Pestañas abiertas

1 abierta

    Rogaciones o Letanías

    1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Si uno de ustedes tiene un amigo, quien va a él a medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío vino a mí de viaje, y no tengo nada con qué convidarlo”. Y el otro desde adentro le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme y dártelos”. Les digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, se levantará por su insistencia”. “Pues bien, yo les digo: “Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá, porque el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Entre ustedes hay algún padre que, si el hijo le pide pan, le dará una piedra; o si le pide pescado, le dará una serpiente; o si le pide un huevo, te dará un escorpión? Pues, si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lc 11, 5-13).

    En este evangelio se destacan tres argumentos: la petición del pan, la insistencia en la oración y el amor del padre hacia el hijo.

    I - La petición del pan

    2. “Si uno de ustedes tiene un amigo En este evangelio merecen nuestra reflexión seis cosas: el amigo, la noche, los tres panes, el amigo del viaje, la puerta, los niños.

    El amigo -en latín, amicus, que suena como ánimí custos, custodio del alma- es Jesucristo, que, si El no custodiara el alma, en vano vigilarla el que la custodia (Salm 126, 1).

    Se lee en el Eclesiástico: “Un amigo fiel es un protector poderoso; quien lo halla, halla un tesoro. Nada es comparable a un amigo fiel; y no hay valores de oro y de plata que puedan contraponerse a su bondad y a su fidelidad”. Y todavía: “ No abandones al viejo amigo, porque el nuevo no es igual a él” (6, 14- 15; y 9, 11). El nuevo amigo simboliza al diablo, que se aventaja con los cambios.

    Nuestro verdadero amigo es Jesucristo, que tanto nos amó hasta dar por nosotros su alma. ¡Oh! ¡Piensa qué amigo fiel seria aquel que, si te viera en trance de muerte, se ofreciera por ti y de buena gana asumiera en tu lugar tu enfermedad y tu muerte!

    Se lee en la Historia Natural que la alondra, ave totalmente blanca, cuyas vísceras curan la neblina de los ojos, fija intensamente la mirada en un enfermo, si éste está destinado a vivir. Este hecho es un presagio de su curación. Entonces el ave se acerca al rostro del enfermo, absorbe y toma sobre sí su enfermedad, y después revolotea por los aires, y allí, entre los rayos inflamados del sol, la destruye (Aristóteles).

    Así Cristo, nuestro amigo, totalmente blanco porque totalmente inmune de toda sombra de pecado, con la sangre que manó de su costado herido, curó la ofuscación de nuestra alma, que antes no podía ver con claridad. Por esto se dice que la sangre, extraída del costado de una paloma, quita la mancha del ojo.

    Jesucristo, con los ojos de su misericordia, miró detenidamente al género humano enfermo; y éste fue el signo de nuestra salvación. Se nos acercó, tomó sobre sí nuestra dolencia, subió sobre la cruz, y allí, en el fuego ardiente de su pasión, destruyó nuestros pecados. Fue, pues, de veras nuestro amigo; y de él se dice: “Si uno de ustedes tiene un amigo, que a medianoche va a decirle …

    La noche es llamada así, porque daña los ojos (en latín, hay asonancia entre nox, noche, y nicet, daña), y es un símbolo de la tribulación o de la tentación, que perturba el ojo de la razón. Dice Job: “Esa noche sea de soledad y no sea digna de alabanza” (3, 7). La noche de la tentación es de soledad, porque no halla adhesión en el hombre, ni es digna de alabanza, porque el hombre no la secunda ni la aprueba.

    En cambio, se asocia a la tentación y la aprueba aquel que, al presentarse la tentación, la acoge y, acogida, se complace en ella con la imaginación. En tal noche debes ir a Cristo, tu amigo, y decirle: “Amigo, préstame tres panes”.

    Los tres panes simbolizan la triple gracia de la compunción. La primera consiste en el recuerdo de la propia fragilidad y de la propia malicia; la segunda, en la consideración del destierro de esta vida terrenal; la tercera, en la contemplación del Creador.

    Pide que le sean prestados estos tres panes. Se presta una cosa con la condición que sea restituida, Todo lo que tenemos en el campo de la gracia, lo hemos recibido de Dios y a El debemos restituírselo. “¡No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria!” (Salm 113 A, 1). Eres pobre, porque no tienes el pan de la compunción: pídeselo en préstamo al amigo con la condición de restituirle lo que recibiste.

