Fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo
1.”En aquel tiempo dijo el Señor a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” (Jn 2 1, 1 5). En este evangelio se destacan tres momentos: la triple declaración de amor al Señor del apóstol Pedro, el triple encargo que se le hace de la Iglesia y el martirio del mismo Pedro
I La triple declaración de amor del bienaventurado Pedro
2. “Simón, Hijo de Juan, ¿me amas tú más que éstos?”. Comenta la Glosa: “Jesús pregunta lo que ya sabe, o sea, si Pedro lo ama más que los otros. Pedro declara lo que sabe de sí mismo, o sea, sabe que lo ama, porque no sabe en qué medida lo amen los demás, y entonces no dice si lo ama más que los otros. He ahí cómo enseñó a no sentenciar temerariamente sobre los hechos ocultos y, recordando su precedente negación, responde sobre sí mismo con la mayor prudencia”.
Y Observa que Jesús interroga a Pedro no una sola vez, sino dos y tres veces; y la tercera vez oye que es amado por Pedro. A la triple negación se contrapone una triple protesta de amor, para que la lengua no quede esclava más del temor que del amor.
La primera vez, como relata Mateo, negó conocer a Jesús delante de todos, diciendo: “No entiendo lo que dices”. La segunda vez negó con juramento: “No conozco a aquel hombre”. La tercera vez “comenzó a imprecar y a jurar que no conocía a aquel hombre” (Mt 26, 70, 72 y 74).
En las protestas de amor, la primera y la segunda vez declaró: “Tú sabes que yo te amo”. La tercera vez respondió: “Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que yo te amo” (Jn, 21, 15-17). Comentando a Lucas, dice la Glosa: “Pedro niega a medianoche, al canto del gallo se arrepiente; y después de la resurrección, por tres veces, protesta amar a aquel a quien, antes de la luz, había negado por tres veces. El error, cometido en las tinieblas del olvido, lo corrigió con el recuerdo y la esperanza de la luz, y en presencia de la misma verdadera luz enderezó todos sus tropiezos”.
3. Observa que las tres partes del cuerpo, de las que procede la muerte o la vida son: el corazón, la lengua y la mano. Del corazón vienen el consentimiento al bien o al mal, de la lengua la progresión de la palabra, de la mano la ejecución de la obra. Si con estos tres miembros hemos renegado del Señor, porque “los contrarios se curan con los contrarios”, con los mismos tres miembros debemos confesar al Señor.
Reniega con el corazón aquel, que no cree o que consiente al pecado mortal. Por esto Esteban decía: “Ustedes renegaron de Moisés, diciendo:
¿Quién te constituyó jefe y juez sobre nosotros?” (Hech 7, 35). Moisés, que se interpreta “acuático”, es figura de la fe, que se nutre en las aguas del bautismo, o también de la gracia de la compunción. La fe, que es la primera de las virtudes, es como “el jefe”; la gracia de la compunción es como “el juez”: con ella el pecador se juzga a sí mismo y condena el mal que hizo. En cambio, los que no creen con el corazón o en su corazón consienten al pecado mortal, reniegan de este Moisés y no quieren que sea constituido su jefe y su juez. Símilmente, reniega de Cristo con la lengua aquel, que destruye la verdad con la mentira o calumnia al prójimo. Dice Pedro: “Ustedes negaron al justo y al santo delante de Pilato y pidieron que se les diese un homicida” (Hech 3, 13-14).
Pilato, que se interpreta “boca del forjador”, es figura de la mentira y de la calumnia, en cuya presencia niegan a Cristo los que niegan la verdad con la mentira y con su boca calumniadora golpean y destruyen la caridad hacia el prójimo. La calumnia consiste en disminuir o en cambiar en mal el bien hecho por los demás. Estos tales piden que les sea indultado el bandido Barrabás, o sea, el diablo, y que Cristo sea crucificado.
Asimismo, reniega con la mano el que lleva a cabo obras perversas, Dice el Apóstol: “Con los hechos niegan a Dios” (Tit 1, 16). Los que de este modo niegan a Cristo tres veces en las tinieblas de los pecados, al canto del gallo, o sea, a la predicación de la palabra de Dios, se arrepientan, para que, en la luz de la penitencia, sean capaces, por tres veces, de confesar a Cristo con Pedro: “¡Te amo, te amo, te amo!”. Te amo con el corazón mediante la fe y la devoción; te amo con la lengua mediante la confesión de la verdad y la edificación del prójimo; te amo con la mano mediante la pureza de las obras. ¡Amén! ¡Así sea!
II - El triple encargo de la Iglesia al bienaventurado Pedro
4. “Apacienta mis corderos” (Jn 21, 15-16). Presta atención que por tres veces dice “apacienta”, y ni una vez dice “esquila” u “ordeña”. Si me amas a mí por mi mismo, y no te amas a ti por ti mismo, “apacienta mis corderos” como míos y no como tuyos. Procura en ellos mi gloria y no la tuya, mis ganancias y no las tuyas, porque el amor a Dios se prueba con el amor al prójimo.
