Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XVII después de Pentecostés

    Damos gracias al Señor Jesucristo, Hijo de Dios, porque, siendo El guía y camino, hemos llegado al primer domingo del mes de octubre.

    Hay que tener en cuenta que, desde el inicio de octubre hasta el inicio de noviembre, se leen en la Iglesia los libros de los Macabeos; y en este tiempo hay cuatro domingos, en los que se leen cuatro pasajes de los evangelios, cuyas partes, lo mejor que sea posible y Dios nos lo conceda, vamos a concordar con algunos relatos de los Macabeos.

    Exordio.

    El predicador y sus armas

    1. “En aquel tiempo, aconteció que, en un día de reposo, Jesús entró en la casa de uno de los jefes de los fariseos, para comer el pan; y ellos lo Observaban” (Lc 14, 1).

    En el primer libro de los Macabeos se relata que “Judas Macabeo vistió la coraza como un gigante, se ciñó con las armas de guerra, combatió en muchas batallas y defendía el campamento con su espada. En sus hazañas se parecía a un león, como a un cachorro rugiente ante su presa” (3, 2-4). Judas se interpreta “que glorifica”; Macabeo, “que protege” o “que golpea”; y es figura del predicador, que debe hacer estas tres cosas: glorificar a Dios, proteger al prójimo y golpear al diablo.

    El predicador debe vestir la coraza como un gigante. Presta atención a estas dos cosas: el gigante y la coraza. En el gigante está simbolizada la constancia y en la coraza la paciencia: estas dos virtudes son muy necesarias al predicador, para ser constante cuando predica, y paciente cuando los perros ladran contra él. En efecto, debe exultar “como gigante que recorre su camino” (Salm 18, 6). De él dice Job: “Exulta valerosamente y con ímpetu va contra los armados. Desprecia el miedo y no retrocede frente a la espada” (39, 2122). Y así, “desde la extremidad del cielo”, del empíreo, del cielo de fuego, o sea, de la caridad, “será su salida”, para golpear al diablo, que habita en el corazón del pecador; y entonces le es necesaria la coraza de la paciencia. La coraza se llama en latín lorica, porque no está labrada con correas de cuero -en latín loris caret-, sino que está trenzada con círculos de hierro. Así la verdadera paciencia no está vinculada a favores humanos y al miedo, sino que está tejida únicamente con los vínculos inmutables del amor. La falsa paciencia teme vengar la ofensa recibida más por vergüenza o temor del mundo que por el amor de Dios.

    Judas Macabeo “se ciñó las armas de guerra”, de las que dice el Apóstol: “Estén ceñidos sus lomos con la verdad y los pies estén calzados con el celo para propagar el evangelio de la paz. Tengan siempre en mano el escudo de la fe, para poder apagar todos los dardos de fuego del muy maligno y tomen el yelmo de la salvación” (Ef 6, 14-17). “Y defendía el campamento con su espada”, o sea, con la palabra de Dios, que se le había confiado. Con esa palabra el predicador debe proteger las almas de los fieles de tres peligros: del ardor del sol, o sea, de la tentación de la carne; de la tempestad del rayo, o sea, de las adversidades de este mundo; y de los ataques del enemigo, o sea, del demonio.

    “Fue semejante a un león”, del cual se dice en el Apocalipsis: “Vence el león de la tribu de Judá” (5, 5); y en el Génesis:” Judá es un cachorro de león. Tú, hijo mío, saliste para la presa; y, para descansar, te echaste como un león” (49, 9). El predicador debe tomar los despojos, o sea, debe arrancar de las manos del diablo con la caza de su predicación a las almas prisioneras, como hizo Cristo, León de la tribu de Judá, que subió a la cruz en vista de una presa, o sea, para apresar al diablo, en cuya casa entró para arrebatarle sus vasos (Mt 12, 29). Por esto el evangelio de hoy dice: “Jesús entró en la casa de uno de los jefes de los fariseos”,

    2. Observa que en este evangelio se destacan tres momentos: la entrada en la casa del jefe, la curación del hidrópico y la amonestación de Jesucristo a practicar siempre la humildad. El primer momento, donde dice. “Jesús entró”; segundo: “Había un hombre hidrópico”; tercero: “Cuando te inviten a las bodas”.

    En el introito de la misa de hoy se canta: “Da la paz, Señor, a los que te esperan” (Sir 36, 18). Y se lee la epístola del bienaventurado apóstol Pablo a los Efesios: “Yo, preso por el Señor, los ruego” (4, 1), que vamos a dividir en tres partes y concordar con las tres partes del evangelio. Primera: “Los ruego”; segunda: “Preocúpense de conservar”; tercera: “Un solo Señor”. Considera que se lee esta epístola en conexión con este evangelio, porque el Señor en el evangelio habla particularmente de la humildad, por medio de la cual se mantiene la unidad de la iglesia; y es justamente la unidad de la iglesia que el Apóstol, en la carta de hoy, exhorta cálidamente a conservar.

    I - El ingreso de Jesucristo a la casa del jefe de los fariseos

    3. “Un sábado, Jesús entró en la casa de un jefe de los fariseos para comer el pan; y ellos lo Observaban”. Vamos a ver cuál sea el sentido alegórico de la casa, del jefe, del fariseo, del sábado y del pan.

    El “jefe” es llamado así, porque por primero toma para sí un lugar o un honor; y es figura del diablo, que apresó al primer hombre con un fruto, como a un pez con el anzuelo. Considera que el que quiere apresar a un pez con el anzuelo, necesita tener tres instrumentos: el hilo, la yesca y el hierro. En el fruto hay tres cualidades: el olor, el color y el sabor. El olor, que atrae como el hilo; el color, que atrae como la yesca; y el sabor, que apresa como el anzuelo. Y con este anzuelo el primer hombre fue apresado por el jefe de los diablos.

    Sobre ello tenemos una concordancia con el primer libro de los Macabeos, donde se dice que “Antíoco entró en el santuario con arrogancia y se llevó el altar de oro, el candelabro de las lámparas, la mesa de la proposición (las ofrendas) y todos los adornos de oro de la fachada del templo” (1, 23).

    Antíoco se interpreta “silencio del pobre”, y simboliza al diablo, que al primer hombre, después de haberlo despojado de su incomparable gloria, le escondió la realidad de la muerte, y le prometió que sería como Dios. El diablo, con la soberbia por la cual había caído del cielo, entró en el santuario, o sea, en el paraíso terrenal y se llevó el altar de oro, o sea, la pureza del corazón, por medio de la cual se ofrece a Dios el incienso de la devoción. Dice Juan en el Apocalipsis: “Oí una voz desde los cuatro lados del altar de oro, que se halla delante de los ojos de Dios” (9, 13). El altar de oro es el corazón puro, que tiene cuatro lados, o sea, cuatro virtudes principales, de las cuales procede la voz de la contrición y de la confesión. Tal altar está siempre delante de los ojos de Dios, porque Dios mismo lo mira con misericordia. Dice Isaías: ¿A quién miraré, sino al humilde y al manso … (66, 2). “Y se llevó el candelabro de las lámparas”, o sea, apagó la luz de la razón, de la que dice el Señor en Mateo: “Si la luz que está en ti, es tiniebla, ¿cuán densa será la tiniebla?” (6, 23). “Y se llevó la mesa de la proposición”, o sea, la dulzura de la contemplación, de la que habla el Salmo:

    “Preparaste delante de mí una mesa” (22, 5). “Y los adornos de oro”, o sea, la caridad, que adorna la fachada del templo, o sea, las obras del cristiano, quien, como dice el Apóstol, “es el templo santo de Dios” (1Cor 3, 17). Estos grandes bienes el diablo se los quitó al primer hombre, y todos los días procura arrancárselos a todo hombre.