    “Un amigo vino a mi casa de viaje y no tengo con qué convidarlo”. El amigo que vino de viaje es nuestra alma, que, cada vez que da vueltas a la búsqueda de las cosas temporales, otras tantas veces se aleja de nosotros; y nuestra alma retorna, cuando medita en las verdades eternas y anhela nutrirse con el alimento celestial. Pero todo lo que se le propone al alma, es poca cosa, porque a ella, que después de las tinieblas suspira por Dios, nada le agrada más sino pensar, hablar y mirar al solo Dios. Solamente cuando el alma comienza a reconocer el gozo de la Trinidad, simbolizado en los tres panes, lo contempla más intensamente y anhela llegar a él.

    3. “Pero el amigo desde dentro debe responderle: “No me importunes; ya la puerta está cerrada; y mis niños están conmigo en la cama”. El mismo amigo nuestro está dentro, y nosotros miserables estamos todavía fuera, porque fuimos alejados de la mirada de sus ojos, en la miseria del presente destierro. Estamos fuera y por eso debemos gritar: “Amigo, préstame tres panes”. Pide que le presten tres panes aquel que sufre muchas incomodidades. He ahí, está fuera en el corazón de la noche y en la absoluta necesidad de pan, delante de la puerta cerrada; llama y se siente responder: “No me importunes”, o sea, no debo inquietarme por tu petición, “porque la puerta está cerrada”.

    Algo semejante se halla en el Deuteronomio: “El cielo que está por en cima de ti, sea de bronce; y la tierra que pisas, de hierro. Que el Señor envíe a tu tierra como lluvia el polvo, y del cielo descienda sobre ti la ceniza, hasta que seas aplastada” (28, 23-24).

    La puerta está cerrada y el cielo se torna de bronce, cuando el rayo de la gracia divina no ilumina la mente del hombre; y la oración del hombre ya no penetra el cielo, que para él se volvió de bronce. Dice Jeremías: “Pusiste delante de ti una nube, para que no llegara hasta ti la oración” (Lam 3, 44). Si el cielo fuese de bronce y el sol no diera luz y no cayera más la lluvia, los hombres permanecerían en las tinieblas y perecerían por la sequía. Así sucede también, cuando la puerta o el cielo de la gracia celeste se cierra, el pecador permanecería en las tinieblas de su conciencia y quedaría privado de la lluvia de la compunción. La tierra que pisa, o sea, la vida activa en la cual trabaja y transpira, se torna de hierro, cuando de ella no saca ningún fruto de consolación, sino sólo hielo y dureza de mente. En efecto, el hierro es frío y duro.

    A la tierra se le da el polvo en lugar de la lluvia, cuando, en lugar de la efusión de las lágrimas, se le da a la pobre alma el polvo de pensamientos inútiles y frívolos, que la ciegan. Y cae sobre ella la ceniza, cuando busca sólo las cosas caducas y perecederas, que la atormentan y aplastan.

    ¡He ahí cuánto dolor y angustia! ¡En la vida contemplativa ninguna dulzura de la mente, en la vida activa ninguna consolación, en la oración cerrazón de la mente y escarceos por las cosas temporales!

    ¿Se debe, quizás, desesperar? ¿Se debe, quizás, dejar la oración? ¡No, por cierto! Y si la puerta de la gracia celeste está cerrada, lo sería, quizás, por nuestros pecados, o está cerrada para que más y más nos sintamos estimulados a implorar y a suplicar.

    Y también si los niños, o sea, los espíritus angélicos, por medio de los cuales Dios infunde los dones de su gracia y concede el consuelo en las tribulaciones, yacen con El en cama, o sea, en la paz eterna, porque no salen para hacernos este servicio -de ellos habla el Apóstol: “¿No están todos esos espíritus encargados de un ministerio, enviados para servir a los que serán herederos de la salvación? (Hb 1, 14)-, ¿se debe talvez dejar de pedir el pan?

    “No puedo levantarme y darte los panes”. La Glosa comenta: “No quita la esperanza de obtener la gracia, sino que, mostrando la dificultad de alcanzarla, excita aún más el deseo de orar”. “Si él persiste en llamar”. La Glosa comenta: “Si un amigo se levanta y da, no por razones de amistad, sino impulsado por el deseo de liberarse de esa molestia, cuanto más generoso será Dios, que, sin preocuparse del fastidio, da en la mayor abundancia lo que se le pide.

