Domingo XV después de Pentecostés
Exordio.
La pasión de Cristo y la formación de nuestra vida
1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Nadie puede servir a dos señores” (Mt 6, 24). Se lee en el libro de Tobías que el ángel Rafael dijo a Tobías: “Despanzurra el pez; sácale el corazón, la hiel y el hígado, y guárdalos, porque son medicamentos necesarios y útiles” (Tob 6, 5). Vamos a analizar lo que signifiquen el pez, el corazón, la hiel y el hígado.
El pez es figura de Cristo, que le dice a Pedro: “ve al mar y echa el anzuelo. El primer pez que saques, tómalo, ábrele la boca y hallarás un estáter (moneda de plata); tómalo y dáselo a los cobradores del impuesto por mí y por ti” (Mt 17, 26). El pez es, pues, figura de Cristo, que habitó en este mar grande y espacioso. El fue el primero en subir y ofrecerse a la muerte por nuestra redención, para que lo que se halló en su boca, o sea, en su testimonio, fuera dado por Pedro y por el Señor. Con razón fue pagado el mismo precio, porque fue dado por Pedro como pecador, mientras el Señor no cometió ningún pecado. El estáter vale dos didracmas (cuatro dracmas), para manifestar la semejanza de la carne, mientras al mismo precio son liberados el Señor y el siervo. O también: el estáter en la boca de Cristo es figura de su misericordia y de su justicia: misericordia, cuando dijo: “¡Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados!” (Mt 11, 28); y justicia, al decir: “ ¡Vayan, malditos, al fuego eterno! “ (25, 4 1). Despanzurra, pues, este pez; o sea, medita profundamente en la vida de Cristo y allí hallarás el corazón, la hiel y el hígado. Con el corazón comprendemos, con la hiel nos irritamos y con el hígado amamos. En el corazón está simbolizada la sabiduría, en la hiel la amargura y en el hígado el amor de Jesucristo. Con el sabor de la sabiduría, que “despliega su fuerza de una frontera a la otra del mundo y todo lo gobierna con suavidad” (Sab 8, 1), condimenta tu insipidez; mezcla la amargura de su pasión a tus placeres; coloca su amor por encima de todo otro amor, que sin su amor debe decirse, más bien, dolor y no amor. Estos medicamentos son muy útiles a tu alma; y si tú los guardas para ti, serás siervo no del diablo sino de Dios, no de la carne sino del espíritu, no del mundo sino del cielo.
La sabiduría de Cristo quebranta el dominio del diablo. Dice Job: “Su sabiduría hiere al soberbio” (26, 12). El antiguo adversario no fue vencido por la fuerza sino por la sabiduría, mientras temerariamente acometía contra Cristo, en el cual no había nada que le concerniese; y así con razón perdió al hombre, sobre el cual tenía casi algún derecho de dominio.
La amargura de su pasión somete también los apetitos de la carne. Dijo alguien: “El recuerdo del Crucificado crucifica los vicios” (Guerrico, abad). Sobre este tema consulta el sermón del domingo de Quincuagésima, sobre el evangelio: “Un ciego estaba sentado al borde del camino”.
Símilmente, el contraveneno de su amor elimina el veneno de las riquezas. Se dice en el mismo Tobías, que “su humo”, o sea, la eficacia de su amor, “aleja toda especie de demonios” (6, 8), o sea, toda ansia de riquezas, las que, como demonios, despedazan y afligen a los hombres. Todos los ricos de este mundo están como endemoniados: corren de una parte a la otra, hechos siervos no del auténtico señor, sino del falso. De ellos se dice en el evangelio de hoy: “Nadie puede servir a dos señores”.
2. Considera que queremos dividir el evangelio de hoy en tres partes. La primera: “Nadie puede servir a dos señores”. La segunda: “Les digo: no se preocupen”. La tercera: “Busquen ante todo el reino de Dios”. La primera trata de los dos señores; la segunda elimina toda preocupación; la tercera manda que se busque ante todo el reino de Dios. Pondera también que en este tercer domingo de setiembre se lee en la iglesia el libro de Tobías, del cual vamos a sacar algunos pasajes, para ver la concordancia con las tres partes del evangelio. En el introito de la misa de hoy se canta el Salmo: “¡Piedad de mí, Señor, a ti grito todo el día! “ (85, 3). Se lee después la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los Gálatas: “Si vivimos en el Espíritu, caminemos también según el Espíritu” (5, 25). Vamos a dividirla en tres partes y concordar con las tres partes del evangelio. La primera parte: “Si vivimos en el Espíritu”. La segunda parte: “Lleven las cargas los unos de los otros”. La tercera parte: “El que siembra en el Espíritu”.
Y presta mucha atención. Esta epístola se lee con este evangelio, porque el Señor, en el evangelio, prohíbe las preocupaciones del alma, o sea, la animalidad; enseña a buscar el reino de Dios; y Pablo en la epístola enseña a vivir según el Espíritu y a sembrar no en la carne sino en el Espíritu, porque el que siembra en el Espíritu cosechará la vida eterna.
I Los dos señores
3. “Ninguno puede servir a dos señores: o aborrecerá al uno y amará al otro; o estimará al uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y a las riquezas” (Mt 6, 24).
Considera que el alma tiene dos partes: la razón y la sensualidad, que son como dos señores. Del dominio de la razón dice Isaac en el Génesis: “Yo lo constituí tu señor y le di por siervos a todos sus hermanos” (27, 37). Y esto sucede cuando la propia voluntad y los sentidos del cuerpo se someten al dominio de la razón. En el mismo libro dice Jacob de Judá: “El ata a la viña su pollino y a la vid, hijo mío, su asna” (49, 11).
Judá es el penitente, la viña la razón, la vid la compunción, el asna la sensualidad y el pollino sus impulsos. Judá ata a la vid el asna y a la viña el pollino, cuando el penitente somete la sensualidad con la compunción del corazón y refrena bajo el yugo de la razón los impulsos de la sensualidad. En el mismo Génesis se trata todavía de esto, donde José dice a sus hermanos: “Me parecía que estuviéramos atando las gavillas en el campo; y he aquí que mi gavilla se levantó y quedó derecha, y sus gavillas se movieron a su alrededor y se postraron delante de la mía. Le dijeron sus hermanos: “¿Serás, acaso, nuestro rey? ¿o nos someteremos, quizás, a tu autoridad?” (3 7, 75). La gavilla, en latín manipulus, es un manojo de espigas, que se aferra con la mano.
