La Resurrección del Señor (II)
“Florecerá el almendro, la langosta engordará y la alcaparra perderá su eficacia” (Ecle 12, 5).
Exordio.
En la resurrección, la humanidad de Cristo floreció como la vara de Aarón
2. Se lee en el libro de los Números: “La vara de Aarón germinó, floreció y, una vez desarrolladas las hojas, produjo almendras” (17, 8).
Aarón, sumo pontífice, es figura de Jesucristo, que “entró en el santuario no con sangre de chivos ni de becerros, sino por su propia sangre” (Hb 9,12). Este es el pontífice, que hizo de sí un puente, para que a través de El pasáramos de la orilla de la mortalidad a la orilla de la inmortalidad. Hoy su vara floreció. La vara es su humanidad, de la que se dijo: “La vara de su poder extenderá el Señor desde Sión” (Salm 109, 2). La humanidad de Cristo, por medio de la cual la divinidad ejercía su potencia, tuvo origen de Sión, o sea, del pueblo judío, porque “la salvación, o sea, el Salvador, viene de los judíos” (Jn 4, 22). Esta vara, casi árida, yació tres días y tres noches en el sepulcro; pero hoy floreció y produjo fruto, porque resucitó y nos aportó a nosotros el fruto de la inmortalidad.
I - Sermón alegórico
3. “Florecerá el almendro”. Dice Gregorio que “el almendro es el primero entre todas las plantas en echar las flores”. Y dice el Apóstol que “Cristo es el primogénito de los que resucitan de los muertos” (Col 1, 18), porque resucitó primero.
Observa que la pena infligida al hombre era doble: la muerte del alma y la del cuerpo. “En cualquier día en que comas -dice el Señor-, morirás de muerte” (Gen 2, 17), muerte del alma; y estarás sometido a la ley de la muerte. Otra versión dice con mayor precisión: “Serás mortal”. Vino nuestro Samaritano, Jesucristo, y en la doble herida derramó vino y aceite, porque por el derramamiento de su sangre destruyó la muerte de nuestra alma. Dice Oseas: “LOS liberaré de la mano de la muerte, los liberaré de la muerte. Oh muerte, ¡yo seré tu muerte! ¡Yo seré tu mordedura, oh infierno!” (13, 14). Del infierno tomó una parte y otra parte dejó, según la manera del que muerde; y con su resurrección abolió la ley de la muerte, porque dio la esperanza de la resurrección. “Y ya no habrá más muerte” (Ap 21, 4).
La resurrección de Cristo está indicada en el aceite, que flota sobre todos los líquidos. El gozo que experimentaron los apóstoles por la resurrección de Cristo, superó cualquier otro gozo que ellos tuvieron, cuando Jesús estaba todavía con ellos en su cuerpo mortal. igualmente, la resurrección de los cuerpos superará cualquier otro gozo “Los discípulos gozaron al ver al Señor” (Jn 20,20).
4. “Y la langosta engordará”. En ella está indicada la primitiva Iglesia, que con la flor de la resurrección del Señor engordó, o sea, se acrecentó y se llenó de admirable gozo.
Escribe Lucas: “Como por el gran gozo todavía no creían y estaban pasmados, les preguntó: “¿llenen algo para comer?”. Y ellos le ofrecieron una porción de un pescado asado y un panal de miel” (24, 41-42). El pescado asado es figura de nuestro mediador que sufrió la pasión, capturado con el lazo de la muerte en las aguas del género humano, asado en el tiempo de la pasión; y, además, es para nosotros un panal de miel a motivo de la resurrección, que hoy celebramos. El panal es miel con cera, o sea, la divinidad en la humanidad. Y en esta comida se indica que Cristo acoge en el eterno descanso, en su cuerpo, a los que, cuando sufren tribulaciones por Dios, no se alejan del amor de la dulzura eterna. Los que aquí son “asados” (por la tribulación), allí serán saciados con la perfecta dulzura.
Observa que “hoy” Cristo se apareció cinco veces: la primera, a María Magdalena; la segunda, a la misma con otras, mientras corría a dar el anuncio a los discípulos; la tercera, a Pedro; la cuarta, a Cleofás y a su compañero; y la quinta, a los discípulos, a puertas cerradas, después de la vuelta de los dos discípulos de Emaús. He ahí, pues, de qué manera con la flor del almendro engordó la langosta, o sea, de qué manera se alegró la iglesia primitiva por la resurrección de Cristo.
