Purificación de la Bienaventurada Virgen María (Segundo Sermón)
1. “Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la Ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén, para presentarlo al Señor” (Lc 2, 22). En este evangelio consideramos tres eventos: la presentación de Jesús al templo, el cumplimiento de la espera del justo Simeón y su bendición profética.
I - La presentación de Jesucristo
2. “Cuando llegó el tiempo de la purificación de María En esta primera parte del evangelio se pueden hacer tres consideraciones morales: la purificación del alma, la oblación de la misma alma, y después su ingreso en el templo del cielo. Ante todo, conozcamos la historia. “El Señor habló a Moisés: “La mujer, cuando queda encinta y da a luz a un varón, permanecerá inmunda por siete días” (Lv 12, 1-2), a excepción de la que da a luz siendo virgen. Entonces ni el Hijo ni la Madre necesitaban ser purificados con sacrificios; pero lo hicieron sólo para que nosotros fuéramos liberados del temor de la ley, o sea, de la Observancia de la Ley, que se cumplía con temor.
Estaba establecido que, en el octavo día del nacimiento, el niño fuera circuncidado y que treinta y tres días después de la circuncisión fuera llevado al templo y que por él fueran ofrecidos sacrificios, o sea, un cordero de un año. Pero, quien no tenía la posibilidad de tener un cordero de un año, ofrecía dos tórtolas o dos pichones de paloma. Además, escribe José Flavio: “El primogénito era rescatado con cinco siclos”.
La pobrecilla Virgen María hizo por el hijo la ofrenda de los pobres, para que en todo fuese manifiesta la humildad del Señor.
Lo que está escrito en Lucas: “Todo varón que abre la matriz…” (Lc 2, 23), hay que comprenderlo según lo que se dice en el libro del Éxodo:
“Separarás para el Señor a todo primogénito del seno materno; y todo primer nacido del ganado, de sexo masculino, pertenece al Señor” (Ex 13, 12). Los primogénitos de los hijos de Leví eran ofrecidos al Señor, pero no eran rescatados, y estaban dedicados continuamente a su servicio. Los primogénitos de los demás eran ofrecidos y rescatados. Los primogénitos del ganado, adecuados para ser inmolados, eran ofrendas para los sacerdotes. De los primogénitos de los animales inmundos, no ofrecidos, algunos eran rescatados, como el primogénito del asno que era sustituido con una oveja, que se ofrecía en su lugar; otros que no eran rescatados, eran matados, como el primogénito del perro.
3. “Cuando se cumplió el tiempo de la purificación de María”. María, que se interpreta “iluminada”, o “mar amargo”, o también “señora”, es figura del alma del justo, iluminada por el bautismo; es “mar amargo” por la contrición del corazón y la aflicción del cuerpo; y será “señora” en el reino, cuando se unirá al Rey eterno. Por ahora, mientras está en el destierro, necesita purificación, porque se mancha de muchas impurezas. Dice el Eclesiástico:
“Límpiate ofreciendo las espaldas ( de las víctimas); y de tu negligencia purifícate con los pocos” (7, 33-34). Purificar significa dejar el suelo limpio, quitando toda suciedad. Puríficate en anticipo, antes de ser juzgado, ofreciendo las espaldas, o sea, con obras de misericordia; y de tu negligencia con respecto a los mandamientos puríficate con “los pocos”, porque son pocos los que se preocupan de purificarse por tales negligencias.
Se lee en la Historia Natural que “las palomas sacan fuera del nido la bosta de sus pichones y lo limpian; y cuando los pichones crecen, les enseñan a sacar la bosta” (Aristóteles). Así los justos purifican sus suciedades y las de sus súbditos, y les enseñan a limpiar las propias. Se lee en Jeremías: “Enseñen a sus hijas las lamentaciones, y cada una enseñe a su vecina el canto de luto, porque la muerte subió por nuestras ventanas y entró en nuestras casas” (9, 20-21). Como si dijera: “El pecado mortal entra en el alma a través de los sentidos del cuerpo; pero se lo aleja con la medicina: la lamentación de la penitencia”.
Cuando uno se siente recargado de humores malignos, para liberarse, toma una purga. Dice el Eclesiástico: “El Señor creó de la tierra los medicamentos, y el hombre prudente no los desprecia” (38, 4). La tierra es nuestra carne, y el medicamento es la penitencia.
De la carne de la serpiente, Ramada thirus, se hace la triaca (contraveneno); y de nuestra carne viene la medicina del alma, o sea, la penitencia. La penitencia es amarga; pero el hombre prudente, si se siente agobiado por la peste del pecado, no rehúsa tomarla, porque a través de la bebida amarga se llega al gozo de la curación. Es una gran necedad perder la salud y arriesgar la muerte, por rehusar un poco de amargura. Se lee en los Proverbios: “El que compra, dice: “¡Es todo basura, basura!”; pero cuando se aleja, se jacta” (20, 14). Así todo enfermo dice: “Esta bebida es demasiado amarga”; pero cuando la enfermedad se va, entonces se gloriará. Así también hace el pecador que dice: “La penitencia es amarga”; pero, cuando el alma sea purificada de la culpa, entonces se gloriará en la gloria celestial.