José es el justo, cuya gavilla es la razón, que, cuando se alza derecha mediante el desprecio de las cosas temporales y permanece inmóvil en lo alto de la contemplación, entonces las demás gavillas, o sea, los sentidos del cuerpo, se someten a su mandato. También en el Génesis dice Isaac: “Sé señor de tus hermanos y se inclinen ante ti los hijos de tu madre” (27, 29). E Isaías: “Y vendrán a ti, agachados, los hijos de los que te humillaron”, o sea, de tus deseos carnales, “y a las pisadas de tus pies se encorvarán todos los que te escarnecían” (60, 14).
Y sobre el dominio de la sensualidad dice Moisés en el Deuteronomio: “Por cuanto no serviste al Señor, tu Dios, con la alegría y el gozo del corazón en medio de la abundancia de todas las cosas, servirás a tu enemigo, que pondrá un yugo de hierro sobre tu cerviz, hasta que te destruya” (28, 47-48).
Ya que Adán no quiso someterse al que le estaba arriba, el que le estaba abajo no quiso sometérsele. Más bien, el mismo Adán fue constreñido a servir a su enemigo, o sea, al diablo o a su carne, de la que no hay enemigo más aguerrido para perjudicar; y su yugo de hierro, o sea, la sensualidad o la carnalidad, fue puesto sobre la cerviz de la razón. Dice el Eclesiástico: “Un yugo pesado agobia a los hijos de Adán, desde el día de su nacimiento” (40, 1). El yugo pesado sobre los hijos de Adán desde su nacimiento es el pecado original, o fomes del pecado, o concupiscencia, a la que, como dice Agustín, no se le debe permitir reinar. Y hay sus anhelos, o sea, las concupiscencias diarias, que son las armas en las manos del diablo y que proceden de la debilidad de la naturaleza. Esta debilidad es el tirano, que fomenta los malos deseos.
¿Quieres comprender lo pesado que es el yugo de los hijos de Adán? Escucha lo que está escrito en los Dogmas de la Iglesia: “Guárdalo con absoluta certidumbre y de ninguna manera dudes, que todos los hombres, concebidos por medio de la cópula entre el varón y la mujer, nacen con el pecado original, están sujetos a la impiedad y a la muerte y por ende son 4,por naturaleza hijos de la ira” (Ef 2, 3), de la cual nadie puede ser librado sino mediante la fe en el Mediador entre Dios y los hombres” (Pedro Lombardo).
4. Entonces: “Nadie puede servir a dos señores”. Sobre estos dos señores tenemos una concordancia en el libro de Tobías, donde se menciona a Salmanasar y a Senaquerib: “El Señor concedió a Tobías el favor del rey Salmanasar, que le dio autorización de ir adonde quería y la libertad de hacer todo lo que quería” (1, 13-14).
Salmanasar se interpreta “pacificador de los angustiados”, y simboliza la razón que, cuando es ella que manda, dona la paz a la mente angustiada, ilumina la conciencia, endulza el corazón, ablanda las asperezas, aligera las cargas. Y si el hombre se somete a la razón, halla la gracia, se vuelve libre y tiene la posibilidad de ir adonde quiere y de hacer todo lo que quiere.
¡Oh libre esclavitud y esclava libertad! No es el temor que hace esclavo, ni el amor que hace libre; sino, más bien, es el temor que hace libre y el amor que hace esclavo. Al justo no le es impuesta la ley (1Tim 1,9), porque propio él es ley para si mismo” (Rom 2, 14). llene el amor, y vive según la razón; y por ende va adonde quiere y hace lo que quiere. Dice el Profeta: soy tu esclavo e Hijo de tu esclava” (Salm 115, 16). Presta atención a las palabras: esclavo e hijo; esclavo y por ende hijo. ¡Oh grato temor, que haces del esclavo un hijo! ¡Oh amor verdadero y benévolo, que haces del hijo un esclavo!
“Hijo de tu esclava”. ¡Oh hombre! Si quieres gozar de la libertad, ensarta tu cuello en las coyundas y tus pies en los grillos. No hay gozo más grande que el de la libertad, que no puedes conseguir si no doblegas el cuello de la soberbia en las coyundas de la humildad y los pies del afecto carnal en los grillos de la mortificación. Entonces podrás decir: “Soy tu esclavo e hijo de tu esclava”.
Y siempre en el libro de Tobías se lee que, “al morir Salmanasar, en su lugar reinó Senaquerib, el cual, teniendo -en odio a los hijos de Israel, mandó que Tobías fuese matado y sus bienes confiscados. Pero Tobías huyó con su hijo y su esposa, y vivió oculto, privado de todo” (1, 18-23).
Senaquerib se interpreta “el que elimina el desierto”, y simboliza la sensualidad, o sea, la concupiscencia de la carne, que elimina de la mente del hombre el desierto de la penitencia. La concupiscencia manda sólo cuando muere la razón. La salida de la virtud señala el ingreso del vicio. La concupiscencia odia a los hijos de Israel, o sea, a los penitentes, que “crucifican su carne junto con sus vicios y concupiscencias” (Gal 5, 24).
Está escrito en el Éxodo: “Los egipcios odiaban a los hijos de Israel” (1, 13). La concupiscencia, por medio de sus cómplices, o sea, de los sentidos del cuerpo, procura matar al espíritu y confiscar toda su sustancia, o sea, las virtudes. Con razón las virtudes son llamadas “sustancias”, porque sustentan al hombre, para que no se desprenda de las cosas eternas. Y para poder conservar las virtudes, es necesario que escape con su hijo y su esposa y viva desnudo, o sea, privado de todo. Presta atención a estas tres palabras: huir, desnudo y oculto. ¿Quieres sustraerte a la concupiscencia de la carne? ¡Huye! “Huyan de la fornicación!” (1Cor 6, 18). En el Génesis se relata que “José abandonó el manto en las manos de su señora, huyó y salió de la casa” (39, 12). Abandonó el manto para no perder a Dios.
La Historia Natural dice que ese animal, llamado castor, tiene los testículos que son medicinas para curar la parálisis; y es por esto que los cazadores lo persiguen mucho. Pero ese animal, adivinando el motivo de esa caza, se los arranca y los arroja contra sus perseguidores. Por esto es llamado castor, porque se castra a sí mismo (Plinio). En cambio, el hombre necio hace lo contrario: para conservar sus miserables glándulas, secundando su torpe lujuria, se entrega al diablo. Concluye el Eclesiástico: “Huye del pecado como a la vista de la serpiente” (21, 2).
Tobías se escondió “desnudo”. Espiritualmente, desnudo es aquel que no se atribuye nada a sí mismo sino todo a Dios; es aquel que no se esconde, como Adán, detrás de las hojas de una higuera; es aquel que no se cubre con el manto de la excusa de sí y de la acusación de los demás; es aquel que se reconoce desnudo, corno cuando salió del seno de su madre.
