Domingo I después de la Octava de la Epifanía
Exordio.
Sermón a los predicadores
1. “En aquel tiempo, se celebraron unas bodas en Caná de Galilea” (Jn 2, 1). Dice el Eclesiástico: “Una pequeña gema de rubí en una alhaja de oro es un concierto musical en un banquete con vino” (32, 7). Vamos a analizar el significado de estos cinco elementos: la pequeña gema, el rubí, el oro, la música y el banquete con vino.
La pequeña gema (en latín gemmula) y el rubí (en latín carbúnculus) son dos diminutivos, en los que está simbolizada una doble humildad. En la pequeña gema se indica el centelleo de la fama; y en el rubí, que es de color de fuego, se designa la caridad. Las dos virtudes adornan el oro, o sea, la sabiduría del predicador: si él está dotado de estas dos virtudes, su predicación será un “concierto de músicos”. Cuando la sabiduría exterior sintoniza con la delicadeza de la conciencia y cuando la elocuencia corresponde a la conducta de la vida, entonces tenemos un concierto musical. Cuando la lengua no hace añorar la vida, entonces se disfruta de una dulce sinfonía.
Con razón, “la predicación es Ramada música” (Glosa). Se dice que la naturaleza de la música es tal que, si la escucha uno que es triste, se vuelve más triste, mientras si la escucha uno que es alegre, se vuelve más alegre. Así es también la predicación. Cuando declara que el rico, vestido de púrpura, está sepultado en el infierno; cuando afirma que, como es imposible que un camello pase por el ojo de una aguja, así es imposible que el rico entre en el reino de los cielos; y cuando enseña que toda pompa y gloria mundana se reducirán a la nada; entonces aquellos pérfidos avaros y usureros, que siempre viven tristes, porque “acumulan con fatiga, guardan con temor y pierden con dolor” (Bernardo), llegarán a ser aún más tristes.
“Las palabras importunas son como música en un duelo” (Sir 22, 6). “Los cantos alegres para un corazón afligido son como vinagre en una llaga” (Prov 25, 20). La palabra que muerde el vicio, lastima el oído de los malvados; en cambio, hace aún más alegres a los justos, que viven en el gozo del espíritu y en la dicha de una conciencia segura. “El corazón contento es como un banquete continuo” (Prov 15, 15). El banquete alegrado por el vino y la fiesta de las bodas en Cana de Galilea son la misma cosa. Dice el evangelio de hoy: “Se celebraron unas bodas en Cana de Galilea”.
2. En el introito de la misa de hoy se canta: “Toda la tierra te adore, oh Dios” (Salm 65, 1-2). Y se lee la epístola a los romanos: “Tenemos dones diferentes” (12, 6). De este pasaje utilizaremos sólo seis palabras, que brevemente y en lo posible concordaremos con las seis tinajas del evangelio. Las bodas celebradas en Caná de Galilea
3. “Se celebraron unas bodas”. vamos a analizar cuál sentido moral tengan las bodas, Caná de Galilea, la Madre de Jesús, los discípulos de Jesús, el vino que falta, las seis tinajas, el agua cambiada en vino y el architriclino.
De las bodas ya se habló ampliamente en el comentario al evangelio: “Semejante es el reino de los cielos a un rey, que celebró las bodas de su hijo” (Mt 22, 2). Consulta el sermón del domingo XX después de Pentecostés. Aquí trataremos brevemente de la unión del esposo y de la esposa, o sea, del Espíritu Santo y del alma del penitente. Caná se interpreta “celo” y Galilea “emigración”. En el celo, o sea, en el amor de la emigración, se realizan las bodas entre el Espíritu Santo y el alma del penitente. Y con esto concuerda lo que se lee en el libro de Rut que de la región de Moab emigró a Belén y a quien Booz tomó como esposa” (1, 6; y 4, 13).
Rut se interpreta “que ve”, “que se apresura”, o también “que desfallece”; y simboliza el alma del penitente, que pondera sus pecados con la contrición del corazón, se apresura a lavarlos en la fuente de la confesión y se aparta del primer impulso por medio de la satisfacción penitencial. Por esto, dice en el Salmo: “Mi carne y mi corazón desfallecen” (72, 26), o sea, la carnalidad y la soberbia de mi corazón; y así de la región de Moab, o sea, de la esclavitud del diablo, emigra con el celo del amor a Belén, que se interpreta “casa del pan”.
