Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XIV después de Pentecostés

    Exordio.

    La infusión de la gracia

    1. “En aquel tiempo, mientras iba a Jerusalén, Jesús atravesó Samaría y Galilea” (Lc 17, 11). Dice Job: “Mi raíz está abierta junto a las aguas y el rocío se detendrá sobre mi mies” (29, 19). Presta atención a estos cuatro elementos: la raíz, las aguas, el rocío y la mies.

    En la raíz se designa el pensamiento de la mente pura, en las aguas la infusión de la gracia, en el rocío la bienaventuranza de la gloria y en la mies la separación del alma del cuerpo. Cuando el pensamiento de la mente pura se abre por medio de la devoción, se infunde el agua de la gracia celeste. Se lee en el Apocalipsis: “Yo estoy a la puerta y llamo: si uno me abre”: he ahí la raíz abierta; “yo entraré a él”:he ahí junto a las aguas” (3, 20). En los Cantares el esposo habla a su esposa: “Ábreme, hermana mía, porque mi cabeza está cubierta de rocío y mis rizos de gotas de la noche” (5, 2). Como si dijera: “Oh alma, si me abres la raíz de tu mente, de la cabeza de mi divinidad infundiría en ti el rocío y las gotas de la gracia celestial, que te refrescarán en la noche de la tribulación”.

    Con razón las llama “gotas”. En la vida presente la gracia es como una gota respecto del premio eterno. La gota es la que se detiene; la gota destilada es la que cae. Gota se dice en latín gutta, semejante a glutinosa, viscosa, que no se esparce. llene la gota de gracia aquel que no la pierde; en cambio, tiene la gota destilada el que cree sólo por algún tiempo y en el tiempo de la tentación desiste (Lc 8, 13).

    Asimismo, sobre este argumento tenemos una concordancia en Job: “El árbol tiene una esperanza. Si es cortado, de nuevo reverdece y brotan sus ramas. Si su raíz envejece en la tierra y su tronco muere, al percibir el agua, germina y forma su copa como había sido plantado la primera vez” (14, 7-9). El árbol es llamado en latín lignum, porque, quemándose, se transforma en luz (lignum, lumen); y simboliza al justo que, cuando se inflama por el fuego del amor, se convierte en luz de buen ejemplo. Este justo, si fue cortado por el hacha del pecado mortal, no debe desconfiar de la misericordia de Dios, que es mucho más grande que su miseria, sino que debe tener esperanza de reverdecer de nuevo mediante la penitencia y de que sus ramas, o sea, sus obras, germinarán. Y si la raíz, o sea, la intención de su corazón, envejece en la tierra, o sea, en cosas terrenales, y si su tronco, o sea, sus obras, muere en el polvo, o sea, en la vanidad de las cosas mundanas, sin embargo, si se convierte a Dios, al percibir el agua, o sea, la gracia del Espíritu Santo, germinará de nuevo mediante la confesión y formará su copa mediante las obras de satisfacción. Con razón se dice: “Mi raíz está abierta junto a las aguas”.

    “Y el rocío se detendrá en su mies”. La mies se recoge, cuando las almas, separadas definitivamente de los cuerpos, como cereales maduros, serán cortadas de la tierra y emigrarán a los graneros celestiales. Entonces el rocío se detendrá en la mies, porque la suavidad de la visión eterna saciará las almas de los electos. Para percibir la suavidad de aquel rocío, debemos caminar con Jesucristo a través de la Samaría y la Galilea, como se lee en el evangelio de hoy: “Jesús fue a Jerusalén a través de la Samaría y la Galilea”.

    2. Observa que en este evangelio se destacan tres momentos. El primero: la ¡da de Jesucristo a Jerusalén a través de la Samaría y la Galilea, como se lee: “Jesús fue a Jerusalén a través de la Samaría y la Galilea”. El segundo: la curación de los diez leprosos, cuando dice: “Al entrar en una aldea, salieron a su encuentro diez leprosos”. Tercero: el retorno del leproso extranjero para glorificar a Dios: “Uno de ellos, al verse curado, regresé … En el introito de la misa de hoy se canta: “Inclina, Señor, tu oído hacia mí, y escúchame” (85, 1). Y se lee la epístola del bienaventurado Apóstol a los Gálatas: “Caminen según el Espíritu”, que vamos a dividir en tres partes, mostrando la concordancia con las tres partes del evangelio. Parte primera: “Caminen según el Espíritu”; segunda: “Son muy conocidas las obras de la carne”; y tercera: “El fruto del Espíritu es el amor”.

    Observa que este pasaje de la epístola se lee junto con este evangelio, porque en el evangelio se habla de los leprosos y de su curación y en la epístola se señalan los vicios que produce en el alma la lepra del pecado y se indican las virtudes con las que el alma se purifica de toda lepra.

    I - La ida de Jesucristo a Jerusalén a través de Samaria y Galilea

    3. “Mientras iba a Jerusalén, Jesús atravesó la Samaría y la Galilea”. Todas las palabras de esta primera parte son muy importantes. Todo el que quiere ir a Jerusalén, es necesario que atraviese antes la Samaría y la Galilea.

    Samaría se interpreta “custodia”, Galilea “trasmigración” y Jerusalén “visión de paz”. El que custodia (guarda) los mandamientos, pasa a las virtudes, para poder llegar a Jerusalén. El bienaventurado Job había pasado por la Samaría y por esto decía: “Si caminé en la vanidad y si mi pie se apresuraba hacia el fraude, me pese Dios en su justa balanza y así reconocerá mi inocencia” (31, 5-6).

    El conocimiento de Dios es el conocimiento de lo que hacemos nosotros. Con el nombre de balanza se indica el Mediador entre Dios y los hombres. El, con una justa balanza, pesa nuestros merecimientos; y así nosotros, cotejándonos con sus mandamientos, podemos constatar las deficiencias de nuestra vida. Y el sentido es éste: si cometí algo leve o algo perjudicial, aparezca el Mediador para que, mirando su vida, pueda conocer si de veras fui inocente.

    Igualmente, el mismo Job había atravesado la Galilea, cuando decía: “El mismo que juzga, escriba el libro ( de las acusaciones), para que yo lo lleve sobre mis hombros y me lo rodee como una corona. Yo lo proclamaría a cada peldaño (paso) y se lo presentaría como a mi príncipe” (31, 35-37). “El Padre no juzga a nadie, sino que todo juicio lo remitió al Hijo” (Jn 5, 22).

    El Hijo, al venir por nuestra redención, estableció con nosotros la nueva alianza. El que ahora es el autor del libro, será un día autor del juicio; y entonces exigirá inexorablemente lo que ahora manda con mansedumbre.

    Llevar el libro sobre los hombros significa poner en práctica la Sagrada Escritura. Antes se dice “llevar en los hombros” y después “rodearse como de una corona”, porque los mandamientos de la Sagrada Palabra, si ahora se ponen en práctica con diligencia, en el día de la retribución nos procurarán la corona de la victoria.

    “A cada peldaño” (paso). El progreso en la virtud lo Rama “peldaño”, porque progresando se sube, para llegar a la conquista de los bienes celestiales. Y casi en cada uno de sus peldaños proclama el libro, aquel que demuestra que consiguió el conocimiento no sólo de palabras, sino con las obras.

