Fiesta de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago
1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “¡No se turbe su corazón! “ (Jn 14, 1). En este evangelio se destacan, entre otros, tres argumentos: la eternidad de la morada celestial, la verdad de la fe y la igualdad entre el Padre y el Hijo.
I - La eternidad de la mansión celestial
2. “ ¡No se turbe su corazón! “. Dice la Historia Natural que el corazón es la fuente y el origen de la sangre y (,-s el primer miembro que recibe la sangre; y que es la fuente de los impulsos relacionados con las cosas agradables y con las cosas desagradables y dañosas. Todas las emociones de cada sentido arrancan de él y a él retornan; y su acción se ejerce en todos los miembros del cuerpo (Aristóteles). ¡No se turbe, pues, su corazón, porque si se turba el corazón, se turban también todos los otros miembros!
Y Observa que los corazones se diversifican entre sí tanto en la grandeza como en la pequeñez, en la delicadeza como en la dureza. El corazón de los animales, privados de sentimiento, es duro, mientras el corazón de los animales, dotados de sentimiento, es tierno. Además, el animal que tiene un corazón grande, es tímido, mientras el que tiene un corazón más bien pequeño, es audaz. Y las desgracias que le suceden al animal por su timidez, se deben al poco calor de su corazón, insuficiente para llenarlo todo, porque el poco calor en los corazones grandes se dispersa; y por eso la sangre se hace un tanto fría.
Corazones grandes se hallan en las liebres, en los ciervos, en los asnos y en las ratas y en otros animales en los que se manifiesta la timidez. Y como un pequeño fuego calienta menos una casa grande que una casa pequeña, así hace el calor en el corazón de estos animales, Corazón grande quiere decir corazón soberbio; corazón pequeño quiere decir corazón humilde; corazón tierno es el corazón misericordioso y compasivo, que tienen los que comparten los sufrimientos, las necesidades y la miseria de los demás; corazón duro es el corazón del avaro, que tienen los que están privados de sentimiento. El corazón grande, o sea, el corazón del soberbio, es tímido, porque en él el calor del amor de Dios y del amor del prójimo es muy poco y se enfrió; y por ende se turba fácilmente porque en seguida tiene miedo. Para que, pues, su corazón no se turbe, sea humilde, porque en él será grande el calor del amor y grande la energía para cumplir las obras buenas. Observa también que sólo el corazón, entre los distintos órganos internos, no puede sufrir dolores ni graves enfermedades. Y esto es muy justo porque, si se deteriora el principio, para nada puede ayudar a los otros órganos. Los otros órganos reciben la fuerza del corazón, pero el corazón no la recibe de ellos. “¡No se turbe, pues, su corazón, y no tengan miedo!”.
Entre las diversas cosas que inquietan el corazón, hay la pérdida de una cosa dilecta. Cristo había predicho a los apóstoles su pasión; pero ellos que lo amaban mucho, temían perderlo y por eso podían inquietarse. Los consuela diciendo: “¡No se turbe su corazón, ni tengan miedo!” por la muerte de la carne, porque soy Dios y la resucitaré. Jesús añadió: “Ustedes creen en Dios, crean también en mí” (Jn 14, 1), porque yo soy Dios.
Observa que dijo “creen en Dios”, y no “creen a Dios o que Dios exista”. También los demonios creen que Dios existe, y tiemblan (Sant 2, 19). Cree a Dios el que cree a sus palabras, pero no hace nada bueno. En cambio, cree en Dios aquel que lo ama de todo corazón y se esfuerza por unirse a sus miembros.
3. “Creen en Dios”. He aquí la Glosa de Agustín: “Para que no temieran por su muerte, reputándola como la muerte de un simple hombre, y que por ende quedaran perturbados, los consuela afirmando ser también Dios. Y de nuevo, para que no temieran perderse alejados de él, les asegura que, después de las pruebas, estarían siempre cerca de Dios junto con Cristo”.