¡Ay de aquel, que ni una vez apacienta, sino que esquila y ordeña tres o cuatro veces! A ese tal le dice el rey de Sodoma, o sea, el diablo: “¡Dame almas, y toma para ti todo lo demás!” (Gen 14, 21), o sea, la lana y la leche, la piel y las carnes, los diezmos y las primicias. A ese pastor, o, más bien, a ese lobo, que se apacienta a sí mismo, el Señor lo amenaza: “ 1 oh pastor, oh simulacro de pastor, que abandonas el rebaño! Una espada está encima de su brazo y de su ojo derecho. Del todo se secará su brazo, y su ojo derecho será enteramente oscurecido” (Zac 11, 17). El pastor que abandona el rebaño, es un simulacro en la iglesia, como Dagón, cerca del arca del Señor (1Rey 5, 2), era un ídolo: tenía la apariencia de dios, pero no la realidad. ¿Para qué, pues, ocupa ese lugar?
Ese tal es de veras un ídolo, o sea, un dios falso, porque tiene los ojos dirigidos hacia la vanidad del mundo y no ve las miserias de los pobres; tiene oídos abiertos a las adulaciones de sus criados, y no oye el clamor de los pobres; tiene las narices sobre los frascos de perfumes, como la mujer, pero no percibe el perfume del cielo ni el hedor de la gehena; tiene las manos para acumular riquezas, y no para acariciar las cicatrices de las llagas de Cristo; usa los pies para fortificar los campamentos y para recaudar los tributos, y no para ir a predicar; y en su garganta no hay el canto de la alabanza y la voz de la confesión. ¿Qué relación puede haber entre la iglesia de Cristo y este ídolo podrido? “¿Qué tiene que ver la paja con el trigo?” (Jer 23, 28). “¿Qué arreglo puede haber entre Cristo y Belial?” (2Cor 6, 15).
Todo el brazo de este ídolo se secará por la espada del juicio divino, para que ya no pueda obrar el bien. Y su ojo derecho, o sea, el conocimiento de la verdad, se oscurecerá, para que no pueda más distinguir el camino de la justicia ni para sí ni para los demás.
Y estos dos castigos, provocados por sus pecados, ocurren a los pastores de la iglesia, que carecen del valor de las buenas obras y no tienen el conocimiento de la verdad. Y entonces, ¡ay de mí!, el lobo, o sea, el diablo, dispersa el rebaño; y el ladrón, o sea, el hereje, lo arrebata.
En cambio, el Buen Pastor, “que dio su vida por el rebaño” (Jn 10, 15), siempre solícito por él, porque lo compró a tan caro precio, lo confía a Pedro, diciendo: “Apacienta mis corderos”. Apaciéntalos con la palabra de la santa predicación; apaciéntalos con la ayuda de una oración fervorosa, apaciéntalos con el ejemplo de una vida santa.
5. Y Observa que por dos veces le recomendó a los corderos, que son más delicados y débiles, y sólo una vez las ovejas. Con ello nos da a entender que, los que en la iglesia son más delicados y débiles, deben ser asistidos y sostenidos con mayores atenciones, tanto espirituales como corporales. Dice el Apóstol: “Consuelen a los tímidos y sostengan a los débiles” (1Tes 5, 14). Dice el Génesis: “Dios tomó a Adán”, o sea, al prelado, “y lo puso en el jardín de las delicias”, o sea, en la iglesia, “para que lo labrara” con las obras de misericordia hacia los súbditos, “y lo guardara” (2, 15) con la predicación de la palabra, y junto con los fieles mereciera alcanzar el premio del reino. ¡Amén! ¡Así sea!
III El martirio del bienaventurado Pedro
6. “En verdad, en verdad te digo: cuando eras más joven, te ceñías e ibas adonde querías” (Jn 21, 18). Aquel que le había predicho la triple negación, le predice ahora el martirio. Pedro, fortalecido por la resurrección del Señor, podía hacer lo que temerariamente había prometido, cuando era débil en la fe. Ya no teme perder esta vida, porque con la resurrección del Señor ya tiene ante los ojos el modelo de otra vida. “Cuando ya seas viejo, extenderás tus manos”, o sea, serás crucificado; y explica cómo sucederá:”y otro”, o sea, Nerón, “te ceñirá” con las cadenas, “y te llevará adónde tu no quieres” (Jn 21, 18), o sea, a la muerte.
Esa aversión a la muerte Pedro la experimenté contra su voluntad, pero después por su voluntad fue liberado, porque no quiso ser vencido por ella, sino vencerla con la fuerza de la voluntad; y así se liberó de ese sentimiento de debilidad, por el cual nadie quisiera morir y que es tan natural, que ni la vejez lo eliminó en Pedro.
También Jesús dijo: “¡Padre, que se aleje de mí este cáliz!” (Mt 26, 39). Sin embargo, aunque muy grande sea la aversión a la muerte, es vencida por la fuerza del amor. Si no hubiera la aversión a la muerte o fuese escasa, no sería tan grande la gloria del martirio. “Esto le dijo, dando a entender con cuál muerte había de glorificar a Dios” (Jn 2 1, 1 9). Con su muerte Pedro mostró en cuál medida Dios debe ser honrado y amado.
