Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo VII después de Pentecostés

    Exordio.

    La infusión de la gracia en el corazón del predicador

    1. “En aquel tiempo, había con Jesús una gran multitud y no tenían qué comer” (Mc 8, 1).

    Se lee en el cuarto libro de los Reyes: “Mientras el tañedor tocaba el arpa y cantaba, la mano del Señor vino sobre Eliseo, que anunció: “Esto dice el Señor: Caven fosas y fosas en el lecho del torrente. Esto dice el Señor: No oirán viento ni verán lluvia; y, sin embargo, este lecho se llenará de aguas; y beberán ustedes, sus familias y sus ganados” (4 R 3, 15-17).

    Cuando el arpista, o sea, el Espíritu Santo, que es el perfecto arpista de Israel, canta en el corazón del predicador, entonces desciende sobre Eliseo, o sea, sobre el mismo predicador, la mano del Señor, que infunde el don de la potencia y coopera con el predicador en todas las empresas, en las que ponga mano. “Vino sobre mí la mano del Señor”, dice Ezequiel (3, 22). Si este arpista divino no canta primero, la lengua del predicador se torna muda. En cambio, si canta, entonces el predicador podrá decir al pueblo, al cual predica: “Caven fosas y fosas en el lecho del torrente”. El torrente se llama así, porque en los calores del verano se seca y queda sin agua (en latín, torrens significa “torrente” y “abrasador”

    El torrente es figura del pecador en el cual, cuando se seca la linfa de la gracia, menguan las buenas obras. Dice Zacarías: “¿No es éste un tizón arrebatado del fuego?” (3, 2). El tizón, como lo llama el pueblo, es un leño quemado, y es figura del pecador que el Señor, con la mano de su gracia, saca del fuego de la lujuria. Entonces en el lecho del torrente, o sea, en sus corazones, oh pecadores, que están abrasados por el fuego de la malicia, caven fosas y fosas.

    Considera que hay tres fosas. el reconocimiento de la propia culpa, la contrición por la culpa y la humillación de la paciencia.

    Sobre el reconocimiento de la culpa, dice el Señor a Ezequiel: “Hijo de hombre, cava en la pared” (8, 8), porque el Señor está dispuesto a entrar si halla una abertura también mínima, o sea, si tú reconoces tu culpa. Dice la esposa del Cantar: “He ahí que él está detrás de nuestra pared”, dispuesto a entrar, si halla la abertura. Y sigue el Cantar: “Mi amado puso su mano por la ventanilla; y a su roce se estremeció mi vientre, o sea, mi cuerpo” (Cant 2, 9 y 5, 4). Por la ventanilla, o sea, por el reconocimiento de nuestra culpa, se introduce la mano de la gracia divina, a cuyo roce se estremece el vientre, o sea, nuestra mente carnal. “Temor y espanto me invaden” (Salm 54, 6), “porque la mano del Señor me tocó” (Job 19, 2 1). “La tierra se sacudió y tembló” (Salm 17, 8).; y Saulo, “temblando y atónito, dijo: “Señor, ¿qué quieres que haga?” (Hech 9, 6).

    Sobre la fosa de la contrición dice Isaías: “Entra entre las rocas y ocúltate en tierra, en la fosa, frente al terror que causa la presencia del Señor y frente al resplandor de su Majestad” (2, 10). “Entra” con fe “entre las rocas”, o sea, en las Hagas de Jesucristo, “y ocúltate en tierra, en la fosa”, o sea, en la contrición del corazón, que “te reparará frente al terror”, que temen los hijos del mar de este mundo, “y frente al resplandor de su Majestad”, o sea, de aquel poder superior, capaz de aplastar todo poder humano.

    Sobre la fosa de la paciencia, en el Antiguo Testamento había sido ordenado que junto al altar hubiera una fosa de un codo, para reponer las cenizas de los sacrificios (Ez 43, 13). Y Gregorio comenta: “Si en el altar de nuestro corazón no hay paciencia, vendrá el viento a dispersar el sacrificio de las buenas obras. Donde no se pierde la paciencia, se conserva la unión”.

    Oh pecadores, en el lecho de su corazón, con la azada del temor de Dios, caven fosas y fosas, para reconocer su culpa, para llenar de contrición su corazón y para sobrellevar en la paciencia sus tribulaciones. Esto dice el Señor: “No oirán el viento ni verán la lluvia; y este lecho se llenará de aguas”. Como si dijera: “Privado de humanos consuelos, el corazón del pecador se llenará con las aguas de la gracia septiforme (los siete dones del Espíritu Santo), de la cual beberán ustedes, sus familias y sus ganados”.

    ¡Miren, pues, cuán abundante es la gracia del Señor, de la que beben el alma y la familia, o sea, todos los sentimientos del alma, y también los ganados, o sea, los sentidos del cuerpo, que beben esta gracia, cuando colaboran con el alma para obrar el bien!.

    o también: beben hombres y ganados, o sea, justos y pecadores, los doctos y los simples. Esta es la gran multitud, que el Señor alimentó con los siete panes. Por eso dice el evangelio: “Había con Jesús una gran multitud”.

    2- Presta atención que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: la compasión de Jesús por la gente, cuando dice: “Había una gran multitud”. Segundo: la distribución de los siete panes y de algunos pescaditos a la gente y la refección de todos: “Los discípulos respondieron: “¿Cómo se podrá saciarlos aquí en el desierto?”. Tercero. recolección de siete canastas, llenas con las sobras: “Y recogieron lo que sobró”.

