Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XXIV después de Pentecostés

    Exordio.

    Creación de los ángeles y de las almas; la predicación y la fe

    1. “En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, vino un hombre principal y se postró ante El, diciendo: “Señor, mi hija acaba de fallecer. Pero ven, pon tu mano sobre ella y vivirá” (Mt 9, 18).

    Dice el profeta Amós: “Israel, prepárate para el encuentro con tu Dios.

    He ahí a aquel que forma los montes, y crea el viento, y anuncia al hombre su palabra; que produce la niebla de la mañana y camina sobre las alturas de la tierra. Su nombre es el Señor de los ejércitos” (4, 12-13). Presta atención a estos cinco elementos: los montes, el viento, la palabra, la niebla y las alturas de la tierra.

    Sentido alegórico. “Oh Israel”, o sea, oh alma fiel, que por la fe ves a Dios, “prepárate para el encuentro con tu Dios”, porque está cerca su adviento, que se celebrará el próximo domingo. Tal vez preguntes: “¿Quién es?”. “Es aquel que forma los montes”, o sea, a los espíritus angélicos, que por la sublimidad de su gloria son llamados montes. Se lee en el Cantar: “He ahí que viene, saltando por los montes y brincando por las colinas” (2, 8). El Hijo de Dios, al venir con la encarnación, atravesó los coros de los ángeles, tanto mayores como menores y previno a su mensajero.

    “Aquel que creó el viento”, o sea, las almas, de las que dice el Salmo: “Voló sobre las alas del viento” (17, 11). Comenta la Glosa: “La incomprensibilidad de Jesucristo supera todas las potencias (capacidades) de las almas, con las que las mismas almas se elevan, como con alas, de los temores terrenos a las auras de la libertad”. Lo mismo, Job: “El dio al viento el peso” (28, 25). Dios dio a las almas el peso del cuerpo, para que no se perdieran con la soberbia, como el diablo. “Y anuncia al hombre su palabra”. Crear quiere decir hacer algo de la nada. Dios creó las almas de la nada, porque, como dice Agustín, “infundiendo crea y creando infunde”. Dice el Salmo: “El plasmó uno a uno sus corazones” (32, 15). Dice la Glosa: “Creó las almas una a una, o sea, cada una por sí misma de la nada; no de Adán, como opinan algunos, creyendo que un alma venga de otra alma”.

    El que creó las almas, El mismo les anuncia su palabra, de la que vive el alma y de la que dice el Salmo: “Tu palabra es fuego vehemente” (118, 140). Comenta la Glosa: “La palabra de Dios quema para corregir la conciencia del pecador y para purificar los corazones como el horno purifica el oro; e inflama de amor a Dios e ilumina a los que la escuchan”.

    “El que hace las nieblas de la mañana y camina sobre las alturas de la tierra”. Dice la Glosa: “La niebla es condensación del aire y significa la densidad de la fe, que se concibe por la mañana, o sea, al tiempo del bautismo. Las alturas de la tierra son las virtudes o también los santos, colocados en el culmen de las virtudes. Dios está por encima de las virtudes de todos y camina en sus corazones”.

    2. Sobre todo esto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Reyes, donde dice el Señor a David: “Cuando oigas el sonido ( de los pasos) del que camina en la cumbre de los perales, entonces lánzate al ataque, porque el Señor irá delante de ti para derrotar al ejército de los filisteos” (5, 24). La palabra “pero” viene del griego pyr, que significa fuego. El fruto de este árbol parece tener la forma del fuego, ya que parte de una base ancha y después adelgaza como el fuego. Los peros simbolizan a los santos, inflamados del fuego de la caridad, cuyas obras comienzan de la amplitud de la caridad y terminan en el encogimiento de la humildad. A ellos les dice el Señor: “Cuando hayan hecho todo lo que se les ordenó, digan: “¡Somos siervos inútiles, porque hicimos lo que debíamos hacer!” (Lc 17, 10).

    La cumbre, donde se hallan estos peros, representa la perfección de la vida: en efecto, cumbre, en latín cacumen, suena como capitis acumen, agudeza de la cabeza. El sonido (de los pasos) indica la infusión de la gracia de Jesucristo, que camina en la vida perfecta de los santos. Cuando este sonido es oído por el justo, entonces los filisteos, o sea, los movimientos de la carne o del espíritu maligno, son derrotados.

