Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo I después de Pentecostés

    Confiando en la gracia del Verbo Encarnado, que “da voz y sabiduría” (Lc 21, 15) y “hace elocuentes las lenguas de los niños” (Sb 10, 21), y “cuyas manos -como dice Ezequiel-, están bajo las plumas de los cuatro animales” (1, 8), bajo su guía y siendo Él el mismo camino, para su honor y para utilidad de los fieles, hemos emprendido la obra comenzando desde el mismo principio de todas las criaturas (o sea, desde el domingo de Septuagésima), y ahora nos volvemos a comprometer hasta llevarla a su cumplimiento. Al principio de esta obra, nos hablamos propuesto establecer una concordancia -aunque no en modo perfecto, al menos en parte- entre los evangelios dominicales del ciclo anual y las narraciones del Antiguo y Nuevo Testamento, como se leen en la Iglesia, y las epístolas de los domingos con el introito de la misa.

    Debemos advertir que desde este primer domingo después de Pentecostés hasta el primer domingo de agosto se lee en la Iglesia la historia de los Reyes, dividida en cuatro libros, y en este periodo hay ocho domingo. Queremos, pues, concordar el cuatro con el ocho, adaptando algunos relatos de un libro con los pasajes de dos evangelios; y así sucesivamente, en el mejor modo posible.

    Exordio

    Sermón al prelado o al predicador de la Iglesia

    1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino fino, y cada día hacia banquetes con esplendidez” (Lc 16, 19).

    Se lee en el primer libro de los Reyes que David “tomó su bastón en sus manos y del torrente escogió cinco piedras lisas y las puso en su alforja, que siempre llevaba, tornó la honda en su mano y se encaminó hacia el filisteo” (17,40).

    Presta atención a estas cuatro palabras: el bastón, las cinco piedras, la alforja y la honda. En el bastón está representada la cruz de Cristo, en las cinco piedras el conocimiento del Antiguo Testamento, en la alforja la gracia del Nuevo Testamento y en la honda la justa balanza del juicio. David, o sea, el predicador, debe tomar el bastón, o sea, la cruz de Cristo, para que se apoye en ella y soporte más fácilmente la fatiga del camino.

    De este bastón se dice en el Génesis: “Solamente con mi bastón crucé este jordán, y ahora regreso con dos campamentos” (32, 10). El justo, apoyándose en el bastón de la cruz de Jesucristo, atraviesa el amor transitorio de este mundo y así regresa a la tierra prometida con dos campamentos, o sea, con los frutos de la vida activa y de la vida contemplativa.

    El predicador debe tener siempre este bastón en sus manos, con las buenas obras. Dice Habacuc: “Su esplendor será como la luz, y cuernos (potencia) salían de sus manos” (3, 4). El esplendor de la santa vida y de la predicación es luz para el pecador: “Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 14). En las mismas manos del predicador deben hallarse los dos brazos de la cruz, para que, con las dos manos clavadas en ellos, no pueda jamás extenderlas a las cosas ¡lícitas.

    “Y escogió cinco guijarros lisos del torrente y los puso en su alforja, que llevaba consigo”. El zurrón de pastor se dice en latín pera, nombre que indica también el envase para conservar la leche, y es figura del Nuevo Testamento, en el que se halla la gracia, que puede ser comparada a la leche. Nada es más agradable que la leche, que la madre ofrece gratuitamente al hijo, sin exigir nada de él. Las cinco piedras son los cinco libros de Moisés (Pentateuco), con los que entendemos el conocimiento de todo el Antiguo Testamento. Esos libros el predicador, corno respaldo de su predicación, debe tomarlos del torrente, o sea, de la abundancia de la Sagrada Escritura y debe meterlos en el zurrón del Evangelio. En efecto, en el Nuevo Testamento está puesta la comprensión del Antiguo, porque es “una rueda en medio de otras ruedas” (Ez 1, 16).

    O también: en los cinco guijarros podemos entender las severas amonestaciones, con las que deben ser heridos los que son esclavos de los sentidos del cuerpo. En efecto, los transgresores del Antiguo Testamento, que eran sepultados por las piedras, son figuras de los pecadores del Nuevo Testamento, que han de ser golpeados con rigurosas reprimendas.

    “Tomó en mano la honda y se encaminó hacia el filisteo”. En la honda, que tiene las dos tiras iguales, está simbolizada la coherencia entre la doctrina y la vida. El predicador debe tener en mano esta honda, para que la mano (la obra)

    corresponda a la boca, e igualmente su comportamiento corresponda a su enseñanza; y así podrá avanzar hacia el filisteo y matarlo.

    Filisteo se interpreta “caído por ebriedad”, y simboliza al rico de este mundo cubierto de púrpura, embriagado por los excesos de la gula y de la lujuria, que de la gracia cae en la culpa y de la culpa se precipitará en la gehena. justamente de él se habla en el evangelio de hoy: “Había un hombre rico, vestido de púrpura”.

    2. En este evangelio se destacan cuatro momentos. Primero: la desigual condición de vida del rico vestido de púrpura y del mendigo Lázaro: “Había un hombre rico”; segundo: la muerte de ambos: “Sucedió que murió el mendigo”; tercero: el castigo del rico y la gloria de Lázaro: “Alzó sus ojos”; cuarto: la desesperada súplica del rico en favor de sus cinco hermanos: “¡Te ruego, padre Abraham!”.

    Conforme el Señor nos lo conceda, estableceremos una concordancia entre estas cuatro partes del evangelio y algunos relatos del primer libro de los Reyes.

    Observa también que en el introito de la misa de este domingo se canta: “Oh Señor, yo espero en tu misericordia” (Salm 12, 6); y se lee la epístola del bienaventurado Juan: “Dios es Amor”. Este pasaje lo dividiremos en cuatro partes y las confrontaremos con las cuatro susodichas partes del evangelio. Primera parte: “Dios es Amor”; segunda: “En esto consiste el perfecto amor”; tercera: “En el Amor no hay temor”; cuarta:

    “Nosotros, pues, debemos amar al Señor”.

    I La desigual vida del rico purpurado y la del pobre Lázaro

    3. “Había un hombre rico, que vestía de púrpura y de lino fino, y todos los días banqueteaba espléndidamente” (Lc 16, 19).

    Este rico, casi desconocido delante de Dios, no está indicado con el nombre. No merecía que su nombre fuera escrito en este santo evangelio, ya que jamás sería escrito en el libro de la vida eterna. En señal de reprobación se usa un término genérico: Homo quidam, o sea, un cierto hombre, fulano. También nosotros decimos fulano, de un hombre que despreciamos o que no conocemos.

    Este fulano representa a todos los mundanos, carnales y vendidos como esclavos del pecado (Rom 7, 14). De él dice el Salmo: “He ahí al hombre que no puso a Dios por su fortaleza, sino que confiaba en la multitud de sus riquezas, y se creía fuerte en su vanidad” (51, 9).