    “Y se lo ofreceré como a mi príncipe”. Lo que ofrecemos, lo tenemos en la mano. Por ende ofrecer el libro a aquel que viene para el juicio significa haber practicado con las obras las palabras de sus mandamientos.

    4. Considera que con las tres palabras: Samaria, Galilea y Jerusalén tenemos una concordancia en Job, en el que Elifaz, el temanita, dice: “Si vuelves al omnipotente, serás edificado y alejarás de tu tienda la iniquidad. En cambio de la tierra te dará pedernal y en lugar de pedernal te dará torrentes de oro. El Todopoderoso estará contigo contra tus enemigos, y la plata se acumulará para ti. Entonces en el Omnipotente abundarás de delicias, y alzarás tu rostro a Dios. Lo rogarás y El te escuchará, y tú cumplirás tus votos. Tú decidirás una cosa y te irá bien, y por tus caminos resplandecerá la luz” (22, 23-28).

    Oh pecador, si te alejas de ti mismo en el que está la destrucción y retornas a Dios, en el que está la edificación, serás de veras reedificado. Destruye antes en ti tu edificio, y El edificará en ti su edificio. Dice por palabras de Isaías: “Yo digo al profundo mar: ¡Desécate! Yo hago áridos los ríos. Yo digo a Jerusalén: ¡Serás reconstruida! Y al templo: ¡Serás reedificado desde los cimientos!” (44, 27-28).

    El mar es llamado “profundo”, o sea, prócul a fundo, lejos del fondo; y simboliza el abismo de los malos pensamientos, los cuales, si fueren eliminados, y los ríos de las concupiscencias, que corren por los canales de los cinco sentidos, si se volvieren áridos, entonces el templo, o sea, la mente, tendrá sus fundamentos en los zafiros. Dice Isaías: “Te fundaré en los zafiros” (54, 11), o sea, en los anhelos de la vida eterna; y Jerusalén, o sea, la vida espiritual, será reedificada con sus baluartes.

    Continúa Isaías: “Haré de jaspe (topacio) tus baluartes, y tus puertas serán de piedras esculpidas” (54, 12). El jaspe es de color verde, y se cuenta que ponga en fuga a los sueños extravagantes. Esta piedra simboliza la pobreza, que mantiene al hombre en la lozanía de la fe y ahuyenta los sueños extravagantes, o sea, las riquezas, que engañan al hombre. La fe desprecia las cosas temporales; y el que las ama, rechaza la fe. Si el edificio de nuestra conducta se edifica con los baluartes de la pobreza, no hay que tener ningún temor de las flechas del antiguo enemigo.

    Las puertas son los cinco sentidos del cuerpo, que el Señor convertirá en piedras esculpidas, cuando nuestros ojos sean esculpidos (labrados) con la efusión de las lágrimas, la lengua con la condenación de sí misma, los oídos con la predicación, las manos con la liberalidad en las limosnas y los pies con la visita a los enfermos. De esta escultura habla el Señor en Zacarías: “He ahí, yo cincelaré su escultura, y en un solo día quitaré la iniquidad de la tierra” (3, 9). Cincelar quiere decir esculpir con la herramienta que se llama cincel. Cuando el Señor cincela su escultura en la puerta de los sentidos, entonces quita la iniquidad de la tierra, o sea, de nuestro cuerpo; y esto “en un único día”, o sea, con la “luz de la unidad”, con la que el hombre exterior se une con el interior en el servicio de Dios. Con razón se dice: “Si retornas al Omnipotente, serás edificado, y así alejarás la iniquidad de tu tienda”. El cuerpo es entendido como tienda del alma y la mente como tienda de los pensamientos. Y éste es el sentido: si retornas a Dios, serás purificado tanto en tus pensamientos como en tus obras,

    5. “En lugar de la tierra te dará piedra, y en lugar de la piedra torrentes de oro”. He ahí la Samaría, la Galilea y Jerusalén, o sea, la custodia, la trasmigración y la visión de la paz.

    La tierra, por su estabilidad, simboliza la custodia de los mandamientos, de la cual dice Job: “La tierra, de la cual sale el pan, está envuelta en su interior por el fuego. Allí sus piedras son zafiros y sus terrones oro” (28, 5). La tierra es la Observancia de los mandamientos, de la que se trae el pan del nutrimento celestial. Al que no hace la voluntad propia sino la del Señor promete Isaías: “Si no sigues tus caminos y no haces tu voluntad, entonces te deleitarás en el Señor; y te levantaré sobre las alturas de la tierra; y te nutriré con la herencia de Jacob, tu padre. Habló la boca del Señor” (58, 13-14).

    Nuestro mezquino placer consiste en dos caminos: en la obra mala y en la mala voluntad. Si cesas este placer, entonces te deleitarás en el Señor. Dice el Salmo: “Busca tus delicias en el Señor y El escuchará tus peticiones” (36, 4). Entonces te levantará sobre las alturas de la tierra, para que desprecies las cosas temporales, sometas la carne y guardes sus mandamientos; y así te nutrirá con la herencia de Jacob. La herencia que Jacob, nuestro padre, o sea, Jesucristo, nos dejó, es la pobreza y la humildad, la obediencia y los sufrimientos de la pasión, de los que nos alimentamos cuando los abrazamos con el gozo del espíritu.

    Dice Moisés en el Deuteronomio: “Chuparán como leche las inundaciones del mar” (33, 19). Como el niño chupa la leche de los pechos de la madre con gran avidez y deleite, así nosotros debemos chupar de la vida de Jesucristo las inundaciones del mar, o sea, las amarguras de su pasión y de sus tribulaciones. Observa que dice “chuparán”. Nadie puede chupar nada sin comprimir los labios. As¡ nosotros, si no comprimimos los labios rehusando el amor a las cosas temporales, no podremos chupar las congojas de la pasión de Cristo.

    Digamos, pues: “La tierra, de la que sale el pan … “En su lugar (en su interior) la tierra está envuelta por el fuego”. El lugar del precepto del Señor son los prelados de la Iglesia, o sea, los clérigos y los religiosos, en los que la iglesia debe tener un lugar, un puesto especial. Pero, ¡ay de mí! Los mismos mandamientos de Dios, en su lugar, o sea, en los clérigos y en los religiosos, están envueltos por el fuego de la lujuria y de la avaricia. La caridad y la castidad, la humildad y la pobreza, que son los preceptos espirituales del Señor, están trastornados en los clérigos y en los religiosos. Ellos son envidiosos, lujuriosos, soberbios y avaros.

    “Sus glebas son lugar de zafiros”. Los zafiros son color del cielo. Los prelados, los clérigos y los religiosos solían ser piedras de zafiro por el amor y el deseo de las cosas celestiales. Ahora llegaron a ser como estiércol, por la inmundicia del pecado. La gleba (terrón) es un terreno cubierto de hierba y deriva del latín glebus, arador de los campos. Las glebas, o terrones, se forman con la tierra húmeda. Los pastores de la iglesia y los profesos de una orden religiosa solían ser terrones de oro:

    “terrones”, porque por la abundante infusión de la gracia tenían coherencia entre la profesión y la acción; “de oro”, porque resplandecían por santidad de vida y por sabiduría. Pero ahora, como deplora Jeremías en las Lamentaciones: “Los hijos de Sión que eran apreciados y estimados más que el oro, ahora son reputados como vasos de arcilla, obra de las manos de un alfarero” (4, 2). Este alfarero es el diablo, que de vasos de honor los redujo a deshonrosos vasos de barro, que habría que arrojar en el estercolero de la gehena. Y nosotros, después de haberlos arrojado en el estercolero, vamos a retomar nuestro argumento.

