Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo II de Pascua

    Exordio Sermón al predicador

    1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy el buen pastor” (Jn 10, 11).

    Dice Juan en el Apocalipsis: “Me fue dada una caña semejante a una vara” (11, 1). La caña es la predicación del evangelio. Como la caña escribe las palabras en el pergamino, así la predicación debe escribir la fe y las buenas costumbres en el corazón del oyente. La caña y la pluma son instrumentos del escribano. La caña es así llamada (en latín, cálamus), porque deposita un líquido; por eso los navegantes usan calare por depositar Pero, porque de cálamo deriva la calamidad, ya que la infelicidad es fruto del vacío, la predicación se compara a la vara, en la que se destacan tres cualidades: solidez, rectitud y corrección.

    La predicación debe ser sólida, es decir, respaldada por abundancia de buenas obras; y debe proponer palabras verdaderas, no falsas, no ridículas, no frívolas ni lisonjeras, sino palabras que susciten la conmoción y el llanto. Por esto dice Salomón en el Eclesiastés: “Las palabras de los sabios son como aguijones y como clavos plantados profundamente” (12, 11). Como el aguijón, mientras punza, hace brotar sangre, y el clavo, si hiere una mano, produce un gran dolor, así las palabras de los sabios deben acicatear el corazón del pecador y hacer brotar la sangre de las lágrimas, que, como dice Agustín, son “la sangre del alma”, suscitar el dolor por los pecados pasados y causar el temor de las penas de la gehena.

    La predicación debe ser recta (coherente), para que el predicador no contradiga con las obras lo que dice en el sermón. La autoridad de la palabra pierde fuerza, cuando la voz no está respaldada por las obras. En fin, la predicación debe ser también correctora, para que los oyentes, después de haber escuchado una predicación, corrijan sus vidas. Con semejante vara el buen pastor, el buen prelado de la iglesia o el predicador corrijan y pastoreen el rebaño de sus ovejas, como las corregía y las apacentaba aquel buen pastor, que en el evangelio de la misa de hoy dice: “Yo soy el buen pastor”.

    2. Observa que en este evangelio sobresalen cuatro elementos. Primero: los cuidados solícitos del buen pastor por sus ovejas y la disponibilidad de dar la vida por ellas, si fuere menester, cuando dice: “Yo soy el buen pastor”. Segundo: la fuga del mercenario y la rapiña del lobo, cuando añade: “El mercenario, que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas Tercero: el recíproco conocimiento del pastor y de las ovejas: “Yo soy el buen pastor y conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí”. Cuarto: la formación y el incremento de la iglesia católica a través de la unión de los dos pueblos, el judío y el gentil (pagano), donde dice: “Tengo otras ovejas, que no son de este rebaño”. En este domingo y en el siguiente se canta y se lee un pasaje del Apocalipsis, que queremos dividir en siete partes. La primera parte habla de las siete iglesias; la segunda, de los cuatro caballos; la tercera, de los electos de las doce tribus; la cuarta, de la mujer revestida de sol. Estas primeras cuatro partes queremos confrontarlas con las cuatro partes del evangelio de hoy.

    La quinta parte del Apocalipsis habla de los siete ángeles, que llevan las ampollas, llenas de la ira de Dios; la sexta parte, de la condenación de la gran meretriz, o sea, de la vanidad mundana; la séptima parte, del río de agua viva, o sea, de la perennidad de la vida eterna. Y estas tres partes, con la ayuda de Dios, las confrontaremos con las tres partes del evangelio del domingo próximo.

    En fin, en el introito de la misa de este domingo se canta: “La tierra está llena de la misericordia del Señor” (Salm 32, 5); y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Cristo padeció por nosotros” (1 Pe 2, 21).

    I El cuidado solícito del buen pastor por las ovejas

    3. “Yo soy el buen pastor”. Con toda razón Cristo puede decir: “Yo soy”, porque para El nada es pasado y nada es futuro, sino que todo le es presente. El dice en el Apocalipsis: “Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin, dice el Señor que es, que era y que vendrá, el Omnipotente” (1, 8); y en el Éxodo: “Yo soy. Así dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a ustedes” (3, 14). Con toda razón dice: “Yo soy el buen pastor”.

    Pastor deriva del verbo pasco, apacentar y alimentar; y Cristo diariamente, en el sacramento del altar, nos apacienta con su cuerpo y su sangre. Dice Isaí (padre de David) en el primer libro de los Reyes.- “Queda todavía el más pequeño, que está apacentando a las ovejas” (16, 11). Nuestro David, pequeño y humilde, apacienta como un buen pastor. El es nuestro Abel, que, como se lee en el Génesis, fue pastor de ovejas; y el fratricida Caín, o sea, el pueblo judío, lo mató por envidia.

    De este pastor el Padre dice en Ezequiel:

    “Promoveré un solo pastor que apaciente a mis ovejas: a mi siervo David”, o sea, a mi Hijo Jesús; El las apacentará y será su pastor” (34, 23); y en Isaías: “Como un pastor, apacentará a su rebaño: con su brazo reunirá a los corderos y los llevará en su seno. El mismo llevará a las ovejas madres” (40, 11).

    Habla como un buen pastor aquel que, cuando lleva el rebaño al pastoreo y lo trae de vuelta, a los corderos pequeños, que no pueden caminar, los toma en brazos y los pone junto a su corazón; igualmente, él mismo lleva a las ovejas grávidas y a las fatigadas. El término latino feta a veces significa grávida, y otras veces parida.

    Así Jesucristo nos apacienta cada día con las doctrinas evangélicas y los sacramentos de la iglesia y, con su brazo extendido en la cruz, nos reunió. Dice Juan: “Para reunir juntos a los hijos de Dios que se hallaban dispersos” (11, 52).

    “Y los llevará junto a su corazón”, o sea, nos llevará en el seno de su misericordia, como la madre con el hijo. El mismo lo dijo en Oseas: “Yo hice de nodriza a Efraím, y los llevé en mis brazos” (11, 3). El nos alimenta con su sangre, como si fuera leche. En la tetilla o bajo la tetilla, en el monte Calvario por nosotros fue traspasado por la lanza, para ofrecernos su sangre, como la madre ofrece su leche al hijo; y nos llevó en sus brazos, extendidos en la cruz.

    4. Dice Pedro en la epístola de hoy: “El llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia, Por sus heridas fuimos curados” (1 Pe 2, 24).

