primera consistía en la oblación de ganado; la segunda, de aves; la tercera, de flor de harina, amasada con aceite; y ésta última se cocinaba de tres maneras: en el horno, en la sartén y en la parrilla.

    La primera: la víctima viva, es la oblación de los incipientes. Está escrito: “Desollarán la víctima y la dividirán en pedazos. Prepararán antes la pila de la leña y encenderán el fuego en el altar y acomodarán sobre el fuego los pedazos cortados: la cabeza y todo lo que está unido al hígado; lavarán con agua los intestinos y las patas; entonces el sacerdote quemará todo sobre el altar como holocausto de suave aroma para el Señor” (Lv 1, 6-9).

    El altar es el corazón, el fuego el amor divino; la pila de leña, el cúmulo de los sufrimientos de Cristo; el desuello, la manifestación de los pecados; los miembros cortados en pedazos, la exposición de las circunstancias del pecado; la cabeza, el origen del pecado; el hígado, el obstinado apego al pecado; los intestinos, la inmundicia de los pensamientos; las patas, los pasos (hacia el mal); y el agua, la efusión de las lágrimas.

    Pues bien, el pecador convertido, que inicia su camino de penitencia, en el altar de su corazón debe amontonar una pila de los sufrimientos de Cristo: los flagelos, las bofetadas, los escupitajos, la cruz, los clavos, la lanza; y después en la confesión descubrir los pecados y especificar minuciosamente sus circunstancias-, y cuál fue el origen de los pecados y cuánto hubo de complacencia y apego. Debe también purificar con el agua de las lágrimas la suciedad de los pensamientos y de las obras.

    Cuando todo esto sea ejecutado y puesto sobre la pila de los sufrimientos de Jesucristo, El mismo, que es el sumo sacerdote, pone debajo el fuego de su amor, que devorará todos los pecados. Entonces el mismo penitente llega a ser holocausto, o sea, totalmente quemado, nada ahorrando de sí mismo, sino sometiéndose completamente al servicio de Cristo, para ser “buen olor de Cristo en todo lugar’, (2Cor 2, 15). De esta manera ofrecerá su cuerpo como víctima viva: víctima, porque es un cuerpo muerto al pecado; viva, porque vive sólo para la santidad. Dice el Apóstol: “Vivo yo, mas no yo, porque vive en mí Cristo” (Gal 2, 20).

    6. La segunda: la víctima santa, es la oblación de los proficientes, de la que habla el mismo Levítico: “Si lo que ofrece al Señor en holocausto, es un ave: tórtolas o pichones de paloma, el sacerdote la ofrecerá al altar. Torcerá la cabeza hacia el cuello, provocando una ruptura, y de la herida escurrirá la sangre sobre el zócalo del altar. En cambio, el buche y las plumas los arrojará al lugar donde se depositan las cenizas, en el lado oriental del altar. Quebrará las alas, pero sin separarlas ni dividirlas con el hierro; y finalmente la hará arder sobre la leña encendida. Es un holocausto y una oblación de suavísimo aroma para el Señor” (Lv 1, 14-17). Se hacen la oblación y el holocausto, cuando el justo, cubierto con las plumas de las virtudes -figurado en la tórtola y en la paloma por la castidad, la simplicidad y el gemido de la penitencia-, progresa de virtud en virtud. El tuerce la cabeza sobre el cuello, y la boca bajo las axilas, cuando practica en las obras lo que proclama con las palabras. Esa torsión provoca la ruptura, que simboliza la devoción de la mente, de la cual fluye la sangre de las lágrimas, “que son, como dice Agustín, la sangre del alma”.

    “Escurrirá la sangre sobre el zócalo del altar”, o sea, en el ánimo del oyente. El armonioso acorde de la voz y de la obra en el predicador suscita la devoción, que penetra en el corazón del que escucha. Dice el Eclesiástico- “¡No malogres este armonioso acorde!” (32, 5).

    “En el buche” se designa el ardor de la avaricia y en las plumas la vacuidad de la soberbia. Estos vicios el justo los arroja lejos de si, “hacia la parte oriental, en el lugar de las cenizas”, cuando reflexiona acerca de cuál estado de felicidad y de gloria cayó por la avaricia y la soberbia de los primeros padres, a los que se les dijo: “Eres polvo y al polvo volverás” (Gen 3, 19).