    Observa también que en este domingo y en el próximo, si Dios nos lo concede, estableceremos una concordancia entre algunos relatos del cuarto libro de los Reyes y el evangelio de este domingo y del próximo.

    En el introito de la misa de este domingo se canta: “Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia” (Salm 47, 10). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los romanos: “Hablo de manera humana, a causa de la debilidad de su carne” (6, 19). La dividiremos en tres partes: primera: “Hablo de manera humana”; segunda.. “Cuando eran esclavos del pecado”,; tercera: “Ahora, liberados del pecado …

    I La compasión de Jesucristo por la gente

    3. “Había con Jesús una gran multitud y no tenían qué comer. Jesús llamó a los discípulos y les dijo: “Tengo compasión de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer. Si los envío a sus casas en ayunas, se desmayarán en el camino, porque algunos de ellos vinieron de lejos” (Mc 8, 1-3).

    Con este pasaje evangélico tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se dice que “Ben-Adad, rey de Siria, reunió todo su ejército, y subió y sitió Samaría. Y hubo en Samaría una gran hambruna; y el asedio duró tanto tiempo que la cabeza de un asno se vendía por ochenta siclos de plata, y la cuarta parte de un cabo de estiércol de paloma, por cinco siclos” (el cabo, qab era una medida de litros 2,5). Y un poco más adelante: “Entonces Eliseo dijo: “Escuchen la palabra del Señor; esto dice el Señor: Mañana, a esta hora, a las puertas de Samaría, un almud de harina valdrá un siclo y también dos almudes de cebada valdrán un siclo” (4 R 6, 24-25; y 7, 1). Vamos a estudiar cuál significado tengan Ben-Adad y su ejército, Samaría y la hambruna, la cabeza del asno y ochenta siclos, la cuarta parte del estiércol de paloma y los cinco siclos, Eliseo y el almud de harina, el siclo y los dos almudes de cebada.

    Ben-Adad se interpreta “hijo que obra según su voluntad, y es figura de Luzbel que, siendo hijo de la gracia del Creador, por su Propia voluntad, sin que nadie lo constriñera y por ende irremediablemente, Cayó del cielo. Dice Isaías: “¿En qué modo”, o sea, irremediablemente, “caíste Luzbel, que brillabas por la mañana” (14, 12). Aquí se alude al rey de Siria, que se interpreta sublime” o “bañada”, rey, Pues, de los que están en las alturas de la soberbia y en la podredumbre de la lujuria. Y este rey con su ejército sitia Samaría. Ejército deriva de los ejercicios bélicos, y es figura de los espíritus malvados, que, ejercitados en una diaria práctica de la guerra asaltan el alma. Con este ejército el diablo sitia Samaría, que se interpreta “custodia”, o sea, asalta a la santa Iglesia o al alma fiel, la cual, mientras custodia la Ley, es también por la ley custodiada.

    4. Acerca de esta ciudad y de su asedio dice Salomón en el Eclesiastés: “Había una pequeña ciudad Y Pocos hombres vivían en ella. Se movió contra ella un gran rey, la rodeó de trincheras, construyó bastiones a su alrededor y le puso un riguroso asedio. Se hallaba en ella un hombre pobre pero sabio, quien con su sabiduría liberó a la ciudad; y, sin embargo, nadie se acordaba de aquel hombre pobre » (9, 14- 1 Salm).

    Vamos a ver qué cosa signifiquen, ante todo en sentido moral y después alegórico, la ciudad, los pocos hombres, el gran rey, el vallado, los bastiones, el sitio, el hombre pobre que libera la ciudad.

    La ciudad es a Iglesia, que se dice pequeña con respecto a los malos, O que se multiplicaron con respecto al número de los buenos. Dice Salomón: Los perversos difícilmente se corrigen, y es infinito el número de los necios” (Ecle 1, 15).

    Los perversos, vueltos a lo contrario (en latín, perversi, in contrarium versi), vuelven a Dios no la cara sino las espaldas; y difícilmente se corrigen, o sea, no entran en su corazón con el sentimiento de los justos; y entonces difícilmente se dejan conducir por el buen camino. Y por eso es infinito el número de los necios, o sea, de los que tienen el corazón estragado. Concluye Isaías: “Multiplicaste la gente, y no aumentaste la alegría” (9, 3) (La nueva versión es muy otra: “Multiplicaste la gente y aumentaste la alegría”). “y pocos eran los hombres en la ciudad “. En la Iglesia hay muchas mujeres, o sea, flojos y afeminados; pero, desgraciadamente, Pocos los verdaderos hombres, o sea, los virtuosos.

    Las mujeres”, o sea, los prelados flojos y afeminados dice el Señor por boca de Isaías, “se adueñaron de mi pueblo” (3 12). Y Salomón:” Oh varones, a ustedes clamos! (Prov 8,4). La sabiduría se dirige a los varones, no a las mujeres, porque el sabor de la dulzura interior impregna a aquel a quien halla valiente y virtuoso, atento y previsor. Pero “pocos eran los hombres en la ciudad”; y por eso eran poco los que podía saborear el gusto de la dulzura celeste. Todos como mujeres, tienen una mente afeminada que se pierde en la preciosidad de la ropa, en la esplendidez de los alimentos, en el desenfreno de sus cortesanos, en la construcción de sus casas, en los arreos de los caballos… Todo esto demuestra si son varones o mujeres. ¡He aquí qué raza de apóstoles llegaron a ser aquellos, a quienes el Señor confió el gobierno de su Iglesia!