La langosta, cuando calienta el sol, da saltos y vuelos; así la iglesia primitiva, cuando en el día de Pentecostés fue abrasada por el ardor del Espíritu Santo, desplegó en todo el mundo los saltos y los vuelos de la predicación. “Por toda la tierra se difundió el sonido de su voz” (Salm 18, 5). Así la Iglesia engordó, o sea, se acrecentó; en cambio, la alcaparra menguaba. La alcaparra es un arbusto, que se adhiere a la piedra, y simboliza a la sinagoga, a la que fue dada la ley escrita sobre la piedra, para mostrar su dureza, a la cual siempre permaneció apegada. “Este es un pueblo de dura cerviz” (Ex 34, 9). Cuanto más la iglesia se acrecentaba, tanto más la sinagoga se disgregaba. Concuerda con lo anterior el relato del segundo libro de los Reyes: “Hubo una larga guerra entre la casa de Saúl y la casa de David. La casa de David crecía y se hacía cada día más fuerte, mientras la casa de Saúl se debilitaba día tras día” (3, 1). La casa de David es la iglesia; la casa de Saúl, que se interpreta “el que abusa”, es la sinagoga, que, por abusar de los dones especiales de Dios, recibió el libelo del repudio y abandonó el tálamo del esposo legítimo. Entre la iglesia y la sinagoga se libró una larga lucha, como lo muestran los Hechos de los Apóstoles. La iglesia crecía, porque “cada día el Señor le agregaba a los que hablan de ser salvos” (2, 47). En cambio, la sinagoga día a día menguaba. Dice Oseas: “Llama su nombre: “No pueblo mío; porque ustedes no son mi pueblo ni yo seré su Dios”; y todavía: “Yo me olvidaré totalmente de ellos; en cambio, tendré misericordia de la casa de Judá”, o sea, de la Iglesia (1, 6 ).
¡A Jesucristo, honor y gloria por los siglos de los siglos! ¡Amén! ¡Así sea!.
II Sermón moral
5. Ahora vamos a ver qué significan en sentido moral el almendro, la langosta y la alcaparra. En estas tres cosas se destacan tres virtudes: el reparto de la limosna, la consolación del pobre y la destrucción de la avaricia.
Reparto de la limosna: “Florecerá el almendro”, o sea, el limosnero. A él le dice Isaías: “A la mañana florecerá tu semilla” (17, 11). La semilla es la limosna, que de mañana, o sea, tempestivamente, debe florecer en la mano del cristiano, aún antes de las obras materiales, como el almendro florece antes que las otras plantas, Observa que en la flor hay tres componentes: el color, el olor y la esperanza del fruto. Con el color se alegra la vista, con el olor se deleita el olfato y con el fruto se satisface el gusto. Así sucede con la limosna, en cuyo color, para decirlo de alguna manera, se satisface la vista del pobre, que dirige la mirada hacia aquel que ofrece. Pedro, junto con Juan, dijo al tullido: “¡Míranos! El los miró en la esperanza de que le dieran algo” (Hech 3, 4-5). Y aquí, no sin dolor, referimos lo que hacen los prelados de la Iglesia y los magnates de este mundo. Ellos hacen esperar largo tiempo a su puerta a los pobres de Cristo, que imploran y piden la limosna con voz lagrimosa, y finalmente, sólo después que ellos se hartaron y no pocas veces se embriagaron, ordenaron que se les dé algunas sobras de su mesa y los enjuagues de la cocina. No así obraba Job, almendro que florecía tempestivamente, que dice “jamás negué a los pobres lo que me pedían, ni hice languidecer los ojos de la viuda; ni comí un bocado a solas, sin que lo compartiera el huérfano. Desde mi niñez creció conmigo la conmiseración”. Esto lo decía hablando de la comida; ahora oye lo que dice de la ropa: “jamás desprecié al peregrino, porque no tenía vestido, ni al pobre, porque no tenía ropa. Me bendijeron sus costados y con la lana de mis ovejas se calentó” (31, 16-20).
Asimismo, el perfume de la limosna edifica al prójimo, porque toma buen ejemplo y glorifica a Dios; y la persona que da la limosna se consuela en la esperanza de recibir frutos de vida eterna.
6. Consolación del pobre: “Engordará la langosta”. Dice Nahúm: “En los días de frío, las langostas se refugian en las tapias” (3, 17). Así los pobres, en el rigor de la pobreza que los obliga, se abrigan literalmente junto a las tapias, pidiendo limosna a los viandantes, como leprosos, que los hombres rechazan. También se podría decir que en las cercas crecen ramas agudas y espinosas, que simbolizan las heridas, los dolores y las enfermedades de los pobres. ¡He ahí: cuántos sufrimientos! ¡Y por esto, qué necesaria es la consolación! La langosta engorda con las flores, el pobre se consuela con la limosna.
Sigue diciendo Job: “Venía sobre mí la bendición del que estaba por perecer; y yo llevé consuelo al corazón de la viuda” (29, 13). Y el Señor por boca de Isaías: “Este es mi reposo: hagan reposar al cansado; y éste es mi refrigerio. Pero no quisieron escucharme” (28, 12). Entonces también ellos, cuando griten: “¡Señor, Señor, ábrenos!”, no serán escuchados. Ahora el Señor, en la persona de sus pobres, está a la puerta y llama: se le abre, cuando el pobre es reanimado. La refección del pobre es el reposo del Señor: “Lo que ustedes hacen a uno de estos mis pequeños discípulos, me lo hacen a mí” (Mt 25, 40).
Y observa que dice: “La langosta engordará”. La gordura tiene algo en común con el aire y el fuego, y por esto flota sobre el agua, porque el aire, que hay en ella, la sostiene (Aristóteles). Asimismo, la consolación del pobre participa del aire de la devoción con respecto a sí mismo, que recibe, y del fuego de la caridad, con respecto a ti, que das. La devoción lo levanta, para que ore por ti. Se lee: “Deposita tu limosna en el seno del pobre, y ella orará por ti” (Ecli, 29, 15), para que tus pecados te sean perdonados, para que la gracia domine tu mente y para que te sea dada la vida eterna.
7. La destrucción de la avaricia: “La alcaparra se disgregará”. La raíz de la alcaparra se adhiere a la piedra, en la cual está simbolizada la dureza del avaro, que no se conmueve por las miserias de los pobres. El avaro es como Nabal, del que en el primer libro de los Reyes se dice, que “era un hombre duro y de malas obras”. Los mensajeros de David le dijeron: “Hemos llegado a tu casa en un día afortunado. Lo que pueden hallar tus manos, dalo a tus siervos y a tu hijo David”. Pero él les respondió: “¿Quién es David y quién es el hijo de Isaí? En estos años aumentaron mucho los esclavos que escapan de sus amos. ¿Deberé, quizás, tomar mis panes y las carnes de mis ovejas, que maté para mis esquiladores, y dárselos a hombres que no sé de dónde vengan? “ (25, 3-11).
Esta es también la respuesta del avaro a los pobres de Cristo, que le piden limosna. El no les da nada, y los insulta, y les hace pasar vergüenza. Por eso le va a suceder, según lo que sigue: “El corazón de Nabal sufrió un ataque, y se quedó como una piedra” (25, 37). Esto sucede al avaro, cuando pierde la gracia y no tiene entrañas de misericordia. ¡Dichoso, en cambio, aquel que arranca de si el corazón de piedra y toma un corazón de carne! (Ez 11, 19) - Afectado por las miserias de los pobres, él sufre con ellos y desea que su compasión llegue a ser el alivio de ellos y el alivio de ellos señale la destrucción de su avaricia. Si alguno tuviere en su huerta una planta estéril, sin duda la erradicaría desde la raíz y en su lugar plantaría otra que diera fruto. ¡La avaricia es el árbol estéril “¿Para qué ocupa la tierra? ¡Córtala!” (Lc 13, 7), desarráigala, y en su lugar planta la limosna, que te dará frutos de vida eterna.
Nos la conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡As! sea!
III Sermón moral
8. “El almendro florecerá”. Aquí están indicadas tres cosas: la honestidad de la conducta, la dulzura de la contemplación y la extinción de la libido. La honestidad de la conducta, como se lee en Daniel: “Yo, Nabucodonosor, vivía tranquilo en mi casa y próspero en mi palacio” (4, 1). ¿Qué debemos entender por casa, si no la conciencia? ¿Y qué por palacio, si no la seguridad de la conciencia y la confianza que da esa seguridad? El palacio es una casa; sin embargo, no cualquier casa puede llamarse palacio. El palacio es una casa sólida, alta y regia. Si por casa debemos entender la “conciencia”, por palacio con razón debemos entender la seguridad de la conciencia.
Está, pues, sentado tranquilo en su casa aquel, a quien la conciencia nada remuerde. Una ecuánime reparación de los pecados pasados y una atenta vigilancia para evitar los males futuros dan tranquilidad a la conciencia. Descansa, pues, tranquilo en su casa aquel, a quien la conciencia no le reprocha ninguna culpa ni pasada ni presente. Permanecía tranquilo en su casa aquel, que decía con sinceridad: “Mi corazón nada me reprocha en toda mi vida” (Job 27, 6). Tranquilo puede estar en su casa aquel, que podía decir con sinceridad: “No soy consciente de culpa alguna” (1Cor 4, 4). Por cierto, en aquel tiempo vivía tranquilo en su casa y florecía en su palacio, cuando decía: “Esta es nuestra gloria: el testimonio de nuestra conciencia” (2Cor 1, 12).
Como en la flor hay esperanza del fruto, con razón en la flor está representada la esperanza segura de los bienes futuros. Como la flor es el comienzo de los frutos futuros, con razón se entiende en la flor nada menos que una renovación en el compromiso de progresar. Entonces en la flor está representada la segura esperanza de los bienes futuros, o un nuevo compromiso para ganar méritos. Por esto, prospera de veras en su palacio aquel que, en el testimonio de su buena conciencia, aguarda con certeza la corona de la gloria; y, mientras tanto, con el salto y el vuelo de la contemplación, saborea de antemano su dulzura.
9. La dulzura de la contemplación: “Engordará la langosta”, que, cuando calienta el sol, suele dar saltos y volar en el aire, diría casi, con alguna pirueta de alegría. As!, sin duda, el alma santa, cuando se siente sacudida en sí misma por algún aplauso interno de su gozo, cuando se siente impulsada a superarse a si misma a través de la elevación de la mente, cuando se siente absorbida por las cosas celestiales y cuando se sumerge totalmente en las visiones angélicas, parece justamente que haya sobrepujado los límites de sus posibilidades naturales.
Por esto dice el Profeta: “Los montes saltaron como carneros, y las colinas como corderos de una grey” (Salm 113, 4). ¿ Quién no comprende que está por encima de la naturaleza o, más bien, contra la naturaleza, que los montes o las colinas, a semejanza de los carneros o corderos juguetones, den saltos hacia lo alto y que la tierra se separe de la tierra y se cierna en el vacío? ¿Pero, quizás, no se tiene suspendida tierra sobre tierra, cuando un hombre quiere ponerse por encima de otro hombre, mientras la voz del Señor lo amonesta: “Eres tierra y a la tierra regresarás?”. Cuando, pues, el alma se levanta con la elevación de la mente, entonces se sacia con la dulzura de la contemplación.
Se lee en el Cantar de los Cantares: “¿Quién es ésta que sube del desierto, rebosante de delicias, apoyada en su dilecto?” (8, 5). Del desierto el alma sube a la contemplación, cuando abandona todas las cosas inferiores y, penetrando hasta el cielo, con la devoción se sumerge totalmente en las cosas divinas; y el alma llegará a rebosar de delicias, cuando se alegra de la plenitud del gozo espiritual y se enriquece con la abundancia de la interna dulzura, que el cielo le da y le infunde copiosamente.
El alma se apoya en su Dilecto cuando nada presume de sus fuerzas y nada atribuye a sus méritos, sino que todo lo atribuye a la gracia de su Dilecto: “El nos hizo y no nosotros a nosotros mismos” (Salm 99, 3). E Isaías: “Todas nuestras obras las obró en nosotros” (26, 12).
Acerca de la utilidad de este engorde de la langosta, lo dice lo que sigue.
10. Extinción de la libido: “La alcaparra perderá su eficacia”. La alcaparra es eficaz para los riñones; y como en la zona de los riñones tiene su sede la libido, en la alcaparra está indicada la libido, que será eliminada, cuando el alma rebose de las susodichas dulzuras. Dice Daniel: “Quedé yo solo, contemplando aquella gran visión; y me quedé sin fuerzas; y se me desfiguró la cara; y me desmayé; y todas mis fuerzas se desvanecieron” (10, 8). Y Job: “Mi alma escogió el lazo (para ahorcarse), y mis huesos la muerte. Ya no tengo esperanza y no quiero vivir más” (7, 15-16).
He aquí cómo la alcaparra se disgrega. Daniel, “el hombre de los deseos”, es figura del contemplativo, que llega a estar solo, cuando estima en menos todas las cosas externas y con la atadura del amor se liga a la dulzura de la contemplación. Entonces, con la mente iluminada, contempla la gran visión, que todavía no puede comprender, ya que, aquí abajo, “es percibida a través de un espejo, como en enigma, y no aún cara a cara” (1Cor 13, 12). Cuando el alma es iluminada y elevada de esta manera, se desvanece la fuerza del cuerpo, el rostro se torna pálido, la carne sufre un desmayo, y ya no tiene estima de los deleites del cuerpo y de las cosas de este tiempo. Ya no quiere vivir en ellos, como hacía antes, porque “ya no es él que vive, sino que vive en él la vida de Cristo” (Gal 2, 20), que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV- Sermón anagógico (místico)
11. “Florecerá el almendro, engordará la langosta y la alcaparra se disgregará”. En estas tres comparaciones están místicamente indicadas la resurrección del cuerpo, la glorificación del alma y la destrucción de la muerte. Vamos a brindar una breve explicación sobre cada una.
La resurrección del cuerpo: “Florecerá el almendro”. Algo semejante hallamos en Job: “En el árbol hay esperanza; si es cortado, aún retoñará y sus ramas echarán brotes. Si su raíz envejece bajo tierra y su tronco muere en el polvo, al olor del agua reverdecerá, y hará una copa como cuando se lo plantó la primera vez” (14, 7-9).
El cuerpo humano es como un árbol. Aunque sea cortado por el hacha de la muerte y envejezca y se pudra en la tierra y se reduzca a polvo, con todo, el hombre debe tener esperanza de que florecerá, o sea, resucitará, y que sus miembros echarán brotes, y que al olor del agua, o sea, por la bondad de la divina sabiduría, germinará de nuevo, recuperará. su esplendor y desplegará su copa con respecto a la inmortalidad, casi como cuando fue plantado la primera vez en el paraíso terrenal (Glosa). En efecto, la primera condición del hombre en el paraíso terrenal fue la posibilidad de no morir; pero a causa del pecado le sobrevino la pena de no poder dejar de morir. Ahora, en la felicidad eterna, le queda el tercer modo de ser: no poder jamás morir. El almendro, pues, florecerá. Dice el Salmo: “Refloreció mi carne, y con todas mis fuerzas cantaré sus alabanzas” (27, 7).
Recuerda que la carne del hombre floreció en el paraíso antes del pecado, desfloreció después del pecado, refloreció en la resurrección de Cristo y “superflorecerá”, o sea, florecerá perfectamente en la resurrección final.
12. Entonces “engordará la langosta”, o sea, el alma será glorificada.
“Me saciaré, cuando aparezca tu gloria” (Salm 16, 1 Salm). Y todavía: “Los alimentó con flor de trigo y los sació con miel de roca” (Salm 80, 17). El trigo y la roca son figuras de Cristo, Dios y Hombre. En la miseria de la peregrinación terrenal, Él es para nosotros trigo, porque nos alimenta; y es roca, porque acoge a los que se refugian en Él y los defiende. “La roca es un refugio para los erizos” (Salm 103, 18), o sea, para los pecadores convertidos. Y en la gloria de la patria será para nosotros flor de trigo y miel de roca, porque con el esplendor de su humanidad nos alimentará y con la dulzura de su divinidad nos saciará.
Por esto dice Isaías: “Ustedes contemplarán, y se alegrará su corazón”: he ahí la gordura de la langosta; y “sus huesos germinarán como hierba lozana” (66, 14): he ahí la flor del almendro. Contemplarán el esplendor de la humanidad y gozará su corazón en la dulzura de la divinidad.
13. “Entonces la alcaparra perderá su eficacia”. Escribe el Apóstol: “Cuando este cuerpo corruptible se vista de la incorruptibilidad y este cuerpo mortal de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita en Isaías (25, 8): “La muerte fue tragada por la victoria”. Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? Oh muerte, ¿dónde está tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley. ¡Demos gracias a Dios, que nos dio la victoria por medio del Señor nuestro Jesucristo!” (1Cor 15, 53~57).
El es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!