Hallazgo de la Santa Cruz
1. “En aquel tiempo había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo” (Jn 3, 1). En este evangelio se destacan tres momentos: la regeneración del bautismo, la ascensión de Cristo y su pasión.
I - La regeneración del bautismo
2. “Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo”, el cual, como creyente, decía que Cristo venía de Dios a motivo de los milagros que había visto; pero todavía no había renacido; y por eso llegó a Jesús de noche, no de día, porque todavía no estaba iluminado por la luz celestial. O también: llegó de noche, quizás, porque, como era maestro en Israel, se avergonzaba de aprender a la vista de todos, o también por miedo a los judíos. El, que en su sensatez había Observado unos evidentes milagros, quiso profundizar más plenamente los misterios de la fe; y por eso mereció ser instruido sobre la “segunda generación” y sobre el ingreso al reino de los cielos, sobre la divinidad de Cristo y su doble nacimiento, sobre su pasión, resurrección y ascensión, y sobre muchas otras cosas.
Observa que Nicodemo, que se interpreta “fluxión de terrenalidad”, es figura de los que creen perfectamente, pero todavía no tienen la luz de las obras perfectas, temen los asaltos de los pensamientos y de las obras de la carne, como también de los infieles judíos; disfrutan del coloquio con Cristo sólo con la fe, pero no tienen la resolución de las obras buenas.
Esto es también lo que dice la Historia Natural. El búho durante el día tiene la vista débil, pero de noche ve con gran claridad; entonces se siente más fuerte y vuela con mayor seguridad. Durante el día las otras aves vuelan a su alrededor e intentan desplumarlo; y es por esto que los cazadores llegan a capturar, junto con él, a muchos otros pájaros (Aristóteles).
El búho debe su nombre al sonido del reclamo que emite, y simboliza al cristiano, que de este nombre tiene sólo el sonido de la palabra -cristiano viene de Cristo-, pero no tiene la sustancia de este nombre, o sea, la humildad y la caridad de Cristo; y por esto es llamado vaso vacío, aunque signado.
Este cristiano no ve claramente durante el día, porque no tiene la luz de las obras buenas; en cambio, durante la noche ve muy bien, “porque los hijos de este mundo, en el trato con sus semejantes, son más sagaces que los hijos de la luz” (Lc 16, 8). “Son sabios para hacer el mal, pero no saben cumplir el bien” (4, 22).
Este búho terne volar de día, o sea, comparecer delante de los justos, que viven en la luz, porque ellos no lo lisonjean, sino que lo despluman, o sea, lo critican, le reprochan y lo corrigen.
Sin embargo, ¡ay de mí! ¡Cuántas veces, por medio de este buho, los demonios engañan a los justos! Por ejemplo: un prelado tiene un feligrés usurero o enredado en algún vicio grave; éste, temiendo ser corregido o excomulgado, le ofrece al prelado algunos regalos y le promete otros favores. El prelado que los acepta, o sea, que los captura, es capturado. “El cazador atrae a los pájaros con el dulce sonido de la flauta” (Catón).
3.”Jesús dijo a Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo: si uno no vuelve a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos”“ (Jn 3, 5).
En el Antiguo Testamento era un juramento decir: “¡Vive el Señor! “. En el Nuevo se dice: “¡En verdad te digo!”. Y mientras los demás evangelistas lo escriben una sola vez, Juan lo repite dos veces, según lo dijo Jesús: “Su lenguaje sea: ¡Sí, sí!” (Mt 5, 37), como si dijera: “Digo la verdad con el corazón y con la boca”.
Comenta la Glosa: “El segundo nacimiento, de que habla Jesús, es espiritual y procede de Dios y de la iglesia, para la vida. Pero Nicodemo sólo conoce el nacimiento según la carne, que procede de Adán y Eva, para la muerte. Pero como el nacimiento carnal no se puede repetir, según dice Nicodemo, tampoco el nacimiento espiritual, por quienquiera se haga, no puede ser repetido. Nacieron de la semilla del verdadero Abraham, o sea, Cristo, tanto de la mujer libre como de la esclava”.
“Del agua y del Espíritu Santo”. Tenemos tres cosas: el fuego, la olla y el alimento. El fuego envuelve la olla y en la olla está el alimento. El fuego en realidad no toca el alimento, pero lo calienta, lo purifica y lo cuece.
El fuego simboliza al Espíritu Santo; el cuerpo del hombre es como una olla; y el alma es como el alimento. Como el alimento se cocina por el calor del fuego por medio de la olla, así el bautismo con el agua, inflamado con el fuego del Espíritu Santo, mientras baña exteriormente el cuerpo, purifica interiormente el alma de todos los pecados. En el río Jordán descendió el Espíritu Santo sobre Cristo bautizado; todos los días en la fuente bautismal desciende sobre cualquier cristiano y, con su potencia, hace que un hijo de la ira se vuelva hijo de la gracia. Por eso Cristo, para sí mismo y para todos los bautizados, oyó decir: “Este es mi hijo dilecto” (Mt 3, 17).
4. Sentido moral. El bautismo por el agua y el Espíritu Santo es la penitencia, que nace del espíritu de contrición y del agua de una confesión bañada en lágrimas, para que el que perdió con el pecado mortal la inocencia y la gracia del primer bautismo, pueda recuperarla en virtud de este segundo bautismo.
“La penitencia es la segunda tabla de salvación después del naufragio” (Jerónimo). De este bautismo habló Eliseo, cuando le mandó a Naamán el sirio, rico pero leproso: “Ve y lávate siete veces en el jordán: tu carne recuperará la salud y tú quedarás limpio de la lepra” (4Rey 5, 10).
Naamán se interpreta “espléndido”, sirio “sublime” y jordán “río del juicio”. El pecador, que exteriormente puede ser espléndido, sublime en alto porque es soberbio, y rico abajo, es leproso en su interior, o sea, en su alma. Si quiere recuperar la salud, debe acudir al río del juicio, o sea, a una confesión con lágrimas, para juzgarse y condenar lo que hizo de malo; y esto por siete veces.
Dice el Apóstol: “He aquí, ¡cuánta solicitud produjo en ustedes el hecho de contristarlos se n Dios; como también, cuánta defensa, e indignación, y temor, y deseo, y emulación, y venganza!” (2Cor 7, 11).
“Triste”, suena como triturado (contrito); y la tristeza es la contrición del corazón en la confesión. Esta tristeza produce en el pecador el compromiso de la satisfacción. Dice Miqueas: “Aflígete y preocúpate (en latín, sátage, satis age, obra suficientemente), hija de Sión, como una parturienta” (4, 10). “Marta se preocupaba con muchos quehaceres” (Lc 10, 40).
“Y defensa”, o sea, acusación de sí mismo. Se va a defender eficazmente delante del juez de la corte celestial aquel, que humildemente se acusa delante del juez de la iglesia, como hacía Job: “Yo no perdonaré a mi boca, y hablaré en la aflicción de mi espíritu” (7, 11). Perdona a su boca aquel, que en la confesión procura atenuar o excusar su pecado; y no habla en la aflicción de su corazón aquel, que se confiesa lacónicamente o como bromeando.
“E indignación” contra sí mismo, y no contra el destino o contra el prójimo. Así hacía Job:
“Dilacero mi carne con mis dientes, y pongo mi vida en mis manos. Aunque me mate, esperaré en El; sin embargo, defenderé delante de El mi conducta; sólo El es mi salvador” (13, 14-16). Es de veras señal de gran indignación, cuando uno se dilacera las cames con sus dientes. Dilacera las carnes con los dientes aquel, que detesta sus pecados carnales execrándolos desde lo hondo. Ese tal lleva el alma en sus manos, dispuesto a rendirla a Dios, en cualquiera hora El se la pida.
O también: El alma es la vida del cuerpo; donde hay alma, allí hay vida; la vida en las manos es la caridad, que es el alma de la fe en las obras. El que lleva así el alma, aunque si Dios lo castigara y lo matara con la tentación y la persecución, sin embargo, continuarla esperando en El, sabiendo que El acoge a todo hijo al que castiga; y mucho más si humilla y detesta sus caminos y sus obras, diciendo: “¡jamás recibí lo que merecía!”.
“Y también temor”, para no caer en estos pecados y en otros semejantes. “Estén muy atentos, y caminen con cautela” (Ef 5, 15). Se lee en la Historia Natural que el camaleón, que se interpreta “león de la tierra”, es flaco en demasía, porque tiene poca sangre. Es muy tímido, y por su timidez su color se transmuta en otros colores diversos, porque su miedo aumenta por la escasez de la sangre y la merma del calor (Aristóteles).
Todas estas cosas se verifican casi a la letra en el penitente humilde y contrito. El puede ser llamado “león de la tierra”, o sea, de su carne, porque, como un león, la sujeta y la pisotea; y por eso es grácil y de poca sangre a causa de la severa abstinencia. Se dice de él que es muy tímido, porque, después de haber experimentado el peligro, teme que bajo cualquier cebo se esconda un anzuelo. O también teme, porque no ve en sí mismo tanta sangre de contrición, ni ve abundar el calor del amor divino, para lanzarse a los peligros de las tentaciones o afrontar lugares sospechosos. Conjuro y exhorto al que no tiene estas dos condiciones (contrición y amor divino), a tener miedo de los lugares sospechosos y a huir de ellos con miedo “Y el deseo”. “Deseé vivamente comer la pascua con ustedes” (Lc 22, 15). Debe desear siempre subir, día tras día, a una perfección mayor, y finalmente pasar de este mundo al Padre.
“Y también emulación”, o sea, imitación.
“Rivalicen en aspirar los carismas más preciosos” (1Cor 12, 3 1). El verbo latino aémulor puede significar “envidiar” e “imitar”. Si se toma en el sentido de “envidiar”, se compone de e y de ímmolare, o sea, “sacrificar”; en cambio, si se toma como “imitar”, se compone de extra, fuera, y de moler, moler, triturar.
El que desea imitar las virtudes de los demás, es necesario que se muela dentro de sí mismo, o sea, que en su conciencia examine seriamente su vida y, después de haberla examinado, la muestre a los demás con su ejemplo, para que lo imiten. O también, se llama emulador aquel, que de la bolsa ajena saca los granos de las virtudes y los pone bajo la muela de su corazón. Después de haberlos molido muy finamente y reducido, por así decir, a harina, elabora el pan, del cual primeramente come él y después lo distribuye también a los demás. “Y también venganza”. Se lee en Lucas: “Una viuda imploraba al juez: “Reivindica mi derecho contra mi adversario”. Pero el juez por largo tiempo no quiso escucharla” (18, 3-4). La viuda es el alma, que, unida ante todo al Espíritu Santo por el bautismo, quedó viuda de su Esposo a causa del pecado mortal. Ella, cansada del pecado, implora al juez, que debe juzgarse a sí mismo: “Reivindica mis derechos contra mi adversario, o sea, contra este mi cuerpo”. Y porque el pecador no teme a Dios -“porque delante de sus ojos no hay temor de Dios” (Salm 35, 2)- ni respeta a los hombres, -porque es “descarado como una meretriz y no se avergüenza de nada” (Jer 3, 3)-, así durante mucho tiempo rehúsa reivindicar los derechos de la viuda, o sea, hacer penitencia, porque desde largo tiempo está implicado en muchos pecados.
Sin embargo, finalmente, por los remordimientos y los gritos de la conciencia, reivindica a la viuda, se juzga a sí mismo y condena al adversario, o sea, su propio cuerpo, en el tribunal de la penitencia; y después encierra al condenado en la cárcel de la penitencia, hasta que haga justicia completa en favor de la viuda. ¡Amén! ¡Así sea!
II - La ascensión de Cristo
5. “Nadie subió al cielo, sino el Hijo del hombre que descendió del cielo” (Jn 3, 13).
Porque nos propusimos hablar más ampliamente de la ascensión del Señor en otro sermón, aquí trataremos sucintamente sobre algunos aspectos. El cielo representa la sublimidad de la divinidad. Dice Luzbel: “Subiré al cielo, pondré mi sede en el remoto septentrión, y seré igual al Altísimo” (Is 14, 13~14). Luzbel tenía su sede en el empíreo; y no había, pues, cielo más alto, al cual pudiera subir. Por eso, diciendo “cielo”, entendía la sublimidad de la divinidad, a la cual deseaba subir, para ser igual al Altísimo.
También en el pasaje evangélico se puede muy bien entender “cielo” en este sentido. Nadie, o sea, ningún hombre, por cuanto santo o también santificado en el seno materno, jamás subió a la sublimidad de la divinidad, para ser Dios; sólo lo puede hacer el que descendió del cielo, o sea, de la sublimidad de la divinidad, para ser hombre, o sea, Hijo del hombre -El que está en el cielo-, permaneciendo Dios.
En efecto, Cristo no bajó del cielo para no permanecer en el cielo, porque no se hizo hombre para dejar de ser Dios; sino que fue “rico y pobre a la vez” (Salm 48, 3), Dios y hombre a la vez, engendrado de Dios antes de los siglos, hombre nacido de hombre en el tiempo. También en el Salmo se lee algo semejante: “El sale de un extremo del cielo” (18, 7).
Observa que una cosa es subir y otra cosa ser llevado. El que sube, sube por virtud propia; y el que es llevado, es llevado por obra de otro. Cristo subió al cielo por virtud propia; todos los demás son llevados por obra de los ángeles. Por esto se lee que “Enoc fue trasladado” (Sir 44, 16) y que “Elías fue arrebatado en un carro de fuego” (Sir 48, 9). Y en la iglesia se canta: “Vendrá el arcángel Miguel con una multitud de ángeles, para llevar a las almas al paraíso de la felicidad” (Oficio de san Miguel, arcángel).
6. Sentido moral. El cielo representa la sublimidad de la contemplación o también la excelencia de la vida santa.
Se lee en el Deuteronomio: “La tierra, a la cual entras para tomarla en posesión, no es como la tierra de Egipto, de la cual saliste, y donde esparcías la semilla como en una huerta bien regada; sino que es una tierra de montañas y de vegas, que espera las lluvias que vienen del cielo, que el Señor, tu Dios, siempre custodió y a la cual están dirigidos sus ojos desde el principio hasta el fin del año” ( 11, 10-12).
La tierra de Egipto simboliza el mundo o la carne, y sus aguas son las riquezas y los placeres, con los que es regada como una huerta; y en la huerta están designadas la vanidad del mundo y la lujuria de la carne.
Dice Isaías: “Ustedes serán como una encina, a la que se caen las hojas, y como una huerta sin agua” (1, 30). En la hora de la muerte las hojas de las riquezas caerán y el agua de los placeres se secará; y entonces el infeliz pecador quedará desnudo y árido. En cambio, no es así la tierra de la penitencia, de la que, el que sale de la tierra de Egipto, debe entrar en posesión. La penitencia es montañosa, porque se entra con dificultad, y llana, porque es ancha y espaciosa para avanzar. Al comienzo, toda vida religiosa es “montañosa”, porque la subida es difícil, sobre todo, para los inexpertos; pero después se vuelve llana, porque se ensancha con el paso del tiempo. Esta tierra no tiene el agua de riego de Egipto, sino que espera del cielo, o sea, de la sublimidad de la contemplación o de la vida santa, las lluvias de la devoción, del consuelo y de la compunción bañada en lágrimas, con las que el Señor la visita y la riega.
Y presta atención que dice “espera”; y en esto está indicado el gran anhelo del penitente o del religioso, que debe siempre esperar el consuelo o de la contemplación, o de la predicación, o de la relación amistosa con el justo.
A esta tierra están dirigidos “los ojos del Señor”, o sea, la mirada de la gracia divina, desde el principio de la conversión hasta la disolución final. Y en este cielo está el hijo del hombre, o sea, “el gusano”, el humilde que se considera un gusano e hijo de gusano, del cual dice Job: “El hombre es podredumbre, y el hijo del hombre un gusano” (25, 6), o sea, corrupción de corrupción.
El humilde se considera podredumbre y por eso dice con David: “¿A quién persigues, oh rey de Israel, a quién persigues? ¡Un perro muerto y una pulga! “ (1Rey 24, 1 5). Sólo ese tal está en el cielo mencionado por la pureza del espíritu, baja del cielo por la compasión hacia el prójimo, y sube al cielo con la elevación de la mente; y ningún otro, porque ningún soberbio subirá. En efecto, “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (Sant 4, 6). ¡Amén! ¡Así sea!
III - La pasión de Cristo
7. “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto” (Jn 3, 14). He aquí lo que se lee en el libro de los Números: “El Señor mandó contra el pueblo”, que había murmurado, “serpientes ardientes”, o sea, venenosas. Poco después dijo el Señor a Moisés: “Fabrica una serpiente de bronce y colócala como una señal: quienquiera la mire después de haber sido mordido, vivirá” (21, 6 y 8). La serpiente de bronce es Cristo, Dios y Hombre; el bronce, que, a pesar del paso del tiempo, no se consume, simboliza su divinidad, y la serpiente su humanidad, que en el madero de la cruz fue levantada como si no de nuestra salvación.
Levantemos, pues, nuestros ojos y “miremos al autor de nuestra salvación, Jesús” (Heb 12, 2). Consideremos a nuestro Señor, colgado en la cruz y fijado con clavos. Pero, ¡ay de mí! Dice Moisés: “Tu vida estará como pendiente delante de ti; y no tendrás seguridad de tu vida” (Dt 28, 66). No dijo “vida viviente”, sino “vida pendiente”. ¿Y para el hombre hay algo más querido que la vida? La vida del cuerpo es el alma; y la vida del alma es Cristo. Entonces, ¿por qué no padeces y no compadeces? Si es “tu vida”, como lo es realmente, ¿cómo puedes todavía entretenerte y no estar “dispuesto con Pedro y Tomás a ir a la cárcel y a la vez sufrir la muerte junto con El?” (Lc 22, 33). El está pendiente delante de ti para invitarte a sufrir junto con El, como está escrito en las Lamentaciones: oh todos ustedes, que transitan por el camino, consideren y observen si hay dolor semejante a mi dolor!” (1, 12). Por cierto, no hay dolor semejante a su dolor. En efecto, aquellos a los que redimió con un dolor tan grande, los ve también perderse con tanta facilidad. Su pasión fue suficiente para la redención de todos; ¡y he ahí que casi todos tienden a la condenación! ¿Y qué dolor podrá ser como este dolor? A este dolor casi nadie presta atención; más bien, ¡ni siquiera se lo conoce! Por esto también nosotros debemos temer muchísimo que, como dijo al principio: “Me arrepiento de haber creado al hombre” (Gen 6, 7), así diga ahora. “Me arrepiento de haberlos redimido”.
Si alguien trabajara asiduamente todo el año en su campo o en su viña y después no recibiera ningún fruto, ¿no se afligiría? ¿No se arrepentiría de haber trabajado inútilmente? Dios mismo dice por boca de Isaías: “¿Qué más debía hacer a mi viña, que no haya hecho? Esperaba que diese uvas, pero sólo dio racimos amargos”. ¡He ahí, el dolor! “Esperaba rectitud” a través de la penitencia, “y va -creciendo el mal. Esperaba justicia” hacia el prójimo; en cambio, se oye el grito de los oprimidos” (5, 4 y 7). ¡He ahí, qué fruto ofreces a tu Cultivador, viña maldita, digna de ser desarraigada y quemada! No sólo se comportan inicuamente delante de Dios, sino que también gritan afuera contra el prójimo, o sea, pecan públicamente.
Además, “tu vida pende delante de ti”, para que en ella, como en un espejo, te examines a ti mismo. Allí podrás constatar que tus heridas habían sido mortales y que ninguna medicina habría podido curarlas, sino la sangre del Hijo de Dios. Si analizas atentamente, allí podrás descubrir qué excelsas son tu dignidad y tu nobleza, si por ti se pagó un precio que supera toda estimación.
Jamás podrá un hombre descubrir mejor su dignidad que frente al espejo de la cruz. El te mostrará a ti a ti mismo: como tú debas bajar tu orgullo, mortificar la lascivia de tu carne, orar al Padre por los que te persiguen y encomendar en sus manos tu espíritu.
En cambio, nos sucede a nosotros lo que dice Santiago: “Si uno es sólo oidor de la Palabra y no ejecutor, puede ser comparado a un hombre que Observa su rostro en el espejo. Apenas se observó, se va y en seguida olvida lo que era” (1, 23-24), o sea, en qué estado se había visto. Así también nosotros miramos al Crucificado, en el cual consideramos la imagen de nuestra redención. Quizás, esta consideración producirá en nosotros algún sufrimiento, o muy poco. En seguida, cuando apartamos nuestra mirada, nos alejamos también con el corazón y retornamos a la risa. En cambio, si sintiéramos las ardientes mordeduras de las serpientes, o sea, las tentaciones de los demonios y las heridas de nuestros pecados, entonces fijaríamos nuestros ojos en la serpiente de bronce, para poder seguir viviendo.
Con todo, tú no crees a “tu Vida”, que dice: “Todo el que cree en El, no perecerá, sino que tendrá la vida eterna” (Jn 3, 15). Ver y creer es lo mismo, porque cuanto crees, otro tanto ves, Pues bien, cree con fe viva a tu Vida, para vivir con El que es la Vida por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV Sermón alegórico
8. “El árbol llevó su fruto; la higuera y la vid dieron sus riquezas” (J] 2, 22). De este árbol dice el libro de la Sabiduría: “Cuando la tierra fue sumergida por el agua (del diluvio), la Sabiduría la salvó de nuevo, guiando al justo Noé por medio de un madero despreciable” (10, 4). El madero despreciable es el madero de la cruz, porque “maldito sea todo el que pende del madero” (Gal 3, 13), en el cual Cristo, Sabiduría de Dios el Padre, fue despreciado y escarnecido: “¡Oh tú, que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo!”; y “Si es el rey de Israel, descienda ahora de la cruz” (Mt 27, 40 y 42). En este madero y por este madero salvó al mundo, que antes el agua del diluvio había sumergido.
Se lee en la Historia de los Griegos (evangelio apócrifo) que, cuando Adán se enfermó, envió a su hijo Set a buscarle alguna medicina. Al acercarse al paraíso terrenal, manifestó al ángel, que cuidaba sus puertas, la enfermedad del padre. El ángel desprendió una rama del árbol del cual Adán, contra el mandato de Dios, había comido, y se la dio a Set, diciéndole: “Cuando esta rama dé fruto, tu padre se sanará”. Parece que el prefacio de la misa de hoy aluda a esto, cuando dice: “Donde nació la muerte, allí resucitó la vida”. A su regreso, Set halló a Adán, ya muerto y sepultado, y cerca de su cabeza plantó la rama, que creció en un árbol majestuoso.
Se cuenta que, después de mucho tiempo, la reina de Saba vio aquel árbol “en la Casa del Bosque” (3 R 7, 2), o sea, en el palacio de Salomón. Al regresar a sus tierras, escribió a Salomón lo que no había tenido el ánimo de decírselo de viva voz, o sea, que había visto “en la Casa del Bosque” un gran árbol, en el cual debía ser colgado un cierto hombre, por cuya muerte los judíos perecerían y perderían su tierra y su pueblo. Salomón, lleno de miedo, cortó aquel árbol y lo sepultó en las entrañas de la tierra, justamente en el lugar, en el que, más adelante, se cavaría la piscina Probática. Al acercarse el tiempo de la venida de Cristo, el madero flotó casi anunciando con anticipación a Cristo; y desde aquel momento el agua de la piscina comenzó a agitarse por el descenso del ángel (Jn 5, 2-4).
El día de la Parasceve (Viernes Santo), los judíos buscaban un madero en el cual pudieran crucificar al Señor; finalmente hallaron ese madero, lo transportaron hasta el Calvario y allí crucificaron a Cristo. Y así el madero dio su fruto, por el cual Adán recuperó la salud y la salvación.
Este madero, después de la muerte de Cristo, fue de nuevo sepultado en las entrañas de la tierra. Después de mucho tiempo, fue hallado en este día por la bienaventurada Elena, madre de Constantino. Por esto la fiesta de hoy se llama “Hallazgo de la santa Cruz”. He ahí, pues, que finalmente el árbol dio su fruto.
Dice la esposa en el Cantar de los Cantares: “Me senté a la sombra de aquel, a quien tanto deseaba, y su fruto es dulce a mi paladar” (2, 3). Y en las Lamentaciones: “El espíritu de nuestra boca, el ungido del Señor, fue apresado por nuestros pecados. A él le dijimos: “A tu sombra viviremos entre las naciones” (4, 20).
Cuando el ardor del sol, o sea, la sugestión del demonio o la tentación de la carne, aflige al hombre, él en seguida debe refugiarse a la sombra del madero precioso y allí sentarse y allí humillarse, porque allí hallará refrigerio y especial remedio contra las tentaciones. El diablo, que en la cruz perdió todo poder sobre el género humano, siente terror al acercarse a la cruz.
Dice el profeta: “Abrí mi boca y atraje mi espíritu” (118, 13 1), o sea, mi aliento, El que abre la boca en la confesión, recibe el espíritu de la gracia, que es la vida del alma.
Cristo, nuestro Señor, es el espíritu, el “aliento” de nuestra boca, porque “en El vivimos,. nos movemos y existimos” (Hech 17, 28); en El creemos con el corazón y lo confesamos con nuestra boca; El fue apresado, atado y crucificado por nuestros pecados.
¡He ahí, el espíritu y el fruto dulce a nuestro paladar! Y si es tan dulce en la alabanza de su nombre y en el gusto de la contemplación, ¿cómo será en el gozo de su Majestad? Y si es tan dulce en esta vida miserable, ¿cómo crees que será en la gloria? Y si entre las gentes, o sea, entre las diversas tentaciones, vivimos a la sombra de su pasión, ¿en cuál gloria viviremos en la luz de su verdad?
9. “La higuera y la vid dieron sus riquezas”. He aquí cuáles ventajas logramos del madero de la cruz: la higuera, o sea, la dulzura de la resurrección del Señor y el vino de la gracia septiforme (los siete dones del Espíritu Santo). ¡He ahí las grandes riquezas y las grandes delicias! Por un lado nos vino la higuera y por otro el vino nuevo, puesto en odres nuevos (Lc 5, 38); y nosotros puestos en el medio.
Esta fiesta de la cruz está situada entre Pascua y Pentecostés, Nosotros, que fuimos redimidos por el madero de la cruz, extendamos las manos a ambos frutos, y saciémonos con los dos, porque nos comunican sus riquezas.
Casi ningún fruto es más dulce que el higo; y ¿qué hay de más dulce que la luminosidad, la agilidad, la transparencia y la inmortalidad del cuerpo glorificado? Esta dulzura da al hombre la fuerza contra la falsa dulzura del mundo y de la carne. Y el vino del Espíritu Santo, “que alegra el corazón del hombre” (103, 15), infunde vigor para que el hombre goce en las tribulaciones y en ellas no desfallezca.
Dígnese darnos esta fuerza aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
V Sermón moral
10. “El madero dio su fruto”. Vamos a ver el significado moral de estos tres elementos: el madero, la higuera y la vid.
Se debe recordar que en el paraíso terrenal había tres especies de árboles: la primera especie era aquella con la cual Adán se nutría; la segunda era la de la vida; y la tercera era la del conocimiento del bien y del mal. Dice el Génesis: “El Señor Dios hizo germinar de la tierra todo tipo de árboles agradables a la vista, deliciosos para comer; el árbol de la vida en medio del paraíso y el árbol de conocimiento del bien y del mal” (2, 9).
En la primera especie de plantas está simbolizada la honestidad de la vida, en la segunda la pureza de conciencia y en la tercera la sagacidad del discernimiento.
La honestidad de la vida es bella y agradable, porque no admite nada innoble en el obrar, nada indecoroso en el hablar y nada indecente en los gestos y en los impulsos; y así con los trazos de su belleza recrea la vista del prójimo y dulcifica el paladar de su mente. Dice el Cantar: “Hermosa eres, amiga mía, amable y espléndida como Jerusalén” (6, 3), nombre que significa “pacífica” e indica la vida honesta, que lleva la paz y la tranquilidad a todos los miembros.
Símilmente, el árbol de la vida simboliza la pureza de la conciencia, que, como se lee en los Proverbios, “es árbol de vida para los que la conquistan; y el que la guarda, será feliz” (3, 18). ¡He ahí el paraíso, cuya etimología es “sitio cerca del Señor”!. ¿Y qué hay de más cercano a Dios que la conciencia pura, que la esposa cerca del esposo? Dice Job: “Colócame cerca de ti, Señor; y, después, ¡la mano de cualquiera pelee contra mí! “ (17, 3). igualmente, el árbol del conocimiento del bien y del mal simboliza el discernimiento. Esta es la verdadera ciencia, la sola que sabe saber, la sola que hace sabios, para que sepan discernir entre lo puro y lo impuro, entre la lepra y la no lepra, entre lo vil y lo precioso, entre lo luminoso y lo tenebroso, entre la virtud y el vicio. El discernimiento consiste en ponderar las cosas y en comprender a qué tiendan.
De cada uno de los elementos susodichos: el árbol, la higuera y la vid, se puede entender el significado de la expresión. “El árbol dio su fruto”. El árbol de la vida honesta produce en el prójimo el fruto de la edificación; el árbol de la pura conciencia produce el fruto de la contemplación en Dios; el árbol del discernimiento produce en ti mismo el fruto de la bondad.
11. “La higuera”, deriva su nombre de la fecundidad. En efecto es más fértil que las otras plantas, porque da fruto dos o tres veces por año; y mientras uno madura, el otro brota. La higuera simboliza la caridad fraterna, la más fecunda de todas las virtudes, porque corrige al que yerra, perdona al que ofende, sacia al que tiene hambre; y cuando practica alguna obra de misericordia, piensa en otra para llevarla a la ejecución.
“Y la vid”, simboliza la compunción de las lágrimas. Se lee en el Génesis: “Judá atará a la viña su pollino, hijo mío; y atará a la vid su asna. Lavará en el vino su estola (vestido) y en la sangre de la uva su manto” (49, 11). El asna es la carne, y el pollino el impulso de la carne. Judá, o sea, el penitente, ata la carne y sus impulsos, para que no anden vagando ni se entreguen al desenfreno; los ata a la viña y a la vid, o sea, a la compunción de la mente, en la que lava su vestido, o sea, purifica su conciencia, y también el manto, o sea, la actividad exterior. “Nos diste a beber el vino de la compunción” (Salm 59,5).
A propósito de la viña y de la higuera, se lee en el primer libro de los Macabeos: “Simón restableció la paz en el país, e Israel saltó de gran gozo. Cada uno se sentaba a la sombra de su parral y bajo su higuera; y nadie les causaba miedo” (14, 11-12). Simón, que se interpreta “obediente” o también “el que siente tristeza” es figura de Cristo, que, en su obediencia al Padre, experimentó la tristeza d¿ la muerte. “Mi alma está triste hasta la muerte” (Mt 26, 38).
Mientras Cristo lleva la paz a la tierra, o sea, a nuestra carne, triturando los ataques del diablo y las rebeldías de la carne, Israel, o sea, nuestro espíritu, goza de una gran alegría; y así cada uno reposa bajo el parral de la compunción interior y bajo la higuera de la caridad fraterna.
Estas dos “plantas”, pues, te dan sus riquezas a ti y al prójimo.
Dígnese concedérnoslas también a nosotros aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!