4. “Cuando llegó el tiempo de la purificación de María”. El alma así purificada y limpiada debe ofrecer un par de tórtolas o do,; pichones de palomas. En las dos tórtolas son representadas dos especies de castidad; y en los dos pichones de paloma, dos especies de compunción. Vamos a considerar los dos puntos.
La tórtola, por su voz, es llamada “ave púdica”. Si fuera privada de su compañero, no se junta con otro; camina sola y gimiendo; ama la soledad; durante el invierno baja a los valles y se refugia, casi despojada de plumas, en la cavidad de los árboles; en cambio, durante el verano, sube a la montaña y allí se elige su morada.
De la misma manera, el verdadero penitente, purificado por la mortificación del alma y del cuerpo, no tolera más ninguna convivencia con el pecado mortal, porque, como dice Isaías, “el lecho será demasiado corto para estirarse, y la manta demasiado estrecha para envolverse” (28, 20). Como si dijera: “La conciencia del justo es tan estrecha por el temor de Dios, que el diablo no puede allí descansar, porque los santos, como dice Job, “que imprecan al día”, o sea, a la prosperidad mundana, “están listos para despertar al Leviatán” (3, 8); y la manta de la gracia divina, aunque es muy grande, siempre le parece al justo corta y estrecha, tanto que no puede cubrir a dos personas, el esposo y el adúltero, o sea, Cristo y el pecado mortal.
Además, el justo, mientras vive en este cuerpo, está en el destierro, lejos del Señor (2Cor 5, 6), o sea, está privado de su amado, y por esto vaga solitario, no se mezcla con las agitaciones de la turba, camina gimiendo y dice: “Señor, delante de ti están todos mis deseos, y mi suspiro no te es oculto” (Salm 37, 10); ama la soledad de la mente y del cuerpo, y entonces dice: “He aquí, errando huí lejos y habité en el desierto” (Salm 54, 8). Durante el invierno de la presente miseria, privado de las plumas de los bienes temporales, se contenta con las cosas humildes; pero cuando venga el verano del esplendor eterno, entonces volará a las alturas de la patria celeste.
La paloma tiene como canto el gemido, porque todas sus entrañas están llenas de hiel; por eso parece gemir por el exceso de amargura. Sin embargo, otros sostienen que la paloma carece de hiel: en efecto, no lo tiene en el mismo sitio de las demás aves (Aristóteles, Plinio … ). No hiere a nadie; no se alimenta de cosas muertas; nutre a los polluelos ajenos; elige el grano puro; se detiene sobre las aguas corrientes, para defenderse del gavilán; y hace el nido entre las hendiduras de la piedra. De manera semejante el penitente prorrumpe en gemidos de dolor, porque está todo Heno de la amargura de la contrición; y dice: “Pío como polluelo de golondrina y gimo como una paloma” (Is 38, 14).
Se lee en la Historia Natural que si se extirpan los ojos a los polluelos de las golondrinas, de nuevo renacen. El penitente, por haber perdido el ojo del amor divino, se queja e implora para recuperarlo. Aquel que en la amargura de su alma reflexiona en los años de su vida, no rinde mal por mal; no vive de las cosas muertas, o sea, de los frutos de su rapiña, sino que da lo suyo a los demás; se esfuerza por arrancar a los pecadores al diablo y los nutre con el alimento de la vida eterna; elige sólo el grano puro de la fe católica; se detiene en las aguas corrientes de las lágrimas, para precaverse de los engaños del diablo; se refugia en las llagas de Cristo, en las que coloca el nido de su esperanza y los polluelos de sus buenas obras.
Aquí la Glosa hace una interpretación diversa: “El que no dispone de un cordero (para el rescate), o sea, de las riquezas ganadas con una vida honesta, recurra a las lágrimas de la compunción, que están simbolizadas en los gemidos de la tórtola y de la paloma. Hay dos especies de compunción: cuando tememos, al reflexionar sobre los castigos amenazados por los pecados; y cuando, ardiendo del deseo de los bienes celestes, gemimos por la dilación. Y por eso se nos manda que ofrezcamos dos tórtolas o dos pichones de paloma: uno en holocausto, cuando estamos inflamados de amor por las cosas celestiales; y el otro por el pecado, cuando gemimos por las culpas cometidas”.