    Considera estos tres verbos: no puso, confiaba y se creía fuerte. A estos tres verbos corresponden tres frases del evangelio: “Había un hombre rico” y “no puso a Dios por su fortaleza”; “Vestía de púrpura y lino fino”, porque “confiaba en la multitud de sus riquezas”; “Todos los días banqueteaba espléndidamente” y “se creía fuerte en su vanidad”. Concuerda con todo ello lo que se lee en el primer libro de los Reyes: “Había un hombre en el desierto de Maón, que tenía su hacienda en el Carmel; este hombre era muy rico. Y en su casa organizaba banquetes como banquetes de rey. Y su corazón estaba alegre, porque él estaba completamente ebrio. El nombre de este hombre era Nabal” (1Rey 25, 2 y 36). Nabal se interpreta “necio”, Maón “habitación” y Carmel “blando”.

    Las tres partes de este pasaje corresponden a las tres partes del evangelio. Dice el evangelio: “Había un hombre rico”; y el primer libro de los Reyes: “Había un hombre en el desierto de Maón”. El evangelio: “Vestía de púrpura y de lino fino”; y el libro de los Reyes: “Ese hombre era muy rico”. Sigue el evangelio: “Todos los días banqueteaba espléndidamente”; y el libro de los Reyes:

    “Organizaba banquetes, como banquetes de rey”.

    4. El rico de este mundo es necio, “porque no tiene el gusto de las cosas de Dios” (Mc 8, 33). El está “en el desierto de Maón”, o sea, en aquel ambiente, del que se dice: “Su morada será asolada” (Salm 68, 26), y “poseía bienes en el Carmel”, o sea, vivía en la molicie. Por esto dice el profeta Amós: “¡Ay de ustedes, que duermen en lechos de marfil y se reblandecen en sus divanes!” (6, 4).

    “Y aquel hombre era muy rico”. Dice David: “Vi al impío sumamente exaltado, que se erguía como los cedros del Líbano” (Salm 36, 35). Y Job: “Vi al necio que echaba firmes raíces, y en seguida maldije su figura” (5, 3).

    “Y en su casa organizaba banquetes, como banquetes de rey”. Por eso dice Amós: “¡Ay de ustedes, ricachones de Sión, que comen los corderos del rebaño y los terneros gordos de la manada, y beben vino en abultadas copas y se rocían con perfumes refinados!” (6, 1-6). E Isaías: “¡Ay de ustedes que se levantan de mañana para seguir la borrachera y siguen bebiendo hasta la tarde, hasta que se les encienda el rostro! En sus banquetes hay cítaras, liras, tímpanos, flautas y vino; pero no ven la acción del Señor, ni consideran la obra de sus manos” (5, 11-12).

    En estos instrumentos musicales y en el vino está representado el placer de los cinco sentidos. La cítara, sobre la que se estiran las cuerdas formadas con las tripas de un animal muerto, simboliza la vista que está como estirada hacia las cosas que mira con avidez. La lira, llamada así por la variedad de las voces, ya que produce sonidos distintos, simboliza el oído, que se deleita con la variedad de las voces. El tímpano, que resuena por los golpes de la mano, simboliza el tacto. La flauta simboliza el olfato de las narices, por las cuales, como por medio de la flauta, emitimos el aliento. El vino se refiere claramente al gusto.

    Los que son esclavos de estos cinco sentidos no prestan su atención a la obra del Señor, que El realizó en nuestra tierra (Salm 73, 12), o sea, su pasión y su muerte; ni se preocupan de la obra de sus manos, o sea, de los pobres, que El mismo, como el alfarero modela el barro, modeló con sus manos en la rueda (torno) de la predicación y coció en el horno de la pobreza.

    5. “Había un hombre rico que vestía de púrpura y de lino fino, y todos los días banqueteaba espléndidamente”. observa que en la púrpura está indicada la dignidad mundana; en el lino fino, la preciosidad de los vestidos; y en los banquetes, los placeres de la gula.

    La púrpura es el color del manto real y es emitida por las ostras marinas, sajadas con un cuchillo. Las ostras, llamadas en latín concae, porque se ahuecan cuando falta la luna, simbolizan a los pobres, los que, cuando falta la luna, o sea, cuando mengua la prosperidad del mundo, se vacían de sus bienes. A estos pobres, el hombre rico, o sea, el poder secular, los saja con el hierro del poderío, les extrae la sangre del dinero, y con ello se confecciona la púrpura de su dignidad y grandeza. De tales tipos dice Job: “Cortan la mies en campo ajeno y vendimian la viña de los que oprimieron con su violencia. Despiden desnudos a los hombres, quitándoles las prendas, sin las cuales no pueden abrigarse del frío” (24, 6-7).

    En tal púrpura estaba envuelta la meretriz, de la que habla el Apocalipsis (17, 4). El hombre rico y la meretriz simbolizan la misma cosa: el hombre, porque sabe a humus, tierra y la meretriz; porque se pone a disposición del diablo.

    El lino fino es una cualidad de lino, cándido y morbidísimo, en el que está indicado el lujo en la indumentaria. Y “los que visten prendas finas, están en los palacios de los reyes” (Mt 11, 8), o sea, de los demonios. “No te jactes de tus vestidos”, dice el Eclesiástico (11, 4). Y Pedro: “Su atavío no sea el exterior: cabellos trenzados, collares de oro, ostentación de vestidos; sino, más bien, busquen adornar el interior de su corazón con un alma incorruptible, afable y apacible. He ahí lo que es precioso a los ojos de Dios” (1Pe 3,3-4).

    “Y todos los días banqueteaba espléndidamente”. Con ello tenemos una concordancia en el primer libro de los Reyes: “Mientras se cocinaba la carne, venia el criado del sacerdote con un gran tenedor a tres dientes en mano, y lo hundía en el caldero o en la olla; y todo lo que el tenedor ensartaba, el sacerdote lo guardaba para sí … Otras veces, venía el criado del sacerdote y decía a quien ofrecía el sacrificio: “Dame la carne, para que la cocine para el sacerdote. No recibiré de ti la carne cocida, sino cruda” (1Rey 2, 13-15).

    En el sacerdote está simbolizado el vientre, y en su criado la avidez de la gula. De él dice Salomón: “El joven, dejado a sus caprichos, deshonra a su madre” (F>r 29, 15). Si la avidez de la gula no es refrenada, sino que es dejada a sus instintos, deshonra a su madre, o sea, la carne, el cuerpo, que a veces, a causa de los excesos de comida, contrae enfermedades y es atrapado como por un lazo. Este criado tiene un gran tenedor con tres dientes, en el cual está indicada la triple rapiña de la gula: o consume los bienes ajenos devorándolos, o consume los propios bienes viviendo licenciosamente, o no observa tiempos ni modalidades al asumir los alimentos permitidos. Todo lo que el tenedor con tres dientes levanta, el vientre-sacerdote lo reivindica para sí; y pretende, como el lobo, que no le sea dada carne cocida sino cruda, para poderla condimentar con más diligencia. Con razón se dice: “Todos los días banqueteaba espléndidamente”.

    6. “Y había un mendigo de nombre Lázaro Confronta entre ellas cada una de las partes: confronta el oro con el plomo, para que la vileza del plomo aparezca más despreciable frente al esplendor del oro.

    El primer hombre es llamado: fulano, un tal; el segundo, Lázaro. El primero era rico, el segundo mendigo; uno vestía de púrpura y de lino fino, el otro estaba cubierto de llagas. El uno banqueteaba todos los días lautamente; el otro deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico, y nadie se las daba; pero los perros venían y le lamían las llagas (Lc 16, 20-2 1). “Ni Lázaro podía alejar a los perros de sí, ni había visitante que lo hiciera por él” (Glosa).

    ¡Oh divina condescendencia! ¡Oh bienaventuranza del mendigo! ¡Oh miserable condenación del rico! “¡Nada hay más infeliz -dice Jerónimo- que la felicidad de los que pecan!”. Y Agustín: “No hay señal más evidente de condenación eterna, que cuando las cosas temporales obedecen a nuestro voluntad”. En cambio, a los santos Dios les quita las cosas temporales, para que no pierdan las eternas. Dice Gregorio: “Sustraemos a los niños las moneditas, aunque guardemos para ellos toda la herencia”.

    “Y había un mendigo de nombre Lázaro”. El pobre y el humilde está señalado por su nombre, en señal de aprecio. Este Lázaro, que se interpreta “ayudado”, representa a todos los pobres de Jesucristo, a los que El mismo ayuda y socorre en sus necesidades. Por esto, las dos palabras pobre y mendigo están justamente unidas. Se dice “mendigo”, porque tiene menos de lo necesario para vivir; también puede significar: “Digo con la mano”. Entre los antiguos existía la costumbre de cerrar la boca a los necesitados y hacerles extender la mano, con el fin de que hablaran sólo con la mano. Aquel pobre es ayudado por el Señor, porque tapa su boca para no pronunciar palabras de impaciencia y, en cambio, extiende la mano de su mente devota.

    “El pobre yacía a la puerta del rico”. “He ahí que el arca del Señor yace a los pies de Dagón” (1Rey 5, 2). Con todo, espera algún tiempo y, viceversa, verás el desplome de Dagón y la exaltación del arca. El pobre no entró en la puerta del rico, ni el rico le envió afuera el socorro de una refección. No se comportaba así Job, que dice: “El peregrino no permanecía fuera, y mi puerta estaba siempre abierta al viandante”. Y todavía: “jamás rehusé al pobre lo que pedía, jamás hice esperar los ojos de la viuda. jamás comí a solas mi pedazo de pan, sin compartirlo con el huérfano” (31, 16-17 y 32). “Cubierto de úlceras”. La úlcera, que se forma en el cutis, se puede identificar con la gangrena. Estaba cubierto de úlceras aquel, que poco después, por las manos de los ángeles, sería llevado al seno de Abraham.

    “Deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico; pero nadie se las daba”. La migaja es una pequeñísima parte del pan. El verdadero pobre se contenta con lo mínimo, desea lo mínimo; pero eso mínimo, unido con lo grande de Dios, lo alimenta y lo sacia. En cambio, aquel que rehusó dar una migaja de pan, después no mereció recibir ni una gota de agua.

    “Hasta los perros se le acercaban, para lamerle las úlceras”. Comenta la Glosa: “Si vemos en los pobres algo repugnante, no debemos despreciarlos, porque, aunque puedan tener alguna mancha en sus costumbres, la pobreza es el remedio que los purifica”.

    Ante un solo hecho se cumplen dos juicios de Dios. Al rico que no siente piedad a la vista del pobre, se le conmina el máximo de la pena. Por su parte, a la vista del rico, el pobre es cada día tentado y puesto a la prueba; pero esa prueba se le hace muy ardua a causa de la pobreza y de la enfermedad y por tener a la vista la abundancia del rico y su total carencia de alivio y de socorro.

    Por ello el pobre, privado de todo auxilio humano y confiando sólo en la divina misericordia, reza en el introito de la misa de hoy: “Señor, yo confío en tu misericordia. Mi corazón se alegra en tu salvación, cantaré al Señor por los beneficios recibidos” (Salm 12, 6)

    Observa los tres verbos: confío, se alegra mi corazón, cantaré al Señor. El verdadero pobre confía en la misericordia de Dios, su corazón se alegra aun en la miseria del mundo; y así cantará la alabanza del Señor en la gloria eterna.

    7. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8). Por cierto, el amor (la caridad) es la principal de entre las virtudes; por esto con un breve y particular sermón vamos a proponer algunas reflexiones.

    “El amor con el cual se ama a Dios y al prójimo, es el mismo, y es el Espíritu Santo, porque Dios es Amor” (Pedro Lombardo). “Esta ley del amor -dice Agustín- fue establecida por Dios, para que ames a Dios por sí mismo y con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo, o sea, que te ames a ti mismo también en orden al prójimo y por el prójimo. En efecto, te debes amar a ti mismo para el bien y en orden a Dios; y también el prójimo debe ser amado para el bien, y no para el mal, y en orden a Dios. Como prójimo debe entenderse a todo hombre, porque no hay nadie con el cual se pueda obrar mal”.

    El modo de practicar ese amor está indicado por las palabras: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón”, o sea, con toda la inteligencia, “con toda el alma”, o sea, con toda la voluntad, “con toda la mente”, o sea, con la memoria, pata que atribuyas todos tus pensamientos, toda la vida y toda la inteligencia a aquel, del cual tienes todo lo que a El le atribuyes. Al decir esto, no queda libre ninguna parte de nuestra vida; sino que todo lo que pase por el espíritu, sea arrebatado hacia aquel, al cual corre el ímpetu del amor (Pedro Lombardo).

    El bienaventurado Juan, en la epístola de hoy, expone muchas verdades sobre el amor de Dios y del prójimo, y nos exhorta a practicarlas: “En esto se mostró el amor de Dios hacia nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por El” (1Jn 4, 9). ¡Qué grande fue el amor de Dios Padre por nosotros! El envió justamente por nosotros a su Hijo unigénito, para que, viviendo por El, lo amáramos, porque sin Él el vivir es morir, dado que, “el que no ama, permanece en la muerte” (1 Jn 3, 14).

    Si Dios tanto nos amó hasta darnos a su Dilecto, por el cual hizo todas las cosas, también nosotros debemos amarnos recíprocamente. “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros” (Jn 13, 34). Y porque el rico vestido de púrpura no observó este mandamiento, permaneció en la muerte. El fue sepultado, porque no amó la vida, que es amor; pecó, porque trastornó el orden de los valores.

    Dice Agustín: “Cuatro amores se deben amar.

    Primero: aquel que está por encima de nosotros, o sea, Dios; segundo: lo que somos nosotros; tercero: lo que está cerca, o sea, nuestro prójimo; cuarto: lo que está debajo de nosotros, o sea, nuestro cuerpo”. Lamentablemente, el rico amó ante todo y sobre todo su cuerpo, despreocupándose del todo de Dios, de su alma y del prójimo; y por esto fue condenado.

    Dice el bienaventurado Bernardo: “Nuestro cuerpo, debemos considerarlo como un enfermo confiado a nuestros cuidados. Le debemos saber negar muchas cosas inútiles que él desea tener, y hacerle aceptar muchas cosas útiles que él no quisiera. Debemos obrar con nuestro cuerpo, como si no nos perteneciera a nosotros, sino a aquel que “nos compró a gran precio, para que lo glorifiquemos también con nuestro cuerpo” (1Cor 6, 20).

    Cuidémonos, pues, para que el Señor no nos dirija el reproche por boca de Ezequiel: “Te olvidaste de mí y me pospusiste a tu cuerpo; por eso expiarás tu deshonestidad y tus fornicaciones” (23, 35). El cuerpo, pues, debemos colocarlo en el cuarto y último lugar en nuestro amor: “no como si viviéramos por él, sino porque sin él vivir no podemos” (Guigo, cartujo).

    Y de la miserable vida del cuerpo, se digne llevarnos a sí aquel, que es la vida y que vive eternamente. El es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!

    8. Sentido moral. “Había un hombre rico Por “hombre” entendemos el cuerpo, por “Lázaro” el alma.

    El hombre viene de humus, y es el cuerpo creado de la tierra, del cual dice Jeremías: “¡Maldito el hombre que confía en el hombre!” (17, 5), o sea, en su cuerpo. Es maldito el que confía en el maldito. Nuestro cuerpo es maldito. Dice el Génesis:

    “¡Maldita la tierra”, o sea, el cuerpo, “por tu obra!” (3, 17), por culpa de tus obras, o sea, por el pecado de desobediencia.

    ¿Y con cuál maldición fue maldecido? “La tierra te producirá espinas y abrojos”. En las espinas están indicadas el hambre, la sed y lo inevitable de la muerte; en los abrojos, las tentaciones de la carne que atormentan el alma. ¡He aquí cuáles frutos nos produce la tierra maldita, o sea , nuestro cuerpo! De esta maldición habla Moisés en el Génesis: “¡Maldito todo hombre que cuelga del madero!” (Gal 3, 13; Dt 21, 23). El madero seco simboliza la gloria de este mundo, de la cual el hombre cuelga atado a la cuerda del amor terrenal; y por eso está maldecido. justamente por eso se dice: “Había un hombre rico”.

    ¡Ay de mí! ¡En cuántas riquezas rebosa este hombre y cuántas todavía anhela, porque no le basta todo el mundo! Al pequeño cuerpo de un solo hombre no le bastan tantas riquezas y tantas posesiones. Este mísero hombre no salió del seno materno vestido de púrpura y de lino fino, sino envuelto en la placenta viscosa y desagradable; y al término de su vida retornará a la tierra desnudo y sin nada. Y todo esto podemos entenderlo más claramente, considerando el crecimiento, el desarrollo, la situación estacionaria (o madurez) y la decadencia del mismo cuerpo.

    Observa que en el hombre, al término de su desarrollo, la parte superior de su cuerpo será más pequeña que la inferior. Y por parte superior entiendo la parte que arranca de la cabeza y llega hasta los órganos de expulsión de las evacuaciones; y desde allí hasta la extremidad de los pies llamo parte inferior. Cuando el hombre es niño, la parte superior de su cuerpo es más grande; y, cuando envejece, sucederá lo contrario.

    Y ésta es también la causa de la diversidad del movimiento (o desarrollo) del cuerpo: crecimiento, situación estacionaria o madurez y decadencia. El niño, al comienzo de su movimiento exterior, camina con las manos y con los pies; después, poco a poco, yergue su cuerpo hasta llegar a la juventud y a la e d del pleno vigor; después, con el avanzar de los años, se encorva (Aristóteles).

    Este mísero cuerpo, al comienzo de su vida, es pequeñísimo, en la vejez se encorva; en cambio, en el centro de su vida, o sea, en la juventud, se hincha de riquezas, se adorna con vestidos y se engorda de alimentos y bebidas como el puerco con bellotas. Con razón se dice: “ Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y todos los días banqueteaba espléndidamente”.

    9. “Había también un mendigo de nombre Lázaro”. El mendigo Lázaro es el alma miserable, pobre y mendiga, que yace a la puerta del rico, cubierta de Hagas. La puerta del rico simboliza los cinco sentidos del cuerpo, entre los cuales yace el alma mendiga, cubierta de las Hagas de los pecados. Dice Juan: “Había en Jerusalén la piscina Probática (o de las Ovejas), que tenía cinco pórticos. Bajo estos pórticos yacía una gran multitud de enfermos, de ciegos, de tullidos y de paralíticos, que esperaban el movimiento del agua” (5, 2-3).

    La piscina es llamada así, porque está llena de peces, y simboliza el cuerpo humano, lleno de peces, o sea, de pensamientos ociosos e impertinentes. Esta piscina tiene los cinco pórticos, o sea, los cinco sentidos.

    El pórtico (de puerta) se llama así porque está abierto; igualmente los cinco sentidos del cuerpo están abiertos a los vicios. Dice Jeremías: “La muerte entró por nuestras ventanas” (9, 21). Y Nahúm: “Las puertas de tu tierra se abrirán de par en par a tus enemigos, y el fuego consumirá tus cerrojos” (3, 13). Cuando el fuego de la concupiscencia carnal quema los cerrojos, o sea, los dones de la naturaleza y de la gracia, que adornan y defienden el alma, las puertas de nuestra tierra, o sea, los cinco sentidos de nuestro cuerpo, se abren a nuestros enemigos, o sea, a los vicios y a los demonios.

    En estos cinco pórticos, el alma yace lánguida, ciega, tullida y paralítica. Lánguida, porque carente de la fuerza de las virtudes; ciega, porque privada de la luz de la razón; tullida de los dos pies, porque privada de las aspiraciones de la buena voluntad y del dinamismo de las buenas obras; paralítica (árida), sin la linfa de la compunción. Estas son las úlceras, de que está cubierta el alma, mientras yace a la puerta del rico, “anhelando saciarse con las migajas que caen de la mesa del rico”. La mesa simboliza la prosperidad de este mundo y tiene cuatro patas: las riquezas, los honores, los placeres y la salud del cuerpo. El Apóstol habla de ello a los corintios: “No pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios” (1Cor 10, 2 1). La mesa del Señor fue la pobreza, de la cual El participó junto con sus discípulos. La mesa de los demonios es la prosperidad de los seglares, de la que habla el Profeta: “Que su mesa se les vuelva un lazo, una recompensa y un escándalo” (Salm 68, 23). La prosperidad llega a ser para los carnales “un lazo de pecado”, “una recompensa” de Dios, que les dará los males del infierno en cambio de los bienes del siglo, y “un escándalo” para el prójimo, Las migajas que caen de esta mesa son los pensamientos inmundos, las diversas preocupaciones, los diferentes afanes, que como gusanos pululan de las llagas del alma. De ellos el alma desgraciada desea saciarse, pero no puede. Dice Jeremías: “Por la comida dieron todas sus cosas preciosas, para saciar el alma” (Lm 1, 11). Las cosas más preciosas son las virtudes, que los carnales venden por el alimento, o sea, por los placeres de la carne que no sacian, pero que a veces dan la impresión de reconfortar el alma.

    10. A este mendigo Lázaro, lleno de Hagas, le queda un solo alivio: la lengua de los perros. Por eso el evangelio añade: “Los perros se le acercaban y lamían sus úlceras”. Los perros o canes, llamados así por el “canto” de sus ladridos, son figuras de los predicadores, de los que dice el Salmo: “La lengua de tus perros reciba de él”, del Señor, “su parte entre los enemigos” (Salm 67, 24); o sea, los que hablan sido tus enemigos, se volvieron tus amigos, como sucedió cuando Saulo llegó a ser Pablo. Y considera que “como la lengua del perro es medicamentosa, así es también la lengua del predicador, que es el médico de las almas” (Glosa). Dice Jeremías: “En Galaad, ¿no hay, quizás, ungüento sanador? ¿No tienes algún médico? ¿Por qué, pues, no se cicatrizó la herida de la hija de mi pueblo?” (8,22).

    Galaad, que se interpreta “cúmulo de testimonios”, es la santa Iglesia, en la que se acumularon los testimonios de las Sagradas Escrituras. En ella hay el ungüento de la penitencia y el médico, o sea, el predicador, que lo confecciona. ¿Por qué entonces la Haga del alma pecadora no sanó y todavía no se cicatrizó?

    “Los perros se le acercaban y lamían sus úlceras”. Presta atención que en este verbo “lamían” se destacan dos características.. la avidez y la delicadeza. Lamer en latín se dice lingo, o sea, léniter ago, trato delicadamente. El predicador, con la lengua de la predicación, debe curar con avidez las úlceras de los pecadores, y debe también lamerlas con delicadeza, para que “bajo su lengua haya miel y leche” (Cant 4, 11), o sea, una doctrina dulce y suave. Nos exhorta el Apóstol- “Si alguno se halla enredado en alguna culpa, ustedes, que son espirituales, instrúyanlo con espíritu de mansedumbre” (Gal 6, 1).

    Roguemos, pues, al Señor Jesucristo, que a este hombre rico, o sea, a nuestro miserable cuerpo, lo transforme en un pobre voluntario, lo revista de ceniza y de cilicio, le dé pan escaso y poca agua, cure las llagas del alma con la lengua de su doctrina y lo coloque en el seno de Abraham.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - Muerte del Rico Epulón y de Lázaro

    11. “Sucedió que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado en el infierno (Lc 16, 22). Se cumplió lo que dijo Ana en el primer libro de los Reyes: “Los arcos de los fuertes fueron quebrados y los débiles se ciñeron de vigor. Los satisfechos van a trabajar por un pedazo de pan, mientras los hambrientos ya no tienen hambre. La mujer estéril da a luz siete veces, mientras la madre de muchos hijos se marchita. El Señor es quien da la muerte y la vida. El hace bajar al lugar de los muertos y volver a la vida. El Señor da y quita riquezas, humilla y ensalza. Levanta del polvo al desvalido y de la mugre saca al pobre, para que pueda sentarse con los grandes y ocupar un lugar de privilegio” (1Rey 2,4-8).

    Con este relato evangélico concuerda el principio del primer libro de los Reyes: “Había dos mujeres: Fenena y Ana. Fenena tenía hijos, mientras Ana no tenía ni uno. Su rival, o sea, Fenena, afligía a Ana, y la acusaba y la reprendía ásperamente, porque el Señor había cerrado su seno, y así la provocaba. Ana, por su parte, lloraba y no quería tomar alimento” (1Rey 1, 2-7).

    Fenena, que se interpreta “conversión”, es figura del rico vestido de púrpura, que no se convirtió a Dios sino al mundo, no al cielo sino al infierno. Ana, que se interpreta “gracia”, es figura del mendigo Lázaro, el cual, prevenido por la gracia de Dios, mereció subir a la gloria. El Señor mismo le concedió la gracia y la gloria.

    Fenena tuvo varios hijos. “Hijo”, en latín filius, deriva del griego phílos, que significa amor. El rico tuvo tantos hijos, cuantas fueron las obras producidas por el amor de la carne y por la vanidad del mundo. Se lee en el libro de los jueces que “Jerub-Baal, hijo de Joás, tuvo setenta hijos, nacidos de sus entrañas, porque tenía muchas mujeres” (8, 29-30).

    Observa que Fenena tuvo siete hijos, como refieren las “Historias”, y Jerub-Baal setenta. Este número tiene el mismo significado del siete, porque ambos números designan la totalidad de los vicios. Jerub-Baal se interpreta “superior” y Joás “temporal”. En este mundo, el rico fue superior al mendigo Lázaro. El hijo es figura del suceso temporal, que de la soberbia, de la gula, de la avaricia y de la vanagloria engendró, como de otras tantas mujeres, la totalidad de los vicios.

    Ana no tenía hijos, porque era estéril. El mendigo Lázaro, hombre justo, no tiene hijos de obras malas, y es estéril, o sea, sin ese fruto, del cual se dice: “Se multiplicaron, gracias al fruto del trigo, vino y aceite” (Salm 4, 8).

    En el trigo está indicada la abundancia de las riquezas, en el vino el placer de la carne y en el aceite los excesos de la gula. Con estas tres provisiones se multiplicó aquel hombre rico, del que se dice: “Había un hombre rico”: he ahí el trigo; “vestido de púrpura y de lino fino”: he ahí el vino; “y todos los días banqueteaba lautamente”: he ahí el aceite. El rico, tan multiplicado, fue sepultado en el infierno. En cambio, yo -dice el pobre- “en paz y en él dormiré y reposaré” (Salm 4, 9), en el seno de Abraham.

    Y considera aún más. Fenena hacía a Ana cuatro males: la afligía, la argüía, la reprendía y la provocaba. Igualmente, el rico hacia cuatro males al mendigo Lázaro.

    Lo afligía, porque le negaba el socorro que le debía dar. Así habla Isaías contra los que no dan a los pobres lo que es de los pobres: “En su casa guardan lo que arrebataron a los pobres. ¿Por qué oprimen a mi pueblo y pisotean la cara del pobre?, dice el Señor” (3, 14- 1 Salm).

    Lo argüía. Argüir quiere decir convencer y demostrar. El modo mejor para probar y demostrar que el plomo es un metal de poco valor, es confrontarlo con el oro. Lo mismo sucede con la pobreza, confrontada con la riqueza. Por esto, la ostentada riqueza del rico hacía más patente la miseria del mendigo.

    Lo reprendía con su desprecio. El rico reprendía a Lázaro, cubierto de úlceras, cuando, vestido de púrpura, caminaba delante del mendigo, que yacía ante sus puertas. Y de este modo lo provocaba, lo estimulaba a un amor más grande hacia Dios.

    Como consecuencia, Ana lloraba y no quería tomar alimentos. Lázaro también lloraba por las miserias de este destierro y por el retraso de la gloria (del paraíso), y no tomaba alimentos, porque deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico; pero nadie se las daba.

    Y ¿hasta cuándo, Señor Dios, el rico seguirá prosperando y el pobre se irá sufriendo? También Jeremías se preguntaba: “¿Por qué las cosas de los impíos prosperan? ¿Por qué les va todo tan bien a los traidores y a los que obran el mal?” (12, 1). Igualmente se inquietaba Habacuc: “¿Por qué no miras a los que obran el mal, y callas mientras el malvado devora a otro más bueno que él?” (1, 13). Dime, Señor Jesús, ¿hasta cuándo sucederá todo esto?

    12. “Sucedió que el mendigo murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado en el infierno”. He ahí: “el arco de los fuertes se quebró, y el mendigo ocupará un trono de gloria”.

    Y también sobre esto tenemos una concordancia con el primer libro de los Reyes, en el que se lee que Dagón “ yacía en tierra delante del arca del Señor. La cabeza del ídolo y sus dos manos yacían truncadas en el umbral. Sólo el tronco de Dagón había quedado en su sitio” (5, 4-5).

    El arca del Señor es figura del mendigo Lázaro, en el cual, como en el arca del Señor, había tres cosas: el maná, las tablas de la ley y la vara de Aarón. En Lázaro había el maná de la paciencia, las tablas del doble mandamiento de la caridad y la vara de la disciplina. Esta arca reposó en el seno de Abraham, y delante de ella yacía Dagón, postrado en tierra. Dagón se interpreta el pez de la tristeza”, y es figura del rico vestido de púrpura, que fue un pez que recorría los caminos del mar, en este mundo de tristeza y en el infierno.

    “La cabeza del ídolo y sus dos manos yacían truncadas en el umbral”. En la cabeza está indicada la grandeza temporal; en las dos manos, el poder y la abundancia; en el umbral, la salida de la vida y la Regada de la muerte. Cuando cayó Dagón, o sea, cuando murió el rico, la cabeza de sus honores y de su grandeza y las dos manos del poder y de la abundancia fueron truncadas y yacían en el umbral, o sea, en el término de la vida; y así él, como el tronco del ídolo, quedó solo, desnudo e impotente, y fue sepultado en su sitio, o sea, en el infierno. Con razón se dice: “Murió el rico y fue sepultado en el infierno”.

    ¡Oh! ¡Qué grande es la justicia de Dios! El mendigo yacía a la puerta del rico, lleno de llagas; en cambio, ahora el rico yace solo, como un tronco. Dice Salomón: “Los malvados yacerán delante de los buenos y los inicuos delante de las puertas de los justos” (Prov 14, 19).

    Lázaro murió en el pequeño nido de su pobreza, del que habla Job: “moriré en mi pequeño nido, y multiplicaré mis días como la palmera” (29, 18). El que muere en el pequeño nido de la pobreza, será plantado como la palmera en la casa de la eternidad y de la eterna lozanía (o juventud). “El justo florecerá como la palmera” (Salm 9 1, 13).

    13. “El rico fue sepultado en el infierno”. De esta sepultura habla Jeremías-. “Esto dice el Señor a Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá: “No lo floraran, gritando: “¡Ay, hermano mío! y ¡Ay, hermana mía!”. Ni lo lamentarán, levantando la voz: “¡Ay, señor! y ¡Ay, ilustrísimo!”. Será sepultado como se entierra un asno, y será echado a pudrirse fuera de las puertas de Jerusalén” (22, 18-19).

    Considera que la sepultura del asno se hace así: el dueño arranca el cuero y los perros devoran sus carnes. En los huesos, que duran más largo tiempo, está simbolizada el alma; el cuero, o sea, los bienes terrenos, se los guardan los hijos; las carnes las devoran los gusanos; y del alma se apoderan los demonios.

    Dice el Eclesiástico: “Cuando muere un hombre, sus herederos serán las bestias, las serpientes y los gusanos” (10, 13). Las bestias son los hijos sin corazón; las serpientes y los gusanos son los demonios. En la sepultura tuvo el rico vestido de púrpura, porque fue sepultado en el infierno. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola de hoy: “En esto se ha manifestado perfecta la caridad de Dios hacia nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues, como El es, así somos también nosotros en este mundo” (1 Jn 4, 17). Y comenta la Glosa: “Nosotros demostramos amar a Dios de manera perfecta, si no tememos la llegada del juez, ni tememos presentarnos a El”.

    El mendigo Lázaro no temía la llegada del juez, porque amaba a Dios de manera perfecta, y no lo esperaba como juez, sino como remunerador. En cambio, el rico vestido de púrpura, en el cual no había amor, no confiaba por cierto en el día del juicio, porque no quiso tener compasión por el pobre.

    Los justos tienen confianza, porque imitan la perfección del amor de Dios, amando en este mundo también a los enemigos. En efecto, Dios desde el cielo “hace llover sobre los justos y sobre los pecadores” (Mt 5, 45).

    Te rogamos, pues, Señor Jesús, nosotros que somos tus pobres y tus mendigos, que con el mendigo Lázaro nos hagas morir en el pequeño nido de nuestra pobreza, para ser llevados después por los ángeles al seno de Abraham.

    Dígnate concedérnoslo tu, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!

    III La pena del rico y la gloria de Lázaro

    14. “En medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio de lejos a Abraham y a Lázaro en su seno. Entonces, gritando, suplicó: “Padre Abraham, ten piedad de mi y manda a Lázaro, para que moje la punta del dedo en el agua y venga a refrescar mi lengua, porque esta llama me tortura” (Lc 16, 23-24 .

    El rico levantó los ojos, pero en vano, porque aquí abajo había establecido dirigir los ojos hacia la tierra (Salm 16, 11). Dice Isaías: “Mirará hacia la tierra, y he aquí tinieblas de tribulación, y la luz se oscureció a causa de la neblina” (5, 30). El rico miró al amor de las cosas terrenas, y por eso las tinieblas de la tribulación lo envolvieron; y la luz, o sea, su prosperidad, fue oscurecida por su neblina, o sea, por el infierno.

    “Vio a Lázaro en el seno de Abraham”. Cuán grande sea el tormento de los malos al ver la felicidad de los buenos, lo atestigua el libro de la Sabiduría: “Al verlos, serán trastornados por un terrible espanto y se sentirán llenos de estupor por su inesperada salvación. Gimiendo en la congoja de su espíritu y arrepintiéndose amargamente, dirán dentro de sí: “Estos son aquellos hombres de los que antes nos habíamos burlado y que habíamos hecho objeto de nuestro escarnio. ¡Ah, qué necios fuimos! Creíamos que la vida de ellos fuera una locura y deshonrosa su muerte. En cambio, ahora son contados entre los hijos de Dios y comparten su suerte con los santos” (Sb 5, 2-5).

    “Entonces, gritando, llamó: “ Padre Abraham… “Pedía una gota de agua aquel, que no quería dar ni una migaja” (Gregorio). “Ansiaba que de la punta del dedo de Lázaro cayera en su lengua una sola gota de agua aquel, que no quiso darle ni las migajas de pan que caían de su mesa” (Glosa). Habla de un dedo, no porque Lázaro tuviera dedos, sino para demostrar que el rico hubiera estimado un gran beneficio incluso la mínima ayuda, como la de un dedo mojado, si hubiera podido conseguir lo que pedía.

    Y añade: “Para que refresque mi lengua”. El rico no tenía lengua, pero sufrió el castigo por el pecado de la lengua, porque, como es costumbre entre los banqueteantes, se había abandonado a las chocarrerías. Era atormentado aun antes de juicio, porque para el lujurioso el estar privado de placeres ya es un tormento.

    Observa que no sólo pecó con el vicio de la gula, sino que también con la lengua, cuando durante los banquetes se entregaba a las trivialidades. Contra esa mala costumbre exhorta Salomón: “No participes en los banquetes de los bebedores de vino, ni en las glotonerías de los que se hartan de carnes” (Prov 23, 20).

    Hablando mal del prójimo, no sólo comen las carnes sino también los excrementos, porque no sólo echan calumnias contra sus obras buenas sino también emplean falsedades; y por ende no sólo comen carnes de animales sino -y es una abominación- también carne humana, cuando con el diente de la calumnia roen las obras elogiosas de los hermanos, ¡Ay de mí! ¡Cuántos religiosos hoy en día se abstienen de la carne, pero con el diente de la calumnia dilaceran a sus hermanos! De estos tipos dice Séneca: “Como hieden por debajo, así hieden por arriba”. Y el bienaventurado Bernardo:

    “Calumniar o escuchar a un calumniador, no me es fácil decir cuál de las dos cosas es más digna de condenación”. Y de nuevo: “La lengua del calumniador es como una espada a tres puntas, porque de un sólo tajo mata a tres personas: al calumniador, a quien lo escucha y al calumniado, cuando la calumnia se le viene encima”.

    15. “Pero Abraham le contestó: “Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en la vida y asimismo Lázaro sus males; ahora éste es consolado, y tú atormentado. Además, entre ustedes y nosotros está puesto un gran abismo, de manera que los que quisieren pasar de aquí a ustedes, no lo pueden hacer, ni de allá pasar acá” (Lc 16, 25-26). Considera que el rico hizo algo bueno, o sea, hizo algunas cosas buenas según el modo de los buenos, aunque no estuviera impulsado por la caridad; y la misericordia divina, en su generosidad, lo recompensó con bienes temporales.

    “Y Lázaro símilmente tuvo sus males”. Por el mal que hiciera, con los pecados veniales, recibió en recompensa los males de la tribulación. Y por eso “él ahora es consolado, y tú atormentado”.

    Y observa que, si uno se halla en pecado mortal, el bien que cumple a la manera de los buenos, le sirve en cinco modos. Primero: lo hace más idóneo, para recibir la gracia; segundo: lo hace capaz de dar buen ejemplo al prójimo; tercero: lo acostumbra a hacer el bien; cuarto: lo hace merecedor de la recompensa de los bienes temporales, como sucede con este rico; quinto: si muere en pecado mortal, le serán mitigadas las penas del infierno.

    Sigue la respuesta de Abraham a la demanda del rico: “Entre ustedes y nosotros hay un gran abismo Como los condenados quisieran pasar de las penas a la gloria de los santos, así los justos, impulsados por la piedad, con el pensamiento, quisieran ir hacia los que sufren los tormentos, para liberarlos. Pero no pueden hacerlo, porque las almas de los justos, aunque por la índole bondadosa de su naturaleza tengan también la misericordia, sin embargo, están atados tan perfectamente a la justicia de su Creador, que ya no pueden ser movidos a compasión por los réprobos.

    Entre el rico y el pobre hay un tal abismo, que los que quieran atravesarlo, ya no lo pueden hacer, porque después de la muerte los méritos no pueden ser permutados.

    16. Con esto concuerda lo que se lee en el primer libro de los Reyes, en el cual se relata que “David tomó la lanza y el jarro de agua, que estaban a la cabecera de Saúl. Luego David cruzó al otro lado y se puso en la cima del monte, a lo lejos, de manera que había un gran espacio entre ellos. Entonces David levantó la voz y gritó: “Abner, fijate dónde están la lanza del rey y el jarro de agua, que él tenía a su cabecera” (1Rey 26, 12…

    David se interpreta “fuerte de mano”, y Saúl, “el que abusa”. En la lanza están representadas las riquezas; en el jarro de agua, el placer de la gula. David es figura del mendigo Lázaro, el cual siempre fue fuerte en medio de tantas angustias y tribulaciones; Saúl es figura del rico vestido de púrpura, que abusó de los bienes que Dios le había concedido.

    David sustrajo a Saúl la lanza y el jarro de agua; y Lázaro sustrajo al rico la lanza, o sea, el poder de las riquezas, y el jarro de agua, o sea, el placer de la gula, ya que el rico no quiso tener piedad de él; y esto debe considerarse la causa.

    Y Lázaro pasó de la tribulación al reposo y se sentó en el vértice del monte, a lo lejos, o sea, descansó en el seno de Abrahám, bien alejado de las penas del rico.

    “Y el rico levantó los ojos Y David gritó a Abner: “Fíjate dónde están la lanza del rey y el jarro de agua, que él tenía a su cabecera”.

    Oh rico epulón, ¿dónde está ahora la lanza de tus riquezas, con la que solías golpear a los pobres? ¿Dónde está el jarro de agua, dónde está el placer de la gula? ¿Quien mojará tu lengua, ahora que eres atormentado por las llamas?

    Con razón se dice: “Este es consolado, en cambio, tú eres atormentado”.

    Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola de hoy: “En el amor no hay temor, sino que la perfecta caridad elimina el temor, porque el temor supone un castigo; y el que teme, no ha negado a la plenitud del amor” (1Jn 4, 18). En el amor del mendigo Lázaro no hubo temor: lo eliminó su perfecto amor, porque, como comenta la Glosa, “el amor hace que no se teman las tribulaciones de la vida presente”. En cambio, el temor del rico, que temía perder los bienes poseídos, lo llevó al castigo de la muerte.

    Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos liberes de la sed inextinguible y del fuego ardiente y que nos coloques con el bienaventurado Lázaro en el seno de Abraham.

    Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    IV- La desesperada súplica del rico en favor de sus cinco hermanos

    17. “Te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, donde tengo cinco hermanos: que los amoneste, para que ellos también no caigan en este lugar de tormentos” (Lc 16, 27-28). Demasiado tarde este rico comienza a hacer el maestro, porque ya no hay tiempo ni de aprender ni de enseñar. Después que el rico, que arde en el fuego, perdió la confianza en sí mismo, recurre a los vecinos, diciendo: “¡Te ruego, padre Abraham!…

    Presta atención a estos tres momentos: la casa, mi padre, y los cinco hermanos. El padre del rico fue el diablo, a quien imitó. Su casa fue el mundo, o sea, los mundanos. En esta casa viven sus cinco hermanos, o sea, todos los que son esclavos de los cinco sentidos del cuerpo.

    El rico, que se ve condenado a causa de los cinco sentidos del cuerpo, que amó como hermanos, experimenta ahora cierta piedad por aquellos que se entregan a los placeres de los cinco sentidos, justamente él que no tuvo piedad por sí mismo, y procura proveer.

    Y advierte que los carnales aman los cinco sentidos del cuerpo como hermanos; en cambio, los justos los toman como esclavos.

    En esto hallamos una concordancia con el primer libro de los Reyes, donde se lee que “Abigail se levantó rápidamente y montó en un asno, seguida de cinco de sus esclavas; y siguió a los mensajeros de David; y él la tomó por esposa” (1Rey 25, 42). Abigail se interpreta “exultación de mi padre”, y es figura del alma penitente, por cuya conversión hay gran gozo en el cielo. Ella monta en un asno, o sea, somete la carne; y la acompañan sus cinco criadas, o sea, los cinco sentidos del cuerpo: la vista de la inteligencia, el oído de la obediencia, el gusto de la aprobación, el olfato de la investigación y el tacto de la acción. Y así se dispone a seguir a los mensajeros de David, o sea, la pobreza, la humildad, la pasión de Jesucristo. Estas virtudes nos hablan de El y nos dicen cómo fue su vida en este mundo. Y así llegó a ser su esposa, comprometida con El mediante el anillo de una fe perfecta.

    18. “Entonces Abraham le respondió: “Tienen a Moisés y a los profetas. ¡Que los escuchen!”. Pero el rico insistió: “¡No, padre Abraham! Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”. Replicó Abraham: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, aunque resucite alguno de los muertos, tampoco se convencerán”.

    Se deduce de esto que el rico era judío, porque sus hermanos estaban sujetos a la ley de Moisés y a los profetas. Por esto, quizás, Abraham lo llama “hijo”, y él llama a Abraham “padre”.

    El que había despreciado las palabras de Dios, estaba convencido que tampoco sus seguidores las escucharían. Los que desprecian las palabras de la Ley, más difícilmente observarán los preceptos del Redentor, quien resucitó de entre los muertos, preceptos que son mucho más exigentes. Y si rehúsan cumplir sus mandatos, sin duda rehúsan también creerle. Los hombres carnales, entregados a los placeres de la carne, no escuchan ni a Moisés, o sea, al santo prelado de la Iglesia, ni a los profetas, o sea, a los predicadores; y lo que es mucho peor, tampoco creen en Cristo, que resucitó de entre los muertos. Saúl creyó a Samuel, evocado por una adivina; ¿y nosotros no creeremos al verdadero Hijo de Dios, realmente resucitado por Dios, su Padre?

    Tenemos una concordancia en el primer libro de los Reyes. Dijo Saúl a la adivina: “Practica para mí la evocación de un espíritu, y haz que se aparezca el que yo te diga”. La mujer preguntó: “¿Quién quieres que se te aparezca?”. Respondió Saúl: “Que se me aparezca Samuel”. Cuando la mujer vio a Samuel, lanzó un fuerte grito y dijo a Saúl: “¿Por qué me mandaste esto? ¡Tú eres Saúl!”. Pero el rey la tranquilizó: “No temas. Dime qué has visto”. Y la mujer le respondió: “He visto a un hombre anciano, solemne, envuelto en un manto sacerdotal”. Saúl comprendió que era Samuel y se postró con el rostro en tierra. Y el espíritu de Samuel, como relata José Flavio, dijo a Saúl: “¿Por qué me has perturbado y obligado a aparecer?” (1Rey 28, 8-13).

    De esta aparición, como relatan las Historias, piensan algunos que fue un espíritu maligno que se apareció a Saúl bajo la semblanza de Samuel, o que su figura fue sólo imaginaria, y fue Ramada Samuel. Otros opinan que, con el permiso de Dios, se apareció sólo su alma, revestida de un cuerpo que se le asemejaba. Otros piensan que sólo el cuerpo fue evocado con el “espíritu vegetativo”, que tenemos en común con los animales, mientras su alma permaneció tranquila en su lugar de descanso.

    En fin, nosotros debernos tratar los cinco sentidos del cuerpo no como hermanos sino como esclavos. Escuchemos a Moisés y a los profetas; pero sobre todo hemos de creer en Cristo, resucitado de entre los muertos y sentado a la derecha del Padre; y, creyendo, hemos de amarlo.

    19. La cuarta parte de la epístola de hoy concuerda con esta cuarta parte del evangelio: “Amemos, pues, a Dios, porque El nos amó primero. Si uno dijera: “Amo a Dios”, y después odiara a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo podrá amar a Dios, a quien no ve?” (1 Jn 4, 19-20). Y Agustín comenta: “Si uno amara con amor espiritual a aquel que ve con los ojos del cuerpo, vería también a Dios, que es el mismo amor, con los ojos del espíritu, con los que únicamente Dios puede ser visto. Quien, pues, no ama al hermano al que ve, ¿cómo puede amar a Dios, que es el mismo amor, si está privado de amor el que no ama a su hermano?”.

    Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor, que es el Amor, que nos conceda la gracia de amar la pobreza del mendigo Lázaro, de aborrecer las riquezas del rico vestido de púrpura, de librarnos de la sepultura en el infierno y de llevarnos al seno de Abraham.

    Nos lo conceda aquel Dios, al cual pertenecen el honor y la gloria, la magnificencia y el poderío por los siglos de los siglos.

    Y todo verdadero pobre responda: “¡Amén!

    ¡Así sea!”.

    Cita bíblica