Epifanía del Señor
1. “Cuando Jesús nació en Belén de Judá, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos” (Mt 2, 1). En este pasaje evangélico se destacan tres acontecimientos: la aparición de la estrella, la turbación de Herodes y la ofrenda de los tres Magos.
I - La aparición de la estrella
2. “Hemos visto su estrella en el oriente” (Mt 2, 2). En esta primera parte sobresale una enseñanza moral: en qué modo uno, de la vanidad del mundo, se convierte a una vida nueva. Pero, antes, saboreemos brevemente el relato histórico.
“Jesús nació en una noche de “domingo” ( o día del Señor), porque vino a visitarnos de lo alto un sol que se levanta, en el mismo día en que dijo: “Hágase la luz”; y la luz se hizo” (Gen 1, 3). Se cuenta que Octaviano Augusto, por indicación de la Sibila, haya visto en el cielo a una virgen, grávida de un hijo, y que, desde entonces, prohibió que le llamaran “Señor”, porque había nacido “el Rey de los reyes, el Señor de los señores” (Ap 19, 16). Y el poeta Virgilio escribió: “He ahí, una nueva prole desciende de lo alto del cielo” (Égloga IV, 7).
Durante todo el día, brotó de una antigua cabaña un abundante manantial de aceite, porque en aquel día nacía en la tierra “aquel que fue ungido con óleo de alegría, más que sus compañeros” (Salm 44, 8). El templo de la Paz se desplomó desde los cimientos. Los romanos, a motivo de la paz universal que reinaba en todo el orbe bajo César Augusto, habían construido un estupendo templo de la Paz. Los que entraban en el templo para consultar la divinidad y preguntaban cuánto duraría ese templo, recibían esta respuesta: “Durará hasta que una virgen dé a luz”. Con gozo interpretaban así: “Entonces será eterno, porque jamás una virgen podrá dar a luz”. Pero Dios “destruyó la sabiduría de los sabios y la prudencia de los prudentes” (1Cor 1, 19), porque en la hora de la natividad del Señor el templo se desplomó desde los cimientos.
Trece días después de su nacimiento, o sea, hoy, “he ahí que desde el oriente vinieron unos Magos a Jerusalén, que preguntaban: “¿Dónde está el Rey de los judíos, que acaba de nacer?. Hemos visto su estrella” (Mt 2, 1-2).
Eran llamados Magos por la amplitud de sus conocimientos. Aquellos que los griegos llaman filósofos, los persas los llaman “Magos”. Venían de las tierras de los persas y de los caldeos. Quizás, para ellos fue posible recorrer tan grandes distancias montados sobre sus dromedarios.
La estrella se distinguía de las otras por el esplendor, por la posición y por el movimiento. Por el esplendor, que ni la luz del día estorbaba; por la Posición, porque no estaba en el firmamento con las demás estrellas menores ni tampoco en el éter con los planetas, sino que trazaba su camino en el aire, en la vecindad de la tierra; y por el movimiento, porque, antes, permaneció inmóvil sobre la Judea, y después dio a los Magos la indicación para Regar a la Judea. Ellos tomaron por su cuenta la decisión de entrar en Jerusalén como capital de la Judea. Cuando salieron de la capital, con el primer movimiento visible la estrella los precedió. Cumplido su cometido, la estrella desapareció regresando a la primitiva materia, de la que había sido tomada (Pedro Comestor).
Observa que esta fiesta se llama Epifanía, que deriva de los términos griegos epí, sobre, y fané, manifestación, porque hoy Cristo se manifestó con la señal de la estrella. Es llamada también Teofanía, de los términos griegos Theis, Dios, y fané, porque como hoy, pasados treinta años, fue manifestado por la voz del Padre, y bautizado en el río jordán. Es llamada también Bethfanía, del término hebreo beth, casa, porque, pasado un año desde el bautismo, como hoy, realizó un milagro divino, en el seno de una casa, en una fiesta de bodas.
3. Vamos a ver ahora qué signifiquen, en sentido moral, la estrella, los Magos, el oriente y Jerusalén. La estrella simboliza la iluminación de la gracia o también el conocimiento de la verdad. En efecto, Jesús, del que proviene toda gracia, dice en el Apocalipsis: “Yo soy la raíz del linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana” (22, 16). Jesucristo, si bien hijo, es también raíz, o sea, padre de David. O también: como la raíz sostiene la planta, así la misericordia de Cristo sostuvo a David pecador y penitente. Cristo es la estrella resplandeciente en la iluminación de la mente, y es estrella de la mañana en el conocimiento de la verdad.
