Domingo de Ramos
Exordio.
Sermón sobre la pasión de Cristo
1. En aquel tiempo: “Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén y llegaba a Betfagé, al monte de los olivos … “ (Mt 21, 1). Jeremías así habla al alma pecadora: “Sube a Galaad y toma el bálsamo (resina), oh virgen hija de Egipto” (46, 11). La hija de Egipto es el alma enceguecida por los placeres de este mundo. Egipto se interpreta “tiniebla”. Jeremías dice: “¿Cómo en su ira el Señor oscureció”, o permitió que fuera oscurecida, “a la hija de Sión?” (Lm 2, 1), o sea, ¿al alma que debe ser hija de Sión? Ella es llamada virgen, porque estéril de buenas obras. Continúa Jeremías: “El Señor holló el lagar, o sea, la pena eterna, para la virgen hija de Sión” (Lm 1, 15), porque permaneció estéril de la prole de las buenas obras. Y le dice: “Sube” con los pies del amor y los pasos de la devoción, “a Galaad”, que se interpreta “cúmulo de testimonios”. Sube, pues, a la cruz de Jesucristo, en la que se hallan reunidos innumerables testimonios de nuestra redención: los clavos, la lanza, la hiel, el vinagre, y la corona de espinas; y de allí “toma el bálsamo”. La resina es una “lágrima” que brota de un árbol. El bálsamo mejor de todos es el del terebinto (trementina). Ella simboliza la gota de la sangre preciosísima que fluyó del árbol, plantado en el jardín de las delicias, junto a la corriente del agua, para la reconciliación del género humano. oh alma, toma para ti ese bálsamo y unta tus heridas, porque El es la medicina más poderosa y más eficaz para sanar las heridas, para alcanzar el perdón y para infundir la gracia. Sube, pues, a Galaad, o sea, sube con Jesús a Jerusalén, porque El también subió para este día de fiesta. Se dice en el evangelio de hoy: “Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén …
2. En este evangelio se deben observar cuatro momentos. Primero: Jesús que se acerca a Jerusalén: “Mientras se acercaba Segundo: el envío de los dos discípulos a la aldea: “Entonces envió a dos de sus discípulos”. Tercero. el asiento del rey manso, pobre y humilde, sobre el asna y su borriquillo: “Digan a la hija de Sión Cuarto: el entusiasmo y las aclamaciones de la gente:
“Hosanna al Hijo de David…”; y “ Una gran multitud …
I Jesús se acerca a Jerusalén
3. “Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén observa que el Señor, al dirigirse a Jerusalén, siguió este itinerario: ante todo, Betania: de Betania a Betfagé, de Betfagé al monte de los Olivos. Vamos a ver lo que significa todo esto. Ante todo veremos su significado alegórico y después el moral. Betania, que se interpreta “casa de la obediencia”, o “casa del don de Dios”, o también “casa agradable al Señor”, simboliza a la Virgen María, que obedeció a la voz del ángel y por esto mereció recibir el don celestial, el Hijo de Dios; y así por encima de todos fue agradable a Dios.
De ella se habla en los Proverbios: “Muchas hijas amontonaron riquezas, pero tú las superaste a todas” (31, 29). Ningún santo acumuló en su alma tanta riqueza de virtud como la virgen María, que, por su extraordinaria humildad y la flor incontaminada de la virginidad, mereció concebir y dar a luz al Hijo de Dios, “quien es, sobre todas las cosas, el Dios bendito” (Rom 9, 5).
De Betania Jesús se dirigió a Betfagé, que se interpreta “casa de la boca”. Ella simboliza la predicación de Jesús. Ante todo, Jesús llegó a Betania, o sea, asumió carne humana de la Virgen, para después dedicarse a la predicación. Por eso El mismo dice en Marcos: “Vamos a los lugares vecinos y a las ciudades, para que yo predique también allí, porque para eso vine” (1, 38). Y de Betfagé llegó al monte de los olivos, o sea, de la misericordia. Eleos (término griego que se asemeja al latino olea, olivo) se interpreta “misericordia”. El monte de los olivos señala la grandeza de los milagros que Jesús misericordioso y benévolo concedía a los ciegos, a los leprosos, a los endemoniados y a los muertos. Todos estos beneficiados exclaman por boca de Isaías.”Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; éste es tu nombre desde la eternidad” (63, 16). Nuestro Padre por la creación y nuestro salvador por los milagros obrados. Este es tu nombre desde la eternidad, porque tú eres el Dios bendito por los siglos.
