Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XIX después de Pentecostés

    Exordio.

    La gracia espiritual del predicador y su santa conducta

    1. “En aquel tiempo, entrando Jesús en una barca, pasó al otro lado y llegó a su ciudad” (Mt 9, 1). En el primer libro de los Macabeos se cuenta que “el joven Antíoco dio a Jonatán (sumo sacerdote) la facultad de beber en copas de oro, de vestirse de púrpura y de llevar el broche de oro” (11, 58). Vamos a ver lo que signifiquen Antíoco, Jonatán, el oro, la púrpura, el broche de oro.

    Antíoco se interpreta “pobre silencioso”; y así fue figura de Jesucristo que fue pobre y silencioso. Presta atención a estas dos palabras. Cristo fue pobre, porque no tenía dónde reposar la cabeza (Mt 8, 20), sino en la cruz, en la que, “inclinada la cabeza, rindió el espíritu” (Jn 19, 30); y Cristo fue silencioso, porque fue llevado a la muerte como una oveja y, “mientras lo maltrataban, no abrió su boca” (Is 53, 7). Dice Jeremías: “De la boca del Altísimo no saldrán ni lo bueno ni lo malo” (Lam 3, 38).

    Jonatán se interpreta “don de la paloma”, y simboliza al predicador, que recibió el don de la paloma, o sea, del Espíritu Santo, para invitar a los pecadores al gemido columbino de la penitencia. En efecto, en el primer libro de los Reyes, otro Jonatán, el hijo de Saúl, dice a David: “Si digo al muchacho: “He aquí, las flechas están más acá de ti: ¡tómalas!”; entonces ven, porque estás al seguro y no hay para ti peligro alguno. ¡Viva el Señor! En cambio, si digo al muchacho: “He ahí, las flechas están más allá de ti”: ¡vete en paz, porque el Señor te despidió!” (1Rey 20, 22).

    Considera que las flechas son tres: el temor de la separación, por el cual el alma teme separarse de Dios, el dolor en la confesión y el ardor del amor. Estas flechas, lanzadas por el arco del predicador, hieren el alma para hacerla prorrumpir en gemidos y llantos. Pero si estas flechas están más allá del muchacho, o sea, son ignoradas por motivos fútiles, para David no hay más salvación. Si en cambio está más acá del muchacho, para que las vea, para David hay salvación y no hay peligro alguno. ¡Viva el Señor!

    A este Jonatán, o sea, al predicador, da Cristo la facultad de beber en vasos de oro, de vestirse de púrpura y de tener un broche de oro. En el oro está simbolizada la luz de la sabiduría, en la púrpura la sangre de la pasión del Señor y en el broche de oro la represión de la propia voluntad.

    ¡Afortunado el predicador, a quien está concedida la facultad de beber en copas de oro! A muchos, hoy, les es concedida la facultad de tener el oro, pero no de beber en el oro. Bebe en el oro el que de la luz de la sabiduría que recibió, antes bebe él mismo y después da de beber a los demás. Leemos en el Génesis que Rebeca dijo al siervo de Abraham: “Bebe, señor, y después daré de beber también a tus camellos” (24, 14). Lo mismo dice la sabiduría al predicador: “¡Bebe, señor!”. Lo llama “señor”, porque la facultad que tiene, le fue dada por Cristo. Dice el Génesis: “Estarás bajo la potestad del hombre, que te dominará” (3, 16). ¡Afortunado el hombre, que “domina” la sabiduría que le fue dada! “Domina” la sabiduría aquel que no se la atribuye a si mismo sino a Dios y que vive en conformidad con lo que predica. “Bebe, pues, señor; y después daré de beber a tus camellos”, o sea, a tus oyentes.

    Lo mismo dice el Señor en Juan: “Ahora saquen agua y llévenla al arquitriclino”, o sea, al director de mesa (Jn 2, 8). Arquitriclino es un término griego que deriva de azyos, jefe, de tría, tres, y de clinos, lecho. Arquitriclino es, pues, jefe de tres lechos. Porque los antiguos solían comer recostados en lechos, (dispuestos de a tres). También en la iglesia hay tres “lechos”, o sea, tres “órdenes”, tres categorías, en las que, como en un lecho, descansa el Señor: los casados, los continentes y las vírgenes. Su jefe es el prelado o el predicador, el cual debe beber antes y después dar de beber a los comensales. “Antíoco, pues, concedió a Jonatán la facultad de beber en copas de oro”.

    “Y de vestirse de púrpura”. Se viste de púrpura aquel predicador que con Pablo, predicador insigne, “lleva en su cuerpo los estigmas de Jesucristo” (Gal 6, 17).

