Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XII después de Pentecostés

    Exordio.

    El predicador y el prelado de la Iglesia

    1. “En aquel tiempo, Jesús salió de la región de Tiro, y a través de Sidón llegó al mar de Galilea, en pleno territorio de la Decápolis” (Mc 7,31). Se lee en el Eclesiástico: “El artesano herrero, sentado junto al yunque, Observa su trabajo del hierro. El calor del fuego le tuesta las carnes y debe luchar contra el ardor de la fragua. El ruido del martillo ensordece sus oídos, mientras sus ojos están fijos en el modelo del vaso. Aplica su corazón a la ejecución de la obra y cuida para acabarla a la perfección” (38, 29~31).

    El artesano se dice en latín faber, que significa “hacer”, o sea, trabajar el hierro; y es una figura del santo predicador de la iglesia, que fabrica las armas espirituales. El debe sentarse unto al yunque, o sea, debe aplicarse al estudio y a la práctica de la Sagrada Escritura, justamente para practicar lo que predica. El yunque se llama así porque por medio de él forjamos algo, o sea, se produce golpeando. En latín cadere significa batir y plegar.

    Se lee en la Historia Natural que las abejas vuelan en el aire como para ejercitarse y después regresan a la colmena y se nutren. Así los predicadores, ante todo, deben ejercitarse en el aire de la contemplación, con el deseo de la bienaventuranza celestial, para poder después nutrirse a sí mismos y a los demás con mayor fervor con el pan de la palabra de Dios.

    El predicador debe también Observar el trabajo del hierro, o sea, la mente férrea de los oyentes, para producir de ella las armas de las virtudes, idóneas para derrotar los poderes del aire. El hierro deriva su nombre de herir, para con él herir o domar las otras cosas. O también: el hierro es así llamado, porque hunde en la tierra las semillas de las mieses, llamadas en latín farra.

    También el acero, que en latín se dice chalybs del río Calibe, en cuyas aguas era templado el hierro para obtener un óptimo acero.

    Observa que el hierro no sufre herrumbre si se lo unta con albayalde, yeso y pez líquida; o también si es untado con meollo de ciervo o con albayalde, mezclado con aceite de rosas. El albayalde es una materia que sirve para pintar y está compuesta de estaño y de plomo. El yeso es un producto de la Grecia, afín a la cal, muy apto para hacer figuras, relieves y guirnaldas en los edificios. Y considera todavía, que el hierro, o sea, la mente del hombre, recibe un óptimo temple en el río de las lágrimas. Y la mente jamás es corroída por la herrumbre del pecado, si se la unta con albayalde y con las otras materias señaladas. vamos a analizar el significado del albayalde, del yeso, de la pez, del meollo de ciervo y del aceite de rosas.

    El albayalde se compone de estaño y plomo. En el estaño y en el plomo está simbolizada la humanidad de Cristo, que fue de estaño en la natividad. Dice Zacarías: “Se alegrarán y verán la piedra de estaño en las manos de Zorobabel” (4, 10). En la piedra de estaño están simbolizadas la naturaleza divina y la naturaleza humana que nuestro Zorobabel, Jesucristo, tuvo en la mano de su potencia. Los que ahora se alegran con El, lo contemplarán un día a El, Dios y Hombre, cara a cara, en la Jerusalén celestial.

    La humanidad de Cristo fue de plomo en la pasión: “Se echó a perder el fuelle, y el plomo se quemó por el fuego” (Jer 6, 29). Sobre este tema analiza el sermón del cuarto domingo después de Pascua, donde se comenta el evangelio: “Retorno a aquel, que me envió”.

    En el yeso está simbolizada la cándida vida de los santos; en la pez, la humildad y la pobreza; en el meollo de ciervo, la misericordia hacia el prójimo; en el aceite de rosas, la castidad del cuerpo. El que unte el hierro de su mente con todas estas virtudes, sin duda estará libre de toda herrumbre de pecado. Con razón dice: “Observa el trabajo del hierro”. “El calor del fuego le tuesta las carnes”. El calor del fuego es el fervor de un santo celo, que debe quemar las carnes, o sea, las carnalidades del predicador o del prelado, para que pueda decir con el Apóstol: “¿Quién se enferma sin que yo no me enferme? ¿Quién tropieza sin que un fuego me devore?” (2Cor 11, 29). “Y lucha contra el fuego del horno”, o sea, de las tentaciones; es decir, pelea contra los vicios.

    “El ruido del martillo El martillo se llama en latín malleus, porque golpea y trabaja lo que se volvió muelle por el fuego. El martillo es la palabra de Dios, de la que habla el Señor por boca de Jeremías: “¿Mis palabras no son, quizás, como el fuego y como el martillo que despedaza las piedras?” (23, 29). El predicador, cuando golpea la masa de hierro, provoca el terror de los tormentos y con estos golpes ensordece los oídos.

    ¡Ay de aquel que golpea a los demás golpeándolos los conmueve, y mientras él permanece insensible! Debería decir con Isaías: “Yo que hago parir”, o sea, los gemidos de la compunción, “¿justamente yo no pariré?” (66, 9). ¿No debería yo también prorrumpir en gemidos?

    O también: “la voz del martillo” podría ser también ésta: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!”, que debería resonar siempre en los oídos del corazón. El verbo “resuena” se dice en latín innovat, renueva, para que esta amenaza esté siempre como “nueva” delante de los ojos.

    “Y su ojo se fija en el modelo del vaso”. El ojo simboliza la intención del predicador, que debe dirigirse al modelo del vaso, o sea, al modelo de las almas electas, para serles semejante. Para proceder a la semejanza, hay que partir siempre de un modelo.

    “Aplica todo el corazón a la ejecución de la obra”, para poder repetir con el Señor: “Acabé la obra que me diste que hiciese” (Jn 17, 4).

    “Y cuida para que el trabajo salga a la perfección”. Con su perfección el predicador debe proveer a la imperfección de las almas, para poder curar, con los dedos de sus obras santas y con la saliva de la divina predicación, a las almas sordas y mudas. Por esto se dice en el evangelio de hoy: “Jesús salió del territorio de Tiro”.

    2. Observa que en este evangelio se destacan dos hechos: la salida de Jesucristo del territorio de Tiro y la curación del sordomudo. El primero, cuando dice: “Jesús salió del territorio de Tiro. El segundo, cuando se añade: “Y le trajeron un sordomudo”. Vamos a hallar algunos pasajes del Eclesiástico, que concuerdan con esas dos partes del evangelio. En el introito de la misa de hoy se canta: “Mira, Señor, a tu alianza” (Salm 73, 20). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Esta es la confianza que tenemos”. La dividiremos en dos partes, con las que estableceremos una concordancia con las dos partes del santo evangelio. La primera parte: “Esta es la confianza que tenemos”. La segunda: “El que nos hizo ministros idóneos”.

    I La salida de Jesucristo de los confines de Tiro

    3. “Salió Jesús de la región de Tiro; y, pasando por Sidón, llegó al mar de Galilea, en pleno territorio de la Decápolis” (Mc 7, 31).