    “Y El mismo lleva a las ovejas grávidas”, o sea, a las almas penitentes, herederas de la vida eterna. Dice en el Éxodo: “Ustedes vieron lo que les hice a los egipcios, y cómo los levanté a ustedes sobre alas de águila, y los traje a mí” (19, 4). El hunde a los egipcios, o sea, a los demonios y los pecados mortales en el mar Rojo, o sea, en la amargura de la penitencia, de las lágrimas y de la aflicción teñida de sangre; en cambio, a los penitentes los lleva sobre alas de águila cuando, despreciadas las cosas terrenas, los eleva a las cosas celestiales, para que con ojos límpidos contemplen al Sol de justicia. Con razón dice “Yo soy el buen pastor”. Y David: “Tú eres bueno, y en tu bondad instrúyeme”, que soy oveja errabunda. “Anduve errante como oveja extraviada” (Salm 118, 68 y 176). Y en el libro de la Sabiduría: “ ¡Oh, qué bueno y qué suave es, Señor, tu espíritu en todas las cosas!” (12, 1). “El buen pastor da su vida por sus ovejas”.

    Manifiesta la característica del buen pastor: dar la vida por sus ovejas; y eso es lo que hizo Cristo. Dice Pedro en la epístola de hoy: “Cristo padeció por nosotros, dejándoles un ejemplo, para que sigan sus huellas” (1Pe 2, 21). Comenta la Glosa:

    “Alégrate, porque Cristo murió por ti; sin embargo, presta atención a lo que sigue: “Dejándoles un ejemplo” de ultrajes, de tribulaciones, de cruz y de muerte.

    “El buen pastor da su vida por sus ovejas”. De ellas dice Pedro hacia el fin de la epístola: “Ustedes eran como ovejas extraviadas; pero ahora volvieron al pastor y al guardián de sus almas” (1Pe 2, 25). ¡Qué inmensa misericordia! Lo proclama el introito de la misa de hoy: “La tierra está colmada de la misericordia del Señor”. “Como los cielos fueron afianzados por el Verbo, o sea, el Hijo de Dios” (Salm 32, 5-6), así igualmente fueron fortalecidos los apóstoles y los hombres apostólicos, para no ser como ovejas errantes, sino para que se conservaran bajo la vara del pastor y del guardián de las almas.

    5. Las ovejas, por las que el buen pastor, Jesucristo, dio su vida, son aquellas siete Iglesias, a las que se refiere el Apocalipsis: “oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía. “Lo que ves, escríbelo en un libro; y envíalo a las siete Iglesias: Éfeso y Esmirna, Pérgamo y Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea. Y me volví para reconocer la voz que hablaba conmigo; y, vuelto, vi siete candelabros de oro; y en medio de los siete candelabros de oro vi a uno semejante a hijo de hombre, vestido de túnica talar y ceñido al pecho por una faja de oro. Su cabeza y sus cabellos eran cándidos como lana blanca y como nieve; y sus ojos eran como una llama de fuego; y sus pies eran semejante a bronce resplandeciente, cuando se halla en el horno ardiente; y su voz era como la voz de muchas aguas. Y tenía en su derecha siete estrellas; y de su boca salía una espada afilada por los dos lados; y su rostro resplandecía corno el sol en todo su fulgor” (1, 10-16).

    Explicaremos este pasaje, ante todo, en sentido alegórico, aplicándolo a Cristo, y después en sentido moral, aplicándolo al prelado de la iglesia. Sentido alegórico. Éfeso se interpreta “mi voluntad” o “mi consejo”; Esmirna, “su cántico”; Pérgamo, “el que divide los cuernos” o “deseca el valle”; Tiatira, “iluminada”; Sardis, “principio de belleza”; Filadelfia, “el que guarda” o también “el que salva a quien adhiere al Señor”; Laodicea, “tribu amable”.

    Los siete candelabros de oro representan a todas las iglesias, ardientes e iluminadas por la sabiduría del Verbo. Como el oro refinado por el fuego y forjado por los golpes se transforma en candelabro, así la iglesia, purificada por las tribulaciones y fustigada por los golpes de las tentaciones, se perfecciona y se difunde en los países lejanos.

    “Y en medio de los siete candelabros”, o sea, en la comunidad de todas las iglesias, porque Dios se ofrece a todas y está siempre dispuesto a socorrerlas, “vi a uno semejante a hijo de hombre”, o sea, un ángel en la persona de Cristo, que no es un hijo de hombre, sino semejante, porque ya no muere; o también semejante a hijo de hombre, porque no estuvo sometido al pecado, sino que tomó la semejanza de la carne de pecado.

    “Revestido de túnica talar”, sacerdotal, o sea, de la carne, en la que se ofreció y se ofrece cada día, presentándose a sí mismo al Padre; y “ceñido al pecho por una faja de oro”, o sea la faja de la caridad, por la cual se entregó a la muerte por nosotros.

    “Su cabeza y sus cabellos eran cándidos como lana blanca y como nieve”. La cabeza es la divinidad. Dice el Apóstol: “Cabeza de Cristo es Dios” (1Cor 11, 3). La cabeza representa al mismo Cristo, que es cabeza de la iglesia, y que tiene todas las cosas necesarias para el gobierno de la iglesia. Los cabellos representan a los fieles, sólidamente unidos a la cabeza. Entonces la cabeza y los cabellos, o sea, Cristo y los cristianos, son cándidos como lana, blanca por la simplicidad y por la pureza; y como nieve, por el candor de la inmortalidad, porque, como El vive, viviremos también nosotros con El.

    “Y sus ojos eran como llamas de fuego”. Los ojos, o sea, la mirada de la gracia de Jesucristo derrite el corazón helado del pecador, como la llama del fuego derrite el hielo. Así el Señor miró a Pedro con ojos de misericordia; y Pedro lloró amargamente, porque el hielo de su corazón se derritió en lágrimas de compunción.

    “Y sus pies”, o sea, los predicadores que lo llevan por todo el mundo, eran “semejantes al auricalco o bronce”, no un auricalco cualquiera, sino uno refulgente como en un horno. El auricalco es llamado así, porque tiene semejanza tanto con el oro como con el bronce. El bronce se dice en griego calcós. En el oro está indicado el esplendor de la sabiduría y en el bronce, la sonoridad de la elocuencia. Los pies de Jesucristo son semejantes al auricalco, porque los predicadores deben brillar por el fulgor de la sabiduría y por la sonoridad de la elocuencia.

    “Y su voz era como la voz de muchas aguas”. La predicación de Cristo posee la virtud del agua, porque lava. Por eso Jesús dijo a los apóstoles- “Ustedes están limpios en virtud de la palabra, que les anuncié” (Jn 15, 3). Son ya muchos los pueblos que acogen la voz de Jesucristo, y son comparados a las aguas a motivo del fluir de la vida y de la muerte. o también- “Su voz era como la voz de muchas aguas”, como una fuente de muchas aguas, o sea, de gracias.

    Y continúa: “Y tenía en su derecha siete estrellas”, o sea, las siete gracias del Espíritu Santo, que tiene en su derecha, dicha así porque da fuera (en latín, déxtera - dans extra). En efecto, del tesoro de su munificencia concede las gracias a quien quiere, cuando quiere y como quiere. o también: las estrellas representan a los obispos, que deben iluminar a los demás con la palabra y con el ejemplo; y el Señor los guarda en su mano derecha como sus dones más preciosos, representados justamente por la mano derecha.