    En este pasaje es llamado “jefe de los fariseos”, que se interpretan “separados”; y simbolizan a los que se separan de los justos y forman corros aparte. Sobre ello tenemos una concordancia en el primer libro de los Macabeos: “En aquellos días salieron de Israel hombres impíos, que persuadieron a muchos, diciendo: “Vayamos y hagamos una alianza con los paganos que están alrededor, porque, desde cuando nos alejamos de ellos, nos sobrevinieron muchos males”. Y este discurso pareció bueno a sus ojos” (1, 12-13).

    La casa de este jefe (diablo) era el mundo, del que se había adueñado como de su casa a causa del pecado del primer hombre. En esta casa el Señor entró, cuando tomó nuestra carne. Con razón se dice: “El Señor entró en la casa de un jefe de los fariseos”. ¿Para qué entró? “Entró un sábado para comer el pan”.Observa estas tres palabras: sábado, comer, el pan. El sábado se interpreta “descanso”. Comer en latín se dice “manducare” y es como llevar la mano a la boca (manum dúcere). El pan se llama así, porque se presenta junto con todos los alimentos, o también porque todos los vivientes lo buscan (Tal vez, Antonio usa todos, recordando que en griego pan significa todo). El Señor entró en el mundo un sábado, para hacernos “descansar” (liberar) de la esclavitud del diablo.

    4. Dice Isaías: “En aquel día, después que el Señor te dé reposo de tu trabajo, de tu extorsión y de la dura esclavitud en la que te hicieron servir, entonarás esta canción contra el rey de Babilonia y dirás: “¿Cómo cesó el verdugo y cómo se acabó la extorsión? El Señor quebrantó el bastón de los impíos y el cetro de los dominadores, que en su furor herían a los pueblos con llaga irremediable, sometían a las naciones con el terror y las perseguían con crueldad. Ahora toda la tierra está en reposo y en paz, goza y exulta” (14, 3-7). En aquel día, cuando en las tinieblas surgió una luz (Salm 111, 4), el Hijo de Dios, Jesucristo, nos dio reposo del trabajo, de la extorsión y de la esclavitud. Dice Juan en su primera carta: “Todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne”: he ahí el trabajo; “y concupiscencia de los ojos”: he ahí la extorsión; y soberbia de la vida”: he ahí la dura esclavitud del diablo (1 Jn 2, 16). De estas tres “concupiscencias”, el Padre, con las palabras de Isaías, dice al Hijo: “El trabajo de Egipto, el comercio de Etiopia, y los sabeos, hombres de elevada estatura, se pasarán a ti y serán tuyos, caminarán en pos de ti y marcharán atados con grillos, se postrarán delante de ti y te suplicarán” (45, 14).

    Egipto se interpreta “tribulación que atenacea”: he ahí la concupiscencia de la carne, que atormenta y atenacea el alma. Etiopía se interpreta “tiniebla” u “oscuridad”: he ahí la concupiscencia de la avaricia, que oscurece los ojos de los sabios; sabeos se interpretan “prisioneros”: he ahí la dura esclavitud del diablo, o sea, la arrogancia y la soberbia. Contra estas tres concupiscencias, el Señor opone tres virtudes, o sea, la inocencia de la vida contra el afán de la carne, el espíritu de pobreza contra la extorsión y los negocios de la avaricia, su pasión y su sangre contra la arrogancia y la soberbia.

    El Señor, al mostrarte en sí mismo todas estas virtudes para que las imites, a través de la humillación de su pasión te dio el reposo del trabajo de Egipto, de los negocios y de la extorsión de Etiopía, de la esclavitud del diablo y de la arrogancia y de la soberbia; y te dará un reposo más pleno, cuando este cuerpo mortal sea revestido de inmortalidad (1Cor 15, 53).

    Y entonces tú “entonarás una canción contra el rey de Babilonia”, o sea, contra los estímulos de la carne, contra el mundo y contra el diablo, “y dirás”: “¿Cómo cesó el verdugo”, o sea, el tirano de la carne, que cada día pretendía el salario del placer? ¿”Como se acabó la extorsión” de la avaricia y de la codicia? “El Señor quebrantó el bastón”, o sea, la prepotencia, de los impíos; “y el cetro”, o sea, la soberbia, “de los dominadores”, que herían a los pueblos, sometían a las naciones y las perseguían cruelmente.

    Entonces la tierra, o sea, nuestra carne, descansará, y en acuerdo con el espíritu tendrá tregua del trabajo de las tentaciones, será liberada de las extorsiones de la codicia de los mundanos, gozará y exultará por haber escapado de la esclavitud y de la insolencia del diablo. Con razón se dice: “Un sábado, Jesús entró en la casa de un jefe de los fariseos”.

    5. “Jesús entró a comer”. Cristo comió, porque llevó la mano de la acción a la boca del predicador”. Y oye cómo comió: “Jesús comenzó a hacer y a enseñar” (Hech 1, 1). Y de nuevo: “Era potente en obras y en palabras” (24, 19). Y a Pedro se le ordenó: “¡Mata y come!” (Hech 10, 13). Como si dijera al predicador: “Mata con la espada de la predicación, y come, o sea, lleva la mano a la boca, para que lo que predicas a los demás, primero lo hagas tú”.

    Sobre esto tenemos una concordancia con el primer libro de los Macabeos: “Dijo Timoteo a los jefes de su ejército: “Si Judas y su ejército se acercan al torrente de agua, y si lo pasa primero contra nosotros, no podremos resistirle; porque nos atacará con gran empuje. En cambio, si vacila en cruzarlo y pone el campamento más allá del río, lo atravesaremos nosotros, iremos contra él y lo venceremos” ( 5, 40-41).

    Timoteo se interpreta “benéfico”, y simboliza al diablo, que finge prestar a sus amadores beneficios, que, más bien, son maleficios; y por esto en lugar de “benéfico” debe ser llamado “maléfico”. El diablo mucho teme que Judas, o sea, el predicador, cruce el río de la predicación, o sea, pase de la orilla de las palabras a la orilla de las obras. Si lo hace, pondrá en fuga al mismo Timoteo y a su ejército. Pero, ¡ay de mí! Hoy muchos llegan hasta el río, se detienen en la orilla de las palabras y no quieren pasar a la orilla de las obras; y por eso el diablo no los teme, y sus palabras pierden eficacia. Esos predicadores no son de la estirpe de los hombres valerosos que llevaron la salvación a Israel (1Mac 5, 62). Esos hombres valerosos fueron los apóstoles que, cruzando el río, cumplieron una vasta obra de salvación en medio del pueblo de Dios.