    El justo quiebra las axilas (alas), cuando, al considerar la humildad de la pasión del Señor, rebaja el valor de sus virtudes. Dice Ezequiel: “Cuando resonaba la voz en el firmamento, los cuatro seres vivientes bajaban sus alas” (1, 25). El firmamento es Cristo, sobre quien resonó la voz: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas” (Mt 26, 31). Cuando estos seres vivientes, o sea, los santos, oyen tal voz, disminuyen el valor de sus méritos y no confían en si mismos, sino en la pasión del Pastor herido.

    El justo, que día tras día progresa mejorándose a sí mismo, quiebra con la humildad las alas de sus virtudes; pero no se aleja de ellas en el tiempo de la adversidad con el hierro de la impaciencia. De esta manera se quema a sí mismo como víctima santa sobre el altar, imitando la pasión del Señor, en el fuego de leña de la santa devoción, o sea, con los ejemplos de los santos, padres. Y así hace de sí mismo un holocausto total y una oblación de suavísimo perfume para el Señor.

    7. “Una víctima agradable a Dios”. El hombre perfecto ofrece la tercera oblación, que, como se lee en el mismo Levítico, consistía “en flor de harina, amasada con aceite”.

    La flor de harina, refinadísima y blanquísima, es la vida del hombre perfecto, que carece del afrecho de las vanidades del mundo, resplandece con la blancura de la castidad y está impregnada con el aceite de la piedad. Esta vida perfecta se cocina en el horno de la pobreza, se fríe en la sartén de las necesidades y de las enfermedades del prójimo y se asa en la parrilla de la pasión del Señor. ¡De veras, muy de veras, esta víctima agrada a Dios!.

    Estas tres cualidades de la víctima constituyen “el culto razonable”, espiritual, sincero, excelente, íntegro y santo.

    Roguemos, pues, hermanos queridísimos, a Jesucristo, que, como subió a Jerusalén con sus padres, nos haga subir también a nosotros, con la práctica de las doce virtudes sobredichas, unidas a la esperanza y al temor, a la Jerusalén moral, para que podamos ofrecerle, en las tres solemnidades, la víctima viva, santa y a El agradable.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito en la Jerusalén celestial. ¡Aleluya! ¡Amén! ¡Aleluya!

    II - El hallazgo de Jesús después de tres días

    8. “Y aconteció que, tres días después, hallaron a Jesús en el templo, sentado en medio de los doctores, mientras los escuchaba y los interrogaba” (Lc 2, 46). Vamos a analizar el significado de los tres días, del templo, de Jesús sentado, de los doctores, y de que los escuchaba y los interrogaba. Los tres días simbolizan el conocimiento de la propia iniquidad, la compasión hacia las necesidades de los hermanos y la consideración y admiración de la misericordia de Dios.

    Sobre el primer día, se lee en el profeta Miqueas: “Aunque esté sentado en las tinieblas, el Señor es mi luz” (7, 8). Sobre el segundo día dice Ezequiel: “Una visión se movía de una parte a otra en medio de los seres vivientes: un esplendor de fuego y del fuego se desprendían centelleos” (1, 13). Ese esplendor de fuego es figura de la compasión caritativa, que ilumina y calienta, y de la que sale el centelleo de admirables obras. Esta visión, que de veras hace ver, debe moverse acá y allá en medio de los seres vivientes, o sea, de los cristianos. Con razón es llamada en latín discurrens, o sea, que corre por diversos lugares. A la verdadera compasión no le basta proveer a las necesidades del cuerpo, si no provee también a las necesidades del alma, y viceversa. “Si alguien sufre en el cuerpo, ella también sufre; y si alguien recibe escándalo en el alma, ella también se abrasa” (2Cor 11, 29). Y, en fin, sobre el tercer día dice el Eclesiastés: “Dulce es la luz y agrada a los ojos de la mente ver el sol” (11, 7), o sea, reflexionar sobre el esplendor de la misericordia de Dios.