El amor de Dios es para el alma “la casa del pan”, con el cual se protege y se alimenta; y entonces, “por el camino del amor”, como dice el bienaventurado Bernardo, “irrumpe, o se da, el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo está simbolizado en Booz, que se interpreta “en él está la potencia”, de la que habla Lucas: “Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos de poder desde lo alto” (24, 49). Al alma que el Espíritu Santo toma por esposa, El la reviste de poder desde lo alto. Dice Isaías: “El desde lo alto da fuerza al cansado, y a los débiles les multiplica el vigor y la potencia” (40, 29). Da la fuerza para resurgir, da la potencia para no sucumbir a la tentación y da el vigor para que persevere hasta el fin.
En la unión entre el Espíritu Santo y el alma se celebran las bodas, se adorna el aposento, se dispone en hermoso orden el lecho nupcial de los buenos pensamientos, con mano hábil se templa el acorde de los cinco sentidos; y así por aquí y por allí, o sea, por todas partes, se celebra y se exulta al recuerdo de la infinita dulzura de Dios y de veras se experimenta la bondad del Señor.
Este es el epitalamio, o canto nupcial, que se canta hoy en el introito de la misa: “Toda la tierra te adore, oh Dios, toque el salterio; y entone un himno en honor de tu nombre, oh Altísimo” (65, 4). Toda la tierra abarca el oriente, el mediodía, el occidente y el septentrión.
El oriente indica a los incipientes; el mediodía, a los proficientes, que son ardorosos como el sol a mediodía; el occidente, a los perfectos, que están totalmente muertos al mundo. En cambio, el septentrión representa a los buenos esposos y a los hombres católicos, que, aún en posesión de los bienes de este mundo, soportan pacientemente numerosos afanes de las tribulaciones y de los dolores. Toda esta tierra adore al Señor con la contrición del corazón, toque el salterio de la gozosa confesión, entone el himno de la obra de satisfacción en las bodas, que se celebran en Caná de Galilea.
4. “Y estaba allí la Madre de Jesús; y también fueron invitados a las bodas Jesús y sus discípulos” (Jn 2, 1-2). ¡Oh bodas afortunadas, honradas por tales y tantos privilegios y esplendorosas por tantos beneficios!
En la bienaventurada María, que fue virgen y Madre, están personificadas la castidad y la fecundidad; en Jesús, que fue humilde -“Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”, -y pobre- “Las zorras tienen sus guaridas y las aves del cielo sus nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mt 11, 29; y 8, 20)-, brillan la humildad y la pobreza; y en sus discípulos se designan la obediencia y la paciencia. ¡He aquí el honor y el adorno de las bodas, he aquí sus privilegios y su dignidad!
El Espíritu Santo, esposo del alma, mientras se la une a sí mismo, la hace casta y fecunda. casta por la pureza de la mente, y fecunda de la prole de las buenas obras. Dice el Cantar: “Todas tuvieron mellizos”, o sea, ricas en obras de la doble caridad, o de la vida activa y contemplativa; “y no hay ninguna estéril” (4, 2).
En cambio, está escrito: Maldita la estéril en Israel!” (Ex 23, 26); y en las Lamentaciones: “El Señor pisoteó en el lagar a la virgen hija de Sión” (1, 15), o sea, a la estéril. Por esto el alma, para librarse de esa sentencia de maldición, es necesario que sea casta y fecunda, para que pueda decir con el Eclesiástico: “Yo soy la madre del amor hermoso”: he ahí la fecundidad; “y del temor, y de la ciencia, y de la santa esperanza” (24, 24): he ahí la castidad.
Símilmente, el Espíritu Santo hace al alma humilde y pobre. Por esto dice en Isaías: “¿Hacia quién dirigiré mi mirada, sino al humilde, o sea, al pobrecillo, y al contrito de espíritu?” (66, 2). En efecto, sobre Jesús, en el río jordán, descendió el Espíritu Santo en forma de paloma, que es un ave mansa y que tiene por canto el gemido.
Muy difícilmente se conserva la humildad en medio de las riquezas, como raramente o nunca se puede conservar la castidad en medio de los placeres. Si hallas a un rico humilde o a un vividor casto, considéralos como dos astros del firmamento; pero también temo que los que ostentan esta apariencia, estén más bien pintados de falsos colores.