    “Y de su boca brotaba una espada afilada por los dos lados”. De su boca, o sea, de su enseñanza, brotó la predicación, que corta por los dos costados: en el Antiguo Testamento las obras carnales, y en el Nuevo las concupiscencias. “Y su rostro era como el sol, cuando brilla en su mayor fulgor”. El rostro de Cristo son los buenos prelados de la iglesia y todos los santos, por medio de los cuales, como por medio del rostro, conocemos a Cristo. Ellos resplandecen en su mayor fulgor, o sea, hacia el mediodía, sin nubes; o cuando el sol esté detenido en la eternidad, ellos resplandecerán así, o sea, serán semejantes al verdadero sol, Jesucristo.

    6. En sentido moral. “Yo soy el buen pastor”. ¡Bienaventurado aquel prelado de la iglesia, que puede decir con sinceridad: “¡Yo soy el buen pastor!”. Para que sea bueno, es necesario que se asemeje al Hijo del hombre y esté en medio de los siete candelabros de oro. De ellos dice Juan: “Vi siete candelabros de oro”; y en ellos se destacan las siete cualidades que son necesarias al prelado de la iglesia: inocencia de la vida, ciencia de la Sagrada Escritura, elocuencia de palabra, asiduidad en la oración, misericordia hacia los pobres, disciplina con respecto a los súbditos, cuidado solícito del pueblo que le fue confiado. Estos siete candelabros hallan correspondencia en el significado de las siete iglesias.

    Éfeso se interpreta “mi voluntad” o “mi consejo”. Aquí está señalada la inocencia de la vida, de la que habla el Apóstol: “Esta es la voluntad de Dios: su santificación: que cada uno sepa conservar su cuerpo en el honor y en la santidad” (1Tes 4, 3-4). E Isaías: “Toma una decisión, notifica un consejo”, (16, 3). Toma una decisión, para vivir en la inocencia con respecto al alma; notifica un consejo, o sea, frena los cinco sentidos, para que vivas en la castidad, con respecto al cuerpo.

    Esmirna se interpreta “su canto”. Y aquí está indicada la ciencia de la Sagrada Escritura. Dice el Profeta: “Canten a Dios un cántico nuevo” (Salm 95, 1). Todas las ciencias mundanas y lucrativas son los cánticos viejos, los cánticos de Babilonia. Sólo la teología es el cántico nuevo, que resuena suavemente en los oídos de Dios y renueva el espíritu. La Sagrada Escritura debe ser el cántico de los prelados. “Si no hubiera herreros en Israel -dice el primer libro de los Reyes-, no sería de admirarse si los hijos de Israel descendieran a los filisteos para afilar el arado, la azada, el hacha y el escardillo” (1Rey 13, 19-20). Pero, gracias a Dios, en Israel, o sea, en la iglesia, existen, no diría un solo herrero, sino muchos herreros, o sea, muchos teólogos, que saben muy bien afilar el arado, la azada, el hacha y el escardillo y lo saben acabar a la perfección.

    El arado es llamado así, porque cava la tierra o la “vomita”; la azada, porque levanta la tierra; el hacha (en latín, securis), porque corta (en latín, succidit) los árboles; el escardillo es una herramienta con mango, muy necesaria para los trabajos agrícolas. Con estos instrumentos de los labriegos se señalan los ejercicios de la predicación, que cavan el humus de la codicia y la tierra de la iniquidad, y las sacan de la atención de la mente; cortan las ramas secas del árbol infructuoso y cultivan el campo de la Iglesia militante.

    ¿Por qué, pues, los hijos de Israel, o sea, los prelados, van a los filisteos, nombre que se interpreta “caídos por la beodez”, o sea, a las ciencias lucrativas? Y acuden a ellas para embriagarse con el brebaje de una dignidad efímera, de la gula y de la lujuria, con la ambición de la vanagloria y del dinero; y, así embriagados, se desploman en lo profundo del infierno. Bernardo los amonesta así: “¡Oh ambición de veras desafortunada, que no sabe aspirar a las cosas grandes! Aman los primeros puestos; pero habría que temer para ellos que caerán como higos que no maduran. ¡Cuiden, pues, los que anhelan los primeros puestos, de no perder también los segundos; y terminen por precipitarse vergonzosamente en el último lugar del infierno!”. Pérgamo se interpreta “el que divide los cuernos” o “el que deseca el valle”. Aquí está indicada la elocuencia de la lengua erudita, que divide los cuernos de los soberbios y deseca el valle de los carnales. Pero el Señor amenaza por boca del Profeta: “Quebraré todos los cuernos de los pecadores” (Salm 74, 10). Y Job: “¿Atarás tú con coyundas al rinoceronte, para que are o para que rompa los terrones de los valles detrás de ti?” (39, 10).

    El rinoceronte es un animal pequeño, semejante al chivo (sic), que tiene sobre las narices un cuerno muy puntiagudo. Es una figura del bienaventurado Pablo, que, aún respirando amenazas y muerte, mientras iba a Damasco, fue atado con la correa del divino poder, para que arara, o sea, para que predicara. Pero el Señor le dijo a Ananías: “Este es para mí un vaso de elección, para que lleve mi nombre delante de los gentiles (paganos), de los reyes y de los hijos de Israel” (Hech 9, 15). El romperá los terrones de los valles, o sea, las mentes de los carnales y de los infieles, con el arado de la predicación.

    Tiatira se interpreta “iluminada”. Esta representa la asiduidad de la oración, que ilumina la mente. Se lee en el Apocalipsis: “El esplendor de Dios ilumina la ciudad y su lámpara es el Cordero” (2, 18). En el cordero resaltan la inocencia y la simplicidad, dos virtudes que de manera particular son necesarias al que ora y, al mismo tiempo, como el esplendor y la lámpara, iluminan la mente del que ora.

    Sardis se interpreta “principio de belleza”, y representa la misericordia hacia los pobres, que echa fuera la lepra de la avaricia hace hermosa al alma. Está escrito: “Ofrezcan limosnas, y he ahí que todo estará limpio para ustedes” (Lc 11, 41). Filadelfia se interpreta “el que custodia y salva al que adhiere al Señor”. Aquí está representada la corrección con respecto a los súbditos, la que custodia al que se pone al servicio del Señor, y salva del peligro de la muerte. De ella habla el Apóstol a los hebreos: “Toda corrección en ese momento no es causa de gozo, sino de tristeza; después, reporta un fruto de paz y de justicia, para los que se dejan guiar por ella” (12, 11).

    Laodicea se interpreta “tribu amable” para el Señor. Y aquí está representada la iglesia católica del pueblo cristiano, sobre la cual el prelado debe vigilar con cuidados solícitos. Del amor hacia ella dice Juan: “Después de haber amado a los suyos, los amó hasta el fin” (13, 1), o sea, tanto los amó, que su amor lo llevó hasta la muerte.