    El que cumple con estos tres días, por cierto podrá hallar a Jesús en el templo. El templo, que suena como “techo amplio”, es la mente del justo, que es techo, porque cubre con la compasión las necesidades del prójimo; y es amplio por el conocimiento de sí mismo y de Dios. En este templo, después del “triduo”, o sea, después de los tres días señalados, se halla Jesús.

    ¿Y qué hace Jesús allí? Hace tres cosas: está sentado, escucha e interroga.

    En la mente del justo hay los doctores, o sea, las facultades de la razón, que enseñan lo que hay que evitar y lo que hay que hacer. En medio de ellas Jesús está sentado, cuando aporta a la razón la paz, con la paz la tranquilidad, y con la tranquilidad “todo lo gobierna con suavidad” (Sab 8, 1).

    Y esto es también lo que dice Job: “Aunque me sentaba como un rey, rodeado de su ejército, yo era siempre el consolador de los afligidos” (29, 25). ¡He ahí la consolación: escuchar e interrogar! Cuando la mente se halla en la tranquilidad y en silencio, entonces Jesús escucha los sentimientos del corazón, que hablan a su oído, y después interroga con el estímulo de la benévola corrección. Dice de nuevo Job: “Tú lo visitas por la mañana”: he ahí la escucha; “y en seguida lo sometes a la prueba” (7, 18): he ahí el interrogatorio. Y ésta es la consolación de los afligidos, o sea, de los justos, que gimen en este valle de lágrimas “por la falta de una fuente de agua” (Jos 15, 18-19), para que el buen Jesús los escuche y los interrogue, los visite y los ponga a la prueba. Continúa Job: “Esta es mi consolación: que El, aun afligiéndome con el dolor, no me trate con miramientos” (6, 10)

    9. Podría haber otra exposición. Los tres días, o sea, el triduo, simbolizan la penitencia, que consiste en tres requisitos: la contrición, la confesión y la satisfacción. De este triduo dice Moisés:

    “Caminaremos durante tres días hacia el desierto y haremos un sacrificio al Señor, nuestro Dios” (Ex 3, 18). Después de estos tres días, José y maría, o sea, los penitentes en el espíritu, los pobres y los humildes, hallarán a Jesús en el templo de la Jerusalén celestial. Y esto es también lo que dice el Génesis: “El copero, después de tres días, fue restablecido en su oficio anterior” (40, 20-21). “Sentado en medio de los doctores”. Y esto es lo que dice Juan en el Apocalipsis: “Tuve una visión: había un trono en el cielo, y en el trono alguien estaba sentado. Alrededor del trono había veinticuatro asientos, en los que estaban sentados veinticuatro Ancianos” -en los que se designan los doce patriarcas y los doce apóstoles-, “envueltos en vestiduras blancas y con coronas de oro en la cabeza” (4, 1-4). Son casi las mismas palabras que se cantan en el introito de la misa de hoy: “En un trono excelso vi sentado a un hombre, a quien adoraba la multitud de los ángeles, cantando al unísono; y su imperio durará eternamente”

    (composición litúrgica: ver n. 2).

    Y el Apocalipsis sigue: “Los veinticuatro Ancianos se postraban delante del que estaba sentado en el trono y adoraban al que vive por los siglos de los siglos”. ¡Amén! Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: “Tú eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder” (4, 1011). “Jesús los escuchaba y los interrogaba”. El Señor escucha a los espíritus bienaventurados, cuando acoge benignamente la ofrenda de nuestra devoción por su ministerio. “De la mano del ángel subió el humo de los inciensos junto con las oraciones de los santos” (Ap 8, 4). Y el ángel Rafael dice a Tobías: “Yo ofrecí tu oración al Señor” (12, 12). Y el Apóstol: “Todos ellos son espíritus al servicio de Dios, enviados en ayuda de los que van a heredar la salvación” (Heb 1, 14). Y los interroga, cuando les revela los secretos de su voluntad.