    6. “En lugar de la tierra dará un pedernal”, como si dijera: “El que guarda fielmente y con todas sus fuerzas los mandamientos, llegará a una invencible constancia en la práctica de las virtudes. El pedernal es una piedra dura, de la cual salta la chispa de fuego, y simboliza la constancia en la virtud, de la cual procede el fuego que ilumina e inflama al prójimo de amor de Dios. De este pedernal dice el Señor a Ezequiel: “Te di una cara como el diamante y como el pedernal. No temas, pues, su rostro, porque son una casa rebelde” (3, 9). En el diamante y en el pedernal se designa la constancia, que el Señor pone en la cara del predicador, para que no tema delante de los pecadores que irritan a Dios.

    En Job Dios habla así del predicador: “El exulta audazmente y sale al encuentro de los armados. Desprecia el miedo y no retrocede delante de la espada” (39, 21-22). Comenta Gregorio: “El predicador “exulta audazmente”, porque no se doblega delante de las adversidades. “Sale al encuentro de los armados”, porque en defensa de la justicia se opone a los que cometen cosas inicuas y perversas. “Desprecia el miedo ni retrocede delante de la espada”. En el miedo se temen futuras penalidades, en la espada ya se experimenta el golpe de una penalidad presente. Como el predicador no teme las adversidades futuras, desprecia el miedo; y como no se deja vencer ni por los golpes que le pueden sobrevenir, jamás retrocede delante de la espada”.

    Símilmente, de este pedernal dice Job: “El hombre aplica su mano al pedernal y trastorna de raíz los montes. Abre canales en las rocas y su ojo busca todo lo que sea precioso” (28, 9-10). El hombre aplica su mano al pedernal, cuando se empeña con constancia en la práctica de la virtud. Esto es lo que se lee en los Proverbios: “Extendió su mano a cosas fuertes” (31, 19). Y así en sí mismo trastorna los montes, o sea, la soberbia del corazón; los trastorna de raíz, o sea, en los más íntimos pensamientos; y abre canales de compunción en las rocas, o sea, en la dureza de su corazón. Y entonces con el ojo de su mente iluminada ve todo lo que hay de precioso, en cuya comparación todas las otras cosas pierden valor. Y a propósito de lo que es precioso, el texto añade: “En lugar del pedernal te dará torrentes de oro”, ¡He ahí a Jerusalén! ¡He ahí todas las cosas preciosas que ve el ojo del que antes atravesó la Samaría y la Galilea!

    7. Y sobre esto hallamos una concordancia en el mismo Job, al cual habla así el Señor: “Acaso, ¿por tu orden se remonta el águila y pone su nido en lugares fragosos? Ella mora en las rocas y habita en las peñas escarpadas y en los peñascos inaccesibles. Desde allí espía la presa y sus ojos la ven desde muy lejos” (39, 27-29).

    El águila debe su nombre a la agudeza de su vista, que le permite mirar el sol sin quedar ofuscada. La Historia Natural dice de ella que tiene una vista muy aguda y obliga a sus polluelos a mirar el sol, aun antes de que se les formen completamente las alas; y por eso los golpea y les da vueltas para que se dirijan hacia el sol. Y si los ojos de uno de ellos lagrimean, lo mata delante de los demás y sólo alimenta a los demás. igualmente se cuenta que pone tres huevos y tira el tercero. Algunos Observaron a águilas con tres polluelos; pero, si los tuviera, tira el tercero, porque le resulta muy pesado el alimentarlos. Se cuenta también que ponga en el nido una piedra preciosa, la amatista, junto con los pequeños, para que éstos, en virtud de la piedra, puedan ahuyentar a las serpientes (Aristóteles Plinio).

    En el águila están simbolizadas la sutil inteligencia y la sublime contemplación de los santos, los que vuelven a la mirada del verdadero Sol y a la luz de la sabiduría a sus hijos, o sea, sus obras, para que al esplendor del sol aparezca si en ellas se esconde algo adulterino o extraño a su condición. En efecto, toda maldad es condenada por la luz, y las obras de las tinieblas son desenmascaradas por la luz (Ef 5, 13). Y los santos, si ven que alguna de sus obras no se dirige directamente al sol y que a sus rayos se ofusca y lagrimea, en seguida la eliminan. El rayo de la gracia muestra claramente quién sea el verdadero hijo. La obra genuina fija directamente el sol y sobrelleva el ardor de la tribulación, sin desfallecer. En cambio, la obra adulterina mira hacia la tierra, desfallece en la tribulación, llora por la pérdida de las cosas temporales; y entonces debe ser eliminada, para que sea incrementada la obra buena. Cuando en ti mismo alejas la maldad, refuerzas en ti el bien; y cuanto más el mal pierde vigor, tanto más se fortalece el bien.

    Observa que los tres huevos o los tres polluelos del águila, simbolizan los tres amores del justo: el amor de Dios, el amor del prójimo y el amor propio; y el amor propio ha de ser eliminado absolutamente del nido de la conciencia. El amor propio es un grave obstáculo para el amor de Dios y el amor del prójimo; y por eso ha de ser del todo suprimido.

    Y Job habla alejado de su nido aquel “hijo”, al decir: “Dilacero mis carnes con mis dientes” (13, 14). Los dientes son llamados así, porque dividentes, trituran los alimentos, y simbolizan los sentidos internos que lo controlan todo y que, por decirlo así, mastican y desmenuzan lo que piensan y lo transmiten al vientre de la memoria. Los santos, si descubren en sí mismos algo carnal, con estos dientes (sentidos internos) lo persiguen con toda energía y lo eliminan del nido de su conciencia.

    8. Además, considera que la amatista es una piedra preciosa de gran valor, de color violeta, que despide resplandores dorados y presenta puntos de un vivo color rojo; y simboliza la vida de Jesucristo, que fue color viola por la pobreza y la humildad, despidió resplandores dorados en su predicación y en la realización de los milagros y presentó puntos de vivo color rojo en su pasión. Esta amatista el justo la debe poner en el nido de su conciencia, para que sus “hijos”, o sea, sus obras, puedan ahuyentar a las serpientes, o sea, las sugestiones de los demonios.

    Digamos, pues, también nosotros: “¿Acaso, a una orden tuya se levantará el águila?”. Comenta Gregorio-. “A la orden de Dios se levanta el águila, cuando, obedeciendo a los divinos mandatos, la vida de los fieles se eleve a las cosas celestiales. Pone en las alturas su nido, porque no fija la habitación (los pensamientos) de su mente en una conducta vulgar y abyecta”.