    Leemos en el Cantar: “La púrpura del rey unida a los canales” (7, 5) (Las versiones modernas parecen más poéticas: “Tu cabellera es como la púrpura; un rey está prendado de esas trenzas”). El canal se llama así, porque es cóncavo, e indica la humildad del corazón. Por ende: la púrpura del rey, o sea, la pasión de Jesucristo, está unida a los canales, o sea, a los humildes predicadores, por los que fluye el agua de la doctrina para regar los canteros de las hierbas aromáticas, o sea, las almas de los fieles. Nada debe interponerse entre la pasión de Cristo y la vida del predicador, para que éste pueda decir con el Apóstol: “Por Cristo el mundo fue crucificado para mí y yo para el mundo” (6, 14). “Y de llevar el broche, o hebilla, de oro”. En latín, hebilla se dice fibula, de figere, ligar; y es llamada así porque liga, ata; y significa la represión de la propia voluntad; y es dicha hebilla “de oro”, porque de esa represión depende la pureza del alma y del cuerpo. El predicador debe ser ligado con esta hebilla, para poder decir con el Apóstol: “Por el evangelio trabajo hasta llevar las cadenas; pero la palabra de Dios no está encadenada” (2Tim 2, 9). Cuando la voluntad del predicador está ligada, entonces la palabra de Dios en su boca se desata, para llegar libremente al corazón de los oyentes. Por ende, si el prelado de la iglesia o el predicador bebe en el oro de la sabiduría, si lleva la púrpura de la pasión del Señor y si ata su voluntad con la hebilla de oro, entonces podrá de veras subir a la barca con Jesús, pasar a la otra orilla y llegar a su ciudad, como está escrito en el evangelio de hoy: “Jesús subió a una barca …

    2. Observa que en este evangelio se destacan tres momentos. Primero: el ascenso de Jesucristo a la barca, cuando dice: “Jesús subió a una barca”. Segundo- la presentación del paralítico, cuando añade: “He ahí que le presentaron un paralítico”. Tercero: la curación del paralítico, cuando concluye: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”.

    En el introito de la misa de hoy se canta: “Tú eres justo, Señor, en todo lo que nos hiciste” (Dan 3, 29). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los efesios: “Renuévense en el espíritu de su mente” (4, 23). La vamos a dividir en tres partes y hacerla concordar con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Renuévense”; segunda:

    “Repudiando la mentira”; tercera: “El que hurta, ya no hurte”.

    Presta atención que la curación del paralítico, la renovación de la mente y el repudio de la mentira significan la misma cosa: y es por esto que se leen juntos los pasajes del evangelio y de la epístola.

    I Jesucristo sube a la barca

    3. “Jesús subió a la barca, pasó a la otra orilla y llegó a su ciudad”.

    Sentido alegórico. La barca es la cruz, a la que Jesús sube. El mismo lo dijo: “Cuando yo sea elevado de la tierra, lo atraeré todo a mí” (Jn 12, 32), con el anzuelo de la cruz.

    A este propósito leemos en el libro del profeta Amós: “Amós, ¿qué ves?”. Y respondí: “Veo un anzuelo para recoger los frutos”. Y me dijo el Señor: “Llegó el fin para mi pueblo Israel; no esperaré más para castigarlo” (8,2).

    Considera que en los frutos hay tres cualidades: el sabor, el color y el olor. Los frutos son figura de los justos, en los que se hallan el sabor de la contemplación, el color de la santidad y el olor del buen nombre. El Señor atrae cada día a sí estos frutos con el anzuelo de su cruz. Cuando el Señor subió a la cruz, llegó para nosotros el fin, porque se acabó nuestra miseria. El no nos pasó adelante, sino que, más bien, nos hizo pasar con El a la gloria. Y esto es lo que dice el evangelio: “Pasó a la otra orilla y llegó a su ciudad”. Y también Juan dice: “Jesús, sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre” (13, 1). Y es lo que dice el Salmo: “En el camino bebe del torrente; por eso levanta la cabeza” (109, 7). El bebió del torrente de la pasión, durante el camino de su peregrinación terrena; y por eso levantó la cabeza, que antes había inclinado en la cruz, cuando entregó su espíritu.

    4. Sentido moral. Presta atención. Ahora vamos a ver cuál sea el significado de las cuatro palabras: subió, barca, atravesó (el lago) y ciudad.

    El que quiere subir, es necesario que antes descienda. El Apóstol se pregunta en relación a Cristo: “¿Qué quiere decir que El “subió”, sino que antes había descendido en las partes inferiores, o más bajas, de la tierra?” (Ef 4, 9). Y de qué manera tú debas descender, te lo señala Isaías: “Desciende y siéntate en el polvo, virgen hija de Babilonia” (47, 1).

    Presta atención a cada palabra. Oh alma pecadora, que eres llamada virgen por tu esterilidad en obras buenas, Hebra por tu afeminación, Babilonia por la confusión del pecado, desciende de la soberbia de tu corazón, siéntate por humildad en el polvo, en consideración de tu bajeza. Estas son “las partes más bajas de la tierra”. Si antes desciendes para meditarlas, después podrás subir (Glosa).