Asimismo, “los primogénitos representan los buenos comienzos de nuestra actividad, que llevamos, por así decir, en el corazón y que debemos atribuir a la gracia de Dios. En cambio, las obras malas debemos rescatarlas con los frutos de la penitencia”.
En fin, los cinco siclos, con los que rescatamos a nuestro primogénito, consisten en dolernos de nuestro pasado, en exponerlo claramente en la confesión, en compartir los sufrimientos del prójimo, en temer todas las cosas del mundo y en perseverar hasta el fin.
El que se purifique de esta manera y se ofrezca con tales sacrificios y el que sea rescatado con tal precio, sin duda, por manos de los ángeles, será acogido en el templo del cielo.
II - Cumplimiento de las expectativas del justo Simeón
5. “En Jerusalén había un hombre de nombre Simeón” (Lc 2, 25). Simeón se interpreta “que escucha la aflicción”, e indica al penitente que, sea que coma, sea que beba, sea que haga cualquier otra cosa, oye aquella voz terrible: “¡Resuciten, oh muertos, y vengan al juicio!”. El penitente dice con Job: “Yo te oí con el oído de la oreja; pero ahora te vi con mis ojos. Por eso me retracto y hago penitencia en el polvo y la ceniza” (42, 5-6). Observa que no dice “con la oreja”, sino “con el oído de la oreja”. El necio, como el asno, oye sólo el sonido de la palabra de Dios; en cambio, el sabio percibe toda su fuerza y la conserva en el corazón. Dice la Historia Natural que “si las orejas de los ciervos están erguidas tienen un oído finísimo; en cambio, si estuvieran caídas, no oirían nada”. Los que son del mundo, indinan sus orejas al mundo; y por eso no pueden oír la palabra de Dios. Dice Jesús: “Por eso, ustedes no oyen , porque no son de Dios” (Jn 8, 47). En cambio, los justos, siendo de Dios, levantan el oído hacia lo alto para sentir la aflicción. “La aflicción es un dolor silencioso” (Isidoro). Con el oído de la oreja, (Señor Jesús), te oí que predicabas: “¡Hagan penitencia! “. Pero ahora te veo con mis ojos colgar de la cruz. O también: Te oí discutir en el juicio: “Tuve hambre y me dieron de comer” (Mt 25, 35); pero ahora te veo sentado, en aspecto terrible, en el trono de tu majestad; y por eso me retracto, me acuso en la confesión y hago penitencia en la humillación de la mente y en la aflicción del corazón.
Este Simeón está en Jerusalén, porque su patria es el cielo. El era “un hombre justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba en él” (Lc 2, 25-26). Es llamado “justo”, porque respetaba los derechos ajenos y vivía según la Ley. El temor servil consiste en abstenerse del mal por miedo al castigo, y no por gozar de la justicia. La caridad echa fuera este temor, cuando la iniquidad no atrae, aunque se le asegure la impunidad.
En cambio, el temor casto es el que tiene el ama de perder la misma gracia: esa gracia que hizo que ella ya no hallara placer en pecar; es el temor que la gracia la abandone, aunque no fuera castigada por ningún tormento. La caridad no echa fuera este temor, porque este temor permanece para siempre (Salm 18, 10). Mayor temor deben tener los que son “peregrinos”; menor temor deben tener los que están cerca de la patria; ninguno, los que ya Regaron a la patria.
El penitente es, pues, justo para consigo mismo, piadoso para con Dios, y con temor filial espera no tanto su consolación, sino la del prójimo; y así la gracia del Espíritu Santo está en él, y de su inspiración recibe la promesa segura de que no verá la muerte eterna y contemplará a Cristo cara a cara. “Y movido por el Espíritu, Simeón vino al templo” (Lc 2, 27). Templo significa “techo amplio”: el techo protege, y el techo amplio acoge las multitudes. El templo es figura del amor de Dios y del prójimo: el amor de Dios protege, el amor del prójimo acoge. En tal templo nadie puede entrar sino en espíritu, no en la carne, porque “es el espíritu el que da vida, y el Espíritu es Dios; en cambio, la carne no sirve para nada (Jn 4, 24; y 6, 63).