    “Habita en las piedras”. En el texto sagrado, cuando se nombra “piedra” al singular, se entiende Cristo; cuando es al plural, se entienden los cristianos. Dice Pedro: “Ustedes como piedras vivas” (1 Pe 2, 5). Se dice que el águila habita en las piedras. De manera similar, la inteligencia de los santos se detiene firmemente en las sentencias de los antiguos y esforzados Padres. En las piedras pueden ser entendidas también las potencias celestiales, las que, situadas en las alturas como las rocas, son insensibles a todo movimiento y a toda inestabilidad, lo que no sucede con las plantas. El santo espera la eterna gloria de los ángeles; y, considerándose huésped en este mundo y sólo anhelando lo que contempla, ya está fijo en las alturas.

    “Mora en los pedernales fragosos y en las peñas inaccesibles”. ¿Qué son los pedernales fragosos, sino los poderosos coros de los ángeles? Son fragosos, porque una parte de los ángeles cayó y otra parte permaneció en las alturas. Ellos permanecen íntegros por la cualidad de su mérito; pero por la cantidad de su número los llama peñas inaccesibles. Para el corazón del pecador es del todo inaccesible el esplendor de los ángeles. Pero el que de tal modo es arrebatado por la contemplación, que ya se sienta con su mente y con sus aspiraciones entre los coros de los ángeles, sólo le falta poder contemplar a aquel, que está por encima de los ángeles.

    “Desde arriba el águila espía la presa”; o sea, el justo, desde los coros angélicos, impulsa el ojo de la mente a la gloria de la suprema Majestad, hacia la cual aspira aunque no la haya contemplado; pero cuando la contemple, será plenamente saciado. Pero, mientras estamos oprimidos por la carne, no podemos contemplar a Dios como es. Por eso el texto añade- “Sus ojos Observan desde lejos”. Como si dijera: “Los santos tienden con fuerza el ardor de sus anhelos; sin embargo, tampoco así pueden ver más de cerca a aquel, cuyo infinito esplendor no pueden penetrar” (Glosa).

    ¡Bienaventurada, pues, esa águila (el santo), que hunde su rostro en el torrente de oro de la Jerusalén celestial! Se dice en el Salmo: “Serán embriagados con la abundancia de tu casa; y tú los abrevarás al torrente de tus delicias” (35, 9), Dice el Génesis que los hermanos de José bebieron y se embriagaron con él (43, 34).

    Observa que el que se embriaga, cambia mente y lengua. Y la mente de los bienaventurados, que se embriagan al torrente de oro, cambiará, porque su fe y su esperanza cesarán y se cumplirá perfectamente el mandamiento:

    “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón que ahora no se cumple. También su lengua cambiará, como dice el Salmo: “Mi lengua no hablará de las obras de los hombres” (Salm 16, 4).

    Digamos, pues: “En lugar de la tierra dará un pedernal, y en lugar del pedernal dará torrentes de oro”. He aquí que ya comprendes que el que quiere ir a Jerusalén y beber al torrente de oro de la bienaventuranza celestial, ante todo, es necesario que atraviese la Samaría y la Galilea, y allí posea tierra y pedernal. Y porque, cuando llegamos a la Samaría y de allí pasamos a la Galilea, encontramos a los enemigos, o sea, a los espíritus malignos, que nos acechan, a los que podemos vencer con la gracia, para poder seguir hasta Jerusalén, por eso el texto de Job continúa: “El Omnipotente estará contigo contra tus enemigos y acumulará para ti la plata”; como si dijera.. mientras aleja de ti a los espíritus malignos, te colmará la conciencia de luz; “y entonces en el Omnipotente abundarás de delicias”. Abundar de delicias en el Omnipotente significa saciarse de su amor en el banquete de una conciencia pura. Se lee en los Proverbios: “Una conciencia tranquila es como un banquete continuo” (15, 15). “Y levantarás tu rostro a Dios”. Levantar el rostro a Dios significa elevarse a la búsqueda de los más sublimes misterios. “Le rogarás y El te escuchará”. En el introito de la misa de hoy dice: “Inclina, Señor, tu oído y escúchame”.

    “Y tú cumplirás tus votos”. Comenta Gregorio: “El que hace un voto, pero por su debilidad no lo puede mantener, en castigo de su pecado es privado de la posibilidad de hacer el bien, aunque lo quisiera. Si después es borrada la culpa que era de obstáculo, en seguida recupera la posibilidad de cumplir el voto”.

    “Decidirás algo y te irá bien”. Se toma una decisión y va bien, cuando, por divino favor, prospera la práctica de una virtud, que ardorosamente se anhela alcanzar. “Y en tus caminos resplandecerá la luz”: en el camino de los justos resplandece la luz, cuando con sus admirables obras difunden el esplendor de su santidad.

    9. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Caminen según el Espíritu y no lleven a efecto los deseos de la carne” (Gal 5, 16). El que quiere ir a Jerusalén con Jesús, debe caminar según el Espíritu y no según la carne. Camina según el Espíritu el que pasa por la Samaría y la Galilea; y por esto dice: “Caminen según el Espíritu”, si quieren Regar a Jerusalén; “y así no llevarán a efecto los deseos de la carne”, o sea, no secundarán los placeres que la carne sugiere.

    “Los deseos de la carne están contra el Espíritu, y los deseos del Espíritu contra la carne”. La carne, en latín caro, se llama así porque es cara, o sea, querida; o también deriva de crear. En efecto, creméntum (aumento) es el semen del macho; y en griego la carne se llama kreas.

    ¡Oh carne cara; y porque cara, carece (está privada) de caridad; y por eso llena de deseos contrarios al espíritu! ¡Oh carne cara, que en el futuro llegarás a ser odiosa, porque te pudrirás entre los gusanos y serás hedionda! La carne y el espíritu se combaten recíprocamente; y así no podemos hacer lo que queremos (Gal 5, 17).

    Y sobre este argumento tenemos una concordancia en Job: “La vida del hombre sobre la tierra es una milicia” (7, 1), o sea, un combate. La vida del hombre es un combate, o sea, una continua tentación, porque la carne, ya de por sí corrupta, se procura por sí misma los tormentos; y también en el bien que hace, siente brotar el mal, como, por ejemplo, el aburrimiento en la quietud de la contemplación o la vanagloria en la abstinencia. Te suplicamos, pues, Señor Jesucristo, que nos hagas pasar a través de la Samaría, o sea, por la Observancia de tus mandamientos, y a través de la Galilea, o sea, por la perseverancia en la virtud, para poder llegar a Jerusalén y abrevarnos en sus torrentes de oro.

    Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - La curación de los diez leprosos

    10. “Al entrar Jesús en una aldea, salieron a su encuentro diez leprosos, que estuvieron lejos y alzaron su voz, gritando: “¡Jesús Maestro, ten piedad de nosotros!”. Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan y muéstrense a los sacerdotes”. Y mientras iban, fueron curados” (Lc 17, 12-14).