    El que pudo hacer todas las cosas sobredichas, pudo ciertamente liberar a la mujer de la hemorragia y resucitar a la hija del arquisinagogo. Por esto se dice en el evangelio de hoy: “Mientras Jesús hablaba a las turbas …

    3. En este evangelio se destacan dos milagros: la curación de la mujer de la hemorragia y la resurrección de la hija del arquisinagogo. El primero, donde dice: “He ahí que una mujer El segundo, donde dice: “Jesús llegó a la casa del arquisinagogo”.

    Hoy la misa no tiene introito propio. Se lee la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los colosenses: “No cesamos de orar por ustedes”, que vamos a dividir en dos partes y a concordar con las dos partes-del evangelio. Primera parte: “No cesamos de orar por ustedes”; segunda parte: “Damos gracias a Dios Padre”.

    En el evangelio Mateo habla de la curación de la mujer de la hemorragia y de la resurrección de la niña. Pablo, en su carta de hoy, ora para que tengamos un pleno conocimiento de la voluntad de Dios, que detiene el flujo de sangre, o sea, del placer carnal, y dice que fuimos arrancados del poder de las tinieblas, como la niña fue arrancada de las tinieblas de la muerte. Por esto esta epístola se lee con este evangelio.

    I. - Resurrección de la hija de Jairo

    4. “Mientras Jesús hablaba a las turbas Considera que la muerte de la niña y el flujo de sangre simbolizan el pecado mortal, que se comete con el consentimiento de la mente y con la ejecución de la obra mala.

    Tratemos, antes, de la muerte de la niña: “Se acercó a Jesús uno de los jefes, que se postró delante de El, y le dijo: “Mi hija acaba de morir; ven y pon tu mano sobre ella; y ella vivirá” (Mt 9, 18).

    Marcos (5, 22) y Lucas (8, 41) dicen que el arquisinagogo se llamaba jairo, que se interpreta “iluminado” o “iluminante”, y representa a todo cristiano, que debe ser iluminado y a su vez iluminar con aquellas lámparas, de las que habla el Señor en Sofonías: ““En aquel tiempo acontecerá que yo escudriñaré a Jerusalén con lámparas y haré justicia con los hombres sumergidos en sus inmundicias” (1, 12).

    Considera que las lámparas son cuatro. La primera es la lámpara de la palabra de Dios: “Tu palabra es lámpara para mis pies y luz para mis senderos” (Salm 118, 105). Y presta atención que antes dice “pies” y después “senderos”, porque, cuando escuchamos la palabra de Dios, antes somos iluminados en el corazón, para poder después caminar por el recto sendero.

    La segunda lámpara es la de las buenas obras: “Estén ceñidos sus lomos y tengan lámparas encendidas en sus manos” (Lc 12, 35). Tenemos en la mano las lámparas encendidas, cuando mostramos al prójimo las buenas obras.

    La tercera lámpara es la de la recta intención, que ilumina el cúmulo de las obras buenas. De ella habla Mateo: “La lámpara de tu cuerpo”, o sea, de tus obras, “es tu ojo”, o sea, tu intención. “Si tu ojo es límpido, todo tu cuerpo será luminoso” (Mt 6, 22).

    La cuarta lámpara es la de la humanidad de Jesucristo, de la que habla Lucas: “Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende la lámpara?” (15, 8). Sobre este argumento consulta el sermón del tercer domingo de Pentecostés, tercera parte, sobre el mismo pasaje evangélico.

    Diga, pues, el Señor: “En el momento del juicio escudriñaré a Jerusalén”, y examinaré a todo cristiano “con lámparas”, o sea, si enmendó su vida según la palabra de la predicación que escuchó; si mostró a los demás la luz de las buenas obras; si obró con recta intención y si conformó su vida según los ejemplos de pobreza y de humildad de Cristo. Y entonces “el Señor hará justicia de los hombres” que confían en sus propias fuerzas, y “que yacen sumergidos en sus inmundicias”, o sea, en su pecado.

    Este Jairo es llamado jefe de la sinagoga, porque todo cristiano debe ser jefe de su cuerpo, que es como una sinagoga. “Un montón de estopa es la sinagoga de los pecadores, y su fin es una llamarada de fuego” (Sir 21, 10).

    Los cinco sentidos del cuerpo son como un montón de estopa, que con facilidad se inflaman al fuego de la concupiscencia; y por ende jairo debe dominarlos, para poder decir con el profeta Habacuc: “Estaré en mi puesto de guardia y sobre la fortaleza afirmaré el pie, y velaré para saber lo que de mí se dice y lo que debo responder a quien me acusa” (2, 1). Está en su puesto de guardia, el que con toda diligencia guarda su corazón. Y sobre la fortaleza afirma su pie, el que reprime los sentimientos de la carne, con el firme propósito de perseverar hasta el fin; y así prestará atención para sentir lo que se le diga y lo que podrá responder a quien lo acusa.