6. Sigue el relato de Lucas: “Y cuando los¡ padres llevaron al niño Jesús, para cumplir con él las prescripciones de la Ley” (2, 27). Observa que dice “el niño Jesús”, y no “Jesús niño”. Comenta la Glosa: “Como la puericia comienza después de los siete años de la infancia, Jesús es llamado a menudo puer, niño y siervo, no tanto por la edad, sino por el servicio. Dice el profeta Isaías: “He aquí a mi siervo” (42, 1), porque “el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir” (Mt 20, 28). Para nosotros fue ante todo siervo, como lo dice Isaías: “Me hiciste servir en tus pecados, me fatigaste con tus maldades” (43, 24). Por treinta y tres años nos sirvió fielmente; y después sufrió tanto por nosotros hasta derramar sudor de sangre; y finalmente, por nuestro amor, padeció la muerte. Oh queridísimos, ¿qué recompensa podríamos dar a un siervo tan fiel? ¿Y qué cosa podría ser adecuada a sus servicios? Ciertamente, podríamos decirle como Tobías a Rafael: “Aunque me entregara a ti como esclavo, no podría compensar dignamente tus beneficios” (9, 2). Y nosotros infelices, ¿qué recompensa le dimos? El mismo lo dice en el Salmo: “Me devuelven mal por bien, una aflicción para mi alma” (34, 12), porque no permitimos que la sangre de su pasión fructificara en nosotros. Por esto) El dio su alma, para conquistar la nuestra; pero nosotros la privamos de este fruto, cuando, con el pecado mortal, entregamos nuestra alma al diablo. Con razón, pues, dice “el siervo Jesús”, porque ante todo nos sirvió y después nos salvó. Y nadie será Jesús, o sea, salvo, si antes no fue puer, o sea, siervo.
III -La bendición de Simeón
7. “Simeón tomó al niño en sus brazos y bendijo a Dios” (Lc 2, 28). ¡Oh gran humildad del Salvador! Aquel que no puede ser contenido en ningún lugar, es llevado por los brazos de un anciano. El viejo hombre toma al niño, enseñándonos “a despojarnos del hombre viejo que se corrompe, y a revestirnos del hombre nuevo, que fue creado según Dios” (Col 3, 9-10). Lleva a Cristo en los brazos aquel, que acoge la palabra de Dios no sólo con la boca, sino con obras de caridad, como hacía Job, cuando decía: “Dilacero mis carnes con mis dientes y llevo mi alma en mis manos” (13, 14). Los dientes, llamados así porque de algún modo dividen, son los reproches y las acusaciones de la confesión, con los que el justo dilacera sus carnes, o sea, sus pecados carnales, y de esta manera lleva su alma en las manos de sus obras, dispuesto a restituirla a su Creador en cualquier momento se la pida. Y entonces con Simeón bendecirá a Dios: “Y ahora, Señor, puedes despedir a tu siervo en paz, según tu palabra” (Lc 2, 29). El siervo que por largo tiempo sirvió y por largo tiempo trabajó, es despedido por el Señor en paz, según la palabra de la paz. También Esteban “se durmió en el Señor” (Hech 7, 60). Esta es la palabra del Señor: “Vengan a mí todos los que se fatigan y están agobiados; y yo los haré reposar” (Mt 11, 28). Según tu palabra, deja ahora ir en paz a tu siervo. He ahí al niño y a Jesús, he ahí al siervo y la salvación, porque es despedido en paz. Ahora déjame ir, porque hasta ahora trabajé y hasta ahora esperé; y ahora, al fin de mi miseria, o sea, de mi vida, deja que tu siervo vaya en paz. A propósito se lee en Job: “¿Quién dejó libre al asno montés y quién soltó sus ataduras? A él le di por casa la soledad y por morada la tierra salobre” (39, 5-6). El asno salvaje es el penitente, al cual Dios en la presente miseria da la casa en la soledad de la mente y una morada de batalla, en la que combate y es combatido en la amargura del corazón.
De estas dos situaciones habla Jeremías:
“impulsado por tu mano, me senté solitario, porque tú me llenaste de indignación” (15, 17). Aquel al cual el Señor da tales cosas en esta vida, en la muerte lo despide libre de culpa y deshace las cadenas del castigo. Ahora deja, pues, que tu siervo vaya en paz, según tu palabra.
8. “Porque mis ojos vieron tu salvación” (Lc 2, 30). Observa que Dios se ve de tres maneras: en esta vida se ve con la fe y la contemplación, en la patria se verá cara a cara.
Hay aquí abajo tres elementos: el aire, el agua y la tierra. Se cuenta en la Historia Natural que las aves, que vuelan en el aire, necesitan de una vista aguda, para que, desde puntos muy altos, puedan ver su alimento; y los ojos de los peces son húmedos, porque es necesario que tengan una vista muy fuerte, a causa del espesor de las aguas. En cambio, las aves que no vuelan y que permanecen siempre en tierra, como la gallina y otras aves domésticas, no necesitan de una vista aguda.
Las aves del aire son figuras de las potencias angélicas en el cielo que, desde la altura de la patria celeste, con vista aguda y penetrante contemplan a Dios su alimento, “en el cual, dice Pedro, los ángeles desean fijar la mirada” (1 Pe 1, 12). Los peces en las aguas son los contemplativos en llanto. Los ojos húmedos son los arrebatos del alma devota: ellos tienen una vista amplia a motivo del espesor de las aguas, o sea, de la misma contemplación. La contemplación es tan inaccesible que no puede ser penetrada, si el contemplativo no es dotado de una amplia vista de devoción. Sólo entonces sus ojos ven la salvación de Dios.