    “Un gran rey se movió contra ella”. El gran rey es el diablo, del que dice Job: “El es rey sobre todos los hijos de la soberbia” (41, 25). El diablo hace estas tres cosas: la rodea con un vallado, construye bastiones y así el asedio es total.

    El vallado se hace con postes puntiagudos. Los baluartes son obras que están defendidas por el vallado o por muros, simbolizan a los herejes, que son como palos puntiagudos, plantados en los ojos de los fieles; y son también todos los falsos cristianos. El diablo, con el vallado de los herejes y con los baluartes de los falsos cristianos, asedia a la iglesia, en la que pocos son los hombres.

    Con todo, “ pequeño rebaño, no temas” (Lc 12, 32) este asedio, porque “el Señor, junto con la tentación, les dará también la salida, para poder soportarla” (1Cor 10, 13).

    “Se halló en esa ciudad un hombre pobre”. El hombre pobre es Cristo: hombre según la divinidad y pobre según la humanidad. Y observa cómo concuerdan entre sí los términos. Este es llamado “hombre” y aquéllos “hombres”; éste “pobre” y aquéllos “pocos”. Ese hombre pobre y “sabio”, contra los engaños del diablo, liberó a la ciudad del vallado de los herejes y de los baluartes de los carnales; y así con su sabiduría destruirá toda fortificación.

    Pero es muy doloroso lo que sigue. “Y nadie se acordó de aquel hombre pobre”. Más bien, lo que es peor, le dicen con las palabras de Job: “¡Aléjate de nosotros! ¡No queremos conocer tus caminos!” (21, 14). Y lo que es mucho peor, reniegan de él y gritan con los judíos: “No queremos a éste, sino a Barrabás. Barrabás era un bandolero” (Jn 18, 40), “que había sido encarcelado por homicidio y por una sublevación, provocada en la ciudad” (Lc 23, 18-19).

    Este es el diablo, que, por una sublevación provocada en el cielo, fue precipitado al infierno. Solicitan que les sea soltado este malhechor, y al Hijo de Dios que los había liberado, lo crucifican. Y por esto, “¡pobres de sus almas, porque serán recompensados con muchos males!” (Is 3, 9).

    5. Sentido moral. La ciudad es el alma que con razón es llamada pequeña, porque casi todos ya la abandonaron y bajaron a la planicie, o sea, a los placeres del cuerpo.

    En el Génesis se lee que Lot, después de haberse separado de Abraham, ¿¿Se estableció en las ciudades, que había a lo largo del jordán, y habitó en Sodoma” (13, 12). Lot se interpreta “que se extravía”; jordán, “descenso”; y Sodoma, “animal mudo”. El miserable hombre, cuando se separa de Abraham, o sea, cuando descuida su alma, se establece en las ciudades que bordean el jordán, o sea, en los sentidos del cuerpo, que lo llevan hacia lo bajo, hacia la caducidad de los bienes temporales; y habita en Sodoma, porque, como un animal mudo, se abandona a los placeres carnales. Y así no canta más las alabanzas del Creador ni confiesa más sus pecados.

    “Y pocos eran los hombres en la ciudad”. Los “hombres” del alma son los sentimientos de la razón, de los cuales el Señor habla a la samaritana: “Tuviste cinco hombres; y el que tienes ahora, no es tu marido” (Jn 4, 18). Los sentimientos del alma son llamados “cinco hombres”, por la razón que deben guiar los cinco sentidos del cuerpo; y cuando el alma desgraciada pierde estos sentimientos, acoge consigo no al marido, sino a un adúltero, que la corrompe.

    Y sigue el relato bíblico: “Un gran rey se movió contra ella”. Este gran rey es el apetito carnal o también los sentidos. Dice Salomón: “ ¡Pobre de la tierra, cuyo rey es un muchacho, y cuyos príncipes banquetean muy de mañana! “ (Ecle 10, 16). Y observa que el apetito carnal es llamado grande” y “muchacho”: grande, porque emprende cosas grandes y difíciles; y muchacho, porque las emprende sin consejo y sin discreción.

    Y por esto, “pobre de la tierra”, o sea, pobre del cuerpo que tiene un tal rey; y cuyos príncipes”, o sea, los cinco sentidos del cuerpo, “banquetean muy de mañana”, o sea, comienzan desde la niñez a satisfacer la gula y la lujuria. “El que desde la niñez cría a su hijo en las delicadezas, más tarde se lo encontrará recalcitrante” (Prov 29, 21).

    Este gran rey rodea el alma con los postes puntiagudos de los primeros movimientos (o instintos naturales), y erige a su alrededor los baluartes de los malos pensamientos y de los deleites camales; y así la apresa con un asedio total. He ahí, como está escrito en el cuarto libro de los Reyes, en cuál modo la santa Iglesia, o también el alma fiel, es guardada bajo asedio por Ben-Adad, rey de Siria.

    ¡venga, pues, el verdadero Eliseo y libere a la Iglesia! ¡Venga el hombre pobre, o sea, la gracia del Espíritu Santo, que es llamada “pobre”, porque habita espiritualmente con los pobres “y con los sencillos es su conversación” (Prov 3, 32); y libere el alma de un asedio tan cruel!

    Desgraciadamente es muy doloroso lo que sigue: “Y después nadie se acordó de aquel pobre”. Dice el Génesis que, al soplar vientos de prosperidad, “el copero del rey se olvidó de aquel que le había interpretado los sueños” (40, 23). “El continuo buen éxito en las cosas de este inundo es un claro indicio de eterna condenación” (Gregorio).

