Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo III después de la Octava de la Epifanía

    Exordio.

    Sermón sobre el predicador y sobre la agrupación de los pecadores

    1. “En aquel tiempo, Jesús entró en una barca y sus discípulos lo siguieron” (Mt 8, 23).

    Se lee en el libro de Josué: “Sube a la floresta y corta plantas, para crearte unos espacios en la tierra de los ferezeos y de los refaítas” (17, 15). La floresta simboliza la estéril agrupación de los pecadores: fría, oscura y llena de fieras. Fría por la ausencia de la caridad. Dice Jesús: “Se multiplicó la maldad y se enfrió la caridad” (Mt 24, 12). Oscura por la ausencia de la verdadera luz: “Los hombres prefirieron las tinieblas a la luz” (Jn 3, 19). Llena de bestias de la gula y de la lujuria, de la usura y de la rapiña: “Fue devastada por el jabalí de la floresta” (Salm 79, 14), o sea, por el diablo. En esta floresta hay también el cazador Nemrod, o sea, el diablo. Entra, pues, en esta floresta, oh predicador; y con el hacha, cuyo mango es la humanidad pero cuyo hierro es la divinidad (de Cristo), corta plantas para crearte un espacio. “El hacha está puesta a la raíz” (Mt 3, 10). El árbol de la grandeza humana y la floresta de la agrupación estéril y pecadora se corta con el hacha de la encarnación del Señor. Si esta “floresta” considera atentamente la cabeza de la divinidad (Cristo) reclinada en el seno de la pobrecilla Virgen, decae de su estado inasequible, y llega a ser un lugar espacioso, en el cual se puede edificar la ciudad del Señor de las virtudes, “alegrada por las corrientes del río” (Salm 45, 5). “Y éste es el cambio de la derecha del Altísimo” (76, 11), para que “donde abundó el pecado, sobreabunde la gracia” (Rom 5, 20).

    “En los territorios de los ferezeos”, que se interpretan “separados”, “y de los refaitas”, que se interpretan “gigantes” o también “madres disolutas”. En esta triple interpretación está indicada esa maldita terna, integrada por la soberbia, la avaricia y la lujuria. Los soberbios de espíritu se separan de los demás por su altanería; los avaros son como los gigantes, hijos de la tierra y preocupados de las cosas terrenas; y los lujuriosos son como madres disolutas, que con los dos pechos de la gula y de la lujuria alimentan los afectos de la carne.

    Para abatir esta floresta, arraigada en este territorio, el predicador suba, siguiendo las huellas del que sube a la barca, como dice el evangelio de hoy: “Jesús subió a la barca”: la barca de la cruz y de la penitencia.

    La barca de la Cruz y de la penitencia

    2. “La barca es la cruz de Jesucristo, con cuya ayuda Regamos a la orilla de la patria celestial” (Glosa).

    Y Observa que, como la barca es estrecha en las dos extremidades (proa y popa) y ancha en el centro, así la cruz en su comienzo y en su fin, o sea, en la enclavadura y desclavadura de los manos y de los pies fue estrecha, o sea, llena de tormentos. En cambio, fue de alguna manera muy ancha en el centro, o sea, cuando oré por los crucificadores, cuando prometió el reino al buen ladrón y cuando encomendó a la madre al discípulo. Sobre esta barca consulta el sermón del domingo XIX después de Pentecostés, sobre el evangelio: “Jesús subió a la barca y cruzó el lago”, primera parte.

    “Y lo siguieron sus discípulos”. Esto es lo que dice el Señor en Jeremías: “Me llamarás Padre, y no dejarás de seguirme” (3, 19). ¡Bienaventurada el alma que puede decir a Jesús lo que le dijo Rut a Noemí: “Adonde tú vayas, iré yo también; y donde tú mores, moraré yo también”! (1, 16). Y Elías en el tercer libro de los Reyes: “Si el Señor es Dios, ¡síganlo!” (18, 21). En verdad, El es el Señor nuestro Dios, que, para salvarnos, subió a la cruz. Sigámosle, pues, llevando la cruz de la penitencia. “Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16, 24).

    Se lee en la Historia Natural que la pantera exhala un delicioso aroma, que atrae irresistiblemente al ganado, que, apenas husmea su presencia, se apresura a reunírsele y a seguirla (Aristóteles). El frasco de perfume, quebrado en la cruz, inundó el mundo entero con su aroma (Jn 12, 3). Síganle, pues, los discípulos; corran los cristianos en pos del perfume del Crucificado.

    “Y lo siguieron sus discípulos”. Se lee en el cuarto libro de los Reyes: “Mientras los hijos de los profetas cortaban la madera, sucedió que a uno de ellos se le escapó el hierro del hacha en el agua; y gritó, diciendo: “¡Ay, mi señor! ¡Lo había recibido en préstamo!”. Le preguntó Eliseo: “¿Dónde cayó?”. Y el otro le mostró el lugar. Eliseo tomó un palo y lo echó allí y el hierro flotó. Le dijo: “¡Toma!”. El otro extendió la mano y lo tomó” (6, 4-7).

    El hierro simboliza al género humano que, por el peso de los pecados, del árbol prohibido cayó a las aguas de la miseria y de la culpa. Pero el verdadero Eliseo, Jesucristo, por medio del leño de la cruz y las aguas del bautismo, lo liberó. El hierro flota hacia el leño, cuando el pecador convertido se somete a llevar la cruz de Cristo.