    Se lee en el Génesis que “Abraham subió de Egipto con todo lo que poseía, dirigiéndose hacia el mediodía”. Más adelante, se lee lo mismo: “Jacob juntó a toda su familia y les dijo: “Levántense y subamos hasta Betel” (Gen 13, 1 y 35, 2-3).

    Abraham y Jacob son figuras del penitente, que de Egipto, o sea, de las tinieblas de sus miserias, sube con toda su familia, o sea, con los pensamientos y afectos de su mente, de los que nada debe permanecer en Egipto. Debes subir en tu totalidad hacia el mediodía, o sea, hacia la contrición de la mente, que es Betel, o sea, “casa de Dios”, casa en la que Dios habita. Dice Isaías: “El Excelso y el Sublime mora en la eternidad, pero también con el humilde y con el contrito de espíritu” (57, 15). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo Iº de Cuaresma, sobre el evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto”.

    5. Sobre todo esto tenemos una concordancia en el primer libro de los Macabeos, donde Judas Macabeo dice: “Nuestros enemigos están derrotados. Subamos, pues, a purificar el santuario y a consagrarlo de nuevo”. Se juntó todo el ejército y subieron al monte Sión. Hallaron el santuario abandonado, el altar profanado, quemadas las puertas y los arbustos crecidos en los atrios como en una quebrada de montaña y las habitaciones destruidas. Rasgaron sus vestiduras y lloraron con gran llanto y se echaron cenizas sobre su cabeza y se postraron rostro en tierra” (4, 36-40).

    De este pasaje bien se puede entender de qué manera el alma es destruida y cómo se puede reedificarla. Judas, o sea, el penitente, después de haber juntado todo su ejército, o sea, todos sus pensamientos y afectos, debe subir al monte Sión, que se interpreta “atalaya”, o sea, debe concentrarse en su mente, con la que puede meditar sobre el oriente de su nacimiento, sobre el occidente de su muerte, sobre el septentrión de sus adversidades y sobre el mediodía de la prosperidad mundana. Lo primero: para humillarse; lo segundo: para llorar; lo tercero: para mantenerse fuerte; lo cuarto: para no ensoberbecerse.

    Y porque el hombre conoce la pérdida de sus bienes, cuando antes examina a fondo los males cometidos, el pasaje de los Macabeos continúa: “Vieron el santuario abandonado”. El santuario es abandonado, cuando el alma, santificada por el agua del bautismo, cae en el pecado mortal, y así se vuelve desierta, privada de la gracia del Espíritu Santo. Se profana el altar, cuando se destruye la fe. Las puertas son quemadas, cuando los sentidos del cuerpo son destruidos por el fuego de la concupiscencia. En los patios crecen los arbustos, cuando el corazón está invadido por una multitud de pensamientos y deseos vanos.

    Las habitaciones sagradas, en griego pastophoria, eran dormitorios en el recinto de la casa del Señor y en ellos dormían los levitas, como nos lo recuerda también Ezequiel en su última visión. Las habitaciones se arruinan, cuando los rincones más secretos de la mente son profanados por ¡lícitas apetencias.

    He ahí de qué manera el alma puede ser destruida. Ahora vamos a ver de qué manera puede ser reedificada.

    “Rasgaron sus vestiduras”. Presta atención a estos cuatro verbos: rasgaron, lloraron, esparcieron cenizas, se postraron. En la rasgadura de los vestidos está indicada la contrición del corazón; en el llanto, una confesión con lágrimas; en la imposición de las cenizas sobre la cabeza, la humilde satisfacción por los pecados cometidos; en postrarse rostro en tierra, el pensamiento de la final disolución de nuestro ser. Por eso se dijo al primer hombre: “Eres polvo y al polvo regresarás” (Gen 3, 19). El que así con Judas sube al monte Sión para purificar y consagrar de nuevo el santuario, sube con todo derecho a la barca junto con Jesús.

    6. Y considera que para el gobierno de la barca son necesarios al menos cuatro instrumentos: el palo, el velamen, los remos y el ancla. En el palo se designa la contrición del corazón; en el velamen, la confesión de la boca: como el velamen está atado al palo, así la confesión está unida a la contrición; en los remos, las obras de satisfacción: el ayuno, la oración y la limosna; y en el ancla, el recuerdo de la muerte. Como el ancla detiene la barca, para que no se hunda entre los escollos, así el pensamiento de la muerte detiene nuestra vida, para que no se precipite en el pecado. Dice Salomón. “Acuérdate de tus postrimerías y jamás pecarás” (Sir 7, 40). Por ende, el que desea pasar de la orilla de esta vida mortal a la orilla de la inmortalidad, o sea, llegar a la ciudad de la Jerusalén celestial, suba a la barca de la penitencia.

    Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Renuévense en el espíritu de su mente y revístanse del hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad (Ef 4, 2324). He aquí que te es indicado de qué manera se purifica y se consagra de nuevo el monte Sión. “Subió Judas para purificar y consagrar de nuevo el santuario”. Y el Apóstol dice: “Renuévense en el espíritu de su mente”, mediante la contrición del corazón, “y revístanse del hombre nuevo”, mediante la confesión de la boca, “que fue creado por Dios en la justicia y en la santidad de la verdad”, mediante las obras de satisfacción; y así podrás subir a la barca y llegar a la ciudad de la gloria celestial.

    Nos lleve a la gloria celestial aquel Jesús que subió a la barca de la cruz y al tercer día resucitó como hombre nuevo. A El sean honor y gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - El paralítico llevado a Jesucristo

    7. “He ahí que le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver su fe, Jesús dijo al paralítico: “¡Ten confianza, hijo; tus pecados te son perdonados!”.

    Advierte la Glosa que algunas enfermedades vienen a causa de los pecados, que deben ser perdonados antes de que se reintegre la salud”.

    En cinco modos llegan las enfermedades: o para aumentar los méritos de los justos, como sucedió a Job; o para preservar la virtud y no ser tentado por la soberbia, como sucedió a Pablo; o para corregir los pecados, como sucedió con María, la hermana de Moisés, afectada por la lepra, y como sucedió al paralítico de este evangelio; o para manifestar la gloria de Dios, como sucedió al ciego de nacimiento y a Lázaro; o también como comienzo de la pena eterna, como sucedió a Herodes, para que se vea desde aquí abajo lo que seguirá después en el infierno. Dice Jeremías: “Aflígelos, Señor, con doble castigo” (17, 18). Vamos a ver cuál sea el significado moral del paralítico, de la camilla y de los que llevan al paralítico a Jesús.

    La parálisis debe su nombre a que inmoviliza la mitad del cuerpo; si todo el cuerpo queda inmovilizado, entonces sería apoplejía. Más precisamente, la parálisis se debe a un choque en el cuerpo, causado por un fuerte enfriamiento, en todo el cuerpo o en una parte. La parálisis es una descomposición de los miembros y simboliza la voluptuosidad de la carne, que es como una camilla, en la que el paralítico, o sea, el alma, yace deshecha. Dice Jeremías: “¿Hasta cuándo te destruirás en los placeres, hija vagabunda?” (31, 22). Cuando la carne es destruida por el placer, el alma, como el paralítico, yace deshecha en la molicie de la carne.

    8. De este lecho, la meretriz dice: “Tejí mi lecho con cordoncillos, extendí sobre él colchas recamadas de Egipto, he perfumado mi yacija con mirra, áloe y canela. Ven, embriaguémonos a los pechos, gocémonos con los ansiados abrazos hasta que despunte el día” (Prov 7, 16-18). El lecho, o sea, el placer carnal, está tejido con los cordones de los pecados; están extendidas colchas recamadas, o sea, los diversos placeres, que vienen de Egipto, o sea, de las tinieblas de la conciencia. Y como la risa se mezcla al dolor y el placer a la amargura, por esto añade: “Perfumé mi yacija con mirra, áloe y canela”. En la mirra y en el áloe, que son especias amargas, está simbolizada la amargura de la pena; en la canela, que es perfumada, está representado el placer de la carne.

    Dice la prostituta, o sea, la carne, al joven, o sea, al espíritu. “Ven”, mediante el consentimiento; “embriaguémonos a los pechos”, o sea, con la gula y la lujuria, mediante el asentimiento de las obras; “gocémonos con los ansiados abrazos”, con las ataduras de las costumbres; “hasta que amanezca el día”. Y esto es la pura verdad, porque la carne no puede engañar a nadie sino en la noche de la ignorancia; y por esto nada teme tanto como el día, o sea, la luz de la inteligencia. He ahí como el paralítico yace deshecho en su cama.

    Se lee en el libro de Judit que Holofernes “yacía en su lecho, hundido en el sueño a causa de una solemne borrachera” (13, 4). Holofernes se interpreta “el que debilita al ternero gordo”, y simboliza el espíritu del pecador que, al debilitarse por el consentimiento de la carne, debilita también al ternero gordo, o sea, su carne, engordada con la abundancia de las cosas temporales, en cuyo placer yace como en un lecho, hundido en el sueño a causa de una gran borrachera.

    Se lee en los Proverbios: “Serás como uno que duerme en medio del mar, como un timonel hundido en el sueño y que abandonó el timón, y dirás: “Me golpearon, pero no me dolió; me arrastraron, pero no sentí nada” (23, 34-35). Duerme en medio del inar el que queda aturdido por los oleajes de los pensamientos y por la amargura de los pecados; y es como un timonel, sumergido en el sueño y que abandonó el timón, o sea, el timón de la razón, y Heva la barca de su vida hacia el Caribdis (escollo) de la muerte eterna. No sufre cuando es golpeado por los demonios, ni siente cuando es arrastrado por los distintos vicios, “como un buey llevado al matadero” (Prov 7, 22). He ahí, pues, que el paralítico yace en el lecho, del que habla Salomón: “Dice el perezoso: “Hay un león por el camino, y una leona merodea por las sendas. Como la puerta gira sobre sus quicios, así el perezoso gira en su lecho” (Prov 26, 13-14). El león es el diablo; y la leona, la concupiscencia de la carne.