7. Sentido moral. “Cuando eras más joven”. Se lee en el libro de los Proverbios: “La meretriz, después de haber atrapado a un joven, lo besa y con semblante descarado le dice: “Ven, embriaguémonos de amores, disfrutemos de los ansiados abrazos”. Al punto el joven se marcha con ella como un buey llevado al matadero y como un carnero libidinoso” (Prov 7, 10… ) .
La meretriz simboliza el mundo y la carne, que atrapan al joven, o sea, el espíritu, por medio de los placeres, lo besan por medio del consentimiento y lo acarician con hechos; y le dicen: “Ven, embriaguémonos de amores”, o sea, de gula y de lujuria; “disfrutemos de los ansiados abrazos” por medio de la costumbre perversa. Y porque todavía no es anciano sino joven, o sea, liviano e inconstante, como un becerro o un carnero libidinoso, sigue y se somete a los instintos de la carne.
“Cuando eras más joven, te ceñías e ibas adonde querías”. Algo semejante se halla en Jeremías: “Becerra elegante y hermosa es Egipto; pero le vendrá del septentrión el domador” (46, 20). Y Oseas: “Como novilla disoluta se desvió Israel”. “Efraím es una novilla domada, que le gusta trillar; y yo montaré sobre su hermosa cerviz; subiré sobre Efraím” (4, 16; y 10, 11).
¡Oh libertad esclava, que te atas con la cadena de tu voluntad y que vas adonde te lleva tu propio instinto!
La novilla se llama así por su lozana edad, y simboliza al hombre todavía joven, liviano e inconstante, que se dice elegante, porque se agrada a sí mismo, hermoso en la apariencia exterior, pero “Egipto”, o sea, “tenebroso” en su conciencia. Le llega del septentrión, o sea, del diablo, el domador, o sea, el instinto de la propia voluntad, que lo lleva fácilmente al desenfreno y lo desvía de la obediencia a Dios y a su prelado.
Este es como una novilla que es apartada de la trilla y llevada a la pradera o al establo; pero, acostumbrada a la trilla, no halla descanso sino cuando regrese a la trilla. Hay muchos que nunca descansan sino cuando fatigan, y dicen: “Nos hemos cansados en el camino de la iniquidad y de la perdición; y hemos andado por caminos escabrosos”, o sea, los de la propia voluntad; “pero no hemos conocido el camino del Señor” (Sab 5, 7), o sea, el camino de la obediencia, por el cual El vino a nosotros. Dice Gregorio: “Es cosa necia cansarse por el camino sin querer terminar el viaje”. En cambio, el buen Señor monta sobre Efraím y aplasta su lindo cuello, o sea, la vanagloria y la soberbia de su corazón, lo humilla para que se someta y obedezca.
8. “Cuando seas viejo” (Jn 21, 18). Dice el libro de la Sabiduría: “Una venerable ancianidad no consiste en la longevidad, ni se mide por el número de años. La ancianidad del hombre está en sus sentimientos; y la verdadera longevidad es una vida sin mancha” (4, 7-8). Anciano se dice en latín sénex, porque no se conoce a sí mismo (en latín se néscit). El que quiere ser perfecto obediente, es necesario que sea anciano, o sea, que se ignore a sí mismo, o sea, que ignore su voluntad.
Se lee en el Génesis: “Isaac había envejecido, sus ojos se habían debilitado, y no podía ver” (Gen 27, 1). Isaac, que se interpreta “sonrisa”, es el obediente, que debe obedecer alegremente a la voluntad del que manda e ignorar la propia. En esta ancianidad los ojos se debilitan y no pueden ver, o sea, distinguir. Dice Bernardo: “La perfecta obediencia, sobre todo, en el incipiente, debe ser indiscutida, o sea, sin distinguir acerca de lo que es mandado o porqué es mandado, sino que sólo debe esforzarse por ejecutar con fidelidad y humildad lo que es mandado por el superior”.
“Extenderás tus manos” a lo que es mandado por la obediencia; “y otro”, o sea, el prelado, “te ceñirá”, porque ya eres anciano y no joven como una vez, cuando “tu te ceñías e ibas adonde querías”. En cambio, ahora “te llevará adonde tú no quieres”, para que digas con Cristo: “No lo que quiero, sino lo que quieres tú, oh Padre; no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26, 39-42); y como David: “Estoy delante de ti como un jumento” (72, 23).
¡Golpea con el látigo, punza con el aguijón, estimula con las espuelas, agobia con la carga, nutre con alimentos groseros! Esto se hace con el jumento, y “yo estoy delante de ti como un jumento”, para que me conduzcas adónde quieres y hagas de mí lo que quieres, porque delante de ti soy como un jumento, o, más bien, como un muerto. “Dijo esto a Pedro, para indicarle con qué muerte había de glorificar a Dios”. Esto concuerda con el Génesis: “Abraham perdió la salud y murió en una serena vejez, en edad muy provecta y lleno de años” (25, 8).
Presta atención: el que quiere ser perfecto obediente, debe despojarse de tres cosas: de su modo de ver, de su voluntad y de su cuerpo.