Y del monte de los Olivos llegó a Jerusalén, para llevar a cabo el negocio de nuestra salvación, por el cual había venido, y para rescatar de las manos del diablo al género humano, esclavo en la cárcel del infierno por más de cinco mil años. De esta manera Cristo nos liberó, como el avestruz libera a su polluelo.
Se cuenta que el muy sabio rey Salomón poseía una especie de ave, o sea, un avestruz, a cuyo hijo había encerrado en un frasco de vidrio. La madre lo miraba muy afligida, pero no podía tenerlo.
Finalmente, por el extraordinario amor por el hijo, fue al desierto, donde halló un gusano, lo llevó consigo y lo despedazó sobre el frasco de vidrio. El poder de la sangre del gusano quebré el vidrio y así el avestruz liberó a su polluelo (Pedro Comestor). Vamos a ver que significados puedan tener el avestruz, el polluelo, el frasco de vidrio, el desierto, el gusano y su sangre.
Esa ave es figura de la divinidad; el polluelo, Adán y su posteridad; el frasco de vidrio, la cárcel del infierno; el desierto, el vientre virginal; el gusano, la humanidad de Cristo; la sangre, su pasión. Dios, para liberar al género humano de la cárcel del infierno y de la mano del diablo, vino al desierto, o sea, al vientre de la Virgen, de la que asumió “el gusano”, o sea, la humanidad. El mismo dijo: “Yo soy un gusano y no sólo un hombre” (Salm 21, 7), porque era Dios y hombre. Despedazó el gusano en el patíbulo de la cruz, y de su costado salió la sangre, cuyo poder quebró las puertas del infierno y liberó al género humano de las manos del diablo.
4. Vamos a ver qué significado moral tengan Betania, Betfagé, el monte de los olivos y Jerusalén.
Dice Juan en su evangelio: “Jesús, seis días antes de la Pascua”, o sea, el sábado que precede el domingo de Ramos, “llegó a Betania, donde había muerto Lázaro, a quien después resucitó. Le prepararon una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales junto con Jesús. María tomó una libra de puro nardo precioso y ungió los pies de Jesús” (12, 1-3). En cambio, Mateo y Marcos dicen que derramó el nardo perfumado sobre la cabeza de Jesús, recostado a la mesa.
Betania se interpreta “casa de la aflicción”. Y ésta es la contrición del corazón, de la que habla el Profeta: “Estoy afligido y humillado en demasía; rujo por los gemidos de mi corazón” (Salm 37, 9). En esta casa fue resucitado Lázaro, cuyo nombre se interpreta “ayudado”. En la casa de la contrición el pecador resucita, cuando es ayudado por la gracia divina. Entonces puede decir con el Profeta: “Mi corazón esperó en El y fui ayudado” (Salm 27, 7). Cuando el corazón espera, la gracia va en ayuda. Y el corazón puede esperar en la indulgencia, cuando lo aflige el dolor de la contrición por los pecados. “Entonces le prepararon una cena, y Marta servía”. Las dos hermanas del pecador resucitado de la muerte del pecado, Marta, que significa “la que provoca” o “la que irrita”, y María, que se interpreta “estrella del mar”, son el temor de la pena y el amor de la gloria. El temor de la pena provoca al pecador y lo excita, como a un perro, para investigar y confesar el pecado y sus circunstancias. El amor de la gloria ilumina, el temor agobia, el amor alienta.
“Marta servía”. El temor, ¿para qué sirve? Por cierto, suscita el pan del dolor y el vino de la compunción, Esta es la cena de Jesús, de la que dice Mateo: “Mientras cenaban, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos… Y tomando el cáliz, dio las gracias y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Beban todos de él” (26, 26-27).