Los Magos representan a los sabios del mundo, de los que dice Isaías: “Los sabios y los consejeros del faraón le dieron un consejo necio” (19, 11). El faraón, que se interpreta “que descubre al hombre”, es figura del mundo que, después de haber cubierto al hombre con sus vanidades, lo descubre en la miseria de la muerte. El mundo no da, sino que presta, y en el momento de la máxima estrechez exige lo que prestó; y así abandona al hombre en la miseria y en la desnudez. Necio es, pues, el consejo de aquellos sabios que exhortan a acumular los bienes ajenos que no podrán llevar consigo y a cargarse de cosas prestadas que no podrán transportar consigo a través de la estrecha abertura. Y el orificio de la muerte es tan angosto, que apenas puede pasar el alma, sola y desnuda.
Cuando se llega a ese paso, se debe dejar toda carga de las cosas temporales; sólo los pecados, que no son sustancias (materiales), pasan fácilmente junto con el alma.
El oriente es figura de la vanidad del mundo o de la prosperidad. Dice Ezequiel: “He visto, y he aquí a unos hombres con las espaldas vueltas contra el templo del Señor y los rostros hacia el oriente, y adoraban al sol naciente” (8, 16). El templo es figura de la humanidad de Cristo o también la vida de cada justo. llenen el dorso contra el templo del Señor y el rostro hacia el oriente los que, olvidados de la pasión y de la muerte de Cristo, todo lo que conocen y todo lo que saben lo orientan hacia la vanidad del mundo. Por eso el Señor se lamenta por boca de Jeremías: “Volvieron hacia mí el dorso, no el rostro. En el tiempo de su aflicción”, o sea, de la muerte, “dirán: “¡Levántate y sálvanos!” ¿Dónde están tus dioses”, o sea, los placeres y las riquezas, “que te procuraste? ¡Que ellos se levanten y te liberen en el día de tu desgracia!” (2, 27-28). O también: tienen el dorso contra el templo y adoran al sol naciente los que desprecian la pobreza, la humildad y los sufrimientos de los justos y proclaman dichosos a los que abundan de placeres y de riquezas.
Jerusalén, que se interpreta “pacífica”, es figura de la vida nueva, o sea, de la penitencia. Dice Isaías: “Mi pueblo habitará en una espléndida paz, en las tiendas de la confianza y en un reposo opulento” (32, 18). ¡Feliz es esa condición, en la cual reinan la gracia de una conciencia tranquila, la confianza de una conducta santa y la riqueza de la caridad fraterna!.
Como la estrella atrajo a los magos del oriente a Jerusalén, así la gracia divina llama a los pecadores desde la vanidad del mundo a la penitencia, para que busquen al Rey nacido, buscándolo lo hallen y hallándolo lo adoren. Preguntan: “¿Dónde está el Rey de los judíos, que nació?” o sea: “¿Dónde está el Rey de los que confiesan sus pecados, el Rey de los penitentes?”. Buscan al Rey de los penitentes que nació en ellos los que se proponen hacer penitencia. Dicen ellos: “Nosotros, que habitábamos en el oriente y vivíamos arrastrados por la vanidad del mundo, “hemos visto su estrella”, o sea, hemos conocido su gracia; y así, atraídos por El, “hemos venido a adorarle” (Mt 2, 2).
II La turbación de Herodes
4. “Oyendo esto, el rey Herodes se turbó” (Mt 2, 3). ¡El diablo, el rey de toda turba turbada, se turba! También el mundo se inquieta, cuando oye que Cristo ya nació en los penitentes y ve también que otros pecadores se convierten a él por obra de la gracia. Satanás se enfurece al ver que su reino disminuye, mientras el reino de Cristo aumenta cada día más. Se lee en el Éxodo: “Dijo el faraón a su pueblo: “He aquí, el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y más fuerte que nosotros.
Vengan y con toda astucia oprimámoslo, para que no se multiplique” (1, 9-10).
La astucia del diablo oprime a los hijos de Dios con la sugestión, la maldad del mundo los oprime con la blasfemia y el escarnio. Sigue el Éxodo: “Los egipcios odiaban a los hijos de Israel, los hacían sufrir con los insultos y les amargaban la vida” (1, 13-14). Tormento de los justos (o sartén para freírlos) es la vida de los pecadores. Dice el Salmo: “Moab es la olla de mi esperanza” (59, 10). Moab se interpreta “del padre”, o sea, los que tienen por padre al diablo, ellos son “la olla de la esperanza”, porque también los impíos viven para los justos, o sea, para su provecho.
Herodes, que se interpreta “gloria de la piel”, se turbó porque había nacido aquel Rey pobre, que dice: “Yo no recibo gloria de los hombres” y “yo no busco mi gloria”. “Mi reino no es de este mundo” (Jn 5, 41; 8, 50; y 18, 36).
Herodes, “gloria de la piel”, se altera, porque ve que su esplendor se cambia en negrura, su molicie en aspereza, como dice Isaías: “En lugar de los perfumes suaves habrá hedor; en lugar del cinturón, una cuerda; en lugar de una cabellera rizada, la calvicie; y en lugar de la faja pectoral, el cilicio” (3, 24). Estas palabras no necesitan comentarios, porque los penitentes las toman a la letra (Ver Domingo XIV de Pentecostés, 11 parte).
Se lee en el Éxodo: “Quítate ahora tus atavíos y, después, sabré lo que he de hacerte” (33, 5). Por esto, “la reina Ester buscó refugio en el Señor, temiendo el peligro que amenazaba su vida. Se quitó su regia vestidura y se puso vestidos adecuados para el luto y el llanto. En lugar de los perfumes costosos esparció sobre su cabeza cenizas e inmundicias. Mortificó su cuerpo con ayunos; y con los cabellos revueltos giraba por las habitaciones en las que antes solía tanto recrearse y gozar” (Est 14, 1-2).
Ester, que se interpreta “escondida”, es figura del alma penitente que se aleja de la agitación mundana y se refugia en la soledad del espíritu y a veces también en la del cuerpo; recurre al Señor, porque en ninguna parte sino en El se halla el refugio del peligro del pecado y del juicio que siempre le está presente y la amenaza; y por esto teme. Se quita los vestidos de la gloria y se pone los vestidos de la penitencia. En lugar de los perfumes de los distintos placeres, esparce sobre su cabeza, o sea, en su mente, la ceniza de su fragilidad y las inmundicias de la propia iniquidad; insiste en los ayunos; y vuelve a pensar con dolor en todos los lugares, en los que antes se divertía. Esto es lo que dice Gregorio de María Magdalena: “Cuantos placeres experimentaba en sí misma, otros tantos sacrificios se exigió a si misma”.
III La ofrenda de los tres magos
5. “He aquí, la estrella que habían visto en el oriente…” (Mt 2, 9). ¡Oh misericordia de Dios, que jamás olvida tener piedad! Al que vuelve a El, en seguida se le acerca. Dice Isaías: “Tú invocarás y el Señor te escuchará; clamarás y El dirá: “¡Heme aquí!”, porque yo, el Señor tu Dios, soy misericordioso” (58, 9; y Dt 4, 3 1).
“Y he aquí, la estrella”. Los Magos habían ido a Herodes y habían perdido la estrella. Ellos representan a los reincidentes que, regresando al diablo, o sea, al pecado mortal, pierden la gracia; en cambio, cuando se alejan del diablo, entonces recuperan la gracia. Dice Jeremías: “Se dice comúnmente: Si un hombre repudia a su mujer; y ésta, alejándose de él, se casa con otro hombre, ¿acaso regresará de nuevo a él? ¿No quedará, quizás, inmunda y contaminada aquella mujer? Sin embargo, tú que fornicaste con muchos amantes”, o sea, con los demonios y los pecados, ¡vuélvete a mí!, dice el Señor” (3, 1).
“He ahí, la estrella los precedía”. Hallamos una concordancia en el Éxodo: “El Señor los precedía para señalarles el camino: de día, en una columna de nube; y de noche, en una columna de fuego, para servirles de guía en el camino en ambos tiempos” (13, 21). De día, la columna de nube los protegía del ardor del sol; de noche, la columna de fuego disipaba las tinieblas, para que pudieran defenderse de las serpientes.