Y después continuó: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas” (Jn 14, 2). He ahí la granada, en la que todos los granos están dentro de una única corteza y, sin embargo, cada grano tiene su propia celda. Así en esa gloriosa eternidad habrá una sola casa, un solo denario (recompensa), una única dimensión de vida; pero cada uno tendrá su celda, porque también en la eternidad los honores serán distintos, porque “uno es el esplendor del sol, otro el esplendor de la luna y otro el esplendor de las estrellas” (1Cor 15, 4 1). Sin embargo, a pesar de las diferencias de esplendor, igual será en todos el gozo, porque yo gozaré tanto de tu felicidad como de la mía, y tú gozarás de mi felicidad como de la tuya.
Pongamos un ejemplo. Henos aquí todos juntos: yo tengo en mano una rosa. La rosa es mía, pero también tú disfrutas de su belleza y fragancia como yo. Así será también en la vida eterna: mi gloria será tu disfrute y tu exultación, y viceversa. Y en esa luz, tan grande será el esplendor de los cuerpos que yo podré contemplarme en tu rostro como en un espejo, y tú contemplarte en mi rostro; y de esto brotará un amor inefable. Por eso dice Agustín: “¡Qué vibrante será ese amor, cuando cada uno de nosotros verá su rostro en el del otro, como hoy vemos uno el rostro del otro!”. En esa luz todo será luminoso, nada estará escondido para nadie, nada será oscuro.
Dice el Apocalipsis: “La ciudad de Jerusalén será de oro puro, semejante a terso cristal “ (21, 18). La Jerusalén celestial es llamada “oro puro” por el esplendor de los cuerpos glorificados, que será como el esplendor de un límpido cristal. Como a través de un límpido cristal, todo lo que hay en su interior aparece perfectamente en el exterior, así en esa visión de la paz todos los secretos de los corazones estarán abiertos a todos, y por ende arderán también de una inextinguible e inefable estela de amor recíproco.
Al presente no nos amamos de veras recíprocamente, como se debiera, porque nos escondemos en las tinieblas; y en el secreto del corazón estamos divididos los unos de los otros. Por esto “se enfrió el amor y se multiplicó la maldad” (Mt 24, 12).
“Si así no fuera, se lo hubiera dicho” (Jn 14, 2). He aquí el significado: “Si no hubiera muchas moradas en la casa de mi Padre, se lo habría dicho, o sea, no se lo hubiera escondido, más bien, se lo hubiera dicho claramente que no las hay. En cambio, sepan, sobreentiende, “que justamente voy a prepararles un lugar” (Jn 14, 6).
El padre prepara el lugar para el hijo, y el ave el nido para sus polluelos. De la misma manera, Cristo nos preparó el lugar y el reposo de la vida eterna, pero antes nos preparó el camino para llegar.
Sea El bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
II. - La verdad de la fe
4. “Yo soy el camino” (Jn 14, 6), sin que se equivoquen los que lo buscan. Dice Isaías: “Será llamado camino santo; por él no pasará el impuro; para ustedes éste será el camino recto, para que ni los necios se equivoquen al recorrerlo” (35, 8). “El que quiere ser sabio, que se haga antes necio, para ser sabio” (1Cor 3, 18). El necio sabio no se equivoca recorriendo el camino de Cristo, cuya doctrina enseña a despreciar las cosas temporales y saborear las celestiales.
A este propósito en el libro de los Números se relata que moisés envió mensajeros al rey de Edom, para decirle: “Te rogamos que nos permitas pasar por tus tierras. No pasaremos ni por campos ni por viñedos, no beberemos el agua de tus pozos, sino que pasaremos por el camino público sin desviar ni a la derecha ni a la izquierda, hasta que habremos traspasado tus confines. Iremos por el camino frecuentado” (20, 17-19).