“Lázaro era uno de los comensales junto con Jesús”. Para que no pareciera un fantasma, sino para que fuera evidente su resurrección, él come y bebe. ¡Qué gran gracia! El pecador, que antes estaba extendido en la tumba, ahora está sentado a la mesa. Aquel que antes ansiaba llenar el vientre, o sea, la mente, con las algarrobas de los puercos, o sea, con las inmundicias de los demonios -¡y nadie se las daba!-, ahora banquetea con Jesús y sus discípulos.
“María tomó una libra de nardo pístico precioso”. La libra se compone de doce onzas; y aquí tenemos un tipo de peso perfecto, porque la libra consta de tantas onzas cuantos son los meses del año. La libra se llama así, porque es “libre” y porque comprende en sí misma todos los pesos, El nardo era “pístico”, o sea, fiel, genuino y sin impostura, y deriva del griego pistis, o sea, fe.
La libra, compuesta por doce onzas, es la fe de los doce apóstoles, libre y perfecta. María, pues, o sea, el amor de la gloria celestial, con una libra de nardo genuino, o sea, con la fe de los doce apóstoles, ungió la cabeza de la divinidad y los pies de la humanidad, reconociendo que Cristo es Dios y Hombre, que nació y sufrió la pasión. Y así la casa, o sea, la conciencia del penitente, se llenó del perfume del ungüento; y así podía decir con la esposa del Cantar de los Cantares: “Oh Señor Jesús, con la atadura de tu amor arrástrame en pos de ti, para que yo corra tras el perfume de tus ungüentos” (1, 3); y de esa manera llegaré de Betania a Betfagé.
5. Betfagé se interpreta “casa de la boca”, y simboliza la confesión, en la que debemos estar como residentes, no huéspedes de una sola noche que ya pasó, para que no nos suceda lo que dijo Jeremías: “Así dice el Señor de este pueblo: “Se deleitó en tener en movimiento sus pies y no se cansó; esto no agradó al Señor, el cual ahora se acordará de su maldad y visitará (castigará) sus pecados” (14, 10).
“Y de Betfagé llegó al monte de los Olivos”. Recuerda que el monte de los olivos era llamado “el Monte de las tres luces”, porque era iluminado por el sol, por sí mismo y por el templo: por el sol, porque, puesto al oriente, recibía los rayos del sol; por sí mismo, por la abundancia del aceite, que producía; por el templo, o sea, por las lámparas que de noche allí ardían y así iluminaban el monte. El monte de los Olivos significa la importancia de la satisfacción, a la cual debe llegar el penitente desde la casa de la confesión. Y con toda razón la satisfacción es llamada “el Monte de las tres luces”. En efecto, el hombre, entregándose a la satisfacción penitencial, es iluminado por el sol de justicia, Jesucristo, que dijo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12); es iluminado por si mismo, porque debe estar abastecido de aceite abundante, o sea, de misericordia, hacia sí mismo y hacia el prójimo. Dice Job: “Al visitar a tus semejantes, no pecarás” (5, 24). Dijo un santo: “jamás el alma podrá ver por encima de sí a sus semejantes, mediante la verdad, como cuando la carne se inclina, mediante la caridad, hacia sus semejantes que están por debajo de ella”. En fin, es iluminado por el templo, o sea, la comunidad de los fieles, a los cuales dice el Apóstol: “Santo es el templo de Dios, que son ustedes” (1Cor 3, 17).
Y del monte de los Olivos Jesús llegó a Jerusalén. Los tres momentos: la contrición del corazón, la confesión de la boca la obra de satisfacción llevan y a la luz, a la Jerusalén celestial, a la bienaventuranza eterna. Con razón se dice:
“Mientras Jesús se acercaba a Jerusalén …
II El envío de dos discípulos a la aldea
6. “Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan a la aldea, que está enfrente de ustedes; y en seguida hallarán un asna atada y un pollino con ella. Desátenla y tráiganmelos” (Mt 21, 1-2).
Vamos a ver el significado moral de los discípulos, de la aldea, del asna y del pollino.