Las aves que permanecen en tierra representan a los que hacen vida activa y que, como las gallinas, nutren a sus polluelos. Estos no tienen una vista muy aguda; y, sin embargo, también ellos, sea como sea, ven la salvación de Dios.
“Que preparaste ante todos los pueblos”.
Concuerda Isaías: “El Señor preparó su santo brazo ante los ojos de todas las naciones” (52, 10). El brazo del Padre es el Hijo, que está preparado a abrazar al hijo pródigo, que regresa a El. Dice Lucas: “Su padre salió a su encuentro, se echó sobre su cuello y lo besó” (15, 20).
En la primera venida, el Padre presentó al Hijo a todos los pueblos, para que creyeran en El y lo amaran; en la segunda venida lo presentará para que todo pueblo lo vea, y para que dé a cada uno según sus obras.
“Luz para iluminar a las gentes” (Lc 2, 32). “Luz” es el mismo Salvador, por medio de la gracia, en la vida presente, “para iluminar a las gentes”. Por esto el Padre, por boca de Isaías, dice: “Te destiné a ser la alianza del pueblo y la luz de las naciones, para que abras los ojos a los ciegos” (42, 6~7); y Job: “El descubre los secretos de las tinieblas, y saca a luz la sombra de la muerte” (12, 22).
Este niño, que es luz al presente, será en el futuro “la gloria de su pueblo, Israel”, o sea, de los que ven a Dios.
Dígnese concedernos esa gloria aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV - Sermón alegórico
9. “La abeja es pequeña entre los animales que vuelan; pero su producto es más dulce que todo”. Es una sentencia del Eclesiástico (11, 3).
La Historia Natural dice que “la abeja engendra sin coito, porque en ella está inserta la facultad de engendrar. La abeja habilidosa es pequeña, redonda, sólida y apretada. La abeja es más limpia que los demás volátiles; y por esto el olor malo la molesta, y el olor fragante la deleita. No ahuyenta a ningún animal; y cuando vuela, no busca flores diversas y no salta una flor para ir a otra, sino que, según la necesidad, recoge el néctar de una flor y retorna a la colmena. Su alimento es la miel, porque vive de lo que produce y elabora la casa en la que pueda habitar el rey (mejor, la reina). Y en las paredes de la colmena comienza a construir desde lo alto y no deja de trabajar descendiendo poco a poco hasta llegar a la parte más baja” (Aristóteles).
Así la Virgen María, nuestra Señora, engendró al Hijo de Dios sin corrupción, porque “el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). Esta buena abeja fue pequeña por la humildad, redonda por la contemplación de la gloria celeste que no tiene ni principio ni fin, sólida por la caridad -aquella que por nueve meses llevó en su seno el Amor, no podía carecer de amor- y apretada por la pobreza, más pura que todos por la virginidad. Y por eso el fétido olor de la lujuria, si es lícito decirlo, le produce disgusto, mientras le deleita el suave aroma de la virginidad y de la castidad. Y por eso, si alguno desea complacer a la bienaventurada Virgen ahuyente la lujuria y practique la pureza. No se aleja de ningún animal, o sea, de ningún pecador, más bien, acoge a todos los que acuden a ella; y por eso es llamada Madre de misericordia: misericordia a los miserables y esperanza a los desesperados.
Dice el esposo en el Cantar de los Cantares: “Yo soy la flor del campo y el lirio de los valles” (2, 1). La Virgen María, dejando de lado a todas las demás flores, eligió esta flor, se le unió y de ella tuvo todo lo que necesitaba. Y Nazaret, en la que concibió, se interpreta “flor”; y ése fue el lugar que eligió entre todos. En efecto, la flor que brota de la raíz de Jesé (Cristo), ama la patria que produce flores.
El nutrimento de la bienaventurada Virgen es su Hijo, miel de los ángeles y dulzura de todos los santos. Vivía de aquel a quien nutría; aquel a quien ofrecía la leche, le daba a ella la vida.
Esta abeja hacendosa preparó la casa, o sea, su alma con la humildad y su carne con la virginidad, para que en aquella casa pudiera habitar el Rey de los ángeles. Y Observa que la abeja comienza a construir desde lo alto. También la virgen no comenzó a construir desde lo bajo, o sea, delante de los hombres, sino desde lo alto, ante los ojos de la divina Majestad; y poco a poco, con discreción y por grados, llegó a ser conocida por los hombres; y así aquella, que ya era la elegida en la presencia de Dios, llegó a ser admirable delante de los hombres.