    Sentido alegórico. Tiro se interpreta “estrechez, y significa a la Judea, a la cual el Señor habla por boca de Isaías: “Demasiado corto es el lecho y demasiado angosto es tu manto, que no puede cubrir a los dos” (Is 28, 20). “Levántense, pues, y vámonos de aquí” (Jn 14, 3 1). “Salió de Tiro y pasó por Sidón”, que se interpreta “caza”, hecha por la predicación de los apóstoles, de los que dice en Jeremías: “Yo enviaré a mis cazadores y los cazarán” (Jer 16, 16). “Y llegó al mar de Galilea, nombre que se interpreta “rueda”, o sea, pasó a los paganos que vivían en la amargura de sus pecados y en la rueda, o sea, en el engranaje de las preocupaciones temporales. “En pleno territorio de la Decápolis”. Decápolis es la región de diez ciudades, colocadas más allá del jordán, y simboliza los mandamientos del Decálogo, que el Señor dio también a los paganos para que los Observaran.

    Sentido literal. Marcos no dice que Jesús haya entrado en el territorio de la Decápolis ni que haya cruzado el mar, sino que dice que Jesucristo llegó sólo hasta el mar y hasta una localidad que miraba al territorio de la Decápolis, situada lejos, más allá del mar (Glosa).

    Vamos a ver ahora qué cosa signifiquen, en sentido moral, Tiro y su región, Sidón, el mar de Galilea, la Decápolis.

    Se debe salir de la región de Tiro y se debe llegar al mar de Galilea a través de Sidón. Este es el camino de la vida, el sendero de la justicia, del que habla Isaías: “El camino del justo es recto; el sendero del justo es llano para caminar” (26, 7).

    Tiro se interpreta “estrechez” y Sidón “caza a la tristeza”. Tiro es figura del mundo, sobre cuya estrechez tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “Hijo mío, ¿pecaste? No añadas otros e implora el perdón de tus faltas pasadas. Huye del pecado como a la vista de la serpiente, porque si te acercas, te morderá. Sus dientes son como dientes de león, que matan las almas de los hombres. Toda iniquidad es como una espada de doble filo y sus heridas son incurables” (21, 1-4).

    Presta atención a estas tres cosas: la serpiente, los dientes del león y la espada. En la serpiente se designa la lujuria, en los dientes del león la avaricia y en la espada la soberbia.

    La serpiente se dice en latín cóluber, porque colit umbras, ama las sombras, o también por que es lubricosus, viscoso y resbaladizo: huye del ciervo, mata al león, y es símbolo de la lujuria, que ama las sombras, o sea, mora en los que son sombríos, o sea, tibios y ociosos. Fácilmente resbala en el alma si no se le rompe la cabeza. Por eso hay que resistirle desde el comienzo. Huye del ciervo, o sea, del humilde penitente, porque él mismo la huye, según el mandato: “¡Huyan de la fornicación!” (1Cor 6, 18). En cambio, mata al león, o sea, al soberbio. Antes de la caída en la lujuria, el corazón del hombre se exalta en la soberbia, que es el principio de todo pecado (Prov 18, 12).

    Símilmente, los dientes son llamados así, porque desmenuzan, en latín dividentes, los alimentos. Los dientes delanteros se llaman incisivos, los siguientes son los caninos y los últimos son los molares. Considera que la rapiña de los avaros es triple: algunos cortan, porque no quitan todo sino sólo una parte; otros son como los dientes caninos, y son los legistas y los canonistas, que en las causas, o sea, en los tribunales, por dinero ladran como perros; en fin, otros son como los molares, y son los poderosos y los usureros, que trituran a los pobres. Sin embargo, “el Señor quebrará los dientes de los pecadores y las muelas de los leones” (Salm 57, 7).

    Asimismo, la espada de doble filo ( en latín romphaea), pero que el pueblo llama spatha, y simboliza la soberbia, que mata al alma con una doble muerte. Huye, pues, de la serpiente de la lujuria, de los dientes de la avaricia y de la espada de la soberbia. Esta es la región de Tiro, en la que reina la estrechez, o sea, la angustia y la aflicción del espíritu, de las que habla Salomón: “Los ojos del necio vagan por todas las regiones de la tierra” (Prov 17, 24). Las regiones o los territorios son llamados en latín fines, confines, límites, porque están mensurados con la cuerda (en latín funis, funiculus). Los que se dejan enredar con las cuerdas de sus pecados, serán separados de la herencia de los santos.

    4. De esta ciudad de Tiro dice Isaías: “Sus pies la llevarán a peregrinar muy lejos. ¿Quién decidió esto contra Tiro, la coronada, cuyos mercaderes eran príncipes y cuyos comerciantes eran los más nobles de la tierra? El Señor de los ejércitos lo decretó para confundir la soberbia de toda su opulencia y para humillar a todos los más nobles de la tierra” (23, 7-9).

    Tiro es figura del mundo, coronado con una corona de soberbia, poder y grandeza, cuyos mercaderes son los príncipes, o sea, los prelados de la iglesia, de los que se dice en el Apocalipsis: “los mercaderes eran los grandes de la tierra” (18, 23). Estos son mercaderes ismaelitas, que, como dice el Génesis, “vendieron a José en Egipto” (37, 8). El verdadero José, Jesucristo, hoy es vendido por los mercaderes que son los arzobispos, los obispos y los demás prelados de la iglesia. Corren y van de una parte a otra, compran, venden y revenden la verdad por la mentira y oprimen la justicia con la simonía. Y Observa que “negocio” tiene doble significado: a veces indica la acción judicial, que es la disputa litigiosa; otras veces, indica la ejecución de alguna cosa, cuyo contrario es el ocio. En este caso “el negocio” niega “el ocio” (en latín negotium, negans otium); y negociante es aquel que se dedica al comercio.

    Los comerciantes son los abades y los priores hipócritas y los falsos religiosos, los que, por el dinero de la alabanza humana, en la plaza de la vanidad mundana, venden la falsa mercadería de la santidad ajena (de una santidad que no tienen) bajo el pretexto de la religión.

    Tiro, pues, con sus mercaderes y comerciantes, será llevada a la esclavitud. Pero, ¿por quién? Por cierto, por sus pies, con los que ahora vaga de una parte a otra. Ellos mismos serán la causa que la llevarán a peregrinar al destierro de la gehena. ¿Y quién podía imaginar que los príncipes y los nobles de la tierra, prelados y religiosos, que parecen hablar con Dios cara a cara y que guardan las llaves del reino de los cielos, serían llevados al destierro de la muerte eterna? Por esto los condenados, que fueron sus súbditos y parroquianos, se dirigen al prelado condenado al infierno con las palabras de Isaías: “¿Tú también fuiste derribado como nosotros y llegaste a ser semejante a nosotros? Tu soberbia fue hundida en el infierno, al infierno cayó tu cadáver. Debajo de ti hay una capa de tiña (podredumbre) y tu manta son los gusanos” (14, 10-11).

    Semejante lecho tendrán los obispos y los prelados, los abades y los falsos religiosos, que, como dice el profeta Amós, “ahora duermen en camas de marfil y en sus lechos se entregan a la lujuria”, como los caballos en las praderas con sus yeguas. El Señor de los ejércitos estableció todo esto, para abatir la soberbia y toda la fastuosidad de los prelados, hundirlas abajo en el infierno y reducir a la infamia de la eterna vergüenza a todos los grandes de la tierra, que se revisten de las nobles plumas del gavilán y de la garza y caminan con el vientre prominente.