    6. Retornemos a nuestro argumento. “Ben-Adad, rey de Siria, asedió Samaría; y hubo gran hambre en Samaría. Y fue asediada por tan largo tiempo, que la cabeza de un asno se vendía por ochenta siclos de lata”.

    Cuando la Iglesia, o el alma, es asediada por el diablo, poco a poco llega a faltar el alimento de la gracia. Al sustraerse la gracia, en la Iglesia sucede una gran hambre, o sea, un fogoso deseo de los bienes temporales. Y esta hambre, como dice el Génesis, hizo estragos en toda la tierra; y entonces los hijos de Jacob bajaron a Egipto, para comprar el trigo (41, 54 y 42, 3).

    Ya que, a causa de nuestros pecados, vino a faltar el alimento de la gracia, todos ansían ávidamente los bienes temporales, no para alimento del alma, sino del cuerpo; y en Egipto buscan sus propios intereses, no los de Jesucristo.

    Y tanto se agravó la carestía que una cabeza de asno se vendía por ochenta siclos. ochenta siclos representan la doble estola del alma, que consiste en las ocho bienaventuranza, que recibiremos en el día octavo, o sea, en el día de la resurrección. El cuerpo gozará de luminosidad, agilidad, sutileza e inmortalidad; y el alma gozará de la sabiduría, la felicidad, la concordia entre la carne y el espíritu y la amistad con Dios y con el prójimo.

    Los pobres pecadores dan esos siclos para comprarse una cabeza de asno, o sea, la estupidez del asno, es decir, la sabiduría de este mundo que es necedad delante de Dios.

    “Y un cuarto de qad de estiércol de paloma se vendía por cinco siclos”. El qad, es una medida. Las palomas simbolizan a los santos, que vuelan a sus palomares; y el estiércol es figura de las cosas temporales.

    Los cinco siclos de plata simbolizan las cinco virtudes, indicadas por los cinco libros de Moisés. El primer libro de Moisés es llamado en hebreo Beresith, en griego Génesis, y en latín generatio (generación). El segundo: en hebreo Veelle Semoth, en griego Éxodos, en latín Itinerarius (itinerario). El tercero: en hebreo Vaiqra, en griego Levítikon, en latín ministerialis (ministerial). El cuarto: en hebreo Vaiedabber, en griego Rytmos, en latín Númerus (Número). El quinto: en hebreo Elle Addebatím, en griego Deuteronomion, en latín Segunda Lex (Segunda Ley), en la que fue prefigurada la Ley evangélica.

    En el Génesis, en el cual está descrita la generación, el origen de todas las cosas, se debe entender la inocencia bautismal, por la cual somos regenerados según el hombre nuevo. En el Éxodo, en el que se describe la salida de los hijos de Israel de Egipto, está indicada la piedad religiosa, por la cual salimos del mundo. En el Levítico, en el que son trazadas las normas para los sacrificios, están indicadas la devoción de la mente y la mortificación de la carne. En los Números, en el cual se relata una especie de censo del pueblo, está indicada la confesión de nuestros crímenes, en la cual todos los pecados deben ser enumerados. En el Deuteronomio, que trae la Ley de Dios, está indicado el amor de Dios y del prójimo, que es la Ley evangélica, “de la cual dependen la Ley y los profetas” (Mt 22, 40).

    Estos cinco siclos de plata los dan los desdichados pecadores, para comprar estiércol de paloma, o sea, las cosas temporales, que las palomas, o sea, los santos consideran como estiércol. He ahí cuán grave es el hambre en la Iglesia, que está representada en aquella turba, de la que se habla en el evangelio de hoy: “Había junto a Jesús una gran multitud, y no tenían qué comer”.

    Esta turba turbada, que todo turba (Agustín), está con Jesús como nombre, no como numen, con la palabra no con los méritos, con la fe no con las obras. Pero, ¿qué dice el misericordioso Jesús, que siempre tuvo misericordia de los miserables? “Tengo compasión -dijo- de esta turba, ‘porque hace tres días que están conmigo, y no tienen qué comer”.

    7. Es lo que dice Eliseo en el cuarto libro de los Reyes: “Mañana, a estas horas” a las puertas de Samaría, un almud de harina valdrá un estáter, y dos almudes de cebada un estáter”.

    El almud, en latín modius, viene de modo, y es una medida de cuarenta y cuatro libras, o sea, de doce sextarios. La harina más refinada y blanca es la del trigo. El estáter es llamado así, porque vale (en latín, stat) tres sueldos y pesa tres dureos. En fin, la cebada es Ramada así, porque se seca antes que los demás cereales (en latín, hordeum, aridum).

    El almud de harina simboliza la perfecta medida de la divina sabiduría, que está contenida en el Nuevo Testamento. Los dos almudes de cebada simbolizan el conocimiento de la Ley y de los profetas, que se compran con un estater, o sea, con la fe católica, a las puertas de Samaría, o sea, con la predicación apostólica, por medio de la cual se entra en la iglesia. Cuando cese el turbión de la persecución de hoy en día, el Señor nos dará mañana, o sea, en el futuro, la tranquilidad, para que la predicación se desarrolle plenamente.

