Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo XXI después de Pentecostés

    Elevamos cantos de gratitud e himnos de alabanza a la Majestad divina, por cuyo favor hemos llegado al primer domingo del mes noveno.

    Queremos destacar que desde el primero de noviembre al primero de diciembre se leen en la Iglesia los libros de Ezequiel, de Daniel y de los doce profetas menores. Los dividiremos de esta manera: en el primer domingo expondremos a Ezequiel, en el segundo a Daniel, en el tercero y en el cuarto los libros de los doce profetas menores. En este mes hay cuatro domingos, en los que se leen cuatro evangelios. Conforme nos lo conceda Dios, con las partes de los evangelios procuraremos concordar algunos pasajes de los susodichos libros proféticos.

    Exordio.

    La mortificación de los deseos carnales y la confesión de los pecados

    1. “En aquel tiempo, había un funcionario del rey, cuyo hijo estaba enfermo, en Cafarnaún” (Jn 4, 46). Se lee en Ezequiel: “En la bóveda que había sobre las cabezas de los animales (seres vivientes), se veía la figura de un trono que parecía de piedras de zafiro; y, erguida sobre el trono, había una figura semejante a un hombre” (1, 26).

    Observa que en este pasaje se destacan cuatro elementos: primero, los animales; segundo, el firmamento o bóveda; tercero, el trono de zafiro; cuarto, la semblanza de un hombre.

    Los animales simbolizan los deseos carnales que, como animales brutos, ensucian la tierra de nuestra mente; y por eso dice el Señor por boca de Ezequiel: “Fuiste arrojada sobre la faz del campo, con menosprecio de tu vida. Te vi pisoteada en tu sangre” (16, 5), o sea, en la inmundicia de los deseos carnales.

    La cabeza de los animales simboliza el principio de los deseos carnales, de que trata el Génesis: “Ella te aplastará la cabeza” (3, 15). Y esto sucede cuando el firmamento está suspendido sobre la cabeza de los animales. El firmamento es la contrición del corazón, como se lee en el Génesis: “Haya firmamento en medio de las aguas, y que separe unas aguas de otras” (1, 6).

    La mente del penitente, contrito de sus pecados, se halla entre las aguas superiores, o sea, las corrientes de la gracia, y la aguas inferiores, o sea, las corrientes de la concupiscencia, que deben estar bajo su señorío, porque siempre tienden a la caída. O también: las aguas superiores simbolizan la razón, que es la fuerza superior del alma que siempre estimula al hombre para el bien; las aguas inferiores simbolizan la sensualidad. Algo semejante se halla en Ezequiel: “Vi una especie de electro (bronce refulgente) desde sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo, vi una especie de fuego” (1, 27). Comenta la Glosa: “Lo que está por encima de los lomos, donde se hallan los sentidos y la razón, no necesita ser quemado por el fuego o por las llamas, sino que necesita un metal preciosísimo y purísimo (como el oro). En cambio, lo que se halla por debajo de los lomos, donde obran el coito y la procreación y donde hay los estímulos de los vicios, necesita la purificación de las llamas”.

    Sobre la cabeza de los animales suspéndase el firmamento, o sea, la contrición del corazón que aplaste, al comienzo, los deseos carnales; y entonces sobre el firmamento habrá una especie de piedra de zafiro, en forma de trono. En el trono se designa la confesión de los pecados; y ¡con toda razón! Como para sentarse en el trono, uno debe humillarse (abajarse), así el penitente debe humillarse en la confesión, juzgándose a sí mismo y condenándose, y así destruyendo todo el mal cometido. Dice el libro de los Proverbios: “El rey que está sentado en el trono destruye todo mal con su mirada” (20, 8).

    Y Observa que la confesión debe ser como la piedra del zafiro, que tiene cuatro propiedades: es del color del cielo sereno, muestra en sí misma una estrella, detiene la sangre y elimina el carbunclo o úlcera gangrenosa. Así la confesión de los pecados debe ser semejante al cielo por la esperanza del perdón, y decir con el ladrón: “Acuérdate de mi, Señor, cuando llegues a tu reino” (Lc 23, 42). La confesión debe mostrar en si misma una estrella. La estrella viene de estar, y simboliza el firme propósito de no recaer en el pecado. En efecto, como las estrellas son inmóviles y, fijas en el cielo, giran en perpetuo movimiento, así el penitente debe perseverar firme y constante en la penitencia y, adondequiera vaya y se mueva, debe mantener el firme propósito de no recaer en el pecado. Si la confesión no muestra esta estrella (este propósito), no se debe absolutamente imponer la penitencia (o sea, no se debe dar la absolución). El Señor lo dice: “Vete y no quieras pecar más” (Jn 8, 11). No dice- “No peques”, sino: “No quieras pecar más”.

    Asimismo, la confesión debe detener, o sea, coagular, la sangre. Sangre es como decir “suave”, y simboliza la complacencia en el pecado, que la confesión debe frenar para que no fluya del corazón y de los sentidos del cuerpo.

    Si la confesión tiene estos tres requisitos, seguirá necesariamente el cuarto, porque eliminará el carbunclo, o sea, la sugestión del diablo. En este trono de zafiro descansa el Dios y el Hombre, semejante a un electro, Jesucristo, que liberará de toda enfermedad de pecado el alma del que se confiesa, como liberó de la enfermedad mortal al hijo del funcionario real, como se lee en el evangelio de hoy: “Había allí un funcionario del rey, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún”.