    Sobre los poderosos amenaza una condenación más rigurosa, dice la Sabiduría (6, 9). El justo, pues, miembro de Jesucristo, no se deje arrastrar a esa peregrinación con la desventurada Tiro; sino que, lo suplico, salga con Jesús de la región de Tiro, o sea, de sí mismo, como dice el evangelio: “Jesús salió de la región de Tiro”.

    “Pasando por Sidón, Regó al mar de Galilea”. Sobre Sidón, su interpretación y su significado, busca el segundo sermón del segundo domingo de Cuaresma sobre el evangelio de Mateo (15, 2 1): “Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y Sidón”.

    Galilea se interpreta “trasmigración”. El mar de Galilea simboliza la amargura de la penitencia, por medio de la cual se transmigra, o sea, se pasa de los vicios a las virtudes y se progresa de virtud en virtud. Sobre la amargura de la penitencia consulta el sermón del cuarto domingo de Cuaresma sobre el evangelio de la multiplicación de los panes. “En pleno territorio de la Decápolis”. Decápolis es una palabra griega que significa “diez ciudades”. Entonces Jesús llegó a la región de las diez ciudades. Observa que estas diez ciudades son aquellas diez virtudes que el Eclesiástico enumera en alabanza de Simeón, hijo de Onías.

    5. “Simeón, hijo de Onías, fue sumo sacerdote. Como el lucero de la mañana en medio de la niebla, como la luna en los días en que luce llena, como el sol fulgente, así resplandeció él en el templo de Dios; y como el arco iris que brilla entre nubes de gloria, y como la flor de rosas en la estación de la primavera, como un lirio junto a la corriente de agua, como el árbol del incienso fragante en los días de verano; como un vaso de oro macizo, adornado de toda piedra preciosa, como un olivo verde y tupido de frutos y como un ciprés que se eleva a lo alto” (Sir 50, 1 y 6-11).

    Hemos omitido dos expresiones: “como fuego ardiente e incienso que quema en el fuego”, porque nos parecen incluidas “en el sol fulgente” y “en el incienso fragante”.

    También observa que de este pasaje se puede sacar un sermón para cualquier fiesta de santa María y también para la fiesta de un apóstol, de un mártir y de un confesor.

    Simeón se interpreta “el que escucha la tristeza”, y es figura del justo el cual, ya coma, ya beba, ya haga cualquier otra cosa, escucha, en la tristeza de su corazón, esa terrible trompeta: “¡Levántense, muertos, y vengan al juicio del Señor!”.

    Es llamado “hijo de Onías”, que se interpreta “afligido en el Señor”. Es el hijo de la aflicción, en la cual sólo apetece agradar al Señor., Con razón se le dice sacerdote, o sea, que ofrece cosas sagradas (en latín, sacra dans), porque él se ofrece a si mismo al Señor en sacrificio de suave perfume. Y considera atentamente que la vida del santo varón es comparada al lucero de la mañana, a la luna, al sol, al arco iris, a la flor de las rosas, al lirio, al incienso fragante, al vaso de oro, al olivo lozano y al ciprés. He ahí la Decápolis, he ahí la región de las diez ciudades, de las que se lee en el evangelio: “Tú tendrás autoridad sobre diez ciudades” (Lc 19, 17).

    La vida del justo es como el lucero de la mañana en medio de la niebla, o sea, de la vanidad mundana. Observa que en la neblina se teme al bandido; disipada la neblina, el sol resplandece más luminoso. Si intentas tocarla, nada sientes; cuando se eleva, es señal de tempestad; cuando se disuelve, es señal de buen tiempo. En la neblina las cosas parecen más grandes; se difunde por toda la tierra y no se sabe más por dónde ir. Así en la vanidad del mundo, en las pompas del siglo, está escondido el bandido, o sea, el diablo o el pecado. Y por eso el justo nutre un gran temor, cuando le sonríen las cosas temporales. ¡Huyan, oh justos, porque “está escondida la víbora en la hierba!” (Virgilio). En la niebla se esconde el bandido.

    Disipada la niebla, o sea, despreciada la pompa del mundo, más luminoso resplandece el sol de la gracia. Dice el profeta Malaquías: “Para ustedes que temen a Dios, nacerá el Sol de la justicia” (Mal 4, 2). Si se intenta palpar la niebla, no se siente nada. Dice el Salmo: “Los hombres de las riquezas durmieron su sueño y nada hallaron en sus manos” (Salm 75, 6). Son llamados “hombres de las riquezas” y no “riquezas de los hombres”, porque son esclavos del dinero.

    Cuando la niebla se alza, es señal de tempestad. Cuando la gloria mundana te eleva, es señal de tu condenación. Dice Agustín: “No hay señal más evidente de eterna condenación que cuando las cosas temporales obedecen a nuestras señas, o sea, a nuestro placer”. Cuando se disipa la niebla, es señal de tiempo sereno, o sea, de vida perfecta: “Si quieres ser perfecto -dice Jesús-, vende lo que tienes y dáselo a los pobres; y ven y sígueme” (Mt 19, 21).

    En la niebla las cosas parecen más grandes. Cuando uno está envuelto en la gloria mundana, parece más grande de lo que es. Es como una vejiga, inflada de viento, que parece más grande de lo que es; pero una punzada de la aguja, o sea, de la muerte, manifestará lo pequeño que es.

    La niebla cubre toda la tierra. La niebla es llamada así de obnúbere, cubrir con un velo. Los valles húmedos hacen brotar las nieblas. ¡Ay de mí! Toda la tierra está cubierta de niebla, y por eso los hombres no ven. Dice el Salmo: “Están cubiertos de iniquidad”, con respecto a Dios, “ y de impiedad”, o sea, de maldad con respecto al prójimo (72, 6). Dice Job: “La gordura cubrió su rostro”, o sea, la abundancia de los bienes temporales, “y la grasa desborda de sus ijares” (15, 27).

    Súbitamente la niebla cubre toda la tierra y no se sabe más por donde se va. Dice Job: “Aunque su arrogancia suba hasta el cielo y su cabeza toque las nubes, como estiércol será barrido para siempre; y los que lo ven, dirán: “¿Dónde está?”. Como un sueño que huye, no será hallado y se disipará como una visión nocturna. Y el ojo, acostumbrado a verlo, ya no lo verá; y su lugar ya no lo reconocerá” (20, 6-9). La gloria del pecador, pues, es como estiércol (1 Mc 2, 62). En cambio, la gloria del justo es como lucero de la mañana en medio de la niebla, como Abraham en Ur de los Caldeos, como Lot entre los habitantes de Sodoma, como Job, hermano de los dragones y los avestruces, como Daniel en la fosa de los leones.

    6. “Como la luna en los días en que luce llena”. La luna llena resplandece toda la noche; y así el justo dirige su atención a todo género de pecadores y de todos se compadece.

    “Como el sol que resplandece”. En los rayos del sol se ven los átomos, así a través de la vida del justo resaltan nuestros defectos. El átomo es el finísimo polvillo, que aparece en los rayos del sol (Isidoro). ¿Y por qué nosotros ciegos no vemos nuestros defectos? No los vemos, porque no los miramos a través de la luminosa vida de los santos. Estos átomos los veía Job, cuando decía: “Observaré a los hombres y diré: “¡Pequé!” (33, 27).

    El sol atrae a sí también gotas de agua; y también el justo convierte a Dios a los pequeños. El sol es luminoso, cálido y redondo. Y el justo es luminoso hacia el prójimo, cálido hacia Dios y redondo, o sea, perfecto, hacia sí mismo. Esto era lo que decía el Apóstol: “Vivamos en este mundo con sobriedad, justicia y piedad” (Tit 2, 12).

    “Como el arco iris esplendente entre nubes de gloria”. El arco iris proviene de la reverberación de los rayos solares contra una nube acuosa. La nube acuosa es el justo, siempre Reno del humor de las lágrimas y de compasión hacia el prójimo. Este, recibiendo en sí mismo los rayos del verdadero Sol, vuelca de sí mismo hacia los demás la lluvia de la doctrina. En el arco iris hay dos colores: el rojo fuego y el azul celeste. El color rojo fuego es símbolo del amor hacia Dios y el color azul celeste es símbolo del amor al prójimo. Y este arco iris resplandece entre nubes de gloria”. El justo delante de los hombres aparece neblinoso, o sea, despreciado, como dice el Apocalipsis: “El sol se puso negro como tela de cilicio” (6, 12); pero delante de Dios resplandece de gloria.

    “Como la flor de rosas en los días primaverales”. En la rosa se advierten dos cosas: la espina y el deleite. La espina punza, la flor de la rosa deleita. Así, en la vida del justo hay la espina de la compunción y el aroma del deleite; y esto en los días primaverales, porque en el tiempo de la prosperidad se alegra también de las adversidades. “Como el lirio cerca de las corrientes de agua”. En los lirios se designa la pureza de la mente y del cuerpo. De ellos habla el Cantar de los Cantares: “Mi amado descendió a su huerto, para recoger lirios. Yo soy para mi amado y mi amado es para mí; él se apacienta entre lirios” (6, 1-2). Se Dama huerto, porque viene del latín orior, nacer, porque en él siempre nace algo. Mientras la tierra común produce sólo una vez por ano, el huerto nunca queda sin algún fruto.

    El huerto es el alma del justo que continuamente da frutos y jamás carece de ellos. Al huerto desciende el amado, cuando el Hijo de Dios le infunde la gracia y en su pureza interior y exterior halla su reposo. “Yo, dice el alma del justo, pertenezco a mi Amado y El me pertenece a mí”. Dice el Salmo: “El Señor es parte de mi heredad” (15, 5). El es mi heredad y yo la suya. Estos lirios están colocados “cerca de la corriente de agua”, o sea, en este mundo que cae en ruina. El justo, aun en medio de la abundancia temporal, conserva la pureza de su vida.

    “Y como la planta del incienso fragante en los días de verano”. La planta del incienso se hiere durante el verano, para preparar la cosecha otoñal. Así el justo sufre tribulaciones en el tiempo presente, pero en el futuro cosechará el fruto de la vida eterna. Este tema fue tratado más ampliamente en la tercera parte del sermón del décimo domingo después de Pentecostés, donde se comenta el evangelio: “Mi casa será llamada casa de oración”. “Como un vaso de oro macizo”. La concavidad del vaso es idónea para contener lo que se vierte; y es figura de la humildad del corazón del justo, idónea para recibir las gracias divinas. La soberbia impide la infusión de la gracia. Y con razón el justo es llamado “vaso de oro macizo”: vaso, porque es humilde; de oro, porque brilla y es precioso; macizo, porque “su esperanza está llena de inmortalidad” (Sab 3, 4), y está adornado con toda piedra preciosa, o sea, con todo género de virtudes. “Como un olivo lozano”. Olivo, porque es misericordioso; lozano, porque el justo se cree siempre en los comienzos de su conversión. Lozano es en latín púllulans, que germina, y suena como pollens cum laetitía, virtuoso con alegría, “porque Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9, 7). “Y como el ciprés que se eleva hacia lo alto”. El ciprés debe su nombre a que su punta es redondeante o cónica. La cabeza o cima , o sea, la mente del justo se eleva hacia la redondez, o sea, hacia la perfección del amor divino y se lanza hacia las alturas de la contemplación.

    ¡Bienaventurado aquel que habitará en estas diez ciudades! Ellas son ciudades refugio”: el que se refugia en ellas, será salvo. Si tú, junto con Jesús, sales de la región de Tiro y, por Sidón, llegas al mar de Galilea, al centro del territorio de la Decápolis, podrás decir con el bienaventurado Pablo en la epístola de hoy: “Y tenemos una gran confianza delante de Dios por medio de Jesucristo. No que por nosotros mismos seamos capaces de pensar en algo corno proveniente de nosotros, sino que nuestra capacidad viene de Dios” (2Cor 3, 4-5). Puede nutrir confianza en Dios por medio de Jesucristo aquel, que sale del territorio de Tiro. El desprecio de las cosas terrenales engendra la confianza en los bienes eternos. Sin embargo, como la gracia preveniente y cooperante sólo viene de Dios, por esto añade: “No que seamos capaces de pensar en algo bueno”, como algo de nuestra parte que nos defienda, como si proviniera de nosotros; “sino que nuestra capacidad viene sólo de Dios”.

    7. Sobre esto tenemos la concordancia en el Eclesiástico: “El rebosa de sabiduría como se desborda el Pisón y como el Tigris en la estación de los frutos. Inunda el sentimiento (inteligencia) como el Éufrates y crece como el jordán en tiempos de cosecha. El esparce la ciencia como la luz sumerge como y el Gijón en el tiempo de la vendimia” (24, 35-37).

    Observa que aquí son enumerados cinco ríos, en los que está simbolizada toda perfección, tanto del camino (la vida terrenal) como de la patria. La perfección del itinerario abarca tres grados: los incipientes, los proficientes y los perfectos. Pisón se interpreta “cambio de la boca”, Tígris “flecha” y Éufrates “fértil”.

    Jesucristo es como el Pisón para los incipientes. Los que antes hablaban la lengua de Egipto, ahora hablan la lengua de Canaán; y su rostro que antes estaba quemado por los pecados, ahora luce espléndido. Como el río Pisón se hincha e inunda la tierra, de la misma manera Cristo hace abundar la sabiduría en los incipientes, “para que comprendan las cosas de Dios los que antes comprendían sólo las cosas de la carne” (Rom 8, 5).

    Símilmente, para los proficientes Cristo es como el Tigris en la temporada de los frutos, o sea, de las semillas. Entonces el Tigris inunda la tierra. Considera que en la flecha hay tres componentes: la madera, el hierro y la pluma” (en la extremidad posterior) para dirigir el vuelo. Cristo, con el madero de su pasión, con el hierro del temor y con la pluma de su amor, hiere los corazones de los penitentes, los que cada día progresan y, como la buena semilla, crecen cada día de virtud en virtud. Asimismo, Cristo es para los perfectos como el Éufrates: sus sentimientos y su inteligencia se llenan de fecundidad. De ellos habla el Apóstol a los hebreos: “El alimento sólido es para los perfectos, o sea, para los que, por la práctica, tienen las facultades ejercitadas para distinguir el bien del mal” (5, 14).

    Y también, hay que ponderar que la perfección de la patria consiste en tres características: la glorificación del cuerpo, la glorificación del alma y la visión de Dios uno y trino, Digamos, pues: “Crece como el jordán en tiempos de la mies”. El jordán inunda con el aporte de dos ríos, y simboliza la doble estola de gloria, con que nos revestiremos. El tiempo de la mies simboliza la felicidad eterna. Con razón se dice que el jordán acrecienta sus aguas, porque en el tiempo de la mies se llena de aguas más abundantes y multiplica sus aguas cuando justamente escasean en los demás ríos. Así será también en la felicidad eterna. Faltando del todo el placer del mal, se multiplicará en los bienaventurados una estola sobre otra estola (o sea, gloria y felicidad más grandes). Entonces Dios será para nosotros como el Gijón. El iluminará con la visión de sí a la iglesia triunfante que estará en su presencia, la fecundará y la saciará; y esto en el día de la vendimia. Con razón dice el Apóstol:

    “Nuestra capacidad viene de Dios”. Sobre este argumento consulta el sermón del domingo de Pentecostés: “Un hombre hizo una gran cena”. Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que nos hagas salir del territorio de Tiro y nos haga llegar, a través de Sidón, al mar de la penitencia, en pleno territorio de la Decápolis y nos hagas crecer en la perfección durante la vida. Así mereceremos subir a la perfección de la gloria.

    Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - La curación del Sordomudo

    8. “Llevan a Jesús un sordomudo y le ruegan que le imponga las manos. Jesús lo toma aparte de la gente, le mete los dedos en las orejas y, escupiendo, le toca la lengua. Levantando los ojos al cielo, gime y le dice: “Effetá”, que quiere decir: “Ábrete”. Al momento se le destapan los oídos, se le desata la ligadura de la lengua; y comienza a hablar correctamente” (Mc 7, 3235).

    Vamos a ver cuál sea el significado moral del sordomudo, de la mano de Jesús, de la separación de la gente, de los dedos, de la saliva, del gemido de Jesús. El sordo se llama así por las suciedades (en latín, sordes), que se formaron en los fluidos de las orejas. El mudo es llamado así, porque muge. Su voz no se articula en palabras sino en un mugido de sonidos: emite el soplo de la voz por las narices, como si mugiese.

    En el corazón del hombre, según la afirmación de Salomón, hay la vida, hay la fuente del calor, que vivifica y alimenta los varios miembros (Prov 4, 23). El corazón es como el rey, que dirige y gobierna la ciudad del cuerpo. Dice el Eclesiástico: “El rey que está sentado en el trono, disipa con su mirada todo mal” (Prov 20, 8). El trono se dice en latín sólium, que suena como sólido. Cuando el corazón del hombre se instala, se sienta en el solio, o sea, es firme y constante, entonces disipa todo mal, o sea, elimina toda malicia del cuerpo con su mirada, o sea, con su discernimiento.

    Este rey tiene cinco ministros particulares, o sea, los cinco sentidos del cuerpo, dos de los cuales le son particularmente cercanos: los oídos y la lengua. A través de los oídos escucha las cosas exteriores, a través de la lengua expresa las cosas interiores. Dijo Rut a Booz: “Tú hablaste al corazón de tu sierva” (Rut 2, 13). E Isaías: “Hablen al corazón de Jerusalén” (40, 2). Y en el Salmo: “La boca del justo medita la sabiduría” (36, 30), o sea, la proclamará después de haberla meditado.

    Pero si los oídos están tapados por la suciedad y la lengua está ligada, ¿qué puede hacer el rey, qué puede hacer el corazón? Su reino se destruye, porque son destruidos sus ministros, por medio de los cuales se trataban los negocios, los secretos del estado y los derechos reales. ¿Qué hay que hacer? Sólo queda un solo y único consejo: llevar al sordomudo a Jesús y rogarle que le imponga las manos.

    El rey es el espíritu del hombre, los oídos la obediencia, la lengua la confesión. Del oído de la obediencia dice Job: “Yo te escuché con el oído de mi oreja; pero ahora mis ojos te ven. Por eso me rectifico y hago penitencia en polvo y ceniza” (42, 5-6). Observa que en este pasaje se destacan cinco momentos: la obediencia, la contemplación, la confesión, la satisfacción y el recuerdo de la propia abyección y de la propia debilidad.

    9. “La obediencia”, cuando dice: “Te escuché con el oído de mi oreja”. El oído se llama así,.porque recoge el sonido que vibra en el aire. Oreja se dice en latín auris, que suena como ávide rapiens, arrebata ávidamente. Escucho se dice en latín audio, percibo con las orejas. La obediencia es realmente obaudientia, prestar atención. Cuando la voz del prelado, que es aire, y nada debe tener de la tierra, se repercute -en tus orejas, debes escucharla no con la oreja, sino con el oído de la oreja, o sea, coti el sentimiento interior del corazón, diciendo con Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (1Rey 3, 10).

    “La contemplación”, cuando dice: “Ahora mis ojos te ven”. No verás nada, si no eres obediente. Si eres sordo, también serás ciego. Obedece, pues, con el sentimiento del corazón, para que puedas ver con el ojo de la contemplación. Dice el Eclesiástico: “Dios puso los ojos de ellos en el corazón de ellos” (17, 7). Dios pone el ojo en el corazón, cuando infunde la luz de la contemplación en el que obedece de corazón.

    Dice Zacarías: “El Señor es el ojo del hombre y de todas las tribus de Israel” (Zac 9, 1). Dice el Génesis: “El Señor, después de haber plasmado a todos los seres animados de la tierra y las aves del cielo, los llevó a Adán, para que viera”, o sea, para hacerle ver, “como los llamaría” (2, 19). Sin embargo, cuando Adán se volvió desobediente, no más Dios, sino el diablo fue su ojo ciego. Añade el Génesis: “La mujer vio que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y de aspecto deseable, tomó su fruto y lo comió” (3, 6).

    Todas las tribus de Israel son figuras de los penitentes, los que, cuando de corazón obedecen a sus prelados, entonces son de veras Israel, o sea, personas que ven a Dios.

    Asimismo, “la confesión”, cuando dice: “Por eso me rectifico”, o sea’ me acuso en la confesión. Este Job no era sordo ni mudo, porque oía claramente y con justicia se reprochaba. Y en otro pasaje decía: “Con mis dientes dilacero mis carnes” (Job 13, 14). Estas son las palabras del auténtico penitente: dilacero mis carnes, o sea, mis carnalidades, con mis dientes, o sea, con mis reproches. Dice a propósito el Cantar: “Tus dientes son manadas de ovejas trasquiladas, que suben del lavadero” (4, 2). El rebaño de las ovejas trasquiladas es figura de todos los penitentes que se esquilaron de las cosas temporales y de las tentaciones y que progresan de virtud en virtud y que salen del lavadero de las lágrimas, con las que se volvieron más blancos que la nieve. Oh hermano, sean tus dientes como un rebaño de ovejas trasquiladas, o sea, repróchate y haz penitencia, como hacen los verdaderos penitentes.

    Símilmente, “la satisfacción”, cuando dice: “Hago penitencia”. Penitencia suena como punientia, punición, por la cual el hombre se castiga a sí mismo arrepintiéndose del mal cometido. La penitencia deriva su nombre de pena, por la cual el alma se aflige y la carne es mortificada.

    Y en fin, “el recuerdo de la propia abyección y mortalidad”, cuando dice: “En polvo y ceniza”. Este polvo es producido por el fuego y se dice en latín favilla, que deriva del griego phos, luz, fuego. En el polvo está simbolizado el recuerdo de nuestra abyección. ¡Ay de mí! El excelso cedro del paraíso se transformó en polvo por el fuego del diablo. Dice Joel: “A ti, Señor, te grito, porque el fuego consumió los pastos del desierto y la llama quemó todos los árboles del campo” (1, 19).

    Consulta también el segundo sermón del segundo domingo de Cuaresma, que comenta el evangelio: “Jesús salió de allí y se dirigió al territorio de Tiro y Sidón”.

    En la ceniza está designada nuestra mortalidad. Está escrito: “Eres ceniza y volverás ceniza” (Gen 3, 19). El que carece del sentido de la obediencia y de la lengua de la confesión, es de veras sordo y mudo.

    Sordo viene de sordes, suciedad. Dice Jeremías: “Su inmundicia está en sus pies” (Lam 1, 9). Los pies simbolizan los sentimientos del alma, que se vuelve sorda, cuando se le adhiere la suciedad de los vicios. Dice Isaías: “Todas las mesas están tan llenas de vómitos y de porquerías que no hay lugar limpio” (28, 8). Donde hay vómito, o sea, recaída en el pecado, allí hay la abyección de la inmundicia, que tanto tapa los oídos del corazón, que no hay más lugar para la obediencia. De este sordo se lamenta Dios en Isaías: “¿Hay algún sordo, al cual no haya enviado mis mensajeros? Si tuvieras los oídos abiertos, ¿no escucharías?” (42, 19-20).

    Dice la Historia Natural que si las orejas del ciervo están erguidas, tiene un oído finísimo y en seguida descubre al cazador, que lo quiere matar. En cambio, si las orejas están gachas, no oye nada ni descubre al que lo quiere matar. Dice Isaías: “Enderézame cada mañana, enderézame cada mañana los oídos, para que yo te escuche como a maestro” (50, 4).

    Oh sordo, levanta como el ciervo tus orejas y escucha a tu maestro, y así conoces la astucia del diablo cazador. Pero si tienes las orejas gachas y rehúsas obedecer, te aseguro que serás matado.

    10. Asimismo, hay mudos que en la confesión mugen, o sea, confiesan sus pecados como balbuciendo. Se avergüenzan en confesarlos, no en cometerlos. Dice Agustín: “La vergüenza es la componente mayor de la penitencia”. Aquí se trata de la vergüenza saludable que lleva a la gloria, cuando uno se avergüenza de su pecado y, avergonzándose, lo manifiesta en la confesión. Grita Isaías; “Avergüénzate, Sidón, dice el mar” (23, 4). El mar, o sea, la amargura interior, hace que el hombre, manifestando en la confesión el pecado, se avergüence. Dice Ezequiel: “En medio del fuego se veía algo como un resplandor de electro incandescente” (1, 4). El electro es un metal compuesto de oro y de plata: en el oro está indicado el rubor de la confesión y en la plata el sonido de la acusación. En el electro, pues, está simbolizada la confesión, que proviene del centro del fuego, o sea, de la contrición. El mudo no tenía este electro. Dice el evangelio: “Llevan a Jesús un sordomudo y le ruegan que le imponga las manos”. La mano se llama así, porque es como el don (en latín, manus, munus), el servicio y la defensa de todo el cuerpo. La mano lleva la comida a la boca y se ocupa de todo.

    La mano es el verbo encarnado, que el Padre dio a todo el cuerpo, o sea, a toda la Iglesia, como el máximo de sus dones. Don se dice en latín munus, que viene de móneo, exhortar. El don tan grande nos exhorta a amar sobré todas las cosas al Padre que nos lo dio. De este don habla también Isaías: “Como los hijos de Israel traen a la casa del Señor su don en un vaso purísimo” (66, 20). Los hijos de Israel, o sea, los fieles, deben llevar su don, o sea, su fe en el verbo encarnado, en un vaso purísimo, o sea, en su corazón limpio, a la casa del Señor, o sea, a su santa iglesia.

    Asimismo, esta mano defiende a la iglesia y defiende al alma. Dice Isaías: “Sión es nuestra ciudad fortificada. Para defendernos, el Salvador construyó un muro y un antemuro” (26, 1). muro deriva de munición, defensa, porque defiende el interior de la ciudad. Sión, o sea, la santa iglesia, es nuestra ciudad fortificada, “fuera de la cual no hay salvación” (Agustín), y en la que nuestro Salvador fue puesto como muro y antemuro. El muro simboliza su divinidad; el antemuro, su humanidad. Si la Iglesia es defendida por la mano del Verbo encarnado, permanece segura.

    Además, esta mano suministra a toda la Iglesia el alimento. Dice el Salmo: “Tú abres tu mano y llenas de bendiciones a todo viviente” (144, 16). Cuando Cristo extendió sus manos en la cruz y, después de haberlas extendido, las abrió a los clavos, entonces, a través del agujero de los clavos, derramó un tesoro de misericordia y llenó de bendiciones a todo viviente.

    Viviente se dice en latín animal, porque está animado y movido por el espíritu. Todo viviente, animal, quiere decir toda alma que está animada por el espíritu de contrición y se mueve progresando cada día de virtud en virtud.

    En fin, esta mano lo obra todo: la creación, la re-creación o redención, la infusión de las gracias, la bienaventuranza eterna. De esa mano se dice: “Y rogaban a Jesús que le impusiera sus manos”.

    1. “Jesús lo tomó aparte de la turba”. Turba viene de turbar, porque es confusa y discorde. El que merece ser curado, es sacado de los pensamientos turbulentos, de los actos desordenados y de los discursos inconvenientes. Relata el Génesis que “dos ángeles tornaron de la mano a Lot, lo llevaron y lo pusieron fuera de la ciudad”. Los dos ángeles son el temor y el amor de Dios, que toman de la mano a Lot, cuando detienen la acción del pecador, lo sacan de la baraúnda de los pensamientos y lo colocan fuera de la ciudad de las malas costumbres. “Jesús puso los dedos en sus orejas”. Los dedos se llaman en latín digiti, porque decet, conviene que estén unidos. El primero se llama pulgar, porque pollet, vale y tiene más fuerza que los otros dedos. El segundo se llama índice, porque sirve a indicar, o también se dice en latín salutaris, porque se levantaba en señal de saludo. El tercero es el medio, o del corazón. El cuarto es el anular, porque en él se lleva el anillo; y se llama también medicinalis, porque con él los médicos recogen el ungüento después de haberlo preparado. El quinto se llama auricular, porque con él nos rascamos las orejas.

    Considera que en la mano del Verbo encarnado había estos cinco dedos. El fue pulgar en la concepción, índice y saludo en la natividad, medio en la predicación, médico en la ejecución de los milagros y auricular en la pasión.

    El pulgar, más corto pero dotado de más fuerza, simboliza la humildad del Hijo de Dios, que se empequeñeció en el seno de la gloriosa Virgen. Dice de Él el Eclesiástico: “Plegó su fuerza delante de sus pies” (38, 33). En los pies se designa la humanidad, en la fuerza la divinidad. Ante los pies de la humanidad se inclinó, o sea, se humilló la fuerza de su divinidad.

    En la natividad el ángel mostró casi con el dedo la salvación, diciendo: “Hoy nos nació el Salvador; y ésta será para ustedes la señal: “Hallarán un niño…” (Lc 2, 11-12).

    En la predicación fue medio, anunciando a todos el reino de los cielos. Medio viene de modo, o sea, de medida. El medía la palabra de vida a cada uno según su capacidad y sus fuerzas. El fue médico en la realización de los milagros. Dice el Eclesiástico: “Respeta al médico, porque necesitas de sus servicios” (38, 1).

    En el auricular (dedo que rasca la oreja) se designa la obediencia:”El fue obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Filp 2, 8), en la que llevó a cumplimiento la obra que el Padre le había confiado, Dice aún el Eclesiástico: “El alfarero, sentado a su tarea, hace girar con sus pies el torno, y presta mucha atención a su trabajo” (38, 32). El alfarero es Jesucristo, que se sentó, o sea, se humilló, a su tarea, o sea, a la salvación del género humano; y con los pies de su humanidad dio vuelta al torno de la naturaleza humana, para que, la que corría hacia la muerte, corriera hacia la vida. El fue siempre muy solícito por nosotros, hasta que llevó a cabo su obra. Y hacia el fin dijo: “¡Todo está consumado!” (Jn 19, 30). Pues bien, con estos cinco dedos el Señor curó la sordera del género humano.

    12. “Y, escupiendo, Jesús tocó su lengua”. Escupir quiere decir “poner la saliva”, o sea, despedirla. La saliva desciende de la cabeza y se llama así porque es salobre. “Si saborea la saliva de un hombre en ayunas, la serpiente muere” (Plinio). Se dice saliva, mientras está en la boca; y esputo, cuando se la arroja. La saliva del Señor es el sabor de la sabiduría, que dice: “Yo salí de la boca del Altísimo” (Sir, 24, 5). Escupiendo, el Señor toca la lengua del mudo para que pueda hablar, cuando, con el contacto de su misericordia, adapta a pronunciar las palabras de la sabiduría las bocas que por largo tiempo fueron incapaces de confesar sus pecados (Glosa).

    Algo semejante tenemos en Isaías, donde se dice: “Uno de los serafines voló hacia mí y tenía en su mano un carbón encendido, que tomó del altar con una tenaza. Tocó mi boca y dijo: “He ahí, esto tocó tus labios, y está quitada tu culpa y tu pecado está purificado” (6, 6-7). Los dos serafines simbolizan al Hijo y al Espíritu Santo. El Hijo voló para la redención del género humano, para que aquel que es el Hijo de Dios por la divinidad, se volviese también el Hijo del hombre por la humanidad; y, sin embargo, no dos hijos, sino un solo Hijo. Este serafín, como escribe Isaías, “tenía seis alas” ( 6, 2), símbolo de aquellas seis cualidades, que el mismo profeta enumera: “Y su nombre será:

    Admirable, Consejero, Dios, Fuerte, Padre del siglo futuro, Príncipe de la paz” (9, 6).

    Fue admirable en la natividad. Dice Jeremías: “El Señor creará una cosa nueva en la tierra: la mujer rodeará al varón” (31, 22). Fue Consejero en la predicación: “Si quieres ser perfecto, vende lo que posees y sígueme” (Mt 19, 21). Fue Díos en la realización de los milagros: “El mismo Dios vendrá y nos salvará. Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos; el cojo saltará como un ciervo y se desatará la lengua de los mudos” (Is 35, 4-6). Fue Fuerte en la pasión, cuando con las manos clavadas en la cruz debeló las potencias del aire. ¿Y puede haber mayor potencia que la de derrotar al enemigo con las manos atadas? Fue Padre del siglo futuro en la resurrección. Resucitando de los muertos, nos dio también a nosotros la segura esperanza de resucitar a la vida futura, porque para nosotros será padre para siempre, porque nos acogerá cerca de El como a hijos. Será nuestro Príncipe de la paz en la bienaventuranza eterna, en la que nos hará sentar a su mesa y pasará a servirnos (Lc 12, 37).

    Sobre tales cualidades tenemos una concordancia en el Eclesiástico, donde el Señor habla a su Padre: “Renueva las señales y cumple otras maravillas, glorifica tu mano y tu brazo derecho, despierta tu furor, derrama tu cólera, destruye al adversario y aplasta al enemigo, apresura el tiempo de tu visita y acuérdate del fin” (del hombre) (36, 6-10).

    El Padre renovó las señales e hizo otros prodigios en la natividad de su Hijo. Tenemos el “signo”, cuando de lo que se ve, se entiende alguna otra cosa de significado diverso.

    El primer Adán fue formado con una tierra virgen; y en él se significaba que el segundo Adán nacería de la bendita tierra, la Virgen María. Hizo maravillas, cuando el fuego ardía y la zarza no se consumía (Ex 3, 2) y cuando la vara de Aarón sin rocío echó frutos (Num 17, 8). Zarza y vara son figuras de la bienaventurada maría que, conservando ileso el pudor de la virginidad, dio a luz al Hijo de Dios sin dolor.

    Con razón se dice: “Renueva las señales y haz otros prodigios; glorifica tu mano” en la predicación “y tu brazo derecho”, o sea, al mismo Hijo tuyo, por medio del cual todo lo obraste en la realización de los milagros. El mismo dijo: “¡Glorifícame, Padre!” (Jn 17, 5).

    “Despierta tu furor y derrama tu cólera” contra el diablo, en tu pasión. “Levanta” en tu resurrección al adversario, o sea, la naturaleza humana; y así “destruirás” a su enemigo o sea, al diablo. jamás el enemigo tanto se abate como cuando ve a su adversario rodeado de gloria.

    “Apresura el tiempo”, para venir pronto al juicio y dar a cada uno lo que es justo. Apresura el tiempo, para conceder la paz a los tuyos: “¡Señor, tú nos darás la paz!” (Is 26, 12). “Acuérdate del fin”, cuando retribuirás a los impíos según sus obras. Digamos, pues: “Uno de los serafines voló hacia mí”.

    “Y en sus manos tenía un cálculo (carbón)

    encendido, que con la tenaza había sacado del altar”. Cálculo es una piedrita mezclada con tierra, que, por ser pequeña, es pisoteada (hay asonancia entre calculus y calcare, pisotear). Aquí cálculo significa carbón.