Los hijos de Israel representan a los justos, que pasan por las tierras de Edom, que se interpreta “sanguinario”, o sea, el mundo sangriento por los pecados. No permanecen de manera estable, porque “ ¡ay de los que moran en la tierra!” (Ap 8, 13), sino que son itinerantes. Dice Job: “Interroguen a cualquiera de los viajeros y constatarán que ellos saben estas cosas: que el malvado será preservado en el día de la desgracia y será conducido hasta el día de la ira” (21, 29-30).
Los justos no caminan por los campos malditos de las preocupaciones terrenales, según las cuales Caín mató a Abel, es decir, “la posesión de bienes mató el llanto”, o sea, la penitencia; ni van por las viñas de la concupiscencia carnal y de la lujuria: “Su vino procede de las viñas de Sodoma” (Dt 32, 32). No beben las aguas del pozo de la samaritana, o sea, de la codicia mundana, “de la que el que bebe tiene sed de nuevo” (Jn 4, 13). Ellos caminan por el camino público y trillado, que dice: “Yo soy el camino”.
Camino público en la Palabra, trillado en la flagelación; público en la predicación de los apóstoles, trillado en la persecución; público, porque está a disposición de todos, trillado, porque está pisoteado por casi todos los pies. En efecto, el sarraceno lo niega, el judío lo blasfema, el hereje lo profana, el falso cristiano lo deshonra viviendo deshonestamente. Sólo el justo camina con fidelidad y humildad, no desviando ni a la derecha de la prosperidad para exaltarse ni a la izquierda de la adversidad para desalentarse: camina derecho hasta el confín de la muerte para luego entrar en la tierra prometida.
Salm. “Yo soy la verdad” (Jn 14, 6), sin falsedad para los que la hallan.
Dice el Salmo: “La verdad nació de la tierra” (84, 12). Cristo, la verdad, nació de una tierra virgen; la verdad de la misma fe nace de la madre iglesia. Pero la Verdad precedió, para que luego siguiera la iglesia: “Resplandeció en las tinieblas una luz para los rectos de corazón” (Salm 111, 4).
Se refiere a la verdad lo que está escrito en el tercer libro de Esdras (no forma parte de la Biblia), que dice: “Tres jóvenes, guardias del cuerpo del rey Darío, escribieron estos pensamientos: el primero: que el vino es fuerte; el segundo: que es más fuerte el rey; el tercero - o sea, Zorobabel -: que aún más fuertes son las mujeres; pero sobre todas las cosas vence la verdad” (3 Esd :3, 4 y 10-12).
“La verdad es más grande y más fuerte que todas las cosas. Toda la tierra invoca la verdad y el cielo la bendice. Inicuo es el rey, inicuas son las mujeres, inicuos son todos los hijos de los hombres e inicuas son todas sus obras: en ellos no está la verdad y perecerán en su iniquidad. Pero la verdad permanece y se afirma eternamente, y vive y persiste por los siglos de los siglos. Cerca de ella no hay preferencia de personas, ni se hacen diferencias, sino que hace lo que es justo también con los injustos y malvados; y todos se benefician de sus obras. Y en su juicio no hay nada injusto, sino sólo fortaleza y reino, potestad y majestad en todas las épocas. ¡Bendito sea el Dios de la verdad! ¡Amén! ¡Así sea!” (3 Esd 4, 35-40).
Fuerte es el vino de la codicia terrenal; y, ebrios de él, los mundanos caen de pecado en pecado. Más fuerte es la soberbia del diablo, que es “el rey de todos los hijos de la soberbia” (Job 41,25). Aún más fuerte es la tentación de la carne y de la lujuria. Sin embargo, la verdad de Cristo es la más fuerte de todo y vence todas estas cosas.
6. “Yo soy la vida” (Jn 14, 6), sin muerte para los que perseveran. “Yo vivo y ustedes vivirán” (Jn 14, 1 9).