    Justamente es eso lo que dice Job: “Expondría delante de El mi causa y llenaría mi boca de lamentaciones. Así sabré las palabras con que El me responde y comprenderé lo que me dice” (23, 4-5). Y Gregorio comenta: “Exponer delante de Dios la propia causa significa abrir, en el secreto de la mente, los ojos de nuestra reflexión y escudriñar por medio de la contemplación de la fe para poder comprender su examen. Llena su boca de recriminaciones, porque, mientras escucha atentamente el examen del juez, se castiga a sí mismo con las invectivas de un amargo arrepentimiento. “Sabré así sus palabras”. Cuando perseguimos nuestras culpas castigándonos, en seguida hallamos lo que podrá decir de ellas el juez en su examen. En cambio, no lo sabe el que se despreocupa de sus males”.

    Si el jefe de la sinagoga obra así, bien podrá acercarse con la fe y postrarse con devoción delante de Jesús, diciendo: “Mi hija acaba de morir”. La hija del arquisinagogo, muerta en casa, es figura del alma cristiana, muerta en la casa de la conciencia, a causa del consentimiento en el pecado. Dice Amós: “La virgen de Israel cayó en su tierra y no hay nadie que la levante” (5, 2).

    Recuerda que hay un doble estado: el de la justicia y el de la justificación: justicia, cuando el hombre, después de la infusión de la gracia, no cae en el pecado mortal; justificación, cuando después de la caída se levanta. En verdad, el hombre después de la caída, aunque se levante, ya no tiene la misma gloria, o sea, el mismo estado de gloria, porque es imposible que no haya perdido el estado anterior; sin embargo, puede alcanzar una gloria aún mayor si después tuviere una mayor caridad. “La virgen de Israel” es figura del alma: virgen por la fe, Israel por la esperanza; y es arrojada a tierra, cuando consiente a la concupiscencia de su miserable carne.

    “Ven y pon tu mano sobre la niña; y ella vivirá”. ¡Oh buen Jesús, donde está tu mano, ahí está nuestra vida! Dice Ezequiel: “La mano del Señor estaba conmigo y me fortalecía” (3, 14). Presta atención a estos tres verbos: ven, pon la mano y vivirá. Oh buen Jesús, ven y subvén, con la infusión de tu gracia, para que la hija, o sea, mi alma, esté contrita; “pon tu mano”, para que se confiese. Dice Jeremías: “El Señor extendió su mano y tocó mi boca” (1, 9), para que confesara el pecado. “Y así vivirá” de la vida de la gracia al presente y de la vida de la gloria en el futuro.

    5. Sobre esto tenemos una concordancia en el profeta Zacarías: “Levanté mis ojos y vi; y he ahí a un hombre, que tenía en la mano una soga para medir. Y le pregunté: “¿A dónde vas?”. Y me respondió: “A medir a Jerusalén, para ver cuál es su anchura y cuál su longitud” (2, 1-2). Vamos a analizar qué signifiquen estos seis elementos: el hombre y su mano y la soga, Jerusalén y su longitud y su anchura.

    El hombre es Cristo, del cual habla Zacarías: “He ahí un hombre, cuyo nombre es oriente” (6, 12). Su nombre es Jesucristo, al que corresponde “hombre Oriente”, Jesús Salvador. He ahí al hombre que con su potencia salvó a su pueblo. Cristo viene de crisma. He ahí al oriente que iluminó a todos los que yacían en las tinieblas. La mano de este hombre es su misericordia, de la cual se dice: “Conjuraban a Jesús, para que le impusiese la mano” (Mc 7, 32). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo XII después de Pentecostés, sobre el evangelio: “Jesús salió del territorio de Tiro y atravesó Sidón”.

    La soga para medir simboliza la confesión de los pecados. Dice Salomón: “Una soga de tres tientos difícilmente se rompe” (Ecle 4, 12). Observa que en la confesión el pecador debe realizar tres actos: arrepentirse de los pecados cometidos, tener el firme propósito de no recaer, obedecer en todo a los mandatos de su confesor. Si nuestra barca se ata al madero de la cruz del Señor con esta soga, jamás podrá romperse. Esta soga está en las manos de Cristo, que da la gracia de la confesión a quien quiere, según la elección de su misericordia. Con esta soga El mide a Jerusalén, o sea, el alma del penitente, para que vea, o mejor, para que haga que él mismo vea, cuál es la longitud, o sea, la duración de la perseverancia, y cuál la anchura, la amplitud de la doble caridad. El que peca mortalmente, ofende a Dios, se perjudica a sí mismo y escandaliza al prójimo; en cambio, cuando se arrepiente y se confiesa, con el propósito de perseverar hasta el fin, entonces se reconcilia con Dios, se sana a sí mismo y edifica al prójimo. Estas son la longitud y la latitud de Jerusalén, que es medida con la soga de la confesión, para que la pena corresponda a la culpa; y, “como puso sus miembros al servicio de la iniquidad, así ahora los ponga al servicio de la justicia para la santificación” (Rom 6, 19).

    Ven, pues, oh Hombre-oriente, y con la soga que tienes en la mano mide a Jerusalén. Ven, oh Señor Jesús, y pon tu mano sobre el alma; y ella vivirá la vida de la gracia al presente y la vida de la gloria en el futuro.

    6. “Y Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos” (Mt 9, 19). ¡Oh inefable piedad! ¡Oh admirable humildad! ¡El Rey de los ángeles sigue al arquisinagogo! Tú sigues a jairo. ¿Y quién te sigue a ti, Hijo de Dios? Dice Jeremías:

    “Caminaron en pos de sus placeres y de la depravación de su corazón perverso. Me dieron la espalda y no me dieron la cara” (7, 24). Y Zacarías: “Me volvieron las espaldas y se taparon los oídos para no escuchar; y endurecieron su corazón como el diamante, para no oír la ley” (7, 11-12). “Al entrar Jesús en la casa del jefe y al ver a los que tocaban la flauta y a la gente que hacía alboroto, dijo: “Apártense, porque la niña no está muerta, sino que duerme”. Y ellos se burlaban de El” (Mt 9, 23-24).

    Vamos a estudiar el significado moral de los flautistas y de la turba agitada. Los flautistas simbolizan los sentidos del cuerpo, que cantan un canto lúgubre con los cuatro cuernos, de los que habla el profeta Zacarías: “Levanté los ojos y vi; y he ahí cuatro cuernos. Pregunté al ángel que hablaba conmigo: “¿Qué son éstos?”. Y me respondió: “ Estos son los cuatro cuernos que dispersaron a Judá, a Israel y a Jerusalén” (1, 181 9).

    Estos cuatro cuernos simbolizan los cuatro vicios, que son la soberbia o la lujuria en los ojos, el prurito de escuchar en los oídos, la calumnia o la adulación en la lengua, la rapiña o la usura en las manos. Son estos cuatro vicios los que dispersaron a todos los vientos de la vanidad del mundo a Judá, o sea, a los laicos; a Israel, o sea, a los clérigos; y a Jerusalén, o sea, a los religiosos. Con estos cuernos los sentidos del cuerpo cantan un canto lúgubre, o sea, la alegría del mundo, por la muerte de nuestra alma.

    Dice Job: “Cantan con el tamboril y la cítara, se divierten al sonido de los instrumentos. Pasan sus días en placeres; pero después en un momento se precipitan al infierno” (21, 12-13). El tambor es una piel estirada sobre un molde de madera.

    Cuando el soberbio frunce las cejas de los ojos hacia lo alto, del que se lee: “Hay gente de ojos altaneros y de cejas orgullosas alzadas hacia lo alto”; o cuando los lujuriosos dilatan los ojos ante la belleza de las mujeres, de lo que se dice: “No desees en tu corazón la belleza de las mujeres, para no ser seducido por sus miradas” (Prov 30, 13; y 6, 25), entonces tocan el tamboril.

    La lengua aduladora o calumniadora es como una cítara que, cuando puntean sus cuerdas, emite el sonido de la adulación o de la calumnia. Los que tienen el prurito en los oídos, se deleitan al sonido del órgano, o sea, de la propia alabanza. ¡Ay de nosotros miserables, que nos deleitamos al sonido de nuestros instrumentos! A su sonido el ojo se hace riente, el rostro se ilumina, el oído se deleita, la lengua baila y el corazón exulta.

    “Se divierten al sonido. de los instrumentos”. “¡Ojalá nuestra cítara enviase lamentaciones -dice Job-, y nuestro órgano enviase voces de llanto!” (30, 31). Los depredadores y los usureros “pasan sus días en placeres” con los bienes hurtados a los pobres. ¡He ahí de qué manera tocan los malditos flautistas el himno fúnebre! Sin embargo, créanme, en algún punto (un instante), que los punce hasta dentro del hígado y de los pulmones, se hundirán en el infierno, donde se cantará el canto fúnebre, o sea, el llanto de los ojos y el rechinar de los dientes. Símilmente, la turba agitada simboliza la turbación y el desorden de los malos pensamientos. Cuando los flautistas cantan en el exterior su canto fúnebre, los pensamientos desordenados trastornan la mente. Dice la esposa del Cantar: “Mi alma se turba a causa de las cuadrigas de Aminadab” (5, 11). Aminadab se interpreta “espontáneo” o “elegante”, y simboliza nuestro cuerpo, que se siente empujado espontáneamente hacia las cosas temporales, en las que quiere vivir siempre en la elegancia y en las delicadezas. Las cuadrigas de Aminadab son los sentidos del cuerpo, que, mientras dan vueltas alrededor del fango y del estiércol de las cosas temporales, el alma, o sea, la animalidad o la sensualidad, trastorna la razón con el alboroto de los malos pensamientos.

    7. Volvamos a nuestro argumento. Sigue el evangelio: “Jesús, al llegar a la casa del jefe de la sinagoga”. El jefe es figura del hombre que debe dominarse a sí mismo; y su casa es la conciencia, en la cual el Señor entra, cuando le infunde su gracia, para que reconozca sus culpas y, reconociéndolas, enrojezca.

    “Jesús, al ver a los flautistas, les dijo:

    “¡Retírense!”. Cuando Jesucristo visita la conciencia del hombre con su gracia, entonces manda al placer de los sentidos y al tumulto de los pensamientos para que se retiren. El manda a los vientos, o sea, a la vanidad de los sentidos, y al mar, o sea, al vaivén de los pensamientos; y ellos le obedecen. (Lc 8, 25).

    “Retírense: la niña no está muerta, sino que duerme”. Para Jesús era como si durmiera, porque El podía llamarla de la muerte como si la despertara del sueño.

    Considera que la muerte del alma es doble: la muerte del pecado y la del infierno. La muerte del pecado puede decirse “sueño”, porque todo pecador, en esta vida, puede resurgir del pecado con la misma facilidad con que uno se despierta del sueño. Dice el Apóstol: “Despierta, tú que duermes, y Cristo te iluminará” (Ef 5, 14); o sea, despiértate por medio de la contrición, sal por medio de la confesión de los muertos, o sea, de las obras de muerte; y “Cristo será tu luz”.

    Observa que Cristo dijo: niña, y no vieja. El alma, que todavía no es esclava de una mala costumbre de larga duración, sino que como niña jovencita está adormecida en el pecado, con facilidad puede resucitar a la vida de la gracia. La niña murió y resucitó en su casa: no fue llevada fuera de la puerta ni sepultada. Así el alma, que murió en la casa de la conciencia y todavía no fue llevada a la puerta de la obra mala ni a la sepultura de la mala costumbre, con facilidad puede retornar a la vida. “Y se burlaban de El”. Cuando la gracia de Jesucristo inspira al alma que se arrepienta y resucite del pecado, los flautistas, o sea, el placer exterior de los sentidos y la turba agitada, o sea, el tumulto interior de los pensamientos, se burlan de El. Dice Job: “El avestruz se burla del caballo y de su jinete” (39, 18). En el avestruz está simbolizado el tiránico placer de la carne, que se burla del caballo, o sea, del espíritu, y del jinete, o sea, de la gracia, que quiere guiar el espíritu por el camino de la vida, para conquistar el premio de la gloria celestial. Digo más: se burla pretextando la fragilidad de la naturaleza, la severidad de la abstinencia, la aspereza de la penitencia, y le demuestra que es imposible perseverar en todo esto.

    “Después que la gente fue echada fuera, Jesús entró, tomó a la niña de la mano y le ordenó: “¡Niña, levántate!”. Y la niña se levantó” (Mt 9, 25; y Lc 8, 54). Presta atención al orden de las palabras: “Después que la gente fue echada fuera, Jesús entró”. Con esto concuerda lo que dice el Señor en Oseas-. “Eliminaré de la tierra el arco, la espada y la guerra, y los haré reposar tranquilos” (2, 18). En el arco se designa la solapada sugestión del diablo, en la espada los alborotados pensamientos del corazón, y en la guerra el lascivo placer de los sentidos. Todo esto el Señor lo elimina de la tierra, cuando eche de la casa de la conciencia a la turba alborotada; y, después de haberla echado, entra; y, entrando, lo pacifica todo. “Los haré dormir, o sea, reposar tranquilos”. “Tomó la mano de la niña”. Con su mano Jesús toma la mano, cuando con su misericordia da el querer, el conocer y el poder. Tenemos una concordancia en Zacarías: “Las manos de Zorobabel fundaron esta casa, y sus manos la acabarán” (4, 9). Zorobabel se interpreta “este maestro de Babilonia”: Zo, este; Ro, maestro; Babel, Babilonia. Y es figura de Jesucristo, que vino a renovar el mundo y a resucitar a la niña. “El Hijo del hombre vino a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). Su mano de misericordia funda el templo, cuando da el conocer y el querer; y lo acaba, cuando da el poder, la capacidad de hacer.

    Jesús dijo: “¡Niña, levántate!”. Y la niña se levantó” (Lc 8, 54). Sobre esto tenemos una concordancia en el profeta Miqueas, donde el alma, ya resucitada por la gracia, rechaza los ataques de la carne, diciendo: “Tú, enemiga mía, no te alegres porque caí: me levantaré. Aunque esté en las tinieblas, el Señor es mi luz” (7, 5).

    8. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “No cesamos de orar por ustedes y de pedir que estén llenos del conocimiento de su voluntad” (Col 1, 9). A esta oración y a esta súplica, el Señor responde con misericordia en Oseas: “Yo la amamantaré y la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (2, 14). A la Iglesia o al alma fiel, por la cual oraba y pedía el Apóstol, el Señor la amamanta con la gracia, para que crezca para salvación; y después la lleva al desierto, o sea, a la renuncia de las cosas temporales y al reposo de la mente; y allí habla a su corazón, para que tenga el pleno conocimiento de su voluntad.

    Presta atención que el Apóstol dice “estén llenos”. Cuando un vaso está lleno, todo lo que viertes en él, se pierde. El que está lleno de cosas temporales, no puede llenarse del conocimiento de Dios. El que quiere llenarse de ese conocimiento, es necesario que antes sea conducido al desierto; y allí percibirá el silbo de una brisa suave, que habla a su corazón; y así se llenará del conocimiento de la voluntad divina.

    Dice el evangelio de hoy, que el Señor, ante todo, echó a la turba alborotadora; y después, casi en soledad, habló al corazón de la niña: “Niña, yo te ordeno: “¡Levántate!” (Mc 5, 41). La boca del Señor está en el oído del corazón, en la soledad del que reposa: a él le revela los secretos de su voluntad. ¡Descanse, pues, tu corazón, y se llenará del conocimiento de la voluntad divina! Pregunta el Señor: “¿A quién dirigiré la mirada sino al humilde, al pacífico y al pobrecillo de espíritu?” (Is 62, 2). “Miró la humildad de su sierva” (Lc 1, 48), que estaba en la soledad de la mente y del cuerpo. Dice jerónimo: “Para mí la ciudad es una cárcel, el desierto un paraíso”, en el que el Señor habla al corazón.

    Hermanos queridísimos, junto con el jefe de la sinagoga supliquemos humildemente al Señor, que venga a nuestra casa, que aleje a la turba alborotada y resucite a nuestra hija (el alma).

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II. - Jesús cura la hemorragia de la mujer

    9. Sigue el evangelio: “Y he aquí que una mujer, enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó la orla de su manto” (Mt 9, 20). Vamos a analizar qué cosa signifiquen la mujer, el flujo de sangre y la orla de su manto. La mujer, llamada así de molicie, simboliza al alma pecadora, que dice en Oseas: “Iré tras mis amantes, que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas” (2, 5). Lo afeminado quiere la afeminación. Vamos a analizar qué signifiquen las siete cosas: los amantes, el pan y el agua, la lana y el lino, el aceite y las bebidas. En el pan está simbolizada la pompa de la gloria temporal, en el agua la gula y la lujuria, en la lana la solapada hipocresía, en el lino el amor al dinero, en el aceite el brillo de la adulación y en las bebidas el deseo vehemente de las dignidades y de los cargos. Los amantes del alma pecadora son los demonios o también los afectos carnales, que ella sigue cuando los consiente; y los consiente porque le dan todas esas cosas: el pan y el agua, la lana y el lino, el aceite y las bebidas.

    Del pan de la gloria temporal habla Salomón: “Grato es al hombre el pan de la mentira”, o sea, de la pompa seglar, que finge ser algo, cuando nada es; “pero después su boca se llena de piedras” (Prov 20, 17), o sea, del eterno castigo.

    De las aguas de la gula y de la lujuria dice Nahúm: “Sus aguas son como charcos” (2, 8). Habla de Nínive, que se interpreta “la hermosa”, y simboliza la carne del hombre, cuyas aguas, o sea, la gula y la lujuria, son como un charco, que se seca en el verano. Así cuando llegue la llama de la muerte, la gula y la lujuria de la carne se secarán del todo. De la lana de la hipocresía hallamos en el evangelio: “Cuídense de los falsos profetas, que se les acercan en vestidos de ovejas” (Mt 7, 15). Sobre este evangelio consulta el sermón del domingo VIII después de Pentecostés.

    Del lino de la avaricia se habla en el Éxodo, donde se dice que “el granizo perjudicó al lino” (9, 31). El granizo de la divina condenación; “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!” (Mt 25, 41), herirá y destruirá la avaricia y la usura.

    Del aceite de la adulación dice el Salmo: “El aceite del pecador no perfumará mi cabeza” (140, 5). De las bebidas de los cargos y de las dignidades se habla en el Apocalipsis donde se dice que “la mujer, sentada sobre una bestia escarlata, tenía en mano una copa de oro, llena de las abominaciones y de las inmundicias de sus fornicaciones “ (17, 3-4). Esta mujer simboliza la vanidad del mundo, que está sentada sobre una bestia escarlata, o sea, el diablo. Ella tiene en mano una copa de oro, o sea, el centelleo de la dignidad transitoria, llena de abominaciones. La conciencia y las obras de los que están deslumbrados por este esplendor, nos testimonian a nosotros y a ellos mismos cuáles abominaciones e inmundicias de fornicación se hallan allí. El que bebe de esta copa, tendrá sed de nuevo y se sentirá arder; y ¡ojalá no arda eternamente con el rico epulón, vestido de púrpura! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Veo que casi todos corren con la boca abierta y la garganta quemada a beber de la copa dorada de la prostituta. Dice Jeremías: “Corredor ágil, que devora su camino; onagro (asno salvaje) acostumbrado al desierto, que en el ardor de su pasión olfatea el viento de su amor” ( 2, 2324). Y como el viento, aunque aspirado con la boca abierta, no apaga la sed, sino que la acrecienta, así la vanidad de las dignidades mata justamente con la sed al que la bebe.

    El que se contamina con estos seis vicios, es como la mujer que sufre de hemorragia. Evidentemente la hemorragia simboliza la inmundicia del pecado. Dice Oseas: “La sangre sigue a la sangre” (4, 2), o sea, un homicidio sigue al otro; así la inmundicia de la mente sigue a la inmundicia de las obras. La lujuria es como la furiosa libido de los caballos (Ez 23, 20).

    “Desde hacía doce años, esa mujer padecía flujo de sangre”. El numero diez se refiere a los diez mandamientos del Antiguo Testamento, el número dos se refiere a los dos mandamientos de la caridad del Nuevo Testamento. Por ende, sufre de hemorragia por doce años el que se mancha despreciando y transgrediendo deliberadamente los preceptos de los dos Testamentos. Dice Oseas: “Fornicaron incesantemente, y abandonaron al Señor” dejando de guardar los preceptos de los dos Testamentos (4, 10).

    Lucas dice también que la mujer “gastó en médicos todo cuanto tenía y que ninguno pudo curarla” (8, 43). Y Marcos añade que esa mujer “había empeorado mucho” ( 5, 26). Los médicos simbolizan los afectos carnales, de los que habla el Salmo: “¿Obras, quizás, prodigios para los muertos? ¿o podrán los médicos resucitarlos, para que te canten alabanzas?” (8 7, 11). Los afectos carnales no levantan el alma del pecado; al contrario, matan a aquella que resucitó y la sepultan en el infierno. ¡Cuántos perezosos y afeminados gastan toda su sustancia con estos médicos, tanto del alma como del cuerpo; pero no pudieron ser curados de la enfermedad del alma; más bien, empeoraron!

    10. Se lee en el segundo libro de las Crónicas que “Asa enfermó gravemente de los pies. Ni en su enfermedad buscó al Señor, sino que, más bien, se confió en los médicos. El se durmió con sus padres y murió “ (16, 12-13). Asa se interpreta “exaltado”, y es figura del rico de este mundo, que se exalta en las riquezas y anda en cosas demasiado sublimes para él (Salm 130, 1). Este enfermó de un muy recio dolor de los pies.

    El alma tiene dos pies, con los que se sostiene, que son la esperanza y el temor; pero el rico está privado de la fuerza de esos dos pies, porque pone su esperanza en las cosas transitorias, que teme perder; y así se confía en el arte de los médicos, o sea, en su habilidad, en su sagaz conocimiento y en el goce de los afectos carnales, antes que en el Señor; y entonces duerme en el pecado y muere en el infierno.

    No se debe confiar en los médicos, sino en la orla del vestido de Jesús, como dice el Evangelio: “Se acercó de atrás una mujer y tocó la orla de su vestido” (9, 20). El vestido de Cristo es su misma carne, del que habla Isaías: “¿Por qué es rojo tu vestido y tus ropas como del que pisa en el lagar? Yo solo pisé el lagar” (63, 2-3). Algo semejante dice también Zacarías: “Josué estaba vestido con vestidos sucios” (3, 3).

    Jesucristo soportó a solas el lagar, o sea, el peso de la cruz, sobre la cual enrojeció el vestido con su sangre. Y la orla de su vestido es su misma pasión, que libera el alma de la hemorragia. Contra los peligros de la carne y los movimientos de la libido es de la mayor eficacia la meditación de la pasión. Y aunque este ungüento saludable baje hasta la barba, sin embargo, es de la orla de su vestido, o sea, de la última parte de su vida, que su plenitud se esparce sobre toda la tierra.

    De esa orla del vestido habla también Zacarías: “Hombres de toda lengua aferrarán la orla del vestido de un judío y dirán: “Vamos con ustedes, porque comprendimos que Dios está con ustedes” (8, 23). Lo mismo decía aquella mujer dentro de sí: “Si sólo toco su manto, seré salva” (Mt 9, 21). La orla de su vestido, o sea, su pasión, atrae al mismo Cristo a mucha más gente que todo el resto de su vida. El mismo lo dijo: “Cuando sea elevado de la tierra, todo lo atraeré a mí” (Jn 12, 32). Oh alma, si quieres ser curada de tu hemorragia, toca con la fe y aferra con las obras la orla de la pasión. Dice el Apóstol: “Los que son de Cristo, crucificaron su carne con sus vicios y sus concupiscencias” (Gal 5, 24). Si de esta manera tú tocas y aferras, podrás oír: “Confía, hija; tu fe te salvó” (Mt 9, 22).

    Observa que la palabra fe está compuesta de dos palabras: hago y digo (en latín fides, fado y dico). Si hago lo que digo y aferro lo que toco, entonces es fe; y tal fe me salva.

    11. Esta segunda parte del evangelio concuerda con la segunda parte de la epístola: “Con gozo damos gracias al Padre que nos hizo dignos de participar de la herencia de los santos en la luz” (Col 1, 12). Oh Padre, ¡cuánto te deben agradecer la hija del arquisinagogo, resucitada de la muerte, y la mujer, curada de la hemorragia; y cuánto te deben agradecer todos los que están figurados en aquellas dos mujeres, porque tú los hiciste dignos de participar de la vida eterna, que es la suerte de los santos! “El Señor es mi parte de herencia” (Salm 15, 5). “Y en esta tu luz -como dice el Salmo- nosotros veremos la luz” (35, 10).

    “El nos arrancó del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo querido” (Col 1, 13). He ahí la resurrección de la hija del arquisinagogo, o sea, del alma, que el Señor con la mano de su misericordia arranca del poder de las tinieblas, en las que yacía ciega, y traslada de la región de la desemejanza al reino de su amor, que hemos logrado, gracias a la pasión del Hijo. Concluye el Apóstol: “En Cristo obtenemos la redención por medio de su sangre, o sea, la remisión de los pecados” (Col 1, 14). He aquí, pues, la curación de la mujer de su hemorragia. La sangre de la pasión de Cristo detiene la sangre de nuestra malicia. ¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Supliquemos devotamente al mismo Señor Jesucristo, que con la orla de su pasión detenga nuestra sangre, para que podamos agradecerle dignamente y reinar en su luz en compañía de los santos.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios admirable en sus milagros y bendito por los siglos eternos.

    Toda alma, resucitada y curada, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

    Cita bíblica