    Este cálculo es la humanidad de Jesucristo que, por su humillación, se mezcló a la tierra, o sea, a los pecadores, y fue pisoteado por los judíos; pero para nosotros fue un carbón ardiente, que purificó nuestros vicios. El lo tuvo en su mano, o sea, en la potencia de su divinidad y con la tenaza de su doble amor lo tomó del altar de la gloriosa Virgen. Observa que la tenaza del herrero, en latín fórceps, se llama así porque aferra con fuerza; y suena como ferrícipes, que aferra el hierro, o también forcícapes, que aferra las cosas candentes… En síntesis, el forceps, tenaza, es usado por los herreros; las tijeras, en latín fórfices, de hilo, son usadas por los sastres; las pinzas, en latín, fórpices, de pelo, son usadas por los médicos y los peluqueros.

    Con razón la bienaventurada María es llamada “altar”. Altar suena como alta ara. Alto puede significar tanto alto como profundo. Ara, o altar, es llamada así, porque sobre ella arden las víctimas. La Virgen María fue alta por la sublimidad de la contemplación y por su profunda humildad. Fue ara, porque, ardiente de amor divino, se ofreció a sí misma a Dios en sacrificio de suave perfume. “Y con el carbón ardiente tocó mi boca”. Es lo que dice el evangelio de hoy: “Y, escupiendo, tocó su lengua”. El serafín con el carbón ardiente tocó la boca de Isaías, y el pecado fue purificado. Con la saliva, Jesucristo tocó la lengua del mudo; y el mudo habló. Toca también la boca del pecador con el carbón de su humanidad y toca su lengua con la saliva de su divinidad, para que confiese su pecado, hable correctamente y sea por El purificado.

    13. “Y, mirando al cielo, gimió y le dijo:

    “¡Efetá!”, que quiere decir: “¡Ábrete!”. Comenta la Glosa: “Nos enseñó a gemir y a dirigir hacia el cielo el tesoro de nuestro corazón, el cual, mediante la compunción, se purifica de los frívolos placeres de la carne”.

    Está escrito: “Rugía por el gemido de mi corazón” (Salm 37, 9). “Y Jesús le dijo: “¡Effetá!”, “Con el corazón se cree para alcanzar la justificación; con la boca se hace la profesión de fe para alcanzar la salvación” (Rom 10, 10). “Y en seguida se le abrieron sus oídos” para obedecer y se le desató la ligadura de la lengua” para profesar su fe. Y Observa como concluye: “Y hablaba correctamente”. Habla correctamente el que confiesa integralmente los pecados y las relativas circunstancias, y hace el propósito de no recaer. Igualmente, habla correctamente el que lo que predica con la boca, lo testimonia con las obras. A propósito tenemos una concordancia en el Eclesiástico: “Los labios de muchos bendicen al que es espléndido en dar panes, y el testimonio de su generosidad será perdurable” (31, 28). El que distribuye fielmente el pan de la palabra de Dios y no esconde el testimonio de la verdad, será bendecido en el presente y en el futuro.

    ¡Cuántos hoy son espléndidos de palabras y leprosos en obras! Se dice en el Éxodo que el rostro de Moisés apareció con dos cuernos, o rayos, resplandecientes (34, 30). Comenta Orígenes: “¿Cómo solamente el rostro de Moisés apareció resplandeciente, mientras las manos eran leprosas y los pies sin gloria? Es que Dios le mandó que se quitara las sandalias, cuando lo llamó desde la zarza”.

    Esto se puede aplicar muy bien a los predicadores, que logran fama y esplendor mediante la predicación, pero no son puros en su conducta, y pueden ser llamados descalzos y no auténticos esposos de la Iglesia-, y merecerían que se les escupiera en la cara, porque al hermano muerto, Jesucristo, no le quieren suscitar hijos (Dt 23, 5-10); más aún, si hubiere hijos, los matan con el mal ejemplo de su conducta. Dice el Salmo:

    “Elevaron los ríos, Señor, elevaron los ríos su voz” (92, 3). Deberían elevarse a sí mismos, y después elevar su voz. Por esto se dice: “Y hablaba correctamente”.

    14. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Dios nos hizo ministros idóneos del Nuevo Testamento, no de la letra, sino del espíritu, porque la letra mata, pero el espíritu da vida” (2Cor 3, 6). He ahí como la epístola concuerda con el evangelio, y con la epístola concuerda también el introito de la misa. En el evangelio se dice que Jesús metió los dedos en las orejas del sordo, y en la epístola se dice que la ley fue escrita en las piedras con el dedo de Dios. En el introito se canta: “Mira a tu testamento, o sea, alianza” (73, 20); y en la epístola se lee: “Dios nos hizo ministros idóneos del Nuevo Testamento”. Digamos, pues: “Dios nos hizo ministros idóneos del Nuevo Testamento”. Es llamado “ministro” el que es menor en el puesto, o porque presta el debido servicio con las manos.

    El Testamento es llamado así, porque la voluntad del testador se escribe y se confirma delante de testigos; o también, porque el testamento no vale sino después que el testador fue colocado en el monumento, o sea, sepulcro. Por eso el Apóstol dice: “El testamento vale sólo después de la muerte” del testador” (Heb 9, 17).

    Son idóneos ministros del Nuevo Testamento los que, colocados los cinco dedos de Jesucristo en las orejas, antes escuchan y después dicen: “¡Ven!”. Los que hablan correctamente, se juzgan menores en la asamblea de los fieles, y ejecutan el debido servicio con las manos y con las obras. Así serán dignos de poder distribuir la palabra del Nuevo Testamento, confirmado en la muerte de Jesucristo. A este propósito, en el introito de la misa de hoy se canta: “Mira, Señor, a tu testamento (alianza) y no abandones las almas de tus siervos hasta el fin. Levántate, Señor, y defiende tu causa y no olvides el clamor de los que te buscan” (Salm. 73, 19-23). Oh Señor Jesús, mira a tu testamento que, para no morir intestado, confirmaste para tus hijos con la sangre, y concédeles que anuncien con confianza tu palabra. “Y las almas de tus pobres”, que redimiste y que no tienen ninguna heredad fuera de ti, no las abandones hasta el fin. Sostenlos, Señor, con el báculo de tu potencia, porque son tus pobres. Guíalos y no los abandones, para que, sin ti, no descarríen; sino dirígelos hasta el fin, para que, perfeccionados en ti, puedan llegar a ti que eres su fin supremo. “Levántate, Señor”, ahora que pareces dormir, y disimula los pecados de los hombres por su penitencia; “y defiende tu causa”, separándola de los inicuos, como el trigo de la paja. Defiende las almas, por las cuales fuiste llevado a juicio delante de Poncio Pilato. Dice el Salmo: “Tú sostuviste mi derecho y mi causa” (9, 5). “Y no olvides la voz de los que te buscan”. Esto es lo que se dice en el evangelio: “Hablaba”: he ahí la voz; “correctamente”: he ahí “los que te buscan”. Por cierto, el Señor no olvida estas voces; más bien, las repone en el tesoro de su gloria y un día las retribuirá con la recompensa eterna.

    Te rogamos, pues, Señor Jesús, que con los dedos de tu encarnación abras nuestros oídos y con la sabrosa saliva de tu sabiduría toques nuestra lengua, para que podamos obedecerte, alabarte y bendecirte, y un día merezcamos llegar a ti, que eres el bendito y el glorioso.

    Dígnate concedérnoslo tú, que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos eternos. Y toda alma fiel diga: “ ¡Amén! ¡Aleluya!

    Cita bíblica