Asimismo, “vive oculto” el que se aleja del tumulto de las cosas mundanas y de los malos pensamientos y reside tranquilo en el secreto de su conciencia. Vive oculto el que soporta pacientemente las injurias, que no se queja en las adversidades ni se jacta en la prosperidad.
La mujer y el hijo de Tobías simbolizan la buena voluntad y la buena obra, que siempre debemos llevar con nosotros, cualquiera sea el lugar adonde vamos. Se lee en Mateo: “Toma al niño”, o sea, tus obras buenas, “y su madre”, o sea, la buena voluntad que dio a luz al niño; “y huye a Egipto”, o sea, reconócete desterrado y pobre o también considera las tinieblas de tus pecados; “y quédate ahí hasta que yo te lo diga” (Mt 2, 13), o sea, reconócete pecador; considera tu destierro hasta el tiempo en que yo te diga: “Levántate, apresúrate, amiga mía, y ven. Ya el invierno pasó y la lluvia cesó y se alejó” (Cant 2, 10-11).
Si quieres apresurarte, es necesario que huyas de Senaquerid y te sometas a la razón y no a la sensualidad. Digamos, pues: “No pueden servir a dos señores”.
5. “O aborrecerá al uno y amará al otro; o estimará al uno y despreciará al otro” (Mt 6, 24). Presta atención a estos cuatro verbos: amará, preferirá, odiará, despreciará.
Si amas la vida, odias la vida. Si prefieres al superior, desprecias al inferior; y viceversa: ámate a ti mismo cual te hizo el que te amó; ódiate a ti mismo cual tú mismo te hiciste (Agustín). Prefiere la parte superior de ti y desprecia la parte inferior. Ámate a ti mismo por el fin por el cual te amó el que se entregó por ti; ódiate a ti mismo por cuanto odiaste lo que Dios hizo y amó en ti. Esto es lo que dijo Tobías a su hijo: “Todos los días de tu vida, ten siempre a Dios en tu mente; y cuídate de consentir al pecado y de transgredir los mandamientos de nuestro Dios” (4, 6).
¡Oh palabra más dulce que la miel y que un panal de miel! “Siempre ten en la mente a Dios”. ¡Oh mente, más dichosa que cualquier cosa dichosa, más feliz que cualquier cosa feliz, porque tienes a Dios! ¿Qué te falta? ¿Qué podrías tener de más? Lo tienes todo, porque tienes a aquel que lo hizo todo, a aquel que únicamente puede saciarte, sin el cual todo lo que existe, es nada. “Siempre, pues, ten a Dios en tu mente”.
¡He aquí, qué estupendo testamento confió Tobías a su hijo, qué herencia incomparable le dejó: “¡Ten siempre en tu mente a Dios!”. ¡Oh herencia, que todo lo posee, afortunado el que te posee, dichoso el que te consigue! Oh Dios, ¿qué puedo dar para poseerte a ti? ¿Piensas que si diere todo, podría tenerte? ¿Y a cuál precio puedo tenerte? Eres más sublime que el cielo, eres más profundo que los abismos, eres más vasto que la tierra y más espacioso que los mares. ¿Cómo, pues, un gusano, un perro muerto, una pulga (1Rey 24, 15), un hijo del hombre, puede poseerte?
La posesión de Dios, dice Job, “no puede canjearse con la plata más refinada, ni compararse con los tejidos más esplendorosos de la india, ni con las gemas más preciosas, ni con los zafiros. jamás podrán igualarla ni el oro ni el cristal, ni podrá ser permutada por las más artísticas copas de oro” (28, 15-18).
Oh Señor Dios, todo esto no lo tengo, ¿qué debo dar, pues, para tenerte a ti? Dame a ti mismo -responde-, y yo te daré a mi mismo a ti. Dame tu mente, y me tendrás a mi en tu mente. Guarda para ti todas tus cosas, sólo dame tu mente. Estoy trastornado por tus palabras, ni necesito tus obras: dame sólo tu mente.
Presta atención que dice “Siempre”. ¿Quieres tener siempre a Dios en la mente? Guárdate siempre a ti mismo frente a ti. Donde está el ojo, ahí está la mente: ten, pues, siempre el ojo fijo en ti mismo. Tres cosas te hago presentes: la mente, el ojo y tú mismo. Dios está en la mente, la mente está en el ojo, y el ojo está en ti. Entonces, si te miras, tienes a Dios en ti. ¿Quieres tener siempre a Dios en la mente? Guárdate a ti mismo tal cual te hizo. No vayas a buscar a otro distinto de ti. No quieras hacerte a ti mismo diverso de lo que El te hizo; y así tendrás siempre en tu mente a Dios.
“No pueden servir a Dios y a mamona”. Comenta la Glosa: “Mamona, en lengua siria, significa las riquezas: servir a las riquezas significa renegar de Dios. No dice “tener” riquezas, lo que es lícito, con tal que sean bien empleadas, sino “servir”, lo que es propio del avaro. Se dice también que ése sea también el nombre del demonio, que preside a las riquezas: no porque estén en su poder, sino que las usa para engañar, seduciendo con las trampas de las riquezas.
¡Maldita mamona! ¡Ay de mí! ¡A cuántos religiosos cegó! ¡A cuántos claustrales infatuó! ¡A cuántos seglares precipitó en el infierno! La riqueza es el estiércol de las golondrinas, “que cegó los ojos de Tobías” (2, 10-11).
Sobre este argumento consulta el sermón del domingo de Quincuagésima, sobre el evangelio: “Un ciego estaba sentado al borde del camino”.
6. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Si vivimos por el Espíritu, caminemos según el Espíritu” (Gal 5, 25). En esta primera parte el Apóstol incluye dos cosas. la razón y la concupiscencia de la carne. Es la razón que nos hace vivir y caminar en el Espíritu, o sea, en una conducta santa; en cambio, es la concupiscencia que nos hace “ansiosos de la vanagloria, provocándonos y envidiándonos los unos a los otros” (Gal 5, 26). Asimismo, es a causa de la concupiscencia, si uno es sorprendido en alguna culpa; en cambio, depende de la razón que los que tienen el Espíritu, o sea, que se dejan guiar por la razón, corrijan al culpable con espíritu de dulzura. Es propio de la razón, como ya se dijo, tranquilizar a los angustiados (Gal 6, 1).
Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos infundas la luz de tu gracia, para que vivamos guiados por la razón, sometamos la carne y podamos llegar a ti, que eres la vida.