10. “La abeja es pequeña entre los volátiles”. Aunque resplandezcan en la bienaventurada María muchas virtudes y de manera excelsa, la humildad fue entre todas la más excelsa. Por esto, casi olvidando a las demás, despliega por delante la humildad, cuando dice: “Dios miró la humildad de su sierva” (Lc 1, 48); y por eso se dice “pequeña entre los volátiles”. Los volátiles, o sea, sus méritos, vuelan hasta el cielo empíreo, o sea, el más alto. De ella se habla en el libro de los Proverbios: “Muchas mujeres juntaron riquezas”, o sea, virtudes; “pero tú las superaste a todas” (Prov 31, 29), porque más que todas volaste a lo alto. Aunque fue colmada de tantas riquezas de virtud y fue exaltada por la abundancia de tantos merecimientos, sin embargo, nuestra abeja fue pequeña, o sea, humilde, y hoy en el templo ofreció a Dios Padre el panal de miel, o sea, el Verbo encarnado, Dios y Hombre.
En el panal hay miel y cera; en el niño Jesús, la divinidad y la humanidad. La Historia Natural nos dice que “la miel buena viene de la cera nueva, y que la miel buena tiene el color del oro”. La cera nueva es la carne de Cristo, asumida de la carne inmaculada de la gloriosa Virgen; y en ella hay la miel de la divinidad, indicada en el oro. Está escrito en el Cantar: “La cabeza de mi dilecto es oro purísimo” (5, 11). “Cabeza de Cristo es Dios” (1Cor 11, 3). Y por eso nosotros hoy llevamos en procesión, en las manos, velas encendidas con el nuevo fuego, celebrando aquella procesión que hoy realizaron la bienaventurada María y José, llevando al templo al niño Jesús, mientras Simeón y Ana profetizaban y cantaban alabanzas.
De esta procesión dice el Salmo: “La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron” (84, 11). La misericordia de nuestra salvación está en el Redentor; la verdad de la promesa está en Simeón, a quien el Espíritu Santo había prometido que no vería la muerte sin haber visto antes a Cristo, el Señor. La justicia (la santidad) está en la bienaventurada María y en José; y la paz, en la profetisa Ana, que no se alejaba del templo y servía a Dios, día y noche, con ayunos y oraciones (Lc 2, 37).
Hoy, pues, la misericordia fue al templo y la verdad salió a su encuentro, porque Simeón acogió al niño Jesús; y allí la justicia y la paz se besaron. En el beso se deben notar la unidad y la concordia. Lo que María y José creían, también Ana lo profesó; y así se unieron en un solo espíritu.
Observa que en la vela hay tres elementos: la cera, la estopa y la llama. La cera es la carne de Cristo; la estopa, su pasión; y la llama de fuego es la Potencia de su divinidad. “Adorna tu morada, oh Sión, y acoge a Cristo, tu Rey” (Liturgia de la Purificación), para que como hoy lo representas en la vela, así lo puedas llevar también en tu conciencia.
En la cera está simbolizada la pureza de la mente, en la estopa la mortificación del cuerpo, y en la llama el ardor de la caridad. El que lleva la vela con estos sentimientos, revive dignamente el evento. ¡Sean, pues, gloria y honor a la “virgen abeja”, que hoy ofreció el Panal de miel a Dios Padre!.
De él se dice: “Tu producto tiene el primado por su dulzura”. El producto de la abeja simboliza al Hijo de la Virgen. Está escrito: “Bendito el fruto de tu vientre” (Lc 1, 42), y “su fruto es dulce a mi paladar” (Cant 2, 3).
Este fruto tiene el principio, el centro y el fin de toda dulzura, porque fue dulce en el seno, dulce en el pesebre, dulce en el templo, dulce en Egipto, dulce en el bautismo, dulce en el desierto, dulce en la palabra, dulce en el milagro, dulce montado en un borriquillo, dulce en la flagelación, dulce en la cruz, dulce en el sepulcro, dulce en los infiernos, dulce en el cielo.
Oh dulce Jesús, ¿qué cosa es más dulce que tú? Dulce es tu recuerdo, más que la miel y que todas las demás dulzuras. El tuyo es nombre de dulzura y nombre de salvación. ¿Y qué significa Jesús, sino Salvador? ¡Oh buen Jesús, justamente por ti mismo sé para nosotros Jesús! Ya que nos diste el comienzo de la dulzura, o sea, la fe, danos también la esperanza y la caridad, para que, viviendo y muriendo en ellas, merezcamos llegar a ti.
Por las súplicas de tu Madre, concédenos esta gracia, tú que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
V Sermón moral
11. “La abeja es pequeña entre los volátiles”. El nombre abeja deriva del latín apis, formado por a privativo, que significa “sin”, y “píe”, por el hecho que parece que nazca sin pies. O también, las abejas se llaman así, porque se enlazan entre sí con los pies.