    Estos son los siete candelabros que iluminan a todas las iglesias, reunidas por el Espíritu de la gracia septiforme, en medio de las cuales el prelado, a semejanza del Hijo del hombre, o sea, de Jesucristo, debe caminar en la pobreza, en la. humildad, en la obediencia, vestido del alba blanca. El alba es la túnica talar, que llevaba Aarón, y significa la castidad del cuerpo, a la que se debe unir la pureza del corazón.

    7. “Estaba ceñido al pecho con una faja de oro”. Daniel vio un personaje ceñido a los riñones, porque en el Antiguo Testamento son condenadas las obras carnales. Juan lo vio con la faja de oro ceñida al pecho, porque en el Nuevo Testamento también los pensamientos son juzgados. Entonces con una faja de oro, o sea, con el amor de Dios, están ceñidos los pechos, o sea, está reprimido el flujo de los malos pensamientos.

    “Su cabeza y sus cabellos eran cándidos como lana blanca y como nieve”. La cabeza se llama así, porque en ella caben todos los sentidos”y representa a la mente, que es cabeza del alma; y los cabellos simbolizan los pensamientos. En la mente, de ordinario, residen la impureza y la incitación del pecado. Entonces la mente y los pensamientos deben ser cándidos como lana blanca contra la inmundicia del pecado, y como nieve contra su incitación.

    “Y sus ojos eran como llamas de fuego”. Los ojos del prelado representan la contemplación de Dios y la compasión hacia el prójimo, y deben ser como llamas de fuego, irradiando sencillez con respecto a Dios e inocencia con respecto al prójimo.

    “Y sus pies eran semejantes al auricalco”. Los pies representan los afectos de la mente y los efectos de las obras. De ambos pies quedó tullido miriboset -que se interpreta “hombre de confusión”-, cayendo de los brazos de la nodriza, como se lee en el segundo libro de los Reyes (4, 4). En él vemos simbolizado al pecador, hombre de la confusión eterna, que a causa del pecado mortal cae de la nodriza, o sea, de la gracia del Espíritu Santo, y se vuelve tullido de ambos los pies. En cambio, los pies del buen prelado deben ser semejantes al auricalco. El auricalco, como ya se dijo, tiene el color del oro y del bronce. En el oro está simbolizado el afecto de la mente, y en el bronce, la resonancia de las buenas obras. El auricalco, a menudo, se pone candente y así logra un mejor color. Así el buen prelado, cuanto más se vuelve candente por el fuego de la tribulación, tanto más se vuelve luminoso.

    “Y su voz era corno una voz de muchas aguas”. Como muchas aguas, que corren impetuosamente, arrollan todo obstáculo, así la voz de la predicación del prelado debe arrollar todo obstáculo de vicios y todo impedimento de salvación.

    “Y tenía en su derecha siete estrellas”. Las siete estrellas son las siete glorificaciones del cuerpo y del alma. Las glorificaciones del alma son la sabiduría, la amistad, la concordia; y las del cuerpo: la luminosidad, la agilidad, la sutileza (compenetración) y la inmortalidad. El prelado debe tener estas cualidades en su derecha, para que todo lo que piensa, todo lo que obra, sea siempre “derecho” (recto), y para que pueda tener en la derecha de la vida eterna las siete estrellas, o sea, sea colocado a la derecha con sus ovejas.

    “Y de su boca salía una espada afilada por los dos lados”. La espada es la confesión que debe ser afilada por los dos lados, para poder cortar los vicios espirituales, que son la soberbia y la vanagloria, y los vicios carnales, que son la avaricia, la gula y la lujuria.

    “Y su rostro era como el sol, cuando brilla en su fulgor”. El rostro del prelado son sus obras, por cuyo medio, como por el rostro, se le conoce. “Los reconocerán por sus frutos” (Mt 7, 16). Si los frutos son buenos, resplandecerán como sol en su fulgor. Dice el Señor: “Resplandezca su luz delante de los hombres, para que vean sus obras buenas, y glorifiquen a su Padre, que está en el cielo” (Mt 5, 16). Si así fuere el prelado, en conciencia podría decir: “Yo soy el buen pastor”.

    (Hermanos queridísimos, roguemos al Señor Jesucristo, que al pastor de su iglesia conceda la gracia de apacentar con nobleza el rebaño de los fieles; y así merecerá al fin llegar a aquel que es el eterno pasto de los santos. Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos, ¡Amén! ¡Así sea!).

    II Fuga del mercenario y rapiña del lobo

    8. “En cambio, el mercenario, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, abandona a las ovejas y huye; y el lobo arrebata y dispersa a las ovejas. El mercenario huye, porque es mercenario y no le importan las ovejas” (Jn 10, 12-13).

    Poco antes, el Señor había. dicho: “En verdad, en verdad les digo: “El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y un salteador” (Jn 10, 1). Aquí resaltan cuatro figuras: el buen pastor, el ladrón y salteador, el mercenario y el lobo.

    Con estas cuatro figuras se puede establecer una concordancia con los cuatro caballos del Apocalipsis: “Miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba, tenía un arco; y le fue dada una corona; y salió vencedor, para seguir venciendo. Y salió otro caballo, bermejo; y al que le montaba, le fue dado el poder de quitar la paz de la. tierra, para que se mataran unos a otros; y se le dio una gran espada. Y miré; y he ahí un caballo negro; y el que lo montaba, tenía una balanza en la mano. Y oí una voz en medio de los cuatro seres vivientes, que gritaba: “Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino. Y he ahí, en fin, un caballo amarillo; y el que lo montaba, se llamaba Muerte; y lo seguía el infierno. Y le fue dado poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la muerte y con las bestias salvajes” (6, 2-8).

    Sentido alegórico. “Miré, y he ahí un caballo blanco”. El caballo blanco representa la humanidad del buen pastor, Jesucristo, que está muy bien simbolizado en el caballo blanco, porque fue inmune de toda mancha de pecado. De este caballo dice Zacarías: “Vi de noche, y he ahí un varón montado sobre un caballo rojo, el cual estaba entre los mirtos en un valle profundo” (Zac 1, 8). La noche, en la que sucede la visión, simboliza el misterio que envuelve los fenómenos místicos. El varón montado sobre el caballo rojo es el Salvador, cuyas vestiduras, o sea, su carne, son rojas por la sangre derramada en la pasión; y por esto se muestra sobre un caballo rojo al pueblo que todavía está esclavizado.

    En cambio, en el Apocalipsis de Juan, el Salvador se muestra al pueblo ya liberado con vestiduras blancas. El está entre los mirtos, o sea, entre los ejércitos angélicos, que lo sirven también mientras se halla en un valle profundo, o sea, en su carne humana. Dice Mateo: “Los ángeles se le acercaron y lo servían “ (4, 11). o, “entre los mirtos”. El mirteto es un lugar donde crecen los mirtos. El mirto es una especie de planta, “de agradable aroma y con poder curativo” (Glosa). Deriva su nombre del “mar” y prefiere los litorales.