Dígnate concedérnoslo tú que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
II - Desterrar las preocupaciones
7. “Yo les digo: no se preocupen por lo que han de comer ni cómo habrán de vestir su cuerpo. ¿Su alma no es más importante que la comida, y el cuerpo más que el vestido? Miren las aves del cielo… los lirios del campo…, la hierba de los prados …
Presta atención. En esta segunda parte son particularmente ponderados tres elementos: las aves, los lirios y la hierba. Sobre cada uno de ellos vamos a disertar.
“Les digo” que, por preocuparse de las cosas temporales, que nada valen, no sean desviados de las cosas eternas. “No se preocupen”, porque esto seria servir a las riquezas; “de su alma” (vida), de su animalidad, a la que estas cosas son necesarias, o sea, el alimento y el vestido. Comenta la Glosa: “Con el sudor del rostro se gana el pan; o sea, es necesario trabajar, pero hay que desterrar las preocupaciones que perturban la mente, en cuanto teme perder lo que posee o teme que no tenga éxito lo emprendido”.
“¿Su alma no vale más que la comida?”. Aquí “alma” está por “vida”, que se mantiene con la comida. Como si dijera: “Aquel que les dio lo más, o sea, la vida y el cuerpo, les dará lo menos, o sea, la comida y el vestido”. Nadie ponga en duda la veracidad de estas promesas. El hombre sea como debe ser, y en seguida se le añadirán todas las cosas, que, por otra parte, fueron creadas para él. La preocupación distrae la mente; después de haberla distraído, la divide; una vez dividida, el diablo la arrebata y así la mata.
En la Historia Eclesiástica, cuando habla del libro de Daniel, se relata que Ciro, queriendo conquistar la ciudad de Babilonia, río arriba, lejos de la ciudad, dividió el Éufrates en muchos canales y así hizo vadeable el cauce del río que atravesaba la ciudad. Y por ese cauce entraron los enemigos en la ciudad pasando bajo los muros; y así fue matado el rey Baltasar.
La ciudad es el alma, el Éufrates la mente del hombre y el cauce la gracia del Espíritu Santo. El diablo, queriendo conquistar nuestra alma, antes divide la mente entre diversas preocupaciones: algunas bajo el pretexto de la propia necesidad y otras bajo el pretexto de la caridad fraterna. Y así mientras divide la mente en diversas preocupaciones, el cauce de la compunción se seca. Una vez desecado el cauce, la ciudad es conquistada y la razón es matada. Por esto “les digo: ¡no se preocupen!”.
8. “Miren las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y su Padre celestial las alimenta” (6, 26). Las aves del cielo son los santos, que se ciernen en el aire con las plumas de la contemplación. Ellos están tan alejados del mundo que, aun estando en la tierra, no se preocupan ni se afanan de nada, sino que ya viven en el cielo por medio de la sola contemplación. Y sobre este tema tenemos una concordancia en el libro de Tobías y de Sara, “hija de Ragüel”, que fueron casi dos aves del cielo. De Tobías: “Tobías, de la tribu y de la ciudad de Neftalí, situada en la parte superior de la Galilea, sobre Naassón, después del camino que lleva al poniente y teniendo a su izquierda la ciudad de Sefet” (1, 1). Tobías se interpreta “el bueno del Señor”; Neftalí, “anchura”; Galilea, rueda”; Naassón, “augurio”; Sefet, “carta” o “belleza”.
Tobías es el justo, que está convencido que el bien que hay en él, no es suyo sino del Señor, y dice con el Profeta: “Usaste benevolencia con tu siervo, Señor” (Salm 118, 65); y con Isaías: “Todas nuestras obras las hiciste tú, Señor” (26, 12); “El nos hizo y no nosotros” (Salm 99, 3).
Se lee que este “bueno del Señor” era de la tribu y de la ciudad de Neftalí. Era, pues, hijo y ciudadano de la “anchura”, o sea, de la caridad. “Muy ancho es tu mandato, Señor” (Salm 118, 96). Cristo dio su testamento a los hijos, cuando dijo: “Este es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros, como los amé” (Jn 15, 12). Y el justo, en cuanto hijo, por derecho hereditario, tiene la posesión de este testamento y habita siempre en él como en una ciudad. “Habitaré en la heredad del Señor” (Sir 24, 11), “porque mi heredad es muy preciosa” (Salm 15, 6).
¿Y dónde está esa ciudad? “En la parte superior de la Galilea, sobre Naassón”. Mira al ave que vuela en las regiones superiores: “Yo, dice el Señor, soy de arriba; ustedes son de abajo” (Jn 8, 23). Ustedes giran por la tierra como una rueda 4a rueda y se llama así, porque rueda, corre precipitadamente, y precipitan de un vicio a otro. En cambio, la ciudad del justo, del “bueno del Señor”, no se halla en las zonas inferiores, sino en las superiores de la Galilea, porque está por encima de la rueda del mundo, tiende a las esferas superiores y abandona las cosas volubles. Su ciudad está sobre Naassón, porque auspicia las cosas superiores, o sea, contempla las cosas celestiales. He ahí, pues, como el relato de Tobías concuerda admirablemente con el evangelio.
“Augurio” suena como avigánium o avigétium, garrulidad o trino, y es el arte adivinatoria, por la cual uno Observa las aves, cómo cantan o cómo se comportan. Y ave está compuesta de a privativo, sin, y vía, o sea, sine vía, sin vía, porque el ave no tiene un itinerario establecido. Así el contemplativo, cuando se eleva a las esferas superiores, no tiene un itinerario establecido, porque la contemplación no depende del arbitrio del que contempla, sino que depende de la voluntad del Creador, el cual infunde la dulzura de la contemplación en quien quiere y cuando quiere y como quiere. Dice Jeremías: “Yo sé, Señor, que el hombre no es dueño de su camino, ni está en poder del hombre caminar y dirigir sus pasos” (10, 23). Y considera que algunas aves tienen las patas largas y, cuando vuelan, las tienen extendidas hacia atrás. Y hay aves que tienen los pies y las piernas cortas, y cuando vuelan, las aprietan contra el vientre, para que no les impidan el vuelo; pero la cortedad de las patas no les impide el vuelo. Dos son las modalidades también en los contemplativos. Hay algunos que se dedican a los demás y se prodigan por ellos. Y hay otros que no se dedican ni al prójimo ni a sí mismos y hasta se privan de las cosas necesarias.
Los primeros tienen los pies largos, los segundos tienen los pies cortos. Los primeros, cuando se dedican a la oración, se elevan en seguida a la contemplación; y, para no ser impedidos en el vuelo, extienden hacia atrás los pies, o sea, los sentimientos, con los que proveen a las necesidades del prójimo. Oh hermano, cuando sirves a otro hermano, extiende tus pies delante de ti y dedícate a él con todo. Cuando te dedicas a Dios, extiende tus pies hacia atrás, para que tu vuelo sea libre. Olvida las cosas pasadas, tus servicios y tus buenas obras, o las cosas que vas a hacer, y en la oración descarta todo capricho de la fantasía. justamente en ese momento llegan todos los pensamientos inútiles que perturban el ánimo del contemplativo.