    2. Presta atención a los dos hechos anotados en este evangelio: la enfermedad del hijo del funcionario y la fe del mismo funcionario. El primero, donde dice: “Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo”; el segundo, donde dice: “El hombre creyó a las palabras que le dijo Jesús”. En el introito de la misa de hoy se canta: “Si examinas las culpas, Señor” (Salm 129, 3). Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los efesios: “Fortalézcanse en el Señor”; y la vamos a dividir en dos partes y a concordar con las dos partes susodichas del evangelio. Primera parte:

    “Fortalézcanse en el Señor”. Segunda parte: “Estén firmes, con los lomos ceñidos” (6, 10 y 14). Observa todavía que Juan, en este evangelio, habla de la enfermedad y de la curación del hijo del funcionario real; y el Apóstol en la epístola habla de la tentación del diablo, que extenúa el alma, y de la armadura de Dios, con la que se combate reciamente contra el mismo diablo. Por esto esta epístola se lee junto con este evangelio.

    I La enfermedad del hijo del funcionario

    3. “Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún”. Vamos a ver qué signifiquen estos cuatro puntos: el funcionario, su hijo, la enfermedad de éste y Cafarnaún; y uno a uno vamos a tratarlos.

    Del Rey de los reyes de todo lo creado, el Señor Jesucristo, que manda a los ángeles en el cielo y a los hombres en este mundo, todo fiel es llamado “funcionario regio” (en latín régulus, pequeño rey), por la razón que tiene en sí mismo cierta representación de los órdenes celestiales, y que consta de los cuatro elementos fundamentales de que está formada toda criatura.

    Los órdenes (coros) celestiales son nueve; pero nosotros los vamos a dividir en tres grupos de tres órdenes (coros) cada uno.

    En el primer grupo están los Ángeles, los Arcángeles y las Virtudes. En los Ángeles se designa la obediencia a los preceptos; en los Arcángeles, la guarda de los consejos; y en las Virtudes, los prodigios de la vida santa. También tú, pues, formas parte del orden de los Ángeles, cuando obedeces a los mandamientos del Señor. Dice el profeta Malaquías: “Los labios del sacerdote guardan la ciencia” (2, 7). Sobre este argumento consulta el sermón del domingo de Quincuagésima, sobre el evangelio: “Un ciego estaba sentado al borde del camino”.

    Asimismo, formas parte del orden de los Arcángeles, cuando procuras Observar no sólo los mandamientos, sino también los consejos de Jesucristo. Isaías te lo sugiere: “Evalúa el consejo, reúne el concilio” (16, 3).

    En fin, formas parte de las Virtudes, cuando resplandeces con los prodigios de una santa vida. Dice Jesús en Juan: “El que cree en mí, hará también él las obras que hago yo; y las hará aún más grandes” (14, 12). Y la Glosa comenta: “Lo que hace el Señor en nosotros con nuestra colaboración, es mucho más grande que lo que obra sin nosotros. Cuando un malvado se vuelve justo, la obra es más grande que todo lo que hay en el cielo y en la tierra y en otras partes, porque estas cosas pasarán, mientras aquella obra permanecerá; en aquéllas hay sólo la obra de Dios, mientras en ésta hay también la imagen de Dios. Aunque Dios creó a los ángeles, la justificación del impío parece ser obra más grande que crear a los justos. En ambas obras la potencia es igual; pero en la justificación del impío hay una misericordia más grande”.

    4. En el segundo grupo están los Principados, las Potestades y las Dominaciones.

    Considera que hay en nosotros tres cosas que debemos dominar, si no como reyes, al menos como funcionarios o pequeños reyes: los pensamientos, los ojos y la lengua.

    Los Principados someten a los malos espíritus; y nosotros debemos someter los pensamientos malignos, o sea, male igniti, que queman malignamente. Dice Juan en el Apocalipsis: “Vi a un ángel que descendía del cielo, llevando la llave del abismo y una gran cadena en mano, y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, Satanás, y lo encadenó por mil años” (20, 1-2). Sentido moral. El ángel es figura del justo, que baja del cielo cuando, aun viviendo en la tierra según el estado de su vida, procura modelarla según la pureza del cielo. Aquí abajo tiene llave y cadena. La llave es el discernimiento con el cual el justo cierra y abre el abismo de los pensamientos: cierra cuando los refrena, abre cuando los elige. La cadena en su mano son las obras penitenciales. Se dice “cadena”, de capiendo teneat, aferrando retiene, o también porque, después de haber aferrado, retiene con muchos nudos. Cuando la contrición se enlaza con la confesión, y la confesión con la satisfacción, y la satisfacción con el amor al prójimo, se forma una gran cadena, con la cual el justo ata al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás.

    En el dragón se designa el espíritu de soberbia; en la serpiente, el pensamiento envenenado de la lujuria; en el diablo -en griego significa “el que se precipita abajo”-, la avaricia; en Satanás, que quiere decir “adversario”, la maldad de la discordia. Todas estas calamidades el justo las ata con la cadena por mil años, cuando somete al dragón de la soberbia con la contrición del corazón, a la serpiente de la lujuria con la confesión, al diablo de la avaricia con la satisfacción y la liberalidad en las limosnas; al Satanás de la discordia con el amor al prójimo. Y todo esto por mil años, número perfecto que indica la perseverancia final.

    Debemos, después, dominar los ojos, que son como ladronzuelos que arrebatan a una joven de la tierra de Israel, como se relata en el cuarto libro de los Reyes (5, 2), o sea, la pureza de la mente del justo. Debemos poder decir con Job: “Con mis ojos hice el pacto de no mirar a una virgen” (31, 1). Y en el Génesis dice el Señor a Caín: “Si obras el bien, recibirás el bien; y si obras el mal, en seguida el pecado estará a tus puertas; pero la concupiscencia estará en tu poder, y tú podrás dominarla” (4, 7). El pecado a las puertas es la concupiscencia de la carne en los ojos. Si en ella ejercemos nuestro dominio, someteremos el apetito de la carne, porque será reprimido por el yugo de la razón. Y, en fin, debemos dominar a la lengua, que es, como una meretriz, locuaz y errabunda, incapaz de estar quieta en su casa, que ora está por la calle y ora en las plazas, y ora está acechando en las esquinas (Prov 7, 10-12); y debemos dominarla, para que, como dice Santiago, no contamine todo el cuerpo e incendie el curso de nuestra vida y queme una gran floresta.

    Si formamos parte de estos tres coros, o sea, de los Principados, de las Potestades y de las Dominaciones, de veras seremos también nosotros pequeños reyes.

    5. En el tercer grupo están los Tronos, los Querubines y los Serafines.

    Somos Tronos, cuando nos humillamos en nosotros mismos y nos juzgamos a nosotros mismos. Dice el Salmo: “Señor, da al rey tu juicio” (71, 2). Al rey, o sea, al justo, Dios le da su juicio, para que él mismo se juzgue, para que Dios no halle en él algo que merezca ser condenado. Dice el Apóstol: “Si nos juzgamos a nosotros mismos, por cierto no seremos juzgados” (1Cor 11, 31). Oh Dios, dame tu juicio, para que de tuyo yo lo haga mío y, haciéndolo mío, pueda eludir el tuyo. “Es terrible caer en las manos del Dios vivo” (Heb 10, 3 1).

    Querubín se interpreta “plenitud de la ciencia”, que es la caridad; y el que tiene la caridad, es perfecto y sabe cómo debe comportarse. Por ende, somos Querubines, cuando hacemos el bien con amor. Se lee en Ezequiel: “Un querubín extendió su mano de en medio de los querubines, para asir el fuego que ardía entre ellos, y lo tomó, y lo puso en la palma de la mano del que estaba vestido de lino” (10, 7). Observa que en este pasaje por tres veces se nombra a los Querubines, porque la caridad es triple: hacia ti, hacia Dios y hacia el prójimo. Pues bien, tú que eres un querubín para ti, extiende la mano de las obras santas de en medio de los demás querubines, o sea, de la caridad de Dios, al fuego de la vida santa, que está entre los querubines, o sea, entre los hombres santos y caritativos; y de aquel fuego, o sea, del ejemplo de su vida santa, da al hombre revestido de lino, o sea, a todo cristiano, revestido de la fe en la encarnación del Señor. Dice el Apóstol: “Cuantos fueron bautizados en Cristo, se revistieron de Cristo” (Gal 3, 27). Si antes no eres querubín en ti mismo, no puedes extender la mano de en medio de los querubines hacia el fuego, que está entre los querubines. Por esto, comienza a ser caritativo hacia ti mismo; y después podrás ser caritativo hacia los demás.

    Símilmente, Serafín se interpreta “ardiente”. Somos Serafines, cuando, abrasados por el fuego de la compunción, rompemos en lágrimas, para alcanzar los manantiales de las aguas superiores y de las inferiores” (Juec 1, 14-15). Dice Jesús: “Vine a traer fuego a la tierra; ¿y qué quiero sino que arda” (Lc 12, 49) y derrita el hielo? Se lee en el Cantar: “Mi alma se derritió, cuando mi amado habló” (5, 6).

    Ahora bien, el que reproduce en sí mismo estos nueve coros angélicos, como explicamos antes, y sobre su modelo dispone y organiza, en orden, la vida del cuerpo, con toda razón puede ser llamado “pequeño rey”, del cual habla el evangelio: “Había un funcionario del rey”.

    6. “Había un funcionario del rey, cuyo hijo estaba enfermo”. El hijo del funcionario real es figura de toda alma fiel de Jesucristo, que, mientras viva según el modelo de los nueve coros angélicos, se salva; pero, cuando se detiene en Cafarnaún, se enferma de muerte. Cafarnaún se interpreta “campo fértil” o también “hacienda de consolación”

    (jerónimo). En estas cuatro palabras, o sea, campo, fertilidad, hacienda y consolación se designan las cuatro condiciones de vida del hombre, o sea, de los clérigos, de los religiosos, de los pobres y de los ricos.

    Los clérigos se ensoberbecen del patrimonio de Cristo. Los religiosos, en el reposo y en el ocio, como un grueso fruto, se corrompen por el gusano de la concupiscencia. Los seglares pobres se fatigan como en una hacienda y se lamentan de su pobreza. Los ricos gozan en los placeres de la riqueza, y por ende se olvidan del Señor. Todos ellos se enferman en Cafarnaún.

    Con estas cuatro condiciones de vida concuerdan cuatro abominaciones, que el Señor mostró a Ezequiel.

    Dice el Señor: “Hijo del hombre, alza tus ojos”. Y alcé mis ojos hacia el septentrión. Y he ahí que estaba, a septentrión de la puerta del altar, el ídolo de los celos en la misma entrada, para provocar celos. Y me dijo: “Hijo del hombre, ¿ves lo que éstos hacen? ¿Ves las grandes abominaciones que comete la casa de Israel, para que yo me aleje de mi santuario?” (8, 3-6).

    ¡He ahí la soberbia de los clérigos! En el ídolo de los celos consiste la soberbia de los clérigos; y ella provoca los celos y la rivalidad del Señor, o sea, su ira y su venganza. Lo proclama en el Deuteronomio: “Ellos me provocaron con lo que no es Dios, y me irritaron con sus ídolos vanos” (32, 21). Un prelado de la iglesia o un ministro del altar soberbios, ¿qué son sino ídolos de celos en la misma entrada de la puerta del altar? ¡Ay de mí! ¡Cuántas abominaciones cometen en la casa del Señor!

    El Señor dice por boca del mismo profeta:

    “Violarán mi lugar secreto (sagrado); entrarán en él los garañones y lo profanarán” (7, 22). Garañón, en latín, admissarius, es el caballo destinado a acoplarse con las yeguas. Los garañones son figuras de los clérigos soberbios y lujuriosos, que violan el misterio del Señor, o sea, el cuerpo de Jesucristo, pisotean lo que tienen en sí mismos y profanan la santa iglesia. Por esto añade el Señor: “Me iré lejos de mi santuario”. Relata el primer libro de los Reyes que a causa de los pecados de los sacerdotes de Ofni y Fineés que “dormían con las mujeres que prestaban servicio al ingreso de la tienda de la reunión”, fue capturada el arca del Señor de los ejércitos, que está sentado sobre los querubines (2, 22; y 4, 4-11).

    7. Y he aquí la segunda abominación. Y me dijo: “Si te vuelves, verás abominaciones más grandes”. Y me ordenó: “Hijo del hombre, cava la pared”. Y después de haber cavado la pared, me apareció una puerta. Y me dijo: “Entra y Observa las malvadas abominaciones, que éstos cometen aquí”. Entré y vi toda suerte de reptiles y de animales abominables. Y todos los ídolos de la casa de Israel estaban pintados por todo alrededor de las paredes. Y delante de ellos estaban los setenta varones de los ancianos de la casa de Israel, entre los cuales Jazanías, hijo de Safán, estaba de pie delante de esas pinturas. Y cada uno tenía en las manos un incensario, del que salía una nube espesa de incienso. Y me dijo: “Hijo del hombre, viste con certeza lo que hacen los ancianos de la casa de Israel en las tinieblas, cada uno en el aposento secreto de su ídolo. Dicen ellos. “El Señor no nos ve, el Señor abandonó nuestra tierra” (Ez 8, 6-12). Desde las palabras “cava la pared” hasta las “pinturas todo alrededor de la pared”, consulta el sermón: “Toma contigo los perfumes y la mirra”, reportado en “El inicio del ayuno” (Este sermón no es conocido).

    “Y los setenta ancianos de la casa de Israel”. Así comenta jerónimo: “Debemos orar para que los ancianos de la casa de Israel no hagan en las tinieblas el número siete, que es un número sagrado, y, multiplicándolo por siete decenas, persistan en sus errores y adoren las pinturas de los ídolos, o sea, de sus vicios, y el humo del sacrilegio suba en rebeldía a Dios”. Los religiosos de nuestro tiempo son llamados “setenta varones”, por cuanto, en la perfección de las obras, deberían tener la septiforme gracia del Espíritu Santo. En cambio, ¿qué hacen estos insensatos? Están de pie delante de las pinturas, y entre ellos está Jazanías, que, como dice la Glosa interlineal, renegando de la religión, adoraba los ídolos en el templo del Señor. Las pinturas en la pared simbolizan las fantasías de la soberbia, de la gula y de la lujuria en la mente, o también la hipócrita simulación en la vida religiosa, o también, en el religioso, el amor carnal a los parientes y, quizás, a los hijos y a las hijas. Y por ende en los reptiles, que gritan: “¡Ay, ay!”, son designados los hijos y los nietitos; en los animales abominables está simbolizada la inmundicia de la fornicación; en los ídolos pintados, los parientes y los amigos.

    ¡He ahí las pinturas que algunos religiosos de nuestro tiempo adoran! Y lo que es peor, en medio de ellos está Jazanías, o sea, el abad o el prior, hijo de Safán, que se interpreta “juicio”, o sea, condenación de muerte eterna, que está en medio de ellos y debería prohibirlas; en cambio, ellos también las adoran.

    “Y cada uno tenía en la mano un incensario”. ¿Qué representa el incensario en la mano, sino los bienes del monasterio que fueron dados a titulo de limosna y de sacrificio, y que están confiados al poder del superior? Pero estos compañeros de Judas, que, como el traidor, tienen su peculio, con el incensario de las limosnas y el incienso de los sacrificios ofrecidos por los difuntos, inciensan sus pinturas, o sea, los bienes del monasterio, que pertenecen a los pobres; en cambio, ellos los dan a sus parientes y a otras personas. Y no es necesario que tratemos de cada caso.

    “Por cierto” oíste y “viste, oh hijo del hombre, lo que los ancianos”, envejecidos en el mal, “hacen en las tinieblas”, y dicen: “¡No nos ve el Señor!”. En cambio, son ellos que están en las tinieblas y no ven, o sea, piensan no ser vistos. Comenta jerónimo: “Si pensáramos que el Señor está presente y que todo lo ve y lo juzga, nunca, o casi nunca, caeríamos en el pecado”.

    8. He ahí la tercera abominación. “El Señor me dijo: “Si te vuelves, verás otras abominaciones”. Y me llevó a la entrada de la puerta de la casa del Señor, que mira al septentrión; y he ahí a mujeres sentadas que lloraban a Adonis. Y me dijo: “Viste con certeza, hijo del hombre” (Ez 8, 13-15,). Explica jerónimo que los hebreos y los sirios llaman a Adonis a Tamuz, que se interpreta “bellísimo”. Con Tamuz o Adonis se entiende la prosperidad del mundo, que es aliada de Venus y de la lujuria. Las mujeres, que Doran, simbolizan a todos los que lloran por haber perdido la riqueza. ¡Ay de mí! ¡Cuántos afeminados lloran hoy por haber perdido la riqueza y por hallarse en una pobreza no querida, y muy a menudo pierden también la fe! Con toda razón son llamados villanos de villa, hacienda, o sea, siervos de la gleba y, peor, esclavos del diablo. Ellos no son de la noble sangre de Jesucristo que ordena que no sólo dejemos lo que tenemos, sino que nos gocemos de lo perdido y de la pobreza.

    9. Y, en fin, la cuarta abominación. “Vuélvete aún y verás abominaciones peores que éstas. Y he ahí a la entrada del templo unos veinticinco varones, con sus espaldas vueltas contra el templo y con sus rostros hacia el oriente y adoraban al sol naciente. Y me dijo: “Viste con certeza, hijo del hombre” (Ez 8, 15-17). Tener las espaldas vueltas contra el templo del Señor, significa despreciar al Creador, olvidar la muerte de Jesucristo y descuidar la vida eterna. Dirigir el rostro hacia el oriente y adorar al sol naciente, significa exultar por el esplendor de las dignidades (cargos), buscar la gloria y, para lograrla, estar dispuestos a adorar a un hombre. Contra todo lo anterior tenemos lo que dice Mardoqueo en el libro de Ester: “Oh Señor, tú que todo conoces, sabes bien que no por orgullo ni por desprecio hice este gesto, o sea, el no postrarme en adoración delante del muy soberbio Amán. Yo, por la salvación de Israel, estaría dispuesto a besar de buena gana hasta las huellas de los pies de Amán. Pero no lo hice por temor de tributar a un hombre el honor que sólo se debe a Dios. A nadie adoraré sino a mi Dios” (13, 12-14).

    Por cierto, los desgraciados ricos de este mundo no se comportan así. Dice el Señor: “¡Ay de ustedes, ricos, que ya tienen su consolación!” (Lc 6, 24). Todos los que cometen las sobredichas abominaciones, se enferman también ellos, en el alma, con la misma enfermedad mortal del hijo del funcionario real de Cafarnaún.

    Por ende, el funcionario real debe insistir en sus súplicas, para que su hijo sea liberado de la enfermedad y restituido a la salud. Dígnese escucharlo aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén!

    Sigamos el evangelio: “El funcionario, al oír que Jesús venía de la Judea a la Galilea, se presentó a El y le rogó que fuera a su casa y curara a su hijo, que ya estaba por morir” (Jn 4, 47).

    La Judea se interpreta “proclamación”; y la Galilea, “rueda” o “volubilidad. “ Pues bien, Jesucristo pasa de la Judea a la Galilea, cuando desde la vida eterna, en la cual hay la proclamación de las alabanzas angélicas, desciende a la rueda de nuestra volubilidad.

    10. Sobre esto tenemos una concordancia en Ezequiel, donde se relata que aquel que estaba sentado en el trono, dijo al hombre vestido de lino: “Entra entre las ruedas que están debajo de los querubines y llena tus manos con las brasas encendidas que están entre los querubines y espárcelas sobre la ciudad” (10, 2).

    En el lino está indicado el cuerpo gloriosísimo de Jesucristo, que lo asumió, tomándolo de la tierra virgen, para cubrir nuestra desnudez. A El le dijo el Padre: “Entra entre las ruedas”. La rueda, que retorna al mismo punto del cual comienza, simboliza la naturaleza humana, a la cual fue dicho: “Eres tierra y a la tierra retornarás” (Gen 3, 19). El Hijo de Dios entró, pues, entre las ruedas, cuando de la Judea bajó a la Galilea. Asumiendo la naturaleza humana, apareció en la tierra y vivió entre los hombres (Bar 3, 38), llegando a ser semejante a los hombres (Filp 2, 7)

    “Las ruedas que están debajo de los querubines”, porque fue hecho poco inferior a los ángeles (Salm 8, 6); y así llenó su mano con las brasas de fuego, que hay entre los querubines, o sea, mensajes de fuego a través de los dos Testamentos, y los esparce sobre la ciudad, o sea, sobre la santa iglesia.

    O también: esparce las brasas encendidas sobre la ciudad, cuando infunde en el alma las brasas de su temor y de su amor, que le hacen abandonar los placeres del mundo y de la carne, para que, abrasada e iluminada, se cure de la enfermedad. Pues bien, el funcionario real que sabe que su hijo, o sea, su alma, está enferma en Cafarnaún, debe acudir con la contrición del corazón y suplicarlo con la confesión de la boca, para que cure a su hijo, del que se dijo: “Comenzaba a morir”. Y presta atención que diga con razón: “Comenzaba a morir”. En efecto, por medio de la satisfacción de la carne y la consolación del mundo comienza la muerte del alma y esta muerte concluirá en la condenación de la gehena, que durará eternamente.

    Le dijo Jesús: “Si no ven señales y prodigios, ustedes no creen” (Jn 4, 48). Los prodigios son llamados así, porque porro dícunt, hablan por adelantado, o sea, predicen el futuro lejano. Algo semejante dice el Señor a Ezequiel: “Hijo del hombre, yo te envío a los hijos de Israel, te envío a un pueblo de rebeldes, que se alejaron de mí. Hacia ti serán incrédulos y destructores; y tú convives con los escorpiones. No te quieren escuchar a ti, porque no me quieren escuchar a mí” (2, 3 y 6; y 3, 7). “Le suplica el funcionario: “Señor, baja a mi casa, antes que mi hijo muera” (Jn 4, 49). Comenta la Glosa: “Como si Cristo no pudiese salvar sino estando presente. Por esto, el Señor, para demostrar que no está ausente de donde se le invita, lo cura con el solo mandato”.

    “Le dijo Jesús: “Vete, ¡tu hijo vive!”. Y también en Ezequiel: “Mientras te revolcabas en tu sangre, yo te dije.- “¡Vive!”. (16, 6). “Yo no quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva” (33, 11). Dice el Señor Dios: “¿Quiero yo, acaso, la muerte del impío? o, más bien, ¿no quiero que se convierta y viva? Reflexionando y alejándose de las iniquidades cometidas, por cierto él vivirá y no morirá” (Ez 18, 23-28). Por esto, en el introito de la misa de hoy se canta: “Si examinas las culpas, Señor, Señor, ¿quién podrá subsistir? Pero en ti hay perdón” (Salm 129, 3-4), oh Dios de Israel.

    11. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola:

    “Fortalézcanse en el Señor”, para no desfallecer en la enfermedad que proviene de Cafarnaún, “y en el vigor de su potencia -de aquel que dijo: “Vete, ¡tu hijo vive!»-, “vístanse de toda la armadura de Dios, para poder resistir a todas las acechanzas del diablo” (Ef 6, 10-11).

    Considera que, el que quiere ser soldado de Dios y vestir su armadura y resistir con vigor contra las acechanzas del diablo, es necesario que tenga el caballo de la buena voluntad, la montura de la humildad, los estribos de la constancia, las espuelas del doble temor, el freno de la templanza, el escudo de la fe, la coraza de la justicia, el yelmo de la salvación, la lanza de la caridad (Ef 6, 15-17). El que vista estas armas, no será afligido por la enfermedad de Cafarnaún.

    Y estas armas son necesarias, porque “nuestra batalla no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal en las regiones celestes” (Ef 6, 12); o sea, luchamos no sólo contra los vicios de la carne y de la sangre, sino contra los demonios que mandan a otros demonios, contra los que tienen poder sobre los que se hallan en las tinieblas del pecado; contra los mundanos, contra los que llevan a la ruina, contra las fuerzas tenebrosas que inducen a obras tenebrosas, como las abominaciones indicadas por el profeta Ezequiel; contra los espíritus malignos, que pelean contra nosotros no por una cosa de poca monta, sino para privarnos de la herencia celestial.

    Y por esto te suplicamos, oh Señor Jesucristo, que nos liberes de la enfermedad de Cafarnaún y de las cuatro sobredichas abominaciones, para que podamos resistir fuertemente contra las acechanzas del diablo y merezcamos vivir contigo en la vida celestial.

    Dígnate concedérnoslo tú, que vives y reinas por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II. - Fe del funcionario real

    12. “El hombre creyó a la palabra de Jesús, y se fue” (Jn 4, 50). Comenta la Glosa: “El Señor, aunque suplicado, no va a la casa del hijo del funcionario, para no dar la impresión de honrar la riqueza. En cambio, prometió acudir al siervo del centurión, porque él no desprecia la realidad natural del hombre. En aquel en el cual destruye la soberbia, vicio que en los hombres no da importancia a la realidad natural, sino sólo a lo que aparece externamente, por cierto no honra la riqueza. Dice por boca de Ezequiel: “Su plata será arrojada fuera, y su oro será tirado al estercolero. Su plata y su oro no podrán salvarlos en el día de la ira del Señor” (7, 19).

    Esto se puede entender también en sentido moral, porque la plata de la elocuencia y el oro de la sabiduría no podrán salvar a Marcos Tulio Cicerón y a Aristóteles en el día de la ira del Señor, que dice en Job: “No le perdonaré, ni tomaré en consideración la fuerza de sus palabras, apropiadas para mover a compasión” (41, 3).

    Observa que antes dice “creyó” y después “fue”, porque antes viene la fe del corazón y después el camino de las obras. Se lee en Ezequiel: “Esta era la visión de hachones encendidos que andaban entre los animales, o los seres vivientes; el fuego resplandecía; y del fuego salían relámpagos. Y los seres vivientes iban y volvían a semejanza de rayos centelleantes” (1, 13-14). En el esplendor del fuego se designa la fe, que ilumina. Dice Jesús: “Tú fe te salvó”, o sea, te iluminó. “¿Qué quieres que haga?”. “Maestro, ¡que yo vea! “(Mc 10, 52 y 51). De aquel fuego sale el rayo de las buenas obras; y así los animales, o sea, los santos, se elevan a la contemplación y después retornan a la acción, ya que no pueden estar largo tiempo en la contemplación, si quieren que también otros lleven fruto. “A semejanza de rayo centelleante”: por medio de los que se elevan a la contemplación y después persisten en las obras buenas, se difunde sobre los demás una luz de cielo. Gregorio: “La caridad se eleva a admirables alturas, cuando se siente atraída misericordiosamente hacia las necesidades más graves del prójimo; y cuando desciende amablemente hacia las cosas más bajas, retorna después con mayor mérito a las más sublimes” “Ese hombre, pues, creyó y se fue”.

    13. “Cuando ya el hombre descendía a su casa, salieron a su encuentro los siervos y le anunciaron: “¡Tu hijo vive!” (Jn 4, 51). Presta atención a los tres momentos: mientras descendía, salieron los siervos, tu hijo vive. Si tú desciendes, salen a tu encuentro los siervos, que te anuncian que tu hijo vive. ¡Entonces es buena cosa descender! Pero, ¿desde dónde descender? ¿Y hacia dónde? Desde el monte al valle, o sea, desde la soberbia a la humildad. En el valle el Señor apareció a Abraham (Gen 18, 1). “Los valles, dice el Señor, abundarán de trigo” (Salm 64, 14). Y Jeremías: “Considera tus pasos en el valle” (2, 23). E Isaías: “Todo valle será colmado” (40, 4). Y Ezequiel: “Serán como las palomas de los valles” (7, 16). Mientras el hombre descendía, los siervos acudían. Los siervos son los cinco sentidos del cuerpo, que deben servir a la razón. Si desciendes, los siervos salen a tu encuentro, o sea, te obedecen. En efecto, si el corazón es humilde, los siervos del cuerpo son obedientes. De la humildad nace la obediencia. Siempre Ezequiel: “Y en su centro, o sea, en medio del fuego se vislumbraba como una figura de electro” (1, 4). El fuego es la humildad, porque como el fuego abaja las cosas altas y reduce a cenizas las cosas duras, así la humildad abaja a los soberbios y recuerda a los corazones endurecidos la sentencia: “Eres ceniza y a la ceniza volverás” (Gen 3, 19).

    Oh humildad, si pudiste doblar la cabeza de la divinidad en el seno de la pobrecilla Virgen, ¿qué hay de tan alto que tú no puedas abajar? De ese fuego nace el electro de la obediencia. Dice Gregorio: “El electro está compuesto de oro y de plata. Mientras se amalgaman, la plata aumenta en lucidez y el oro atenúa su fulgor”.

    Plata resonante es la palabra del prelado; el oro es la pura conciencia del buen súbdito: cuando la palabra del prelado se une al súbdito, ella aumenta su esplendor gracias a la obediencia del súbdito, y el súbdito se pone pálido a través de la mortificación de la propia voluntad.

    Dice el Salmo: “Las plumas de la paloma son plateadas y las plumas de su dorso tienen los reflejos del oro” (67, 14). La paloma es el buen súbdito; y las plumas son las palabras del prelado, que lo hacen volar. A las palabras del prelado el súbdito, como una paloma, debe inmediatamente volar con el corazón y el cuerpo.

    Los prelados deben prestar mucha atención, para que sus palabras sean esplendentes por la plata de la humanidad de Jesucristo, que fue amalgamada con el oro de la divinidad. En efecto, en la figura del electro está indicado Cristo, Mediador entre Dios y el hombre. Mientras la humanidad creció en la gloria de la Majestad, la divinidad atenuó a los ojos humanos la potencia de su fulgor. Pues bien, los prelados deben cubrir de plata sus palabras con la humildad de la humanidad de Jesucristo, para mandar a los súbditos con bondad y afabilidad, con prudencia y misericordia, porque el Señor no se halla ni en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en el silbo de una brisa suave: allí está en el Señor.

    Y así las plumas de su dorso, o sea, la voluntad y los sentimientos del súbdito, tendrán reflejos del oro, mediante la mortificación y la pureza.

    Sobre el dorso solemos llevar las cargas: también las cargas de la obediencia debemos llevarlas con el dorso de la paciencia. Dice el Profeta: “Sobre mi dorso construyeron los pecadores” (Salm 128, 3). El prelado malvado construye sobre el dorso, o sea, sobre la paciencia del humilde súbdito. Sin embargo, esta construcción será su ruina, mientras constituirá la gloria del súbdito.

    Digamos, pues: “Mientras el hombre descendía, los siervos salieron a su encuentro”. De la humildad del corazón proviene el electro, en el cual están fundidos el oro y la plata. En la plata se designa la sonoridad de la confesión y en el oro la pureza del cuerpo. ¡He ahí, qué grandes bienes provienen de la bajada de la humildad!

    14. En aquel momento se le anuncia al padre la vida del hijo: “Le anunciaron: “¡Tu hijo vive!”. Se dice vida de vigor, o también porque vim ténet, conserva la fuerza. “La vida del cuerpo es el alma, y la vida del alma es Dios” (Gregorio), que da al alma el vigor y la fuerza, o sea, el poder y el saber, para que viva; ¡y ojalá añadamos nosotros el querer!

    En la Historia Natural de Solino se cuenta que en las regiones de la india hay pueblos que no necesitan ningún alimento, sino que viven de la sola fragancia de los frutos silvestres; y cuando van lejos, llevan consigo esos frutos, como defensa, para ser alimentados oliéndolos, porque, si casualmente inhalan un olor desagradable o fétido, están seguros de morir.

    La fragancia de los frutos simboliza la vida del alma. Los frutos son la encarnación y la pasión de Jesucristo. De ellos habla la esposa en el Cantar: “Conservé para ti los frutos nuevos y los viejos” (7, 13). Los frutos nuevos son el nacimiento de la Virgen, la pobreza del Hijo de Dios, el envío de una nueva estrella, la realización de los milagros. Los frutos viejos son los esputos, las bofetadas, la hiel y el vinagre, los clavos y la lanza, que nos despojaron de la antigua vejez, porque, como dice el Apóstol, “nuestro hombre viejo fue crucificado junto con El” (Rom 6, 6). Por ende, el que quiere vivir, viva con la fragancia de estos frutos; y en el destierro de esta peregrinación, para no desfallecer por el camino, lleve consigo estos frutos para alimentarse oliéndolos.

    Se lee en las Lamentaciones: “El aliento de nuestra boca, el ungido del Señor, a quien decíamos: “Viviremos a tu sombra en medio de las gentes”, fue apresado en nuestros pecados” (Lam 4, 20). Y el Profeta dice en el Salmo: “Abrí mi boca y atraje el espíritu” (aliento) (118, 13 1). Cuando abres tu boca en la confesión y en la acusación de ti, atraes el espíritu (aliento) de Jesucristo, que es la vida del alma, para recibir su gracia. Cuídate, pues, de atraer el disgustoso espíritu (aliento) del mundo y el fétido espíritu (aliento) de Cafarnaún, porque inmediatamente incurrirías no sólo en la enfermedad, sino también en la muerte. Cafarnaún se interpreta “campo gordo”. La gordura suele ser causa o madre de la corrupción, y la corrupción es fuente del hedor, y el hedor es signo de muerte. Abre, pues, tu boca y atrae el espíritu de Jesucristo, que fue apresado, atado y crucificado por nuestros pecados. A la sombra de su árbol, o sea, de la cruz -de esa sombra habla el Cantar: “Debajo de un árbol de manzanas te desperté”; y “Me senté a la sombra de aquel a quien tanto deseé” (8, 5; y 2, 3)debes descansar del ardor de los vicios, evitando, al abrigo de aquel árbol, el sol de la prosperidad mundana. Y así, “en medio de las gentes”, o sea, de las tentaciones de la carne y del diablo, vivirás sustentado por los aromas de su encarnación y de su pasión.

    15. “El padre les preguntó a qué hora el hijo había comenzado a estar mejor. Le dijeron: “Ayer, a la hora séptima, la fiebre lo dejó” (Jn 4, 52). Comenta la Glosa: “No desconfía de la misericordia del Señor, pero sí desea que la potencia divina sea conocida por mucha gente mediante el testimonio de los siervos”. Ellos responden: “A la hora séptima”, simbolizando así al Santo Espíritu septiforme, en el cual está puesta toda salvación. La fiebre es llamada así de fervor, y es figura de la lujuria de la carne, cuyo calor agita el corazón y corrompe la carne. Se lee en el libro de Judit que, cuando ella entró en la presencia de Holofernes, “él fue conquistado a la primera mirada: su corazón estaba en tumulto y se sintió abrasado de una gran pasión hacia ella” (10, 17; y 12, 16).

    Ante todo, es seducido a través de los ojos. Por esto el Profeta oraba: “Aparta mis ojos, que no vean las cosas vanas” (Salm 118, 37). Y en el Cantar: “Aparta de mí tus ojos, porque me cautivan” (6, 4). Dice el Génesis: “Su ama echó los ojos en José” (39, 7).

    Los ojos son las primeras flechas de la lujuria; después, el corazón se estremece y así se inflama la fiebre de la lujuria. Sin embargo, para no morir con el consentimiento de la mente o pasando a la acción, el corazón es iluminado “a la hora séptima”, o sea, con la septiforme gracia del Espíritu Santo. Entonces “deben creer él y toda su familia” (Jn 4, 53), o sea, con el cuerpo y con el alma, porque Jesucristo es el Hijo de Dios y se digné liberar el alma de tan perniciosa fiebre y el cuerpo de la miserable contaminación de la lujuria.

    16. Con esta segunda parte del evangelio concuerda la segunda parte de la epístola: “Estén ceñidos sus lomos en la verdad y vístanse con la coraza de la justicia” (Ef 6, 14). Los lomos vienen, por asonancia, de libido; y libido se dice de libet, que place. He ahí la maldita fiebre, que reina en los lomos; y por eso el Apóstol dice: “Estén ceñidos sus lomos en la verdad y vístanse con la coraza de la justicia”. Den a cada uno según su derecho, para ser protegidos por la justicia como una coraza. De esa manera no habrá ninguna abertura para el enemigo.

    “Y tengan a sus pies, como calzado, el celo para propagar el evangelio de la paz” (Ef 6, 15), para que el predicador ni toque la tierra, o sea, que no predique por amor a las cosas terrenas.

    “Sobre todo, tomen el escudo de la fe”. La fe es el escudo bajo el cual se protege con seguridad la justicia. “Con este escudo pueden apagar todos los dardos de fuego del perversísimo” (Ef 6, 16), o sea, todos los asaltos del diablo, que procura arrastrar de vicio en vicio, como el fuego que se propaga. “Tomen también el yelmo de la salvación” (Ef 6, 17). El yelmo simboliza la salvación eterna, cuyo recuerdo cautiva la mente, para que no desfallezca. “Y tomen la espada del Espíritu”, que nos da el Espíritu Santo, para herir al enemigo. “Esa espada es la palabra de Dios”, o sea, su evangelio. El que se ejercite y se prepare con estas seis armas, como por seis horas, será liberado, en la séptima hora, de la fiebre de la lujuria por la gracia septiforme.

    ¡Ea, pues, hermanos queridísimos! Roguemos al Señor Jesucristo, que nos haga descender del monte de la soberbia y apague en nosotros la fiebre de la lujuria, para que, con los lomos ceñidos, podamos retornar a la salud y podamos llegar a la vida eterna, Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito, digno de alabanza y de gloria por los siglos eternos.

    Y toda alma, liberada de la fiebre, cante: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

    Cita bíblica