“Abraham”, que obedeció al mandato de Dios, sin saber adónde iba, y que salió de su tierra, de su parentela y de la casa paterna, es el verdadero obediente, que renuncia a su modo de ver para uniformarse al del prelado, aunque inexperto; “murió en una serena vejez” con respecto a la renuncia de su voluntad; “en edad muy provecta” con respecto a la madurez y a la declinación del cuerpo. Si el obediente está dotado de estas cualidades, sus días serán llenos y no vacíos. Con esta muerte el obediente glorifica al Señor en la tierra; y después en el cielo lo glorificará el Señor, que es bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV - Sermón alegórico sobre los santos Pedro y Pablo
9. “Alégrate, Zabulón, en tu salida, y tú, Isacar, en tus tiendas. Llamarán a los pueblos a su monte e inmolarán sacrificios de justicia. Chuparán como leche las inundaciones del mar” (Dt 33, 18-19), o sea, la abundancia del mar.
En estos dos patriarcas están representados los dos príncipes de la iglesia, Pedro y Pablo. Zabulón, que se interpreta “mansión de fortaleza”, es figura del bienaventurado Pedro, que, después de la llegada del Espíritu Santo, llegó a ser una mansión de tanta fortaleza que, mientras anteriormente había negado al Señor a la voz de una criada, después no temió ni la espada de Nerón: “Con la palabra del Señor fueron afianzados los cielos”, o sea, los apóstoles, “y con el soplo de su boca su fortaleza”; y “yo consolidé sus columnas” (Salm 32, 6 y 74, 4). Isacar, que se interpreta “hombre de la recompensa”, es figura del bienaventurado Pablo, que de veras fue el hombre de la recompensa eterna, -por la cual “trabajó más que todos” (1Cor 15, 10): “Vio que el descanso era bueno y que la tierra era deleitosa y sometió su hombro y su dorso para llevar la carga” (Gen 49, 15): el evangelio en el hombro y, por el evangelio, el azote en el dorso; y entonces le vino la recompensa como premio. El mismo dijo: “¡Ay de mí, si no evangelizo! Si lo hago por mi iniciativa, tengo derecho a la recompensa” (1Cor 9, 16-17).
Dice Job: “El mismo que me juzga, ¡que escriba un libro (sentencia), y yo lo llevaré en mi hombro!” (31, 35-36). Jesucristo, al cual “el Padre confió todo juicio” (Jn 5, 22), escribió un libro, o sea, el evangelio, que Pablo, “vaso de elección, llevó en sus hombros delante de los paganos, de los reyes y de los hijos de Israel” (Hech 9, 15), por los cuales “fue golpeado tres veces con las varas y una vez fue lapidado por el nombre de Cristo” (2Cor 11, 25).
10. Estos dos apóstoles se alegraron hoy en su martirio: Pedro, “en su salida”, del suplicio de la cruz a la gloria de la bienaventuranza eterna; Pablo, “en las tiendas”, saliendo de la tienda de su cuerpo y entrando en la tienda de la mansión eterna. Pedro se alegra de la cruz, Pablo de la espada, porque estaban seguros de la eterna recompensa, a la cual, mientras vivían, habían llamado a los pueblos que se les había confiado.
“Llamarán a los pueblos a su monte”. Concuerda el libro de los Números: “El Señor habló a Moisés: “Hazte dos trompetas de plata labrada, para poder convocar a la multitud” (10, 1-2).
Estos dos apóstoles son llamados trompetas de plata por la resonancia de su predicación; “de plata labrada”, porque sufrieron el martirio. Estas dos trompetas las hizo Cristo, o sea, las escogió con su gracia, y por medio de ellas convocó a la multitud de los pueblos al monte de la vida eterna.
Y como las trompetas de Moisés llamaban para la guerra, para los banquetes sagrados y para las festividades, así los dos apóstoles llamaron a los pueblos para la guerra contra los vicios. Dice Pedro: “¡Sean sobrios y velen, porque su enemigo, el diablo, como león rugiente, merodea buscando a quien devorar!” (1 Pe 5, 8); y Pablo: “Tomen el escudo de la fe, con el que puedan apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Ef 6, 16).
Los llamaron a los banquetes de la inocencia y de la vida santa. Dice Pedro: “Como niños recién nacidos, deseen la leche espiritual no adulterada, para que con ella crezcan hacia la salvación, si es que ya gustaron qué bueno es el Señor” (1Pe 2, 2-3).Y Pablo: “Celebremos convites con ázimos de sinceridad y verdad” (1Cor 5, 8).
Los llamaron a la gran fiesta de la patria celestial. Dice Pedro: “Exultarán de gozo inefable y glorioso, consiguiendo el fin de su fe: la salvación de sus almas” (1 Pe 1, 8~9). Y Pablo: “Corran, pues, de tal manera que obtengan el premio” (1Cor 9, 24); y de nuevo: “Hasta que todos lleguemos al estado de hombres perfectos en la medida que conviene a la plena madurez de Cristo” (Ef 4, 13).
Y después que estas trompetas llamaron a los pueblos a estas tres metas, veamos lo que hicieron ellos mismos. “E inmolarán sacrificios de justicia”. Es lo que ellos hicieron hoy inmolando a Cristo, con el martirio, sus cuerpos como víctimas de justicia, porque eran justos y santos.