    La alegoría es clara. La aldea, en latín castellum, es el mundo; y cuando el Señor entró en el mundo, salieron a su encuentro diez leprosos, en los que está simbolizado el género humano, que había pecado contra los diez mandamientos, porque no amaba ni a Dios ni al prójimo (Glosa). Por eso se habla cubierto de la lepra de la infidelidad y de la iniquidad; y por eso clama a Jesús: “¡Jesús Maestro, ten piedad de nosotros!”. El género humano invocó la salud e imploró misericordia; y el Señor escuchó las dos peticiones: con la sangre de la redención y el agua del bautismo lo purificó de toda lepra de infidelidad y de iniquidad. Sentido moral. Observa que los diez leprosos representan a todos los pecadores, cubiertos por cinco especies de lepra, que están colocadas en cinco “lugares” del cuerpo. En el Levítico se describen las cinco especies de lepra y los cinco “lugares” afectados. Hay la lepra blanca, lúcida, oscura, roja y pálida. Y además hay la lepra en la cabeza, en la barba, en la piel del cuerpo, en el vestido y en la casa. “El que fuere afectado por tal lepra y fuere separado según el criterio del sacerdote, llevará vestidos rasgados, la cabeza descubierta y, embozado, gritará: “¡Contaminado e inmundo!”. Durante todo el tiempo en que fuere contaminado e inmundo, habitará solo fuera del campamento” (13, 44-46).

    Vamos a analizar toda esta problemática y examinaremos cada caso en particular. La lepra blanca simboliza la hipocresía y la simulación de religiosidad; la lepra lúcida, la ambición y el deseo excesivos de las dignidades de este mundo; la lepra oscura, la inmundicia de la fornicación; la lepra roja, la rapiña y la usura; la lepra pálida, la envidia de la felicidad ajena.

    11. De la lepra de la hipocresía y de la simulación dice Job: “Los simuladores y los astutos provocan a Dios” (36, 13). Simulador viene de “simulacro”, y exhibe una imagen de uno que no es él. Simulacro deriva de “semejanza”. El hipócrita es un simulacro, porque exhibe la semejanza de la santidad ajena. Y a este simulacro se le tributa honor, porque se cree que haya en él algo divino. Sin embargo, dice Job: “La estirpe del hipócrita es estéril” (15, 34), porque, por lo que hace, no quiere recibir el fruto en la recompensa eterna. Se dice estéril, porque está como árido (asonancia entre sterile y stat aridum). Cuando falta la recta intención, la obra que parece buena perece. Se contamina con la lepra blanca todo lo que no se hace con la recta intención, aunque la opinión humana lo juzgue favorablemente.

    De la lepra lúcida de las dignidades transitorias dice Baldad el suhíta en Job: “¿No se apagará, quizás, la luz del malvado y ya no brillará la llama de su fuego? La luz se oscurecerá en su tienda, y la lámpara que está sobre él se extinguirá” (18, 5-6). La luz del malvado se extingue, porque la prosperidad de esta vida pasajera se acaba con él. “Y ya no brillará la llama de su fuego”. Es llamado fuego el ardor de los deseos de las cosas temporales, cuya llama, alimentada por las ansias interiores, es el fasto o también el poder exterior; pero ya no brillará, porque en el día de la muerte todo fasto exterior desaparecerá.

    “Y la luz se oscurecerá en su tienda”. A veces por tinieblas se entiende la tristeza y por luz la alegría. La luz se oscurece en la tienda del impío, porque el gozo de su conciencia, fundado en cosas materiales, se desvanece. “Y la lámpara que está sobre él no se extinguirá”. La lámpara es una luz en un vaso de arcilla. La luz en un vaso de arcilla es el gozo de la carne. La lámpara que está sobre él se extingue, porque, cuando en el impío se abate el castigo por sus fechorías, el placer de la carne desaparece de su mente. Se dice con razón que la lámpara está en el, no cerca de él, porque los placeres terrenales ocupan la mente de los malvados.

    Del oscuro placer de la fornicación había Job: “El ojo del adúltero espía en la oscuridad y dice: “Ningún ojo me Observa”, y se cubre la cara” (24, 15). Adúltero es aquel que viola el tálamo ajeno o también aquel que oprime el útero ajeno. La inmundicia de la fornicación, que oscurece el ojo de la razón, siempre busca el favor de un lugar escondido; y comete la fornicación con tanta mayor seguridad, cuanto menor es el miedo de ser descubierto.

    A este propósito dice el Eclesiástico: “Para el hombre disoluto todo pan es sabroso. El que es infiel a su lecho conyugal, desprecia su alma y dice: “¿Quién me ve? Me rodean las tinieblas, las paredes me ocultan y nadie me ve: ¿a quién debería temer? De mis pecados no se acordará el Altísimo, y no comprende que el ojo de Dios lo ve todo”. Y el texto añade: “Y cubre su cara”, naturalmente para no ser reconocido (23, 24-27). El rostro del corazón humano está hecho a semejanza del de Dios; y el malvado lo cubre para no ser reconocido por el severo juez, cuando envilece su vida con acciones deshonestas.

    De la lepra roja de los depredadores dice Job: “Los malvados cambian los linderos, roban los ganados, se llevan el burro de los huérfanos y toman en prenda el buey de la viuda. Trastornan el camino de los menesterosos e igualmente oprimen a los mansos de este mundo” (24, 2-4). Y la paciencia divina soporta a todos ellos y espera que hagan penitencia; pero ellos acumulan en sí la cólera para el día de la ira (Rom 2, 5).

    Del éxito de los malvados se queja Job: “¿Por qué los impíos viven, son ensalzados y son alentados por las riquezas? Su prole prospera con ellos y tienen a su alrededor una turba de parientes y de nietos. Sus casas están al seguro y sin preocupaciones: el azote de Dios no pesa sobre ellos. Los toros engendran y no fallan, las vacas paren y no malogran su cría, Sus pequeños salen como un rebaño y sus niños saltan jubilosamente. Gozan del tamboril y de la cítara y se divierten al sonido de la flauta. Pasan sus días en el bienestar; pero en un instante bajan al sepulcro. Y, sin embargo, decían a Dios.- “Aléjate de nosotros, no queremos conocer tus caminos. ¿Quién es el omnipotente, para que le sirvamos? ¿Y qué nos aprovecha invocarlo? Con todo, sus bienes no están en su poder; por eso esté lejos de mi su consejo” (21, 7-16).

    De la lepra de la envidia dice siempre Job: “La ira mata al insensato y la envidia mata al mezquino” (5, 2). Mezquino es el que ama las cosas terrenales, grande el que ama las cosas eternas. El mezquino es destruido por la envidia, porque nadie muere por esta peste sino aquel que apetece las cosas terrenales. Comenta Gregorio: “El que quiere preservarse de aquella peste que es la envidia, busque y ame aquella herencia que no se achica por el número de los herederos: herencia que es una para todos, y es toda entera para cada uno.

    12. Símilmente, la lepra en la cabeza es la impureza en el pensamiento. La lepra de la barba simboliza la iniquidad en sus manifestaciones. La lepra de la piel es figura de una conducta deshonesta. La lepra en el vestido es la disensión en la fe de Cristo o también la imprudencia en la práctica de la virtud. La lepra en la casa es la discordia en la comunidad.

    De la impureza en el pensamiento dice Job:

    “Chupará la cabeza (veneno) de los áspides y será matado por la lengua de la víbora” (20, 16). El áspid, pequeña serpiente, es la oculta tentación de los demonios. Su cabeza, o sea, el inicio de la tentación, antes nace del corazón, el cuál, una vez atrapado, posteriormente es arrastrado con violencia. La víbora tiene el cuerpo más largo y nace de tal modo que sale con violencia. El pecador, pues, chupa la cabeza del áspid y es matado por la lengua de la víbora, cuando acoge de buena gana el inicio de la sugestión secreta y después se entrega vencido a las sucesivas tentaciones.