    10. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “No se conformen a la mentalidad de este siglo” (Rom 12, 2). Dice el Señor en Isaías: “He ahí: yo creé al herrero que sopla en las brasas del fuego y labra un vaso como su obra” (54, 16). El herrero es el diablo, a quien Dios creó como sustancia. El diablo, con el fuelle de la mala sugestión, sopla en las brasas de fuego, o sea, en todo lo que estimula el vicio.

    Este siglo es como el horno de Babilonia, del que habla Daniel: “El horno estaba encendido al máximo” (3, 22). Consulta el sermón del domingo XXII después de Pentecostés, segunda parte, donde se relata la historia de Daniel.

    El soplo del diablo enciende este horno de tal modo que se funden el hierro, o sea, los soberbios; el plomo, o sea, los avaros; y el estaño, o sea, los lujuriosos. Entonces el diablo plasma y labra el vaso, como su obra, o sea, para que ejecute su voluntad.

    Algunos son plasmados en el molde de la soberbia, otros en el molde de la avaricia y otros en el molde de la lujuria. Estos son los vasos de la ira y de la ignominia, que serán arrojados en el estiércol de la condenación eterna.

    Por esto ustedes, que con María y José buscan a Jesús y desean hallarlo, “no se conformen a la mentalidad de este siglo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente” (Rom 12, 2). Esto es lo que dice Isaías: “Habrá cinco ciudades en la tierra de Egipto Consulta el sermón del domingo III de Cuaresma, parte tercera, sobre el evangelio: “Cuando un fuerte bien armado … “Para que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada y lo perfecto” (Rom 12, 2). ¡He aquí los tres días, después de los cuales se halla a Jesús en el templo! La voluntad de Dios “buena” consiste en la contrición, “la que le agrada” en la confesión, y “la perfecta” en la satisfacción.

    De la primera se lee en el Salmo: “En tu buena voluntad, obra benévolamente con Sión…” (50, 20); y la Sabiduría: “¡Qué bueno es tu espíritu, Señor, en todas las cosas!” (12, 1).

    De la segunda habla Daniel: “¡Que nuestro sacrificio delante de ti”, o sea, la confesión, “te sea agradable!” (3, 40). Y el Génesis: “El Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda” (4,4).

    De la tercera se dice en el Salmo:”Guía mis pasos, Señor, por tus senderos” (Salm 16, 5). En los senderos del Señor están indicadas la austeridad de la vida y la aspereza de la satisfacción (obras penitenciales).

    Roguemos, pues, al Señor Jesucristo que nos conceda acabar este “triduo” (tres días), para que merezcamos hallarlo en el templo del cielo, sentado en medio de los ángeles, El que es el Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén!

    III. - El regreso de Jesús con sus padres a Nazaret

    11. “Jesús descendió con sus padres, y volvió a Nazaret, y les estaba sujeto” (Lc 2, 51). Presta atención a estas palabras: desciende, Nazaret, sujeto.

    “Desciende y siéntate en el polvo, hija de Babilonia” (Is 47, 1), porque también el Hijo de Dios descendió.

    ¡Oh descarada soberbia, que te afanas por subir por encima de las nubes, por levantar tu trono por encima de las estrellas del cielo y por sentarte en el monte de la alianza (Is 14, 13-14), desciende, te lo ruego, porque Jesús descendió!

    ¡Y tú, Cafarnaúm, levantada hasta el cielo, antes de ser precipitada en el infierno (Mt 11, 23), desciende con Jesús, que es el paraíso: “Tus efluvios son el paraíso”! (Cant 4, 13). ¡Oh tú, meretriz, “que estás sentada sobre la bestia escarlata, cubierto de nombres blasfemos” (Ap 17, 3), ¡desciende con Jesús!

    ¡Enrojezca y se avergüence la insensata soberbia y se desplome la hinchada arrogancia, la sabiduría de Dios descendió! El hombre miserable se afana por trepar con las manos y con los pies y por ascender a la plataforma de su honor o, mejor, de su deshonor, mientras Jesús, al reproche de su madre amorosa, que te dijo: “Hijo, ¿por qué nos hiciste esto?”, difirió hasta los treinta años la obra, que había comenzado a los doce, y descendió del templo, en el cual estaba sentado en medio de los doctores.