    “Comer el pan”. El pan es la voluntad de Dios, que debe anteponerse y ponerse con cualquier alimento. Dijo Judas Macabeo: “¡Hágase la voluntad del cielo!” (1Mac 3, 60). Toda obra es estéril, si no se la une al pan de la voluntad divina. “Ya la voluntad de Dios es que el pecador se convierta y viva” (Ez 33, 11). El mismo dice en Isaías: “Tu tierra ya no será llamada devastada, sino que la llamarás mi Voluntad; y tu tierra será habitada, porque el Señor se complació en ti” (62, 4).

    Cuando el pecador se convierte, su tierra, o sea, su mente, es habitada por la gracia; y así en ella se halla la voluntad del Señor, que es vida. Un sábado, Jesús entró en la casa de un jefe de los fariseos, para comer el pan. Vino, pues, a este mundo, para hacer la voluntad del Padre, como El mismo se expresó: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre, que me envié” (Jn 4, 34). Dice Ezequiel: “El se sentará a la puerta, para comer el pan delante del Señor” (44, 3); o sea, El se humillará en la Virgen, para cumplir la voluntad del Padre.

    “Y éste es el pan vivo; y el que lo come, no morirá jamás”. “La carne”, o sea, la voluntad de la carne, “para nada aprovecha” (Jn 6, 50 y 64). En cambio, este pan, o sea, la voluntad del Señor, “sustenta el corazón del hombre” (Salm 103, 15).

    Dice el Señor en el Éxodo: “Por la tarde comerán las carnes, y por la mañana se saciarán de pan, y sabrán que yo soy el Señor, su Dios” (16, 12). En la tarde de la culpa, cuando se pone el sol de la gracia, los pecadores comen la carne, o sea, cumplen la voluntad de la carne; pero mi espada, dice el Señor, devorará las carnes (Dt 32, 42). “Sus carnes son como las carnes de los asnos, y su celo es como el de los caballos” (Ez 23, 20).

    “Traspasa con tu temor mis carnes” (Salm 118, 120). “Por la tarde comerán carnes y por la mañana”, o sea, al despuntar de la gracia, en la contrición del corazón y en la renuncia del pecado, “se saciarán de pan”, o sea, de la voluntad del Señor, que por encima de todo alimenta y sacia el alma de los penitentes; y entonces “sabrán que yo soy el Señor, su Dios”. Cuando de la tarde de la culpa nos convertimos a la mañana de la gracia, entonces de veras sabemos que El es el Señor, nuestro Dios.

    Este pan lo desea toda alma viviente. En efecto, “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (Mt 6, 10), como si dijera: “Como mi voluntad se cumple en los justos, así se cumplirá también en los pecadores”. Visita, pues, oh Señor, la tierra y satúrala, para que no germine espinas y abrojos, sino trigo que colme la espiga, o sea, la confesión en la contrición que punza; y con aquel trigo se haga el pan de tu voluntad, que sustenta el corazón del hombre.

    “Y ellos lo observaban”, o sea, le preparaban trampas, o astutamente lo vigilaban para ver si violaba el sábado. Dice el Salmo: “El pecador maquina contra el justo” (36, 12). Lo observaban para reprenderlo, no para guardar sus mandamientos. Dice Salomón: “Teme a Dios y guarda sus mandamientos: todo hombre fue creado para Observarlos” (Ecle 12, 13).

    Se lee en la Historia Natural que existe un pequeño animal (rana venenosa), que se coloca en la abertura por donde entran las abejas, y sopla dentro enérgicamente, y espera que salgan; y cuando alguna abeja sale para volar, la captura y la come (Aristóteles).

    De la misma manera, el hombre soberbio y astuto se coloca en la abertura por la que entran las abejas, o sea, espía la vida y las costumbres, las palabras y las obras de los justos, por las que entran al reino; y sopla, o sea, los alaba o los injuria. El cree que se ensoberbezcan con las alabanzas o se desanimen con las injurias. Y vigila si alguno de ellos sale, o sea, sale fuera de sí en la infatuación de la mente, porque lo alabó, o prorrumpe en palabras de rabia, porque lo injurió y en seguida lo reprende y desacredita su vida.

    Como el oro se purifica en el crisol, así el hombre se prueba por la boca del que lo alaba. El fuego de la alabanza destruye el plomo y la paja; en cambio, hace más fulgentes el oro y la plata. La injuria sufrida pone en claro cómo es cada uno en su ánimo.

    6. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola de hoy: “Les ruego, yo preso por el Señor, a comportarse de manera digna de la vocación a la que fueron llamados, con toda humildad y mansedumbre, y soportándose unos a otros con paciencia en la caridad” (Ef 4, 1). Considera que en esta primera parte el Apóstol hace cinco acotaciones: un comportamiento digno, la humildad, la mansedumbre, la paciencia y la caridad. Comportémonos con dignidad, para que el príncipe de las tinieblas no nos sorprenda; con toda humildad contra la soberbia de los fariseos; con mansedumbre, para que celebremos devotamente el sábado (las fiestas); con paciencia, para poder comer el pan de la voluntad divina; soportando en caridad a los que nos espían, nos calumnian y nos persiguen.

    Con esta parte de la epístola concuerda el introito de la misa de hoy: “Concede tu paz, Señor, a los que esperan en ti, para que tus profetas sean hallados dignos de fe; escucha las oraciones de tu siervo y de tu pueblo Israel” (Sir 36, 18). Lo mismo se proclama también en el relato del segundo libro de los Macabeos: “Abra el Señor su corazón a su ley y a sus mandamientos, y les dé la paz” (1, 4). Cuando el corazón se abre mediante la compunción, la ley de la gracia se graba en él con el dedo de Dios, se guardan sus mandamientos y retorna la paz, para que celebremos el sábado de la mente, comamos el pan de la voluntad divina hasta saciarnos y soportemos en caridad la crítica y la detracción. Y así los profetas, o sea, los justos y los santos predicadores serán hallados dignos de fe y las oraciones del pueblo fiel serán escuchadas. Te rogamos, pues, Señor Jesucristo, que entres en la casa de nuestra conciencia; alejes al jefe de los fariseos, o sea, los impulsos de los malos pensamientos, que chocan uno contra otro y, dividiéndose, dispersan el corazón; que restituyas a nuestra mente el sábado de la paz y del reposo y nos hagas comer el pan de tu voluntad. Así mereceremos llegar a ti, pan de los ángeles. Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II La curación del hidrópico

    7. “Y he ahí que delante de Jesús estaba un hombre hidrópico. Dirigiéndose a los doctores de la ley y a los fariseos, Jesús les preguntó: “¿Es lícito o no curar en sábado? Pero ellos callaron. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo curé y lo despidió” (Lc 14, 2-4).

    Explica la Glosa: “En griego hydor significa agua, y por ende hidrópico significa la enfermedad del agua. Es un síntoma propio del hidrópico que cuanto más bebe, tanto más sed tiene. Por esto se le compara a aquel que está engolfado en un exceso de placeres carnales. Se le compara también a un rico avaro. Las aguas del placer carnal Y de la codicia mundana engendran la hidropesía en el alma, que no puede ser saciada. “Estas son las aguas, en las que están acumulados todos los maleficios; si alguno las bebe, se pudrirán su vientre y su muslo” (Num 5, 22-27). Estas son las aguas de Egipto que se cambiaron en sangre, y de las que dice Isaías: “Las aguas de Nimrim serán un desierto; y se secará la hierba, se marchitarán los retoños, todo verdor perecerá. Según la multitud, de sus pecados serán castigados y los llevarán al torrente de los sauces” (15, 6-7).