    El mirto simboliza la pureza del justo, que es de agradable aroma con respecto al prójimo y de gran poder terapéutico con respecto a uno mismo. Su habitat preferencial es el litoral, o sea, la compunción del corazón.

    A este propósito dice Isaías: “En lugar de la saliunca crecerá el abeto, y en lugar de la ortiga, el mirto” (55, 13). La saliunca es una hierba salobre, una especie de arbusto o de sauce. El abeto es llamado así, porque se eleva por encima de los demás árboles (en latín, abies, de abeo, voy lejos). La saliunca simboliza la avaricia, amarga y estéril; y en su lugar, cuando Dios infunde en la mente la gracia, se eleva el abeto de la celestial contemplación. La ortiga, llamada así porque su contacto irrita o quema (en latín, uro) el cuerpo, es de naturaleza ígnea, y representa la lujuria de la carne; y en su lugar el Señor hará crecer el mirto de la continencia. Entonces el Señor mora entre los mirtos, o sea, en aquellos que, por la virtud de la pureza y el perfume de la buena fama, sirven a Dios en el valle profundo de la humildad.

    “Vi, y he ahí un caballo blanco; y el que lo montaba, tenía un arco”. El que cabalga el caballo es la divinidad, que como un soldado sobrepuja a la humanidad. El arco, que consta de cuerda y de madera, representa la misericordia y la justicia de Dios. Como la cuerda dobla la madera, así la misericordia excede la justicia. Dice Santiago: “La misericordia triunfa sobre el juicio” (2, 13). En su primera venida, Cristo trajo consigo la cuerda flexible de la misericordia, para conquistar a los pecadores; pero en la segunda venida golpeará con el leño de la justicia, y dará a cada uno según sus obras (Mt 16, 27).

    “Y le fue dada una corona”. A Cristo, Dios y Hombre, le fue dada una corona con respecto a la humanidad, con la cual lo coronó su madre en el día de sus desposorios. o también: le fue dada una corona de espinas por su madrastra, la sinagoga. “Y salió vencedor para vencer aún más”. Dice Juan: “Salió hacia el Calvario, llevando su cruz”, victorioso sobre el mundo, para vencer también al diablo.

    “9.- Sentido moral : Vi, y he ahí un caballo blanco”. El caballo blanco simboliza el cuerpo del buen pastor y del prelado de la Iglesia. Este caballo debe ser blanco, de la blancura de la castidad. El jinete de este caballo es el espíritu, que debe dominarlo con el freno de la abstinencia y acicatearlo con las espuelas del amor y del temor de Dios, para alcanzar el premio de la vida eterna. “No daña usar la espuela con el caballo lanzado en su carrera” (Ovidio).

    El arco representa la Sagrada Escritura: en la madera está indicado el Antiguo Testamento; en la cuerda que dobla la dureza, el Nuevo Testamento; y en la flecha, la comprensión, que hiere y penetra los corazones.

    El buen pastor debe tener este arco en la mano, o sea, en su obrar. Dice Job: “Mi arco se fortalecía en mi mano” (29, 20). El arco se fortalece en la mano, cuando la predicación está respaldada por las obras. “Y le fue dada una corona”. La corona sobre la cabeza es la recta intención de la mente, de la que dice Jeremías: “Cayó la corona de nuestra cabeza. ¡Ay de nosotros, porque hemos pecado!” (Lm 5, 16). La corona cae de la cabeza, cuando el hombre abandona la recta intención; y por ende, ¡ay de él! “Y salió vencedor, para seguir venciendo”. Salió de la codicia del mundo, venciendo la lujuria de la carne y también para vencer la soberbia del diablo. Si el prelado fuere como este caballo blanco, con toda razón puede exclamar: “Yo soy el buen pastor”.

    “Y salió otro caballo, rojo”. El caballo rojo es el ladrón y salteador “que no entra por la puerta en el redil de las ovejas”. La puerta es Cristo: no entra por Cristo el que busca sus cosas y no las de Cristo. El término ladrón deriva de “esconder” (en latín, latere). El término salteador, fur deriva de furvus, oscuro. El ladrón es aquel que se esconde para despojar y matar a los incautos; el salteador es aquel que durante la oscuridad de la noche arrebata las cosas ajenas. Es ladrón y salteador aquel que, por ambición, “asume el honor sacerdotal, sin ser llamado por Dios como Aarón” (Hb 5, 4). El que consigue alguna prelatura por simonía, es ladrón, porque usurpa por medio del dinero el oficio de pastor, y aprovecha como en una noche oscura para apropiarse de lo ajeno. Hace suyas a las ovejas, que robó al Señor. Es ladrón, porque se esconde bajo la apariencia de la santidad. Se presenta como oveja, mientras es un lobo, o como gavilán, mientras es un avestruz; y de esa manera despoja a los incautos de sus virtudes y los mata en el alma.

    Con razón es llamado caballo rojo. El que monta este caballo es el espíritu de ambición y de gloria temporal, que quita la paz de la tierra, o sea, de la mente del mismo ladrón y salteador. El espíritu de ambición no permite que el desgraciado tenga la quietud de la mente. Es como un cazador que persigue la presa que huye y a la vez corre de una parte a otra, para procurarse las cosas temporales. Apercibe el bienaventurado Bernardo: “Tú multiplicas las prebendas, subes al archidiaconado, aspiras al episcopado, poco a poco te elevas; pero en un momento y desprevenidamente te precipitas en el infierno”. Y todavía- “El explorador merodea con diligencia, simula y disimula, se pone a la zaga y obsequia, trepa con las manos y los pies, para entremeterse de cualquier manera en el patrimonio del Crucificado”.

    Otro sentido: “Quita la paz de la tierra”, cuando, a través de este hijo de la perdición, siembra la discordia en la iglesia. Por eso sigue: “Para que se mataran unos a otros”. Los ladrones y los salteadores, o sea, los prelados simoníacos, se matan unos a otros con la espada de la discordia y de la envidia, cuando se desacreditan, cuando calumnian y cuando ladran uno contra otro. Dice Isaías: “Allí los sátiros danzarán”; y de nuevo: “Los sátiros se gritarán unos a otros” (13, 21; 34, 14). Hoy en la iglesia, los simoníacos adinerados danzan y se divierten como los sátiros; y un simoníaco acusa a otro; y todo el día están absorbidos por procesos, intrigas, griterías, extorsiones y diatribas. Y concluye: “Y le fue dada una gran espada”. La espada puntiaguda y afilada es la gloria temporal, por la que y con la que los infelices se hieren y se matan.