    12. “ Jesús fue a Nazaret”. Dice la misma cosa la esposa del Cantar: “Mi amado descendió a su jardín, al cantero de los aromas” (6, 1), o sea, de la humildad, que es la madre de las demás virtudes. Nos habíamos propuesto detenernos brevemente en este pasaje; pero la fascinación de Nazaret no nos permite proseguir. La belleza del lugar, la gracia de las flores y la suavidad de los aromas nos detienen y nos retrasan, mientras nos dirigimos a celebrar las bodas en Cana de Galilea.

    Nazaret, localidad modesta, se interpreta “flor”, y simboliza la humildad, que con razón se llama flor, en la que se hallan tres cualidades: la belleza del color, la suavidad del perfume y la esperanza del fruto.

    En la verdadera humildad hay la belleza de la honestidad. Dice el Eclesiástico: “Mis flores dan fruto de honor y de honestidad” (24, 23).

    En la verdadera humildad hay la suavidad de la buena reputación. Como la flor, cuando exhala su fragancia, no se echa a perder, así el auténtico humilde no se exalta, mientras es elogiado por el perfume de su santa vida. Dice Bernardo: “El verdadero humilde desea ser despreciado y no ser elogiado como humilde”. Salomón dice: “Florecerá el almendro, engordará la langosta y la alcaparra se dispersará” (Ecle 12, 5). El almendro, que florece antes que las otras plantas, es figura del humilde, que dice con David: “Danzaré delante del Señor y me rebajaré aún más de lo que hice hoy y me haré despreciable a mis ojos” (2Rey 6, 22). Y de este juego, dice la Sabiduría del Padre: “Me deleitaba todos los días, jugando delante de El todo el tiempo, jugando por el orbe terráqueo y hallando mis delicias entre los hijos de los hombres” (Prov 8, 30-31).

    El Hijo, el buen Jesús, delante del Padre jugaba, cuando era traicionado por el discípulo; cuando, atado a la columna, era flagelado; cuando era escarnecido por Herodes y coronado de espinas; cuando era maltratado con bofetones y puñetazos; cuando ensuciaban su rostro con los salivazos y cuando lo cubrían con un velo; cuando le golpeaban la cabeza con la caña y cuando le arrancaban la barba. jugaba también, cuando, llevando su cruz, salió hacia el lugar llamado Gólgota, donde fue crucificado por los soldados, escarnecido por los jefes, abrevado con hiel y vinagre, y cuando su costado fue perforado por la lanza. ¡He ahí de qué manera jugó y se humilló en todo el orbe terráqueo la Sabiduría de Dios! ¡He ahí cuáles delicias halló entre los hijos de los hombres! A este juego se acomoda en todo lo posible el auténtico humilde, que cuanto más se desprecia, tanto más se hace sublime a los ojos de Dios. “Florecerá, pues, el almendro y engordará la langosta”. Cuando la humildad florece en la mente y la honestidad en las obras, entonces engordará la langosta, o sea, la misma alma del humilde, dando brincos hacia la contemplación. No engordará como el hipócrita con el fuerte perfume de su autoexaltación, sino con el aroma suave de la flor de la verdadera humildad. Engordará con la propia flor y no con la boca ajena. Entonces se dispersará la alcaparra, o sea, la soberbia y la vanagloria. Símilmente, hay la esperanza de cosechar los frutos de la abundancia de la casa del Señor. Al ver una flor, espero el fruto; así, al ver al verdadero humilde, espero que él sea bienaventurado en el cielo.

    Pero, ¡ay de mi! Dice Isaías: “Todo hipócrita es malvado” (9, 17); y Miqueas: “El mejor entre ellos es como una zarza, y el más justo como un espino de la tapia” (7, 4). De veras, hoy todos son hipócritas, zarzas y espinos. El hipócrita, que finge ser lo que no es; la zarza, que parece blanda de palabras, pero punzante con los hechos; y el espino que hiere a los viandantes, para chupar la sangre de la alabanza y del dinero.

    En cambio, en el jardín de Nazaret no hay zarzas ni espinos, sino lirios y violetas; y por esto Jesús fue a Nazaret.