    Nimrim se interpretan “leopardos”. El leopardo es una fiera ferocísima, que, provocada, ataca ansiosa de sangre y en el asalto corre hacia la muerte. Se cuenta en la Historia Natural que el leopardo, cuando traga algún veneno, busca estiércol humano y lo come. Por eso los cazadores ponen aquel estiércol en un vaso entre los árboles y, cuando el leopardo se acerca a los árboles para aferrarlo, lo matan (Aristóteles).

    El leopardo es figura del soberbio de este mundo, cubierto por diversas manchas de pecados. El, excitado por el veneno de las sugestiones diabólicas, busca el estiércol de las cosas temporales, para comerlo e incorporárselo. En cambio, el Apóstol dice: “Todo lo consideré como estiércol con el fin de ganar a Cristo” (Filp 3, 8). Y a Ezequiel le dice el Señor: “Cubrirás tu pan con el estiércol que sale del hombre” (4, 12) (El texto original dice: “Cocerás el pan al fuego del estiércol humano”). El pan es el pensamiento y la obra del pecador, que son cubiertos por el estiércol de la gula y de la lujuria, de la soberbia y de la avaricia. El cazador, o sea, el diablo, para aferrarlo más fácilmente, mete el estiércol sobre el árbol. El árbol, llamado así de robur, roble, es figura de la dignidad de este mundo, que, mientras se cree fundada en raíces sólidas, en cambio es arrancada por el viento de la muerte y echada al mar del infierno.

    Dice Job: “Vi al necio fundado en firme raíz, y en seguida maldije su prosperidad” (5, 3). Sobre este árbol pone el diablo el estiércol como yesca; y cuando el soberbio salta para aferrarlo y comer el estiércol de la gula y de la lujuria, de la vanagloria y del dinero, es matado por el diablo. Entonces “las aguas de Nimrim serán un desierto”.

    Sobre todo esto tenemos una concordancia en el segundo libro de los Macabeos, donde se dice que Antíoco, “lleno de soberbia y espirando el fuego de su ira, dio orden de acelerar la marcha. Y sucedió que, por la gran velocidad que llevaba el carro, cayó de él, reportando fracturas y lesiones en todo el cuerpo que le hacían sufrir atrozmente. Y así aquel que pensaba dominar los oleajes del mar, que en su soberbia se creía un superhombre y que creía pesar en la balanza las montañas más elevadas, humillado hasta la tierra, era llevado en una litera. Y el que poco antes pensaba tocar las estrellas del cielo, ahora ninguno podía soportarlo por el intolerable hedor de su cuerpo. He ahí cómo las aguas de Nimrim se vuelven un desierto. Así la hierba de la gloria temporal se seca; el germen de los hijos, nietos y parientes llega a faltar y toda la verde lozanía de los placeres carnales, o sea, de la gula y de la lujuria, desaparece.

    En proporción de la grandeza del mal obrado y de la iniquidad de los soberbios, “será también su castigo”, porque la pena será proporcional a la culpa; y con el vaso con que dieron de beber a los demás, les será dado de beber a ellos. Y los demonios, que fueron sus instigadores, los arrastrarán desnudos y en la miseria, con las manos atadas atrás, “al torrente de los sauces”, o sea, de los eternos tormentos, donde “no mora ningún orden, sino un eterno horror” (Job 10, 22). Estas son las aguas que hinchan la mente, producen la hidropesía y que, bebidas, aumentan aún más la sed.

    8. “Y he aquí que estaba delante de él un hidrópico”. El hidrópico es figura del avaro. El avaro se Rama así, por que es ávido de oro (en latín, avidus aun), y jamás se sacia de bienes o de riquezas. Como el cuerpo se llena de aire, así el avaro se llena de oro. Es como un abismo sin fondo, que jamás tiene a suficiencia. Acotando el Salmo (41, 8), se puede decir: “El abismo de la gula llama al abismo de la lujuria; el abismo de las comilonas llama al abismo de los gastos; el abismo del dinero llama al abismo de la gehena”.

    Con razón puede decir el hidrópico junto con el profeta Jonás: “Las aguas me rodearon hasta el alma” (o sea, hasta quitarme el aliento); “el abismo me envolvió; y los oleajes del mar cubrieron mi cabeza” (2, 6). En las aguas está simbolizado el placer de la carne, que tienen al alma asediada como un enemigo en el campamento; en el abismo está simbolizada la profundidad de la codicia humana, que rodea a la misma alma, para que no pueda salir en libertad; en los oleajes del mar se designa la soberbia, que cubre la cabeza, o sea, la mente, para que no pueda descubrir la verdad. Estos tres pensamientos son también reportados en el Salmo-. “Sálvame, Dios, porque las aguas llegaron hasta mi alma”: he ahí el primero; “estoy hundido en el limo profundo, y no hay sustancia” (68, 2-3), o sea, consistencia: he ahí el segundo. Mientras el infeliz acumula sustancias transitorias, pierde las eternas. “Buena es la sustancia, o sea, la riqueza, si no deja pecados en la conciencia” (Sir 13, 30). Presta atención a estas tres palabras: hundido, en el limo, profundo. Se dice limo, porque es blando. El avaro está hundido a causa de la codicia, en el limo a causa del placer y en la profundidad a causa de la desesperación. Dice Salomón: “Cuando el pecador llega a sumergirse en el fondo de los vicios, no le importa más nada” (Prov 18, 3). Se dice “desesperación”, cuando le falta a uno la esperanza de progresar: mientras uno adhiere al pecado, no espera por cierto en la gloria futura.

    En fin, “llegué donde el mar es más profundo y la tempestad me sumergió” (Salm 68, 3): he ahí el tercer pensamiento. La profundidad del mar simboliza la arrogancia de la soberbia, en la cual nace la tempestad, que sumerge al hombre en el abismo de la gehena.

    Oh Señor Jesús, extiende tu mano y aferra a este hidrópico, rodeado por las aguas, cercado por el abismo y sepultado por los oleajes marinos.

    9. “Jesús lo tomó de la mano, lo curó y lo despidió” (Lc 3, 14). Presta atención a estos tres verbos: tomó, curó y despidió.

    Primero: “Lo tomó”. El Señor toma al pecador, cuando, extendida la mano de su misericordia, lo arranca de lo profundo de los vicios. Se dice en el libro de Tobías, que “Tobías aferró un gran pez, lo sacó a lugar seco, lo despanzurró y quitó el hígado, la hiel y el corazón” (6, 4-5). El gran pez es el pecador, enredado en grandes pecados, que Tobías, o sea, Jesucristo, con la mano de su misericordia, aferra y lo saca de lo profundo de la desesperación al lugar seco del arrepentimiento.

    Lo seco es llamado así, porque está sin jugo (en latín, succus). Y el jugo se llama así, porque se exprime con un saco (filtro). La penitencia es un lugar seco, porque no tiene jugo. El jugo de la gula y de la lujuria se exprime mediante el saco de la penitencia, de la cual se dice en el Salmo: “En tierra desierta, sin camino y sin agua” (62, 3). Analiza también el sermón del tercer domingo de Cuaresma, sobre el evangelio. “Cuando un espíritu inmundo sale del hombre”.

