Domingo X después de Pentecostés
Exordio.
Sermón para la navidad y la pasión del Señor
1. “En aquel tiempo, Jesús se acercaba a Jerusalén y, al contemplar la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡oh, si tú conocieras, al menos en este día, lo que sirve para tu paz!” (Lc 19, 41-42). Dice Salomón en el Eclesiastés: “El sol sale y se pone, y retorna a su lugar. Desde allí vuelve a nacer, gira hacia el mediodía y después dobla hacia el septentrión. También el viento (spiritus) gira alrededor inspeccionando todas las cosas y luego retorna a sus giros” (1, 5-6).
El sol, llamado así porque resplandece solitario, es Jesucristo, que todo lo vivifica e ilumina con la potencia y el esplendor de la gracia espiritual. El sol nace para el fiel y se pone para el infiel; o también nace en la natividad y se pone en la pasión. Dice el Salmo: “El sol conoce su ocaso” (103, 19), y retorna a su lugar en la ascensión. El mismo Jesús dijo: “Salí del Padre y vine al mundo”; donde está el ocaso: “Ahora dejo de nuevo al mundo y me voy al Padre” (Jn 16, 28).
La naturaleza procede por giro circular. Jesucristo es Creador de la naturaleza y gobierna todo lo creado, y procede por vía circular: “Regresa a su lugar”, del que había salido; “Y allí renace”, o sea, regresa del cielo para el juicio final, “gira hacia el mediodía”, o sea, examina las obras buenas, y “dobla hacia el septentrión”, o sea, examina las obras malas; “inspecciona todas las cosas”, porque “no hay nada oculto que no sea revelado” (Lc 12, 3).
Dice Isaías: “Yo reposaré y desde mi lugar observaré como es clara la luz del mediodía y como se detiene una nube de rocío en el día de la siega” (18, 4). He ahí como “una tienda arrastra la otra” (Ex 26, 3), (estando unidas entre ellas).
Lo que dice el Eclesiastés: “Retorna a su lugar”, es la misma cosa que el Señor dice en Isaías: “Yo reposaré”, como si dijera: “Fatigué llevando” la cruz (Jer 6, 11). Sufrí el ocaso en la pasión; pero, resucitando, retornaré al seno del Padre, en el cual reposaré. Y donde dice: “Naciendo de nuevo, gira hacia el mediodía y después se dobla hacia el septentrión”, corresponde a las palabras.
“Observaré desde mi lugar”. Lo que dice.
“Inspeccionando todas las cosas”, corresponde a “Como es clara la luz del mediodía”.
Entonces se abrirán los libros delante de El, y serán iluminados los secretos de las tinieblas y serán reveladas las intenciones de los corazones (1Cor 4-5), porque el espíritu (viento), o sea, el sol mismo, que da vida a todas las cosas y da aliento a todos los habitantes de la tierra, Jesucristo, girará alrededor, no dejará piedra sobre piedra (Mt 24, 2), observará todo, examinará el muro (Is 22, 5) y perforará la pared (Ez 12, 5), entrará en el centro de la boca de Behemot y atará su lengua con una cuerda (Job 40, 20) y delante de los ojos de todos hundirá la muerte con los muertos, para la eternidad (Is 25, 8). Y así retornará sobre sus pasos a la Jerusalén celestial con todos los santos, para los que será como “una nube de rocío en el día de la cosecha”. Completada la cosecha, quemará la paja en el fuego inextinguible y colocará el trigo en los graneros celestiales (Mt 3, 12); y entonces será como una nube de rocío: nube luminosa cubriendo los campamentos de Israel y las tiendas de la iglesia triunfante; nube de rocío, porque confortará y saciará.
De este sol, de sus giros, de sus rayos, de sus irradiaciones, se habla en el evangelio de hoy: Jesús se acercaba a Jerusalén”.
2. Observa que en el evangelio de hoy se destacan tres eventos, Primero: la conmovedora compasión de Jesucristo hacia la ciudad de Jerusalén, cuando dice: “Jesús se acercaba a Jerusalén”. Segundo: la desolación de Jerusalén, cuando dice: “Vendrán para ti días en que tus enemigos te sitiarán … Tercero: la expulsión del templo de los que vendían y compraban, cuando dice: “Y entró en el templo”. Con estas tres partes del evangelio buscaremos algunos pasajes de los tres libros de Salomón: Eclesiastés, el Cantar del amor y la Sabiduría, que concuerdan con esas tres partes.
En el introito de la misa de hoy se canta: “Dios en su santa morada” (Salm 67, 6). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Ustedes saben que cuando eran paganos” (1Cor 12, 2), que vamos a dividir en tres partes y vamos a hacerlas concordar con las tres partes del evangelio. Primera parte: “Ustedes saben”; segunda: “Hay diversidad de carismas”; tercera: “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu.
I. - La conmovedora compasión de Jesús hacía Jerusalén
3. “Jesús, cuando estuvo cerca de Jerusalén, a la vista de la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: oh, si también tú conocieras, siquiera en este día, lo que sirve para tu paz! Pero ahora está escondido a tus ojos” (Lc 19, 41-42).
Recuerda que Jerusalén se llamaba antes Salém. Los judíos afirman que fue fundada en Siria, después del diluvio, por el hijo de Noé Sem, al que llaman Melquísedec, el cual justamente en Siria tuvo su reino. Más adelante, la conquistaron los jebuseos, que la llamaron Jebus. Después, juntando los dos nombres, Jebus y Salem, fue llamada Jerusalem. Más tarde, Salomón, después de haberla restaurado y embellecido, la llamó Jerosólima, o sea, Jero-solomonia.
Salem significa “paz”, Jebus oprimida y Jerusalén “visión de paz”. En estas tres denominaciones se designan los tres estados del alma.
En el bautismo el alma fue Salem; en la penitencia es Jebus, y en la gloria será Jerusalén. En el bautismo al alma le fue restituida la paz, porque de hija de la ira llegó a ser hija de la gracia. En la penitencia, debe ser oprimida y triturada, como dice Isaías: “Con los pies será pisoteada la corona de la soberbia de los ebrios de Efraím” (28, 3). Los borrachos de Efraím, que se interpreta “fértil”, son los ricos de este mundo, embriagados de soberbia y de lujuria; su corona, o sea, su gloria, es pisoteada por los pies de la penitencia, cuando se embriagan con el vino de la contrición. Dice el libro de los Proverbios: “No hay secreto alguno donde reina la borrachera” (31, 4). No hay secreto alguno de iniquidad, donde reina la embriaguez de la auténtica contrición: descubre en la confesión todo lo que antes estaba escondido en la mente.
Será visión de paz en la gloria, en la que, como dice Isaías, “verá con sus propios ojos el retorno del Señor a Sión”; y de nuevo: “Entonces verás y serás colmada; y tu corazón se maravillará y se dilatará” (52, 8; y 60, 5). ¡Oh alma, si antes fuiste feb¿¿!después verás lo que ningún ojo vio!
4. Dice Isaías: “Ningún ojo vio, oh, Dios, fuera de ti, lo que preparaste para los que confían en ti” (64, 4). ¡Verás plenamente, porque verás al que todo ve! Verás la sabiduría de Salomón, como se relata en el tercer libro de los Reyes, hablando de la reina de Saba; “verás la casa que edificó en Jerusalén y los manjares de su mesa” (3Rey 10, 4-5).
A este propósito se lee en Lucas: “Yo les asigno un reino, como me lo asignó mi Padre, para que coman y beban a mi mesa en el reino de los cielos” (22, 29-30). Entonces, de veras, podrás decir con la reina de Saba, que se interpreta “cautiva”, porque también tú ahora eres cautiva, pero después serás reina; y dirás: “Es todo verdad lo que oí en mi tierra”, en la tierra de mi peregrinación, “acerca de tus discursos y de tu sabiduría. Yo no creía a cuanto se decía, hasta que yo vine y lo vi con mis ojos; y constaté que no se me había dicho ni la mitad. Tu sabiduría y tus obras son mucho más grandes que la fama que yo oí. ¡Bienaventurados tus hombres y tus siervos, que están siempre delante de ti y escuchan tu sabiduría” (3Rey 10, 6-8).