El que quiera ser de veras humilde, libérese de las riquezas, con cuyo contacto la humildad se corrompe y la soberbia se acrecienta. He aquí la queja del Señor en Oseas: “Yo les enseñé y fortalecí sus brazos, pero ellos traman el mal contra mí. Se vuelven para ser liberados del yugo y llegan a ser como un arco fallido” (7, 15-16). El Señor los instruye como a hijos con dones gratuitos (sobrenaturales) y fortifica sus brazos con dones naturales y temporales, o sea, su potencia y su vigor, para que “defiendan la casa de Israel como un baluarte y resistan valerosamente en la batalla” (Ez 13, 5). Pero, como de la crasitud procede la iniquidad, “volvieron a ser hijos de Belial”, o sea, sin yugo (Juec 19, 22), o sea, llenos de soberbia. “Abandonaron al Señor -dice Isaías-, despreciaron al Santo de Israel, se volvieron atrás” (1, 4); y así llegaron a ser como arco fallido. Deberían lanzar flechas de vida santa y de sana doctrina y golpear al adversario; en cambio, lanzan contra el Señor flechas de vida viciosa y blasfemias.
Asimismo, el Espíritu Santo hace obediente y paciente. Se lee en el libro de la Sabiduría, que “el Espíritu Santo es benigno, humano y constante” (7, 22-23). En el obediente y paciente hay estas tres cualidades: es benigno, o sea, bien inflamado, para obedecer al superior; es humano, para soportar y padecer con el prójimo; y constante en sus propósitos. No serás de veras obediente, si no eres paciente. En efecto es “viuda” (sin consorte) la obediencia, que no está sostenida por la paciencia.
5. “Y vino a faltar vino” (Jn 2, 3). “Hiel de dragones es su vino” (Dt 32, 33): son los placeres del mundo y de la carne. A este propósito dice Salomón: “¡No mires el vino, cuando su color centellea en la copa! Fluye suavemente; pero al final muerde como una serpiente e inocula venenos como una víbora” (Prov 23, 31-32).
Observa que el vidrio es un material de poco valor, frágil en la sustancia, glorioso en su esplendor. El vidrio simboliza la carne del hombre, que es materia de poco valor, originada de fétidas secreciones; frágil en su sustancia, porque “como una flor germina y es cortada” (Job 14, 2); “y sus años son considerados como tela de araña” (Salm 89, 9); dice Isaías: “Tejieron telas de araña, que no les sirven como vestidura” (59, 5-6); y es gloriosa en el esplendor de la belleza mundana, de la que se dice- “Falaz es la gloria y vana la belleza” (Prov 31, 30).
Por esto, “no mires este vidrio, cuando en él centellea el vino”, o sea, los gozos mundanos. Cuando te seducen la prosperidad del mundo y los placeres de la carne, no te deleites en ellos: se insinúan suavemente, pero al fin muerden como serpientes. Esto es lo que dice el Señor en Lucas: “¡Ay de ustedes que ahora ríen, porque se lamentarán y Dorarán!” (6, 25). La alegría mundana es vivero de eterno llanto.
“Y como víbora inocula sus venenos”. Aquí vino, más allá veneno. Es lo que se dice hacia el fin del evangelio: “Todo hombre”, que sabe a humus, “sirve primero el buen vino”, o sea, los placeres del mundo, “y cuando todos bebieron bien, se trae el de inferior calidad” (Jn 2, 10); o sea, beberá en el infierno el veneno de la muerte, que la vil)ora, o sea, el diablo, inocula en las almas de los condenados.
¡Ay de mí! ¡Qué “amarga será esa bebida para los que la beben” (Is 24, 9), que antes se habían emborrachado con el cáliz de oro de la gran meretriz, con la que fornicaron los reyes de la tierra! (Ap 17, 1-4). Por eso, les suplico, ¡venga a faltar en las bodas del esposo y de la esposa el vino del placer mundano!.Y, al faltar ese vino, sucederá lo que dice el evangelio: “La Madre de Jesús le dijo: “No tienen más vino” (Jn 2, 3).
Considera que la bienaventurada María, como se deduce de los evangelios de Lucas y Juan, sólo profirió seis frases. La primera fue: “¿Cómo será esto?” (Lc 1, 34). La segunda: “He aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38). La tercera: “Mi alma glorifica al Señor” (Lc 1, 46). La cuarta: “Hijo, ¿por qué nos hiciste eso?” (Lc 2, 48). La quinta: “No tienen más vino” (Jn 2, 3). La sexta: “Hagan todo lo que El les diga” (Jn 2, 5).