Dice Isaías: “Los días de mi pueblo serán como los días del árbol” (65, 22). El árbol, nacido en la tierra del seno virginal y plantado junto a las corrientes de agua (Salm 1, 3), o sea, superabundante de carismas, es Jesucristo, cuyos días son eternos, “porque su reino no tendrá fin” (Lc 1, 33). Y también los días de su pueblo elegido que será salvado, serán eternos, porque ya no habrá la muerte; y El, su Dios, “no es el Dios de los muertos, sino de los vivos (Mc 12, 27).
“Yo soy el camino” con mi ejemplo, “yo soy la verdad” en mis promesas y “yo soy la vida” en el premio eterno. Es el camino que no yerra, la verdad que no engaña y la vida que jamás cesará.
7. “Nadie viene al Padre sino por mí” (Jn 14, 6). Dice también: “Yo soy la puerta. El que por mí entra, será salvo; y entrará y saldrá, y hallará pastos” (Jn lo, 9).
Había en Jerusalén una puerta llamada “ojo de la Aguja”, por la cual no podían entrar los camellos, porque era muy baja (Pedro Comestor). Esta puerta es Cristo humilde, y por ella no pueden entrar ni el soberbio ni el avaro con la joroba, porque el que quiere entrar por esta puerta, debe ante todo abajarse y deponer su joroba (su carga), para no tropezar con la puerta.
Y el que entra por esa puerta, se salvará, con tal que sea perseverante; y entrará en la iglesia, para vivir mediante la fe; y saldrá de esta vida, para vivir eternamente; y allí hallará los pastos de la felicidad eterna. ¡Amén! ¡Así sea!
III - Igualdad del Padre Y del Hijo
8. “Dice Felipe a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre, y nos basta” (Jn 14, 5). Hoy se celebra la fiesta de los santos Felipe y Santiago, que ahora viven con Cristo “vida” en las mansiones celestiales. Cuando vivían aquí abajo, siguieron a Cristo “camino” y anunciaron su verdad a los infieles; y hoy, gracias a Cristo “puerta”, entraron en los pastos de la eterna felicidad.
“Señor, muéstranos al Padre, y nos basta”. Cristo había dicho que nadie podía ir al Padre sino por El, que era una cosa sola e inseparable con el Padre; por esto, para que no preguntaran quién era el Padre, Cristo les afirma que, al conocerlo a El, conocen también al Padre, a quien no habían conocido. Luego los reprende, diciendo: “Si me conocen a mí, conocerían también a mi Padre; y desde ahora le conocen y le vieron” (Jn 14, 7). Como de dos cosas perfectamente iguales se dice: “Si viste una, ya viste la otra”; así, habiendo visto al Hijo que era totalmente igual al Padre, debían persuadirse y comprender que tal sería también el Padre, y no diverso. “Ahora ya lo conocen”, habiéndome conocido a mí, “y lo vieron” con el corazón, porque me vieron a mí totalmente igual al Padre.
9. Sin embargo, había otros, entre ellos Felipe, que, aun reconociendo que uno es el Hijo y el otro el Padre, no creían que el Hijo fuese del todo igual, sino que creían que el Padre fuese superior; y de esa manera no conocían ni al Padre ni al Hijo (Glosa). Felipe, teniendo esta opinión, dice a Jesús: “Muéstranos al Padre, y nos basta”, porque, al verlo, quedaremos totalmente satisfechos. Se lee algo semejante en el Éxodo, cuando Moisés dice al Señor: “Muéstrame tu gloria”; y el Señor le responde: “Yo te mostraré todo bien” (33, 18-19). La misma respuesta dio Jesús: “Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre” (Jn 14, 9); y así ve todo el Bien, del que participa todo bueno, cualquiera que sea. Ese Bien, por ser Bien esencial, difunde su bondad a todo lo que existe.
Todo lo que hay en el cielo, como los ángeles, todo lo que hay en la tierra y bajo tierra, todo lo que hay en el aire y en el agua, y todo lo que está dotado de razón y de inteligencia, todo lo que se mueve, vive y existe, proceden de aquel que es el sumo Bien, causa de todas las cosas y manantial de toda bondad.