    En otro sentido. En el almud de harina está simbolizada la remisión de los pecados; en los dos almudes de cebada, el desprecio de los bienes temporales y el anhelo de los bienes eternos; en el estáter, la verdadera penitencia. El estater, que pesa tres áureos, es la penitencia, que consta de tres momentos: contrición, confesión y satisfacción. Este estáter fue hallado en la boca del pez, pescado en el río (lago) con el anzuelo de Pedro; y con él Cristo y el mismo Pedro pagaron el tributo (Mt 17, 26). El pez es el pecador que, con el anzuelo de la predicación, es sacado del río de los placeres mundanos, y en cuya boca es hallado el estáter de la penitencia, que libera alma y cuerpo del tributo de la culpa y de la pena de la gehena. El pecador, pues, que solía dar ochenta y cinco siclos para comprar una cabeza de asno y estiércol de palomas, ahora con el solo estáter de la verdadera penitencia puede comprar un almud de harina refinada, o sea, la gracia de la remisión, por la cual Dios perdona todos los pecados, y dos almudes de cebada, para que pueda despreciar el estiércol, o sea, los bienes temporales, y anhelar los bienes eternos.

    He ahí cuán grande es la misericordia de nuestro Redentor, que dice: “Tengo compasión de esta turba, porque hace ya tres días que me sigue”. Los tres días y el estáter que pesa tres áureos, significan la misma cosa.

    Y sobre todo esto tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde Eliseo dice a Joás: “Golpea la tierra con el dardo, y él la golpeó tres veces” (4 R 13, 18). Joás se interpreta “que espera”, y es figura del penitente, que espera en la misericordia del Señor, por cuyo mandato golpea tres veces la tierra de su cuerpo con el dardo de la penitencia.

    Los que sobrellevan estos “tres días”, o sea, esperan al Señor, el Señor no los despide en ayunas a sus casas, sino que los alimenta con el almud de harina purísima y con los dos almudes de cebada, para que no desmayen en el camino.

    “Algunos de ellos -decía- vinieron de lejos”. El hijo pródigo vino de lejos, del país de la desemejanza (después de haber perdido la semejanza con Dios). De cuanto más lejos el pecador retorna al Padre, con tanta mayor misericordia es por El acogido. Dice Lucas: “Cuando aún el hijo pródigo estaba lejos, su padre lo vio y, movido a compasión, corrió a su encuentro y se echó sobre su cuello y lo besó. Y el hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo” (Lc 15, 20-21).

    Con toda razón dijo el Señor: “Tengo compasión de esta turba”. Y de su misericordia tenemos una óptima concordancia en el introito de la misa de hoy: “Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia en medio de tu templo” (Salm 47, 10).

    5. “Hemos recibido, oh Dios, tu misericordia en medio de tu templo”. Considera que en el templo hay cuatro cosas: el atrio, la puerta, el centro y el santuario. Algunos están en el atrio, y son los falsos hermanos. otros están en la puerta, y son los nuevos convertidos. otros están en el centro, y son los proficientes. Y en el oratorio están los perfectos. Todos ellos están representados también por los cuatro caballos, que Juan vio en el Apocalipsis: “Vi un caballo amarillo… y un caballo negro, y quien lo cabalgaba, tenía en su mano una balanza; y un caballo bermejo, y a quien lo cabalgaba, le fue dado el poder de quitar la paz de la tierra, y se le dio una gran espada. Y después vi un caballo blanco, y el que lo cabalgaba, tenía un arco” (6, 2-8).

    El caballo amarillo representa a los falsos hermanos, simuladores y astutos, que provocan para sí mismos la ira de Dios. Estos están en el atrio, del que dice el Apocalipsis: “El atrio, que está fuera del templo, déjalo aparte y no lo midas” (11, 2). Los hipócritas falsos serán echados de la ciudad de Jerusalén, cuando se cierre la puerta, ellos que, aquí abajo, no fueron medidos con la medida de la verdad.

    El atrio, quizás, viene de antro, porque el atrio se llama propiamente cocina y también letrina. Los hipócritas, que ahora cocinan, o sea, afligen la carne en la cocina de una simulada santidad, serán después echados en la letrina del eterno hedor. Símilmente, el caballo negro representa a los nuevos convertidos que, abandonando el falso candor del mundo, se revisten de la negrura de la penitencia. Ellos dicen con palabras de Jeremías: “Nuestra piel se ennegreció como un horno” (Lm 5, 10). La piel del cuerpo mortificado es como quemada por el fuego de la contrición y por los sufrimientos de la satisfacción.

    Estos deben tener en su mano la balanza. Y sobre esto tenemos una concordancia con la primera parte de la epístola de hoy, en la cual el Apóstol habla a los recientemente convertidos: “Hablo de manera humana, a motivo de la debilidad de su carne: como pusieron sus miembros al servicio de la impureza y de la iniquidad para provecho de la iniquidad, así ahora pongan sus miembros al servicio de la justicia para su santificación” (Rom 6, 19).

    “Hablo de manera humana”, o sea, les digo cosas fáciles, aunque debería decir cosas de mayor peso; pero no las digo a motivo de la debilidad de su carne, o sea, de la debilidad que viene de su carne. “Como pusieron sus miembros al servicio de la impureza”… Comenta Agustín: “Se debería servir a la justicia con el mayor impulso; sin embargo, al menos sírvanla con el mismo impulso con que servían a la iniquidad. Por esto dice “de manera humana”: ahora se debe amar la justicia mucho más que lo que se amaba antes la iniquidad”.

    Los neoconvertidos tengan, pues, una balanza en su mano, para que, como pusieron sus miembros al servicio de la impureza, de la lujuria y de la iniquidad, que conduce a otra iniquidad, o sea, al colmo del mal, así ahora pongan sus miembros al servicio de la justicia, que lleva a la santificación, o sea, al colmo del bien.