Dice la Historia Natural que la abeja pequeña es más laboriosa y tiene cuatro alas sutiles; su color es negro y está como quemada. Las abejas adornadas pertenecen al número de las que no hacen nada, son de por sí solitarias y buscan la soledad y no hacen nada bueno. Las abejas obreras recogen las flores del sauce, frotan con ellas la superficie de la colmena y lo hacen únicamente a causa de los animales nocivos; y si el ingreso a la colmena es ancho, lo restringen. Durante el invierno están bien en un lugar cálido y en el verano prefieren un lugar fresco. Y advierten el invierno y la lluvia; y esto se deduce porque en aquel entonces no salen y no se alejan de la colmena, sino que vuelan entre las colmenas. Y los apicultores entienden por eso que está por llegar la lluvia.
Además, Observa que tres cosas perjudican muchísimo a las abejas: el viento, el humo y los insectos. Cuando sopla un viento fuerte, en seguida los apicultores cubren las aberturas de las colmenas, para que no se filtre el viento.
Símilmente, los que quieren sacar la miel a las abejas, las ahuman, porque el humo las aturde. En fin, hay insectos que las perjudican; si las abejas son robustas, los matan y los sacan de la colmena; las otras abejas, que son débiles, por los daños que sufren por estos insectos, se debilitan en su actividad (Aristóteles). Consideremos estos hechos uno a uno.
La abeja es cualquier justo, cuyos pies son los sentimientos de amor, infundidos en él no por la naturaleza sino por la gracia, porque “todos por nacimiento somos hijos de la ira” (Ef 2, 3). Con estos pies, o sea, con estos sentimientos, se enlazan recíprocamente los justos, como dice el Apóstol: “Emúlense en el respeto recíproco” (Rom 12, 10). Y en el Apocalipsis está escrito: “Los pies del ángel eran como columnas de fuego” (10 1). De la misma manera, los sentimientos del justo, del cristiano, deben ser columna para sostener la fragilidad de los demás, y fuego, para inflamarlos del amor de Dios.
La abeja pequeña, o sea, el justo humilde, es más laborioso. Se lee en el primer libro de los Reyes que David dice: “Yo, tu siervo, a solas maté un león y un oso” (17, 36). El que se proclama siervo, se muestra humilde. En el león está simbolizada la soberbia; en el oso, la lujuria. Cuánto trabajo cueste matar estos dos vicios, sólo lo sabe quien lo experimentó. Y Observa que antes es nombrado el león, porque si antes no se extirpa la soberbia del corazón, no se puede vencer la lujuria.
Las cuatro alas del justo son el desprecio de sí, el rechazo del mundo, el celo por el prójimo y el anhelo del reino; o también son las cuatro virtudes principales (cardinales), con las que el justo se eleva de la tierra y penetra con su mirada en los cielos.
Su color es negro, como quemado. A este propósito se lee en las Lamentaciones: “Su rostro se hizo más negro que el carbón y en las plazas ya no son más conocidos” (4, 8). El carbón apagado es el pobre de Cristo, cuyo rostro se puso negro por el hambre y la sed, por la fatiga y el sudor; y por esto en la plaza del mundo, que es la gloria humana, no se le conoce.
Las abejas adornadas son los religiosos vanos y los hipócritas que se glorían de una honestidad exterior y de la Observancia de sus tradiciones, viven aparte, buscan la singularidad; y por eso nada bueno hacen, porque sólo se preocupan de complacer a los hombres. Después, se destacan las abejas obreras, que frotan las colmenas con las flores de sauce. En el sauce está simbolizada la amargura de la abstinencia, de las vigilias y de las lágrimas, con las que los penitentes afligen su cuerpo y casi lo frotan, para protegerlo de los animales dañinos, o sea, de la lujuria y de toda incitación al mal. Los hombres carnales se untan de miel, o sea, de los placeres temporales, y por eso son acometidos por enjambres de moscas, que son los malos pensamientos y las tentaciones, mientras evitan a los justos, porque se untan de amarguras. “Nuestra carne, afirma el Apóstol, no tuvo reposo alguno” (2Cor 7, 15). Y si las aberturas de la colmena, o sea, de los sentidos del cuerpo, son anchas y abiertas por la lujuria y la curiosidad, las restringen y las reducen. “Cerrada la puerta de los sentidos, entra en la habitación de tu conciencia y allí ora a tu Padre” (Mt 6, 6).