A El sean el honor y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV- Sermón alegórico
10. “Estos son los dos hijos del esplendor del aceite”, o sea, consagrados, que están delante del Señor de toda la tierra” (Zac 4, 14). Algo semejante se lee en el Génesis: “José tomó a sus dos hijos, Manasés y Efraím, y los nevó a su padre Jacob, que preguntó: “¿Quiénes son éstos?”. Son mis hijos que Dios me dio en este lugar. Dijo Jacob:
“Acércamelos, para que los bendiga”. Y los bendijo, diciendo: “¡Que Dios te haga como Efraím y a Manasés!” (48, 1, 9-20).
¡Que Dios nos haga también a nosotros como Felipe y Santiago, que Dios Padre dio a su Hijo Jesucristo en Egipto, o sea, en este mundo, en la tierra de su peregrinación y de su pobreza!
Felipe se interpreta “boca de la lámpara”, y Efraím “fructífero”. Estos dos conceptos concuerdan perfectamente. Felipe, a los que iluminó con la palabra de la predicación y con la lámpara de la fe, hizo que los mismos produjeran frutos de buenas obras. Se lee en su vida que por veinte años predicó con gran celo el evangelio a los paganos de la Siria (o de la Escitia, según otros escritores), donde derribó una estatua de Marte, debajo de la cual se escondía un ferocísimo dragón, al que ahuyentó, Devolvió la salud a los enfermos, resucitó muertos, y convirtió a la fe de Cristo a muchos miles de personas y las bautizó.
Santiago se interpreta “suplanta al apurado” y Manasés, “olvidadizo”. También estos nombres concuerdan perfectamente. Santiago, olvidando el pasado y las cosas temporales, “suplantó”, o sea, puso bajo la planta de los pies la carne, que tiene prisa para lograr lo que apetece. Dicen que fue hombre de una severa penitencia; no usó el baño ni vestidos de lino, ni carne ni vino. A motivo de su singular santidad, fue elegido por los apóstoles como arzobispo de Jerusalén, y se le atribuyó el sobrenombre de “justo”.
Es llamado “hermano del Señor” y su rostro se le asemejaba muchísimo. Cuando el Señor murió en la cruz, hizo voto de no comer nada hasta su resurrección ; y por eso se dice que el Señor se le apareció el mismo día de la resurrección. Lo afirma el Apóstol: “Se apareció a Santiago y a más de quinientos hermanos a la vez” (1Cor 15, 6-7). Mientras en Jerusalén predicaba a Jesucristo a una gran multitud de gentes, fue precipitado por los judíos desde el pináculo del templo y después fue golpeado en la cabeza con un palo de lavandero; su sangre y su cerebro se esparcieron por tierra; y hoy volvió al Señor.
“Estos son dos crías mellizas de gacela, que pastan entre los lirios” (Cant 4, 5), o sea, entre los esplendores de la felicidad eterna; son “hijos del esplendor del aceite”, o sea, de la gracia del Espíritu Santo, con el cual fueron consagrados el día de Pentecostés. Se lee en el Deuteronomio: “Aser sea bendito en sus hijos, sea el amado de sus hermanos y bañe en el aceite sus pies. El hierro y el bronce sean tu calzado” (33, 24~25).
Aser, que se interpreta “riquezas”, es figura de Cristo, que no sólo es rico, sino la misma riqueza, que a todos da superabundantemente, sin que merme en sí mismo. Cristo es bendito, admirable y glorioso en estos dos hijos. El agradó sobremanera a sus hermanos - “¡Vayan y anuncien a mis hermanos!”-, a los que El tanto amó y por los que fue otro tanto amado.
Cristo, el día de Pentecostés, bañó con el aceite del Espíritu Santo sus pies, o sea, a los mismos apóstoles, que lo habrían llevado a todo el mundo, como los pies llevan el cuerpo; y esto para que sobrellevaran más fácilmente las grandes fatigas. En efecto, el pie cansado, cuando se lo unge, se repone para seguir trabajando. El calzado de sus pies era de hierro, en el cual está simbolizado el poder de los milagros, y de bronce, en el que está simbolizada la resonancia de la Palabra.