Eso es, pues, lo que verás. Y además serás colmada de delicias y de riquezas, o sea, serás glorificado en tu alma y en tu cuerpo; y tu corazón contemplará la belleza de la Jerusalén celestial, la felicidad de los ángeles y la inmarcesible corona de todos los santos; y así tu corazón se dilatará por el gozo incomparable y por la indecible felicidad.
Pero, desgraciadamente, el alma desventurada desprecia una gloria tan grande y tanta abundancia de delicias, se adhiere a las cosas temporales, se esfuerza por apresar las cosas pasajeras y, en cambio, ¡abraza estiércoles! Por eso el Señor, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡Oh, si conocieras también tu!”. El Señor no llora sobre la ciudad terrena sino sobre el alma, no sobre la ruina de las piedras sino sobre la ruina de las virtudes. Presta atención a estos dos verbos: “viendo”, “lloró”. ¡Oh alma, si tú vieras, de veras llorarías; pero, porque no ves, no lloras!
5. “Si tú vieres Yo diré con el Eclesiastés: “Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí que todo es vanidad y aflicción de espíritu” (1, 14). Considera que debajo del sol todo es vanidad y por encima del sol todo es verdad. El alma, pues, que está debajo del sol por el amor a las cosas temporales y no por encima del sol por la contemplación de las cosas celestiales, ¿qué otra cosa debería hacer sino llorar y gemir?
Y con razón están unidas la vanidad y la aflicción: donde se halla la vanidad de la felicidad terrena, allí se halla la aflicción de la muerte eterna. Pues bien, sí vieres, ciertamente llorarías.
Sigue el Eclesiastés: “Me di vueltas y observé las intrigas que se hacen bajo el cielo y las lágrimas de los inocentes que no tienen a quien los consuele. Ellos no pueden resistir a la violencia ajena, porque se hallan destituidos de todo auxilio. Y entonces proclamé más afortunados a los muertos que a los vivos; y entre los dos grupos juzgué más dichoso a aquel que todavía no nació y no vio las acciones malvadas que se cometen bajo el sol” (Ecle 4, 1-3). “Debajo del sol” hay vanidades y falsedades, intrigas de los poderosos contra los desgraciados, crueles sentencias contra los pobres, que derraman lágrimas inocentes y no tienen a nadie que los consuele. Se dice consolador al que se acerca al que está solo y con buenas palabras le alivia la angustia. “Nadie” se dice en latín nemo, y suena como ne homo, ningún hombre. Se dice también nullus, ningún hombre, y nullus viene de ne ullus, ni uno. Si hubiera un hombre, no faltaría consolador; pero como son leones y no hombres, he ahí que hacen sufrir a los pobres, que están destituidos de apoyo humano y no pueden resistir a su violencia.
“Y entonces proclamé más afortunados a los muertos que a los vivos”, o sea, a los muertos al mundo, que son ciertamente mejores que los que viven en el mundo. “Y entre los dos más afortunado juzgué al que todavía no había nacido”, o sea, que no nació al pecado. Dice Job: “Perezca el día en que nací” (3, 3), o sea, el día en que de nuevo llegué a ser pecador. Si el alma desventurada viere todo esto, sin duda lloraría.
6. Por esto Jeremías enseña al alma cómo deba llorar sobre sí misma, diciendo: “Hija de mi pueblo, cíñete de cilicio y revuélcate en la ceniza; haz luto como por la muerte de un hijo único y llora amargamente” (6, 26).
Presta atención a estos cuatro momentos: cilicio, ceniza, luto y llanto. En el cilicio se representa la aspereza de la penitencia y la execración de las propias culpas; en la ceniza, la humildad y la miseria de nuestra condición humana; en el luto por el hijo único, dolor de la contrición interior; en el llanto, la efusión de las lágrimas. Dice, pues, Cristo: “oh alma, hija, a la que con gran dolor di a luz en la pasión, tú que por la fe eres hija de mi pueblo, o sea, de la Iglesia militante, cíñete de cilicio, o sea, de la aspereza de la penitencia, para que la carne que, gozando, te llevó a la culpa, ahora sufriendo te conduzca al perdón. Y aquella que antes saboreó el deleite del pecado, ahora experimente la execración del mismo”.
Observa que dice “cíñete” de cilicio y no “revístete”. Con estas palabras sugiere dos cosas: la represión de la lujuria y la resistencia a las sugestiones diabólicas. También el Salmo dice: “Cíñete la espada sobre tu muslo” (44, 4). El cilicio y la espada indican la misma cosa, o sea, la mortificación de la carne que aprieta el muslo, o sea, la lujuria. También se lee en el Cantar: “Cada uno lleva la espada sobre su muslo contra los peligros nocturnos” (3, 8). Los peligros nocturnos son los demonios y las furtivas sugestiones de la carne; y para evitarlas, aquel que quiere custodiar el lecho del verdadero Salomón, o sea, su conciencia, en la cual reposa Jesucristo, debe empuñar la espada de la mortificación ceñida sobre el muslo de su carne.
“Y revuélcate en la ceniza”, recordando aquella maldición: “Eres ceniza y a ceniza retornarás” (Gen 3, 19). La ceniza viene de incendio, porque se produce con el fuego. Adán, con su descendencia, abrasado por el fuego de la codicia, fue incendiado por el soplo de la falsa promesa, y después retornó a la ceniza de la muerte.
“Haz luto como por la muerte de un hijo único”. El luto es llamado así, porque produce en el corazón humano como una herida o una Haga; para curarlas, se acude a las consolaciones; y simboliza la contrición, que es una herida del corazón, para la cual es necesaria la consolación, o sea, la esperanza en la misericordia del Redentor.
Presta atención que dice “luto como por la muerte de un hijo único”. Corno no hay dolor más grande que el de una mujer que ve morir a su hijo único, al que ama sobre todas las cosas, así no debe haber dolor más grande que el del alma penitente, que, teniendo un hijo único, o sea, la fe que obra por medio de la caridad, la pierde a causa del pecado mortal. El alma de la fe es la caridad, que la tiene viva: faltando la caridad, la fe muere. Por eso, ya que perdiste el alma de la fe, haz luto como por un hijo único, y llora amargamente. A la contrición del corazón se debe añadir la amargura de las lágrimas, para que el alma llore sobre sí misma y resucite a su hijo único, que está muerto, porque también el Señor lloró sobre Lázaro y sobre la ciudad de Jerusalén.
7. Observa que “llorar” significa derramar abundantes lágrimas, como si fluyeran; en cambio; “sollozar” es unir al llanto la voz; lamentarse es llorar con quejas lastimeras; lamentarse se dice en latín lugere, que puede interpretarse como luce egére, faltar o necesitar de luz.
Con ese llanto a lágrima viva tenemos una concordancia en el Cantar del Amor: “Tus ojos son como palomas sobre arroyos de agua; ellas se bañan en la leche y se detienen junto a abundantes corrientes de agua” (5, 12).
En los ojos está simbolizada la sagaz vigilancia. La paloma, que vuela sobre las aguas, previene al gavilán que intenta asaltarla. Y nosotros, mientras nos hallamos en los arroyitos de la dulzura transitoria, debemos prevenir al verdugo (el diablo), porque aquel que nos incita a la culpa, después será también el ejecutor del castigo. La leche, de la cual no hay nada más agradable, simboliza la alegría de la conciencia en la esperanza de la misericordia divina. Las abundantes corrientes de agua simbolizan las efusiones de las lágrimas. El alma, pues, como paloma que se detiene sobre abundantes corrientes de lágrimas, confiando en la misericordia de Dios, debe prevenir con sagaz vigilancia y cautelarse contra la ilusión de la felicidad temporal y contra la astucia de las sugestiones diabólicas.