    10. “Y he aquí un caballo negro; y el que lo montaba, tenía en la mano una balanza”. Es llamado negro (en latín, niger), o sea, casi nubiger (que lleva nubes), porque no está sereno, sino nebuloso. El caballo negro es el mercenario, del que dice el Señor: “El mercenario, que no es el pastor y al que no le pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo, huye”… El mercenario, así llamado, porque está contratado por “la merced” o el pago, representa al prelado, que sirve únicamente en la iglesia por los premios temporales. De tal individuo dice el Profeta: “Te alabará, cuando lo habrás beneficiado” (Salm 48, 19). Y dice todavía el Señor: “En verdad, en verdad les digo: ustedes me buscan no porque vieron signos, sino porque comieron los panes y se hartaron” (Jn 6, 26). Cuando el vientre está lleno, canta con ganas el salmo 50 “Miserere”: “¡Ten piedad de mi Señor!”.

    Este mercenario no es pastor sino simulador (en latín, ídolum). Por esto dice Zacarías: “ ¡Ay del pastor y del simulador, que abandona la grey! Una espada está sobre su brazo y sobre su ojo derecho. Su brazo se paralizará del todo, y su ojo derecho, entenebreciéndose, se oscurecerá” (11, 17). En el brazo está representada la capacidad operativa, y en el ojo, la luz de la razón.

    Dice el profeta: “Pastor y simulador”; pero lo dice como rectificándose: “No pastor, sino simulador”. Y eres tan perverso que, más que adorador de !dolos, te has de llamar a ti mismo “ídolo”

    (ficción), El ídolo usurpa el nombre de Dios, pero no es Dios. Así es el falso pastor, que abandona el rebaño, porque las ovejas no le pertenecen. Y por esto la espada, o sea, la ira divina, estará sobre su brazo y sobre su ojo derecho, para que su vigor y la ostentación de su fuerza se sequen por la falta de la gracia y de las buenas obras; y la luz de la razón se oscurezca por las tinieblas terrenas, porque, por justo juicio de Dios, se volverá incapaz de obrar y enceguecido en su discernimiento.

    Narra el primer libro de los Reyes: “Helí estaba acostado en su aposento; y sus ojos comenzaban a oscurecerse; y no podía ver la lámpara del Señor antes que la apagaran” (3, 2-3). Helí se interpreta “extraño”, e indica al prelado, contratado por el estipendio y ajeno al reino de Dios. Este está recostado en su lugar, o sea, en el pantano de la carne, disoluto. Sus ojos, o sea, la luz de la razón y de la inteligencia, están oscurecidos por la neblina, o sea, por el amor de las cosas terrenas; y así no puede ver la lámpara, o sea, la gracia de Dios antes que se apague; o sea, no pondera ni reconoce hallarse privado de la luz de la gracia, sino cuando la luz de la misma gracia se hubiere extinguido. En efecto, muchos son tan ciegos que no reconocen haber perdido la gracia de Dios, sino cuando del estado de gracia cayeron en la ceguera del pecado mortal. Con razón se dice en el Apocalipsis: “He ahí el caballo negro”, no cubierto por la serenidad de la gracia, sino por la oscuridad de la culpa. “El que lo montaba, tenía en mano una balanza”. El jinete del caballo negro, o sea, el mercenario, es el espíritu de los negocios. El mercenario, acicateado por estas espuelas, como un mercader, vende a precio fijo la paloma, o sea, la gracia de Dios, que debe ser distribuida gratuitamente; y así transforma la casa de Dios en un mercado. El mercenario tiene en mano una balanza falsa, de la que dice Oseas: “Canaán, teniendo en mano una balanza falsa, amó el engaño” (12, 7). Canaán se interpreta “mercader” y simboliza al mercenario de la iglesia que, enredado en los negocios de este mundo, no cuida a las ovejas de Dios. Dice Jerónimo: “Lo que es la usura en el laico, son los negocios en el clérigo”. En su mano tiene una balanza falsa, porque predica de una manera y vive de otra; obra de una manera y ostenta otra; predica la pobreza y es avaro; la castidad y es lujurioso; el ayuno y la abstinencia y es goloso; coloca sobre los hombros de la gente cargas pesadas e insoportables, pero él no las toca ni con el dedo (Mt 23, 4). Esta es la balanza falsa, contra la cual truena el Señor: “Has de tener pesas justas y medidas justas” (Lv 19, 36).

    La balanza se llama así, porque pende en equilibrio con un fiel entre dos platos (balanza: ba, bis, dos; lanza, lanx, plato). Los dos platos son el desprecio del mundo y el deseo del reino celestial. El fiel es el amor de Dios y del prójimo. Esta es la auténtica balanza que pesa con exactitud, dando a cada uno lo suyo: al mundo el desprecio, a Dios la adoración, y al prójimo el amor. Pero en la mano de Canaán, o sea, del mercader interesado, no hay tal balanza, sino una falsa. Dice el Profeta: “Obra con engaño y así su culpa se vuelve odiosa, porque ama la calumnia” (Salm 35, 3). La calumnia deriva del latín calvor, engañar.

    Este mercenario negociante “confecciona cojines para todo brazo y almohadas para la cabeza ( de personas) de toda edad” (Ez 13, 18), porque, a motivo de las ganancias, secunda los vicios, endulza las culpas y no impone las penitencias adecuadas; y, escondiendo su avaricia bajo la apariencia de la misericordia y de la compasión, dice “¡Paz, paz!”; pero no hay paz, “haciendo vivir las almas que no viven” (Ez 13, 19); y así engaña a los fieles de Jesucristo.

    A todo esto se refieren las palabras: “Dos libras de trigo por un denario” … Es llamado “bilibre” un vaso que contiene dos sextarios (más o menos, un litro). En el trigo está representada la fe, en el único “denario” la sangre de Jesucristo. El bilibre (dos libras) de trigo es la iglesia de los rieles, formada por dos pueblos y rescatada con la sangre de Jesucristo. “Y tres bilibres de cebada por un denario”. Estos son los fieles de la misma Iglesia, de grado inferior, que perseveran en la fe de la santa Trinidad. También éstos son rescatados con la sangre de Jesucristo.

    Otra interpretación. En el trigo están representados los religiosos, en la cebada los laicos. El bilibre de trigo es la vida de los religiosos, que como el trigo ha de ser cándida en lo interior por la pureza de la mente y rojo oscuro en lo exterior por la maceración del cuerpo. Esta debe contener en sí misma dos sextarios. En los dos sextarios está designado el doble precepto de la caridad: el amor a Dios y el amor al prójimo, que llevan a todo hombre a la perfección.

    La cebada (en latín, hordeum con resonancia de árido) es el primero de los cereales que madura, y representa a los laicos, los que, al surgir el sol de la persecución, muy pronto se vuelven áridos, porque “creen por algún tiempo, pero en el tiempo de la persecución desfallecen” (Lc 8, 13). Entonces los tres bilibres de cebada son todos los fieles laicos, que por lo menos tienen la fe en la santa Trinidad. Tanto los religiosos como los laicos son rescatados con el único denario, marcado con la imagen del rey y de su inscripción, o sea, con el precepto de la obediencia; y si el hombre hubiera guardado la obediencia, no habría perdido la imagen y semejanza de Dios.