El calzado, que cubría los pies de los apóstoles para caminar con seguridad sobre serpientes y escorpiones, o sea, sobre los demonios y los hombres traidores, fue su doctrina, que tenla dos propiedades: el poder de obrar milagros, con los que penetraban en los corazones más endurecidos, y la resonancia de la predicación, con la que instruían a los infieles.
“Que están delante del Señor de toda la tierra”. “Estar delante” está puesto en lugar de “obedecer” o “servir”. Estos dos apóstoles obedecieron a Jesucristo, Señor de toda la tierra en el momento de su llamada o de su elección y en la observancia de sus mandamientos; se ofrecieron a sí mismos como holocausto de suave aroma; y ahora en el cielo están delante de El, alabándolo y bendiciéndolo con todos los ángeles.
A El sean alabanza y bendición por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
V- Sermón moral
11. “Estos son dos hijos”. Algo semejante se lee en el Génesis: “Ustedes saben -dijo Jacob- que mi mujer Raquel me engendró dos hijos: José y Benjamín” (44, 27). En ellos están representados el amor a Dios y el amor al prójimo. Jacob es el justo; Raquel, que se interpreta “oveja” y “la que ve a Dios”, es el alma del mismo justo, que ve por medio de la fe, y oveja por la humildad y la simplicidad. Raquel engendra dos hijos para Jacob, para que, como justo, ame a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. El primer amor está representado en José, y el segundo amor en Benjamín. Vamos a hablar de cada uno.
José, que se interpreta “crecimiento”, es el amor de Dios: cuanto más amas a Dios, tanto más recibirás el crecimiento de El y en El. Dice el Salmo: “El hombre se acercará a un corazón noble y Dios será exaltado” (63, 7-8). El corazón noble es el corazón del que ama, del que desea, del que contempla y del que desprecia las cosas inferiores. Tú puedes acercarte a tal corazón, si caminas con los pasos de la devoción.
Dios no se exalta en sí mismo, sino en ti. Su exaltación procede de la intensidad de tu amor y de la elevación de tu mente. Ábrete a ti mismo, para tocar o también para poseer, en lo posible, a aquel, que está por encima de ti, porque El fue proclamado el “Excelso” (Is 57, 15).
Pero José, ¿dónde recibió el crecimiento? Dice el Génesis: “Dios me hizo crecer en la tierra de mi pobreza” (41, 52). Esto es también lo que dice el Señor: “¡Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos!” (Mt 5, 3). ¡He ahí, cuánto creció el que recibe en propiedad el reino de los cielos!
¡Oh! ¡Cuántos vivirían hoy de muy buena gana y por mucho tiempo en la pobreza más rigurosa, si supieran con absoluta certidumbre que después recibirían el reino de Francia o de España! En cambio, hoy no hay nadie que quiera vivir en la auténtica pobreza de Cristo, para que después pueda poseer el reino de los cielos. El reino de los cielos es el amor de Dios, y no hay dignidad y posesión que sean más sublimes.
Está escrito en los Proverbios: “Su posesión es preferible a la de la plata; y sus frutos -el gusto de la contemplación- son preferibles al oro refinado y purísimo. Es más preciosa que todas las riquezas, y todas las cosas más deseables no pueden compararse con ella” (3, 14-15).
Entonces en la tierra de la pobreza, de la humildad y del abajamiento crece el amor hacia la majestad de Dios. Con razón decía el Bautista: “Es necesario que yo disminuya y que El crezca” (Jn 3, 30). Cuando en el hombre disminuye el amor propio, aumenta en él el amor divino.