    13. “Y Jesús les estaba sujeto”. ¡Se derrita toda soberbia, se disuelva toda arrogancia y se humille toda desobediencia, cuando oye estas palabras: Y Jesús les estuvo sujeto”!.

    ¿Quién les estuvo sujeto? Aquel que con una sola palabra creó el cielo de la nada; aquel que, como dice Isaías, “midió las aguas con el hueco de su mano y con la palma calculó las dimensiones del cielo; aquel que con tres dedos sostiene la masa de la tierra; aquel que pesó en una báscula las montañas y en una balanza las colinas” (40, 12) “Aquel, como dice Job, que remueve la tierra de su sitio, y se estremecen las columnas de la tierra; aquel que manda al sol y él no se levanta, y encierra las estrellas bajo su sello; aquel que solo extiende los cielos y camina sobre los oleajes del mar; aquel que crea la Osa Mayor, el orión y las Pléyades y las constelaciones del Sur; aquel que hizo cosas portentosas e inescrutables, maravillas que no se pueden enumerar” (9, 6-10); aquel que hace cesar la armonía del cielo” (Job 38, 37); aquel que con el anzuelo captura y extrae al Leviatán, ata con la cuerda su lengua y con estacas atraviesa sus narices y con un garfio perfora sus quijadas” (Job 40, 19-2 1) (En las versiones modernas varía la numeración de los versículos). Este, tan grande y poderoso, es aquel que “les estaba sujeto”.

    “Les estaba sujeto”. ¿A quiénes? A un carpintero y a una Virgen pobrecilla. ¡Oh el Primero, oh el Ultimo, oh el Soberano de los ángeles, sometido a los hombres! ¡El Creador del cielo está sometido a un carpintero, el Dios de la gloria eterna a una Virgen pobrecilla!. ¿Quién oyó cosa semejante? ¿Y quién vio cosa semejante? Pues bien, el filósofo no desdeñe obedecer y someterse al pescador, el sabio a un simple, el literato a un analfabeto, el hijo de un príncipe a un plebeyo.

    14. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “Por la gracia que me fue otorgada, le digo a cada uno de ustedes”, filósofos, sabios, literatos, nobles y semejantes, “que no quiera saber más de lo que conviene saber”. En otra parte se lee: “No te ensoberbezcas, sino teme” (Rom 12, 3; y 11, 20).

    “Te falta mucho para ser sabio, si no eres sabio para ti mismo” (Bernardo). No eres sabio, si pretendes saber más de lo que conviene. Saber lo que conviene es esto: descender, venir a Nazaret, estar sujeto y perfectamente obedecer. Esto debe ser todo tu saber; y este saber debe realizarse “con discreción”.

    El querer saber de más produce la “embriaguez” (exaltación), en la cual toda sabiduría pierde sabor. El querer saber de más y el escrutar más de lo que conviene hace descarriar al animal separado de la manada, al novicio prudente y al sabio incipiente, como andan de acá para allá el ebrio y el que vomita (Guigo, cartujo).

    Dice Bernardo: “La perfecta obediencia, sobre todo, en el principiante, debe ser indiscutida, acrítica, o sea, que no busca saber lo que se manda o porqué se manda, sino que sólo se esfuerza por cumplir fiel y humildemente lo que ordena el superior. Todo su discernimiento consiste en no tener ninguno en este campo. Toda su sabiduría consiste en no tener ninguna en este campo”. Y esto quiere decir “saber con sobriedad”. La pura sencillez, que “es el agua de Siloé que corre silenciosa” (Is 8, 6), vuelve sobria el alma; como si el vino de la sabiduría de los sabios de este mundo fuera diluido en agua, su saber sería un saber con sobriedad.

    Y si en la orden religiosa hay sabios, Dios los juntó en cuanto sencillos. En efecto, “Dios eligió lo necio y lo bajo, lo débil y lo despreciado, para reunir de esta manera a los sabios, a los fuertes y a los nobles, para que ninguna carne se gloríe en sí misma” (1Cor 1, 27-28), sino sólo en aquel que “descendió y vino a Nazaret y les estuvo sujeto”. A El sean el honor y la gloria por los siglos eternos. Y toda alma, sencilla y sujeta, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

    Cita bíblica