El discípulo es llamado así, porque aprende la disciplina. La aldea es un recinto rodeado de muros y con una torre en el centro. El asno (en latín asinus), o asna, es llamado así, porque deja las cosas altas (alta sinens); y pollino es como poluto (contaminado), porque nacido hace poco.
Los dos discípulos del justo, que aprenden la disciplina de la paz, son el desprecio del mundo y la humildad del corazón.
Estos dos discípulos son como Moisés y Aarón, que sacan a los judíos de Egipto; son como las dos palancas que transportaban el arca de la alianza; son como los dos querubines que miraban el propiciatorio del arca, dirigiéndose el uno hacia el otro.
En Moisés, que, como dice el Apóstol a los hebreos, “estimaba el oprobio de Jesucristo riqueza más grande que los tesoros de Egipto” (11, 26), está representado el desprecio del mundo. En Aarón, que “extinguió el fuego y aplacó la ira de Dios, para que no se ensañara contra el pueblo” (Num 16, 46-49), está representada la humildad del corazón, que extingue el fuego de la sugestión diabólica y aplaca la ira del castigo divino. Estos dos discípulos, como palancas fortísimas, transportan el arca de la alianza, o sea, la doctrina de Jesucristo, o la obediencia al prelado. Miran hacia el propiciatorio, o sea, hacia el mismo Jesucristo, que es “propiciación por nuestros pecados” (Jn 4, 10); miran, diré más, a Cristo recostado en el pesebre, colgado de la cruz, colocado en el sepulcro.
El justo envía a estos dos discípulos, diciendo: “Vayan a la aldea, que está enfrente de ustedes”. La aldea está formada, como ya indicamos, por un muro perimetral y una torre. En el muro está señalada la abundancia de bienes temporales, en la torre la soberbia del diablo. Como en el muro se coloca una piedra sobre otra, y las piedras se sueldan entre sí con argamasa, así en la abundancia de las cosas temporales el dinero se añade al dinero, “una casa se junta con otra y un campo se agrega a otro” (Is 5, 8); y el todo se suelda tenazmente con el cemento de la codicia.
De este muro dice Isaías: “Mi vientre vibrará como arpa por Moab, y mis entrañas vibrarán por el muro de ladrillos cocidos” (16, 11). Y Jeremías, casi con las mismas palabras: “Mi corazón resonará como flauta por causa de Moab; y mi corazón dará sonido de flautas por los hombres del muro de ladrillos cocidos, porque perecieron sus riquezas” (48, 36). En el vientre se designa la mente, en el arpa o en la flauta se designa la melodía de la predicación. Con la mente y el corazón compungidos y con la melodía de la predicación, Isaías y Jeremías, o sea, cualquier predicador, deben resonar por Moab, que se interpreta “del padre”, o sea, por el pecador, cuyo padre es el diablo, que construye el muro con ladrillos cocidos y con ladrillos de arcilla, o sea, con la abundancia de los bienes temporales: cocido, porque endurecido con el fuego de la codicia; y de arcilla, porque pronto a caer.
Asimismo, en la torre está señalada la soberbia del diablo. Esta es la torre de Babilonia, o sea, de la confusión, y la torre de Siloé, que, como se lee en Lucas, al desplomarse, mató a dieciocho hombres (13, 4). El justo envía contra esta aldea a dos de sus discípulos, o sea, el desprecio del mundo, para que haga desplomarse el muro de la abundancia transitoria, y la humildad del corazón, para que derribe la torre de la soberbia.
7. Con razón dice: “La aldea que está enfrente de ustedes”. La abundancia de bienes materiales es siempre contraria a la pobreza; y la soberbia es contraria a la humildad. En esta aldea se encuentran el asna atada y el pollino con ella. El asna, que evita las cosas altas y camina por el llano, representa la vida de los clérigos y de los religiosos que, abandonada la altura de la contemplación, procede perezosa y fatua entre las bajezas del placer carnal. ¡Ay de mí! ¡Con cuántas cadenas de placeres y con cuántas cuerdas de pecados está atada esta asna!
