Domingo VI de Pascua
Exordio.
La resurrección del alma y del cuerpo
1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré del Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, El dará testimonio acerca de mí” (Jn 15, 26). Dice el Señor por boca de Isaías: “Los muertos vivirán, los cadáveres resucitarán. ¡Despiértense y canten, oh moradores del polvo, porque tu rocío es un rocío de luz!” (26, 19).
Se dice rocío, porque es ralo, y no denso como la lluvia. Se dice, además, que el rocío moje más intensamente los campos, cuando la noche es más serena y la luna brilla más límpida, y que el rocío, en el breve período de una noche, restituya a la tierra la humedad que el calor del sol le había sustraído durante el día.
El rocío simboliza al Paráclito, el Espíritu de verdad, porque, descendiendo suavemente en la mente del pecador, enfría el ardor del sol, o sea, la concupiscencia de la carne. Dice el Eclesiástico: “El rocío, que sale al encuentro del que viene del calor, lo hace humilde” (o sea, lo refresca) (43, 24). Para el pecador, que viene del ardor de los vicios, la gracia del Espíritu Santo sale a su encuentro y como rocío refresca su ardor; y mientras le hace conocer en cuántos y en qué grandes vicios esté empantanada su alma, lo humilla hasta el llanto, para que se arrepienta de lo que cometió.
Dice Jeremías: “Después que tú me iluminaste, yo golpee mi fémur” (3 1, 19). Después que la gracia del Espíritu Santo hizo conocer al pecador el cúmulo de sus iniquidades, él golpea con los flagelos de la penitencia su fémur, o sea, su cuerpo. Y observa que con toda razón el Espíritu Santo es llamado “rocío de luz”: es rocío, porque refresca; y es “rocío de luz”, porque ilumina. Al llegar el rocío de luz, los muertos por el pecado viven la vida de la gracia, y los matados por la espada de la culpa resucitan en la primera resurrección, que es la penitencia.
“Despiértense”, pues, ustedes que están sumergidos en el sueño del pecado, “y alaben a Dios” con la confesión de sus crímenes, “ustedes que yacen en el polvo” de la vanidad terrenal, porque el Espíritu Santo es “rocío de luz”, padre de los penitentes y consolador de los que gimen. De Él el Hijo de Dios habla en el evangelio de hoy: “Cuando venga el Paráclito …
2. En este pasaje evangélico se destacan dos anuncios: Primero: el envío del Espíritu, donde dice: “Cuando venga el Paráclito…”; segundo: la persecución de los discípulos de Cristo, cuando añade: “Les dije estas cosas, para que no se escandalicen”.
En este domingo se canta el introito: “Escucha, Señor, mi voz, con la que te llamo” (Salm 26,7); y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Sean prudentes”, que vamos a dividir en dos partes y hacerlas concordar con las dos partes del evangelio. La primera parte: “Sean prudentes”; y la segunda: “Sean mutuamente hospitalarios, sin murmuración.
I - El envío del Paráclito
3. “Cuando venga el Paráclito”. Ante todo, se debe destacar que en este evangelio se proclama expresamente la fe en la santa Trinidad. Por el Padre y por el Hijo es enviado el Espíritu Santo. Estas tres divinas Personas son una sola sustancia e inseparables en la igualdad: unidad en la esencia y pluralidad en las Personas.
El Señor revela expresamente la Unidad de la divina esencia y la Trinidad de las Personas, cuando dice: “Vayan y bauticen a todas las gentes, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Dice justamente “en el nombre”, y no “en los nombres”, para indicar la unidad de la sustancia. Por los tres nombres que añade, indica que son “tres Personas”.
En la Trinidad se halla el principio supremo de todas las cosas, la belleza perfectísima y la dichosísima bienaventuranza. Por “principio supremo”, corno demuestra Agustín en su obra La Verdadera Religión, se entiende a Dios Padre, del cual vienen todas las cosas y del cual proceden el Hijo y el Espíritu Santo. Por “belleza perfectísima” se entiende al Hijo, o sea, la verdad del Padre y para nada diverso de El. Esa belleza la adoramos en el Hijo y en el mismo Padre, y es forma de todas las cosas, creadas por un solo Dios y a un solo Dios ordenadas. Por “dichosísima bienaventuranza” y por “suma bondad” se entiende al Espíritu Santo, que es don del Padre y del Hijo; don de Dios que nosotros debemos adorar y creer igualmente inmutable junto con el Padre y el Hijo.