    “Y no dañes ni el vino ni el aceite”. En el vino, que embriaga, está representada la vida contemplativa, que embriaga las mentes de tal modo que se despreocupan de todas las cosas materiales. En el aceite, que flota sobre todo líquido y, derramado sobre el agua, hace más visibles las cosas que yacen escondidas en lo profundo, está indicada la vida activa, que se preocupa de todas las necesidades y enfermedades del prójimo y con las obras de misericordia lleva un poco de luz a las oscuridades de la pobreza.

    Ya que la Iglesia está compuesta por religiosos y laicos, por gente de vida activa y contemplativa, a aquel mercenario se le ordena que no los perjudique con su mal ejemplo. Afirma Gregorio: “El prelado merece tantas muertes, cuantos son los malos ejemplos que transmite a la posteridad”.

    11. “Este mercenario, porque no le pertenecen las ovejas, al ver venir al lobo, huye”

    El lobo es llamado así, porque, casi como el león, tiene tal fuerza en las garras que, cualquier cosa que estruje, deja de vivir. Tiende acechanza a las ovejas y las asalta a la garganta, para estrangularlas rápidamente. Su estructura corpórea es un tanto rígida, y no puede doblar fácilmente la cabeza; corre como irrumpiendo y por eso a menudo es burlado. Se cuenta que “si por primero ve a alguien, por alguna fuerza de la naturaleza le quite la voz; pero si se ve descubierto, pierde la audacia y la ferocidad”. (Isidoro). Si tiene hambre y no halla nada para arrebatar, se alimenta de tierra, después sube a un monte y con las fauces abiertas llena de viento las vísceras hambrientas. Tiene gran terror por dos cosas: el fuego y el camino frecuentado. El lobo es figura del diablo y del tirano de este mundo, sobre el cual el diablo cabalga.

    Y éste es el caballo cuarto, del que el Apocalipsis dice: “He ahí un caballo amarillo; y el que lo montaba, se llamaba Muerte”. Como el soldado se sirve del caballo, así el diablo, cuyo nombre es la Muerte, porque “por su causa la muerte entró en el mundo” (Sb 2, 24), se sirve del cruel tirano de este mundo, para desconcertar y arruinar a la iglesia. El mercenario, al verlo llegar, abandona a las ovejas y huye; y el lobo las arrebata y dispersa. El uno abandona y el otro arrebata; el uno huye y el otro dispersa. El diablo, como el lobo, mata todo lo que aplasta con el pie de la soberbia. Por eso David, en el temor de ser aplastado por el pie de la soberbia, oraba diciendo: “¡No venga sobre mí el pie de la soberbia!” (Salm 35, 12). Como todos los miembros se apoyan en los pies, así todos los vicios gravitan en la soberbia, porque es “el principio de todo pecado” (Ecli 10, 15).

    El diablo tiende acechanzas a las ovejas, o sea, a los fieles de la iglesia, a los que agarra de la garganta, para impedir que confiesen sus pecados. Y tiene tanta soberbia, que no puede agachar la cabeza delante de la humildad. Ataca improvisamente irrumpiendo con la tentación, pero es chasqueado por los santos que conocen todas sus astucias. Pero si ve a un hombre imprudente, lo hace mudo para que no confiese sus crímenes ni alabe a su Creador. En cambio, si el hombre vigila sobre sí mismo y previene las tentaciones, el diablo se avergüenza por haber sido descubierto; y así la tentación pierde su fuerza. Como en los santos no halla nada qué comer, se nutre de tierra, o sea, de los avaros y lujuriosos. Después, sube al monte, o sea, se acerca a los que gozan de cargos elevados, y ahí se alimenta con el viento de su vanagloria y de su pompa mundana.

    El diablo tiene terror, sobre todo, de dos cosas: el fuego de la caridad y el camino trillado de la humildad. Si el mercenario gozara de estas dos cualidades, por cierto no huiría; pero propiamente huye, porque es mercenario y a él no le pertenecen las ovejas.

    El mercenario y el diablo están unidos por algún tipo de amistad y trabados por un pacto. Dice el diablo al prelado, lo que dijo el rey de Sodoma a Abraham: “Dame las almas; lo demás: la lana, la carne y la leche, tómalo para ti” (Gen 14,21). El diablo y el tirano de este mundo obran con los prelados de nuestro tiempo como los lobos con los pescadores del pantano Meótide (por el mar de Azov). Se cuenta que los lobos se acercan al lugar donde están los pescadores: si los pescadores les tiran algún pescado, no provocan daños; pero si no se lo dan, rompen las redes cuando están extendidas sobre la arena para secarse (Plinio). Así los prelados de la iglesia dan al diablo los peces, o sea, las almas que viven en las aguas del bautismo, y ceden los bienes de la Iglesia al tirano del mundo, para que no obstaculicen ni rompan las redes de sus negocios y de sus intrigas temporales ni molesten sus relaciones con los parientes.

    Con razón se dice: “He ahí un caballo amarillo; y el que lo montaba se llamaba Muerte; y el infierno lo seguía”, o sea, los insaciables de cosas terrenas lo imitan. “Y se le dio poder sobre cuatro partes de la tierra”, o sea, sobre todos los malvados dondequiera que vivan; “para matar con la espada” de las malas sugestiones, “con la privación” de la palabra divina, “con la muerte” del pecado mortal, y “con las fieras salvajes”, o sea, los primeros impulsos de la carne corrupta.

    III. Mutuo conocimiento entre el pastor y las ovejas

    12. “Yo soy el buen pastor, y conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y yo doy mi vida por mis ovejas” (Jn 10, 14-15).

    A la irresponsabilidad del pastor falso, Jesús opone la conducta del pastor verdadero: “Yo soy el buen pastor”, diferenciándose del ladrón y del mercenario; y conozco a mis ovejas, marcadas por mi carácter. Ellas tienen “el nombre del pastor y el nombre de su Padre, escrito en su frente” (Ap 14, 1).

    Con esto ya tenemos una concordancia con las palabras del Apocalipsis: “Escuché el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil de todas las tribus de los hijos de Israel. De la tribu de Judá, doce mil; de la tribu de Rubén, doce mil; de la tribu de Gad., doce mil; de la tribu de Aser, doce mil; de la tribu de Neftalí, doce mil; de la tribu de Manasés, doce mil; de la tribu de Simeón, doce mil; de la tribu de Leví, doce mil; de la tribu de Isacar, doce mil; de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil” (7, 4-8).

    “Oí el número de los sellados”, o sea, comprendí cuáles debían ser sellados: “ciento cuarenta y cuatro mil”, número que simboliza la perfección. Pone un número “finito”, porque Dios en aquel número comprende la totalidad.

    “De todas las tribus de los hijos de Israel”, o sea, de todas las gentes que imitan la fe de Jacob. En el número doce entendemos a los que, en las cuatro partes del mundo, están sellados por la fe en la Trinidad. Y para demostrar que éstos son los perfectos, multipliquemos doce por cuatro, y tendremos cuarenta y ocho. Y para que esta perfección se refiera a la Trinidad, tripliquemos el cuarenta y ocho y obtenemos ciento cuarenta y cuatro.