    Estos están en la puerta del templo, del cual dice Juan en el Apocalipsis: “Miré y he ahí una puerta abierta en el cielo” (4, 1). La puerta abierta es la misericordia de Dios, siempre dispuesta a acoger a los penitentes. De esta puerta dice Ezequiel: “He ahí un hombre, cuyo aspecto era como aspecto de bronce: tenía en mano un cordel de lino y una caña para medir; y estaba de pie en la puerta” (40, 3). Este hombre es figura del penitente, cuyo aspecto es como el de bronce. En el bronce, que es sonoro y de larga duración, están simbolizados el “sonido” de la confesión y la perseverancia final: dos cosas que todo penitente debe tener. En el cordel de lino está simbolizado el sufrimiento de la satisfacción; y en la caña para medir, la doctrina evangélica. Y la caña para medir está en la mano, cuando por medio de la enseñanza evangélica se mide la propia conducta. Si el hombre tiene todas estas cosas, con toda razón podrá estar en la puerta, o sea, confiar en la misericordia de Dios.

    Símilmente, el caballo bermejo es figura de los proficientes, que “son fervorosos en el espíritu y alegres en las tribulaciones” (Rom 12, 11-12). Estos quitan la paz de la tierra, o sea, de su carne, porque “los que son de Cristo, crucifican su carne con sus vicios y concupiscencias” (Gal 5, 24). A éstos se les entrega una gran espada, en la cual está indicada la discreción, que deben tener en sus obras penitenciales. Ellos están en el centro del templo, o sea, en la anchura de la caridad, en la cual se recibe la misericordia del Señor: “Hemos recibido tu misericordia en medio de tu templo”.

    En fin, el caballo blanco simboliza a los perfectos, que ya se hallan en el santuario, donde contemplan la gloria de los querubines y saborean el maná de la divinidad, que está en la urna de oro de la humanidad. Ellos tienen en su mano el arco, símbolo de la victoria, o sea, de su triunfo sobre el mundo, el diablo y la carne.

    Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que se digne mirarnos con el ojo de su misericordia, nos libere de la carestía y nos guíe hacia el templo de su gloria.

    Nos lo conceda el mismo Señor, que vive y reina por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - Distribución de panes y pescados a la gente y la alimentación de todos

    9. “Los discípulos respondieron a Jesús: “¿Quién podrá saciar de pan a esta gente aquí en el desierto?”. Jesús les preguntó: “¿Cuántos panes tienen?”. Le contestaron: “Siete”. Entonces mandó a la multitud que se recostase en tierra. Tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los dio a sus discípulos, para que los distribuyesen. Y ellos los distribuyeron a la multitud. Tenían también algunos pececillos. Los bendijo y mandó que los distribuyesen. Y comieron y se saciaron” (Mc 8, 4-8).

    Con todo esto concuerda lo que leemos en el cuarto libro de los Reyes, en el que Elíseo ordena a Naamán, el leproso: “Ve y lávate siete veces en el jordán; y tu carne se volverá sana, y serás limpio. Naamán bajó al jordán y ahí se lavó siete veces, conforme a la palabra del varón de Dios. Y su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio” (4 R 5, 10-14).

    Los siete panes y las siete abluciones en el río jordán significan la misma cosa. Naamán se interpreta “espléndido”, y es figura del hombre que en un primer momento fue espléndido por la belleza de la gracia, pero después por la suciedad del pecado se volvió leproso.

    Leproso deriva del griego leprés, escarnoso. Las escamas son producidas por la sarna y dan un prurito muy fastidioso. Leproso es aquel en el que el veneno de los malos pensamientos, después de haber dilacerado la piel del temor de Dios, degenera en la lepra de la mala conducta; y cuanto más se rasca uno con la mano de las malas costumbres, tanto más el prurito se inflama y el dolor se exacerba.

    A este leproso dice Eliseo, o sea, Jesucristo: “Ve y lávate siete veces en el jordán”. jordán se interpreta “río del juicio”, e indica la confesión, en la que, como en un río, el hombre se lava, mientras se juzga digno de condenación.

    Para merecer la curación, debe lavarse en el jordán aquellas siete veces, de las que habla el Apóstol en la segunda carta a los corintios: “¡He ahí cuánta solicitud produjo en ustedes justamente el hecho de que se contristaron según Dios; y qué defensa, qué indignación, qué temor, qué deseo, qué emulación, qué vindicación! “ (2Cor 7, 11).

    La tristeza, llamada as! porque “dividida en tres partes” (en latín, tristis, triste; tris, tres veces), indica la penitencia, que consiste en la contrición del corazón, en la confesión de la boca y en la satisfacción con obras. Y esta tristeza es según Dios, y por ende obra la salvación, o sea, produce las obras que conducen a la salvación, o sea, la solicitud de reparar el mal cometido (Glosa). “Marta, Marta -dice el Señor-, tú estás preocupada y turbada con muchas cosas” (Lc 10, 41).

    “Y la defensa”. Defender es proteger. Cuando en la confesión nos desnudamos, entonces nos protegemos. “Si tú te descubres -dice Agustín-, Dios te cubre”. Cuando nos acusamos, en realidad nosotros nos defendemos.