    Perezoso suena como pédibus aeger, enfermo a los pies; y es figura del glotón y del lujurioso, que están enfermos a los pies, o sea, carecen de los sentimientos de la buena voluntad, y yacen enfermos y paralizados en el lecho de su miserable voluptuosidad. No pudiendo resistir a las tentaciones del diablo ni pudiendo reprimir la concupiscencia de la carne, no quiere salir afuera para darse a las obras de penitencia; y así se revuelca en los placeres de la carne, como una puerta gira sobre sus quicios.

    9. Mateo escribe: “He ahí que le presentaron a Jesús a un paralítico que yacía en su camilla” (9, 2). Y Marcos así dice: “Acudieron a Jesús con un paralítico, llevado por cuatro personas. Y no pudiendo presentárselo directamente delante de El a causa de la multitud, descubrieron el techo de la habitación donde estaba Jesús, hicieron una abertura y bajaron la camina en la que yacía el paralítico” (2, 3-4).

    La humildad y la pobreza, la paciencia y la obediencia son las cuatro virtudes que presentan a Jesús el alma que yace deshecha en los placeres de la carne. Y como a causa de la multitud, o sea, de la turbación de los deseos carnales no pueden presentárselo a Jesús, descubren el techo, hacen una abertura y bajan delante de Jesús la camilla con el paralítico dentro.

    Considera que hay un cuádruple techo: el de la soberbia, el de la avaricia, el de la obstinación y el de la ira. Estos son, como dice el eclesiástico (hombre de iglesia y no el libro), “techos que gotean”, o sea, que ciegan el ojo de la razón (Prov 19, 13). Dice Isaías: “¿Qué tienes también tú que subiste a los techos?” (22, 1). Y David: “Serán como la hierba del tejado que se seca antes que crezca” (Salm 128, 6).

    Este techo, que cubre y oscurece el rostro del alma, para que no vea la luz de la justicia, las cuatro susodichas virtudes lo descubren con la contrición del corazón y hacen una abertura mediante la confesión de la boca; y así bajan delante de Jesús, confiando en su misericordia, el alma y el cuerpo por medio de la satisfacción penitencial. Nadie puede llegar a Jesús si no es transportado por estas cuatro virtudes.

    Explica la Glosa: “Es como llevado por cuatro personas aquel que por estas cuatro virtudes es elevado hasta Dios con la confianza de la mente. De ellas está escrito: “La sabiduría enseña la sobriedad y la sabiduría, la justicia y la fortaleza” (Sab 8, 7). Otros autores las llaman: “prudencia, fortaleza, templanza y justicia”.

    10. “Jesús, al ver la fe de ellos, dice al paralítico: “Confía, hijo, te son perdonados tus pecados”. La Glosa comenta: “Delante de Dios vale mucho la fe propia; y también valió mucho la fe de los demás, tanto que el hombre se levantó en seguida, curado en el alma y en el cuerpo, y que por mérito de los demás le fueron perdonados sus errores”.

    ¡Increíble humildad de Jesús! Llama hijo a aquel enfermo, despreciado por los hombres y deshecho en todos sus miembros! Por cierto, lo llama así porque le fueron perdonados sus pecados.

    Presta atención a estos tres detalles: al ver su fe, ten confianza, te son perdonados los pecados. La fe sin el amor es inútil; en cambio, la fe con el amor es propia del cristiano. Ponderamos que una cosa es “creer a Dios, creer Dios y creer en Dios”. Creer a Dios significa creer verdadero todo lo que El dice, y esto lo hacen también los malvados; también nosotros creemos al hombre, pero no creemos en el hombre. Creer Dios significa creer que Dios existe, lo que hacen también los demonios. En fin, creer en Dios quiere decir creer y amarlo, creer e ir a El, creer y adherir a El; y Regar así a ser incorporados como sus miembros. Esta es la fe que justifica al impío. Por ende, donde hay tal fe, allí hay la confianza en la misericordia de Dios, y allí hay también la remisión de la culpa.

    “Entonces algunos escribas comenzaron a pensar dentro de sí: “Este blasfema”. Como no creen que Jesús sea el verdadero Dios, piensan que Jesús blasfema cuando dice remitir los pecados. Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les preguntó: “¿Por qué piensan mal en sus corazones?” (Mt 9, 3-4).

    El pensamiento es llamado en latín cogitatío, porque cógit, porque a menudo obliga el ánimo a reflexionar. Jesús ve los pensamientos. En la carta a los hebreos se dice: “A sus ojos todo está desnudo y descubierto” (4, 13). Y el Eclesiástico: “Los ojos del Señor son mil veces más luminosos que el sol: ellos Observan todos los caminos del hombre y las profundidades del abismo, y penetran en el corazón de los hombres hasta los lugares más secretos. Todas las cosas ya las conocía el Señor Dios antes de crearlas; y lo mismo ve todo también después de la creación” (Sir 23, 28-29).