Estas seis expresiones son como las seis gradas en el trono de marfil de Salomón, los seis pétalos del lirio, los seis brazos del candelabro. En la primera expresión está indicado el firme propósito de una virginidad inviolable; en la segunda, su sublime ejemplo de obediencia y de humildad; en la tercera, su júbilo por el privilegio concedido; en la cuarta, la preocupación por el Hijo; en la quinta, su compasión por el prójimo; y en la sexta, la certidumbre del poder de su Hijo.
6. “¿Qué tenemos que ver tú y yo? Mi hora no llegó todavía” (Jn 2, 4). Dios, el Hijo de Dios, recibió de la bienaventurada Virgen la naturaleza humana en la unidad de la persona. El Padre dio la divinidad y la Madre, la humanidad; el Padre dio la majestad, la madre la debilidad.
De la divinidad tuvo el poder de cambiar el agua en vino, de dar la vista a los ciegos, de resucitar a los muertos; en cambio, de la debilidad de su humanidad tuvo la posibilidad de tener hambre y sed, de ser atado, escupido y crucificado.
Dice, pues: “¿Qué tenemos que ver yo y tú?”. Observa estos dos pronombres-yo y tú. En el “yo” está indicada la divinidad y en el “tú” la humanidad, Como si dijera a su Madre: “Tú me pides un milagro, que a mi me es posible, gracias a la divinidad; en cambio, a tí, o sea, a la humanidad que recibí de ti, pides sufrir la pasión”. Y después añade: “Todavía no llegó mi hora”, o sea, la hora de la pasión, en la cual “pisaré yo solo el lagar, y mi ropa será del que pisa el lagar” (Is 63, 2-3). “Todavía no llegó la hora”, en la que Judas extienda su calcañar sobre el racimo de uva, del que se va a exprimir el vino que embriaga “el corazón de los que buscan” (Salm 104, 3).
“Todavía no llegó la hora”, en la que la uva de la humanidad, que de ti recibí, sea aplastada con la prensa de la cruz, para que fluya “el vino que alegra el corazón del hombre” (Salm 103, 15). Cuando venga esa hora, ¿que tenemos que ver nosotros?
7. “Había allí seis tinajas de piedra, destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían cada una dos o tres metretas” (Jn 2, 6). En Caná de Galilea, o sea, en el alma que, en el celo del amor, ya pasó de los vicios a las virtudes, hay seis tinajas: la contrición, la confesión, la oración, el ayuno, la limosna y el perdón cordial de las ofensas recibidas. Son estas tinajas que purifican a los judíos, o sea, a los penitentes, de todos sus pecados.
La contrición purifica, como dice el Señor en Ezequiel: “Derramaré sobre ustedes agua pura, y ustedes quedarán purificados de todas sus impurezas” (36, 25); y en Jeremías: “Lava de la maldad tu corazón, Jerusalén, para ser salva. ¿Hasta cuándo residirán en ti pensamientos inicuos?” (4, 14). La contrición lava de la maldad el corazón y lo purifica de los pensamientos inicuos. Por esto dice el Levítico: “Lavarán con el agua los intestinos y las patas” de las víctimas (1, 13). En los intestinos se designa la impureza de los pensamientos y en las patas, los deseos carnales: todo se lava con el agua de la contrición. “Lávame, Señor; y seré más blanco que la nieve” (Salm 50, 9).
Asimismo, la confesión purifica, como dice Bernardo: “Todo se lava con la confesión”. Dice Jeremías: “Derrama como agua tu corazón en presencia del Señor” (Lam 2, 19). Dijo “como agua”, y no como vino, o leche, o miel. Cuando viertes el vino, en la copa queda el olor; cuando viertes la leche, queda el color; y cuando viertes la miel, queda el sabor. En cambio, cuando viertes el agua, no queda ninguna huella de todo esto. En el color del vino está simbolizada la fantasía del pecado; en el color de la leche, la admiración de la vana belleza; y en el sabor de la miel, el recuerdo del pecado confesado, unido al deleite de la mente. Estos son los malditos restos, de los que habla el Salmo: “Se saciaron de hijos”, o sea, de obras malas, o de carne porcina, o sea, de la inmundicia del pecado; “y dejaron sus restos a los pequeños”, o sea, a los impulsos instintivos. En cambio tú, cuando efundes en la confesión tu corazón, efúndelo como agua, para que todas las suciedades y sus resabios sean totalmente cancelados; y así te purificarás del pecado.