    Por eso, para que nuestra alma, convertida de la vanidad del error, no languidezca aún más por la falta de aspiraciones espirituales, pidamos los panes, busquemos un amigo que nos los dé y llamemos a la puerta donde están escondidos. Brinda una gran esperanza aquel, que no engaña con sus promesas.

    “Se levantará al menos a causa de su insistencia”, porque “el trabajo tenaz vence todas las dificultades” (Virgilio), “y le dará los panes” con la infusión de su gracia, “cuantos fueren necesarios”, aunque no siempre cuantos él quisiera.

    II - La insistencia en la oración

    4. “Yo les digo: “Pidan y se les dará”. Dice el profeta Zacarías: “Pidan al Señor la lluvia de la tarde, y el Señor les enviará la nieve; y les enviará lluvia abundante, para que florezca la hierba en el campo de cada uno” (10, 1). En la nieve, que es cándida y fría, está indicada la pureza de la castidad; en la lluvia abundante, la devoción acompañada de las lágrimas; en la hierba, la compasión por las necesidades de los demás, que siempre debe ser lozana en el campo de nuestro corazón.

    Estas tres cosas debemos pedir al Señor, no por anticipado, o sea, en primer lugar, sino al menos por la tarde, o sea, en segundo lugar, porque “ante todo, deberíamos buscar el reino de Dios y su justicia” (Mt 6, 33). Los mundanos piden por anticipado las cosas terrenas, y por último las eternas, mientras, ante todo, deberían comenzar del cielo, “donde está nuestro tesoro, y allí deberían estar nuestro corazón” y también nuestra petición (Mt 6, 21).

    “Busquen y hallarán”. Dice la esposa del Cantar: “Me levantaré y merodearé por la ciudad; por las calles y las plazas buscaré al que quiere mi alma” (3, 2).

    La ciudad simboliza la patria celestial, en la que hay calles y plazas, o sea, jerarquías mayores y menores. El alma se levanta, o sea, se eleva de las cosas terrenales, y da vuelta, admirando el ardiente amor de los serafines hacia Dios y contemplando la sabiduría de los querubines con respecto a Dios; y así de los otros coros angélicos, entre los cuales busca a su esposo. Pero, como su esposo está muy por encima de todos, no lo halla; y por ende es necesario que ella supere con la mirada de la mente a los centinelas, o sea, a los espíritus celestiales, para poder hallar a su amado.

    “Busquen y hallarán”. Dice el profeta Sofonías: “Busquen al Señor, ustedes, todos los humildes de la tierra, que han practicado sus mandamientos. Busquen la justicia y busquen la humildad, para hallar un abrigo en el día de su ira” (2, 3). Amós insiste: “Busquen a Dios y vivirán. No se dirijan a Betel, ni vayan a Gálgala, ni pasen por Berseba” (5, 4-5).

    Los hijos de Israel habían labrado becerros de oro y los habían entronizado en Betel, para que la gente los adorara. En el oro está simbolizado el esplendor de la gloria temporal; en el becerro, la concupiscencia de la carne. ¡No busquen, pues, estas cosas!

    “Y no vayan a Gálgala”, que se interpreta pantano, símbolo del fango de la lujuria, en el cual se revuelcan los puercos; “ni pasen por Berseba”, que se interpreta “séptimo pozo”, o sea, abismo de codicia, que carece absolutamente de fondo, como “el séptimo día” que, como se lee en la Escritura, no tiene fin.

    “Busquen, pues, a Dios, mientras se puede hallar; e invóquenlo, mientras está cerca” (Is 55, 6).

    5. “Llamen y se les abrirá”. Se lee en los Hechos de los Apóstoles: “Pedro continuaba llamando. Cuando al fin abrieron la puerta y lo vieron, quedaron atónitos” (12, 16). Pedro, liberado de la cárcel por un ángel, simboliza a aquel que, por la gracia de Dios, es sacado de la cárcel del pecado. Este debe llamar con perseverancia a las puertas de la curia celestial; y entonces los ángeles le abrirán, o sea, ofrecerán en presencia del Señor su devota oración; y su estupor, por decirlo as!, “será el gozo que experimentarán por un pecador que hace penitencia” (Lc 15, 10).