12. Asimismo, Benjamín, que se interpreta “hijo de la derecha” y que antes era llamado Ben-oni, o sea, “hijo del dolor”, es figura del amor al prójimo, cuyos sufrimientos debes compartir. También el otro Ben-oni (Pablo) decía: “¿Quién está enfermo, sin que lo sea yo también?” (2Cor 11, 29). Y de nuevo escribiendo a los romanos: “Sufro una gran tristeza y un continuo dolor por mis hermanos” (Rom 9, 2-3).
Si tú me amas, sufres por mi dolor. El dolor de tu corazón es señal de amor hacia mí. La madre sufre por el hijo enfermo, porque lo ama; si no lo amase, no sufriría.
¡Ay de mí! ¡Qué poco o nada sufrimos por el dolor del prójimo! ¿Y cuál es la causa? Ciertamente, porque no lo amamos. Y por eso debemos dolernos, por no sentir dolor: “Sólo el dolor puede ser el remedio para el dolor” (Catón).
Por ende, el amor al prójimo sea ante todo hijo del dolor, para que llegue a ser hijo de la derecha de Dios, con el cual gozaremos eternamente. “Si padecemos con Cristo, con El también reinaremos” (8, 17).
13. “Estos son los dos hijos”; y el que los tiene, “será feliz y gozará de todo bien” (Salm 127, 2). En cambio, es infeliz el que no los tiene, porque deberá llorar y decir con Jacob: “Me privaron de mis hijos; José no aparece y me quieren llevar también a Benjamín. Sobre mí caen todas estas desgracias. Y yo seré como uno, privado de sus hijos” (Gen 42, 36 y 43, 14).
Dice la Historia Natural que el águila pone tres huevos, pero después echa fuera del nido a uno, porque se cansa mucho y se debilita al nutrir tres polluelos (Aristóteles) .
Los tres huevos simbolizan los tres amores: de Dios, del prójimo y del mundo. El águila, o sea, el justo, debe echar fuera del nido de su conciencia el amor del mundo, para poder cultivar bien los otros dos amores, porque, si quiere cultivar también el tercero, se cansará con las preocupaciones corporales y se debilitará la fuerza de su mente; y así se volverá incapaz de todo.
14. “Estos son los dos hijos”. ¿De quién? “Del esplendor del aceite”. He ahí a Raquel, “de rostro bello y de atractivo aspecto” (Gen 29, 17). He ahí el esplendor del aceite, o sea, la luminosidad del alma, el gozo de la conciencia, que flota sobre todo líquido, o sea, sobre todo gozo de las cosas temporales.
El Señor ordenó a Moisés: “Manda a los hijos de Israel, que me traigan aceite de olivo, purísimo y límpido, para alimentar continuamente las lámparas, fuera del velo de la tienda del testimonio” (24, 2-3).
Los hijos de Israel son los justos y los contemplativos, que ofrecen el aceite, o sea, el gozo de la conciencia, purísimo con respecto a sí mismos, y límpido con respecto al prójimo. Ese aceite no debe ser de las nueces, o sea, de las frivolidades del mundo o de la carne, sino de los olivos, o sea, de las obras de misericordia. Con este aceite preparan, o sea, disponen y arreglan, “continuamente las lámparas”, o sea, los sentidos de su cuerpo, “que están fuera del velo de la tienda del testimonio”, del que dice el Apóstol: “Nuestra gloria es el testimonio de nuestra conciencia” (2Cor 1, 12). El velo simboliza el secreto de la mente que debemos poner entre nosotros y el prójimo, que no puede ver más allá del velo; a él le basta ver las lámparas bien alimentadas, para que iluminen al sumo sacerdote, Jesús, al cual todo corazón está abierto, y que entra y sale del velo, porque El escudriña el corazón y sus secretos.
“Ellos están delante del Señor de toda la tierra”. El amor de Dios está delante de El con la humildad y la devoción de la mente; el amor del prójimo, con la compasión y la asistencia.
Dígnese darnos a estos dos hijos del amor Jesucristo, que es bendito por los siglos. ¡Amén! i Así sea!