    Asimismo, de la manifestación de la iniquidad habla Job: “El pecador extiende su mano contra Dios y se atreve a ser fuerte contra el Omnipotente. Corre contra Dios con el cuello erguido, armado de su gorda y dura cerviz. La gordura cubre su cara y la grasa de puerco cuelga de sus costados” (15, 25-27).

    Extender la mano contra Dios quiere decir perseverar en las obras malas, despreciando sus juicios. Y se atreve a ser fuerte contra el Omnipotente, porque Dios le permite sacar también provecho de su mala acción. Corre contra Dios con el cuello erguido, mientras ejecuta con descaro lo que disgusta al Creador. “Corre”, o sea, no halla obstáculo ni contrariedad en su mal obrar. “Armado de gorda cerviz”. La gorda cerviz es la arrogante soberbia, excitada por la abundancia de los bienes materiales, como si fueran carnes gordas. “La crasitud cubre su cara”. La crasitud cubre la cara, porque la tan ansiada abundancia de los bienes materiales le oprime y cierra los ojos de la mente. “Y la grasa de puerco cuelga de sus costados”. Los costados de los ricos son los gregarios que se les adhieren. La grasa de puerco cuelga de sus costados, porque cualquiera que se adhiere al potente malvado, se hincha también él de su potencia como de una crasitud.

    Símilmente, de la deshonesta conducta, el Señor, hablando del diablo, dice: “Extendió debajo de sí el oro como barro. Como una olla hace hervir el mar profundo” ( Job 41, 21-22). El oro simboliza el esplendor de la santidad, el barro la suciedad de los placeres carnales. A muchos que en la santa iglesia parecían brillar con el fulgor de la santidad, el diablo se los somete con el contagio de un miserable placer y con la corrupción de una conducta deshonesta; y de ese modo extendió el oro convirtiéndolo en barro. Y también hace hervir lo profundo del mar, o sea, el corazón del pecador, con el fuego de las sugestiones, y le hace despedir la espuma de su vida deshonesta.

    Asimismo, la túnica de Jesucristo, “sin costura y tejida de arriba abajo” (Jn 19, 23), es la fe en El y es la unidad de la iglesia, que quieren rasgar los herejes, los falsos cristianos y los simoníacos. Estos están representados por los tres amigos de Job: Elifaz, Baldad y Sofar, que con sus palabras afligieron a Job y lo ofendieron con sus injurias. Elifaz se interpreta “desprecio del Señor”, y simboliza a los herejes, que rehúsan obedecer a la Iglesia. Baldad se interpreta “sola vejez”, y simboliza a los falsos cristianos, que envejecen sólo en el mal. Y Sofar se interpreta “destrucción de la atalaya”, y simboliza a los simoníacos, que destruyen la atalaya de la dignidad eclesiástica, cuando la compran con la plata.

    Además, a propósito de la lepra de la casa se dice en el Levítico que “si el sacerdote constata que en la casa creció la lepra, mandará que sean arrancadas las piedras contaminadas por la lepra y que sean arrojadas en un lugar inmundo fuera de la ciudad. También hará raspar la casa por dentro en derredor y mandará que los cascotes de las raspaduras sean también arrojados en un lugar inmundo fuera de la ciudad. Después, tomarán otras piedras para sustituir a las que habían sido arrancadas” (Lv 14, 39-42).

    La lepra de la casa es la discordia en la comunidad. Si el sacerdote, o el prelado, constata que esta lepra se expande, inmediatamente mandará que las piedras, o sea, los hermanos de la comunidad, en los que anida la lepra de la discordia, sean arrojados de la comunidad, para que el compañero tiñoso no tenga la posibilidad de restregarse contra un compañero simple y puro, y para que aquella poca levadura no corrompa toda la masa (1Cor 5, 6) y para que un poco de veneno no intoxique todo el bálsamo. También la casa, o sea, la misma comunidad, para que no queden restos de aquella lepra, debe rasparla, o sea, debe investigar cuidadosamente y, si halló algún resto, debe arrojarlo afuera y, en lugar de las piedras contaminadas, en el edificio de la comunidad, debe insertar piedras nuevas. Y así pueden servir al Señor en unidad de espíritu y en la concordia de costumbres.

    Quienquiera fuese manchado por alguna de estas cinco especies de lepra, si quiere obtener la misericordia del Señor, debe absolutamente ejecutar las cinco intervenciones susodichas: debe llevar ropa rasgada, o sea, que no debe confiar en ninguno de sus méritos ni presumir de ninguna de sus obras; o también, la ropa rasgada simboliza los miembros del cuerpo, castigados con severa penitencia. Además, debe tener la cabeza descubierta, o sea, debe manifestar todo pecado cometido con los sentidos del cuerpo; debe tener el rostro embozado, o sea, debe siempre avergonzarse de los pecados cometidos; debe proclamarse en todo momento “contaminado e impuro”, o sea, debe reputarse inmundo y tenerse apartado del alboroto de las cosas seglares y de los malos pensamientos; y debe habitar fuera del campamento, o sea, debe juzgarse indigno de la comunidad de los santos. El que no aplica estos cinco remedios, no es un verdadero penitente. El que quiere de veras hacer penitencia, debe tener la ropa rasgada, o sea, no presuma nada de lo que es suyo. En la confesión debe descubrir la cabeza delante de Dios y de sus ángeles. Debe avergonzarse de haber cometido esos pecados. Y no sólo debe proclamarse inmundo e impuro, sino que, si alguno le achaca estas suciedades, debe sobrellevarlo con humildad, porque, si se comporta diversamente, demuestra que no está de veras arrepentido. Como leproso, debe juzgarse indigno de la compañía de los santos y con la humildad de la mente debe tenderse debajo de sus pies.

    Por eso existe la costumbre de que los penitentes públicos se detengan delante de las puertas de la iglesia con el cilicio puesto y rueguen a los fieles que entran en la iglesia y les digan: “Nosotros, indignos pecadores, los suplicamos a ustedes, fieles de Cristo, que imploren por nosotros la misericordia divina, porque nosotros no somos dignos de entrar en la iglesia y de participar en la asamblea de los fieles”.

    Estos penitentes pueden decir: “¡Jesús maestro, ten piedad de nosotros!”. Presta atención a estas tres palabras: Jesús, Maestro, ten piedad. Jesús se interpreta “salvación”. El que quiere la salvación, guarde los mandamientos y así hallará misericordia. Y Observa que “Maestro” está colocado entre “Jesús” y “ten piedad”. Donde hay la Observancia de los mandamientos, allí, a la derecha y a la izquierda, hay la salvación y la misericordia, que custodian a los que los custodian (Observan). Dice el Eclesiástico: “Si tú quieres guardar los mandamientos, los mandamientos te guardarán a ti” (15, 16).

    13. “Al ver a los leprosos, Jesús les dijo: “Vayan y muéstrense a los sacerdotes”. Presta atención a estas tres palabras: vayan, muéstrense, a los sacerdotes. En el “vayan” se designa la contrición del corazón; en el “muéstrense”, la confesión de la boca; y en “a los sacerdotes”, la obra de satisfacción.