    III - El amor del Padre hacía el Hijo

    6.”¿Qué padre hay entre ustedes, que, si el hijo le pide un pan, le dará una piedra?”. Vamos a considerar cuál sea el significado de estas seis cosas, que se contraponen entre sí: pan y piedra, pescado y serpiente, huevo y escorpión.

    El pan, llamado as! porque se pone en la mesa con cualquier otro alimento, simboliza la caridad, que debe estar unida con cualquier otro alimento de obras buenas. Dice el Apóstol: “Todo se haga en la caridad” (1Cor 16, 14). Como sin el pan una mesa parece escuálida, así sin la caridad las otras virtudes nada son, ya que se hacen perfectas sólo en la caridad (Glosa).

    Se lee en el Levítico: “Comerán su pan hasta la saciedad y habitarán sin temor en su tierra” (26, 5). El Señor promete aquí dos cosas, de las que gozaremos perfectamente en la vida futura: la abundancia de la caridad, de la que el alma se saciará, y la paz de la tierra, o sea, de nuestra carne. Todo cristiano, hijo de la gracia, debe pedir a Dios Padre este pan: el de amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a sí mismo. Por esto ruega: “Danos hoy nuestro pan de cada día”.

    “¿Le dará, quizás, una piedra?”. Dice Job: “El torrente divide la piedra de la neblina y la sombra de la muerte, del pueblo peregrino” (28, 3-4). El torrente simboliza la compunción de las lágrimas, que separa la piedra de la neblina, o sea, la dureza de la mente oscurecida, y la sombra de muerte, o sea, el pecado mortal, que procede del diablo, cuyo nombre es “Muerte”; lo separa del pueblo peregrino, o sea, de los penitentes, que se consideran peregrinos en este destierro.

    Pues bien, si el hijo le pide la caridad, Dios Padre no le da la dureza del corazón, sino que se la quita, Dice en Ezequiel: “Les quitaré el corazón de piedra”, que es insensible, “y les daré un corazón de carne”, que es sensible al dolor (36, 26). “O si le pide un pescado”. El pez simboliza la fe en las cosas invisibles. Como el pez nace sumergido en el agua y en ella vive y se alimenta, así la fe en Dios es engendrada de manera invisible en el corazón; es consagrada por la gracia invisible del Espíritu mediante el agua del bautismo; se alimenta, para que no desmaye, con el invisible auxilio de la divina protección; y cumple todo el bien posible poniendo los ojos en los premios invisibles.

    O también: la fe se compara al pez, porque, como el pez es continuamente agitado por las olas del mar sin perecer, así la fe no se ablanda por las adversidades.

    Todo cristiano debe pedir este “pez” a Dios Padre, orando: “Concédeme vivir y morir en la fe de tus apóstoles y de tu santa iglesia católica”.

    7. “En lugar del pescado, ¿le dará, quizás, una serpiente?”. La serpiente es llamada así, porque se acerca a escondidas, serpenteando. Las serpientes son frías por naturaleza, y no atacan sino cuando se calentaron. Algunos afirman que las serpientes nacen de la médula espinal de un hombre muerto. También se cuenta que la serpiente muere, si le echan encima hojas de zarza. Se cuenta también que, si la serpiente ve a un hombre desnudo, lo teme; pero si lo ve vestido, lo ataca. Y las serpientes gustan mucho del vino, y comen la carne y las hierbas, y chupan los humores del animal al cual se agarran (Aristóteles).

    La serpiente es el diablo, que se acerca a escondidas, para tentar; o también su perfidia, que “serpentea” como un escorpión. El diablo, por su innata maldad, es frío, pero inflamado por el ardor de dañar, intenta inocular el veneno de la infidelidad en las almas de los fieles, los únicos que viven. En cambio, todos los demás están muertos, porque matados por el veneno de la infidelidad, que mana de su mismo corazón y sale fuera para matar a otros.

    Con todo, debemos dar gracias a Dios, que nos dio una medicina contra ese veneno.. las hojas de la zarza. La zarza, “que ardía y no se consumía” (Ex 3, 2), simboliza a la humanidad de Cristo, que, cubierta por las púas del sufrimiento, ardió en el fuego de la pasión, pero no se consumió: “Se secó como una teja mi vigor” (Salm 21, 16). Sus hojas, o sea, sus palabras, matan a la serpiente, o sea, al diablo y su perfidia.