    “Y también la indignación contra nosotros mismos por el mal cometido. Dice Ezequiel: “Y me fui amargado en la indignación de mi espíritu” (3, 14). “Y también el temor, de que en el futuro se repita la misma cosa. Se dice “temer” el no descuidar nada de lo que se debe hacer. Entonces se dice “tímido”, porque “teme por largo tiempo”. El temor es un sufrimiento que afecta a la mente, cuando exteriormente se verifica alguna circunstancia particular. El “temor casto” es el temor del alma que teme perder aquella gracia, por medio de la cual el pecar ya no le produce deleite alguno, y teme ser abandonada, aunque no se la castigue con ningún tormento.

    “Y el deseo de progresar mejor. Desear es apetecer ávidamente. El deseo se dirige a las cosas ausentes y todavía no alcanzadas. Se lee en el segundo libro de los Reyes que “David anhelaba el agua y exclamó: “¡Quién me diera a beber del agua de la cisterna, que está junto a la puerta de Belén!” (2 R 23, 15).

    Así también el penitente debe desear el agua de aquel río, del cual habla Juan en el Apocalipsis: “El ángel me mostró un río de agua viva, fulgente como el cristal” (22, 1). Esta agua se halla en Belén, que se interpreta “casa del pan”, o sea, en el banquete de la vida eterna, y está junto a la puerta, o sea, junto a Jesucristo. Y nadie puede sacar esta agua sino por medio de El: “Nadie puede venir al Padre sino por mí” (Jn 14, 6).

    “Y también la emulación, para que imitemos la vida de los santos: “¡Aspirad a los carismas más grandes!” (1Cor 12, 3 1).

    “Y también la vindicación. A este propósito, como se lee en Lucas, una viuda interpelaba todos los días al juez, diciendo: “Hazme justicia de mi adversario” (Lc 18, 3). La viuda es figura del alma, que interpela al juez, o sea, la razón, para que haga justicia de su adversario, o sea, del apetito carnal, que siempre está en lucha contra el alma.

    Este es el juez, el cual no sin motivo lleva la espada de la discreción, para alabanza de los buenos sentimientos y para castigo de los malhechores, o sea, de los carnales. Y la razón (el juez), si se lava siete veces en el río Jordán , es purificada de toda lepra de pecado y alimentada con los panes de la gracia septiforme, de los que en el evangelio de hoy se dice: “Tomó los siete panes, dio gracias y los partió …

    Pero, presta atención que, antes de ser saciados con los siete panes, se les ordena a todos recostarse en tierra. El que desea ser saciados con los siete panes susodichos, es necesario que antes se recueste en tierra, pisando su carne. Leemos en el cuarto libro de los Reyes que “Naamán llevó consigo un poco de la tierra de Israel, para postrarse sobre ella y adorar así al Dios, al que aquella tierra pertenecía” (4 R 5, 17-18).

    Así el justo, mientras se halla sobre la tierra de su cuerpo, la pisa con la virtud de la discreción y “adora a Dios en espíritu y verdad” (Jn 4, 23). Observa también que con los siete panes Jesús bendijo también algunos pececillos y mandó que fueran distribuidos entre los que estaban recostados. Los pececillos simbolizan la pobreza, la humildad, la paciencia, la obediencia y el recuerdo de la pasión de Jesucristo: todas estas virtudes debemos acompañarlas con los siete panes, para que tengan un sabor más agradable.

    10. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Cuando ustedes eran esclavos del pecado, eran libres acerca de la justicia (carecían de justicia); pero, ¿qué fruto recogían entonces de aquellas cosas, de las que ahora se avergüenzan?” (Rom 6, 20-2 1).

    Estas palabras el Apóstol las dirige a los pecadores convertidos, los que, antes de recostarse en tierra, antes de lavarse siete veces en el jordán y antes de saciarse con los siete panes, habían sido esclavos del pecado y libres acerca de la justicia, o sea, carecían del dominio de la justicia. En efecto, el esclavo del pecado se sustrae a la libertad de la justicia.

    “¿Qué fruto -pregunta el Apóstol- han recogido?”. “La vergüenza -dice Agustín- es la máxima parte de la penitencia”. Los penitentes se avergüenzan de haber sido leprosos, y se avergüenzan de haber cometido esas cosas, que no les dieron fruto, sino muerte.

    Te rogamos, Señor Jesús, que nos purifiques de la lepra del pecado, que nos sacies con el pan de tu gracia y nos hagas partícipes de la mesa de la bienaventuranza celestial.

    Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III Recolección de los fragmentos en siete canastas

    11. “De los pedazos de pan que habían sobrado, recogieron siete canastas. Los que habían comido, eran unos cuatro mil; y Jesús los despidió” (Mc 8, 8-9).

    Las siete canastas son figura de los justos, colmados de la septiforme gracia del Espíritu Santo. Las canastas se confeccionan con juncos y con hojas de palmera. El junco nace en lugares ricos en agua y se llama junco, porque se arraiga con las raíces juntas. Con las hojas de la palmera se hacen coronas para premiar a los vencedores. También los santos, para no secarse sin la linfa de la eternidad, se establecen junto a la fuente de la vida y esperan la palma de la eterna recompensa. En otro sentido. Las siete canastas son las siete iglesias primitivas, que el Señor colmó con la infusión de la gracia septiforme. Y esto fue simbolizado en el niño, que Eliseo resucité. Sobre esto tenemos una concordancia en el cuarto libro de los Reyes, donde se dice que “Elíseo se levantó y siguió a la sunamita. Giezi, el criado, los había precedido y había colocado el báculo sobre la cara del niño; pero no hubo ni gemido ni señal de vida. Eliseo entró en casa y cerró la puerta, quedando a solas con el niño, y adoró al Señor. Después, subió y se tendió sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él y sus ojos sobre los ojos de él y sus manos sobre las manos de él, encogido sobre él; y el cuerpo del niño entró en calor. Entonces Eliseo volvió y se paseó por la casa, de acá para allá. Después, subió y se tendió sobre el muchacho; y así hasta siete veces. Y el muchacho estornudó y abrió sus ojos” (4 R 4, 30-35).

    Cuando el Señor promulgó la Ley por medio de Moisés, envió su vara, por decirlo así, por medio de un siervo; pero el siervo, con esa vara, o sea, con el terror de la Ley no logró resucitar al muerto, porque “la Ley a nadie llevó a la perfección” (Heb 7, 19).

    El mismo Señor, viniendo personalmente, se tendió sobre el cadáver, porque, “aun siendo de naturaleza divina, se anonadó a sí mismo asumiendo la condición de siervo” (Filp 2, 6-7).

    Se paseaba de una parte a otra, porque por medio de la fe convoca a judíos y a paganos a las cosas eternas. Sopla siete veces sobre el muerto porque, abriendo los dones divinos, infunde la gracia del Espíritu septiforme en los que yacen en la muerte del pecado. Y en seguida aquel niño, a quien la vara del terror no pudo resucitar, retornó a la vida por medio del espíritu de amor.

    12. Sentido moral. Eliseo es figura del prelado que, no con la vara, o sea, con el rigor de la disciplina, sino más bien con la oración y las postraciones, o sea, con la benevolencia, resucita al muerto, o sea, el alma de su súbdito, de la muerte del pecado. Dice el bienaventurado Agustín: “El prelado aspire a ser más amado por ustedes que ser temido”. El amor vuelve dulces las cosas amargas y livianas las cosas insoportables; en cambio, el temor vuelve insoportables también las cosas livianas.

    “Puso su boca sobre la boca del muchacho”. El prelado pone su boca sobre la boca del pecador, cuando le predica que manifieste sus pecados en la confesión. Dice Isaías: “El Señor me dio una lengua experta, para que yo sepa sostener con la palabra al caído” (50, 4). Y pone los ojos sobre los ojos, cuando llora sobre su ceguera, como hacía Samuel, al cual el Señor dice en el primer libro de los Reyes: “¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, cuando yo ya lo repudié?” (1Rey 16, 1). Y pone las manos en las manos, cuando, para reparar las obras perversas de los demás, se empeña en obras santas, para que aquel, a quien no pudo llamar a la vida ni con la vara ni con la oración, lo resucite a través del ejemplo de las buenas obras.

    “Y espiró siete veces sobre el muchacho, y el muchacho abrió los ojos”. Espirar es abrir la boca. El prelado espira sobre la cara del niño, cuando instruye al pueblo que se le confió en la fe de la santa iglesia, que consta de siete artículos; y así el pueblo abre los ojos. ve por la fe lo que un día contemplará en la realidad. Y mientras el prelado obra así, alimenta con siete panes al pueblo que se le confió, unos cuatro mil hombres, porque los instruye en los siete principales artículos de la fe y en las enseñanzas de los cuatro evangelistas.

    13. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola.. “En cambio ahora, liberados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen como su fruto la santificación y como destino la vida eterna. El estipendio del pecado es la muerte; en cambio, la gracia de Dios es la vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 6, 22-23). Dice Jeremías: “Aren para ustedes el campo en barbecho y no siembren entre espinas” (4, 3). Es justamente eso lo que dice el Apóstol: “Liberados del pecado, se hicieron siervos de Dios”. La salida del vicio prepara el ingreso de las virtudes. Presta atención que aquí el Apóstol toca cuatro temas: la liberación del pecado, el servicio de Dios, la santificación de la vida y la vida eterna. Esta es la regla del vivir, y éste es el camino que lleva a la vida. El que no va por este camino, es un ciego y va a tientas. La liberación del pecado lleva al servicio de Dios; el servicio de Dios causa la santificación de la vida; y la santificación de la vida conquista la vida eterna. El que se apoya en estas cuatro columnas, cuando aparezca la gloria del Señor, será saciado con la bienaventuranza de la vida eterna junto con los cuatro mil hombres, a quienes el Señor sació con los siete panes. Esta es la recompensa que dará Cristo a los que le sirven. En cambio, ¿qué da el diablo a sus gregarios? “El estipendio del pecado es la muerte”, dice el Apóstol. El estipendio deriva de stips, monedita, y pondeo, pesar; en efecto, los antiguos preferían pesar el dinero a contarlo. El estipendio se da a los soldados. Para los esclavos del pecado, éste es el estipendio: la muerte. En cambio, a los que fueron liberados del pecado y hechos siervos de Dios, les será dada su gracia, con la que merecerán la vida eterna, en Cristo Jesús, nuestro Señor, al cual sean el honor y la gloria.

    Hermanos queridísimos, imploremos y supliquemos al Señor, para que, como se dignó saciar los cuatro mil hombres con los siete panes, nos fortifique con las cuatro virtudes y nos vivifique con la infusión de la gracia septiforme. Así mereceremos llegar a aquel, que es vida y pan de los ángeles.

    Nos lo conceda aquel mismo Señor, que es digno de alabanza, glorioso, magnífico y excelso por los siglos eternos.

    Y todo espíritu responda: “¡Amén! ¡Aleluya!.

    Cita bíblica