Y también la oración purifica, como dice el Señor en Jeremías: “Volverán en llanto, y los conduciré en oración, y los guiaré a los torrentes de aguas” (3 1, 9). Y el Eclesiástico: “No despreciará la oración del huérfano”, o sea, del humilde penitente, que dice: “Mi padre y mi madre”, o sea, el mundo y la concupiscencia de la carne, “me abandonaron, pero el Señor me acogió” (Salm 26, 10); “ni despreciará la oración de la viuda”, o sea, el alma del mismo penitente, ya apartada del diablo y de los vicios, “cuando se desahoga en gemidos. ¿Las lágrimas de la viuda no descienden, quizás, de sus mejillas y no se levanta su grito contra los que se las hacen derramar? De las mejillas suben hasta el cielo; y el Señor que escucha, ciertamente no se deleita con ellas. El que adora a Dios, será acogido con benevolencia y sus súplicas llegarán hasta las nubes. La oración del que se humilla, penetra las nubes” (Sir 35, 17-21).
Y también el ayuno purifica, como dice el Señor en Joel: “Conviértanse a mí con todo su corazón, en el ayuno, en el llanto y en el lamento” (2, 12); y en Mateo: “Cuando tú ayunas, unge tu cabeza y lava tu cara” (6, 17). Moisés, después del ayuno de cuarenta días, mereció recibir la inmaculada ley del Señor, que convierte y purifica las almas (Salm 18, 8); y Elías mereció percibir el silbo de una brisa suave (3 R 19, 12). “La saliva del hombre en ayunas mata a las serpientes” (Plinio). ¡Es grande la potencia del ayuno, que cura la peste del alma y desenmascara las acechanzas del antiguo enemigo!. Y también la limosna purifica, como está escrito: “Den limosna, y entonces todo les será limpio” (Lc 11, 41). “Como el agua apaga el fuego, así la limosna cancela el pecado” (Sir 3, 33). Y de nuevo el Eclesiástico: “La limosna del hombre es como una bolsa que lleva consigo, y (Dios) tiene en cuenta la generosidad del hombre como la pupila de sus ojos” (17, 18). La limosna es llamada bolsa, porque lo que se pone en ella, se vuelve a hallar en la vida eterna. Es lo que dice también el Eclesiastés: “Echa tu pan sobre las aguas que pasan”, o sea, sobre los pobres que pasan de un lugar a otro y de una puerta a otra; “y después de mucho tiempo”, o sea, en el día del juicio, “lo volverás a hallar” (Ecle 11, 1), o sea, la recompensa por él. “Tenía hambre y me dieron de comer” (Mt 25, 35).
¡Eres peregrino, oh hombre! Lleva esta bolsa por el camino de tu peregrinación, para que, cuando por la tarde llegues a tu asilo, puedas hallar en él el pan con el cual saciarte.
8. “La limosna preserva también la gracia como la pupila del ojo”. Para conservar la agudeza de la vista, hay una película muy tenue que está sobre la pupila; y para la protección de los ojos fueron creados los párpados; y todo animal cierra los ojos, para que no entre ningún cuerpo extraño; y esto no voluntariamente, sino por impulso natural. Y el hombre, por tener esta película mucho más sutil que los otros animales, cierra los ojos con gran frecuencia. En cambio el ave, cuando cierra los ojos, los cierra sólo con el párpado inferior (Aristóteles). Como el párpado conserva la pupila cubriéndola, así la limosna hace con la gracia, que es como la pupila del alma, por la cual ella ve. Dice Tobías: “La limosna libera de todo pecado y de la muerte; y no permite que las almas caigan en las tinieblas” (4, 11). Como el hombre con frecuencia y espontáneamente cierra los ojos con los párpados, también lo mismo debe hacer la limosna, para conservar la gracia. La misma naturaleza le enseña y lo empuja a hacerlo. Dice Job: “Visitando a tu especie, no pecarás” (5, 24). Tú especie, oh hombre, es otro hombre, Como por inclinación natural te provees a ti mismo, así debes proveer también al otro: “Ama, pues, a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 19, 19).
Y esto debe hacerlo, porque la película de su ojo es más sutil que la de los demás animales. La sutileza de la película simboliza la compasión de la mente, que es y debe ser mayor que la de cualquier animal. El animal demuestra ser “bruto”, porque carece de compasión.
Dice Moisés en el Deuteronomio: “El peregrino, el huérfano y la viuda, que están dentro de tus puertas, comerán y se saciarán, para que el Señor, tu Dios, te bendiga en todas las obras de tus manos”; y de nuevo: “Yo te mando: “Abrirás tu mano a tu hermano, al pobre y al menesteroso, que habita contigo en la misma tierra” (14, 29; y 15, 11).
Símilmente, el perdón de las injurias purifica tu alma de los pecados, como dice el Señor en Mateo: “Si perdonan a los hombres sus ofensas, su Padre celestial les perdonará también a ustedes sus delitos” (6, 14). El que así obra, es como el ave que cierra los ojos de los párpados inferiores.
El ave deriva de a privativo, sin, y vía, o sea, sin via, sin camino. Mientras vuela, no sigue un camino. Así el que perdona a quien le ofende, no sigue en su corazón el camino del odio y del rencor; y cierra los ojos con los párpados inferiores, cuando perdona de corazón las injurias. Y ésta es la limosna espiritual, sin la cual toda obra buena no va a ser recompensada en la vida eterna.
Dice el Eclesiástico: “Perdona el agravio a tu prójimo; y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados. Si un hombre incuba su enojo contra otro, ¿cómo pretende que el Señor lo sane? No tiene piedad de un hombre semejante a él, ¿cómo se atreve a implorar por sus pecados? El, que es simple carne, guarda rencor; ¿cómo puede pedir a Dios que le sea propicio? ¿Quién le perdonará sus pecados? Acuérdate del temor de Dios y no te enojes contra tu prójimo. Acuérdate de la alianza del Altísimo”, que dice: “Perdonen y les será perdonado” (Lc 6, 37); y no hagas caso de la ignorancia del prójimo. Evita los altercados y disminuirás los pecados” (28, 2 … 10). Pasa por alto la ignorancia del prójimo aquel, que atribuye a la ignorancia y no a la malicia, la ofensa recibida: la disimula y así no la conserva en su corazón.
9. He ahí las seis tinajas de piedra, de esa piedra que “los constructores habían rechazado” y que fue desprendida “del monte no por manos de hombre” (Salm 117, 22; y Dan 2, 34).
¿Y cómo estaban llenas? “Hasta el borde” (Jn 2, 7), del agua de la salvación. “Contenían cada una dos o tres metretas”. La metreta era una medida de unos cuarenta litros). En las dos metretas están simbolizados el amor de Dios y el amor del prójimo; en las tres metretas, la profesión de fe en la santa Trinidad. Todo esto es necesario para todas las sobredichas tinajas.
El Apóstol, con otras palabras, nombra a estas seis tinajas en la epístola de hoy: “Sean fervorosos en el Espíritu”: he ahí la contrición (la primera tinaja). Observa que dice “fervorosos”. Como las moscas no se atreven a entrar en la olla mientras hierve, así en un corazón de veras arrepentido no pueden entrar “las moscas muertas que echan a perder el perfume del ungüento” (Ecle 10,1)
“Sean gozosos en la esperanza”: he ahí la confesión (la segunda tinaja). En ella el pecador debe alegrarse en la esperanza del perdón y, no obstante, dolerse de haber cometido la culpa.
“Sean perseverantes en la oración”: he ahí la tercera tinaja.
“Compartiendo las necesidades de los santos”: he ahí el ayuno (la cuarta tinaja). En las privaciones, o sea, en el ayuno y en la abstinencia, “se afligieron y se angustiaron los santos, de los que el mundo no era digno” (Heb 11, 37-38); y el Apóstol: “En las fatigas, en las vigilias y en los ayunos” (2Cor 6, 5). Pero estas palabras pueden entenderse también de la limosna material. Y por esto añade: “Practiquen la hospitalidad” (la quinta tinaja).
“Bendigan a los que los persiguen; bendigan y no maldigan”: he ahí el perdón de las ofensas (la sexta tinaja).
10. “Les dijo Jesús: “Saquen ahora y llévenlo al architriclino (maestresala). Y se lo llevaron. Y el maestresala probó el agua hecha vino” (Jn 2, 8-9). En esto hallamos una concordancia en el Génesis, cuando José, después de haberse lavado la cara de las lágrimas, ordenó: “Sirvan la comida”. “Y prepararon aparte para José, aparte para sus hermanos y aparte también para los egipcios. Los hermanos de José bebieron y se alegraron con él” (43, 31-34).
José, “hijo lozano y de aspecto hermoso” (Gen 49, 22), es figura de Jesucristo. Cristo fue como una semilla de mostaza, la más pequeña por su humildad; pero creció y se hizo un gran árbol, entre cuyas ramas anidan las aves del cielo (Mt 13, 31-32), o sea, los que contemplan las cosas celestiales. El es “el más hermoso entre los hijos de los hombres” (Salm 44, 3), y “a El los ángeles le desean contemplar” (1 Pe 1, 12).
Este lavará el rostro de las lágrimas, como lo proclama Isaías: “El Señor Dios enjugará toda lágrima de todos los rostros” (25, 5), cuando cambie el agua de las sobredichas tinajas en el vino del gozo celestial; entonces el agua de la contrición se cambiará en el vino del gozo del corazón. El Señor promete en Juan: “Los volveré a ver, se gozará su corazón y nadie les quitará su gozo” (16, 22). Entonces el corazón, que ahora se halla “contrito y humillado”, estará en fiesta, alegrado por el vino del gozo. Dice Salomón: “El corazón que conoció la amargura, no permitirá que un extraño participe de su gozo” (Prov 14, 10). Asimismo, el agua de una confesión lagrimosa será cambiada en el vino de la alabanza divina. Dice Isaías: “Volverán y vendrán a Sión, cantando alabanzas; sobre sus cabezas resplandecerá una felicidad perenne; alcanzarán el gozo y la alegría y desaparecerán la tristeza y el gemido” (35, 10), que antes sufrían en la confesión de sus pecados. Símilmente, el agua de la oración con lágrimas se cambiará en el gozo de la contemplación de la Trinidad y de la Unidad. Dice Isaías: “juntos cantarán las alabanzas, porque ojo a ojo verán al Señor que convierte a Sión” (52, 8).
Y también el ayuno se convertirá en el gozo de una vendimia refinada. Siempre Isaías: “Sobre este monte el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos un convite de manjares suculentos…” (25, 6). Consulta el sermón del domingo II después de Pentecostés: “Un hombre preparó una gran cena. igualmente, la doble limosna, la material y el perdón de las injurias recibidas, se convertirá en el gozo de la doble estola, o sea, la glorificación del cuerpo y del alma. De nuevo Isaías: “En sus tierras poseerán el doble y gozarán de una alegría perenne” (61, 7).
11. “José, después de haberse lavado la cara de las lágrimas, ordenó: “Sirvan la comida”. Es lo que dice el Señor: “Yo les preparo un reino como mi Padre me lo preparó, para que coman y beban a mi mesa en mi reino” (Lc 22, 29-30).
“Aparte para José, aparte para sus hermanos y aparte para los egipcios”. Es lo que leemos en Mateo: “Cuando venga el Hijo del hombre en su gloria, y todos los ángeles con El, entonces se sentará en su trono de gloria. Y se reunirán delante de El todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de los chivos. Y pondrá a las ovejas a la derecha y a los chivos a la izquierda” (25, 31-33).
“Bebieron y se alegraron con él”. He ahí, pues, el architriclino, con el cual “seremos embriagados con la abundancia de su casa” (Salm 35, 9). Archi, príncipe; tri, tres; clino, lecho: o sea, príncipe de tres órdenes de lechos, en los que los antiguos solían recostarse para comer.
Los tres órdenes de lechos simbolizan las tres categorías de personas en la Iglesia: los casados, los castos y las vírgenes, cuyo príncipe es el buen Jesús, que “los hará recostar y después pasará para servirles” (Lc 12, 37).
Hermanos queridísimos, humildemente imploremos a este Príncipe, para que nos conceda también a nosotros celebrar las bodas en Caná de Galilea y nos llene de agua las seis tinajas, con el fin de poder beber con Él el vino del gozo eterno en las bodas de la Jerusalén celestial.
Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y glorioso por los siglos eternos.
Y toda alma, esposa del Espíritu Santo, diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.