    El diablo teme al hombre desnudo, o sea, al pobrecillo de Cristo, despojado de las cosas temporales; en cambio, cuando ve a un hombre vestido, o sea, codicioso y enfrascado en las cosas temporales, lo ataca, o sea, lo asalta con fuertes tentaciones y, en cuanto le sea posible, le inocula el veneno.

    O también: el hombre desnudo es aquel que está despojado de la vestidura de su voluntad. De él habla el evangelio de Marcos: “El ciego arrojó el manto y, brincando, se acercó a Jesús” (10, 50). El que quiere recibir la luz y llegar a la salvación, debe ante todo arrojar lejos su propia voluntad. En cambio, el que se viste con la vestidura de su propia voluntad, se expone en seguida a los ataques del diablo.

    Todo esto es evidente en Adán. Mientras permaneció en la obediencia, el diablo lo temía: “Los dos estaban desnudos y no se avergonzaban” (Gen 2, 25). En cambio, cuando se cubrió con la vestidura de su voluntad, la serpiente los atacó: “Al advertir que estaban desnudos, trenzaron hojas de higuera y se hicieron unos taparrabos” (3, 7). Además, el diablo gusta mucho del vino de la lujuria y de la carne, o sea, de la carnalidad de la gula; engulle también de buena gana las hierbas, o sea, el esplendor de la gloria terrena; y del hombre, al cual se aferra por su consenso, chupa y extrae todos los humores, es decir, la compunción de la mente.

    Dios Padre no dará tal serpiente a su hijo, que le pide un pescado; más bien, de un infiel hace un fiel y de la muerte lo convierte a la vida.

    8. “O si el hijo le pide un huevo En el huevo está simbolizada la certidumbre de nuestra esperanza, porque en el huevo no se ve todavía el feto perfecto, sino que se espera que, con el calor, llegue a la maduración (Glosa). El huevo deriva su nombre del latín úvidus, húmedo, porque su interior está Heno de humor. Así el que tiene esperanza de los bienes eternos, está Heno del humor de la devoción.

    Se lee en la Historia Natural que “los huevos se diferencian entre sí por la forma: algunos son puntiagudos y otros redondeados. Los huevos alargados y puntiagudos producen los machos; en cambio, los huevos redondeados producen las hembras, y tienen las extremidades anchas. Hay también “huevos de viento”, pequeños, insípidos y estériles. Si durante la incubación estallan truenos, los huevos se pudren.

    En los huevos puntiagudos está indicada la esperanza de los bienes eternos. Dice el Apóstol: “Olvidando las cosas pasadas, me lanzo a las futuras” (Filp 3, 13). En la longitud y en la parte aguda del huevo está simbolizado el deseo que el alma nutre en la esperanza del reino celestial. De tal huevo nace un macho, o sea, una obra virtuosa. En los huevos ensanchados y redondeados está simbolizada la esperanza de los bienes pasajeros, si se puede llamarla esperanza. “Lo que uno ve, ¿cómo puede esperarlo?” (Rom 8, 24). En tales huevos está simbolizado el “camino ancho que lleva a la muerte” (Mt 7, 13). o también: “en el circuito merodean los impíos” (Salm 11, 9). “Dios mío, haz que sean como una rueda” (Salm 82, 14). De estos huevos nace una hembra, o sea, una obra afeminada.

    Y esa esperanza es obtusa, o sea, oscura, que prefiere las tinieblas a la luz. Esta esperanza está simbolizada en el “huevo de viento”, porque es inconstante y llena de viento. Dice Oseas:

    “Sembraron viento y cosecharán tempestades” (8, 7). Cual la semilla, tal el fruto: el que siembra vanidad, recogerá condenación. La esperanza puesta en el viento no produce frutos de caridad; es mezquina, porque no crece en Dios, y es insípida, porque su sabiduría no está condimentada con el sabor del espíritu.

    En fin, cuando al principio de la conversión y de la nueva vida estallan los truenos, o sea, las tentaciones de la prosperidad o de las adversidades, suelen echar a perder los huevos de la esperanza y de los santos propósitos.

    Pues bien, el hijo de la gracia debe pedir al Padre de la misericordia el huevo de la esperanza de los bienes eternos, como dice Jeremías: “¡Bendito el hombre que confía en el Señor y pone en El su esperanza!” (17, 7).