En relación a las cosas creadas, entendemos a la Trinidad en una sola sustancia, o sea, un solo Dios Padre, del cual provenimos; un único Hijo, por el cual existimos; y un solo Espíritu Santo, en el cual vivimos. En breve, la Trinidad es el principio, al cual recurrimos; el modelo, que debemos seguir; y la gracia, que nos reconcilia.
Y para que nuestra mente se eleve a la contemplación del Creador y crea sin sombra de dudas la Unidad en la Trinidad y la Trinidad en la Unidad, vamos a considerar qué huellas de la Trinidad se manifiesten en la misma mente.
Dice Agustín en la obra La Trinidad: “Aunque la mente humana no sea de la misma naturaleza de Dios, sin embargo, debemos buscar y hallar su imagen -de la cual no existe nada mejor- en lo que de mejor existe en nuestra naturaleza, o sea, en la mente”.
“La mente se acuerda de sí misma, se comprende a sí misma y se ama a sí misma. Si reconocemos esto, reconocemos a la trinidad: no por cierto a Dios, sino a la imagen de Dios. Allí aparece una cierta trinidad: memoria, inteligencia, amor o voluntad, Estas tres facultades no son tres vidas, sino una sola vida; ni tres mentes, sino una sola mente; ni tres sustancias, sino una sola sustancia”. “La memoria dice relación a alguna cosa; la inteligencia y la voluntad o amor indican relación a alguna cosa; en cambio, la vida tiene relación a sí misma, y es alma y sustancia. Estas tres facultades son una sola cosa, en cuanto son una sola vida, una sola alma y una sola sustancia”.
Estas tres facultades, aunque sean distintas una de otra, no son sino una sola realidad, porque existen sustancialmente en el alma. Y la misma mente es como la madre, y su conocimiento es como su prole. En efecto, la mente, al conocerse a sí misma, engendra el conocimiento de sí y es ella sola la madre de su conocimiento. Tercero viene el amor, que procede de la misma mente y de su conocimiento, cuando la mente, al conocerse a sí misma, se ama. No podría amarse a sí misma, si no se conociera a sí misma. Y ama también a la querida prole, o sea, el conocimiento de sí; y así el amor es una especie de vínculo entre la madre y la prole. He ahí, pues, que en las tres palabras -memoria, inteligencia y amor- aparece alguna huella de la Trinidad.
4. “Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré del Padre, el Espíritu de verdad Presta atención a estas tres palabras: Paráclito, Espíritu y verdad. En la miseria de este destierro hay tres males: la opresión que atormenta, el pecado que da la muerte y la vanidad que engaña.
Acerca de la opresión que atormenta se habla en el Éxodo: “El faraón impuso sobre los hijos de Israel a inspectores de obras que los oprimieran con sus cargas; y as! construyeron para el faraón las ciudades de almacenaje: Pitón y Ramsés (1, 11). Así el diablo, sobre los que son cristianos sólo de nombre, impone a inspectores de obras, o sea, a otros demonios, con cargo de fomentar los vicios, para que los atormenten con la carga de los pecados. Entonces ellos gimen y se lamentan con palabras de Jeremías: “Con el yugo al cuello andamos acosados; estamos agotados, pero no nos dan respiro; tendimos nuestra mano a Egipto y a Asiría, para ser saciados de pan” (Lm 5, 5-6). Los babilonios, o sea, los demonios, imponen graves cargas sobre el cuello del hombre al que llevan en esclavitud, y como a un buey o a un asno, con amenazas y con una cuerda atada al cuello lo arrastran; y no dan descanso al agotado, sino que lo hacen precipitar de pecado en pecado.
¡Ay de mí! ¡Cuánta locura cansarse por el camino y no querer detenerse! Ellos dicen: “Hemos tendido la mano a Egipto y a Asiria, o sea, nos hemos hecho siervos del mundo y del demonio, para ser saciados de pan, o sea, de los placeres de la carne”. Estos cristianos construyen las ciudades de almacenaje para el faraón, o sea, para el diablo: Pitom y Ramsés.
Pitom se interpreta “boca del abismo” y Ramsés, “daño de la tiña”. Pitom simboliza la lujuria, que es la boca del abismo, que jamás dice: “¡Basta!”, porque está privada de la luz de la gracia y no tiene caudal que la aplaque. “El placer, dice Jerónimo, siempre tiene hambre de sí mismo”.
De ese abismo habla el Salmo: “El abismo llama al abismo”(41, 8), o sea, la lujuria llama a la lujuria, como la rana llama a la rana.
La rana tiene un reclamo particular, que suena cuax y lo hace sólo en el agua. Es sobre todo el macho que al tiempo del apareamiento llama a la hembra con este señuelo bien conocido. Y la rana aumenta su voz, cuando pone la mandíbula inferior a nivel del agua y abre de par en par la mandíbula superior. Y por el esfuerzo de dilatar las dos mandíbulas sus ojos brillan como candelas. Análogo es el comportamiento de las arañas, cuando quieren aparearse. La hembra atrae al macho a través de los hilos de la telaraña, y el macho hace otro tanto con la hembra. Y no cesa la atracción recíproca, hasta que no se acoplen (Aristóteles).
Los lujuriosos son como las ranas. En el agua del placer carnal, se excitan mutuamente a la lujuria con señales y señuelos; sus ojos están repletos de adulterios, inflamados de libido; y como las arañas, a través de ciertos hilos de palabras y de promesas, se atraen y se aparean en el abismo de su perdición. Ramsés simboliza la avaricia que corroe la mente, como la tiña (polilla) corroe la indumentaria. La tiña (del latín tíneo, roer) se llama así, porque roe y tanto penetra en la ropa hasta corroerla. Así la avaricia corroe la mente del avaro, para que multiplique sus bienes; pero el infeliz más los multiplica y más hambre tiene. Dice el bienaventurado Bernardo: “El corazón del hombre no se sacia con el oro, no diversamente de como el cuerpo del hombre no se sacia de aire”. Y el Filósofo: “¿Qué cosa mala puedes augurar al avaro, sino que viva largamente?”. Y de nuevo: “El avaro nada bueno puede hacer sino morir” (Publio Siro). Estas son las ciudades del diablo: la lujuria y la avaricia. ¿Y puede haber angustia más grave que la de ser encarcelados en el abismo e invadidos por la tiña?
5. Acerca del pecado que da la muerte habla el Génesis: “Raquel murió y fue sepultada en el camino que lleva a Éfrata” (35, 19).
Éfrata se interpreta “fértil”, y simboliza la abundancia de los bienes temporales, que ahogan a la pobre alma y que, una vez sepultada, la aplastan con la mole de las malas costumbres. En efecto, “el rico vestido de púrpura, que en este mundo vivió sepultado en los placeres, en el más allá fue sepultado en los tormentos del infierno” (Lc 16, 19-22).
Se lee en el segundo libro de las Crónicas:
“Pusieron a Asa en un lecho (ataúd), lleno de aromas y de ungüentos de meretriz, preparados por expertos perfumistas, y en su honor se quemaron perfumes en gran cantidad” (16, 14).
Asa se interpreta “el que se encarama”, y simboliza al rico soberbio de este mundo, del cual dice el Profeta: “Vi al impío triunfante, y erguido como el cedro del Líbano” (36, 35). Su lecho es el cuerpo, en el que yace privado de fuerzas, como un paralítico. Ese lecho está lleno de aromas y ungüentos de meretriz, o sea, de honores, riquezas y placeres, preparados por expertos perfumistas, o sea, los demonios. Pero en el más allá la pobre alma, junto con su desventurado cuerpo, será quemada en el fuego inextinguible de la gehena, en una gran llama.
“Todo hombre sirve primero el buen vino y después el de inferior calidad” (Jn 2, 10). Ya que bebiste del cáliz de oro de Babilonia, ahora beberás hasta las heces del pozo de la condenación eterna.
6. Acerca de la vanidad engañosa se lee en el tercer libro de los Reyes: “Un viejo profeta engañó a un hombre de Dios y lo apremió a entrar con él en su casa, donde comió el pan y bebió el agua. Después de haber comido y bebido, preparó el asno y se marché. En el camino lo asaltó un león que lo mató. Su cuerpo estaba tirado en el camino. El asno estaba junto al cadáver y también el león quedó junto al cadáver; pero el león ni dañó al asno, ni comió del cadáver” (13, 11-30).
El viejo profeta simboliza la vanidad del mundo, que siempre profetiza cosas falsas. Jeremías lo afirma: “Tus profetas hacen por ti profecías falsas y necias” (Lm 2, 14).
Nuestros profetas son la vanidad del mundo y los placeres de la carne que, si nos ven despreciar al mundo y afligir la carne, en seguida nos predicen miseria y enfermedades. Dicen: “Si das tus cosas, ¿de qué vivirás? Si mortificas tu cuerpo, caerás en enfermedades”. ¡Ay de mí! ¡A cuánta gente engañaron estos profetas! Estos son los profetas, que hablan en su nombre, no en nombre de Dios. Con toda razón se dice que “el viejo profeta engañó al hombre de Dios.
Por cierto, la vanidad del mundo es como “un viejo profeta”. Desde el principio del mundo hasta las heces de nuestro tiempo permaneció en el engaño y seguirá permaneciendo.
“En su casa el hombre de Dios engañado comió el pan y bebió el agua”. El pan simboliza la grandeza de la gloria mundana, de la cual habla Salomón: “Sabroso es al hombre el pan de la mentira; pero después su boca se llenará de piedras” (Prov 20, 17).
El pan de la mentira es la gloria del mundo, que se imagina ser algo, cuando es nada. Dice Agustín: “Todo lo que tiene un término, hay que considerarlo como pasado”. Esta gloria es muy agradable al hombre; pero llena su boca de piedras, de piedras ardientes, o sea, de la pena eterna, que no puede ser ni tragada ni vomitada.
“Y bebió el agua”. El agua simboliza la lujuria o la avaricia; y “quien la bebe, tendrá todavía sed” (Jn 4, 13). El que come ese pan y bebe esa agua, será matado por el león, o sea, por el diablo.
Y observa que “el león no hizo daño al asno, ni comió el cadáver”, porque el diablo no se preocupa del dinero ni del cuerpo, sino que su intento es sólo matar al alma. Dijo el rey de Sodoma a Abraham: “Dame las almas; lo otro guárdatelo” (Gen 14, 21). Cristo compró las almas, exponiendo a la muerte su alma; y por ende el diablo hace todo esfuerzo para engañar a tan excelso Comprador, cuando quiere matar nuestras almas.
7. Contra los tres males susodichos: la opresión, el pecado y la vanidad, el Señor envió al Espíritu Santo, Paráclito de la verdad: Paráclito contra la opresión, Espíritu contra el pecado y verdad contra la vanidad.
El Paráclito nos consuela en la opresión de las tribulaciones. Dice Isaías: “Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; si pasas por los ríos, no te anegarán. Si caminas por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará” (43, 2).
Presta atención a estas cuatro palabras: aguas, ríos, fuego y llama. Las aguas simbolizan la gula y la lujuria; los ríos, la prosperidad mundana; el fuego, la opresión de las adversidades; y la llama, la malicia de la persecución diabólica.
“Cuando pases por las aguas La mente, que el Espíritu Santo hizo fuerte con el fuego de la caridad, no puede ser arrollada ni por las aguas de la gula y de la lujuria, ni sumergida por los ríos de la prosperidad mundana. Dice Salomón en el Cantar: “Las muchas aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos ahogarlo, porque sus brasas son brasas de fuego y de llamas” (8, 7 y 6). La mente que el Espíritu Santo inflama no puede ser consumida ni por el fuego de la adversidad ni por la llama de la persecución diabólica. “El mismo Espíritu, como se lee en Daniel, alejó del horno la llama de fuego y en medio del horno sopló como una frescura de brisa y de rocío” (Dan 3, 49-50). Asimismo, Cristo envió al Espíritu contra el pecado, para dar vida al alma. Dice el Génesis: “Sopló en su rostro el aliento de la vida, y el hombre llegó a ser alma viviente” (Gen 2, 7). El soplo de la vida es la gracia del Espíritu Santo; y cuando Dios la infunde en el rostro del alma, sin duda alguna, el alma resucita de la muerte a la vida. Y este Espíritu es llamado Espíritu de verdad contra la vanidad del mundo, que la misma verdad desecha. Dice Joel: “Hijas de Sión, alégrense y gócense en el Señor su Dios, porque les dio al maestro de la justicia, y hará descender sobre ustedes la lluvia de la mañana y de la tarde. Y sus eras se llenarán de trigo; y los lagares rebosarán de vino y de aceite” (2, 23-24).
¡Bendito sea el Señor Dios nuestro, Hijo de Dios, en el que nosotros, hijos de Sión, o sea, de la iglesia militante y triunfante, debemos exultar con el corazón y alegrarnos con las obras, porque nos dio al maestro de justicia, el Espíritu de la gracia, que nos enseña a mostrar a cada uno su justicia!. Al darnos a ese Espíritu, El hizo descender sobre nosotros la lluvia de la mañana, o sea, la compunción por los pecados propios, y la lluvia de la tarde, o sea, el dolor por los pecados ajenos. Por otra parte, el que Hora piadosamente por los pecados ajenos, lava perfectamente también los propios. En la venida de este Maestro de justicia las eras, o sea, las mentes de los rieles, se llenaron del trigo de la fe, y los lagares, o sea, sus corazones, rebosaron del vino de la compunción y del aceite de la piedad.
Con razón se dice: “Cuando venga el Paráclito, que yo les enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí. Y ustedes también darán testimonio de mí, porque estuvieron conmigo desde el principio.
En el corazón de los fieles el Espíritu de verdad da testimonio de la encarnación de Cristo, de su pasión y de su resurrección. Y también nosotros debemos dar testimonio a todos los hombres, que Cristo se encarnó de veras, de veras padeció y de veras resucitó.
8. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Sean prudentes y velen en oración. Sobre todo, conserven entre ustedes la caridad, porque la caridad cubre una multitud de pecados” (1 Pe 4, 7-8). Observa que el bienaventurado Pedro nos exhorta a la práctica de tres virtudes: la prudencia, la vigilancia y la constancia en la oración. Acerca de la prudencia dice Salomón en los Proverbios. “¡Bienaventurado el hombre que abunda en prudencia! Su posesión vale más que la ganancia de la plata y del oro” (3, 13-14). En cambio, el que es negligente e imprudente, está expuesto a muchos peligros.
Acerca de la vigilancia se lee en el Génesis que “Jacob atravesó el vado de Jaboc. Transportó a la otra orilla todas sus pertenencias y después quedó solo. Y he ahí a un hombre que luchó con él hasta la mañana; y después le dijo. “Déjame, porque ya está rayando la aurora” (32, 22~24).
Jacob se interpreta “suplantador”; Jacob, “torrente de polvo”, y es símbolo de los placeres temporales que pasan como un torrente, son estériles y ciegan los ojos como el polvo. El penitente debe cruzar este torrente con todos los bienes que el Señor le dio, y debe quedar solo. Permanece solo el que nada se atribuye a sí mismo sino todo al Señor; somete su voluntad a la voluntad de los demás; olvida las injurias recibidas y acepta ser despreciado.
Y si de este modo permanece solo, podrá luchar valerosamente, con el Señor alcanzar de El lo que quiere; y merecerá escuchar: “Déjame, y porque ya está rayando la aurora”. La aurora marca el fin de la noche y el comienzo del día. Ella simboliza la muerte del justo, el fin de la miseria de esta vida y la llegada de la bienaventuranza, en la que el Señor dirá al justo: “Déjame, porque ya está rayando la aurora”. Como si dijera: “Ya no es necesario que luches, termina por ti la miseria y comienza la gloria”.
Acerca del alma del justo dice el Cantar: “¿Quién es ésta que se levanta como la aurora, hermosa como la luna, fulgente como el sol?” (6, 9).! La luna es llamada así, porque es lúminum una, una de las luces. El alma del justo, cuando sale de esta miserable morada, entra en la bienaventuranza’, en la que es hermosa como la luna, porque se incorpora a la luz de las almas santas, como una de ellas. Y es fulgente como el sol, porque se ilumina con el esplendor de toda la Trinidad.
9. Acerca de la constancia en la oración se habla en el introito de la misa de hoy: “Escucha, Señor, mi voz, con la que te grito. Te dijo mi corazón: “Yo busqué tu rostro. Buscaré tu rostro, Señor; no me escondas tu rostro” (Salm 26,7-9).
Observa que hay tres especies de oración: mental, vocal y manual. De la primera dice el Eclesiástico: “La oración del que se humilla, penetra ¡:Os cielos” (35, 2 1). De la segunda habla el Salmo: “ ¡Que mi oración entre en o presencia!” (87, 3). De la tercera habla el Apóstol: “oren sin interrupción” (1Tes 5, 17). Jamás deja de orar el que jamás deja de hacer el bien.
Dice, pues, el introito: “Escucha, Señor, mi voz”, la voz del corazón, de la boca y de las obras, “con la que te grité. Te dijo mi corazón: “Busqué tu rostro”.
El rostro del Señor es aquella imagen, según la cual fuimos creados “a su imagen y semejanza”, y que perdimos cuando caímos en el pecado mortal.
Sobre el rostro del Señor hemos dibujado el rostro del diablo contra la prohibición del Eclesiástico: “No asumas un rostro contra tu rostro” (4, 26). Cada vez que cometes un pecado mortal, sobrepones la cara del diablo al rostro de Dios. Dice el Salmo: “¿Hasta cuándo juzgarán injustamente y asumirán la cara de los pecadores?” (81, 1).
Para volver a hallar el rostro del Señor, que perdimos, encendamos la lámpara y escudriñemos con diligencia todos los resquicios de la casa, hasta hallarlo. Esto significa que debemos machacarnos por nuestros pecados, inspeccionar todos los ángulos de la conciencia en la confesión y perseverar en las obras de penitencia. Y así podremos volver a hallar el rostro perdido del Señor y con júbilo cantaremos: “Resplandece sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro” (Salm 4, 7). Y como el rostro del Señor se recompone y se conserva hasta el fin con la caridad, por esto añade Pedro: “Ante todo, conserven siempre entre ustedes una gran caridad” (1 Pe 4, 8). Como Dios es el principio de todas las cosas, así la caridad, virtud fundamental, debe ser apreciada por encima de las otras; y si ella fuera recíproca y constante, cubrirá todo el cúmulo de los pecados.
La caridad debe ser recíproca, o sea, de uno hacia otro y hecha en común; y a la vez debe ser continua, o sea, no debe faltar ni en las cosas adversas ni en las cosas prósperas, sino que ha de ser incesante y perseverar hasta el fin.
O también: la caridad es el Paráclito, el Espíritu de verdad, que cubre la multitud de los pecados, como el aceite cubre todo líquido.
Sin embargo, presta atención. Si el aceite fuera soplado fuera, aparecería lo que antes estaba escondido. Así sucede con la gracia de Dios, que a través de la penitencia cubre la multitud de los pecados. Si la gracia fuera alejada del alma a través de la recaída en el pecado mortal, lo que antes estaba perdonado, vuelve, porque, “quien peca contra el primero de los preceptos, el precepto de la caridad, se hace culpable de todos los otros” (Glosa).
Y, por ende, si volvieras a cometer un pecado mortal y acudieras a un nuevo confesor, será necesario que confieses todos los pecados (Como ya acotamos anteriormente, ésta es una opinión personal de Antonio, no es praxis de la iglesia). El Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo, se digne cubrir con su caridad la multitud de nuestros pecados. A El sean honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
II - La persecución de los discípulos de Cristo
10. “Les dije estas cosas, para que no se escandalicen. Los expulsarán de las sinagogas; más aún, llegará el momento en que cualquiera que los mate, piense que rinde culto a Dios. Y harán esto, porque no conocen ni al Padre ni a mi. Les dije esto, para que, cuando llegue la hora, se acuerden de que ya se lo había dicho” (Jn 16, 1-4).
Y porque “los dardos que se prevén, hieren menos” (Gregorio), por esto el Señor previno a sus soldados, para que, contraponiendo a los dardos de la persecución el escudo de la paciencia, no se escandalicen, cuando llegue el momento de la prueba.
“Les dije esto, para que no se escandalicen”. Yo, Palabra del Padre, del que deben tomar ejemplo de paciencia, les hablo para que no se escandalicen. El que se escandaliza en la tribulación, con el escándalo de su impaciencia, se separa de los discípulos de Cristo.
“Los expulsarán de las sinagogas”. Dice Juan: “Los judíos ya habían tramado que, si alguien reconociera a Cristo, fuera echado de la sinagoga” (9, 22).
Cristo dice: “Yo soy la verdad” (Jn 14, 6). El que predica la verdad, anuncia a Cristo. En cambio, el que en la predicación la calla, niega a Cristo. “La verdad engendra el odio” (Terencio); y por eso algunos, para no incurrir en el odio de algunas personas, se cubren la boca con el velo del silencio. Si predicaran la verdad, como están las cosas y como la misma verdad lo exige y como la Sagrada Escritura expresamente lo manda, incurrirían -si no me engaño- en el odio de los hombres carnales y quizás serían echados de la sinagoga; pero, como se comportan como los demás hombres, temen el escándalo de los hombres, mientras de ninguna manera está permitido abandonar la verdad por temor del escándalo. En efecto, los discípulos dijeron a Jesús: “¿Sabes que los fariseos, al escuchar tus palabras, se escandalizaron? Pero El les respondió así: “Toda planta, que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada. Déjenlos: son ciegos y guías de ciegos” (Mt 15, 12-14).
Oh predicadores ciegos, que temen el escándalo de los ciegos, ustedes contraen la ceguera del alma. Ellos los tratan como la vaca salvaje trata al cazador. Se cuenta en la Historia Natural que “la vaca salvaje lanza de lejos su bosta contra el cazador que la persigue, y lo embadurna todo; y mientras el cazador se detiene y se atrasa, ella puede escapar” (Aristóteles).
Seguramente, también hoy, se comportan de la misma manera algunos prelados. “vacas gordas en las montañas de Samaría” (Am 4, 1), “vacas lustrosas y demasiado gordas, que pastan en los bañados” (Gen 41, 2), que al cazador, o sea, al predicador, lanzan la bosta de los bienes temporales, para evitar sus amonestaciones.
Se lee en el Eclesiástico: “El perezoso será lapidado con ladrillos de barro” (22, 1). Y por esto dice el Señor por boca de Isaías: “Suscitaré contra ellos a los medos”, o sea, a los predicadores, “que no busquen la plata ni quieran el oro, para que con las flechas de la santa predicación maten a los niños”, o sea, a los amadores del mundo” (13, 17-18).
11 Con esta segunda parte del evangelio de hoy concuerda la segunda parte de la epístola: “Sean hospitalarios mutuamente sin murmuración. Cada uno, según el don recibido, lo metan a disposición de los demás, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno tiene el don de hablar, use las palabras de Dios; si alguno tiene un oficio, adminístrelo conforme al poder que Dios da” (1 Pe 4, 9-11).
El huésped es el que recibe y el que es recibido. Es llamado en latín hospes, o porque pone un pie en la puerta (ínfert hostio pédem), o porque tiene la puerta abierta (óstium patens).
Son hospitalarios aquellos predicadores que sienten el deber de abrir a los pecadores la puerta de la predicación; y hacen esto sin murmuración, o sea, sin escándalo. No puede haber murmuración sin escándalo.
Y con toda razón los predicadores son llamados hospitalarios (anfitriones), porque, como buenos administradores, deben poner a disposición de los demás la gracia de la multiforme predicación, que recibieron. Como son muchas las formas en que se cometen los pecados, así la predicación debe asumir diferentes formas, para que las almas, deformadas por las varias formas de vicios, sean reformadas con la forma de la predicación.
Así habla Pedro a los prelados predicadores: “Apacienten la grey de Dios que está entre ustedes, proveyendo no por fuerza, sino voluntariamente, a la manera de Dios; no por vil ganancia, sino de buen ánimo; tampoco despotricando sobre los que están a su cargo, sino tratando de ser modelos del rebaño” (1 Pe 5, 2-3).
Y añade: “Si uno habla, use las palabras de Dios” (1 Pe 4, 11). Usa las palabras de Dios “el que atribuye a Dios, y no a sí mismo, la capacidad de hablar. El que usa las palabras de Dios, cuide de no enseñar más que la voluntad de Dios, la doctrina de las Sagradas Escrituras y lo que es útil a los hermanos; y cuide bien de no callar lo que debería enseñar” (Glosa).
“Y el que ejerce un oficio”, tanto con la palabra como con cualquier otro encargo de caridad; “lo haga no con su fuerza”, sino con la fuerza recibida de Dios, para que en todos nuestros actos “sea glorificado Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor”.
Hermanos queridísimos, supliquemos humildemente a Jesucristo, que nos infunda al Paráclito, el Espíritu de verdad, y nos conceda la paciencia, para no escandalizarnos en el momento de la tribulación. A El sean la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!