    El Señor despanzurra este pez, cuando golpea al pecador con la espada de su temor; y entonces saca de él el hígado, o sea, el amor de la lujuria; la hiel, o sea, la amargura del dinero, en el cual no hay sino fatiga y dolor, porque “se obtiene con fatiga, se guarda con temor y se pierde con dolor”

    (Bernardo); y le quita el corazón, o sea, la hinchazón de la soberbia.

    Del hígado dice Jeremías en las Lamentaciones: “Se derrama por tierra mi hígado” (2, 11). Y esto sucede, cuando uno se consume en el amor a las cosas terrenas con el placer de la lujuria. De la hiel dice Pedro a Simón mago: “Te veo encerrado en la hiel amarga y en los lazos de la iniquidad” (Hech 8, 23). El que peca de simonía o de avaricia, se halla encerrado en la amargura de la mente y en los lazos de la actividad. Del corazón dice Job: “¿Por qué tu corazón se eleva y tienes los ojos atónitos, como si tuvieras pensamientos profundos? ¿Por qué tu espíritu hierve contra Dios, para que tu boca profiera semejantes discursos?” (15, 12-13). Segundo: “Lo curó”. El Señor sana al pecador, cuando cura su alma de toda enfermedad de pecado. Dice el Salmo: “Sana mi alma, porque pequé contra ti” (40, 5). Sano viene de sangre, porque el que está sano, no está pálido. Donde se halla la sangre de las lágrimas, hay también salud del alma. Las lágrimas son llamadas como de laceración, se entiende, de la mente. Cuando laceras la mente con los disgustos, fluye la sangre de las lágrimas, que baña tus mejillas; y entonces tus mejillas toman el colorido rosado como un gajo de granada, descontando que está escondido en lo íntimo, o sea, la contrición del corazón (Cant 4, 3). Entonces, estás curado y cuida que no te suceda algo peor (Jn 5, 14). Y a este propósito dice el Señor al rey Ezequías: “Escuché tu oración, y vi tus lágrimas, y he ahí que te sané” (Is 38, 5). Con las oraciones y con las lágrimas se elabora un remedio, que expulsa las enfermedades del alma.

    Tercero: “Y lo despidió”. El Señor despide al pecador convertido, cuando lo deja ir libre de todo vínculo de culpa, de pena y de tentación diabólica, en el gozo de la conciencia. “Suéltenlo y déjenlo ir” (Jn 11, 4), dijo Jesús. “Despídela, porque sigue gritando detrás de nosotros” (Mt 15, 23), decían los apóstoles.

    Algo semejante lo hallamos en el Éxodo, cuando dice que “Séfora tomó un pedernal muy afilado y circuncidó el prepucio de su hijo; después tocó sus pies, diciendo (a su esposo Moisés): “Tú eres para mí un esposo de sangre”. Y lo dejó ir después de haber dicho: “Tú eres para mí un esposo de sangre”, a causa de la circuncisión (4, 25). Comenta Agustín: “Literalmente habría que entender que la sangre cayó a los pies del niño. Airada por ello, Séfora dijo a Moisés, su esposo: “¿No eres para mí un hombre de sangre? ¿Acaso, por estar casada contigo, estoy obligada a cometer un crimen tan grande, hasta derramar la sangre de mi hijo?”. O también: Séfora tocó los pies de él, o sea, de Moisés e, indignada, tiró el prepucio a los pies de Moisés y, como está reportado por la versión hebrea, dijo: “Tú eres para mí un yerno de sangre, o sea, tú te volviste yerno de mi padre, para ser para mí, o sea, para n-d carne en el hijo, causa de sangre, o sea, de muerte”.

    En sentido moral. Séfora se interpreta “ave”; y es figura del pecador, que debe ser como un ave, o sea, cubierto con las plumas de las virtudes. Este, con un pedernal muy afilado, o sea, con la contrición del corazón, debe circuncidar el prepucio de su hijo, o sea, la superfluidad de su obra.

    Se dice prepucio, como decir delante del pudor, donde el adverbio prae está en lugar del adverbio ante, delante. La superfluidad, de ordinario, nos impide ver la infamia de nuestras iniquidades. Sea, pues, circuncidada para que brote la sangre de las lágrimas y toque y lave los pies del hijo, o sea, de nuestra obra. Si fuere pura la intención, o sea, la voluntad, sería también puro el resultado, o sea, la obra. Después de tal circuncisión el Señor deja al hombre libre de retornar a sus hermanos y a su casa, o sea, a su luminosa conciencia.

    10.”Después, Jesús dijo a los fariseos: “¿Quién de ustedes, si el asno o un buey cae en el pozo, no lo saca en seguida en día de sábado?”. Y nada le podían replicar a esas palabras” (Lc 14, 5-6). Comenta la Glosa: “Con razón compara el Señor a un animal caído en el pozo a aquel pobre hidrópico que perecía a causa de un fluido perjudicial”. Vamos a ver ahora lo que signifiquen estos tres: el asno, el buey y el pozo.

    El asno, que suena como alta sínens, que deja las cosas altas, es más fuerte en las partes posteriores y más débil en las partes anteriores; y allí lleva la “cruz” (esteva o timón del carro). El asno es figura del lujurioso, que abandona las altezas de la vida santa y, en cambio, avanza por los llanos de los placeres. Este es débil en las obras de la cruz y en las fatigas espirituales; en cambio, en los riñones, donde reside la lujuria, es fuerte.

    Sobre este argumento del asno, consulta también el sermón del primer domingo de Cuaresma, sobre el evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto”. También consulta el sermón del domingo de Ramos, sobre el evangelio: “Jesús se acercaba a Jerusalén”.

    El buey es figura del soberbio; y el buey es llamado también cornúpeta, porque acomete con los cuernos: también el soberbio acomete con los cuernos de la soberbia. Sobre este argumento de los cuernos consulta el sermón del tercer domingo de Cuaresma, tercera parte, sobre el evangelio: “Cuando un hombre fuerte y bien armado”.

    Cuando, pues, el asno y el buey, o sea, el lujurioso y el rico soberbio, simbolizados en el hidrópico, precipitan en el pozo de los vicios, para sacarlos, son necesarios trapos viejos. Se lee en Jeremías que Ebed-Melec tomó trapos viejos y viejos vestidos que estaban pudriéndose, los bajó con cuerdas en la cisterna para Jeremías y así lo sacó de la cisterna (38, 11-13).

    Los trapos viejos son la pobreza y la humildad de Jesucristo, que fue envuelto en pañales, con razón llamados “viejos”. De ordinario, damos los vestidos viejos a los demás y no retenemos para nosotros la pobreza y la humildad de Jesucristo. No queremos revestirnos de estas virtudes, sino que de buena gana las predicamos a los demás. Hoy en día todo predicador se esfuerza por revestir a los demás de pobreza y humildad; y ¡quiera el cielo que después ellos no queden desnudos! Quieren formar (enseñar) a los demás, pero han de cuidarse de no deformarse a sí mismos. Los vestidos casi marchitos son los ejemplos de los santos, con razón llamados marchitos, porque en las heces de nuestro tiempo son despreciados y arrojados como cosa podrida. Damos a los demás las cosas viejas, arrojamos las podridas.

    Oh pecador, “del lago de la miseria y del barro de la hez” (Salm 39, 3), jamás podrás ser extraído, sino con los pobres paños de la pobreza y de la humildad de Jesucristo. Con ellos, en efecto, son extraídos del pozo del abismo el buey y el asno.

    11. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Sean solícitos en conservar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz. Un solo cuerpo, un solo Espíritu, como una sola es la esperanza a la que fueron llamados” (Ef 4, 3-4). Explica la Glosa: “Deben conservar la unidad para ser un solo cuerpo sirviendo al prójimo, y un solo espíritu con Dios, cumpliendo su voluntad; o también, un solo espíritu con los hermanos”, con los cuales hay que compartir el mismo querer o no querer (Cicerón). Esta unidad no la conserva el hidrópico, o sea, el lujurioso y el avaro: uno mancha su cuerpo y el otro ahoga su espíritu con las espinas de la avaricia. Si hubiesen sido atados con el vínculo de la paz y de la unidad, jamás habrían caído en el pozo; pero, por carecer de unidad y de paz, ahora yacen en el pozo de la desesperación.

    Te rogamos, Señor Jesucristo, que extiendas tu mano de misericordia, nos aferres y nos saques del pozo con los paños de tu pobreza y de tu humildad y nos sanes de la hidropesía de la lujuria y de la avaricia; y así podremos conservar la unidad del espíritu y llegar a ti que eres Dios uno y trino con el Padre y el Espíritu Santo.

    Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    12. “Sean solícitos en conservar la unidad del espíritu en el vinculo de la paz”. Presta atención a estas tres cualidades: solícitos, unidad, y vínculo de la paz, que a nosotros, queridos hermanos, nos son muy necesarias. El diablo quiso sembrar en el cielo la cizaña de la discordia y ahora también intenta hacerlo en las comunidades de los penitentes. Se lee en Job: “Un cierto día los hijos de Dios fueron a presentarse delante del Señor; y entre ellos asistió también Satanás” (1, 6).

    Presta atención a cada palabra en particular. Dice “un cierto” día, para excluir toda diversidad; un cierto “día”, para excluir la sucesión de la noche; “los hijos”, adoptados con la gracia; “de Dios”, por la pobreza del espíritu; “fueron” con la devoción; “a presentarse” con la mortificación del cuerpo; “delante del Señor”, no delante del mundo; “entre ellos asistió también Satanás”, para sembrar la cizaña de la discordia.

    En cambio, nosotros, hermanos, debemos ser solícitos y no perezosos, en conservar y no en romper, la unidad del espíritu. Guardemos, queridísimos hermanos, con gran solicitud la unidad del espíritu, como las ostras del mar guardan con gran cuidado sus perlas.

    Se lee en la Historia Natural que en las ostras marinas nacen piedras preciosas, o sea, las perlas. Las ostras, en un cierto tiempo del año, anhelan el rocío como marido, y bajo este estímulo se abren; y cuando más copiosa desciende la lluvia lunar, o sea, el rocío, como oscitando (bostezando)

    absorben el fluido suspirado. Así llegan a concebir y a quedar preñadas. Si el fluido absorbido es puro, los pequeños granos que se forman son cándidos; si el fluido es turbio, los granos son opacos o también teñidos de color rojo. Así las ostras procrean más de cielo que de mar. Además, cuando absorben el semen del aire de la mañana, la perla es más límpida; y cuando lo absorben por la tarde, la perla resulta más ofuscada; y cuanto más hayan absorbido, tanto más grandes serán las perlas producidas. Si brilla de improviso un centelleo, se encierran como espantadas. En las ostras hay una cierta sensibilidad: ellas temen que sus “partos”, o sea, perlas, se manchen; y cuando el día se enciende de rayos más ardientes, para que las piedras (perlas) no se ofusquen por el calor del sol, se sumergen en profundidad y se reparan del calor entre los remolinos. En el agua la perla se ablanda, en el vino se endurece. jamás se hallan dos perlas juntas; y cuando se halla una perla gruesa, significa que es la fusión de dos. Las perlas temen las acechanzas de los pescadores; y es por esto que se esconden entre los escollos. Nadan en grupo y cada cardumen tiene siempre un guía seguro (Solino). Vamos a analizar el significado moral de todo esto. Las ostras, cuyo nombre latino concha viene de concavidad, representan a los penitentes, a los humildes, a los pobres en espíritu, que se ubican en la concavidad, o sea, en la humildad del corazón. Ellos anhelan el rocío como marido; y dicen: “Mi alma tiene sed de Dios, fuente viva” (Salm 41, 3). El rocío de la gracia celeste, como un marido, hace grávida el alma con el firme propósito de obrar rectamente. Por el deseo de este rocío se abren, como dice Job: “Mi raíz se abre hacia las aguas, y el rocío se detendrá en mi mies” (29, 19). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo décimo cuarto después de Pentecostés, sobre el evangelio: “Jesús iba hacia Jerusalén”.

    “Y cuando más copiosa desciende la lluvia lunar”, o el rocío. En la lluvia lunar están designadas tres circunstancias: la prosperidad, la adversidad y la infusión de la gracia. En el esplendor de la luna está simbolizada la prosperidad; en la noche, la adversidad; y en la lluvia, la infusión de la gracia. Los justos anhelan ardorosamente esa infusión y la absorben con la boca abierta del corazón tanto en el esplendor de la prosperidad como en la noche de la adversidad, de modo que ni la prosperidad los ensoberbezca ni la adversidad los deprima. Dice Isaías: “Mi alma te deseó en la noche; y a la mañana con mi espíritu y mi corazón madrugaré para buscarte” (26, 9).

    “Y si el fluido absorbido es puro Considera que la infusión de la gracia produce dos efectos: o ilumina o turba. Ilumina la mente para la contemplación; y entonces las perlas llegan a ser cándidas, o sea, son puros los pensamientos y los afectos. Dice el Señor por boca de Oseas: “Seré como rocío, e Israel germinará como el lirio” (14, 6). Cuando el rocío de la contemplación endulza la mente, Israel, o sea, el alma humilde, hará germinar, como el lirio, pensamientos puros.

    Análogamente, la gracia turba suscitando el dolor de los pecados, y entonces en las perlas se infiltran el color pálido o rojizo: pálido en la mortificación del cuerpo, rojizo por la contrición del corazón. Se lee en los Cantares: “Anuncien a mi dilecto, que estoy enferma de amor” (5, 8). Se dijo también: “Palidezca todo enamorado” (Ovidio). “Las plumas posteriores del dorso de la paloma son de la palidez del oro” (Salm 67, 14).

    “Así los partos de las ostras son más del cielo que de la tierra”. Los que se impregnan de mar, o sea, de la amargura del mundo, paren víboras; los que se impregnan de cielo, paren perlas. De los primeros está escrito: “Raza de víboras, ¿quién les enseñó a huir de la ira venidera?” (Lc 3, 7). De los segundos: “Las viñas en flor despidieron su aroma”. Y también: “Tus efluvios son un paraíso” (Cant 2, 13; y 4, 13).