    9. “¿El padre le dará, quizás, un escorpión?”. Como se debe temer al aguijón envenenado que el escorpión tiene en la cola, así es un acto contrario a la esperanza mirar atrás, o sea, al pasado, mientras la esperanza se extiende hacia adelante, en la aspiración de los bienes futuros.

    El escorpión, que tiene la característica de no herir la palma de la mano, lame con la boca; mientras tanto la cola, en la que tiene dos aguijones, hiere e inocula el veneno.

    La palma de la mano se llama así por no tener pelos. La mano simboliza la obra buena; y la palma, la recta intención en el obrar. El pelo en la palma o en el ojo es la intención mala. Se lee en el evangelio: “Si tu ojo, o sea, tu intención, es límpido, todo tu cuerpo, o sea, la obra, será luminoso” (Lc 11, 34). El escorpión es el diablo, que seduce con la sugestión; pero al final hiere con los dos aguijones de la cola. En la vida presente él envenena el alma y el cuerpo con el pecado y en la vida futura castiga a los dos..

    ¡Feliz el hombre que en la “mano” de sus obras tiene la palma de la recta intención, que el diablo no puede herir! La palma sin mancha de la recta intención purifica y hermosea el rostro y todo el cuerpo.

    “Si ustedes, que son malos Todas las criaturas, en presencia de la bondad de Dios, son malas, porque “ninguno es bueno sino Dios solo” (Lc 18, 19). La comparación es muy oportuna. Si el hombre pecador, todavía bajo el peso de la fragilidad de la carne, no rehúsa dar las cosas temporales a los hijos que se las piden, con mayor razón el Padre celestial concede a los hijos, que viven en tierra en el temor y en el amor, los bienes imperecederos del cielo. Aquel que es el Dios bendito por los siglos, se digne concedernos también a nosotros esos bienes eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    IV- Sermón moral

    10. “De Siquem, de Silo y de Samaría vinieron ochenta hombres, con la barba rasurada, con la ropa desgarrada y macilentos; y traían en sus manos ofrendas e incienso, para llevar a la casa del Señor” (Jer 41, 5).

    Como aquellos hombres se juntaron para orar al Señor, también nosotros en estos días nos hemos reunido en oración. Por esto, estos días son llamados en griego letanías, y en latín y castellano rogaciones, o sea, oraciones. Fueron instituidas para orar al Señor e impetrar gracias. De manera peculiar fueron instituidas por estos dos fines: rogar a Dios que nos perdone los pecados, como lo dice Isaías: “Me piden juicios justos y quieren acercarse a Dios” (58, 2); y para implorar los beneficios de su misericordia tanto para las cosas espirituales como para las temporales.

    Y nosotros, para merecer recibir esos beneficios, debemos hacer espiritualmente lo que los ochenta hombres hicieron materialmente.

    Los ochenta son todos aquellos que, “en los siete días de la vida presente”, viven obrando el bien a la espera del día octavo, el de la resurrección. Todos son llamados “varones” ( en latín, viri), porque no llevan a cabo obras frívolas o vanas, sino sólo actos de virtud. En efecto, el sustantivo vir, hombre, viene de virtus, virtud, fortaleza.

    Esos ochenta varones vienen de Siquem, que se interpreta “fatiga”; y de Silo, que se interpreta “¿dónde está él?”; y de Samaría, que se interpreta “lana”, que deriva del latín laniare, o sea, desgarrar, arrancar.

    Estas tres localidades simbolizan las tres circunstancias que se relacionan con las cosas temporales: se adquieren con fatiga; se conservan con el temor de perderlas -el avaro pregunta siempre: “¿dónde está él”, o sea, el dinero; y se pierden con vivo disgusto. ¡He ahí el desgarro y la dilaceración del corazón! El que quiere de veras orar al Señor, debe dejar en segundo lugar todas estas cosas.

    11. “Con la barba rasurada”. La rasuración simboliza la obra virtuosa. Dice el Salmo: “Como óleo perfumado en la cabeza, que desciende por la barba, la barba de Aarón” (132, 2). Aarón se interpreta “monte fuerte”, y es figura del hombre constante, que extiende la mano a cosas grandes; y en cuya cabeza, o sea, en cuya mente, se esparció el ungüento de la gracia divina. Los gladiadores que se preparan para el combate, suelen untarse la cabeza. Así Dios unge la mente del justo, para que sea intrépido contra el antiguo adversario. Este ungüento desciende por toda la barba, palabra que el Salmo repite dos veces, porque de la abundancia de la gracia interior son ungidas las grandes obras del doble mandamiento de la caridad.