    A propósito del “vayan”, dice el hijo pródigo en Lucas: “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti” (15, 18). Y Observa que antes dijo “me levantaré” y después “iré”, porque si antes no te levantas de tu torpor, no puedes “andar” con la contrición. “Me levantaré”, porque reconozco yacer por tierra; “iré”, porque me alejé mucho; “a mi padre”, porque bajo el jefe de los puercos me consumo de miseria y de penurias; “pequé contra el cielo”, o sea, delante de los ángeles y las almas santas, en las que Dios tiene su morada; “y contra ti”, o sea, justamente en el secreto de la conciencia, donde sólo tu ojo puede penetrar.

    A propósito del “mostrarse” en la confesión, dice el esposo en el Cantar de los Cantares: “Muéstrame tu rostro, resuene tu voz en mis oídos, porque tu voz es dulce y tu rostro encantador” (2, 14). El rostro hace conocer al hombre; y por esto con toda razón se designa en el rostro la confesión, porque hace conocer al hombre a Dios, el cual conoce el camino de los justos (Salm 1, 6). Y el justo es el primero en acusarse a sí mismo (Prov 18, 17).

    “Muéstrame tu rostro”, si quieres que yo te muestre el mío, “que los ángeles desean contemplar” (1 Pe 1, 12). “Tu rostro es encantador”. El rostro encantador es la confesión pudorosa. Hermosa es la amalgama entre la confesión y el rubor.

    Se lee en el libro de Ester, que Ester, “con el rostro inundado del color de rosa, con los ojos graciosos y brillantes, escondía un ánimo afligido y el corazón apretado por un gran temor. Después de haber atravesado, una por una, las puertas, se detuvo delante del rey” (15, 8-9). Ester simboliza el alma penitente, cuyo rostro en la confesión debe inundarse del color de rosa de la vergüenza. Vergüenza se dice en latín verecundia, porque vera tímeat, teme las cosas verdaderas. El que teme los veraces juicios de Dios, sin duda en la confesión experimenta la vergüenza, que lleva a la gloria. El que no siente vergüenza de sus pecados, no teme. Exclama Jeremías: “Tuviste el descaro de la ramera, y no quisiste tener vergüenza” (3, 3). En cambio, Ester tenla el corazón triste y atenaceado por la angustia, porque el penitente es quebrantado por la tristeza en la contrición y apretado por la angustia en la confesión. Y en la confesión tiene los ojos graciosos y brillantes por la efusión de las lágrimas; y así atraviesa, una después de otra, todas las puertas, enumerando todos los pecados como los cometió, pecados que nos cierran, como las puertas, el ingreso a la vida eterna.

    Una importante expresión para la confesión es la siguiente: “Atravesó una después de otra las puertas y se detuvo delante del rey”. No podrás estar delante de Jesucristo, si antes no abres, una después de otra, todas las puertas; sólo así le podrás mostrar tu rostro. Y como sea este rostro, lo explica él mismo al decir: “Resuene tu voz en mis oídos: tu voz es dulce”. El Esposo se complace en escuchar con los oídos de la misericordia la melodía de la confesión.

    Y Observa que dice “voz”. La voz es un sonido (golpe) que produce el aire en la lengua, y manifiesta la voluntad del ánimo. La verdadera confesión es aquélla donde hay el “golpe”, o sea, la reprobación de los pecados, que manifiesta todo lo que está escondido. Con razón dice el Señor: “Muéstrense a los sacerdotes”. Muéstrense ustedes mismos, no por medio de otros. Pecaste en ti mismo y contigo mismo: es justo que te muestres en ti mismo y contigo mismo.

    “Muéstrense a los sacerdotes”, que son los que imponen la penitencia, y por esto ellos simbolizan también la satisfacción. Mediante estas palabras comprendes claramente que los pecadores deben mostrarse a los sacerdotes en la confesión, porque sólo a ellos les es confiado el poder de atar y desatar.

    “Y mientras iban, fueron limpiados”. ¡He ahí, qué grande es la misericordia de Dios, el cual con la sola contrición purifica de los pecados, con tal que haya el firme propósito de confesarlos! (Pedro Lombardo). Sobre estas tres cualidades de la confesión, tenemos una concordancia en Job, cuando el Señor dirige la palabra a sus amigos: “Tomen siete toros y siete carneros, y vayan a mi siervo Job; y ofrezcan un holocausto por ustedes” (42, 8). El toro y el carnero simbolizan la dura cerviz y los cuernos (obstinación) de la soberbia. El que la mata en sí mismo, destruye también los demás vicios, indicados en el número siete.

    En el evangelio el Señor dice: “¡Vayan!”, y en Job también: “¡Vayan!”. En el evangelio:

    “¡Muéstrense!”, y en Job: “¡Ofrezcan!”. En el evangelio: “¡A los sacerdotes”, y en Job: “A mi siervo Job”.

    14. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Bien conocidas son las obras de la carne: la fornicación, en latín formae necatio, destrucción de la forma, de la imagen de Dios; la impureza, que se comete con la profanación de la mente sin la acción; la lujuria, llamada así por el lujo o exceso de los alimentos y de las bebidas; la avaricia, que es la esclavitud de los ídolos -avaro deriva de “ávido de oro” (en latín, avidus auri); de avaro viene avaricia-; los envenenamientos (brujerías), de veneno, que es llamado así porque va por las venas; en efecto, no puede perjudicar si no toma contacto con la sangre. El veneno es frío; y por esto el alma, que es ígnea, huye del veneno. Los envenenamientos son las sugestiones de los demonios y las adulaciones de los pecadores, que no pueden perjudicar si no llegan a la sangre, o sea, al consentimiento. Las enemistades encarnizadas; las contiendas en las palabras; las rivalidades, cuando dos apetecen la misma cosa; la ira, la improvisa tempestad del ánimo; las riñas, que derivan de rictus, abrir la boca, cuando dos se pelean uno contra otro con ira; las disensiones, cuando en la iglesia se forman facciones; las sectas o las herejías. secta es lo mismo que sección, o sea, divisiones con un corte; las envidias de los bienes ajenos; los homicidios, las borracheras, las orgías. De todos estos vicios se origina en el alma la lepra, que la contamina y la separa de la asamblea de los santos.

    Te rogamos, Señor Jesucristo, que nos limpies de la lepra de los pecados y que, una vez limpiados, merezcamos ser admitidos en la asamblea de los santos y subir contigo a la Jerusalén celestial. Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III - El extranjero regresa para glorificar a Dios

    15. “Uno de los leprosos, al verse sanado, volvió, glorificando con gran voz a Dios; y se postró rostro en tierra a los pies de Jesús para dar gracias. El era un samaritano. Pero Jesús observó: “¿No eran diez los sanados? ¿Y los otros nueve, dónde están? ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios, sino este extranjero?”. Y Jesús lo despidió diciendo:

    “Levántate y vete; tu fe te salvó” (Lc 17, 15-19). Observa los tres momentos de este extranjero: volvió, se postró rostro en tierra, dio gracias. “Vuelve” el que no se atribuye mérito alguno; y el bien que obra, lo considera don de la misericordia de Dios. Por esto es llamado samaritano, o sea, custodio: él atribuye a Dios todo el bien que recibe y así puede decir con el Salmista: “Custodiaré mi fuerza, que viene de ti” (58, 10), o sea, te la atribuyo a ti. ¿Quieres conservar lo que recibes? Atribúyeselo a Dios y no a ti. Si te atribuyes lo que no es tuyo, serás considerado reo de hurto. Y si no te atribuyes lo ajeno, harás tuyo lo ajeno.