Dice Agustín: “En este valle de miseria tanto más se debe llorar cuanto menos se flora”.
El Señor, pues, “al ver la ciudad, lloró sobre ella diciendo: “!oh, si conocieras también tú” la ruina que te amenaza, ciertamente llorarías, mientras ahora tú exultas!
8. Sobre esta exultación de la ciudad tenemos una concordancia en el libro de la Sabiduría, donde los impíos, pensando equivocadamente para su coleto, dicen- “Vengan, disfrutemos de los bienes presentes y usemos de las criaturas con ardor juvenil. Llenémonos de vinos exquisitos y de perfumes y no dejemos pasar ninguna flor primaveral. Coronémonos de rosas antes de que se marchiten y no haya ninguna pradera en la cual no se expanda nuestra lujuria. Ninguno de nosotros falte a nuestras comilonas y dejemos en todas partes las señales de nuestro alborozo, porque ésta es nuestra suerte y nuestra parte” (2, 6-9). Estas palabras no requieren ninguna explicación, porque cada día lo podemos ver en la conducta de los carnales.
“¡Ahora, si comprendieras lo que sirve para tu paz!”. Y Salomón en el Eclesiastés: “Porque no se da en seguida una sentencia contra los malos, por eso los hijos de los hombres obran el mal sin temor alguno. Con todo, el pecador, aunque obre el mal cien veces, es soportado con gran paciencia”. Y de nuevo: “Hay malvados que están tan tranquilos, como si cumplieran las obras de los justos” (8, 11-14).
Oh pecador, “¡si comprendieras en este tu día lo que sirve para tu paz!”. Ahora tú eres dueño de ti mismo; sin embargo, llegará el día en que pertenecerás a otro, porque serás entregado al diablo. Ahora en tu día exultas; pero llegará su día en que estarás afligido. “En el tiempo que establezca, yo dictaré sentencias justas” (Salm 74, 3). Oh pecador, el Señor te concedió el tiempo como un préstamo, para que merezcas la salvación; y ¡tú aprovechaste el tiempo que se te había prestado! Pero, ¡créeme! El Señor te pedirá lo que es suyo y hará justicia. Oh Señor, si tú juzgas a los justos, ¿qué será de los injustos?
Dice el Señor en Ezequiel: “¡Heme aquí! Sacaré mi espada de su vaina, y en ti mataré al justo y al injusto” (21, 3). Se entiende el justo que se cree tal, del cual dice el Eclesiastés: “No presumas de ser demasiado justo” (7, 17).
La vaina se dice en latín vagina, que suena como bagina, envoltura, porque en ella la espada es llevada, en latín baiulatur.
La espada en la vaina simboliza la divinidad en la humanidad. De esa vaina el Padre sacará la espada y la vibrará, como dice el Profeta: “Vibrará su espada” (Salm 7, 13). observa que cuando la espada es vibrada, produce dos efectos: resplandor y sombra trémula. El Padre en su día vibrará la espada, o sea, a su Hijo, porque le entregará todo juicio (Jn 5, 22); y el Hijo dirigirá hacia los justos los resplandores y hacia los impíos la sombra pavorosa de la condenación. “Sea, pues, sacado el impío para que no vea a Dios, porque en la tierra de los santos cometió iniquidades” (Is 26, 10). Más aún, ¡que vea sólo a aquel, a quien crucificó (Jn 19, 37).
¡Oh alma desventurada! Ahora todas estas cosas están escondidas a tus ojos, cegados por tu día y tu paz (falsa seguridad). Así cegada, serás arrastrada como un bruto animal por el diablo, con la cuerda de la codicia, a la conquista de estas cosas transitorias.
Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Ustedes saben que, cuando eran paganos, se dejaban arrastrar hacia los ídolos mudos. Pues bien, yo les declaro que nadie que hable bajo el impulso del Espíritu Santo, puede decir: “¡Jesús es anatema!”
(excomunión). Así también nadie puede decir: “¡Jesús es el Señor! “, sino en el Espíritu Santo” (1Cor 12, 2-3).
Los paganos, o sea, los carnales que viven como paganos, porque en este día viven tranquilos, van detrás de los ídolos mudos, o sea, de las cosas temporales, que tienen apariencia de solidez, pero para el que observa atentamente, son una transparente falsedad. Son corno estiércol cubierto por la nieve. ¡Falsa es la gloria y vana la belleza! (Prov 31, 30). El que se adhiere a estos ídolos de las cosas temporales, es “anatema de Jesús”, o sea, separado de Jesús, quien manda despreciarlos.
9. Sobre este tema hallamos algo semejante en el libro de Josué, donde el Señor dice: “El anatema está en medio de ti, oh Israel; tú no podrás resistir contra tus enemigos, hasta que no elimines a aquel que se manchó con este delito”, o sea, Acán, al cual dijo Josué: “Hijo mío, da gloria al Señor de Israel, y confiesa, y dime qué hiciste: ¡no me lo escondas!”. Y Acán respondió: “Vi en el botín un manto rojo muy lujoso, y doscientos siclos de plata y un lingote de oro de cincuenta siclos; y, movido por la codicia, los tomé y los escondí bajo tierra en el centro de mi tienda y debajo enterré la plata. Entonces Josué tomó a Acán, junto con la plata, el manto y el lingote de oro: a él lo lapidaron y dieron a las llamas y destruyeron todas sus cosas”. (7, 13-25).
Acán se interpreta “que corrompe” o también “ruina del hermano”, y es figura del rico de este mundo, que corrompe la justicia sustrayendo a los pobres sus bienes y no restituyéndoles sus cosas; y así llega a ser la ruina de su hermano. El hurta el manto rojo, los doscientos siclos de plata y el lingote de oro de cincuenta siclos.
Considera que en el manto rojo están indicados los bienes de los pobres, logrados con gran sudor y sangre; en los doscientos siclos de plata, el conocimiento del Antiguo y del Nuevo Testamento; en el lingote de oro de cincuenta siclos, la vida de todos los religiosos.
El manto rojo lo roban los soldados y los burgueses, los avaros y los usureros. Los doscientos siclos de plata los roban los ladronzuelos de nuestro tiempo, o sea, los prelados y los clérigos. El lingote de oro de cincuenta siclos lo roban los falsos religiosos.
Los ricos y los poderosos de este mundo sustraen a los pobres sus bienes escasos y ganados con la sangre, con los que de alguna manera se defienden. Se los quitan a los pobres, a los que ellos despectivamente llaman “villanos” (o siervos de la gleba), mientras justamente ellos son “villanos” o siervos del diablo. Dice Job: “Despiden desnudas a las personas, les quitan la ropa, y as! no tienen con qué cubrirse contra el frío” (24, 7). Y Salomón: “El que ordeña con violencia, hace brotar sangre” (Prov 10, 33). Y Jeremías: “Se halló en sus alas sangre de los pobres” (2, 34).