Observa que la iluminación de la gracia divina se llama “columna” porque sostiene, “de nube”
porque suaviza el calor del sol, o sea, el calor de la prosperidad mundana; columna “de fuego” contra el frío de la infidelidad, contra las tinieblas de las adversidades y contra el veneno de la sugestión diabólica.
“Hasta que la estrella llegó y se detuvo sobre la casa donde estaba el niño” (Mt 2, 9). He ahí el término de la fatiga, la meta del viaje, el gozo del que busca, el premio del que halla. “Alégrese el corazón de los que te buscan a ti” (Salm 104, 3), oh Jesús; y si se alegran los que te buscan, ¿cuánto más se alegrarán los que te hallan?
La estrella antecede, la columna precede. Aquélla señala el camino a la cuna del Salvador, ésta a la tierra prometida. Y en la cuna está la tierra Prometida, que mana la miel de la divinidad y la leche de la humanidad. Corre, pues, detrás de la estrella, apresúrate detrás de la columna, porque te guían a la vida. Te fatigarás poco, llegarás pronto, y hallarás el anhelo de los santos y el gozo de los ángeles.
6. “Al ver la estrella, los Magos experimentaron un grandísimo gozo” (Mt 2, 10). Presta atención que en estas tres palabras está indicada una triple alegría, que debe probar el que recupera la gracia perdida. Debe alegrarse, porque no murió en el pecado mortal, por el cual se hubiera condenado eternamente; porque recuperó la gracia, que no había merecido; y porque, si persevera, será promovido a la gloria. De este triple gozo habla Isaías: “Lleno de júbilo, me gozaré en el Señor, y mi alma exultará en mi Dios” (61, 10).
“Y entraron en la casa” (Mt 2, 11). Relata Lucas que “el hijo mayor, indignado, no quería entrar en la casa” (15, 25-28); en cambio, el hijo pródigo ya había entrado, porque “había vuelto en sí mismo” (Lc 15, 17).
Se dijo a los apóstoles: “A nadie saluden por el camino” (Lc 10, 4). El que está por el camino, está fuera; y el que está fuera, está fuera de casa; y por eso no es digno de ser saludado. Más aún, como dice Amós: “En todas las plazas habrá llanto; y a todos los que están fuera, se les dirá: ,¡Ay, ay!” (5, 16).
“Hallaron al niño con María, su madre; y, postrándose, lo adoraron” (Mt 2, 11). Porque entran, hallan; y porque hallan, se postran y adoran. En el niño y en María están indicadas la inocencia y la pureza; en el gesto de postrarse, el desprecio de sí mismo; y en el hecho de adorar, la devoción de la fe.
He ahí, pues: los penitentes entran en la casa de la propia conciencia y hallan la inocencia con respecto al prójimo y la pureza con respecto a sí mismos; pero de ello no se ensoberbecen, sino que se postran con la cara a tierra y adoran devota y fielmente a aquel, que les dio todas estas gracias. “Y entraron en la casa” -quizás, era el albergue del que habla Lucas-, “y hallaron al niño con María, su madre”. Se pregunta la Glosa: “¿Por qué, junto a María, los Magos no hallaron a José? Para que de aquel hecho no surgiera un motivo de injusta sospecha en aquellos pueblos que en seguida, apenas nacido el Salvador, le habían enviado sus primicias (sus primeros representantes) para adorarlo.
“Y abrieron sus tesoros”. Nos advierte la Glosa: “Cuidémonos de descubrir nuestros tesoros por el camino. Esperemos que hayan pasado los enemigos, para poderlos ofrecer sólo a Dios desde el secreto de nuestro corazón. El rey Ezequías, por haber mostrado los tesoros del templo a los extranjeros, fue castigado en sus descendientes (4Rey 20, 12-19). Desea ser hurtado el que lleva públicamente un tesoro por el camino.
7. “Y ofrecieron al niño los dones: oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11). El oro se refiere al tributo, el incienso a los sacrificios y la mirra a la sepultura de los muertos. O también: por medio de estos tres dones se proclaman la regia potestad de Cristo, la majestad divina y la mortalidad humana.
En otro sentido: El oro que es resplandeciente, sólido y, golpeado, no rechina, está indicada la verdadera pobreza, que no se oscurece por el hollín de la avaricia ni se hincha con el viento de las cosas materiales. Lo mismo hace una sólida virtud: delante de los escándalos no se escandaliza ni murmura.
Asimismo, en Arabia, que significa “sagrada”, hay plantas de las que se sacan el incienso y la mirra. Los propietarios de estas plantas son llamados en árabe “sagrados”. Cuando hacen una incisión en estas plantas o las vendimian, ellos no toman parte en los funerales ni se contaminan en relaciones con mujeres (Solino).
El incienso, una planta inmensa y frondosa, con una corteza muy sutil, produce un jugo aromático como el del almendro. El incienso es llamado en latín thus, de túndere, machacar, o también del término griego Theós, Dios, en cuyo honor se quema. A veces se adultera el incienso mezclándolo con resinas o con otras sustancias gomosas; pero se distingue lo mismo por sus propiedades, porque el incienso, puesto sobre las brasas, arde, mientras la resina humea y las sustancias gomosas se licuan.
El árbol del incienso simboliza la oración devota, que es grandísima por la contemplación y frondosa por la caridad fraterna, porque intercede tanto por los amigos como por los enemigos; tiene una corteza sutil, por su benevolencia hacia los demás; y mana el jugo de las lágrimas, de gran fragancia en la presencia de Dios.
Se dice en el Cantar de los Cantares: “Levántate, oh aquilón”, o sea, aléjate, oh diablo; “y ven tú, oh austro”, o sea, el Espíritu Santo; “sopla en mi jardín”, o sea, en mi mente; “y se esparzan sus aromas”, o sea, las lágrimas” (4, 16). Este jugo es la refección de los pecadores, como la leche del almendro es refección de los enfermos. El que ora, se golpea el pecho, y su devoción sube a Dios. Sin embargo, ¡ay de mí! Hoy la oración devota se corrompe con una mezcolanza espuria, o sea, con la resina de la vanagloria como en los hipócritas, y con la goma del dinero como en los clérigos desgraciados que oran y celebran las misas por el estipendio. La verdadera devoción arde por el fuego del amor divino, mientras la contaminada por la vanidad echa humo y la corrompida por la codicia se licua.
Además, el árbol de la mirra se eleva hasta cinco codos de altura. El jugo que de él rezuma espontáneamente, es más apreciado, mientras es de menos valor el extraído con una incisión en la corteza. Mirra, así llamada de “amargura”, simboliza el amargo sufrimiento del corazón o del cuerpo, cuyo primer codo es el pensamiento de la muerte; el segundo, la presencia del juez airado en el juicio; el tercero, su sentencia irrevocable; el cuarto, la gehena inextinguible; y el quinto, la compañía de todos los hombres perversos, la presencia inevitable de los demonios y el castigo inherente, o sea, una pena continua.
Si el sufrimiento rezuma espontáneamente, es más precioso, o sea, más acepto a Dios; mientras el sufrimiento que rezuma de las heridas de las enfermedades o de las adversidades, tiene menos valor.
8. “Los Magos ofrecieron al Señor oro, incienso y mirra”. De la misma manera, también los verdaderos penitentes le ofrecen el oro de la pobreza total, el incienso de la oración devota y la mirra del sufrimiento voluntario. Y Observa que el incienso de la oración devota y la mirra de la saludable penitencia en ninguna parte se hallan sino en Arabia, o sea, en la santa Iglesia. Los que quieren conservarlas y cosechar sus frutos, deben alejarse del cadáver del dinero mal habido, sobre el cual los avaros se arrojan como el cuervo sobre la carroña, y de contactos lujuriosos.
Supliquemos, pues, al Señor, para que podamos ofrecerle estos tres dones y después reinar con él, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
IV Sermón alegórico
9. “En aquel tiempo serán traídos dones al Señor de los ejércitos por un pueblo dividido y dilacerado, por un pueblo terrible más que cualquier otro, por una gente que espera y está oprimida, cuya tierra fue devastada por los ríos” (Is 18, 7). Esta profecía de Isaías se refiere a la conversión de los gentiles (paganos), cuyas primicias, o sea, los Magos, llevaron hoy los dones de oro, incienso y mirra a Jesucristo, Señor de los ejércitos, o sea, de los ángeles. Dice Malaquías: “Desde la salida del sol hasta su ocaso es grande mi nombre entre las gentes; y en todo lugar se sacrifica y se ofrece a mi nombre una oblación pura, dice el Señor de los ejércitos” (1, 11).