11. Y cuán dulce haya sido para ellos la amargura del martirio de hoy, está claramente indicado: “Ellos chuparon, como leche, las inundaciones del mar”. Observa que, cuando el mar irrumpe en la tierra, es de aspecto espantoso y de gusto amargo; en cambio, la leche es de color agradable y de sabor dulce” Y en el verbo “chuparán” se destacan la avidez y el deleite.
¡Oh amor de Cristo, tú vuelves dulces las cosas amargas! El martirio de los apóstoles fue espantoso y amargo; sin embargo, el amor de Cristo lo hizo agradable y dulce, tanto que lo buscaron con impaciencia y lo acogieron con placer. Y así merecieron el gozo eterno junto con aquel, que es el Dios bendito por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
V Sermón moral
12. “Alégrate, Zabulón, en tu salida, y tú, Isacar, en tus tiendas”. En sentido moral estos dos patriarcas representan los dos amores: el amor a Dios y el amor al prójimo.
Zabulón, que se interpreta “sustancia de la habitación”, simboliza el amor de Dios. La habitación es la mente del hombre, cuya sustancia, o sea, cuya riqueza, es el amor de Dios; ¡y riqueza más grande no existe!. Se lee en los Proverbios: “¡Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría y que abunda de prudencia!”, o sea, del amor de Dios; “su ganancia es más valiosa que la ganancia de la plata; y sus frutos son más valiosos que el oro puro y refinado” (3, 13-14).
En estas palabras se pondera la dulzura de la contemplación, que brota del amor al Creador; es más valiosa que todas las riquezas; y todo lo que deseamos, no tiene comparación con ella.
O también: el amor de Dios es llamado sustancia de la habitación, porque sostiene la mente que lo posee, para que no caiga. ¡Ay de aquella habitación que carece de este sostén! Dice el Salmo: “Estoy hundido en el limo profundo y no tengo sostén” (68, 3). Es llamado limo por su lenidad, o blandura, y simboliza el amor de la carne y del mundo, en el cual se hunde el que no tiene el amor de Dios en que apoyarse; y por eso es tragado por el fango. Isacar, que se interpreta “mi recompensa”, representa el amor al prójimo. Este amor dobla los hombros para llevar sus cargas, como exhorta el Apóstol: “Los unos lleven las cargas de los otros; y así cumplirán la ley de Cristo” (Gal 6, 2), o sea, la ley del amor.
El amor del prójimo es llamado “asno robusto”, porque lleva las cargas del prójimo en el camino, o sea, en esta vida, para recibir la recompensa en la patria. Dice el Salmo: “Dios da a sus dilectos el sueño; herencia del Señor son los hijos; y su recompensa es el fruto del vientre” (126, 2-3). Es dulce el sueño después de la fatiga. Se llaman dilectos, como “ligados” por dos cosas. Luego de haber dado, después de la fatiga, el sueño, o sea, el reposo, a sus dilectos, o sea, a los que se ligaron con el vínculo del doble amor, ¡he ahí la herencia del Señor!, porque en aquel sueño, o reposo, está simbolizada la posesión de la patria celestial, que es la recompensa del hijo, adoptado por medio de la gracia, y es fruto del vientre, o sea, de la madre iglesia.
O también: los dilectos son la herencia del señor, y son recompensa del Hijo Jesucristo, al que fueron dados por el Padre como premio de su pasión. Ese Hijo es fruto del vientre virginal: “¡Bendito el fruto de tu vientre!”.
13. Zabulón, pues, o sea, el amor de Dios, “se alegra de su salida”. En estas palabras está señalada la vida contemplativa. El que quiere progresar en ella, debe salir no sólo de las preocupaciones del mundo, sino también de las propias; o sea, debe salir de sí mismo. Dice el Génesis: “Abraham salió al encuentro del Señor desde la puerta de su tienda, se postró en tierra y dijo.- “Señor, si hallé gracia a tus ojos, no pases a mi lado sin detenerte” (18, 2-3). La tienda es el ejercicio de la vida activa, de la cual sale y corre al encuentro del Señor aquel que se eleva prontamente en la contemplación, y en el éxtasis de la mente, como impulsado fuera de sí, contempla en el gozo del espíritu el esplendor de la excelsa sabiduría (Ricardo de San Víctor). Y para sumergirse más largamente en ella, ruega al Señor que se detenga.
Se alegra Zabulón en su salida; y se alegra también Isacar, o sea, el amor al prójimo, en las tiendas, o sea, en el ejercicio de la vida activa, en la cual se afana para aliviar las necesidades del prójimo. De estas tiendas dice el libro de los Números: “¡Qué hermosas son tus tiendas, oh Jacob, y tus moradas, oh Israel! Son como valles frondosos, como jardines regados junto al río, como tiendas sólidamente plantadas por el Señor, como cedros junto a las aguas!” (24, 5-6).
Con estas estupendas palabras se describe cómo debe ser el que quiere dedicarse a la vida activa. Jacob, que se interpreta “luchador”, se llamaba también Israel, que se interpreta “el que ve a Dios”, y es figura del hombre de vida activa: ora en la lucha, ora en el Observatorio de la mente; ora en el abrazo a Lía, que se interpreta “hacendosa”, ora en el abrazo a Raquel, que se interpreta “visión del principio”, o sea, Dios.
Las tiendas, o las moradas, simbolizan la práctica de la vida santa, y son y deben ser “hermosas” por la honestidad de las costumbres; “como los valles frondosos” por la humildad de la mente, que brindan la protección de la sombra contra los estímulos de la carne; “como jardines regados junto al río” con la abundancia de las lágrimas; “como tiendas que el mismo Señor plantó sólidamente” mediante la constancia del ánimo y la perseverancia hasta el fin; “como cedros” por la sublimidad de la esperanza y por el perfume de la buena reputación, que ahuyenta las serpientes de la calumnia; “junto a las aguas”, o sea, junto a los carismas de la gracia. El que tiene tales tiendas, con todo derecho puede alegrarse y gozar.
14. “Llamarán a los pueblos al monte”. Considera que existe el hombre interior y el hombre exterior; y cada uno tiene su pueblo. El hombre interior tiene una “población” de muchos pensamientos y sentimientos; el hombre exterior tiene una “población” de miembros y sentidos.
El amor de Dios llama “al pueblo” del hombre interior al monte, o sea, a la sublimidad de la santa contemplación, para congregarlo al convite, de que habla Isaías: “El Señor de los ejércitos brindará en este monte a todos los pueblos un banquete de manjares suculentos y de vinos refinados” (25, 6). Cuando la mente se eleva en la contemplación, entonces “el pueblo” se junta en el monte, porque los pensamientos se liberan de las vanas divagaciones y los sentimientos se apartan de la ¡lícita concupiscencia. Entonces el Señor les prepara un banquete, o sea, el gozo, de manjares suculentos, o sea, de luces de sabiduría interior, con la que “engorda” la conciencia.
“Entre voces de alegría y de alabanza, sonidos festivos de los convidados” (Salm 41, 5). Como el animal, cuando está bien alimentado, salta y juega feliz, así el alma, cuando saborea las delicias de la contemplación, exulta y baila de alegría. El convite, alegrado por vinos refinados, simboliza la consolación proporcionada al espíritu por la efusión de las lágrimas. Y este doble gozo impregna pensamientos y sentimientos, y se transforma en conocimiento y amor.
Símilmente, el amor del prójimo llama al monte, o sea, a la sublimidad del amor fraterno, al “pueblo” del hombre exterior, para que los miembros y los sentidos estén al servicio del prójimo y socorran a sus necesidades.
Dice el Señor por boca de Ageo: “Suban al monte, lleven la madera, edifiquen la casa, en la que me complaceré y seré glorificado” (1, 8). Sube al monte el que ama al prójimo; lleva la madera el que lo sostiene; le edifica la casa, cuando provee a sus necesidades.
15. “E inmolarán víctimas de justicia. Sacrifiquen sacrificios de justicia” (Salm 4, 6).
El amor de Dios inmola la víctima “en espíritu de humildad y con el corazón contrito” (Dan 3, 39); el amor del prójimo se practica con la fatiga y con la mortificación del cuerpo. Estas víctimas son llamadas “de justicia”, porque son ofrecidas solamente con motivo de caridad. Son de veras “víctimas de justicia”, y no de vanagloria, como dice Oseas: “Hicieron caer las víctimas en el abismo” (5, 2). Esto obran los que emiten las lágrimas y las obras de la caridad fraterna por vanagloria.
“Absorben, como leche, las inundaciones del mar”. El que quiere chupar, debe apretar los labios. Nadie puede chupar con la boca abierta. Chupar se dice en latín súgere, de sumendo ágere, obrar asumiendo. El que quiere chupar, como leche, o sea, con dulzura, las inundaciones del mar, o sea, las tentaciones de la carne, del mundo y del diablo, debe cerrar los labios a las vanidades del mundo; y por eso aquel doble amor hacia Dios y hacia el prójimo absorbe, como leche, las tentaciones, porque no admite un amor extraño (Chupar o absorber equivale a sufrir las tentaciones, sin daño). Dice Moisés en su Cántico: “Chuparán la miel de la piedra y el aceite de la roca durísima” (32, 13). En la piedra está simbolizada la dureza de las tentaciones de la carne y del mundo; y en la roca durísima, las sugestiones del obstinado diablo. ¡Afortunados aquellos que tanto de la piedra como de la roca saben chupar la dulzura y la luz de una conciencia alegre! “La piedra -dice Job- me derramaba ríos de aceite” (29, 6). Esto sucede cuando, el que es reciamente tentado, durante la tentación, es visitado e iluminado por la gracia y es regado por ríos de lágrimas.
Dígnese regarnos también a nosotros con tales lágrimas aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
VI - Sermón alegórico sobre san Pablo
16. “¿Quién dejó libre al onagro, y quién soltó sus ataduras? A él le di una morada en la soledad y sus tiendas en una tierra salobre. Desprecia el gentío de la ciudad, y no escucha la voz del tirano. Observa a su alrededor los montes de sus pastos y busca todo lo que es verde” (Job 39, 5-8). El onagro es llamado “asno del campo” (en latín, asínus ager), y es figura del bienaventurado Pablo, que fue como el asno del campo, o sea, de la santa iglesia. El campo se dice en latín áger, de agere, obrar, porque en el campo siempre se está trabajando: o se siembra, o se plantan árboles, o se preparan los pastoreos, o se lo embellece de flores. El bienaventurado Pablo, en el campo de la santa iglesia, cumplió todos estos trabajos: lo sembró con la semilla de la palabra de Dios; en los árboles infructuosos injertó los retoños de la santa vida, para que rejuvenecieran y llevaran fruto; o, como dice el Eclesiastés, “planté árboles frutales de toda especie” (2, 5), o sea, a los justos; preparó los pastos de la vida eterna; y lo embelleció con gran variedad de flores de virtud.
Pablo fue el asno de este campo, porque sobrellevó el peso del día y del calor (Mt 20, 12); o sea, “en muchísimos trabajos, en frecuentes encarcelaciones, en azotes sin número y a menudo en peligros de muerte…”; y, además de otros sufrimientos externos, mi ansiedad diaria es la preocupación por todas las Iglesias” (2Cor 11, 23 y 28).
¿Quién dejó libre a este onagro? Ciertamente, “el que lo escogió desde el seno de su madre”, o sea, de la sinagoga, a cuyos ritos y ceremonias estaba atado, “y lo llamó con su gracia” (Gal 1, 15), dejándolo ir libre. El mismo lo proclama: “¿No soy libre? ¿No soy apóstol? ¿No vi, quizás, a nuestro Señor Jesucristo?”. De veras era libre aquel que afirmaba: “¡Mi conciencia de nada me reprocha!” (1Cor 9, 1 y 4, 4).
¿Y quién desató sus ataduras?”. Sin duda, Cristo, del cual dice: “Deseo desatarme y estar con Cristo” (Filp 1, 23). En el momento de la conversión, Cristo lo dejó libre, para que fuera a todas partes para anunciar la Palabra. Y hoy, en el martirio, desató las ataduras del cuerpo, para que volara al cielo.
17. “Le di la casa en la soledad y puse su tienda en una tierra salobre”. También Pablo dijo lo mismo: “Aquel que obró en Pedro para el apostolado entre los circuncisos (judíos), obró también en mí para el apostolado entre los gentiles” (paganos) (Gal 2, 8). Los gentiles eran llamados “soledad”, porque entre ellos no habitaba Dios, y “una tierra salobre”, o sea, tierra de amargura y de esterilidad. Entre ellos Dios dio a Pablo la casa, para que entre ellos y con ellos edificara la casa, o sea, la santa iglesia; y le dio las tiendas de un santo ejército, para que combatiera en su favor contra los enemigos visibles e invisibles y defendiera así la casa que se le había confiado. “Despreció el gentío de la ciudad” romana, en la cual hoy le fue tronchada la cabeza; y él podía afirmar con Job: “Tuve temor de la gran multitud; y el desprecio de los parientes, o sea, de los judíos, me aterrorizaba” (31, 34).
Otra versión (la de los LXX) lo explica más claramente: “No me avergoncé delante del gentío del pueblo, para temer hablar delante de ellos”. Y eso, de veras, lo practicó Pablo, como escribió a Timoteo: “Para el evangelio, yo fui constituido predicador, apóstol y maestro de las gentes; y padezco por esta causa, pero no me avergüenzo” (2Tim 1, 11-12). El “no escuchó la voz del tirano”, o sea, de Nerón, ni temió su espada, porque, como él dice, “ninguna criatura podía separarlo del amor de Cristo” (Rom 8, 39).
“Mira a su alrededor los montes de su pasto”, en los que está indicada la caridad de Cristo: “Les voy a mostrar un camino aún más excelente” (1Cor 12, 3 1). Allí están sus pastos, allí están su alimento y su hartura. El que miraba a su alrededor el amor de Cristo, despreciaba el gentío y no escuchaba el clamor del tirano.
O también: “los montes del pasto” son aquellos “órdenes angélicos”, entre los cuales, en el cuerpo o fuera del cuerpo, sólo Dios lo sabe, fue arrebatado, y donde oyó palabras que no es lícito al hombre pronunciar (2Cor 12, 3-4). Allí se apacentaba, allí exultaba, porque allí halló sus pastos, o sea, la contemplación y la alimentación que le eran tan apropiados.
“Y busca toda cosa verde”. Aún estando en la carne mortal, mediante la contemplación de la mente, de manera asidua y continua, si es lícito decir, miraba a su alrededor los montes de los pastos celestiales; en cambio, ahora “busca toda cosa verde”. Con estas palabras se señala el gozo de la eterna hartura, que sacia todos sus deseos, porque el que busca, desea.
Sublime es la belleza de la divina Majestad, que inflama del deseo de sí a aquellos espíritus bienaventurados, inflamándolos los alimenta y alimentándolos les enciende aún más su deseo. A esa Majestad sean honor y gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
VII - Sermón moral
18. “¿Quién dejó libre al onagro?”. Sin duda, aquel del que habla Moisés: “Cuando un día te pregunte tu hijo: “¿Qué significan estos testimonios y estatutos y decretos?”, tú le responderás: “Nosotros éramos esclavos del faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa, para traernos y darnos la tierra que mana leche y miel” (Dt 6, 20-23 y 26, 9).
“El que comete pecado, es esclavo del pecado” (Jn 8, 34); y Pedro: “Uno es esclavo del que lo venció” (2 Pe 2, 19).
Y deja al onagro libre de esta esclavitud aquel, que dijo: “Yo soy, yo soy el que horro tus iniquidades por amor de mí mismo, y ya no me acordaré de tus pecados” (Is 43, 25); y Miqueas: “Destruirá todas nuestras iniquidades y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (7, 19).
El onagro es el espíritu del penitente, que, como se dice en los Proverbios, “observó un campo y lo compro” (31, 16). El agro es la patria celestial, donde siempre se trabaja, porque allí se alaba a Dios incesantemente: “Te alabarán por los siglos de los siglos” (Salm 83, 5).
El justo Observa este campo mediante la contemplación de la mente y lo compra con la satisfacción de las obras penitenciales; por eso se dice “asno del campo”. Y el Señor lo deja ir libre, cuando le dice, como a la Magdalena: “Te son perdonados tus pecados” (Lc 5, 23).
“¿Y quién desata sus ataduras?”. Sin duda, el Poderoso de Jacob: “Fueron desatadas las ataduras de los brazos y de las manos de José mediante las manos del Poderoso de Jacob” (Gen 49, 24), o sea, de Dios.
Las ataduras son las malas costumbres y las concupiscencias del mundo, que atan brazos y manos, para que no puedan cumplir obras buenas. He aquí lo que aconseja Salomón: “Haz asiduamente todo lo que puedas hacer con tus manos, porque no habrá actividad, ni razón, ni sabiduría, ni ciencia en el infierno, hacia el cual tú te diriges rápidamente” (Ecle 9, 10), que estás preparando desde lejos y hacia el cual estás apresurándote, con el pecado mortal.
Pero estas ataduras serán desatadas por las manos del Poderoso de Jacob, o sea, por la misericordia del omnipotente Dios, que liberó a Jacob, o sea, el espíritu, de la mano, o sea, de la prepotencia de su hermano Esaú, o sea, de la carne y del mundo. Esto concuerda con lo que se lee en el libro de los jueces: “Sansón rompió las ataduras como se rompe un hilo retorcido de estopa, cuando toma el olor del fuego (16, 9).
El fuego es la gracia del Espíritu Santo, por cuyo olor, o sea, cuando se infunde la gracia, se rompen las ataduras de las malas costumbres, con las que Sansón está atado por Dalila, o sea, el espíritu por la concupiscencia de la carne.
Después de haberlo liberado, oigamos lo que hace aún más el Señor: “Le di una casa en la soledad”. Dice Jeremías: “Delante de los ojos del Señor me senté solitario, porque me llenaste de amargura” (15, 17).
La casa es la paz del corazón, que el Señor concede en el silencio de la mente y del cuerpo. Se lee en las Lamentaciones: “Se sentará solitario y callará, porque se elevó sobre sí mismo; pondrá en el polvo su boca” (Lam 3, 28-29).
En esta sentencia se habla de cinco cualidades, que son necesarias a cada justo: la paz del corazón, cuando se dice “se sentará”; el desprendimiento de las cosas terrenas, cuando se dice “solitario”; silencio de la boca, cuando se dice “callará”; la elevación de la contemplación, cuando se añade: “se elevó sobre sí mismo”; y finalmente el recuerdo de la propia fragilidad, cuando concluye: “pondrá en el polvo su boca”; o sea, deberá hablar siempre de su fragilidad, recordando aquel dictamen: “Eres polvo y al polvo vas a volver”.
19. “Y sus tiendas en una tierra salobre”. La tierra salobre es este mundo. Dice el Salmo: “Convirtió la tierra fértil en salobre por la malicia de sus habitantes” (106, 33-34), porque, como dice el Apocalipsis: “¡Ay de los habitantes de la tierra!” (8, 13).
En esta tierra el Señor dio al onagro, o sea, al espíritu, las tiendas, o sea, los miembros del cuerpo, para que con él y en él combatiera contra el diablo y los vicios. “Un enemigo que pelea valerosamente te obliga también a ti a pelear valerosamente” (Ovidio). Dice el Apóstol: “Yo peleo, no como quien golpea el aire” -sino como quien pelea contra esos enemigos y no sólo ellos-, “sino que castigo mi cuerpo y lo reduzco en servidumbre” (1Cor 9, 26-27).
Dice el Génesis: “Abraham plantó su tienda entre Betel, que se interpreta “casa de Dios”, y Hay, que se interpreta “problema de la vida” (12, 8). Desplegar la tienda significa ejercer el cuerpo en la satisfacción de las obras penitenciales y dilatarlo a las obras de caridad. Y esto entre “la casa de Dios”, o sea, la vida eterna, para que a ella dirija siempre el ojo de la intención, y “el problema de la vida”, o sea, las tentaciones de esta vida, para resistirlas y superarlas con la fortaleza del ánimo.
En la escuela de esta miserable vida, nacen diversos problemas acerca de las tentaciones. ¿Y quién es tan experto, que pueda resolverlos todos? Cuantas son las tentaciones, tantos son los problemas. Y no podemos superarlos todos con mayor sabiduría sino despreciándolas. En fin, concluye la sentencia bíblica: “Despreció el gentío de la ciudad”.