En cambio, los segundos, que tienen las patas cortas, que no se dedican ni a los demás ni a si mismos, aprietan las patas contra el vientre, sujetan los sentimientos, breves y cortos, a la mente, y se recogen en si mismos, para que la mente, concentrada en una sola cosa, pueda desplegar el vuelo con mayor facilidad y fijar el ojo de la mente en el esplendor dorado del sol, sin ser deslumbrados. Con razón se dice: “Tobías, de la tribu y de la ciudad de Neftalí, que está situada en las regiones superiores de la Galilea, sobre Naassón”.
9. “Después del camino que lleva al poniente, teniendo a la izquierda la ciudad de Sefet”. El justo abandona el camino espacioso, que lleva al poniente, o sea, a la muerte. Dice el Profeta: “Sea su camino tenebroso y resbaladizo; y el ángel del Señor los persiga” (Salm 34, 6).
En la presente vida, el camino de los pecadores es tenebroso por la ceguera de la mente y resbaladizo por la realización de iniquidades. En punto de muerte, el ángel malo los perseguirá y los empujará hasta precipitarlos en el abismo del fuego ardiente. En cambio, el justo tiene a su izquierda la ciudad de Sefet, o sea, la ciudad de la cultura y de la belleza, porque considera siniestra y falsa la ciencia engañosa y condena la filosofía mundana y la belleza pasajera. “Miren, pues, las aves del cielo”. Símilmente, en el mismo libro de Tobías, se relata que “Sara se dirigió a la habitación superior de su casa, y por tres días y tres noches no comió ni bebió, y perseveró en la oración y con las lágrimas suplicaba al Señor” (3, 10-11).
He ahí Sara, que se interpreta “gracia”, como un ave plumada, sube a las habitaciones superiores. También el justo ora en la habitación más alta de su mente. También Cristo ora en el monte y Daniel en su habitación. También Elías y Eliseo tienen su aposento; y Cristo celebra la Pascua en el cenáculo. “Por tres días y tres noches”. Tanto en la prosperidad como en la adversidad, el justo ofrece sus plegarias a la santa Trinidad.
En el relato, observa el orden de las palabras: antes se dirige a la habitación superior; allí no come ni bebe; persevera en la oración; derrama lágrimas. También el que quiere volar, debe seguir este orden. Ante todo, debe levantar el ánimo de las cosas terrenas, después mortificar el cuerpo, perseverar en la oración y derramar lágrimas. Comenta la Glosa: “La oración conmueve a Dios; las lágrimas lo obligan. La lágrima unge, la oración punza”. “Miren, pues, las aves del cielo”.
Y considera qué hermosamente concuerda el relato de Tobías y Sara con el introito de la misa de hoy: “¡Ten piedad de mí, Señor, porque a ti clamo todo el día. Tú, Señor, eres benévolo y dulce y rico en misericordia para los que te invocan” (Salm 85, 3-5).
Y en el libro de Tobías se lee que Tobías y Sara clamaron al Señor, suplicando misericordia. Tobías “así comenzó a orar con lágrimas, diciendo: “Tú eres justo, Señor, y justos son todos tus juicios. Tus caminos son misericordia y verdad. Y ahora, Señor, obra conmigo según tu beneplácito”; y ten misericordia. Y Sara oró así: “Bendito es tu nombre, Señor, Dios de nuestros padres, que, después de haberte airado, brindas tu misericordia; y en el tiempo de la tribulación perdonas los pecados a los que te invocan. Es cierto, Señor, para cualquiera que te venera, que si su vida es puesta a la prueba, será coronado; y sí se halla en la tribulación, será liberado; y también si es castigado, le está permitido conseguir tu misericordia. Tú no gozas de nuestras desgracias; y después de la tempestad, tú nos donas la bonanza; y después de las lágrimas y los suspiros, tú infundes la exultación. Tú nombre, oh Dios de Israel, sea bendito por los siglos” (3, 1 … 23).
Los dos comienzan su oración con las palabras del introito: “¡Ten piedad de mí, Señor!”… Y cuán benévolo, dulce y rico en misericordia sea el Señor con los que lo invocan, se constata con las palabras que siguen: “En aquel tiempo fueron escuchadas sus plegarias delante de la gloria del Sumo Dios. Y fue enviado el santo ángel de Dios, Rafael, para curar a los dos, porque al mismo tiempo fueron presentadas sus oraciones a la presencia del Señor” (3, 24-25).
10. Volvamos a nuestro argumento: “Miren las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros. Presta atención a estos tres verbos: el primero es “sembrar”, el segundo es “segar” y el tercero es “recoger”. Vamos a analizar su significado.
Dice Job: “Vi a los que obran la iniquidad y siembran dolores y los recogen: al soplo de Dios perecen, y el viento de su ira los consume” (4, 8-9). El que obra perversamente, siembra dolores; y los cosecha el que, obrando el mal, saca ventajas. A este propósito dice Oseas: “Araron impiedad, cosecharon iniquidad y comerán frutos de mentira” (10, 13). Ara la impiedad el que con el corazón trama males. Cosecha la iniquidad el que lleva a cabo el mal tramado. Come el fruto de la mentira el que pretende excusas por el mal cometido y de ello se promete la impunidad. La serpiente aró la impiedad, cosechó Eva la iniquidad y comió Adán el fruto de la mentira, diciendo: “La mujer que me diste por compañera, me lo dio y yo comí” (Gen 3, 12).
El diablo ara con la sugestión, la carne cosecha con el placer, el espíritu come cuando la razón consiente a la sensualidad. Repita, pues, Job: “vi a los que obran la iniquidad, y siembran y cosechan dolores: al soplo de Dios, perecieron”.
Observa que cuando nosotros soplamos, antes aspiramos el aire de fuera para dentro, y luego lo espiramos de dentro para fuera. Se dice, pues, que al momento de la retribución Dios “sopla”, porque de los hechos externos formula un juicio, y después de su consejo interior proclama al exterior la sentencia. De nuestros pecados que El ve como externos, instituye dentro de sí el juicio, y de lo que estableció dentro de sí, hace pública la condenación (Glosa).
¡Oh ciegos, adinerados y voluptuosos, a los que cegó el estiércol de las golondrinas, o sea, la mamona de los demonios! Miren las aves del cielo, que contemplan las cosas celestes. Ellas no siembran la impiedad, ni cosechan la iniquidad, ni recogen los frutos de la mentira; y por esto el Padre celestial las alimenta con la compunción de las lágrimas, con la amargura de los gemidos, con el deseo de los bienes eternos. Las nutre cuando graba en ellas la humildad y la pobreza de su encarnación, los dolores de su pasión y los gozos de su resurrección. Las nutre con la dulzura de la contemplación y con la suavidad de la bienaventuranza eterna.
11. El mismo Jesús, en el evangelio de Juan, dice: “Yo soy la puerta. El que por mí entra, será salvo; y entrará y saldrá; y hallará pastos” (lo, 9). Si uno entra por mí, o sea, por mi costado abierto por la lanza; si entra con la fe, la pasión y la compasión, será salvo, como la paloma que se refugia en las hendiduras de la piedra (Cant 2, 14), huyendo de la caza del gavilán; y así entrará para controlar, discutir y examinarse a sí mismo; y saldrá para meditar, pisotear, despreciar y ahuyentar la vanidad del mundo. La vida del justo siempre corre por estos dos carriles: al entrar en si mismo, no halla sino motivos para llorar; y al salir de sí mismo, no ve sino cosas de las que hay que huir.
En el ingreso está la tristeza. Dice el penitente: “Todo el día ando entristecido” (Salm 37, 7). ¿Por qué nosotros, los miserables, no nos entristecemos? Ciertamente, porque no entramos en nosotros mismos para reflexionar sobre nuestra malicia y miseria. ¡Oh, si tú entraras en ti mismo, no verlas en ti sino dolor y tribulación! Entonces cesaría la risa, no habría lugar para la alegría; la aflicción y la angustia sepultarían todo placer. Sara, hija de Ragüel, había entrado en sí misma, cuando decía: “Tú sabes, Señor, que jamás deseé un hombre, y guardé mi alma pura de toda concupiscencia, jamás me junté con los que sólo quieren divertirse, ni busqué la compañía de los que viven frívolamente” (Tob 3, 16-17).
Asimismo, en la salida del justo está simbolizada la fuga. Dice el Salmo: “Me alejé huyendo y habité en el desierto” (54, 8). Entrará, pues, y saldrá, y en todo ello hallará pastos, o sea, en el costado de Cristo, en los propios sufrimientos y en el desprecio del mundo.
En el costado de Cristo el justo hallará pastos, y entonces podrá decir: “Mi delicia es estar con el Hijo del hombre, colgado del patíbulo de la cruz, clavado con clavos, abrevado con hiel y vinagre y con el costado traspasado”. Oh alma mía, éstas son tus delicias, gózate de ellas y en ellas deléitate. También Isaías te dirá: “Entonces verás, estarás en la abundancia; y tu corazón se admirará y se dilatará” (Is 60, 1). Verás, oh alma, al Hijo de Dios colgado del patíbulo, y entonces abundarás de delicias y serás inundada de lágrimas. Tú corazón admirará la benevolencia del Padre, que veía al Hijo Unigénito colgado de la cruz y no lo deponía. Oh Padre, ¿cómo pudiste detenerte? ¿Por qué no rasgaste los cielos y no bajaste para liberar a tu Hijo dilecto? Y en el estupor por todo ello, se dilatará tu corazón para amar al Padre, que nos dio al Hijo que nos redimió y al Espíritu Santo que obró nuestra salvación.
Símilmente, el justo halla sus pastos en los sufrimientos de su corazón y en el desprecio del mundo. Dice Job del onagro, o sea, del penitente: “Mira a su alrededor los montes de su pasto y busca todo lo que reverdece” (39, 8). Los montes de su pasto son las contemplaciones de las cosas eternas, que son su nutrimento interior; y cuando las considera, siente aflicción y llanto. Es propio de este penitente buscar todo lo que reverdece, despreciar las cosas pasajeras y buscar sólo las cosas que duran eternamente. Son áridas todas las cosas de valor temporáneo y destinadas a acabar, y que son desecadas por los goces de la vida presente, como por el sol de verano. En cambio, son lozanas (siempre verdes) las cosas que ninguna situación provisoria puede desecar. Con razón se dice: “El Padre celestial las alimenta”.
¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir un codo a su estatura? ¿Y del vestido, por qué se afanan” (Mt 6, 27-28). Antes hablaba del alimento, ahora habla del vestido.
El cuidado de cubrir el cuerpo, déjenselo a aquel que lo hizo llegar a esta medida. El Señor convalida su exhortación acerca del vestido con un ejemplo muy pertinente: “Consideren los lirios del campo cómo crecen: no trabajan ni hilan. Sin embargo, les digo: ni Salomón, con toda su gloria, se vistió así corno uno de ellos” (Mt 6, 28-29). Comenta la Glosa: “¿Qué púrpura de reyes o qué dibujo de tejedor puede compararse con las flores? El mismo color es llamado “vestido” de las flores, como decimos: “Esta flor se cubrió de rojo”. Salomón, que “floreció” más que otros soberanos, en todo su esplendor, jamás se cubrió como una de estas flores. jamás pudo cubrirse del color de la nieve, como se cubre el lirio, ni del color rosado, como se cubre la rosa; y así se puede decir de las demás flores.
12. Sentido moral. Observa que en el lirio hay tres propiedades: el medicamento, el candor y el perfume. El medicamento se halla en la raíz, el candor y el perfume en la flor. Las tres propiedades representan a los penitentes, o pobres en el espíritu, que crucifican los miembros con sus vicios y concupiscencias, que guardan la humildad en el corazón ahogando la hinchazón de la soberbia y que conservan el candor de la castidad en el cuerpo y el perfume de la buena fama.
Estos son llamados lirios del campo, no del desierto ni del jardín. En el campo están indicadas dos cosas: la solidez de la santidad y la perfección de la caridad. El campo es el mundo (Mt 13, 38), en el cual mantenerse flor es tan difícil como meritorio. En el desierto florecen los ermitaños, que huyen de la humana compañía. Florecen en el jardín cerrado los claustrales, sobre los cuales vigilan con cuidado los “custodios”. Sin embargo, es mucho más glorioso que los penitentes florezcan en el campo, o sea, en el mundo, donde tan fácilmente se destruye la doble gracia de la flor: la belleza de la vida santa y el perfume de la buena opinión.
Por esto Cristo se gloria de ser una flor del campo, como se lee en el Cantar: “Yo soy la flor del campo” (2, 1). Así también la bienaventurada María, su Madre, puede gloriarse, porque en el mundo no perdió la flor, aunque no haya sido ni reclusa ni monja, considerando que es más glorioso florecer en el mundo que en el jardín o en el desierto. Aunque intentarlo, dice Agustín, es peligroso, el poder hacerlo es un gran resultado. En el campo, o en la campaña, se suelen trabar combates. También en el mundo la lucha es continua, impulsada por la carne, el mundo y los demonios; es, pues, indispensable una santidad sólida, que debe permanecer firme contra todo peligro.
El que quiere salir al campo para luchar, antes experimente sus posibilidades, de si puede resistir en tan cruel lucha. Es preferible florecer en el jardín o en el desierto a marchitarse en el campo: es mucho mejor estar en pie allí que sucumbir aquí. Además, al ser llamados “lirios del campo”, se indica la perfección de la caridad, en cuanto que los lirios están al alcance de todos los que los quieran recoger. “Da a quienquiera que te pide” (Lc 6, 30), dice el Señor: ofrece tu buena voluntad, si no tienes la posibilidad; y si tienes las dos, ¡mucho mejor! “Consideren los lirios del campos, cómo crecen. no trabajan ni hilan. Presta atención a estos tres verbos: crecen, no trabajan, ni hilan. Por esto los justos crecen de virtud en virtud, porque no trabajan ni hilan: hilar quiere decir retorcer el hilo. No trabajan en los ladrillos como en Egipto, o sea, en los placeres de la carne; ni hilan, o sea, no retuercen los diversos hilos del pensamiento acerca de las cosas temporales.
¿Quieres crecer? No te afanes en torno a ti mismo, ni hiles por el mundo; y así serás pobre. Dice José en el Génesis: “Dios me hizo crecer en la tierra de mi pobreza” (41, 52). El justo crece en la tierra de la pobreza, o sea, en la humildad del corazón: cuando disminuye en sí mismo, en él crece Dios. También Juan el Bautista decía, “Es necesario que yo mengüe y El crezca” (Jn 3, 30). Cuando te disminuyes a ti mismo, crece en ti Dios.
Dice Isaías: “El más pequeño llegará a ser mil y el niño una nación fortísima” (60, 22). Y esto acontece cuando, el que es humilde a sus ojos, se eleva a la perfección del pensamiento y de la acción.
Dice el Salmo: “El hombre se acercará al corazón alto y Dios será ensalzado” (63, 8). Alto en latín se refiere tanto a la altura como a la profundidad: alto es el cielo y profundo (alto) es el mar. Cuando tú te acercas al corazón alto, o sea, a la profundidad del corazón, que es la humildad, entonces en ti es exaltado Dios, que te hará subir por encima de todas las cosas, en las que “sólo hay vanidad y aflicción de espíritu” (Ecle 1, 14).
“Reflexionen”, pues, hombres del mundo, amigos de este tiempo fugaz, “ustedes que se afanan y están agobiados”; ustedes que retuercen innumerables hilos: “Miren cómo crecen los lirios del campo”.
13. “Les digo que ni Salomón…”. El sapientísimo Salomón indica aquí a los sabios de este mundo que, con su gloria frívola y pasajera, con toda su ciencia que hincha, con toda su elocuencia engañosa, no están vestidos como uno de estos pobres de Cristo. Estos están vestidos con el candor de la pureza, aquéllos con la herrumbre de la concupiscencia carnal. A éstos los cubren la pobreza y la desnudez, a aquéllos los descubre la abundancia. Están cubiertos por su impiedad y su iniquidad (Salm 72, 6), pero descubiertos de virtud; aquí se visten, pero sólo para ser desnudados en otra parte.
Es por ellos que el Señor continúa: “Ahora, si Dios viste así la hierba del campo que hoy es y mañana se echa al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, hombres de poca fe?” (Mt 6, 30). La hierba se dice en latín foénum, porque alimenta la llama, que en griego se llama phos; y simboliza a los carnales, a los que hoy, o sea, en la vida presente, reviste, o permite que se revistan, de cosas temporales; y mañana, o sea, en el futuro, los arrojará al horno ardiente de fuego. Y así alimentarán la Rama que los quema.
Dice Isaías: “He aquí, todos ustedes que encienden el fuego y están rodeados de llamas, caminen a la luz de su fuego y de las llamas que encendieron. De mi mano les vendrá esto: serán sepultados en sus tormentos” (50, 11). También tú te quemarás en el fuego que encendiste aquí abajo. ¿Quieres escapar de aquel fuego? No enciendas este fuego; y, si lo encendiste, apágalo, o sea, apaga el incendio del pecado.
Observa estos dos adverbios: hoy y mañana. Hoy el pecado es y mañana ya no será; hoy se reviste y mañana será echado al fuego. Se lee en el primer libro de los Macabeos: “No se acobarden ante las amenazas del impío, porque su gloria terminará en estiércol y en gusanos. Hoy es ensalzado y mañana desaparecerá, porque se transformó en tierra y sus proyectos fracasarán” (2, 62-63).
Hoy el pecador se reviste y mañana será echado al horno. A propósito dice Isaías: “Su vestido, manchado de sangre, será quemado, será yesca del fuego” (9, 5). El alma, que se pone los vestidos de las riquezas junto con la sangre de los placeres carnales, será yesca del fuego eterno.
“Ahora, si Dios viste así la hierba del campo como si dijera: “Si Dios provee a los carnales, hijos del fuego eterno, también lo superfluo, que servirá para su ruina, ¿cuánto más les proveerá lo necesario a ustedes, que son sus fieles?
No se preocupen, pues, diciendo.- “¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?” (Mt 6, 31). Aquí el Señor recomienda más cálidamente y repite lo que dijo al principio del discurso: que debemos vivir sin preocupaciones. Sobre este pasaje comenta la Glosa: “Parece que aquí el Señor amonesta a los que, despreciando el alimento y el vestido común, se procuran alimentos y vestidos más lujosos o más austeros que aquellos con los que viven. “Todas estas cosas las buscan los paganos”, los que no se preocupan de las cosas futuras. ¿Qué tiene más que el pagano, el fiel cuya infidelidad le atormenta el espíritu y lo cansa con las preocupaciones? Sus preocupaciones lo vuelven semejante al pagano, o sea, lo vuelven infiel. “Sabe su Padre”, que no cierra sus entrañas a sus buenos hijos. Cuando escuchas al Padre, no lo dudes. “El sabe bien que ustedes necesitan todas estas cosas”. El se las dará, a menos que su infidelidad se lo impida.
14. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Los unos lleven las cargas de los otros; y así cumplirán la ley de Cristo” (Gal 6, 2). No puedes llevar las cargas de otro, si antes no te liberas de las tuyas. Aligérate antes de tus cargas; y entonces podrás llevar las cargas ajenas.