Ahora bien, para conocer mejor la miseria del pueblo pagano y la misericordia de Dios liberador, vamos a tratar brevemente los dos argumentos. Aquel pueblo pagano, del cual también nosotros somos hijos, estaba separado de Dios por el culto a los ídolos. Por esto Oseas, hablando de los judíos idólatras que se habían unido a Jeroboam, dice: “Efraím se alió a los ídolos: despídelo, porque su convite está separado” (4, 17-18). Jeroboam, que se interpreta “división del pueblo”, “fabricó dos becerros de oro y dijo al pueblo: “No suban a Jerusalén; he aquí tus dioses, Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto” (3 R 12, 28).
Asimismo, el pueblo pagano era un pueblo dilacerado por la vejación del diablo, como se lee en las Pasiones de algunos apóstoles. El diablo privaba de la vista, del oído y de la capacidad de caminar a los que le adoraban y los oprimía con diversas tribulaciones. Dice Marcos: “Entonces el espíritu, clamando y sacudiéndolo con violencia, salió de él” (9, 25). Y en otro lugar: “Los que eran atormentados por los espíritus impuros, eran curados” (Lc 6, 18).
El pueblo pagano era terrible por la ferocidad de su ánimo. Dice Habacuc: “He aquí, yo levantaré a los caldeos, nación cruel e impetuosa, que camina a lo largo y a lo ancho de la tierra, para adueñarse de tiendas ajenas” (1, 6). Los tres Magos vinieron de las tierras de los persas y de los caldeos, para adorar al Señor. Después de aquel pueblo, “no hubo otro más terrible”. Sigue la cita de Habacuc: “Es feroz y terrible. Sus caballos son más veloces que los leopardos y más ligeros que los lobos nocturnos” (1, 7-8).
“Gente que espera”. Esperaban que se verificase aquella profecía de BaIaam: “Saldrá la estrella de Jacob y se levantará un cetro” (Num 24, 17), o sea, un hombre “de Israel”. “Gente oprimida” por tantas guerras. Como oprimía a los demás, era también oprimida por los demás. Los caldeos destruyeron Jerusalén y a su vez fueron destruidos por Ciro y por Darío. Y eran oprimidos no sólo por los extranjeros, sino que se destruían también entre ellos. Sigue Isaías: “Sus tierras eran arrasadas por sus ríos”, o sea, por las guerras intestinas y por derramamientos de sangre.
Demos gracias a Jesucristo que de un tal pueblo, infiel y bárbaro, se dignó recibir hoy los dones, primicias de la fe, y con él formar su iglesia, que somos nosotros. A El todo honor y gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
V. - Sermón moral
10. “En aquel tiempo serán traídos dones al Señor de los ejércitos por un pueblo separado de Dios Observa que en este pasaje de Isaías están indicadas las siete especies de pecados mortales, en los que en el pasado estaban enredados algunos que por la gracia de Dios se convirtieron a penitencia: pueblo separado de Dios por la soberbia, dilacerado por la avaricia, terrible por la ira; gente que espera por la vanagloria, oprimida por la envidia; tierra devastada por los dos ríos: la gula y la lujuria. Ahora vamos a analizar los distintos aspectos.
“Pueblo separado” es un pueblo de soberbios. Como el viento desarraiga la planta, así la soberbia separa al hombre de Dios. Dice Job: “Como árbol desarraigado, arrancó (o permitió que fuera arrancada) mi esperanza” (19, 10). La esperanza del hombre es Dios, del que se separa cuando el viento de la soberbia lo desarraiga de la raíz de la humildad. No hay que asombrarse, porque la soberbia va por encima de sí (en latín, super se iens), mientras humildad quiere decir la bajeza de la tierra (en latín, humi vilitas).
El soberbio sube, Dios baja. ¿Qué hay de más contrapuesto y antitético? El soberbio en alto, Dios en bajo. El soberbio se desarraiga de Dios. A Dios sólo el humilde le agrada y se le une. La raíz es la vida del árbol; la humildad es la vida del hombre. Si uno tiene en su jardín un lindo árbol frutal, ¿no se dolería quizás si el viento lo desarraigara? ¡Por cierto! ¡Cuánto mayor es el disgusto, cuando el viento de la soberbia desarraiga nuestra alma de su Creador, que detesta la soberbia más que todos los pecados, resiste a los soberbios y depone a los poderosos!
La soberbia está sujeta a las caídas. Quien está en lo bajo, es más seguro que el que está en lo alto. Sensatamente concluye Séneca: “Limítate a las cosas pequeñas, de las que no puedes caer”.
11. “Pueblo dilacerado” es el pueblo de los avaros y de los usureros. Como las aves o las bestias despedazan un cadáver, así los demonios despedazan con la avaricia el corazón del avaro o del usurero. Dice Nahúrn: “¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda falsedad, llena de laceraciones! ¡La rapiña no se alejará de ti!” (3, 1).
El alma vive por medio de la sangre, el pobre por medio de sus propias cosas. Si quitas al hombre la sangre o al pobre sus cosas, ambos mueren. Los rapiñadores y los usureros, que se adueñan de las cosas ajenas, son llamados “ciudad de sangre”. Se lee en la Historia Natural que los elefantes tienen la sangre muy fría y que los dragones venenosos mucho apetecen beber aquella sangre; y por eso, cuando el calor es muy fuerte, pelean con los elefantes, para chupar su sangre. Así los avaros y los usureros, contagiados por el veneno de la avaricia, ansían las cosas ajenas. La sangre de los pobres es fría y así también todas sus cosas. La pobreza y la desnudez no les permiten calentarse; pero cuando se enciende en ellos el calor de la necesidad, entonces los avaros acuden velozmente y les hacen préstamos, para después chupar su sangre.
“¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, toda falsedad!”. La falsedad está en la lengua, la laceración en el corazón y la rapiña en las manos.
Se lee en el segundo libro de los Macabeos que Judas “ordenó que se cortara en pedacitos la lengua del sacrílego Nicanor y fuese arrojada a las aves” (15, 33). Nicanor, que se interpreta “lucerna erguida”, es figura del usurero que parece erguido y luminoso; pero muy pronto se desplomará y se extinguirá.
Dice Job: “¡Oh, cuántas veces la lámpara de los impíos se apaga!”. Y de nuevo: “¿No se apagará, quizás, la luz del impío y no brillará más la llama de su fuego (hogar)? La luz se oscurecerá en su tienda; y la lámpara que está sobre él, se apagará” (21, 17 y 18, 5-6).
La lámpara tiene dos cualidades: da luz y calor. Así el avaro tiene la luz del favor humano y el calor del lucro temporal. Cuando se apague con la muerte, será privado de ambas cosas. Y como su lengua fue dividida en muchas falsedades, será entregada a los demonios despedazada; o también: por el pecado de la lengua será castigado de diversas maneras. Su corazón está dilacerado, porque “acumuló con fatiga, custodia con miedo y pierde con dolor” (Bernardo). El diablo aprieta todo entero al usurero: con la rapiña le estrecha las manos para que no haga limosnas; con la “laceración” de acumular le estrecha el corazón, para que no piense en el bien; con la falsedad le estrecha la lengua, para que no ore ni diga nada bueno.
12. “Pueblo terrible” son los iracundos o los furiosos. Del diablo o del hombre iracundo dice Job: “Concentra todo su furor en contra de mí; y, amenazándome, rechina sus dientes. Mi enemigo me mira con ojos terribles” (16, 10).
Observa qué espantoso es un hombre inflamado por la ira-, fruncimiento en la frente, palidez en el rostro, contracción en las narices, ceño en los ojos, lividez en los labios, rechinamiento en los dientes, el azote en las manos. Ese tal no parece un hombre sino una bestia horrorosa. Y después añade:
“Después de él no hubo hombre tan cruel y tan bestial”.
En el libro de Daniel se dice de Nabucodonosor: “Se le cambie el corazón de hombre y se le dé un corazón de bestia” (4, 13). “No se debe entender que Nabucodonosor haya sufrido un cambio en el cuerpo, sino una alienación mental. Le fue quitado el uso de la lengua y parecía ser un buey en la parte anterior y un león en la posterior” (Pedro Comestor). Así el que está inflamado de ira sufre una alienación mental y pierde el recto uso de hablar. Antes, como un buey agita los cuernos, o sea, prorrumpiendo en amenazas y en blasfemias; después, como un león, despedaza con las garras y con las patas.
13. “Gente que espera” son los hipócritas y los vanagloriosos. Después de cada obra ejecutada esperan la recompensa de la alabanza, como los mercenarios. Dice Juan: “El mercenario ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye” (10, 12). El lobo es la sugestión diabólica; las ovejas, los buenos pensamientos. El que obra no por amor a la justicia sino por la recompensa de la vanagloria, cede fácilmente a la tentación y, si se habla propuesto algo bueno, abandona todo.
De esta expectación se dice en el Salmo:
“Apagarán su sed todas las bestias del campo; y los onagros (asno montés) esperarán en su sed” (103, 11). Hay dos especies de onagros: una en España sin cuernos y otra en Grecia con cuernos. También son dos las especies de hipócritas. Algunos hipócritas son, por así decir, sin cuernos: cuando reciben una injuria, parecen mansos; son tranquilos en la tribulación y a veces rehúsan los honores; pero hacen todo esto por astucia, porque, fingiendo huir de la gloria, en realidad buscan la gloria. Los otros hipócritas tienen los cuernos. Frente a la primera palabra injuriosa, apuntan los cuernos de la soberbia y en seguida muestran por fuera lo que escondían por dentro.
El onagro deriva su nombre del griego onos, asno, y del latín áger, campo. El campo es el mundo (Mt 13, 38). Entonces los hipócritas, tanto los con cuernos como los sin cuernos, son los asnos del mundo, al cual sirven y del cual esperan la recompensa de la alabanza o del dinero; y todo esto “en su sed”, de la que arden, y no se aplacan hasta beber algo. En cambio, “las bestias del campo”, o sea, los sencillos, “beben con gozo de las fuentes del Salvador” (Is 12, 3), que son dos: la gracia y la gloria. De la primera fuente beben de hecho, de la segunda fuente beben en esperanza, aguardando el momento de poder hacerlo en la visión.
14. “Gente oprimida” son los envidiosos, que se atormentan y se sienten agobiados por la felicidad ajena. “Ni los tiranos de Sicilia inventaron un suplicio más recio que la envidia” (Horacio). Se lee en el primer libro de los Reyes: “Saúl hirió a mil y David a diez mil. Y Saúl se enojó en gran manera y le desagradó este canto. Y decía:
“Atribuyeron a David diez mil y a mí mil. ¿Qué le falta sino sólo el reino?”. Desde aquel día en adelante, Saúl no miró más con buenos ojos a David” (18, 7-9). He ahí cómo era atormentado y cómo se sentía oprimido.
15. “Los ríos” simbolizan la gula y la lujuria. El Quebar y el Tigris son dos ríos de Babilonia. Quebar se interpreta “pesadez” y simboliza la gula, de la que dice Lucas: “Cuídense mucho para que sus corazones no se carguen de glotonería, embriaguez y afanes de esta vida, y para que aquel día no caiga sobre ustedes repentinamente” (21, 34).
El tigre, fiera con variadas manchas, de increíble fuerza y velocidad, de la que toma el nombre el río Tigris, simboliza la lujuria. Este vicio está cubierto con las manchas de los diversos placeres; es fuerte, cuando seduce; y es veloz, porque pasa pronto. Comenta el bienaventurado Bernardo: “Atormenta el futuro, no sacia el presente, no deleita el pasado”.
Estos dos ríos “devastan la tierra”, o sea, trastornan la mente del que es su esclavo y lentamente la destruyen.
Hemos estudiado la miseria de todos ellos.
Consideremos también la misericordia de Dios que los libera de tanta desgracia. He aquí, en este tiempo de bondad y benevolencia divina, los pecadores de los que hemos hablado, llevan a Jesucristo, el Señor de los ejércitos, o sea, de las potencias celestiales, el don de su penitencia. Lleven también ustedes, queridísimos, junto con los tres Magos, sus dones: el oro de la contrición, el incienso de la confesión y la mirra de la satisfacción, para que puedan recibir del mismo Jesucristo el don de la gloria en el cielo.
Les conceda esta gracia aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!