“Y con el asna el pollino”, o borriquillo. Este pollino del asna simboliza al clérigo o al religioso, llamado con razón pollino, porque está poluto por muchos vicios. Aquí está junto con el asna, mamando desde atrás sus ubres, o sea, de gula y de lujuria. De esos clérigos y religiosos se lamenta el Señor por boca de Jeremías: “Los sacié, y ellos adulteraron, y en casa de la meretriz se entregaron a la lujuria” (5, 7). El mismo Jeremías dice que “su cinturón se había podrido en el río Éufrates, y ya no servía para ninguna cosa” (13, 7). El cinturón de castidad de muchos clérigos y religiosos se pudre en el río Éufrates, que se interpreta “fértil”, e indica la abundancia de los bienes temporales -en efecto, de la gordura procede la iniquidad-; y as! ellos no sirven para nada, sino para ser arrojados al estercolero del infierno.
¡Desátenlos y tráiganmelos!”. Oh Señor Jesús, ¿qué es lo que dices? ¿Quién podrá desatar las cadenas de los clérigos y de los falsos religiosos, las riquezas, los honores y los placeres que los tienen enredados, derribar su soberbia y llevarlos a ti? “Todos -dice Jeremías- son como un caballo que corre impetuosamente” (8, 6). “Su carrera es hacia el mal; y su fuerza es diferente” (Jer 23, 10) de la imagen y semejanza de cómo los había creado, ya que están contaminados no por un solo vicio sino por diversos vicios. Por eso continúa Jeremías: “El profeta y el sacerdote se contaminaron, y en mi casa hallé su maldad. Ellos llegaron a ser para mí como los habitantes de Sodoma y Gomorra. Por eso dice el Señor: “Yo los alimentaré con ajenjo”, o sea, con la amargura de la muerte eterna, “y los abrevaré con hiel”, o sea, con la amargura del remordimiento de conciencia. “Porque de los profetas de Jerusalén”, o sea, de los clérigos y religiosos, “ salió la impiedad sobre toda la tierra” (Jer 23, 11 y 14-15).
¡Desátenlos, dice Jesús, y tráiganmelos!”. El desprecio del mundo y la humildad del alma desatan todas las ataduras y llevan al Señor al asna y al pollino.
III - Jesucristo Rey, montado sobre un asna
8. “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que habla sido anunciado por el profeta Zacarías: “Diga a la hija de Sión: he ahí a tu rey, que viene a ti manso, sentado sobre un asna y con un pollino, hijo de animal de carga” (Mt 21, 4-5). Y éstas son las palabras de Zacarías: “Exulta grandemente, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén: he ahí, a ti viene tu rey; él es justo y salvador. El es pobre y está sentado sobre un asna, sobre un pollino hijo de asna. Destruiré las cuadrigas de Efraím y los caballos de Jerusalén; y los arcos de guerra serán quebrados” (9, 9- 10).
Sión y Jerusalén son la misma ciudad, porque Sión es la torre de Jerusalén y simboliza a la Jerusalén celestial, en la cual existen la eterna contemplación y la visión de la paz absoluta.
La hija de Sión es la santa Iglesia, a la cual, oh predicadores, deben decir: “Exulta grandemente en tus obras y alégrate en tu mente. El júbilo nace en el corazón con tanta alegría, cuanta no es capaz de expresar la eficacia del sermón. “He ahí a tu rey”, del que dice Jeremías: “No hay alguno como tú, Señor; tú eres grande y grande es la potencia de tu nombre. ¿Quién no te temerá, oh Rey de las naciones?” (10, 6-7). El, como leemos en el Apocalipsis, “en su manto y en su fémur lleva grabado: “Rey de los reyes y Señor de los señores” (19, 16).
El manto simboliza sus pañales y el fémur es su carne. En Nazaret Jesús se “coronó” de carne humana, como una diadema; en Belén fue envuelto en pañales, como una púrpura. Estas fueron las primeras insignias de su realeza. Contra esas insignias se ensañaron los judíos, como si quisieran privarlo de su reino. Por causa de ellos, Cristo en su pasión fue despojado de sus vestiduras y su carne fue crucificada con los clavos. Pero allí su realeza se afirmó perfectamente. Después de la corona y la púrpura, sólo le faltaba el cetro. Recibió también el cetro cuando, como dice Juan, “llevando su cruz, se encaminó hacia el Calvario” (19, 17). E Isaías: “Y sobre sus hombros se estableció el principado” (9, 6); y el Apóstol a los hebreos: “Hemos visto a Jesús coronado de gloria y honor, a causa del suplicio de la muerte” (2, 9).
9. “He ahí a tu rey, que viene a ti”, o sea, para tu utilidad; “viene manso”, para ser amado”, no para ser temido por su poder, “sentado sobre un asna”. Dice Zacarías. “Es el justo y el salvador, pero pobre, sentado sobre un asna”.
Las virtudes propias de un rey son dos: la justicia y la piedad. Así tu Rey es justo con respecto a la justicia, porque da a cada uno según sus obras; y con respecto a la piedad, es manso y redentor. Y es también pobre, como lo pondera el Apóstol en la epístola de hoy: “Se anonadó a sí mismo, tomando la condición de siervo” (Filp 2, 7). Ya que Adán en el paraíso terrenal no quiso servir al Señor, el Señor tomó la condición de siervo, para servir al siervo y para que en adelante el siervo no se avergonzara de servir al Amo.
“Hecho semejante a los hombres y, por condición, reconocido como hombre” (Filp 2, 7). Dice Baruc: “Por eso apareció en la tierra y vino a convivir con los hombres” (3, 38). Aquel “como” (en latín, ut) expresa la verdad, la realidad, y no la semejanza. “Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y la muerte de cruz” (Filp 2, 8). San Agustín comenta: “Nuestro Redentor tendió a nuestro capturador la trampa de la cruz y puso como cebo su sangre. Sin embargo, El derramó su sangre, que no era sangre de deudor, y por esto se separó de los deudores”. Y el bienaventurado Bernardo dice de Cristo: “Tanto apreció la obediencia, que prefirió la obediencia a la vida, hecho obediente al Padre hasta la muerte y la muerte de cruz”. Aquel que no tenía lugar donde descansar la cabeza, encontró lugar en la cruz, donde, “inclinando la cabeza, rindió el espíritu” (Jn 19, 30).
10. “El fue pobre”. Dice Jeremías: “Oh esperanza de Israel y su salvador en el tiempo de la aflicción, ¿por qué estarás en la tierra como un colono y como un viandante que recusa quedarse? ¿Por qué serás como un hombre errabundo y como un fuerte incapaz de salvar?” (14, 8-9).
Nuestro Dios, el Hijo de Dios, aquel a quien esperábamos, llegó; y en el tiempo de la tribulación, o sea, de la persecución diabólica, nos salvó; y como colono, forastero y peregrino cultivó nuestra tierra y la regó con el agua de su predicación.
El fue un viandante libre de todo estorbo, o sea, inmune del pecado; cumplió su camino, porque “exultó como un gigante que recorre su camino” (Salm 18, 6); reclinó su cabeza en la cruz, cuando dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46): y después permaneció encerrado en el sepulcro tres días y tres noches.
Aquí es llamado “hombre errabundo”, según la valoración de los judíos, que lo consideraban vagabundo e inconstante. Por esto, cuando El decía: “Tengo el poder de ofrecer mi vida y tengo el poder de retomarla”, muchos de ellos le endilgaban: “Está endemoniado y enloquecido. ¿Por qué lo están escuchando?” (Jn 10, 18-20). Por la condición de siervo, que había asumido, les parecía que era impotente para salvar. Sin embargo, El fue “el hombre fuerte” que, con las manos traspasadas por los clavos, venció al diablo. “He ahí a tu rey; El viene a ti manso, sentado sobre un asna y con un pollino, hijo de animal de carga, o sea, hijo de la misma asna, domada con la albarda”. ¡Ojalá quisieran los clérigos y los religiosos acoger a un Rey tan grande y a un jinete tan noble, y transportarlo devotamente, como lo hicieron aquellos mansos animales, para merecer entrar con El en la Jerusalén celestial! Pero, ellos son hijos de Belial, o sea, “sin yugo”, que, como dice Jeremías, “caminaron en pos de sus trivialidades y ellos mismos llegaron a ser vanidad; y no preguntaron: “¿Dónde está el Señor?” (Jer 2, 5-6). Ellos despedazaron el yugo y arrancaron las ataduras y dijeron: “¡No serviremos!”. Por eso, añade el Señor: “Dispersaré las cuadrigas de Efraím y los caballos de Jerusalén; y los arcos de guerra serán quebrados”.
La cuadriga, que gira sobre cuatro ruedas, representa la abundancia en la que viven los clérigos y que consiste en cuatro características: amplitud de las propiedades, acumulación de prebendas y de rentas, suntuosidad de alimentos y lujo de los vestidos. El Señor dispersará esta cuadriga y arrojará al mar del infierno al conductor; y exterminará al caballo, o sea, la soberbia espumosa y desenfrenada de los religiosos que, bajo el hábito religioso y con pretexto de santidad, se consideran grandes. Pero el Señor, grande y poderoso, que mira a los humildes y destrona a los soberbios, echará a este caballo de la Jerusalén celestial, en la que nadie entrará, si no se humilla como un niño, como se humilló El mismo hasta la muerte y la muerte de cruz.
11. En sentido moral. El rey, sentado sobre el asna el pollino, simboliza al justo, que mortifica su carne y frena sus estímulos. Dice Jeremías: “Virgen de Israel, todavía te adornarás con tus panderos y saldrás en el coro de danzarines” (31, 4). En el pandero, que es la piel de un animal muerto, extendida sobre un madero, está indicada la mortificación de la carne; y en el coro, en el que las voces cantan juntas, está simbolizada la concordia de la unidad.
El alma, pues, se adorna con los panderos y sale en el coro de los danzarines, cuando se adorna con la mortificación de la carne y la concordia de la unidad. Exhorta el profeta: “Con el pandero y con el coro alaben al Señor” (Salm 150, 4).
De otra manera. El rey, sentado sobre un asna, es el obispo, que gobierna al pueblo que se le confió. De él dice Salomón: “Bienaventurada es la tierra”, o sea, la Iglesia, “cuyo rey es noble y cuyos príncipes”, o sea, los prelados, “comen a su debido tiempo, para alimentarse y no para andar de comilonas” (Ecle 10, 17). “Comen sólo para vivir, no viven para comer” (Glosa). “Comen también a su debido tiempo”, porque no buscan aquí abajo la recompensa, sino la futura.
Este rey, como ya hemos señalado, debe ser manso, justo, salvador y pobre. Manso hacia sus súbditos; justo hacia los soberbios, infundiendo vino y aceite; salvador hacia los pobres; y pobre en medio de las riquezas. o también, debe ser manso, si recibe alguna injuria; justo ejerciendo la justicia con todos; salvador con la predicación y la oración; pobre por la humildad del corazón y el desprecio de sí mismo ¡Bienaventurada el asna y bienaventurada la Iglesia, que tiene a tal jinete!
En cambio, el obispo de nuestro tiempo es como Balaam, sentado sobre el asna. Ella vela al ángel; pero Balaam no lo podía ver. Balaam se interpreta el que precipita a la fraternidad”, o “el que alborota a la gente”, o “el que devora al pueblo”. Un obispo escandaloso es un tronco inútil. Con su mal ejemplo, precipita a la fraternidad de los fieles en el pecado y después en el infierno; con su necedad, porque es también inepto, alborota a la gente; y con su avaricia devora al pueblo. Ese prelado, sentado sobre el asna, no sólo no ve al ángel, sino que ve al diablo, dispuesto a precipitarlo al infierno. En cambio, el pueblo simple, que tiene una fe recta y se comporta honestamente, ve al ángel del Sumo Consejo, reconoce y ama al Hijo de Dios.
IV- La multitud venera y aclama a Cristo
12. ,Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus vestidos por el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y las extendían por el camino. Y la gente, que iba adelante y la que le seguía, aclamaba diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Mt 21, 8-9). Presta atención a estos tres momentos: “Tendía sus vestidos”, “cortaban ramas”, “aclamaban:
¡Hosanna!”.
Los vestidos simbolizan los miembros de nuestro cuerpo, con los cuales se viste el alma. De ellos dice Salomón: “En todo tiempo sean blancos tus vestidos” (Ecle 9, 8). Debemos tenderlos por el camino, o sea, exponerlos por el nombre de Jesús a la pasión y a la muerte. As! mereceremos recibirlos gloriosos e inmortales en la resurrección final, cuando “este cuerpo corruptible se revista de la incorruptibilidad y este cuerpo mortal se revista de la inmortalidad” (1Cor 15, 53).
Las ramas son los ejemplos de los santos padres, de los que dice el Señor: “Tomarán para ustedes los frutos del árbol más lindo, espatas de palmeras, ramas de árboles frondosos y sauces de los arroyos, y se regocijarán delante de su Dios “ (Lv 23, 40). El árbol más hermoso es la gloriosa Virgen María, cuyos frutos fueron la humildad y la pobreza. Las palmas fueron los apóstoles, que lograron victoria sobre este mundo; y las espatas son los frutos de las palmeras, antes de que se abran, y en ellas vemos la fe, la esperanza y la caridad de los apóstoles. El árbol de densas frondas es la cruz de Jesucristo, que por todo el mundo expandió las densas frondas de la fe.
Las ramas de este árbol fueron los cuatro brazos de la cruz, en los que fueron clavados las manos y los pies de Cristo. En las cuatro extremidades de la cruz fueron colocadas cuatro piedras preciosas, que son la misericordia y la obediencia, la paciencia y la perseverancia. La extremidad superior luce la misericordia, la derecha la obediencia, la izquierda la paciencia y la inferior la perseverancia, Los sauces de los arroyos, que permanecen siempre verdes, simbolizan a todos los santos, que en el torrente de esta vida pasajera y mortal son siempre verdes y perseveran en sus obras de bien.
Cosechemos, pues, para nosotros los frutos del árbol más hermoso, o sea, la pobreza y la humildad de la Virgen María; las espatas de las palmeras, o sea, la fe, la esperanza y la caridad de los apóstoles; las ramas del árbol de densas frondas, o sea, la misericordia y la obediencia, la paciencia y la perseverancia de la pasión de Jesucristo; y los sauces del torrente, o sea, las lozanas obras de todos los santos; y exultemos delante del Señor Dios nuestro, Jesucristo, aclamando con la gente y con los niños de los hebreos: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en lo más alto de los cielos!”. Hosanna se interpreta “salvación” o “salva, te conjuro”. Hosanna, o sea, la salvación pertenece al Hijo de David, o viene del Hijo de David, o por medio del Hijo. Bendito, o sea, “inmune de pecado”. Y tú, oh Cristo, eres bendito de manera peculiar, porque tú vienes en el nombre del Padre, o sea, en honor del Padre; tú vienes, o sea, que un día vendrás. En efecto, “tú que ante todo apareciste en la condición de siervo, aparecerás hacia el fin en la gloria del Señor” (Glosa). “¡Hosanna en lo más alto de los cielos!”, o sea, salva en lo más alto de los cielos, como si dijera: “Tú, que salvaste en tierra con la redención, sálvanos, te lo conjuramos, dándonos un lugar en los cielos”.
Te imploramos, pues, oh bendito Jesús. Haz que también nosotros nos acerquemos a Jerusalén con tu temor y con tu amor. De la aldea de esta peregrinación terrenal llévanos a ti, y tú, rey nuestro, descansa sobre nuestras almas. Y así, junto con los niños que elegiste de este mundo, o sea, con los apóstoles, merezcamos bendecirte, alabarte y glorificarte en la ciudad santa, en la eterna bienaventuranza.
Concédenos esta gracia tú, al cual pertenecen el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! Y toda alma fiel responda: “¡Amen! ¡Así sea!”.