    “Cuando las ostras absorben el semen del aire de la mañana, son más límpidas; en cambio, cuando lo absorben por la tarde, la perla resulta un tanto ofuscada”. Esto lo dice también el Salmo: “Por la tarde sobrevendrá el llanto, y por la mañana la alegría” (29, 6). Observa que triple es la tarde y triple la mañana: en cada uno de ellos hay llanto y alegría.

    La primera tarde fue la culpa de Adán, en la cual hubo llanto, cuando, echado del paraíso terrestre, mereció oír: “Con el sudor de tu frente ganarás tu pan” (Gen 3, 19). La primera mañana fue la natividad de Jesucristo, en la que hubo alegría. Dijo el ángel: “Les anuncio un gran gozo…” (Lc 2, 10). La segunda tarde fue la muerte de Cristo, en la que hubo llanto. Se lee en Lucas: “Hijas de Jerusalén, no lloren sobre mí, sino sobre ustedes mismas” (Lc 23, 28). La segunda mañana fue su resurrección, en la cual hubo la alegría: “Al ver al Señor, los apóstoles se llenaron de alegría” (Jn 20, 20). La tercera tarde es la muerte de todo hombre, en la cual hay llanto. Dice el Génesis: “Murió Sara en la ciudad de Arbee; y Abraham llegó para llorar y lamentarse sobre ella” (23, 2). La tercera mañana será para los santos en la futura resurrección, en la cual, como dice Isaías, “resplandecerá el gozo sempiterno sobre sus cabezas” (35, 10).

    “Si de repente brilla un relámpago, se encierran como espantadas”. Relámpago del diablo es la tentación, de la que los justos tienen mucho miedo; y cuando la advierten, en seguida se recogen y cierran las puertas de los sentidos: “A la tarde de aquel día…, estando cerradas todas las puertas” (Jn 20, 19). Consulta el comentario del mismo evangelio en el sermón de la octava de Pascua. “Las ostras tienen cierta sensibilidad y temen que sus partos se manchen”. La sensibilidad consiste en un estímulo de la mente que, a través del cuerpo, se transmite al alma. Los justos temen que sus partos, o sea, sus obras, se manchen; y por esto, cuando llamea el calor de la prosperidad mundana, que les sonríe, en seguida descienden a lo profundo, o sea, consideran la miseria de su fragilidad y de sus iniquidades y se esconden en los remolinos de las lágrimas, porque, si hicieran de otra manera, sus perlas se ofuscarían y se mancharían con el calor del sol, o sea, con el ardor del aplauso y de la grandeza humana.

    “En el agua la perla se ablanda”. En el agua de los placeres la mente del justo se ablanda; pero se endurece con el vino, o sea, con la austeridad. Delante de un rostro austero y severo se corrige el ánimo del malvado. Se lee en el Eclesiástico: “¿llenes hijas”, o sea, te son confiadas unas almas? “Vigila sobre sus cuerpos y delante de ellas no muestres un rostro demasiado alegre” (7, 26). “En ninguna ostra se hallan dos perlas juntas”, porque en la mente del justo no hay un “sí” y un “no”, no hay dos partes o dos caras. Allí no hay discordia, sino “unión”, porque “tienen gran solicitud en conservar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz” (Ef 4, 3).

    “Las ostras temen las acechanzas de los pescadores”. Los justos temen las acechanzas de las sugestiones de los demonios, que en este gran mar del mundo echan el anzuelo; entonces ellos se esconden entre los escollos. El escollo es un peñón que aflora y viene de sondear; y simboliza la humildad de la mente, en la cual el que se esconde, ya no teme las acechanzas de los demonios.

    “Las ostras nadan en grupo”, y en esto está indicada estupendamente la unión de los espíritus. “Y sus cardúmenes tienen siempre un guía seguro”; y en esto está simbolizada la obediencia. El prelado es el guía al que hay que seguir y al que todos estamos obligados a obedecer de buenas ganas, para mantener la unidad del espíritu en el vínculo de la paz.

    Dígnese concedernos todo esto Jesucristo, al cual sean el honor y gloria por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III La exhortación de Jesucristo a practicar la humildad

    13. “Cuando te invitan a las bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya otro invitado más distinguido que tú; y venga el que te convidó a ti y a él, y te diga: “Da lugar a éste”; y entonces con vergüenza deberás ocupar el último lugar” (Lc 14, 8-9). Comenta la Glosa: “Cuando por la gracia de la fe, llamado por el predicador, te unes a los miembros de la Iglesia, no te ensalces gloriándote de tus méritos, como si fueras mejor que los demás”.

    Observa que en esta tercera parte del evangelio el Señor toca dos argumentos: la soberbia, cuando dice: “No te sientes en el primer lugar”; y la humildad, cuando añade: “Ocupa el último lugar”. Es una gran soberbia en las bodas, o sea, en la Iglesia de Jesucristo, querer ocupar el primer asiento, o sea, los cargos más altos. El mismo Señor añade: “Aman los primeros sitiales en las sinagogas” (Mt 23, 6), ellos que un día serán privados de los segundos.

    ¡Oh desgraciada ambición, que no sabes ambicionar las cosas verdaderamente grandes! El tenaz explorador merodea trepando con las manos y los pies, para poderse infiltrar de algún modo en el patrimonio del Crucificado; y no sabe el miserable que ese patrimonio es precio de sangre” (Mt 27, 6) (Gofredo, abad). Dice el Génesis: “No coman carne con sangre” (9, 4). Come carne con sangre el que, viviendo carnalmente, disipa en sus excesos el patrimonio del Crucificado. Y por eso, “su alma será eliminada del pueblo de Dios” (Ex 12, 15). No te sientes, pues, en el primer lugar, porque, como dice el Señor: “Yo detesto la soberbia de Jacob y odio sus casas” (Am 6, 8). “Sobre los altozanos se ofrecen sacrificios a los ídolos” (3 R 3, 2-3). El Señor es concebido en Nazaret, lugar humilde; en cambio, es crucificado en el lugar más alto de Jerusalén. “No te sientes, pues, en el primer lugar”.

    Comenta Gregorio: “No puede aprender la humildad estando en la cúspide, el que no dejó de ser soberbio en los puestos más humildes. Tú que aspiras a los más altos cargos, buscas así la ruina de tu alma, la pérdida de la buena reputación y el peligro para el cuerpo, porque cuanto más alta es la posición, tanto más ruinosa será la caída. Es el colmo de la locura exponerse a tantos peligros. “No te sientes, pues, en el primer lugar”, porque después, con vergüenza, deberás ocupar el último lugar en el infierno.

    14. Y sobre todo esto también tenemos una concordancia en e 1 primer libro de los Macabeos, donde se relata que Alcimo, habiendo comprado con dinero el sumo pontificado (7, 21), “tuvo un ataque, su boca quedó impedida, quedó todo paralizado, no pudo hablar más ni dar órdenes en su casa. Y en aquel tiempo murió en medio de grandes sufrimientos” (9, 55-56).

    Alcimo se interpreta “fermento de malvados consejos”, y es figura del simoníaco que, con el fermento del dinero -en cuyo consejo no entre ni¡ alma (Gen 49, 6), porque su consejo es consejo de impíos-, corrompe las almas de los que venden palomas. El simoníaco, sin ser llamado por Dios como Aarón, quiere sentarse en el lugar de una dignidad eclesiástica; después de ser atacado por la parálisis como Alcimo, morirá sin confesión, sin testamento y en medio de grandes sufrimientos; y con gran vergüenza deberá ocupar el último y el más innoble lugar del infierno, el que en este mundo quería comparecer primero y rodearse de gloria.

    Hermano, “siéntate, pues, en el último lugar”, para que merezcas oír: “Amigo, sube más arriba” (Lc 14, 10). Dice el Filósofo: “Para no caer, limítate a las cosas pequeñas” (Séneca). También Salomón comparte esta modestia: “El que construye la casa demasiado alta, se busca la ruina” (Prov 17, 16). Por esto, nos dice el Apóstol, “Abraham habitó en tiendas con su hijo Isaac” (Heb 11, 9). “Siéntate, pues, -en el último lugar”.

    El último lugar es el recuerdo de la muerte; y el que piensa en él, seguramente no anhela sentarse en el primer lugar. Dice jerónimo: “Fácilmente lo desprecia todo, el que piensa que un día va a morir”. En este último lugar, oh hermano, fija tu morada; allí siéntate, mirando y saludando de lejos a la Jerusalén celestial, cuyo “arquitecto y constructor es Dios mismo”, convencido de ser en esta tierra “peregrino y huésped” (Heb 11, 10-13). Y así “siéntate en el último lugar”, sin preferirte a nadie y juzgándote más indigno que los demás; y entonces oirás: “Amigo, sube más arriba”. Te reconoce amigo por tu humildad aquel que te pospone por tu presunción.

    Amigo es como decir animi custos, custodio del ánimo; y la humildad es la custodia de las virtudes (Gregorio); y el que practica la humildad, custodia su ánimo, para que no huya de él, porque nada es más fugaz que el ánimo. “Con todo cuidado custodia tu corazón” (Prov 4, 23). ¿Quieres, pues, ser amigo de Dios? Guarda tu corazón o tu ánimo, porque si él huyera, responderla tu alma por él.

    15. A este propósito se dice en el tercer libro de los Reyes que uno de los profetas “se dirigió al rey y le dijo: “Tu siervo salió para luchar. Habiéndose un hombre dado a la fuga, otro lo apresó, me lo trajo y me dijo: “Guarda a este hombre; y, si llegara a huir, tu alma responderla por la de él, o pagarás un talento de plata”. Mientras yo perturbado iba de una parte a otra, el hombre improvisamente desapareció”. El rey de Israel le dijo: “Esta será tu sentencia, que tú mismo pronunciaste” (20, 39-40). Todos nosotros que entramos en la vida religiosa, salimos para combatir contra los espíritus malignos. En este combate un hombre, o sea, nuestro ánimo, huye de nosotros; pero la gracia de Dios trae a nosotros nuestro ánimo, cuando nos hace volver a él, y dice a cada uno de nosotros: “Guarda a este hombre”.

    Custodio viene de cuidado; y cuidado es como decir cor agitat, mueve el corazón. Guarda, pues, a este hombre y ten cuidado de él, para que el varón no se convierta en mujer y como una meretriz huya de ti y corra en pos de sus amantes. “Si huye de ti, tu alma, o sea, tu vida responderá por la de él”. He ahí la amenaza del Señor.

    Hay que prestar particular atención a lo que se dice: “Si huye”. “Se disipa en poco tiempo lo que fue conquistado en mucho tiempo” (Catón). En el primer libro de los Reyes dice Saúl: “Vi que el pueblo se me desertaba” (13, 11). Y Jeremías: “Mi vida cayó en la fosa” (Lam 3, 53).

    ¡Ay de mí! ¡Cuántas veces mi ánimo, del cual proviene la vida, cae “en la fosa de la miseria y en el barro del pantano!” (Salm 39, 3). Entonces, ¿mi alma, o sea, mi vida, pagará por el alma o deberé pagar por ella un talento de plata? ¡Ay de mi, Señor Dios! Tengo un alma; pero no puedo pagar el talento de plata, o sea, no tengo la pureza de la vida para ponerla en la balanza de tu examen, o juicio. ¡No me hagas, pues, pagar con mi alma por esta caída! Por cierto, Señor, tus juicios son justos; y merezco ser condenado por no haber guardado tu depósito (2Tim 1, 12 y 14), o sea, mi corazón y mi vida; y por esto merezco ser privado de la vida. “Mientras, turbado, me volvía de una parte a otra, ese hombre improvisamente desapareció”. He aquí cómo el ánimo se disipa. Observa estos dos verbos: turbado y me volvía. Turbado es como decir terrae mixtus, mezclado con tierra. Y no hay que asombrarse si tu ánimo se disipa, cuando tú estás turbado, o sea, inmiscuido en las cosas terrenales. ¿Quieres conservar tu ánimo? Conserva la tranquilidad de tu conciencia. Y Observa con qué propiedad dijo: “Me volvía de una parte a otra”. Cuando te vuelves de una parte, o sea, hacia la carne, o de la otra parte, o sea, hacia el mundo, tú pierdes el ánimo. No hay que volverse ni a la derecha ni a la izquierda, sino andar por el camino regio, para que siempre te tengas a ti delante de ti. Y jamás juzgues las acciones de éste o de aquél; ni murmures de nadie.

    “De improviso desapareció”. Cada vez que tú vuelves, si no es a Dios y a ti mismo, inmediatamente tu ánimo desaparece. No te vuelvas, pues, sino ten siempre el rostro dirigido hacia Jerusalén, para que ella suba a tu corazón. Y si guardas tu corazón, llegarás a ser amigo de Dios. Diga, pues, el Señor: “Sube más arriba”. El que se sienta en el último lugar, sube más arriba, porque “el que se humilla, será exaltado. Entonces tendrás gloria delante de todos los comensales” (Lc 14, 10-11). En efecto, dice siempre Lucas: “Los acomodará a la mesa y pasando los servirá” (12, 3 7). Es de veras un gran honor que el Señor sirva a los siervos.

    16. Con esta tercera parte del evangelio concuerda la tercera parte de la epístola: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, el cual está sobre todos, por todos y en todos nosotros” (Ef 4, 5-6).

    Si te sientas en el último lugar de la humildad, temes al Señor, mantienes la fe y conservas la inocencia bautismal. Presta atención a estas cinco palabras: el Señor, Dios, Padre, la fe, el bautismo. Todo aquel que quiere oír: “Amigo, sube más arriba”, reflexione sobre la potencia del Señor, la sabiduría de Dios, la misericordia del Padre, la excelencia de la fe y el valor del bautismo. Reflexione sobre la potencia para temerla; sobre la sabiduría para gustarla; sobre la misericordia para confiar; sobre la excelencia de la fe para despreciar las cosas temporales; sobre el valor del bautismo para luchar siempre valerosamente.

    Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, para que nos haga sentar en el último lugar, guarde nuestro ánimo y nos haga subir hasta El, que es la gloria, en el reino de los comensales de su mesa.

    Dígnese concedérnoslo aquel que está por encima de todos, obra en todos y está presente en todos; y que es el Dios bendito por los siglos eternos Toda alma humilde responda: “¡Amén!

    ¡Aleluya!”.

    Cita bíblica