    Y se rasura la barba aquel que jamás presume de ser capaz de buenas obras. Dice Isaías: “En aquel día el Señor rasurará con navaja afilada”, o tomada en préstamo; “rasurará la cabeza, el pelo de las piernas y toda la barba a los que se hallan más allá del río” (7, 20). Más allá del río de los placeres mundanos están los penitentes, a los que el Señor con la navaja afilada, o tomada en préstamo, de su pasión, rasurará toda presunción de poder obrar el bien.

    ¿Quién puede presumir o gloriarse de poder obrar el bien, cuando ve al Hijo del Padre, fortaleza y sabiduría del Padre, clavado en la cruz y colgado entre dos ladrones?

    En la cabeza, en las piernas y en la barba están simbolizados el principio, la continuación y el cumplimiento de la obra buena. Todo esto el Señor lo rasura en el penitente, porque le prohíbe presumir o gloriarse tanto en el principio como en la continuación y en el cumplimiento de la obra buena, para que “el que se gloría, se gloríe en el Señor” (1Cor 1, 3 1), no en sí mismo.

    12. “Y con los vestidos desgarrados”. Los vestidos simbolizan los miembros del cuerpo. Dice el Apocalipsis: “En la ciudad de Sardis hay pocas personas que no mancharon sus vestiduras” (3, 4), o sea, sus miembros. Son de veras pocas aquellas personas en Sardis. Sardis se interpreta “belleza del dominio”; y en ello está indicada la virginidad; y el que la conserva, posee la belleza del dominio. ¡Oh, qué espléndido dominio, cuando el Creador domina el espíritu, y el espíritu la carne!

    Desgarra sus vestiduras aquel que no se perdona a sí mismo en la mortificación del cuerpo. Se lee en Job: “Se levantó, desgarró su túnica y, después de rasurar la cabeza, se postró por tierra y adoró a Dios” (1, 20). Job, que se interpreta “doliente”, es el penitente, que se arrepiente en la contrición, se levanta con la confesión, desgarra la túnica, o sea, castiga su carne para reparar el pecado, se rapa la cabeza mediante la humildad de la mente, se postra en tierra en la meditación de la muerte y adora a Dios en acción de gracias.

    “Y escuálidos”. La escualidez es palidez, flacura, desaliño y desnutrición. Los grandes penitentes tienen esta escualidez: palidez en el rostro, flacura en el cuerpo, desaliño en las vestiduras y escasez en la alimentación.

    13. “Tenían en sus manos ofrendas e incienso”. Dice Aristóteles en la Historia Natural. “La mano del hombre, obra del Creador, es muy adecuada para todas las actividades, porque es abierta y dividida en varias partes; y se puede utilizar una parte sola, o dos y también muchas, según las circunstancias. La agilidad y las articulaciones de los dedos son muy útiles para recibir y retener”. En la mano está simbolizada la actividad que debernos desplegar en favor del prójimo y diferenciarla en varias partes, según las necesidades. Usa una sola parte, cuando solamente se dirige a Dios; y usa dos partes, cuando socorre al prójimo con el alimento del alma y del cuerpo. La agilidad de los dedos, o sea, el ejercicio de las virtudes en la vida activa, cumple dos tareas: recibe la gracia dada por Dios, y la retiene, o sea, la conserva, para no perderla.

    En esta mano, pues, debemos tener los dones de la virtud, de la caridad y de la limosna, y el incienso de la devoción interior, para que todo lo que hacemos, lo hagamos con devoción.

    “Para ofrecerlos en la casa del Señor”. Esto se dice también en el Apocalipsis: “El humo del incienso, con las oraciones de los santos, subió delante de Dios por las manos del ángel” (8, 4).

    El que busca la alabanza por las buenas obras que realiza, no ofrece dones en la casa de Dios, ni el humo del incienso sube delante del Señor. Esto nos enseña a hacer la oblación de nuestras obras en la casa del Señor, con la conciencia pura, en la cual El habita; y de El y delante de El sólo esperar la recompensa.

    Y así nuestra devoción, a través del ministerio de los ángeles, encargados de nuestra custodia, subirá a Dios; y su gracia descenderá sobre nosotros, para que también nosotros seamos capaces de subir hasta su gloria.

    Nos lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica