Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo I después de la Natividad del Señor

    Exordio.

    La gracia y la gloria de Jesucristo

    1. “En aquel tiempo, José y maría, la madre de Jesús, estaban maravillados de todo lo que se decía de El” (Lc 2,33).

    Dice Baruc: “Aprende dónde está la sabiduría , dónde está la prudencia, dónde está la fuerza, dónde está la inteligencia, para que aprendas al misino tiempo dónde están la longevidad y el alimento, dónde están la luz de los ojos y la paz” (3, 14).

    Dice el Salmo: “El Señor dará la gracia y la gloria” (83, 12): la gracia al presente y la gloria en el futuro. Las primeras cuatro virtudes, indicadas por Baruc, se refieren a la gracia, las otras cuatro a la gloria.

    La sabiduría, así llamada de sabor, consiste en el gusto de la contemplación; la prudencia, en precaverse de las acechanzas; la fuerza, en soportar las adversidades; la inteligencia, en huir del mal y elegir el bien.

    Símilmente, la longevidad será dada a los santos en la bienaventuranza eterna, como dice el Señor: “Yo vivo, y ustedes también vivirán” (Jn 14, 19). El alimento consistirá en el disfrute del gozo, como dice el Señor: “Yo les preparo un reino, para que coman y beban a mi mesa” (Lc 22, 29-30). La luz de los ojos consistirá en la visión de la humanidad glorificada de Cristo, como se lee en Juan: “Padre, aquellos que me diste, quiero que donde estoy yo, también ellos estén conmigo, para que contemplen mi gloria, que tú me diste” (17, 24). La paz consiste en la glorificación del alma y del cuerpo, como dice Isaías: “Tú nos guardarás la paz, la paz, porque en ti esperamos” (26, 3).

    De la longevidad y de la luz de los ojos se dice en el Salmo: “En ti está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz” (35, 10); y de la paz y del alimento: “El puso paz en tus fronteras y te sacia con flor de trigo” (Salm 147, 14). La flor del trigo es la fruición del gozo que deriva de la humanidad de Cristo, de la cual se saciarán todos los santos. Otro comentario. Oh hombre, aprende a amar a Jesús y entonces sabrás dónde está la sabiduría… El mismo es la sabiduría: “La sabiduría se edificó una casa” (Prov 9, 1). El es la prudencia, como dice Job: “Su prudencia”, o sea, la del Padre, “golpeó al soberbio” (26, 12), o sea, al diablo. El mismo es la fortaleza, como dice el Apóstol: “El es la fortaleza y la sabiduría de Dios” (1Cor 1, 24). En El hay la inteligencia (comprensión) de todas las cosas, porque “todo está claro y abierto a sus ojos” (Heb 4, 13). El es la vida: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6). El es el alimento, porque es el pan de los ángeles y el alimento de los justos. El es la luz de los ojos: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12). El es “nuestra paz, porque de dos pueblos hizo un pueblo solo” (Ef 2, 14).

    Oh hombre, debes aprender esta sabiduría, para que sepas (o tengas sabor); esta prudencia, para que te cuides; esta fortaleza, para que seas fuerte; esta inteligencia, para que conozcas; esta vida, para que vivas; este alimento, para que no desfallezcas; esta luz, para que veas; esta paz, para que reposes. ¡Oh bienaventurado Jesús! ¿Dónde te buscaré? ¿Dónde :te hallaré? ¿Dónde, después de haberte hallado, hallaré bienes tan grandes? ¿Dónde, después de poseerte, poseeré bienes tan excelsos? “Busca y hallarás”. “Dime, te ruego, ¿dónde mora? “¿Dónde hace la siesta al mediodía? “ (Cant 1, 6). “ ¿Quieres saber dónde? “. “ ¡Dímelo, te lo suplico!”. “Entre José y María, entre Simeón y Ana, hallarás a Jesús”. En efecto, leemos en el evangelio de hoy: “José y María estaban maravillados de lo que se decía de él”.

    2. Y en este evangelio sobresalen cuatro personas; y vamos a analizar cuál sea su significado moral. José se interpreta “aumento”, María “estrella del mar”, Simeón “que siente la tristeza” y Ana “que responde”. En José se indica la pobreza, en María la humildad, en Simeón la penitencia y en Ana la obediencia. Vamos a tratar cada punto en particular.

    I. La pobreza, la humildad, la penitencia y la obediencia

    3. La pobreza. José significa “que crece”. Cuando el pobre hombre abunda de placeres y se expande en riquezas, entonces decrece, porque pierde la libertad. La codicia de las riquezas lo hace esclavo; y mientras se vuelve esclavo, por sí mismo él disminuye en sí mismo.

    ¡Desgraciada el alma, que es más pequeña de lo que posee! Es más pequeña, porque en lugar de ponerse por encima de las cosas, se pone por debajo de ellas. Y esta servil sumisión se aprecia más claramente, cuando lo que se posee con tanto amor, se pierde con tanto dolor. El mismo sufrimiento es ya una gran esclavitud.

    ¿Y qué más? No existe libertad, sino en la pobreza voluntaria. Y éste es el José “que crece”, que dice en el Génesis: “Dios me hizo crecer (prosperar) en la tierra de mi pobreza” (41, 52). “En la tierra de la pobreza”, no de la abundancia, “Dios me hizo crecer”: me hizo decrecer en la abundancia y crecer en la pobreza.

    Se lee en el segundo libro de los Reyes: “David prosperaba y se hacía cada vez más fuerte, mientras la casa de Saúl se iba debilitando cada día” (3, 1). David que dice: “Yo soy pobre y mendigo” (Salm 39, 18), “como luz que comienza a resplandecer, progresa y crece hasta que es pleno día” (Prov 4, 18); y se supera a sí mismo en fortaleza, porque la pobreza gozosa y voluntaria le infunde vigor. Dice Isaías: “El espíritu de los fuertes”, o sea, de los pobres, “es como un torbellino que sacude la muralla” (25, 4) de las riquezas. En cambio, los placeres y las riquezas debilitan y desgastan. Dice Jeremías: “¿Hasta cuándo te consumes en los placeres, hija vagabunda?” (31, 22).

    En cambio, la casa de Saúl, que se interpreta “el que abusa” -o sea, la casa de los ricos de este mundo, que abusan de los bienes y de los dones del Señor en los placeres del cuerpo-, la casa de Saúl decrece día tras día. Dice Moisés: “El Señor te golpeará con la indigencia, con la fiebre y el frío, con el ardor y la aridez, con el aire contaminado y con el tizón; y te perseguirá hasta que te pierdas” (28, 22).

    El Señor golpea al rico de este mundo, o sea, permite que sea golpeado, con la indigencia, porque siempre necesita algo; con la fiebre, porque se atormenta y sufre por la felicidad ajena; con el frío, o sea, con el miedo de perder lo acumulado; con el ardor, para lograr lo que no tiene; con la aridez de la gula; con el aire contaminado de la mala fama; y con el tizón de la lujuria. He aquí cómo disminuye la casa de Saúl. En cambio, la casa de David, pobre y mendigo, crece de virtud en virtud en la tierra de su pobreza.

    4. La humildad: María, “estrella del mar”. ¡Oh humildad! ¡Oh estrella, que sobrepujas en esplendor, que iluminas la noche y que guías al puerto, como llama que centellea y muestra a Dios, el Rey de reyes, que dice: “¡Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón!” (Mt 11, 29). El que no tiene esta estrella, “está ciego y tantea con la mano” (2 Pe 1, 9), su barco se hace pedazos por la tempestad y él mismo se hunde entre los oleajes. Se lee en el Éxodo que “el Señor, desde la columna de fuego y de nube, observó los campamentos egipcios, destruyó su ejército y anuló las ruedas de sus carros de guerra, que se hundieron en lo profundo. En cambio, los hijos de Israel caminaron a través del cauce seco del mar, y sus aguas eran para ellos como murallas a la derecha y a la izquierda” (14, 24-25 y 29).

    Los egipcios, oscurecidos por la nube tenebrosa, son figuras de los ricos y poderosos de este mundo, cubiertos por las tinieblas de la soberbia, a los que el Señor matará; y anulará las ruedas de sus carros, o sea, sus dignidades y su gloria, que giran durante las cuatro estaciones del año; y los hundirá en lo profundo del infierno.

    En cambio, los hijos de Israel, iluminados por el esplendor del fuego, representan a los penitentes y a los pobres en el espíritu, iluminados por el esplendor de la humildad. Ellos, a pie enjuto, cruzan por el mar de este mundo, cuyas aguas, o sea, los oleajes de amargura, son para ellos murallas que los defienden y los protegen a la derecha de la prosperidad y a la izquierda de las adversidades, para que el favor de la gente no los exalte y las tentaciones de la carne no los depriman. A este propósito leemos en el Deuteronomio:

    “Chuparán las inundaciones (abundancia) del mar como leche” (33, 19). Observa que nadie puede chupar algo, sino estrechando los labios. El que tiene la boca abierta de par en par al ansia de las riquezas, a los tráficos de la vanagloria y al aplauso de la gente, no puede “chupar” las inundaciones del mar, Difícilmente se pueden alejar los lobos de las carroñas, las hormigas del grano, las moscas de la miel, los sepultureros del vino, las meretrices del prostíbulo, los mercaderes de la plaza. Algo semejante expresa Salomón: “Dice el proverbio: “Enseña al niño el camino que debe seguir: aún cuando sea viejo, no se apartará de él” (Prov 22, 6). Únicamente los humildes, que aprietan los labios rehusando el amor a las cosas temporales, absorben como la leche las inundaciones del mar.

    ¡Oh estrella del mar! ¡Oh humildad del corazón, que conviertes el mar amargo y tempestuoso en leche dulce y sabrosa! ¡Qué dulce es la amargura para el humilde! ¡Qué leve es el sufrimiento, soportado por el nombre de Jesús! Fueron dulces a Esteban las piedras, la parrilla a Lorenzo, los carbones encendidos a Vicente: por Jesús chuparon como leche las inundaciones del mar.

    En este mismo verbo “chupar” (en latín, súgere) se destacan la avidez y el deleite. Sólo la humildad sabe chupar el sufrimiento y el dolor con avidez y deleite de espíritu.

    Está escrito en el Cantar: “¿Quién me diera un hermano, que chupe los pechos de mi madre?” (8, 1). Aquí nos son presentadas tres personas: la madre, la hermana y el hermano. La madre es la penitencia, que tiene dos pechos: el dolor en la contrición y el sufrimiento en la satisfacción; la hermana es la pobreza; y el hermano es el espíritu de humildad.

    Pregunta, pues, la hermana pobreza: “¿Quién me dará como hermano al espíritu de humildad, para que chupe los pechos de nuestra madre?”. He aquí: el hermano y la hermana, José y María, el esposo y la esposa, la pobreza y la humildad. “Es esposo el que tiene esposa” (Jn 3, 29). ¡Bienaventurado aquel pobre que toma por esposa a la humildad!

    5. La tristeza de la penitencia. Simeón es “aquel que experimenta la tristeza”. Dice el Apóstol: “La tristeza, que es según Dios, produce la salvación” (2Cor 7, 10). Y en los Proverbios: “El espíritu triste seca los huesos” (17, 22), de la gordura de la lascivia y de la impudencia. Dice Job: “Dios corrige al hombre en su lecho por el sufrimiento y hace que todos sus huesos se marchiten. En este estado se le hacen abominables el pan y todo manjar, que antes le eran tan apetecibles” (33, 19-20). El lecho simboliza el placer de la carne, en la que el alma yace como paralizada, con todos sus miembros en disolución. Mateo alude a ello: “Le llevaron a Jesús un paralítico, que yacía en su camilla” (Mt 9, 2).

    El Señor corrige en su lecho por el sufrimiento, cuando al alma, recostada en los placeres de la carne, le infunde el dolor de los pecados; y entonces ella experimenta tristeza, que le marchita todos sus huesos.

    Esto es lo que dice también Daniel, cuando tuvo la visión: “No quedó en mí fuerza alguna y se me desfiguró la cara; desfallecí y quedé completamente sin vigor” (10, 8). Cuando esto le sucede al pecador, el pan, o sea, el placer de la carne, en ese estado, le resulta abominable, como también cualquier otro alimento que antes tanto apetecía su alma, o sea, su carnalidad. Y nuevamente lo dice Daniel: “No comí alimentos sabrosos; en mi boca no entraron ni carne ni vino; ni me ungí con ungüento” (10, 3).

    Dice Salomón: “El corazón que conoce la amargura de su alma, no permite que un extraño participe de su gozo” (Prov 14, 10). Donde hay la mirra de la tristeza, no puede entrar el gusano de la lujuria. Dice Isaías: “Aléjense de mí y déjenme llorar amargamente; no insistan en consolarme por la devastación de la hija de mi pueblo” (22, 4). Esto debe decir también el penitente a los espíritus inmundos: “¡Aléjense de mí y déjenme llorar amargamente!”. Como el humo aleja las abejas, así la compunción, amarga y bañada en lágrimas, expulsa a los demonios que asedian el alma, como las abejas zumban alrededor de la colmena.

    “Y no insistan en consolarme”, oh estímulos de la carne, porque, como dice Job: “Todos ustedes son consoladores odiosos” (16, 2). “Mi alma rehúsa ser consolada” (Salm 76, 3), con su consolación. En cambio, “tus consolaciones, Señor”, no las mías -porque “¡ay de ustedes, que ya tienen su consolación!” (Lc 6, 24)-, “alegraron mi alma” (Salm 93, 10).

    Por ende, no insistan en consolarme por la devastación, o sea, por el sufrimiento, de la hija, o sea, de la carne, que es hija “de mi pueblo”, o sea, de los impulsos de mis cinco sentidos. Dice el Salmo: “El me sometió a mi pueblo” (143, 2).

    6. La obediencia. Ana es “la que responde” con Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha” (1Rey 3, 10); y con Isaías: “¡Heme aquí, envíame a mí!” (6, 8); y con Saulo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” (Hech 9, 6). Está escrito: “Una respuesta suave aplaca la ira” (Prov 15, 1). “El lenguaje gracioso abunda en el hombre bueno” (Sir 6, 5). La respuesta suave del súbdito humilde vence la ira del prelado soberbio. Se lee en los Proverbios: “ La paciencia” del súbdito “calma al príncipe” (25, 15). “No te opongas al ímpetu del río”, o sea, a la voluntad del prelado; “sino inclina la cabeza delante de él” (Sir 4, 32; y 4, 7). Y “el lenguaje gracioso”, o sea, de buen garbo, abunda en el buen súbdito, para que pueda decir con Job: “Llámame y yo te responderé” (14, 15). Responde a quien le llama aquel, que obedece de buen grado a quien le da una orden.

    Hasta ahora, hemos tratado brevemente de las cuatro virtudes, para que el que desea hallar a Jesús, tenga consigo a estas cuatro personas, porque en medio de ellas está la salvación. José y María llevan al templo a Jesús. Simeón y Ana lo reconocen y lo bendicen. La pobreza y la humildad llevan a Jesús, pobre y humilde. La pobreza lo lleva sobre los hombros.

    7. Se lee en el Génesis: “Isacar es un asno robusto, recostado en los confines (apriscos). Al ver que el lugar de reposo es bueno y que la tierra es óptima, doblega sus espaldas para llevar la carga” (49, 14-15).

    Isacar se interpreta “recompensa”, y simboliza la pobreza, que rehúsa todas las cosas temporales, para poder alcanzar la recompensa eterna. Aquí es llamado “asno robusto”. El asno es un animal de carga, que se apacienta con cosas groseras y de poco valor. Así también la pobreza “lleva el peso del día y del calor” (Mt 20, 12) y se contenta con cosas burdas y groseras.

    Reflexiona el bienaventurado Bernardo: “El pan de afrechillo y el agua pura, las simples verduras o legumbres jamás son alimentos delicados; en cambio, en el amor de Cristo y en el deseo del interior deleite, es muy placentero y muy grato satisfacer y complacer con ellos al vientre. ¡Cuántos miles de pobres satisfacen de buena gana las necesidades de la naturaleza con esos alimentos o también sólo con algunos de ellos! Sería sumamente fácil y agradable vivir según la naturaleza, añadiendo el condimento del amor de Dios, si nuestra necedad no lo impidiera”.

    “Asno recostado en los confines”, no “entre los confines”. Dos son los confines: la entrada y la salida de nuestra vida. En ellos descansa la pobreza. Ella reflexiona sobre la miserable entrada del hombre y considera atentamente su triste salida; y entonces no quiere recostarse “entre los dos confines”, para escuchar, como dice el libro de los jueces, “los balidos de las ovejas” (5, 16), o sea, las seducciones y sugestiones de los demonios. Habita o se recuesta entre los dos confines aquel, que no reflexiona sobre la entrada y la salida de su vida, sino que descansa en los placeres de la carne y en la vanidad del mundo.

    “Al ver que el lugar del reposo”, o sea, de la bienaventuranza celestial, $$es bueno, y la tierra” de la morada eterna “es óptima, doblegó sus espaldas para llevar” al pobre Jesús, Hijo de Dios”. Lleva a Jesús el que, por amor de El, soporta con paciencia todas las adversidades que encuentra. Dice el Eclesiástico: “Acepta de buen grado todo lo que te suceda y sopórtalo con resignación” (2, 4). La pobreza lleva a Jesús en los hombros, la humildad contra el pecho, entre los brazos. Dice el Cantar: “Mi amado es para mí un ramillete de mirra, que descansa entre mis pechos” (1, 12). En este diminutivo “ramillete” está indicada la humildad y en la mirra la amargura de la pasión del Señor. El corazón está situado entre los pechos, como si la humilde esposa dijera: “Llevo en mi corazón a mi amado Jesús, ramillete de mirra, o sea, humilde y crucificado, para que yo sea humilde de corazón y con el cuerpo clavado con El en la cruz”.

    Pues bien, la pobreza y la humildad llevan a Jesús al templo, o sea, hasta que lleguen al templo, no hecho a mano, de la Jerusalén celestial.

    Símilmente, la penitencia y la obediencia alaban y bendicen. Dice el Salmo: “Confesión y belleza en su presencia” (95, 6) en relación al penitente, cuya confesión es su belleza. En efecto, la confesión purifica de la lepra del pecado y adorna con la gracia del Espíritu Santo. Dice el Salmo: “Estás vestido de confesión y de belleza”, (103, 2), con las que revestiste a los penitentes, que con la confesión se purifican y con la gracia resplandecen.

    Sigue el Salmo: “Perfección y magnificencia en su santificación” (95, 6), en relación al obediente. El Señor santifica al obediente con la rectitud de la conciencia y la mortificación de la propia voluntad, y con la perfección de la vida en la ejecución de los mandatos ajenos.

    He ahí, donde habita el Rey de las virtudes. Adquiere estas virtudes y hallarás la sabiduría de Dios y la fortaleza de Dios, Cristo Jesús.

    Hermanos queridísimos, imploremos humildemente al Señor, para que sobre estas cuatro columnas edifique la casa de nuestras vivencias, para que El pueda habitar con nosotros y nosotros con El. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - La profecía de Simeón

    8. “Dijo Simeón a María, la madre de Jesús: “Este niño será causa de ruina y de resurrección en Israel” (Lc 2, 34). Dice la bienaventurada María en su cántico: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes” (Lc 1, 52).

    “Derriba”, o sea, pone abajo. Y es lo que dice el Señor en el profeta Abdías: “La soberbia de tu corazón te exaltó a ti, que habitas en las hendiduras de la piedra y que levantas tu trono. Dices en tu corazón: “¿Quién me precipitará por tierra?”. Aunque te encumbres como un águila y aunque pongas tu nido entre las estrellas, de allí te quitaré”, o sea, de allí te haré bajar, “oráculo del Señor” (1, 3-4). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo de Sexagésima: “El sembrador salió a sembrar”, y el sermón del domingo de Quincuagésima: “Un ciego estaba sentado al borde del camino”.

    “Derriba, pues, a los poderosos”. Es lo que se dice también en Daniel: “He aquí, un vigilante y santo descendía del cielo y clamaba fuertemente, diciendo: “Derriben el árbol, corten sus ramas, sacudan sus hojas y tiren sus frutos” (4, 10-11). El árbol viene, por asonancia, de robur, roble, y es figura del poderoso de este mundo, que, como dice Job: “Alza contra Dios sus manos y se hace fuerte contra el omnipotente” (15, 25). Este es cortado con el hacha de la muerte y arrastrado abajo al infierno; y entonces sus ramas, o sea, la potencia de la parentela y la nobleza de la estirpe, que él solía incrementar y extender, son cortadas; entonces, sus hojas, o sea, sus discursos llenos del viento de la soberbia, son sacudidas; entonces los frutos de sus riquezas y de sus placeres, que acumuló para su ruina, son tirados.

    “Derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes”. Esto es lo que dice Job: “Levanta a los afligidos a seguridad”; y de nuevo: “Cuando te creas destruido, surgirás como el lucero de la mañana. Te sentirás seguro, porque hay una promesa de esperanza” (5, 11; y 11, 17-18).

    Derribó al soberbio Amán y enalteció al humilde Mardoqueo. El primero fue precipitado del trono, el segundo fue elevado en su lugar.

    Con razón, pues, dice la bienaventurada María: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Por eso el santo Simeón, hablando de su Hijo, dice a la Madre en el evangelio de hoy: “Este niño será puesto como caída y resurrección para muchos en Israel”. Y esto es lo que se dice también en Juan: “Vine a este mundo para un juicio: para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven” (9, 39).

    De esa caída habla Isaías: “Jerusalén cae en ruinas y Judá se desploma, porque su lengua grita:

    “¡Crucifícalo, crucifícalo!”; y sus falsas acusaciones” -o sea, “puedo destruir este templo…”- “son arrojadas contra el Señor, ofendiendo los ojos de su divina Majestad” (3, 8).

    9. En sentido moral. Se lee en los Proverbios: “Voltea al impío, y ya no será” (12, 7); o sea, ya no será impío. Cayó Saulo perseguidor, y se levantó Pablo predicador. Por ende la expresión: “Este niño será causa de ruina”, se entiende de los pecadores. Dice Zacarías: “Y será la ruina del caballo y del mulo, del camello y del asno y de todos los jumentos” (14, 15).

    En el caballo está indicada la soberbia. Dice Jeremías: “Todos se volvieron a su propia carrera, como el caballo que arremete con ímpetu en la batalla” (8, 6). En el mulo está indicada la lujuria: “No sean como el caballo y el mulo” (Salm 3 1, 9). En el camello está indicada la avaricia. Dice Jesús: “No puede pasar un camello por el ojo de la aguja” (Mt 19, 24); o sea, un avaro no puede vivir en la pobreza de Jesucristo. En el asno están indicados el ocio y la inercia, que son la sentina de todos los vicios.

    Asno suena como alta sinens, que deja las cosas altas. El ocio y la inercia no permiten que se suba a lo alto, sino que quieren siempre caminar en el llano. Abraham dijo a sus siervos: “Esperen aquí con el asno” (Gen 22, 5). Los siervos simbolizan los sentimientos serviles y carnales, que con el asno, o sea, con la lentitud y la inercia del asno, están a la expectativa.

    En los jumentos está indicado el placer voluptuoso de los cinco sentidos, de los que dice Isaías: “Cargo (acusación) a las bestias del mediodía: en una tierra de tribulación y de angustia, poblada por leonas y leones, por víboras y dragones voladores” (30, 6). La tierra es la carne, que nos produce las espinas de la tribulación y los abrojos de la angustia. Y esto es el “cargo” de los jumentos, o sea, de los cinco sentidos, que son los jumentos del mediodía, o sea, del placer mundano. En esta tierra de tribulación y de angustia, que los jumentos pisotean y ensucian, hay la leona de la lujuria y el león de la soberbia, la víbora de la ira y el dragón volador de la envidia y de la vanagloria.

    Oh Señor Jesús, que vayan a la ruina todas estas bestias y jumentos, para que el pecador “bestial” vaya a la ruina con ellos y, yendo a la ruina, haga surgir el hombre espiritual. Digamos, pues: “Este niño está puesto para la ruina”.

    10. “Y para la resurrección de muchos”. Tenemos una concordancia en Ezequiel: “La mano del Señor se posó sobre mí y me llevó a un campo, lleno de huesos de muertos, que eran muchísimos y todos muy desecados. Y me ordenó: “Hijo del hombre, profetiza sobre estos huesos, y anúnciales: “Huesos secos, escuchen la palabra del Señor. Yo haré entrar en ustedes el espíritu y vivirán. Pondré en ustedes los nervios, y sobre ustedes haré crecer la carne y los recubriré de piel” (37, 1-6).

    Los huesos secos son los pecadores, que son áridos, privados de la linfa de la gracia. Su corazón se secó, porque olvidaron comer el pan, que posee todo sabor y todo deleite (Salm 101, 5; y Sab 16, 20).

    De estos pecadores dice Job: “Los huesos de Behemot son como caños de bronce” (40, 13).

    Perversos en la malicia y endurecidos como huesos del diablo, que sostienen a los carnales, como los huesos sostienen la carne; son como caños de bronce, porque como el bronce rechazan de sí las flechas de la predicación y al golpe de la reprensión emiten el rechinar de la murmuración. Con las palabras proclaman a Cristo: he ahí el caño; pero con las obras lo niegan: he ahí la dureza del bronce. Sin embargo, como la misericordia del mismo Cristo es más grande que la aridez de los huesos y de su dureza, añade: “Yo haré entrar en ustedes el espíritu y vivirán. Pondré en ustedes los nervios y sobre ustedes haré crecer la carne y los recubriré de piel”.

    Presta atención a estos cuatro elementos: el espíritu, los nervios, la carne y la piel. En el espíritu se designa la infusión de la gracia preveniente; en los nervios, la red de los buenos pensamientos; en la carne, la compasión hacia el prójimo; y en la piel, la consecución de la perseverancia final. “Haré entrar en ustedes el espíritu y vivirán”. Se lee en el Génesis: “Sopló en ellos el espíritu de la vida” (2, 7). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo 1 de Cuaresma sobre el evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto”.

    11. “Pondré nervios en ustedes”. Multitud de nervios se hallan en las manos y en los pies, en las costillas y en las articulaciones de los omóplatos. Y los huesos, que están unidos los unos a los otros, están ligados entre sí por los nervios. En su sistema hay cierto humor, por el que los nervios son generados y nutridos (Aristóteles).

    Cuando el Señor infunde en el pecador el espíritu de la gracia, entonces en su corazón se forma la linfa de la compunción, por la que es generado y nutrido el nervio de los buenos sentimientos y de la buena voluntad, que une y liga todo el cuerpo de las buenas obras.

    “Haré crecer carnes sobre ustedes”. Esto es también lo que dice el mismo profeta: “Les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36, 26); o sea, un corazón que, cuando está arrepentido, sufra de compasión hacia su prójimo, porque “es nuestra carne y nuestro hermano” (Gen 37, 27).

    ¡Oh corazón de piedra, que no te mueve ninguna compasión hacia el prójimo! En efecto, dice: “¿Soy yo, tal vez, el custodio de mi hermano?” (Gen 4, 9). Has de saber que, al custodiar a tu hermano, vas a tener una gran recompensa (Salm 18, 12).

    Se lee en el primer libro de los Reyes que “Nabal tuvo un ataque al corazón, que quedó como una piedra”. No quiso tener compasión de David ni de darle algún socorro, sino que, más bien, prorrumpió en palabras injuriosas, diciendo: “¿Quién es David y quién es el hijo de Jesé? Hoy en día crecieron mucho los esclavos que escapan de sus amos.

    ¿Debería quitar, quizás, a mis esquiladores el pan, el agua y la carne de las ovejas ya faenadas, para dárselos a hombres que no sé de dónde vengan?” (25, 3 7; y 25, 10-11). Tales palabras y otras semejantes, también hoy, las pronuncian los avaros y los usureros, que tienen el corazón de piedra. “Extenderé sobre los huesos la piel”. La extensión de la piel es un símbolo de la perseverancia final. Dice el Señor: “A ustedes que perseveraron conmigo en las pruebas, les asigno un reino” (Lc 22, 28). Pero, ¡ay de aquellos que perdieron la paciencia! Dice Job: “Mi piel se secó y se arrugó” (7, 5). La piel se seca y se arruga, cuando la obra buena no logra el efecto de la perseverancia final. A este propósito dice el Eclesiástico: “El descubrimiento del hombre se verificará al final” (de la vida) (11, 29), porque entonces aparecerá su infamia. He aquí, hasta ahora hemos tratado de qué manera el Señor, que “fue puesto para la resurrección de muchos” (Lc 2, 34), haga revivir los huesos áridos.

    12. “Ese niño será signo de contradicción” (Lc 2, 34). De él dice Mateo: “Y entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre” (24, 30); e Isaías: “Sobre el monte tenebroso levanten una señal, lancen un grito y agiten la mano” (!3, 2). El monte tenebroso es figura del diablo: monte por la soberbia, tenebroso por la calígine de la sugestión, con la que ofusca la mente. Y sobre aquel monte los predicadores levantan una señal, cuando predican que el diablo fue vencido por la potencia de la cruz; lanzan un grito, cuando “en ocasión oportuna y no oportuna arguyen, reprenden y exhortan” (2Tim 4, 2); agitan la mano, cuando lo que predican con la voz, lo practican con las obras. Símilmente, de esta señal dice el Señor en Ezequiel: “Marca una tau (T) en la frente de los hombres que gimen y sufren por todas las abominaciones que se cometen en la ciudad” (9, 4). Ellos solos no se oponen a la señal de la pasión del Señor, porque la llevan en la frente. ¿Y quiénes son los que gimen y sufren sino los penitentes, los pobres en el espíritu, que se glorían de la cruz de Cristo, y gimen y sufren por todas las abominaciones que se cometen en el mundo?

    Los infieles se oponen a la cruz con las palabras y las obras, como lo dice el Apóstol: “Nosotros predicamos a Jesús crucificado: escándalo para los judíos y necedad para los paganos” (1Cor 1, 23). Se oponen los falsos cristianos con las obras. Dice Isaías: “ ¡Ay de aquel que se opone a su Hacedor, siendo sólo un tiesto entre los tiestos de Samos de la tierra!” (45, 9); o sea, entre las vasijas de arcilla de Samos, donde nació el arte de los alfareros. El tiesto, que suena casi como tostado, es figura del falso cristiano: tostado (quemado y endurecido al fuego), porque carece de devoción; frágil, porque está hecho de arcilla; y se opone a su Alfarero (que lo plasmó), o también a Cristo, que lo modeló con sus manos clavadas en la cruz, que lo restableció en el honor de su primitiva dignidad y lo hace permanecer (en el ser y en el obrar). ¿Por qué, pues, se opone el desgraciado a su Hacedor, con el testimonio de su vida disoluta?

    13. El Señor se lamenta en Isaías: “Todo el día extendí mis manos hacia un pueblo rebelde, que va por mal camino tras sus propios designios. Es un pueblo que no cesa de provocarme en mi propia cara, que inmola víctimas en los jardines y sacrifica sobre los ladrillos, que habita en los sepulcros y duerme en los templos de los ídolos, que come carne de puerco y bebe un caldo profano en sus vasos” (65, 2-4).

    “Extendí mis manos”, abriéndolas y sin negar nada a los que pedían. “Extendí mi mano, y no hubo quien la mirara” (Prov 1, 24). En la primera venida la mano del Señor estuvo extendida, pero en la segunda venida esa mano estará cerrada; y entonces golpeará con el puño “y despedazará los dientes de los leones” (Salm 57, 7).

    “Extendí mis manos” en la cruz; y está escrito en el Cantar: “Sus manos son torneadas, adornadas de oro y llenas de jacintos” (amatista) (5, 14). Las manos de Cristo son llamadas “torneadas”, o sea, labradas por el torno de la pasión; y fueron perforadas con los clavos como por un torno; adornadas de oro por la pureza de las obras; y están llenas de jacintos, o sea, con los premios de la vida eterna. Y el primer jacinto lo mereció el ladrón, al cual Jesús dijo: “¡Hoy estarás conmigo en el paraíso!” (Lc 23, 43).

    “Todo el día”, dice; y la noche también, porque, cuando el día de la prosperidad mundana nos sonríe, entonces debemos acordarnos de la muerte de Cristo. En efecto, está escrito que “en su muerte el sol se oscureció” (Lc 23, 45). El sol de la gloria mundana para nosotros debe oscurecerse, en memoria de la pasión del Señor.

    “Extendí las manos hacia un pueblo incrédulo”. Dice Isaías: “El incrédulo obra como un infiel” (21, 2). Dice Agustín: “Creer en Dios quiere decir amar a Dios, acudir a El y ser incorporado entre sus miembros”. El que no obra así, miente cuando dice: “Yo creo en Dios”. Por ende es incrédulo el que no cree de esta manera y obra como infiel: su fe está muerta, porque carece de la caridad.

    “Que anda por mal camino”; el camino ancho y espacioso lleva a la muerte. Algo semejante se halla en los Proverbios: “El apóstata, hombre inútil, camina con la boca perversa, habla apuntando el dedo, guiña el ojo, patalea con los pies” (6, 12-13), “persiguiendo sus designios”, de los que habla el libro de la Sabiduría: “Los pensamientos tortuosos apartan de Dios”, y “el santo Espíritu se aleja de los pensamientos insensatos” (1, 3 y 5).

    “Un pueblo que continuamente me provoca a la ira”, o sea, a la venganza por su inclinación al pecado. Dice Sofonías: “¡Ay de ti, ciudad provocadora y rescatada! “ (3, 1), como si dijera: “Me provocan a la ira aquellos, a los que rescaté con mi sangre”.

    “justamente delante de mi rostro”, o sea, abiertamente, que es peor. “Como Sodoma, se jactan de su pecado, en lugar de esconderlo” (Is 3, 9).

    “Que inmola víctimas en los jardines”: he ahí la lujuria. Dice Isaías: “Ustedes se avergonzarán de sus jardines”, o sea, de los lugares de placer, &&que escogieron” (1, 29) para su lujuria.

    “Y sacrifica sobre ladrillos”: he ahí la avaricia. Se dice en el Éxodo: “No se les dará la paja, pero deberán entregar el mismo número de ladrillos” (5, 18). A menudo sucede que a los avaros y a los usureros se les sustraen sus riquezas; y, sin embargo, siguen construyendo los ladrillos de la avaricia para el diablo, al menos con la voluntad y las palabras. O también: sacrifican sobre ladrillos los que rezan el divino oficio cerca del fuego o en la cama y cosas semejantes, (pensando cumplir su deber) para con el Señor.

    “Que habita en los sepulcros”: he ahí la calumnia. “Su garganta es un sepulcro abierto” (Salm 13, 3). “Y duerme en los templos de los ídolos”: he ahí la hipocresía, que, como el ídolo, muestra una apariencia de religión, pero carece de la autenticidad de las obras. ¡Ay de mí! ¡Cuántos son hoy los adoradores de los ídolos, que veneran un simulacro, simulando una santidad ficticia.

    “Que come carne de puerco”: he ahí la inmundicia de la gula; “y bebe caldo profano en sus vasos”, o sea, en sus corazones: he ahí la impureza de los pensamientos. Los que obran así, se oponen a la señal de la pasión del Señor.

    14. “Y una espada atravesará tu alma” (Lc 2, 35). El dolor que sufrió la bienaventurada María en la pasión de su Hijo, fue corno una espada, que atravesó su alma. Es lo que dice Isaías: “Antes que le llegaran los dolores del parto, ella dio a luz” (66, 7).

    Considera que el parto de la bienaventurada María fue doble: uno en la carne y el otro en el espíritu. El parto en la carne fue virginal y colmado de todo gozo, porque la Virgen dio a luz, sin dolor, a aquel que es el gozo de los ángeles. Ella puede repetir con Sara: “El Señor me hizo reír; y todos los que se enteren, reirán conmigo” (Gen 21, 6).

    Con la bienaventurada María debemos reír y complacernos por el nacimiento de su Hijo.

    También debemos compartir su dolor, porque, en la pasión de su Hijo, su alma fue traspasada por la espada. Y ése fue el segundo parto, doloroso y lleno de toda amargura. Y esto no debe asombrarnos, porque veía fijado en la cruz por los clavos y colgando entre dos ladrones a aquel Hijo de Dios, que ella, virgen, había concebido por obra del Espíritu Santo y, virgen, había dado a luz. ¿Qué maravilla si una espada atravesó su alma? “Consideren y vean si hay un dolor semejante a mi dolor?” (Lam 1, 12). Antes de tener los dolores, ella lo dio a luz en la navidad.

    15. En sentido moral. Jeremías, hablando en persona de Jesucristo, dice al Padre: “Acuérdate de mi pobreza y de mi exceso, del ajenjo y de la hiel” (Lam 3, 1 9).

    La pasión de Cristo es llamada “exceso”, porque sobrepujó el dolor y el martirio de todos los santos. Dice Lucas que “Moisés y Ellas hablaban de su exceso, partida”, o sea, de su pasión, “que Jesús iba a cumplir en Jerusalén” (9, 31), y que superaría cualquier otro padecimiento.

    Cuando el justo reflexiona sobre todo ello, en seguida añade lo que sigue: “Recordando recordaré estas cosas, y mi alma desfallece dentro de mí” (3,20).

    Oh Hijo de Dios, “recordando recordaré” -la repetición del verbo expresa el profundo sentimiento del que ama- “tu pobreza”, que fue tan grande que a su muerte no tenla un sudario que lo envolviese, ni un sepulcro en el cual ser depositado, si no le hubiera sido cedido como a un pobre mendigo de limosna o a título de piedad.

    “Recordaré tu exceso, partida, o sea, pasión, que sobrepujó cualquier otro dolor humano.

    Dice Juan: “Jesús salió con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón” (18, 1), que se interpreta “triste dolor”. En su pasión Cristo sobrepujó toda tristeza y todo dolor. Los mártires, antes de soportar la pasión, desconocían cuán grande sería la violencia del suplicio; y por ende no sufrieron cuánto habrían sufrido si lo hubieran sabido. En cambio, el Señor, que todo conoce antes que suceda, antes de encaminarse a su pasión, conocía perfectamente la intensidad de sus tormentos; y por esto no debemos maravillarnos, que haya padecido más que todos los demás.

    “Me recordaré del ajenjo y de la hiel”. De ello habla también el Salmo: “Pusieron en mi comida hiel” (68, 22); y hiel del toro, que, como cuentan, es más amarga. Al recordar todo eso, desfallece mi alma, traspasada por la espada de tu pasión. Y cuando sucede esto, como sigue, “se manifestarán claramente los pensamientos de muchos corazones”. Y esto es lo que dice también Job: “El descubre las profundidades de las tinieblas y saca a luz la sombra de la muerte” (12, 22). Cuando el Señor atraviesa el alma con la espada de su pasión, entonces manifiesta las profundidades de las tinieblas, o sea, los vicios, que distan mucho del fondo de la “suficiencia”, porque ellos jamás dicen: “¡Basta!”, sino siempre: “`Trae, trae!”. “Los libera de las profundidades de las tinieblas”, o sea, de la ceguera de la mente, mediante la contrición del corazón, para que los hombres los conozcan y, conociéndolos, los manifiesten en la confesión. Por esto añade: “Saca a la luz” de la confesión “la sombra de la muerte”, o sea, el pecado mortal.

    16. Con esta parte del evangelio concuerda la parte de la epístola de hoy, que dice. “Cuando llegó la plenitud de los tiempos” (4, 4). Si, como dice el Eclesiastés: “Para toda cosa hay un tiempo” (8, 6), y el Eclesiástico: “El sabio guarda silencio hasta el momento oportuno” (20, 7), se puede pensar que también Dios, en la obra de la salvación humana y en el envío del verbo, haya elegido el tiempo oportuno.

    Recuerda que en el año hay cuatro estaciones: el invierno, la primavera, el verano y el otoño. De Adán a Moisés podría ser el invierno. Dice el Apóstol: “La muerte reinó desde Adán hasta Moisés” (5, 14). La primavera fue de Moisés a Cristo. En esta primavera comenzaron a germinar las flores, promesa del fruto.

    Cuando llegó el verano, que es la plenitud de la temporada, en la que las plantas se llenan de frutos, entonces “Dios envió a su Hijo, engendrado de mujer” (Gal 4, 4). Y con esto concuerdan también las palabras del Levítico: “Les enviaré las lluvias a su tiempo, y la tierra dará sus productos, y las plantas se llenarán de frutos, entonces la trilla de las mieses se prolongará hasta la vendimia, y la vendimia alcanzará la siembra, y comerán su pan hasta saciarse” (26, 3-5).

    El Señor envió la lluvia cuando el rocío bañó la era y la lluvia cayó sobre el vellón” (Juec 6, 40); o sea, cuando, al anuncio del ángel, la Virgen concibió al Hijo de Dios. La tierra produjo su germen, cuando la misma Virgen dio al mundo al Salvador, que, con la predicación y la realización de milagros, llenó a los árboles, o sea, a los apóstoles, de los frutos de las virtudes. Y la trilla de las mieses, o sea, la pasión del Señor, con la cual “fue triturado por nuestros delitos” (Is 53, 5), se prolongará hasta la vendimia, o sea, hasta la infusión del Espíritu Santo, con la que fueron embriagados los apóstoles: “juzgan estar llenos de vino a los que están colmados del Espíritu Santo” (Himno de Pentecostés en el Breviario Romano). Y la vendimia alcanzará la siembra, o sea, la predicación de los apóstoles. En seguida ellos comenzaron a predicar y a decir: “Hagan penitencia y cada uno se bautice en el nombre de Jesucristo” (Hech 2, 13 y 38).

    El otoño será en la bienaventuranza eterna, en la que los santos comerán el pan hasta la saciedad; “y se sentarán, como dice Miqueas, debajo de su parral y de su higuera; y no habrá quien los aterrorice” (4, 4).

    “Engendrado bajo la Ley”, o sea, sujeto a la Observancia de la Ley. Dijo El mismo: “Yo no vine para abrogar la ley, sino para cumplirla y redimir a los que estaban bajo la ley” (Mt 5, 17; y Gal 4, 5). Algo semejante tenemos en la carta a los hebreos: “Vino para destruir, con su muerte, al que tenía el poder de la muerte, o sea, al diablo, y liberar a los que por el temor de la muerte estaban toda la vida retenidos en esclavitud” (2, 14-15).

    Ahora puedes apreciar con claridad en qué sentido Jesús fue puesto para ruina de los demonios y la resurrección de muchos.

    “Para que recibiéramos la adopción de hijos” (Gal 4, 5). ¡Qué inmensa gracia! “Y si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rom 8, 17).

    III - El anuncio o la natividad del Señor; y la penitencia

    17. Con esta parte de la epístola concuerda el introito de la misa de hoy: “Cuando un silencio apacible envolvía todas las cosas, y la noche había Regado a la mitad de su carrera, desde el trono real se lanzó tu omnipotente Palabra como guerrero implacable en medio de aquella tierra de exterminio, llevando como espada afilada tu decreto irrevocable. Se detuvo y sembró la muerte por todas partes: y, estando en la tierra, tocaba el cielo” (Sab 18, 1416). Y éste es el texto literal del libro de la Sabiduría: “Mientras un apacible silencio guardaba todas las cosas”

    Y esto es lo que dice el Señor en Lucas: “Cuando un hombre fuerte y bien armado”, o sea, el diablo, “guarda su atrio”, o sea, el mundo, o el infierno, “están al seguro todas las cosas que posee” (Lc 11, 21).

    En el libro de Isaías se lee que Senaquerib, en el cual está figurado el diablo, dice: “Mi mano destruyó, como un nido, la potencia de los pueblos”, incapaces de defenderse; “y como se recogen los huevos abandonados” por la madre, “así yo junté toda la tierra; y no hubo nadie que batiera las alas”, o sea, la mano en contra de mí, “o abriera el pico para piar” (10, 14). He ahí cómo todas las cosas contenían un apacible silencio. “Y la noche había llegado a la mitad de su carrera”. Se dice “a la mitad” en relación con dos puntos extremos. Los dos puntos extremos de la noche son el anochecer y la aurora. Desde Adán hasta la Ley, o sea, hasta Moisés, fue como un anochecer. Desde la Ley hasta el anuncio a la bienaventurada María se llegó a la medianoche, en la cual está simbolizada la transgresión de la Ley.

    Ni Adán en el paraíso ni el pueblo en el desierto guardaron los mandamientos. Todos estaban oscurecidos por la calígine de esta noche, y por ende necesitaban de la aurora, o sea, del beneficio de la venida del Señor, que tuvo su comienzo en el saludo del ángel.

    El principio de la noche fue la diabólica sugestión de la serpiente a Eva. El inicio del día fue el saludo del ángel a María. Y ahora, oh Padre, la Palabra omnipotente y contigo consustancial, o sea, tu Hijo, descendió de tu trono real, o sea, del seno de tu Majestad, del cual dice Juan: “El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, El mismo nos lo reveló” (1, 18).

    “Guerrero implacable”. También Lucas dice: “Si llega otro más fuerte que él…” (11, 22). El que había venido a “quebrantar las puertas de bronce y desmenuzar los cerrojos de hierro” (Salm 106, 16), debía ser absolutamente un guerrero implacable. Job dice del diablo que evalúa “el hierro como paja y el bronce como madera podrida. El arquero no lo pone en fuga, y las piedras de la honda se le convierten en estopa. La maza le parece una brizna de hierba, y se burla de las vibraciones de la lanza”. ¿Qué más? “Fue hecho para no temer a nadie” (41, 18-24). Era, pues, muy necesario que fuese un guerrero implacable el que venía a despojar al diablo y que el diablo nada pudiera contra él. “En medio de la tierra del exterminio”: en medio, porque está entre el cielo y el infierno; del exterminio, o sea, que el diablo había exterminado, es decir, había puesto extra términos, fuera de los términos de la vida eterna. Se pregunta Isaías: “¿Es éste el hombre que hacía temblar la tierra, que sacudía los reinos, que reducía el mundo a un desierto y demolía sus ciudades?” (14, 16-17). En medio de esta tierra el Verbo de Dios “se lanzó” con los dos pies unidos, o sea, de la divinidad y de la humanidad.

    “Espada afilada”. Esto es lo que también dice el Apóstol: “La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo” (Heb 4, 12). La espada es la divinidad, que se escondió en la vaina de la humanidad. Dice Isaías: “De veras, tú eres un Dios escondido, Dios de Israel, Salvador” (45, 15). Por esta espada fue atravesado el diablo, que iba exterminando la tierra. Concluye Isaías: “Se acabó el polvo, aquel miserable pereció y desapareció el que aplastaba la tierra” (16, 4).

    18. “Llevando tu decreto irrevocable”. Dice Juan: “El Padre todo lo puso en manos del Hijo”. Y de nuevo: “Todo lo que posee el Padre, es mío”. Y todavía: “Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío”. Llevó la orden del Padre, el cual “le había dado el poder sobre toda carne” (13, 3; 16, 15; 17, 10; 17, 2). Y su poder es “un poder eterno” (Dan 7, 14). “El manda a los vientos y al mar; y ellos le obedecen” (Lc 8, 25).

    “Llevando un decreto irrevocable”; y es lo que dice Marcos: “Les enseñaba como uno que tiene autoridad, y no como los escribas” (1, 22), que enseñaban con la hipocresía y la ficción. Y Lucas: “¿Qué palabra es ésta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos; y ellos salen?” (4, 36).

    “Se detuvo y sembró la muerte por todas partes”. Jesús, parado, con las manos abiertas en la cruz, con su muerte llenó (de dones, gracias y bendiciones) todas las cosas, que habían sido vaciadas por la desobediencia del primer hombre. “Y de su plenitud todos nosotros hemos recibido” (Jn 1, 16).

    “Y mientras estaba en la tierra”, en la cual se designa la humanidad, “tocaba el cielo”, en el cual se designa la divinidad: “La Sabiduría despliega su fuerza de un extremo al otro” (Sab 8, 1). Dice Jesús en Juan: “Nadie subió al cielo, sino el Hijo del hombre que descendió del cielo” (3, 13). Y Job: “Es más alto que el cielo; ¿qué puedes hacer tú? Es más profundo que el abismo; ¿qué puedes entender? Su dimensión es más extensa que la tierra y más ancha que el mar” (11, 8-9).

    Hermanos queridísimos, imploremos humildemente la Sabiduría de Dios, que nos saque de la ruina de los vicios y nos haga resucitar a la virtud, y que la espada de su pasión atraviese nuestra alma, para que merezcamos llegar al gozo de la resurrección general.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    19. “Mientras el apacible silencio envolvía todas las cosas”. Vamos a investigar el significado moral. Dice Job del diablo: “El duerme bajo la sombra, en lo más espeso del cañaveral y en lugares pantanosos” (40, 16). En la sombra está simbolizada la soberbia, que es llamada también “sombra de muerte”, o sea, del diablo. Como la sombra sigue al cuerpo, así la soberbia sigue al diablo.

    Está escrito en el Apocalipsis: “Y he ahí un caballo pálido; y el que lo cabalgaba, se llamaba Muerte; y el infierno lo seguía” (6, 8). Helos ahí: el caballo, el jinete y el escudero. El caballo pálido es figura del hipócrita; el jinete que se llama Muerte, es el diablo; el escudero, el infierno, o sea, la soberbia, que alimenta al caballo con cebada y agua, o sea, con la austeridad de la abstinencia, para que los hombres lo vean que ayuna; lo carga con la montura de una fingida humildad y lo sujeta con el freno del silencio.

    Dice Salomón: “Aun el necio, si calla, es considerado sabio” (Prov 17, 28); así el hipócrita es considerado santo. monta este caballo la muerte y gira por el mundo: va a la caza de alabanzas, busca los saludos en las plazas, los primeros asientos en las sinagogas y los lugares de honor en los banquetes” (Mt 23, 6-7) No hay soberbia más grande que la del hipócrita. “La falsa justicia no es justicia, sino doble injusticia” (Agustín).

    “En lo espeso del cañaveral”. Caña se dice en latín cálamus, de la que deriva calamidad, y simboliza la avaricia. La caña es hueca; y al gran hueco de la avaricia que jamás dice: “¡Basta!”, sigue la eterna calamidad.

    “En los lugares pantanosos” están indicadas la gula y la lujuria. La humedad es madre de la corrupción, de la que nacen gusanos y otros insectos. En los soberbios, en los avaros y en los lujuriosos se instala el diablo durmiendo y reposando, y entonces un pesado silencio se apodera de todos los miembros. El corazón suspende sus buenos sentimientos, la lengua la alabanza de Dios y las manos el recto obrar. Dice Isaías: “¡Ay de mí!, porque callé” (6, 5). La amenaza de la eterna condenación se cierne sobre este silencio culpable. “Y la noche había llegado a la mitad de su carrera”. La palabra “noche” viene del latín nocere, ser nocivo, porque perjudica los ojos; y simboliza el pecado mortal, que oscurece la luz de la razón. “El que anda en tinieblas, tropieza” - (Jn 11, 10). Los momentos extremos son el anochecer y la aurora; el primero simboliza el consentimiento de la mente cegada y el segundo la infusión de la gracia.. Entre estos dos extremos está en medio el pecado y el hábito del pecado. De este camino intermedio se dice en el Salmo: “La senda de los malos perecerá” (1, 6).

    Esto aconteció cuando “la Palabra omnipotente se lanzó”, o sea, la gracia del Espíritu Santo, que con razón se dice “Sermón omnipotente”: omnipotente, porque puede derribar todos los obstáculos de la salvación; y sermón, porque siembra e injerta en la mente las virtudes, o también, porque conserva sana la mente, que sanó del pecado. Se lee en el libro de la Sabiduría: “No los sanaron ni las hierbas”, o sea, la lozanía de las riquezas, que pronto se seca, “ni la cataplasma de las riquezas; sino tu Palabra omnipotente, oh Señor, que sana todas las cosas, que descendió del regio trono” de tu bondad y misericordia. Y concluye Joel:

    “¡Conviértanse al Señor su Dios, porque es benigno y misericordioso!” (2, 13).

    20. “Guerrero implacable”, en la contrición. La gracia es llamada “guerrero implacable”, porque como un martillo despedaza la dureza de la mente. “¿No es mi palabra como el fuego y como el martillo que rompe las piedras?” (Jer 23, 29). “En medio de la tierra”, o sea, en la mente del pecador, que es llamada tierra, porque “sabe” a cosas terrenas. Se dice “en medio”, porque está puesta entre la misericordia y la justicia. Se lee en Juan: “Jesús solo quedó y la mujer que estaba de pie en el medio” (8, 9), o sea, entre la misericordia y la justicia.

    “Tierra de exterminio”. Dos son los puntos extremos.- la entrada y la salida de nuestra vida. Cuando la mente del hombre no mora sobre ellos, o sea, no reflexiona, entonces es “exterminada”, o sea, puesta fuera de estos dos términos (en latín, extra términos). “El clamor rodeó los términos de Moab” (Is 15, 8). Moab es figura del pecador; y en sus dos términos, o confines, se siente este clamor: cuando viene al mundo, llora y grita él; y cuando sale, lloran sus parientes. Dice el Eclesiastés: “Con el cadáver darán una vuelta alrededor de la plaza, llorando” (Ecle 12, 5).

    “Espada afilada”, en la confesión. La gracia llega a ser espada afilada, cuando afila la lengua del pecador en la confesión, para que pueda decir con Isaías: “Y puso mi boca como espada afilada” (49, 2). Y de esto dice el Señor a Ezequiel: “Y tú, hijo del hombre, toma una espada afilada, como una navaja de barbero, y pásala sobre tu cabeza y rasúrate la barba” (5, 1). El pecador con la espada de la confesión debe rapar la cabeza, en la que está la mente, para que no quede ningún pecado en la conciencia, y rasurarse la barba, en la que está figurado el valor de las buenas obras, para que no confíe en sí sino en el Señor, del cual proviene todo bien.

    “Lleva tu decreto irrevocable”. La verdadera confesión desconoce la simulación, sino que manifiesta la verdad de la conciencia en presencia del Altísimo y de su confesor; y así reconoce en sí la absoluta soberanía de Dios.

    Ten en cuenta que cuatro son los enemigos de la confesión: el apego al pecado, la vergüenza de confesarse, el miedo de la penitencia y la desesperanza del perdón. El que en la confesión derrota completamente a estos cuatro enemigos, sin duda restaura en sí mismo el completo dominio del Señor.

    “Se detuvo y sembró la muerte por todas partes”, en la satisfacción. La gracia está como en pie, cuando produce en el penitente una viril perseverancia en la penitencia, con la que llena de alguna manera de muerte, o sea, de mortificación, todos sus miembros, “para que, muerto al pecado, viva sólo para Dios” (Rom 6, 11). Y entonces se podrá decir de él lo que sigue: “Y, estando en la tierra, tocaba el cielo”. La gracia, aun estando en la tierra, llega a tocar el cielo, cuando hace que el penitente, aun puesto en la carne, toque el cielo con una conducta celestial, para que pueda decir con el Apóstol: “Nuestra patria está en el cielo” (Filp 3, 20).

    Roguemos, pues, queridísimos hermanos, al Señor Jesucristo, para que envíe en medio de esta tierra de exterminio la gracia del Espíritu Santo, que quebrante la dureza de la mente, afile la lengua en la confesión y llene de mortificación los miembros del cuerpo, para que merezcamos tocar el cielo con aspiraciones celestiales.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.

    Cita bíblica