Y el conocimiento del Antiguo y del Nuevo Testamento, que, por su perfección y sonoridad, está simbolizado en los doscientos siclos de plata, lo roban los prelados y los clérigos, cuando lo aprenden no para edificar, sino para procurarse alabanzas y honores. Dice de ellos Salomón: “La mujer hermosa pero fatua es como un anillo de oro en las narices de una puerca” (Prov 11, 22). El latino sus suis quiere decir puerca. La mujer hermosa pero fatua es figura de los clérigos. “Mujer”, en latín mulier, porque son muelles, afeminados y corruptos y se presentan por dinero en los tribunales y en las curias, como meretrices. “Hermosa” por la elegancia de los vestidos, por el gentío de sobrinos y tal vez de hijos y por el cúmulo de prebendas. “Fatua”, porque no comprenden lo que ellos o los demás dicen, chillan todo el día en la iglesia, ladran como perros, pero ni se entienden a sí mismos, porque el cuerpo está en el coro y el corazón en el foro (plaza). Y también si oyen algún sermón, no comprenden. Predicar a los clérigos y hablar a los tontos: en ambos casos, ¿qué utilidad puede haber, sino sólo estrépito y fatiga? Ellos, aunque tengan el anillo de oro de la ciencia y de la elocuencia, no se avergüenzan, como una puerca, de echarlo en el estiércol de la lujuria y de la avaricia.
Asimismo, el lingote de oro de cincuenta siclos de plata lo roban los falsos religiosos. “Lingote” se dice en latín régula, porque regula las medidas y corrige lo torcido y lo defectuoso. La vida religiosa es una regla de oro, que corrige al hombre descarriado y defectuoso, para que viva según las normas de la rectitud y para establecer en todas las cosas una medida adecuada. Casi todos los religiosos defraudaron esta regla, porque no caminan según la verdad del evangelio ni viven según las enseñanzas de los Padres, sino que llevan una vida desviada y falsa. Los monjes defraudan la áurea regla del bienaventurado Benito. Los canónigos defraudan la regla de oro del bienaventurado Agustín, y así podríamos proceder en particular para cada religioso, “que cuidan sus intereses y no los de Cristo (Filp 2, 21).
Se dice que este lingote está constituido por cincuenta siclos, porque la vida de todos los religiosos consiste en la penitencia, como se destaca plenamente en el Salmo cincuenta: “¡Ten piedad de mí, Señor, según tu gran misericordia!”. Todos éstos, pues, que roban el manto rojo, los doscientos siclos de plata y el lingote de oro, como se dijo anteriormente, en el día del juicio, serán lapidados con severas reprimendas y después serán quemados en el fuego eterno; y así serán anatematizados para siempre, o sea, separados de Jesús.
En cambio, el justo, que es movido por el Espíritu de Dios y que en el Espíritu de Dios habla, jamás dice ni con el pensamiento, ni con la palabra, ni con las obras: “¡Jesús es anatema!”; o sea, nada hace para que sea separado de Jesús. Y nadie puede decir ni con el pensamiento, ni con las palabras, ni con las obras: “¡Jesús es el Señor!” y yo soy su siervo, sino bajo la acción del Espíritu Santo (Glosa).
Te suplicamos, pues, Señor Jesús, que nos infundas la gracia de llorar sobre nuestra ciudad y de despreciar las cosas temporales, para llegar así a la Jerusalén celestial.
Concédenoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea.
II La ruina de Jerusalén
10. “Vendrán para ti días en que tus enemigos te rodearán con un vallado, y te sitiarán, y te estrecharán por todas partes; y te derribarán por tierra a ti y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no reconociste el tiempo en que fuiste visitada” (Lc 19, 43-44). “Vendrán, vendrán días” en que los enemigos, los demonios, circundarán con un vallado a las almas que salen de los cuerpos, arrastrándolas consigo a la sociedad de su condenación; y de todas partes te rodearán y te estrecharán, cuando delante de sus ojos desplegarán las iniquidades cometidas no sólo con las obras, sino también con las palabras y los pensamientos. Y te derribarán por tierra, cuando la carne retorne al polvo. Y caerán también los hijos, cuando “en aquel día se desvanezcan todos sus proyectos” (Salm 145, 4). Estos proyectos están también indicados por las piedras, cuando dice: “Y no dejarán piedra sobre piedra”. El malvado, cuando añade a un proyecto perverso otro peor, es como si pusieran una piedra sobre otra. Pero, cuando el alma es arrebatada para el castigo, toda esta construcción de inicuos diseños será derribada; y esto porque no reconoció el tiempo en que fue visitada.
Al alma pervertida Dios la visita a veces con un mandato, otras veces con el castigo y a veces con un milagro; sin embargo, como ella en su soberbia desprecia estos avisos ni se sonroja de sus fechorías, a la postre es abandonada a las manos de sus enemigos, con los cuales estará asociada en el juicio de la eterna condenación. Y para que al alma infeliz no suceda esta ruina, el evangelio añade: “Porque no reconociste el tiempo en que fuiste visitada”.
Dice Isaías: “El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su señor; en cambio, Israel no me conoció, ni mi pueblo comprendió” (1, 3). El buey, o sea, el buen ladrón, que, como el buey se somete al yugo, sufrió el suplicio de la cruz, reconoció a su dueño, al decir: “ ¡Acuérdate de mí, Señor, cuando llegues a tu reino!” (Lc 23, 42). Y el asno, o sea, el centurión, aunque pagano, reconoció al Señor, al decir: “¡Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios!” (Mt 27, 54). En cambio, Israel, o sea, los clérigos no lo reconocen; y el pueblo, o sea, los laicos, no comprenden.
Sobre este argumento tenemos una concordancia hacia el fin del libro del Eclesiastés: “Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que venga el tiempo del sufrimiento y lleguen los años en los que dirás: “¡No me gustan¡ “; antes que se oscurezcan la luz del sol, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia. En aquel día temblarán los custodios de la casa, y vacilarán los hombres más fuertes, y quedarán ociosas las mujeres que muelen por ser pocas de número; y se oscurecerán los que miran por las ventanas; y cerrarán las puertas que dan a la plaza; y se debilitará la voz de las que muelen; y se levantarán al canto de las aves y quedarán sordas las hijas del canto; cuando habrá temor por las alturas y por los peligros de la calle. Florecerá el almendro, engordará la langosta y se desvanecerá la alcaparra, porque el hombre se va a su eterna morada y girarán por la plaza los que lo lloran. Antes que la cadena de plata se rompa y se afloje la venda de oro y se quiebre el cántaro junto a la fuente y se arruine la rueda sobre la cisterna; y el polvo regrese a la tierra de la cual procede, y el espíritu retorne a Dios que se lo dio” (12, 1-7).
Oh ciudad de Jerusalén, oh alma creada a imagen de Dios, ¡acuérdate de tu Creador, que te hizo y te juzgará; y sobre todo acuérdate de El en los días de tu juventud, que es la edad más propensa al pecado y más adecuada para hacer penitencia!
Anteriormente el mismo Eclesiastés había dicho: “¡Alégrate, joven, en tu adolescencia, y tu corazón se dirija al bien!” (11, 9). Se dice “joven”, porque puede ayudar (asonancia entre iúvenis, joven, y adiuvo, ayudar).
Acuérdate, pues, o sea, tenlo bien en la mente, “antes que llegue el día de la aflicción”, o sea, de la vejez, de la muerte y del juicio; y “antes que vengan los años en que deberás decir: “¡No me gustan!”; en este tu día acuérdate de lo que sirve para tu paz y de lo que te gusta.
Vendrán también para ti los días que no te gustarán. Tú te complaciste a ti mismo, pero disgustaste a Dios. Vendrán los días en que te disgustarás de ti mismo. Acuérdate, repito, antes que se oscurezca la luz del sol, o sea, antes que el esplendor de la prosperidad mundana sea oscurecido por las tinieblas de la muerte; antes que se oscurezcan la luna y las estrellas; o sea, antes que se oscurezcan los sentidos del cuerpo, que en la vejez se debilitan y en la muerte quedan totalmente en las tinieblas. Dice Isaías: “Mirarán hacia lo alto, y después mirarán hacia la tierra; y he aquí la tribulación y las tinieblas, la extenuación y la angustia, y la oscuridad que lo persigue, y no podrán liberarse de su angustia” (8, 21-22).
La tribulación viene de las sugestiones del diablo, las tinieblas consisten en la ceguera de la mente, la extenuación en no poder cumplir las obras buenas, y la angustia se relaciona con las malas costumbres; y la oscuridad que lo persigue será la condenación en la gehena. Asimismo, la tribulación se refiere a la vida, las tinieblas a la vejez, la extenuación a las enfermedades, la angustia al expirar el alma; la oscuridad que persigue, a las acometidas de los demonios.
Acuérdate de tu Creador. Y retornen las nubes después de la lluvia. Las nubes representan a los predicadores, que derraman la lluvia, cuando anuncian al alma la amenaza de su condenación; se alejan, cuando el alma no les quiere prestar fe; retornan, cuando se verifica lo que anunciaron. “En aquel día temblarán los custodios de la casa”. En este pasaje Salomón habla tanto de la vejez como de la muerte del hombre. Desde este punto hasta la frase: “Cuando se rompa la cadena de plata”, habla de la vejez del hombre, que es la mensajera de la muerte.
“Los custodios de la casa son las costillas”, que defienden los órganos internos del hombre, o sea, las partes blandas, que en la vejez también temblarán, o sea, se debilitarán. “Y vacilarán también los hombres más fuertes”; o sea, las piernas que sostienen al hombre, se perturbarán. “Y las mujeres que muelen, permanecerán ociosas”; o sea, también los dientes se debilitarán y no podrán masticar el alimento. “Se oscurecerán los que miran por los agujeros” (ventanas); o sea, los ojos se ofuscarán. “Cerrarán las puertas que dan a la plaza”; o sea, los ancianos, que no pueden caminar, estarán sentados en casa y cerrarán las puertas, para no ver los juegos de los jóvenes, porque todas estas cosas les resultan insoportables. “Se debilitará la voz de las que están moliendo”, porque los sentidos envejecerán, la voz será floja y apagada, ya no podrán procurarse el alimento con su fatiga ni podrán masticarlo. “Se levantarán al canto de las aves”, o sea, al canto del gallo. Al enfriarse la sangre y al secarse los humores que fomentan el sopor, ellos ya no pueden dormir. “Y Regarán a ser sordas las hijas del canto”, o sea, las orejas, o mejor los oídos, que se alegran mucho en los cantos: por la edad provecta no distinguen más nada y se vuelven sordos.
“Tendrán miedo de las alturas”. Los ancianos tienen miedo de subir a lugares altos, a causa de la debilidad de sus rodillas. “También tienen miedo de caer en el camino llano”. “Florecerá el almendro”, o sea, la cabeza encanecerá. “Engordará la langosta”, o sea, las piernas se hincharán. La langosta tiene el vientre hinchado; y también los viejos tienen las extremidades inferiores hinchadas. “Y se desvanecerá la alcaparra”; o sea, también la libido se enfriará y se desvanecerá la funcionalidad de los órganos. La alcaparra simboliza la libido, porque es útil a los riñones y porque en las partes cercanas a los riñones reina la libido.
“Y el hombre”, tan mal reducido,”se va a la morada eterna”, o sea, retorna a la tierra; “y los que lo lloran girarán por la plaza”; o sea, los parientes y los amigos irán a hacer sus lamentaciones sobre el cadáver. oh hombre, ¡qué grande es tu miseria! ¿De qué, pues, te ensoberbeces?
11. Salomón sigue hablando de la muerte: “Antes que se rompa el cordón de plata…”.
“Acuérdate de tu Creador antes que se rompa el cordón de plata”, o sea, antes que la vida se interrumpa; “y la venda de oro”, o sea, el alma, que es la parte preciosa del hombre, se afloje y retorne al lugar desde el cual vino. “Y antes que se quiebre el ánfora”; el ánfora es el hombre, amasado de tierra. “Antes que la rueda de la cisterna se deshaga”. La rueda, porque el mundo gira siempre como una rueda, se deshace sobre la fuente o sobre la cisterna cuando el hombre, disuelto por la muerte, es privado de las aguas de las concupiscencias, que había sacado de la cisterna de las vanidades del mundo.
Y observa que en el ánfora está simbolizada la codicia. En efecto, la samaritana abandonó el ánfora, después de haber escuchado la predicación del Señor. Por eso, cuando un rico muere en medio de sus riquezas, se puede decir que el ánfora se quebró sobre la fuente, porque el pobre desgraciado muere sobre la fuente de su codicia. En la cisterna se entiende también la acumulación de las riquezas, como dice Jeremías- “Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, que no pueden retener el agua” (2, 13).
Y la rueda se deshace sobre la cisterna, cuando la codicia del hombre no le permite abandonar las riquezas, sino que muere en medio de ellas.
“Y el polvo”, o sea, el cuerpo, “retorna a la tierra, de la cual habla sido extraído”. Al primer hombre se le había dicho: “Eres polvo y al polvo regresarás” (Gen 3, 19). El polvo es llamado así, porque es barrido por la fuerza del viento (Hay una asonancia en latín entre pulvis, polvo, y pulsetur, será barrido).
“Y el espíritu”, o sea, el alma, “retorne a Dios, que lo creó; o sea, que no es transmitido por mugrón (o generación). Dios creó el alma, en la que infundió gratuitamente las potencias (facultades), para que le pudiera reconocer como Creador, y reconociéndolo lo amara, y amándolo lo adorara y adorándolo mereciera gozar de El eternamente.
Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Hay diversidad de gracias, pero uno solo es el Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el Espíritu; hay diversidad de operaciones, pero uno solo es el Dios, que obra todo en todos” (1Cor 12, 4-6).
Presta atención a estos tres dones: diversidad de gracias, diversidad de ministerios y diversidad de operaciones. Las gracias, dice el Apóstol, son las mismas virtudes infundidas por Dios gratuitamente, o sea, la fe, la esperanza y semejantes, cuyos efectos, con respecto al prójimo, son ministerios y, con respecto a sí mismo, son operaciones para obrar el bien. Dios infunde, nosotros ministramos; y El mismo que infunde, obra.
Cuando el Apóstol dice: Espíritu, Señor, Dios, entiende siempre la misma sustancia divina. Es la Trinidad en tres Personas, que “obra todo en todos”. No atribuye todo a uno solo, sino que obra todo en todos, para que, lo que uno tiene en sí mismo, lo tenga en el otro; y así se mantengan la caridad y la humildad.
Te suplicamos, oh Trinidad y Unidad, que, cuando vengan los días del sufrimiento, de la corrupción final y de la ruptura del cordón de plata, el alma que tú creaste, retorne a ti y que tú la acojas. Y así, liberada del asedio de los demonios, merezca volar hacia la gloria y hacia la libertad de los hijos de Dios.
Concédenoslo tú, Dios trino y uno, que eres bendito por todos los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
III Expulsión del templo de vendedores y compradores
12. “Jesús entró en el templo y comenzó a echar fuera a todos los que vendían y compraban en él. Y les decía: “Mi casa será llamada casa de oración; pero ustedes la hicieron cueva de ladrones”. Y cada día enseñaba en el templo” (Lc 19, 45-47).
Juan relata así el episodio: “Jesús subió a Jerusalén y halló en el templo a los que vendían ovejas, bueyes y palomas, y a los cambistas sentados. Hizo un azote de cuerdas y echó fuera del templo a todos con las ovejas y con los bueyes; esparció las monedas de los cambistas y volcó las mesas. Y a los que vendían palomas les dijo: “Quiten de aquí estas cosas y no hagan de la casa de mi Padre una casa de mercado” (2, 13-16).
Presta atención. Por dos veces se lee que el Señor echó del templo a los vendedores y a los compradores: una vez en el primer año de su predicación y la segunda vez, cuando se dirigía a su pasión. Jesús entra en el templo, cuando cada día visita a su iglesia y observa los actos de cada uno y expulsa a los que, mezclados con sus santos, o fingen hacer el bien o abiertamente hacen el mal. En los bueyes que aran, son representados los predicadores de la doctrina celestial. Venden bueyes los que predican no por el amor de Dios, sino por su ganancia temporal.!, Las ovejas inocentes ofrecen sus vellones a los que los usarán para vestirse, y simbolizan las obras de pureza y de piedad que son vendidas, cuando se cumplen para buscar la alabanza humana. El Espíritu apareció en forma de paloma (Lc 3, 22); y entonces en la paloma está simbolizado el Espíritu que es vendido por los simoníacos. Y esto, por cierto, es un pecado grave.
Se relata en los Hechos de los Apóstoles que los judíos preguntaban qué cosa debían hacer, y se les dijo: “¡Hagan penitencial” (2, 38). En cambio, a Simón, el mago, que preguntaba la misma cosa, se le dijo: “Haz penitencia, por si acaso el Señor quiera perdonarte” (Hech 8, 22). Prestan dinero en la iglesia los que ni siquiera Fingen servir a las cosas celestiales, sino abiertamente sirven a las cosas temporales. Todos ellos son separados “de la suerte de los santos” (Col 1, 12), tanto los que fingen hacer el bien como los que hacen abiertamente el mal; y ahora son flagelados con las cuerdas de los pecados para que se corrijan; pero si no se corrigen, serán atados con las mismas cuerdas. Y echa también a las ovejas y a los bueyes, porque desenmascara la vida y la doctrina de tales personas. Esparce las monedas y vuelca las mesas, porque al fin serán destruidas las mismas cosas que ellos amaban.
Observa que cuando el Señor expulsó del templo a los vendedores y a los compradores, “salían de sus ojos rayos fulgurantes, a los que ni los sacerdotes ni los levitas podían resistir” (Glosa).
13. Y sobre esto tenemos una concordancia en el libro de la Sabiduría, donde se lee: “La sabiduría, por su pureza, todo lo penetra. Ella es un soplo del poder de Dios y una emanación genuina de la gloria del Todopoderoso; y por esto no se infiltra en ella ninguna cosa contaminada. Es esplendor de la luz eterna y espejo sin mancha de la majestad de Dios y una imagen de su bondad. Siendo única, lo puede todo y, sin salir de sí misma, lo renueva todo” (7,24-27).
Cristo, sabiduría y potencia de Dios, penetra en todas partes: en el cielo sacia a los ángeles con la visión de sí, en la tierra espera misericordioso a los pecadores para que hagan penitencia, y en el infierno atormenta a los demonios y a los pecadores que no quisieron esperar en El. Penetra, repito, a causa de su pureza, porque El es la luz y “no hay en El tinieblas” (1 Jn 1, 5). Es un soplo ardiente que disuelve el hielo de nuestra infidelidad, siendo la misma potencia de Dios Padre. Es su emanación, o sea, es esplendor de su gloria, consustancial, igual y coeterno; es emanación del esplendor del Todopoderoso, siendo con el omnipotente una única luz; es emanación genuina, porque al Sumo Bien no se une mal alguno y nada contaminado se infiltra en ella, porque es todo y eterno Bien. Es esplendor de la luz eterna y espejo en el que se ve al Padre; en efecto dice: “El que me ve a mí, ve también a mi Padre” (Jn 14, 9). Es “sin mancha”, porque “no cometió pecado ni se halló engaño en su boca “ (1 Pe 2, 22). Es imagen de su bondad, o sea, su plena personificación, siendo la única bondad con el Padre; y aún siendo única con el Padre, todo lo puede, porque es el Omnipotente; y aun siendo inmutable, todo lo renueva, regulándolo y ordenándolo. No debemos, pues, extrañamos, si pudo expulsar del templo a los vendedores y a los compradores, y si aquellos sacerdotes y levitas no pudieron resistirle.
Hay otra explicación. La Sabiduría de Dios Padre fue un soplo ardiente en su encarnación. Entonces el invierno de la infidelidad terminó y cesó la lluvia de la persecución diabólica. Las flores de la eterna promesa aparecieron en nuestra tierra (Cant 2, 11-12). Fue emanación de la gloria en la realización de los milagros, esplendor de la luz eterna en su resurrección, y para nosotros será un espejo sin mancha en la bienaventuranza eterna, en la que “lo veremos como El es” (1 Jn 3, 2) y su sabiduría se reflejará también sobre nosotros. Dice Agustín: “¿Qué inefable será ese amor, cuando nos veremos reflejados uno en el rostro del otro, como ahora nos miramos recíprocamente la cara?”.
Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho: a uno le es concedido por el Espíritu la palabra de la sabiduría, y a otro la palabra de la ciencia siempre según el mismo Espíritu…” (1Cor 12, 7-8). “¡A cada uno!”: porque los dones del Espíritu son distribuidos de manera diversa, no siempre por los méritos de uno, sino para utilidad y edificación de la iglesia. Y el que vende o compra estos dones, debe ser expulsado de la iglesia, como Cristo expulsó del templo a los vendedores y a los compradores.
14. “Mi casa será llamada casa de oración; pero ustedes la hicieron una cueva de ladrones”. Dice Salomón en el libro de la Sabiduría: “Entraré en mi casa y reposaré con la sabiduría, porque su compañía no causa amargura, ni pena su trato, sino placer y alegría” (8, 16).
El hombre espiritual, después de haberse liberado de las preocupaciones temporales y de pensamientos inquietantes, entra en la casa de la propia conciencia y, después de cerrar la puerta de los sentidos, reposa con la sabiduría, o sea, dedicándose a la divina contemplación, en la cual saborea la dulzura de la quietud superna.
La compañía de la sabiduría no da amargura, o sea, echa el placer del pecado: al paladar que gustó la sabiduría, no le será inoculado ningún veneno. Ni su trato produce fastidio, porque los deleites espirituales aguzan el deseo; y cuanto más se gustan, tanto más ávidamente se apetecen, porque en ellos hay sólo placer y alegría. ¡Afortunada aquella casa, dichosa esa conciencia, que conoció el sabor de la sabiduría y en la que descansa la misma Sabiduría, que dice: “Mi casa será llamada casa de oración!”.
La casa se dice en latín domus, y viene del griego doma, que quiere decir también techo. observa que la casa consta de tres partes: los cimientos, las paredes y el techo. En los cimientos se designa la humildad, en las paredes el conjunto de las virtudes y en el techo la caridad. Donde están reunidas estas tres partes, ahí está el Señor, que dice: “Mi casa es llamada casa de oración”.
Se llama “oración”, como si fuera oris ratio, o sea, razón de la boca. Ten en cuenta que para la oración son necesarios seis elementos: el perfume de la devoción interior, el agrado de la tribulación, las lágrimas de la compunción, la mortificación de la carne, la pureza de vida y la limosna. Todos estos elementos están indicados en el Génesis, cuando Jacob dijo a sus hijos: “Vayan y lleven a aquel varón, o sea, a José, unos dones: bálsamo y miel, incienso y mirra, resina y almendras” (43, 11). El bálsamo es el perfume de la devoción interior. Dice el Eclesiástico:”Como bálsamo sin mezcla es mi perfume” (24, 21); o sea, la devoción tiene que ser genuina, no contaminada por la falsedad del corazón.
La miel simboliza el agrado en las tribulaciones, o sea, su aceptación. Dice el Deuteronomio:
“Chuparon la miel de la piedra” (32, 13). La piedra simboliza la dureza de la tribulación o de la adversidad. Dice Job: “Con la dureza de tus manos me persigues” (30, 21). Chupa la miel de la piedra el que acoge la dureza de la adversidad en la alegría del espíritu. Se lee en la Historia Natural que las abejas, posadas sobre la colmena, chupan la miel que está en los panales; y se dice que si no lo hicieran, la miel que está en los panales, se echaría a perder y de ellos nacería una araña (Aristóteles). El panal está formado de cera y contiene miel. Y panal se dice en latín favus, porque es comido antes que bebido; y favus suena como el verbo griego fagein, comer.
Las abejas simbolizan a los justos, que se sientan sobre las colmenas, o sea, que afligen y humillan su cuerpo, y chupan lo que hay en los panales. Y observa que, como en el panal hay miel y cera, así en la vida del justo hay la miel de la dulzura interior y la cera de la adversidad exterior, que se derrite y se desvanece frente al fuego, o sea, en presencia del amor divino. Se detengan, los suplico, las abejas sobre las colmenas y chupen lo que hay en los panales, para que, a causa de la impaciencia y de la amargura del corazón, no se eche a perder la miel de la dulzura interior y se genere una araña. La araña viene del latín aer, porque elabora la telaraña en el aire, y simboliza la soberbia del corazón, la que, siendo de origen celestial (o sea, rebeldía de los ángeles), intenta todo esfuerzo para penetrar en las mentes de los que se dedican a las cosas celestiales. ¡Ay de mí! Cuando la miel se echa a perder, nace la araña; cuando se corrompe la dulzura interior, se genera la araña de la soberbia. Asimismo, el incienso simboliza la oración, como se dice en el Salmo: “Suba, Señor, mi oración como incienso en tu presencia” (Salm 140, 2). El incienso es llamado en latín Thus del término griego Theos, Dios, al cual se ofrece. Observa que el incienso sólo lo produce la Arabia, que se interpreta “sagrada”. En ella hay una planta que se Rama olíbano, que es semejante en la corteza y en las hojas al laurel. De ella a veces rezuma un jugo como de almendra, que se recoge dos veces al año, en el otoño y en la primavera. Pero para la cosecha del otoño hay que prepararse durante los calores del verano con una incisión en la corteza, de la que brota una espuma grasa que, según la naturaleza del lugar, se seca y se condensa. Este es el incienso blanco.
La segunda cosecha se prepara durante el invierno, después de la incisión de la corteza. En este tiempo brota un líquido rojo, pero no puede com pararse al anterior. El incienso que brota de las plantas nuevas es muy blanco; pero el incienso que brota de los árboles viejos es más perfumado. Todos los dueños de este bosque del incienso, se llaman en árabe “sagrados”. Los que hacen la recolección en este bosque o los que los hieren, no toman parte en los funerales, ni se contaminan con contactos de mujeres (Solino).
15. La Arabia simboliza la mente santa del justo, en la que hay y debe haber el olíbano, que se interpreta “blancura”, o sea, debe haber la pureza de la vida, de la que procede el incienso de la genuina oración. Dice el Eclesiástico: “Como un olíbano no inciso llené de perfume mi habitación” (24, 2 1).
El olíbano simboliza a todos aquellos cuya vida está totalmente gastada en la oración. Olíbano no inciso deben ser todos los religiosos, sobre todo, para que su mente no esté distraída durante la oración; o sea, que tengan una cosa en los labios y otra en el corazón, porque una mente distraída no impetra nada. Deben, pues, esforzarse por ser íntegros, para que la mente esté de acuerdo con el corazón. Sólo así a los oídos del Señor de los ejércitos subirá una suave melodía.
La recolección del incienso en el otoño simboliza la devota oración de los proficientes, mientras la recolección del incienso en primavera simboliza la oración de los incipientes, o sea, de los recientemente convertidos. Tanto los unos como los otros, después de la incisión en la corteza, echan fuera la goma, porque sus corazones compungidos elevan a Dios la oración. Los primeros sufren la incisión en el calor del verano, los segundos en el invierno; los primeros echan fuera un incienso blanco, los segundos un incienso rojo.
Los proficientes, en el fervor del deseo celestial, emiten su oración con una devoción cándida, unida a las lágrimas de la compunción. En cambio, los incipientes, en el invierno de sus tentaciones, aun atormentados con el frío de las sugestiones diabólicas, emiten una oración dolorosa y casi ensangrentada, unida a la amargura de las lágrimas y de los suspiros. En efecto, el faraón, al verse despreciado, sale en excandecencias (Así el diablo, al verse despreciado, acrecienta las tentaciones). El incienso de las plantas jóvenes es más blanco; el de las plantas viejas es más perfumado. Debe anteponerse la santidad de la vida, para que siga luego el perfume de la buena reputación. Cuando comienzas, debes aplicarte sobre todo a vivir santamente; cuando progreses, pensarás en el perfume de la buena reputación. Cuando uno quiere cosechar el incienso de la oración y ofrecerlo a Dios, cuídese de tomar parte en los funerales del rencor y del odio -”el que odia a su hermano, es un homicida” (1Jn 3, 15)-, y cuídese también de contaminarse con contactos de mujeres o de los malos pensamientos.
Símilmente, la mirra, llamada así de “amargura”, simboliza la mortificación de la carne, de la que se dice en el libro de Judit, que Judit “lavó su cuerpo y lo ungió con mirra purísima” (10, 3). El que se confiesa, debe lavarse en la confesión y después ungirse con la mortificación del cuerpo en expiación de sus pecados. A Daniel se le dijo: “Desde el primer día, en que, para obtener inteligencia, estableciste en tu corazón afligirte en presencia de tu Dios, tus palabras fueron escuchadas” (Dan 10, 12). “En presencia de Dios”, está escrito, y no de los hombres.
16. Símilmente, la resina es la lágrima de las plantas, y simboliza la lágrima que rezuma de lo íntimo del corazón, de la que dice el Señor al rey Ezequías: “Escuché tu oración y vi tus lágrimas”. Y de nuevo: “Te regaré con mis lágrimas, Esebón y Eleale” (Is 38, 5; y’[ 6, 9). Hesebón se interpreta “cíngulo de tristeza” o también “pensamiento de aflicción”; y Eleale “subida”; y simbolizan las almas de los penitentes que se ciñen con el cíngulo de la tristeza y de la aflicción, para que puedan subir, sin estorbos, a la casa del Señor.
Dice Isaías: “Por la cuesta de Luit subirán llorando, y por el camino de oronaim alzarán gritos de quebranto” (15, 5). Luit se interpreta “mejillas”. Por la cuesta de Luit, o sea, por las mejillas, subirá el llanto al Señor. Oronaim se interpreta “abertura de tristeza”, y simboliza el ojo, por el cual sale la lamentación del luto, que sube al Señor.
Dice el Eclesiástico: “Las lágrimas de la viuda, ¿no corren por sus mejillas? Y su clamor, ¿no va contra quien las hace correr? De sus mejillas subirán hasta el cielo; y el Señor que escucha, por cierto, no se complacerá en ellas” (Ecli, 35,.18-19). El Señor, pues, embriaga con las lágrimas de su pasión las almas de los penitentes, porque El también, con fuertes clamores y lágrimas, se ofreció a sí mismo a Dios Padre (Hb 5, 7). Las embriaga, repito, para que, olvidando las cosas temporales, tiendan a las futuras (Filp 3, 13).
En fin, el almendro, que florece en invierno, simboliza la limosna, por la cual uno debe florecer en el invierno de la vida presente. Se lee en el Eclesiastés: “Florecerá el almendro, engordará la langosta y se dispersará la alcaparra” (12, 5). Para la explicación de este versículo, consulta la tercera parte del sermón sobre el evangelio: “Había un hombre rico que tenía un mayordomo”, del domingo IX después de Pentecostés. Y dice el Eclesiástico: “Hijo, no defraudes la limosna al pobre” (4, 1). Dice con razón “no defraudes”, porque el fraude se relaciona con las cosas ajenas, según el dicho: “Está demostrado que arrebata los bienes ajenos, el que guarda para sí más de lo que fuere necesario”.
La limosna, en latín eleemosyna, viene de Heli, Dios, y moys, agua; entonces helímósina es agua de Dios. La limosna es también una palabra griega eléein, que significa “misericordia”.
¡Afortunada será aquella casa, bienaventurada aquella despensa, en la que son guardados estos seis dones, de los que procede la verdadera y la genuina oración, que subirá hasta los oídos de Dios y que impetrará todo lo que se le pide! Con razón dice el Señor: “Mi casa será llamada casa de oración”.
Sobre esta casa tenemos una concordancia en el introito de la misa de hoy: “Dios habita en su santo lugar, y Dios hace habitar en su casa a los que van de acuerdo; El mismo dará fuerza y vigor a su pueblo” (Salm 67, 6-7 y 36).
El lugar santo y la casa simbolizan la mente del justo. Del “lugar” dice Ezequiel: “oí detrás de mí una voz de gran conmoción, que decía: “¡Bendita sea la gloria del Señor en su lugar santo!” (3, 12). Esta voz de gran conmoción es la contrición del corazón, por la cual la mente del hombre llega a ser “lugar” de Dios, en el cual Dios es bendecido y glorificado. De la “casa” dice el mismo Señor: “Mi casa será llamada casa de oración”. En esta casa Dios hace habitar a los que van de acuerdo, o sea, la razón y la sensualidad, para que la sensualidad obedezca a la razón, y la razón obedezca a su superior, o sea, a Dios. “El mismo dará fuerza y vigor a su pueblo para que no se exalte en la prosperidad y no se deprima en las adversidades, según lo que dice Isaías: “El da fuerza al fatigado, y multiplica las fuerzas a los que no las tienen” (40, 29).
17. “En cambio, ustedes la hicieron una cueva de ladrones”. Dice Jeremías: “Delante de sus ojos, ¿llegó a ser quizás una cueva de ladrones esta casa, en la cual es invocado mi nombre?” (7, 11). La conciencia del hombre llega a ser cueva de ladrones, cuando se verifica en ella lo que dice Isaías: “Allí dormirán las bestias del desierto y sus casas se llenarán de dragones; allí habitarán los avestruces y danzarán los sátiros. En sus palacios se enviarán reclamos las lechuzas y las sirenas en los templos de sus placeres” (13, 21-22).
Las bestias (vastiae) son llamadas así de vastare, devastar, que dilaceran la presa con las mordeduras y con las garras. El dragón es el reptil más grande de todos los animales sin pies, y es llamado dragón, porque salido (en latín, tractus) de las cavernas. Se levanta en el aire y la atmósfera es perturbada por su vuelo; su fuerza no está en los dientes, sino en la cola. El dragón marino tiene en sus agallas un aguijón, dirigido hacia la cola.
El avestruz, del griego stroutos, indica un animal, que tiene las plumas como las aves, pero no puede alzarse de la tierra y volar. Descuida la incubación de los huevos, los pone y llegan a madurez sólo con el calor de la tierra (Isidoro).
Los sátiros, o faunos, llamados también íncubos, se asemejan a la figura humana en la parte superior y a las bestias en la parte inferior. Los griegos los llaman panas (divinidad de los bosques). Los paganos decían que los sátiros tienen barba, una cara rubicunda y las patas como las cabras. Las lechuzas son aves nocturnas. Son llamadas en latín úlulae por los ululatos que emiten. La gente les da también el nombre de altillo y búho.
Las sirenas, como se cuenta, son animales marinos mortíferos, que desde la cabeza hasta el ombligo tienen forma humana, y el resto del cuerpo hasta las patas tienen forma de aves. Cantan melodías y cantos dulcísimos, para atraer, con la magia de la voz, los oídos de los navegantes, aunque estén lejos, y, después de haberlos dormido en un sueño profundo, los dilaceran. En realidad, eran prostitutas que reducían a la miseria a los que las frecuentaban. Se cuenta que tuvieran alas y garras, porque el amor de la lujuria vuela y hiere.
Presta atención. En las bestias están indicadas la soberbia y la rapiña; en los dragones, la venenosa malicia de la ira y de la envidia; en los avestruces, la falsedad de los hipócritas; en los sátiros, la avaricia y la simonía; en las lechuzas, la calumnia y la adulación; en las sirenas, la gula y la lujuria. Los rapiñadores con su soberbia destruyen, como bestias feroces, a los pobres, a los huérfanos y a las viudas. Ezequiel, hablando del prepotente soberbio de este mundo, dice: “El león tomó a uno de sus cachorros”, o sea, a uno de sus hijos, y lo hizo león: aprendió a arrebatar la presa y a devorar hombres y aprendió a hacer viudas; y su plenitud, o sea, su poder, se manifestaba en el estruendo de sus rugidos” (19, 6-7).
Así los iracundos y los envidiosos, como dragones, saliendo de la caverna de su conciencia -¡no pueden contenerse!-, llenan el aire de palabras, lo agitan con sus gritos, lo contaminan con las blasfemias. La fuerza de su malicia no está tanto en los dientes con las blasfemias, sino, más bien, en la cola, a motivo de las injurias y de las venganzas, que llevan a cabo con sus manos.
Asimismo, los hipócritas, como los avestruces, tienen apariencia de santidad, pero, avidísimos de la gloria temporal, no pueden elevarse de la tierra. El avestruz descuida empollar los huevos; y así el hipócrita abandona a los hijos, que habla conquistado con su predicación, a que perezcan entre las cosas terrenales. Dice Job: “Las plumas del avestruz son semejantes a las plumas de la garza y del gavilán, y abandona a la tierra sus huevos. ¿Tú, acaso, los calentarás? El olvida que el pie los puede aplastar y que la bestia del campo los puede romper. Trata duramente a sus hijos, como si no fueran suyos” (39, 13-16).
Huevo suena en latín como úvida, o sea, lleno de líquido. Húmedo es lo que tiene de liquido exteriormente, úvido lo que tiene de líquido interiormente. Los huevos son los nuevos convertidos, que tienen en su corazón la linfa de la compunción: el Señor los calienta en el polvo, o sea, en la humildad la penitencia, para que puedan producir frutos de buenas obras.
El prelado hipócrita, preocupado de las cosas temporales, olvida que el pie del afecto carnal puede pisotear a sus súbditos y la bestia del campo, o sea, el diablo los puede aplastar; pero él los trata con dureza como si no fueran suyos. Es un mercenario, al que no interesan ni los huevos ni las ovejas (en latín, de ovis et de ovibus).
Así los avaros y los simoníacos hoy bailan y juegan, como sátiros y faunos, en la iglesia de cristo, de rostros rubicundos, bien vestidos y gordos.
Sus pies, o sea, sus sentimientos y costumbres, son caprinos, o sea, hediondos; y de ese hedor da testimonio el antro de su conciencia.
Símilmente, los calumniadores y los aduladores, como lechuzas en la noche, o sea, en la ausencia de aquellos de los que hablan mal, lanzan pavorosos ululatos con la falsa alabanza con la que adulan. Los glotones y los lujuriosos, como sirenas, dilaceran sus almas, devoran los bienes y junto con ellos lanzan al mar de la condenación eterna a aquellos a los que sedujeron.
He aquí como se llenan de todos estos vicios, desde la cima hasta el fondo, la casa, o sea, la iglesia de Dios, que así llega a ser una cueva de ladrones, y la conciencia del hombre, que llega a ser antro de demonios. Con razón dice el Señor: “Ustedes hicieron de mi casa una cueva de ladrones”.
¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Con humildad y con lágrimas roguemos al Señor Jesucristo, que expulse de su iglesia a los vendedores y a los compradores simoniacos y que desaloje de la casa de nuestra conciencia, que antes era suya, los vicios señalados y haga de ella una casa de fervorosa oración, para que podamos así llegar a la casa de la Jerusalén celestial.
Nos lo conceda el mismo Cristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos eternos. Y toda conciencia pura diga: “¡Amén!
¡Aleluya!”.