    A este propósito tenemos una concordancia en Job, donde el Señor le dice: “¿Enviarás tú los relámpagos y ellos irán; y después, retornando, te dirán: “¡Henos aquí!?” (38, 35).

    Los relámpagos salen de las nubes; y así también de los santos predicadores se manifiestan obras admirables. Parten los relámpagos, cuando los predicadores brillan con el fulgor de los milagros; pero, retornando, dicen: “¡Henos aquí!”, cuando atribuyen al poder de Dios y no a ellos mismos, todo lo que conocen haber obrado de grande. O también: son enviados y van, cuando del secreto de la contemplación salen para desarrollar su misión pública. Al regresar, dicen a Dios: “¡Henos aquí!”, porque después de la actividad exterior regresan de nuevo a la contemplación.

    16. Símilmente: “se postra rostro en tierra” el que se avergüenza de los pecados cometidos. El hombre se postra rostro en tierra, cuando se humilla. El que cae rostro en tierra, ve donde cae; en cambio, el que cae hacia atrás, no ve. Los buenos, pues, caen rostro en tierra, porque se humillan en estas cosas visibles, cuando ven lo que les espera, para elevarse así a las cosas invisibles. En cambio, caen hacia atrás, en las cosas invisibles, cuando no ven lo que los espera (Glosa). Sobre estos dos modos de caer, tenemos una concordancia en Job.

    Primer modo de caer: “Job rasgó su vestidura, se rapó la cabeza y se echó a tierra” (1, 20). La vestidura son las obras que nos cubren, para que no nos avergoncemos por estar desnudos; y mientras la culpa nos hace llorar, las castigamos duramente con mano airada. Entonces cae del ánimo todo pensamiento de soberbia y de vanidad; y en esto consiste el raparse la cabeza: eliminar los pensamientos de presunción y sentir en sí mismos lo frágiles que somos. Es difícil llevar a cabo grandes obras y no tener gran confianza en sí mismos.

    Segundo modo de caer: “El monte cayendo se deshace; y las peñas son removidas de su lugar; las aguas cavan las piedras, y con el aluvión poco a poco la tierra se dispersa” (Job.- 14, 18-19). Observa que hay dos especies de tentaciones: la que nos asalta de improviso y la que se insinúa poco a poco en la mente y contamina el ánimo con tortuosas sugestiones.

    Y el significado es el siguiente: como estas cosas inanimadas a veces se desploman de improviso y a veces se gastan poco a poco por las infiltraciones del agua; así también el que está colocado en alto, como el monte, o se precipita por una súbita tentación como David, cuando vio a Betsabé, o se gasta con una larga y lenta tentación, como Salomón, el cual, por sus excesivos contactos y familiaridad con mujeres, fue arrastrado a construir un templo a los ídolos, el que antes había construido el templo a Dios.

    “La peña”, o sea, la mente del justo, se desprende de su lugar, pasando de la justicia al pecado con un fuerte impulso; y “las piedras”, o sea, las potencias del espíritu, son excavadas por las aguas, o sea, por las continuas seducciones de la libido. El aluvión es la inundación de las aguas, y deriva de alluo, bañar.

    17. Por su curación el samaritano dio gracias; y de ello el Señor mismo lo alabó, al decir: “¿No fueron diez los sanados?”. Pregunta dónde están los ingratos, como si fuesen desconocidos.

    Esas palabras nos enseñan a dar gracias al Señor por los beneficios recibidos. Si Job bendijo el nombre del Señor y le dio gracias también en medio de sus desgracias, ¡cuánto más nosotros debemos dar gracias a Dios por los muchos beneficios recibidos!.

    El rey Ezequías, por no haber elevado el cántico de acción de gracias al Señor después de la victoria, por eso cayó en la enfermedad (4Rey 20, 1 …). En cambio, se lee que María, hermana de Moisés, y Débora y Judit elevaron al Señor el cántico de gratitud por las victorias sobre los enemigos. De todo ello aprendemos a elevar cánticos de alabanza y a dar gracias a Dios, dador de todos los bienes. Presta atención. En esta parte se destacan tres nombres de gran importancia: uno solo, samaritano y extranjero; y en esos nombres sobresalen tres virtudes. Uno solo indica la concordia de la unión; samaritano indica el ejercicio de la humildad; extranjero indica el saberse contentar también en las penurias.

    A estas tres palabras corresponden las tres palabras del Señor: levántate, vete, tu fe te salvó. Levántate, porque estás solo; vete, porque eres samaritano; tu fe te salvó, porque eres extranjero.

    El que vive en la unidad, se levanta para cumplir obras buenas. El que se protege con la práctica de la humildad, va seguro a todas partes. El que, como extranjero en este mundo, se adorna con la insignia de la pobreza, la fe en Jesucristo, que fue pobre y huésped, lo salvará.

    18. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “Los frutos del Espíritu son: la caridad (Gal 5, 22), que Agustín llama “deseo del alma de gozar de Dios por El mismo, y de gozar de sí y del prójimo por Dios”; el gozo, o sea, la pureza de conciencia; la paz, que viene de pacto y es la libertad en la tranquilidad; la paciencia. Observa que la virtud de la paciencia se ejerce de tres maneras: soportamos algunas cosas que vienen de Dios, como las calamidades; algunas cosas vienen del enemigo, como las tentaciones; y algunas cosas vienen del prójimo, como las persecuciones, los daños y las injurias. En todas estas circunstancias debemos cuidar mucho de no quejarnos demasiado de los flagelos permitidos por el Creador, ni de ser inducidos al consentimiento del pecado, ni de ser arrastrados al desorden del mal ni, haciendo esto, pretender ser recompensados con los bienes de la vida presente.

    Otros frutos del Espíritu: la longanimidad en la espera; la bondad, o sea, la dulzura del ánimo; la benignidad, o sea, la liberalidad en las cosas: benigno es aquel que está dispuesto a hacer el bien o también que está bien abrasado (de celo: en latín bene ignitus); la mansedumbre, que a nadie dirige injurias, y manso significa “acostumbrado a la mano” (en latín, manui assuetus). La fe, por la cual creemos sinceramente lo que en ningún modo podemos ver; propiamente y como suena, se dice fe, cuando se verifica lo que se dijo; la modestia, que observa discreción en los dichos y en los hechos; la continencia, que se abstiene también de las cosas licitas; la castidad, que usa rectamente de lo lícito.

    ¡Afortunado el árbol que produce tales frutos! ¡Afortunada el alma que se nutre de tales frutos! jamás podrás poseer tales frutos, si no vuelves atrás con el único samaritano y extranjero, si no caes rostro en tierra y si no das las debidas gracias. Y así merecerás escuchar: “Levántate, vete en paz, tu fe te salvó”.

    Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que nos mantengas en la unidad y nos guardes en la humildad y en la pobreza, de tal modo que podamos recoger del árbol de la penitencia los frutos del Espíritu y nutrirnos así del árbol de la vida en la gloria celestial.

    Dígnate concedérnoslo tú que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica