Pestañas abiertas

1 abierta

    Prólogo

    1. Se lee en el primer libro de las Crónicas: “David dio (a su hijo Salomón) oro finísimo, para que con él labrara una especie de cuadriga de querubines, que, extendiendo sus alas, cubriera el arca de la alianza del Señor” (1 Cro 28, 18).

    2. Dice el Génesis que “en la tierra de Hevilá nace el oro, y que el oro de aquella tierra es purísimo” (Gen 2,11-12). Hevilá se interpreta “parturienta”, y representa a la Sagrada Escritura, que es “la tierra, que primero produce la hierba, después la espiga, y en fin el grano lleno en la espiga” (Mc 4, 28). En la hierba está indicada la alegoría (el sentido alegórico), que edifica la fe: “La tierra germine hierba verde”, manda Dios en el Génesis (1, 11). En la espiga - en latín spículum, punta o flecha - se señala la enseñanza moral, que forma las costumbres y con su suavidad penetra el espíritu. En el grano pleno se señala la anagogía (el sentido místico), que trata de la plenitud del gozo y de la bienaventuranza angélica.

    Pues bien, en la tierra de Hevilá se halla el oro finísimo, porque del texto de la página divina brota “la ciencia sagrada”. Como el oro es superior a los demás metales, así la ciencia sagrada es superior a cualquier otra ciencia. No sabe de letras el que no conoce “las letras sagradas”. Pues bien, es de la ciencia sagrada, que se habla, cuando se dice: “David dio oro finísimo”.

    3. David se interpreta “misericordioso”, o de “mano fuerte”, o de “aspecto atrayente”, y es figura del Hijo de Dios, Jesucristo, que fue misericordioso en la encarnación, de mano fuerte en la pasión, y será de aspecto sumamente deseable en la bienaventuranza eterna. Asimismo, es misericordioso en la infusión de la gracia, y esto en los incipientes; y se le dice “misericordioso”, como si “regara el corazón miserable” (miserum rigans cor). En el Eclesiástico se dice: “Regaré el jardín de las plantas” (Ecli 24, 42), y “rociaré el fruto de mi parto” (Glosa). El jardín es el alma, en la que Cristo, como jardinero, planta los misterios de la fe, y la riega, cuando le infunde la gracia de la compunción. Y del alma dice todavía: “Y rociaré el fruto de mi parto”. Nuestra alma es llamada “fruto del parto del Señor”, es decir, de su dolor, porque, como una mujer parturienta, la engendró en los dolores de la pasión, como decía el Apóstol: “Ofreció súplicas con fuertes clamores y lágrimas” (Hb 5, 7). E Isaías: “Yo que hago parir a los demás, ¿tal vez yo no pariré?” (66,9). Rocía, pues, el fruto de su parto, cuando, con la mirra y el áloe de su pasión, mortifica los placeres de la carne, para que el alma, como embriagada, olvide las cosas temporales: “Visitaste la tierra y la embriagaste” (Salm 64, 10).

    Asimismo, es de “mano fuerte”, cuando hace avanzar de virtud en virtud, y obra esto en los proficientes. Dice Isaías: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te tomo de la mano y te digo: “No temas, porque yo te ayudo” (41, 13). Como una madre amorosa toma con su mano la mano del niño que vacila al subir, para que pueda subir con ella, así el Señor con la mano de su misericordia toma la mano del humilde penitente, para que pueda subir por la escala de la cruz los peldaños de la perfección (perfectos), y merezca contemplar a aquel que es de aspecto atrayente, “al Rey en su gloria” (Is 33, 17), “a aquel a quien los ángeles desean contemplar” (1 Pe 1, 12).

    Nuestro David, el Hijo de Dios, el Señor misericordioso y bondadoso -”que da a todos generosamente y sin poner condiciones” (Sant 1,5) - dio el oro, es decir, la sagrada inteligencia de la divina Escritura: “Les abrió la mente a la inteligencia de las Sagradas Escrituras” (Lc 24, 45); dio oro “purísimo”, o sea, perfectamente purificado de toda borra y de toda escoria de herética malicia.

    4. Y continúa diciendo: “Para que con el oro se labrara una especie de cuadriga de querubines”, que se interpreta plenitud de la ciencia, y representa el Antiguo y el Nuevo Testamento, en los que se halla la plenitud de toda sabiduría, que es la sola que sabe enseñar y es la única que hace a los sabios. Sus sentencias son como alas, que se extienden cuando son explicadas en el triple sentido susodicho; y de esa manera cubren el arca de la alianza del Señor. El arca es llamada así, porque aleja (arcet) las miradas y al ladrón. El arca es el alma fiel, que debe alejar de sí la mirada de la soberbia, como se lee en Job: “Desprecia todas las cosas elevadas” (41, 25); y debe el alma alejar al ladrón, así llamado de “noche oscura” (en latín, fur, ladrón, furva nox, noche oscura): el ladrón que simula ser santo y que es llamado “el enemigo que merodea en las tinieblas” (Salm 90, 6).

    Esta arca es llamada “ de la alianza del Señor”, porque en el bautismo el alma fiel estableció con el Señor un pacto eterno, o sea, renunciar al diablo y a sus seducciones, como está escrito: “juré y establecí observar tus justos mandamientos” (Salm 118, 106).

    Esta arca está cubierta por las alas de los querubines, cuando con la predicación del Antiguo y Nuevo Testamento es protegida y defendida de las ansias del humano bienestar, de la lluvia de la concupiscencia carnal y del rayo de las sugestiones diabólicas.

    5. Por esto, para gloria de Dios, edificación de las almas y consuelo del lector y del oyente, sacando provecho del sentido más profundo de la Sagrada Escritura y apoyándonos en los varios pasajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, hemos construido una cuadriga, para que sobre ella el alma se eleve por encima de las cosas terrenas y sea llevada, como el profeta Elías, al cielo mediante la contemplación de las verdades celestiales.

    Observa que, como en la cuadriga hay cuatro ruedas, así en estos sermones son tratadas cuatro materias, es decir, los evangelios dominicales, los relatos del Antiguo Testamento como son leídos en la iglesia, los introitos y las epístolas de la misa dominical.

    Casi recogiendo detrás de los cosechadores las espigas olvidadas, como la moabita Rut en el campo de Booz, con temor y humildad, porque conocemos nuestra insuficiencia para una tarea de tanta importancia, pero vencido por las súplicas y la caridad de los hermanos, que a ella me impulsaban, reuní y concordé entre ellas estas cuatro materias, en la medida en que Dios me conceda su gracia y en cuanto me lo permita el modesto arroyito de mi pequeña ciencia.

    Y para que la complejidad de la materia y la variedad de las referencias no produzcan en la mente del lector confusión u olvido, hemos dividido los evangelios en secciones, como Dios nos inspiraba, y a toda sección hemos hecho corresponder las partes de los relatos del Antiguo Testamento y las de las epístolas.

    Hemos tratado con mayor amplitud los evangelios y los relatos bíblicos, mientras fuimos más breves y sintéticos en la exposición de los introitos y de las epístolas, para que el exceso de palabras no provocara un dañoso fastidio. ¡Es muy difícil compendiar en un discurso breve y provechoso una materia tan vasta!

    A tal punto llegó la frívola mentalidad de los lectores y oyentes de nuestro tiempo que, si no encuentran en lo que leen o escuchan un estilo elegante, florido y novedoso, se aburren de lo que leen y desprecian lo que oyen. Entonces, para evitar que la Palabra de Dios suscitara fastidio o desprecio para daño de sus almas, al comienzo de todo evangelio, hemos puesto un Prologo adecuado, y acá y allá hemos introducido descripciones de elementos naturales y de animales, y etimologías de nombres, interpretados en sentido moral.

    También hemos reunido, juntas, las palabras iniciales (sumario) de todas las citas bíblicas de esta obra, de las cuales se puede deducir oportunamente el tema del sermón; y al principio hemos anotado los lugares del libro, en los que se puede hallarlas, y a qué argumento cada una de ellas pueda adaptarse.

    ¡Se den, pues, toda alabanza, toda gloria y todo honor al Hijo de Dios, principio de toda la creación! En El hemos depositado y de El esperamos la recompensa de este trabajo. El es el Dios bendito, glorioso y bienaventurado por los siglos eternos.

    Y toda la Iglesia cante: “¡Amén! ¡Aleluya!

    Cita bíblica