En el invierno, o sea, en el tiempo de la adversidad, los justos deben tener un lugar cálido, o sea, un ánimo enérgico, para no ser abatidos por las adversidades; en cambio, durante el verano, o sea, en el tiempo de la prosperidad, deben tener un lugar fresco, o sea, un ánimo constante, para que la prosperidad no los hinche y los disuelva. En efecto, el calor disuelve, mientras que el frío endurece y consolida. Y conocen el invierno y la lluvia, o sea, prevén las tentaciones. En Job así se dice del caballo, o sea, del justo: “De lejos olfatea el combate, las órdenes de los comandantes y el fragor de la lucha” (39, 25). Los jefes son las tentaciones engañosas, que bajo la apariencia de la virtud parecen brindar exhortaciones razonables; y el ejército es el apetito carnal, que como un lobo aúlla descaradamente. Con todo, el justo, con el olfato de la discreción, desde lejos husmea a ambos y de ambos se cuida.
Cuando los justos advierten que está por desencadenarse la tentación, no salen (de sí mismos) a través de los sentidos del cuerpo, sino que se recogen dentro de sí, y allí se elevan con el vuelo de la contemplación. Dice el libro de la Sabiduría: “Entraré en mi casa”, o sea, en mi conciencia, “y descansaré con la sabiduría” (8, 16). La sabiduría deriva su nombre de “sabor”, ese sabor que se gusta en la contemplación.
Y Observa que tres cosas perjudican muchísimo al justo: el viento de la soberbia, que, cuando sopla, los mismos justos, que son custodios de si mismos, deben cerrar las aberturas de las colmenas, o sea, los sentidos del cuerpo, para que no les sobrevenga algún daño. Dice Job: “Un viento impetuoso irrumpió de la región del desierto, y sacudió las cuatro esquinas de la casa, que se derrumbó y mató a sus hijos” (1, 19). Job, que se interpreta “el doliente”, es el penitente; sus hijos son sus obras; la casa es la conciencia; las cuatro esquinas son las cuatro virtudes cardinales; la región del desierto es la malicia del diablo. Cuando la soberbia irrumpe impetuosa, sacude la conciencia, la cual, desarraigada de su estado, se derrumba; derrumbándose, destruye las obras de la penitencia, porque “antes de su caída el corazón se ensoberbece, y la soberbia tiene en sí misma su ruina” (Prov 18, 12).
Además, hay el humo de la avaricia, que ciega los ojos de los sabios. Cuando los demonios quieren quitarle a uno las dulzuras del espíritu, les soplan el humo de la codicia. Se lee en el libro de los jueces que Abimelec, que se interpreta “in¡ padre, rey”, y todo su pueblo “cortaron ramas de los árboles, formaron un inmenso cúmulo, les pegaron fuego y quemaron el presidio con todos los hombres y mujeres que estaban encerrados; y así sucedió que por el humo y por el fuego murieron mil personas” (9, 48-49). El árbol es el mundo, y sus ramas son las riquezas y los placeres. El diablo, que es el padre y “el rey de todos los hijos de la soberbia” (Job 41, 25), con toda la turba de los demonios, corta las riquezas y los placeres del mundo, les pone por debajo el fuego de la avaricia y ¡ay de mí! mata con el humo de la avaricia a miles de hombres y mujeres.
En fin, los insectos, o sea, las seducciones de la carne y los pensamientos impuros, son perjudiciales a los justos. Si ellos son fuertes y constantes, los matan y los alejan de sí; en cambio, si son débiles y afeminados, también sus obras serán débiles y afeminadas por los pensamientos impuros y por las seducciones de la carne.
Después de haber tocado sucintamente las propiedades de las abejas, regresemos a nuestro argumento.
12. “Entre los volátiles, pequeña es la abeja”. Los volátiles son los santos. De ellos habla Mateo: “¡Miren las aves del cielo!”, que con la contemplación se elevan hacia el cielo; “ellas no siembran” la vanidad, ni “cosechan” la tempestad -de tal semilla brota tal fruto-; “y por eso no acumulan” la condenación en los graneros del infierno (6, 26). Entre estos volátiles está la pequeña abeja, o sea, el penitente humilde, que se juzga indigno de esa asociación de los santos, entre los cuales se hace pequeño; y por esto se verifica lo que sigue: “Su fruto tiene el primado de la dulzura”. A propósito dice el Salmo: “Será como un árbol plantado junto al río” (1, 3). El árbol es el penitente, plantado junto a las corrientes de agua, o sea, en la abundancia de las lágrimas y de las gracias. Su raíz es la humildad; el tronco que emana de la raíz es la obediencia; las ramas son las obras de caridad que se extienden tanto al amigo como al enemigo; las hojas son las palabras de vida eterna; los frutos son la gloria celeste, que tiene el principio, el centro y el fin sin fin. El principio es la suavidad de la contemplación, que de cualquier manera el penitente saborea; el centro es el reposo del alma después de la muerte del cuerpo; el fin sin fin es la doble estola de gloria en la bienaventuranza eterna.
Dígnese concedernos esa bienaventuranza eterna aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!