Si eres ave del cielo y lirio del campo, entonces podrás llevar las cargas, o sea, las tribulaciones y las debilidades del prójimo, como si fueran tu bagaje; y así cumplirás la ley de Cristo, o sea, el amor de Cristo, “que llevó nuestros pecados en su cuerpo en el madero de la cruz” (1 Pe 2, 24). Te suplicamos, pues, Señor Jesucristo, que en las alas de las virtudes nos levantes de las cosas terrenales y nos revistas del candor de la pureza, para que podamos llevar las cargas de las debilidades de los hermanos y así podamos llegar hasta ti, que llevaste nuestras cargas.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
III Hay que buscar, ante todo, el reino de Dios
15. “Busquen ante todo el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás les será dado por añadidura” (Mt 6, 33).
El reino de Dios es el bien sumo; por esto debemos buscarlo. Se busca con la fe, la esperanza y la caridad. La justicia del reino consiste en Observar todo lo que Cristo nos enseñó. Buscar el reino significa practicar esta justicia con las obras. Ante todo, busquen el reino de Dios, o sea, antepónganlo a todas las cosas: todo debe hacerse por él, fuera de él nada debe buscarse y a él debe servir todo lo que pedimos.
Y presta atención. En el evangelio se dice: “Y todo les será dado por añadidura”, porque todas las cosas pertenecen a los hijos; y por ende todas estas cosas serán dadas también a los que no las buscan. Y si les son negadas, se trata de una prueba; y si les son otorgadas, deben elevar acciones de gracias al Señor, porque todo colabora para el bien de ellos (Rom 8, 28).
A propósito de este reino, tenemos una concordancia en el libro de Tobías, donde él dice: “Las puertas de Jerusalén serán construidas con zafiros y esmeraldas, y todo el recinto de sus muros será de piedras preciosas. Todas sus plazas serán pavimentadas con piedras cándidas y puras; y en sus calles se cantará:” ¡Aleluya! ¡Bendito el Señor que la exaltó y dure en ella su reino por los siglos de los siglos! ¡Amén!” (13, 21-23).
Observa que hay una triple Jerusalén: alegórica, o sea, la Iglesia militante; moral, o sea, el alma riel; y la anagógica (mística), o sea, la iglesia triunfante. Vamos a analizar cada una de estas estructuras. Sentido alegórico. En el anterior pasaje del libro de Tobías son nombradas cuatro especies de piedras: el zafiro, la esmeralda, la piedra preciosa y la piedra cándida y pura. En ellas vemos simbolizados los cuatro órdenes de la iglesia militante: los apóstoles, los mártires, los confesores y las vírgenes.
El zafiro, del color del cielo terso, simboliza a los apóstoles, los cuales, después de haber despreciado las cosas terrenales, merecieron decir: “Nuestra patria está en el cielo” (Filp 3, 20).
La esmeralda, de un color verde tan intenso que supera el verde de cualquier planta y torna verdes también el aire que la circunda y el semblante de los que la miran, simboliza a los mártires, los cuales, con el derramamiento de su sangre, regaron las almas, plantadas en el jardín de la Iglesia por la labor de los apóstoles, para que perseveren en la lozanía de la fe, Por ende, con el zafiro de los apóstoles y la esmeralda de los mártires fueron edificadas las puertas de la Iglesia militante, para que, gracias a ellos, fuera abierto el ingreso en el reino.
Además, la piedra preciosa simboliza a los confesores, los que, contra los herejes, se opusieron como un muro para la defensa de la casa de Israel (Ez 13, 5).
En fin, la piedra cándida y pura simboliza a las vírgenes, resplandecientes por su pureza interior y exterior, las que con la humildad y el martirio se sacrificaron por el Señor. Por su ejemplo, las plazas -así llamadas del griego platos, anchura-, o sea, los fieles se dilatan y se pavimentan con la práctica de la caridad, para someterse también ellos al Señor.
16. Sentido moral. En el zafiro se designan el desprecio de las cosas visibles y la contemplación de las cosas invisibles; en la esmeralda, la compunción de las lágrimas junto con la confesión de los pecados. Con estas dos $,piedras” se edifican las puertas del alma, a través de las cuales se abre el ingreso de la gracia del Espíritu Santo. Por ellas están abiertas la entrada y la salida, para gustar la dulzura de Dios, para vigilarte sobre ti mismo y para pisotear el mundo.
En la piedra preciosa está simbolizada la paciencia, que es como el muro del alma, que la fortifica y la defiende de toda turbación. En la piedra cándida y pura están simbolizadas la castidad y la humildad, sobre las cuales deben pavimentarse (fundarse) los pensamientos y los sentimientos de la mente; y entonces por las calles, o sea, por los sentidos del cuerpo, se cantará el Aleluya, o sea, el canto de alabanza al Señor. Y verdaderamente resuena una deliciosa sinfonía, cuando la actividad de los sentidos está de acuerdo con el candor y la pureza de los pensamientos.
Sentido anagógico (místico). En el zafiro está simbolizada la inefable contemplación de la Trinidad y de la Unidad. En la esmeralda, que alegra los ojos, la gozosa visión de toda la iglesia triunfante. En la piedra preciosa, el eterno disfrute del gozo celestial; en la piedra cándida y pura, la doble estola, o sea, la glorificación del alma y del cuerpo. Cuando los santos hayan conseguido todo esto, entonces por las calles de Jerusalén cantarán el Aleluya. Por las calles de Jerusalén entendemos las moradas, de las que nos habla Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” Un 14, 2); y en ellas, con voz incansable, los santos cantan aleluya, alabanza y gloria.
¡Bendito sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que elevó a la iglesia militante a la Iglesia triunfante, que es su reino y sobre la cual El reina por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea! De este reino habla el evangelio: “Busquen ante todo el reino de Dios”.
18. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “El que siembra en el Espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna” (Gal 6, 8). Esta es la Jerusalén construida con piedras preciosas. Este es el reino de Dios que buscamos, cuando sembramos en el Espíritu. Sembrar en el Espíritu significa buscar la justicia del reino. De esa justicia se dice: “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo cosecharemos, si no desmayamos” (Gal 6, 9), cuando también nosotros por las calles de Jerusalén cantaremos con voz incansable: ¡Aleluya!
Roguemos, pues, hermanos, al Señor Jesucristo, que nos conceda la gracia de buscar su reino y de edificar en nosotros la Jerusalén moral, de modo que podamos llegar a la Jerusalén celestial y merezcamos cantar por sus calles el Aleluya junto con los ángeles.
Nos lo conceda aquel Jesús, cuyo reino permanece por los siglos eternos.
Y toda alma virtuosa responda: ¡Amén!
¡Aleluya!.