    “Y he aquí que en el mar se levantó una tempestad tan violenta que las olas cubrían la barca; pero Jesús dormía” (Mt 8, 24). Cuando Jesús en la cruz se durmió en el sueño de la muerte, sus discípulos, no dando ninguna importancia a la cruz, desfallecieron en la firmeza de la fe; pero luego lo despertaron, cuando ansiaron su resurrección. “Jesús les reprochó su incredulidad, diciendo: “¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer! ¿No era necesario que Cristo sufriese para entrar así en su gloria?”. Y mandó al viento y al mar” (Lc 24, 25-26; y Mt 8, 26), cuando cesó su incredulidad.

    3. En sentido moral. Cuando alguien sube a la barca de la penitencia, se desencadena en el mar una gran tempestad. El mar es el corazón. Dice Jeremías: “Profundo e insondable es el corazón del hombre; ¿quién puede conocerlo? “ (17, 9).

    “¡Impresionantes son los hervores del mar! “ (Salm 92, 4), o sea, del corazón, cuando se hincha de soberbia, cuando se expande más allá de los límites por la ambición, cuando se oscurece por la tristeza, cuando se conturba por vanos pensamientos, cuando produce la espuma de la gula y de la lujuria. Estos son “los reptiles cuyo número se desconoce” (Salm 103, 25).

    “He aquí que en el mar se levantó una violenta tempestad”. Tenemos una concordancia en el profeta Jonás: “El Señor desencadenó -o sea, permitió que se desencadenara- en el mar un viento recio, y se originó en el mar una tan violenta tempestad que la nave corría el riesgo de partirse. Los marineros fueron atrapados por un gran espanto… porque el mar se iba siempre más hinchándose contra ellos” (1, 4-13). Algo semejante hallamos en los Hechos de los Apóstoles. Escribe Lucas: “Se abatió contra la nave un viento huracanado, llamado euroaquilón. La nave fue arrebatada y, no pudiendo poner proa al viento, fue abandonada a los oleajes; y nos dejamos arrastrar” (Hech 27, 14-15).

    Experimentan las convulsiones del mar, los ímpetus del viento y los estruendos de los oleajes los que suben a la barca de la penitencia, porque el que disiente, siente. Dice Moisés en el Éxodo: “Desde el momento que me acerqué al faraón, para hablarle en tu nombre, el faraón comenzó a afligir a mi pueblo” (5, 23). O sea, el diablo despreciado desencadena el alboroto y provoca la tempestad en el mar. Marcos dice que “el diablo, gritando y atormentándolo, salió del endemoniado” (9, 25).

    4. “Pero Jesús dormía”. Dice Marcos: “Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal” (4, 38). Vamos a analizar lo que signifiquen el sueño de Cristo, la popa y el cabezal.

    El sueño simboliza el torpor de la fe; la popa, el fin de nuestra vida; y el cabezal, la molicie de la carne. La fe en Cristo se enerva en la molicie de la carne. Dice jeremías: “¿Hasta cuándo te disiparás en los placeres, hija vagabunda?” (31, 22). Dice Pablo: “Los afeminados no poseerán el reino de los cielos” (1 Co 6, 10). Cuando nuestra carne se enerva en los placeres, la fe en Cristo se debilita en nosotros; y así el alma, sentada a popa, cierra los ojos, porque, entregada a los placeres, no medita en la miserable conclusión de su vida.

    “Los discípulos se le acercaron, lo despertaron y le dijeron: “¡Señor, sálvanos, porque perecemos!” (Mt 8, 25). Sin duda, perece aquel en el cual no se halla la fe de Cristo; y debe ser despertada aumentando la devoción, gritando los pecados en la confesión y llevando a cabo obras buenas.

    “Entonces Jesús se levantó y mandó al viento y al mar ” (8, 26). Algo semejante se lee en Job: “¿Quién cerró con puertas el mar? ¿Quién le dijo: “Hasta aquí llegarás y ya no avanzarás; y aquí se romperán tus hinchados oleajes?” (38, 8-1 l). Como si dijera: “Sólo el Señor cierra con compuertas el mar, o sea, la amargura de la persecución o de la tentación diabólica; y así, cuando a El le agrade, vienen las tentaciones; y, cuando le agrade, se alejan”. Y cuando hace cesar las tentaciones, manda: “Aquí se romperán tus hinchados oleajes”. Y dice Isaías: “El yugo se pudrirá en el contacto con el aceite” (10, 27); o sea, cesará la tentación en presencia de la misericordia de Jesús.

    Por eso, cuando somos tentados, con toda la devoción de la mente debemos decir: “En nombre de Jesús Nazareno, que mandó a los vientos y al mar, yo te mando, oh diablo, que te alejes de mí”. “Y se hizo una gran bonanza” (Mt 8, 26). Esto es también lo que dice Sara en el libro de Tobías: “Estoy plenamente segura, Señor, que todo aquel que te honra, cuando su vida se halle en la prueba, será ayudado; si se halla en la tribulación, será liberado; y si se halla en la corrección, podrá acudir a tu misericordia. Tú no te alegras de nuestra ruina, porque, después de la tempestad, traes la tranquilidad; y, después de las lágrimas y el llanto, infundes la alegría” (3, 21-22).

    5. Y como no se puede gozar de la paz del corazón sin el amor al prójimo -porque donde hay amor, no hay ni ira ni indignación-, para poseer esa paz, nos invita el Apóstol en la epístola de hoy: “No deban nada a nadie, sino el amarse los unos a los otros. El que ama al prójimo, cumple la ley, porque la plenitud de la ley es el amor” (Rm 13, 8-10). La dilección se llama así, porque liga entre sí a dos personas. Estoy ligado a todo hombre con la deuda de la dilección, que siempre debo pagar. Y si la pago como debo, “por todo lo demás nadie me procure fastidio” (Gal 6, 17), porque a nadie debo nada sino sólo esto. Todo aquel que pretende de mí algo diferente, ya no se comporta según la ley de la dilección: “La dilección no hace mal al prójimo”.

    Cita bíblica