    “¿Por qué, pues, piensan mal en sus corazones?”. Dice el profeta Miqueas: “¡Ay de los que excogitan maldades en sus lechos, y al despuntar la luz de la mañana las llevan a cabo!” (2, 1). Cuando con la complacencia y el consentimiento de la mente tramamos cosas malas en nuestros lechos, o sea, en nuestros corazones, de esa manera obramos el mal a la luz del día, o sea, delante de los ojos del Señor, aunque no lo ejecutemos con las obras. Jesús nos ofrece un ejemplo: “El que mira a una mujer para apetecerla”, o sea, la mira propiamente con el fin de apetecerla, “en su corazón ya cometió adulterio con ella” (Mt 5, 28). Y en esto los escribas podían reconocer que Jesús era Dios, porque veía sus pensamientos.

    “¿Qué es más fácil decir: Te son perdonados tus pecados, o decir: Levántate y anda?”. La Glosa comenta: “Ya que ustedes no creen posible este prodigio espiritual, eso será comprobado por un milagro visible, que no manifiesta menor poder, para que constaten que en el Hijo del hombre está escondida la potencia de la majestad, con la cual El puede perdonar los pecados en cuanto es Dios”.

    11. Con esta segunda parte concuerda la segunda parte de la epístola: “Repudien la mentira, cada uno diga la verdad con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros. Enfádense, pero no quieran pecar. No se ponga el sol sobre su enojo; ni den ocasión al diablo” (Ef 4, 25-27).

    Poco antes dijimos que cuatro son las virtudes que llevan el alma paralítica a Jesús: la humildad y la pobreza, la paciencia y la obediencia, con las cuales derrotamos los cuatro pecados, de los que habla el Apóstol.

    La mentira de la soberbia o de la vanagloria, que finge ser algo, mientras nada es, la derrotamos mediante la humildad. En efecto, se Rama mentira, porque engaña la mente de otro.

    “Digan la verdad”, mediante el amor a la pobreza. ¿Por qué hoy acaece que casi todos dicen falsedades a su prójimo, sino por avaricia que divide entre ellos a los que deberían ser miembros de Cristo?

    “Enfádense”, contra ustedes, que quiere decir “arrepiéntanse”; .y no quieran pecar”. El encolerizado piensa mal; y así el diablo se inserta, para que obre el mal. Y por ende la paciencia es necesaria para vencer la ira. Otro sentido:

    “Enfádense”, o sea, indígnense contra ustedes mismos con tanta vehemencia que desistan de pecar.

    “El sol”, o sea, Cristo, “no tramonte”, o sea, no abandone la mente. Y la ira es como un monte que se interpone, oscureciéndonos el Sol. He ahí cómo con estas palabras el Apóstol nos invita a la paciencia.

    Símilmente, el Apóstol nos invita a la obediencia, al decir: “No den ocasión al diablo”. El primer hombre, al pecar desobedeciendo, dio ocasión al diablo. En cambio, ustedes obedezcan, porque la obediencia impide al diablo toda ocasión y toda posibilidad de entrar en el alma.

    Te rogamos, pues, oh Señor Jesucristo, que derrotes la mentira de nuestra soberbia con la humildad, que destruyas nuestra avaricia con la pobreza, que venzas la ira con la paciencia y elimines la desobediencia a través de tu obediencia en la pasión; y así mereceremos ser presentados a ti, recibir el perdón de los pecados y gozar contigo sin fin.

    Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III La curación del paralítico

    12. “Entonces Jesús dijo al paralítico: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Y él se levantó y fue a su casa”. (Mt 9, 6-7). Presta atención a los tres verbos: levántate, toma y vete.

    El paralítico se levanta, cuando el pecador abandona los vicios en los cuales yacía. Y sobre esto tenemos una concordancia en el primer libro de los Macabeos, donde se lee que “Matatías se alzó y se estableció en el monte Modín. El tenla cinco hijos” (2, 1-2), que eran judas, Simón, Jonatán, Juan y Eleazar.

    Matatías se interpreta “don de Dios”, y simboliza al penitente, que, por don de Dios, se alza del pecado y se establece en el monte Modín, que se interpreta “juicio”. Agustín: “Sube al tribunal de tu mente, la razón sea el juez, la conciencia el fiscal, el temor sea el verdugo, el dolor sea el tormento y las obras sirvan de testigos”. Este es el monte Modín; y el que se establece en él, de veras resucita de sus pecados. Este Matatías, o sea, este penitente, tiene cinco hijos, o sea, judas, que se interpreta “el que se confiesa”; Simón, “el obediente”; Jonatán, “la paloma”; Juan, “la gracia”; Eleazar, “ayuda de Dios”. Estos son los hijos del penitente, al cual se da el don de Dios, del cual proceden las demás cinco gracias. judas purifica, Simón edifica, Jonatán renueva, Juan adorna, Eleazar protege y conserva.

    Judas purifica el templo, porque la confesión purifica la mente de los vicios. Se dice en el libro de los jueces: “Los hijos de Israel consultaron al Señor, diciendo: “¿Quién de nosotros subirá primero a pelear contra los cananeos y quién será su capitán?”. Respondió el Señor: “Subirá Judá; he aquí que yo le entregué la tierra en sus manos” (1, 1-2). Cananeo se interpreta “celoso”, y simboliza al diablo, que arde de celos fogosos en relación con el alma del pecador y obra con astucia para que Cristo no vuelva. Contra él el penitente debe subir en la confesión, extirparlo de la tierra de su mente y purificar el alma de los vicios.

    Simón edifica, porque para este fin se esfuerza por obedecer, para que se eleve en alto el edificio de las buenas obras. Dice de él Matatías: “He ahí a Simón, su hermano: sé que es un hombre de acrisolada prudencia. Escúchenlo siempre; y él será para ustedes como un padre” (1 Mac 2, 65). La obediencia es la mejor consejera, porque enseña a mortificar la propia voluntad, que es el camino que lleva al infierno, y a cumplir la voluntad de aquel que es el camino para el cielo (Cristo). De este edificio dice Gregorio: “La obediencia es la sola virtud que enlaza las demás virtudes y las conserva”.

    Jonatán no desiste de renovar el santuario, porque la simplicidad de la paloma reedifica lo que la astucia del antiguo enemigo diariamente destruye, y destruyó en el primer hombre. Se lee en el Génesis que por la tarde la paloma regresó al arca de Noé, llevando una rama de olivo con las hojas verdes en su boca” (Gen 8, 1 l). vamos a ver cuál sea el significado de la paloma, de la tarde, de Noé, del arca, de la rama de olivo y de las hojas verdes. Paloma se dice en latín columba, es decir, colens lumbos, que cuida los lomos; y simboliza la simplicidad y la pureza, virtudes que cuidan los lomos, porque reprimen la lujuria. Esta paloma vuelve al arca de Noé, el penitente, y entra en su mente; y esto por la tarde, o sea, cuando en él se enfrían el sol de la prosperidad y el ardor de la concupiscencia carnal; y entonces lleva la rama de olivo con las hojas verdes. En la rama se designa la constancia de la mente; en la aceituna, la serena tranquilidad de la conciencia; y en las hojas verdes, las palabras de la salvación. Todo esto lo trae la paloma, cuando la simplicidad entra en la mente del penitente; y así Jonatán renueva lo que se había arruinado.

    Símilmente, Juan adorna la fachada del templo con coronas de oro, porque la gracia del Espíritu Santo adorna nuestras obras con la pura intención. Dice Isaías: “En gran manera me gozaré en el Señor, porque me revistió con las vestiduras de la salvación, y me envolvió con el manto de la justicia como a un esposo, ataviado con la corona” (61, 10). El Señor reviste al penitente con la vestimenta de la salvación por medio de la contrición, y lo envuelve con el manto de la justicia en la confesión, y como a un esposo ataviado con la corona lo adorna con las obras de satisfacción, que deben proceder de la pureza de la mente.

    Sin embargo, como todas estas cosas no consiguen efecto alguno, si no interviene la ayuda de Dios, por eso se añade el quinto hermano, Eleazar. Con la ayuda de Dios, lo que se comienza, se acrecienta; y lo que se acrecienta, se conserva; y lo que se conserva, conserva a su vez al penitente y después lo corona con el premio de la vida eterna. Diga, pues, el Señor al paralítico: “¡Levántate! “. 13.”Toma tu camilla”. Comenta la Glosa: “Tomar la camilla significa distraer la carne de los deseos terrenales y elevarla al querer del espíritu, para que, lo que fue testimonio de la enfermedad, sea ahora prueba de curación”. “Toma, pues, tu camilla”, o sea, aleja tu carne de los placeres terrenales, mediante la continencia y con la esperanza de los bienes celestiales.

    A este propósito tenemos algo semejante en el segundo libro de los Reyes, donde se dice que “David derrotó a los filisteos y los sometió, y quitó de las manos de los filisteos el freno, o sea, el derecho del tributo. Derrotó también a los de Moab, los hacía tender por tierra y los medía con un cordel. “Midió dos cordeles: uno para hacerlos morir, y otro para dejarlos en vida (una especie de diezmación); y los moabitas llegaron a ser súbditos de David y sus tributarios” (8, 1-2).

    Este es el sentido literal. “David derrotó a los filisteos y les quitó de sus manos el freno”, o sea, el poder del tributo, que ellos tenían sobre Israel. “Derrotó a los moabitas y los midió con un cordel”, o sea, dio la heredad a quien quería; “los hizo tender por tierra”, o sea, los humilló mucho. “Y midió dos cordeles”, o sea, decidió a su arbitrio a quién hacer morir y a quién dejar vivir (Glosa). Y éste es el sentido moral. Los filisteos se interpretan “caídos beodos”, y simbolizan los sentidos del cuerpo que, embriagados por la bebida de la vanidad mundana, caen en la fosa del pecado. Son llamados también “doble ruina”, porque se llevan a la ruina a si mismos y a su alma. De esta ruina habla el Señor: “El que oye mis palabras y no las practica, se asemeja a un hombre insensato, que edificó su casa”, o sea, su comportamiento, “sobre la arena”, o sea, sobre el amor a las cosas temporales. “Cayó la lluvia” de las sugestiones diabólicas, “y vinieron los ríos” de la concupiscencia carnal, “y soplaron los vientos” de la adversidad o de la prosperidad mundana; “y dieron con ímpetu contra aquella casa, que cayó”, porque su fundamento era la arena. Decir arena es como decir árida; en efecto, los bienes temporales son áridos, o sea, están privados del humor de la gracia. “Y la ruina de aquella casa fue grande” (Mt 7, 26-27).

    David derrota y humilla a los filisteos, cuando el penitente derrota los sentidos del cuerpo por medio de la mortificación de la carne y los humilla y somete por medio de la consideración de su bajeza. Entonces quita el freno del tributo, o sea, la concupiscencia de la gula y de la carne, con la que antes los sentidos solían refrenarlo, para que no pudiese comer el forraje de la encarnación del Señor, puesto en el pesebre, sino sólo beber el agua de los placeres terrenales. El caballo que tiene el freno, no puede comer, sino sólo beber.

    De este tributo se lamenta Jeremías: “La señora entre las provincias está sometida al tributo” (Lam 1, 1). El alma, una vez señora de las provincias, o sea, de los cinco sentidos, fue sometida al tributo de la concupiscencia carnal; pero David quita de sus manos, o sea, de su poder, el freno del tributo, cuando toma su camilla, o sea, crucifica la carne con sus vicios y concupiscencias (Gal 5, 24). “Y derrotó a los moabitas”. Moab se interpreta “del padre”, y simboliza los estímulos carnales, que hemos heredado de nuestros padres. Cada vez que este Moab levanta la cabeza, en seguida debemos golpearlo, o sea, reprimirlo, y con el cordel, o sea, con una severa penitencia, siempre aplicada con discreción, debemos hacerlo tender por tierra, o sea, humillarlo, o sea, que el castigo sea proporcionado a la culpa.

    Debemos también medir dos cordeles, o sea, dos especies de compunción: una con respecto a los pecados, y es para matar, o sea, mortificar los estímulos de la carne; y la otra con respecto a la gloria futura, y es para dar vida y aliento a nuestro espíritu.

    Y el evangelio continúa: “Y vete a tu casa”. Ir a casa significa regresar al paraíso, que fue la primera morada del hombre, o también retomar la vigilancia interior sobre sí mismo, para que no vuelva a pecar. “Y el paralítico se levantó y fue a su casa”. Comenta la Glosa: “Grande es el poder, que la curación siga inmediatamente al mandato de Jesús. Por eso, con toda razón, los presentes, desistiendo de las blasfemias, estupefactos, prorrumpen en alabanza de tan sublime Majestad”. “A aquella vista, la gente fue presa del temor y glorificó a Dios, que dio tal poder a los hombres”. Considera estos dos verbos: temió y glorificó. En efecto, en el introito de la misa de hoy se canta: “Todo lo que nos hiciste, Señor, lo hiciste con recto juicio, porque hemos pecado contra ti y no hemos obedecido a tus mandatos” (Dan 3, 29-3 1). Todo esto te dice claramente que el paralítico fue golpeado por esa enfermedad a causa de sus pecados, y de ella no podía ser curada si antes no le fuesen perdonados los pecados. Por ende, debemos creer que todo lo que hizo el Señor, lo hizo con recto juicio, y debemos imputar el castigo a nuestros pecados; y debemos glorificarlo junto a la gente y decir: “Da gloria a tu nombre y obra con nosotros según tu misericordia” (Dan 3, 42-43). Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “El que hurtaba, no hurte más”: he aquí: “¡Levántate!”; “más bien, trabaje honestamente con sus manos”: he ahí: “Toma tu camilla”, porque el que quiere dedicarse a alguna obra buena, debe tomar el lecho de su carne; “para compartir con el que padece necesidad”: he ahí: “Vete a tu casa”. Va a su casa el que prodiga obras de misericordia a su alma que padece gran necesidad.

    Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos haga resurgir del pecado, tornar el lecho de nuestra carne y retornar a la casa de la bienaventuranza celestial.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito, dulce y amable por los siglos eternos. Y toda alma que se alza del lecho de la carne, responda: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

    Cita bíblica