    “De la tribu de Judá”… Se lee en el Génesis que Jacob maldijo a tres hijos, o sea, a Rubén, a Simeón y a Levi, que eran los primeros en orden al nacimiento. Esto nos hace comprender que ninguno de los tres recibió el derecho de primogenitura. El cuarto fue Judá, a quien Jacob alabó y bendijo: “Judá, te alabarán tus hermanos” (49, 8).

    He aquí el significado de los doce nombres: Judá, “que confiesa”; Rubén, “hijo de la visión”; Gad, “ceñido”; Aser, “bienaventurado”; Neftalí, “anchura”; Manasés, “olvidado”; Simeón, “audición de la tristeza”; Leví, “añadido” o “elevado”; Isacar, “merced”; Zabulón, “morada de la fortaleza”; José, “aumento”; Benjamín, “hijo de la derecha”.

    Judá es el penitente, que debe tener consigo a los once hermanos, para tener en su confesión una visión clara: en la tribulación debe ceñirse de sabiduría; debe temer a Dios, porque “es bienaventurado el hombre que teme al Señor”

    (Salm 111, 1); debe dilatarse en la caridad; debe olvidar el pasado y abrirse al futuro; debe arrepentirse de los pecados, para que Dios lo escuche; y debe añadir dolor al dolor, para poder ser elevado del dolor al gozo. De esta manera conseguirá la merced de la vida eterna, en la que habitará con fortaleza y confianza, porque no habrá nadie que lo espante; y, añadido al número de los ángeles, colmado de las verdaderas riquezas, con la bendición de la derecha, o sea, colocado a la derecha, será bendecido por los siglos de los siglos.

    13. En la interpretación de estos doce nombres se indica toda perfección de gracia y de gloria. Quien quiere llegar a ella, es necesario que se grabe en la frente el signo tau (cruz), Leemos en Ezequiel: “Dijo el Señor al hombre vestido de lino: “Pasa por el medio de la ciudad, por el medio de Jerusalén, y graba la tau en la frente de los hombres que gimen y sufren a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella” (9,4). El hombre vestido de lino es Jesucristo, revestido del lino de nuestra carne. El Padre le mandó que grabara la tau, o sea, el signo de su cruz y la memoria de su Pasión, en la frente , o sea, en la mente de los penitentes, que gimen en la contrición y lloran en la confesión por todos los pecados que cometieron o que otros cometieron. De esta señal dijeron los exploradores a Raab: “Estaremos libres del juramento que nos hiciste, si, cuando entremos en la ciudad, no tuvieras como señal este cordón rojo y no lo ataras a la ventana” (Jos 2, 17-18). El cordón rojo en la ventana es el recuerdo de la pasión del Señor en nuestros miembros. Si no lo tenemos, pereceremos eternamente con los condenados.

    Por esto debemos hacer como manda el Señor en el Éxodo: “Mojen un manojo de hisopo en la sangre y unten el dintel y los dos postes” (12, 22). El hisopo es una hierba apropiada para purificar los pulmones: nace entre las piedras, a las que adhiere con las raíces, y simboliza la fe en Jesucristo, quien, como dice el Apóstol, “purificó los corazones mediante la fe” (Hech 15, 9), Esta fe está arraigada y fundada en el mismo Cristo.

    Ustedes, pues, oh rieles, tomen el manojo de la fe, y mójenlo en la sangre de Jesucristo, y unten con él el dintel y los dos postes. El dintel es la inteligencia; y los dos postes, la voluntad y la obra, que deben realizarse en el recuerdo de la pasión de Jesucristo.

    Dice la esposa en el Cantar: “Ponme como un sello sobre tu corazón, como un sello sobre tu brazo” (8, 6). En el corazón está indicada la voluntad y en el brazo la acción; y ambos deben ser marcados con el sello de la pasión de Jesucristo. A todos los que estén marcados con este sello, el Señor los reconocerá y ellos reconocerán al Señor. Por esto dice: “Yo conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí, como el Padre me conoce a mí y yo al Padre”. El Hijo conoce al Padre por sí mismo, y nosotros lo conocemos por medio del Hijo. Por esto dice: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel al que el Hijo lo quiera revelar” (Mt 11, 27).

    “Y doy mi vida por las ovejas”. Esta es la prueba de amor al Padre y a las ovejas. Así también Pedro, después de haber protestado su amor por tres veces, recibe la orden de apacentar a las ovejas y morir por ellas. Por esto el Señor le dice tres veces: “¡Apacienta, apacienta, apacienta!”, y no “¡Esquila, esquila, esquila!.

    IV - La Iglesia está figurada por ambos pueblos: el judío y el pagano

    14. “Y tengo otras ovejas, que no son de este redil. También a éstas debo yo conducir; y oirán mi voz; y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10, 16).

    La oveja, un animal suave por el cuerpo y por la lana, deriva de “oblación”, porque en los comienzos no se ofrecían en sacrificios toros sino ovejas.

    Las ovejas son los fíeles de la iglesia de Cristo, que todos los días, en el altar de la pasión del Señor y en el sacrificio del corazón contrito, se ofrecen a sí mismos como “hostia pura, santa y agradable a Dios”.

    “Tengo otras ovejas”, o sea, los gentiles (paganos), “que no son de este redil”, no son del pueblo de Israel; “también a éstas yo debo conducir” por medio de los apóstoles; “y habrá un solo rebaño y un solo pastor”.Y ésta es la iglesia, formada por ambos pueblos.

    Y ésta es la mujer, de la que habla el Apocalipsis: “Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. Y estaba encinta, y clamaba con dolores de parto y en la angustia del alumbramiento” (12, 1-2).

    Sentido alegórico.

    Esta mujer es figura de la iglesia, que con razón es llamada “mujer” por la fecundidad de muchos hijos, a los que engendró por el agua y el Espíritu Santo. Esta es la mujer vestida del sol. El sol es llamado así porque aparece solo, después de haber oscurecido con sus fulgores las otras estrellas. El sol es Jesucristo, que habita una luz inaccesible y cuyos esplendores velan y oscurecen los débiles rayos de todos los santos, si se los compara con El, porque “no hay santo como el Señor” (1Rey 2, 2). Dice Job: “Aunque me lave con aguas de nieve y aunque mis manos brillen nitidísimas, igualmente tú me revolcarías en el basural y mis mismos vestidos me tendrían en horror” (9, 30-3 1). En las aguas de nieve está representada la compunción de las lágrimas, y en las manos nitidísimas la perfección en el obrar. Dice, pues: “Aunque me lave con las aguas de la nieve”, o sea, de la compunción, y “aunque mis manos brillen nítidas” por el fulgor de una conducta perfecta, todavía “tú me revolcarías en el basural”, o sea, tú me harías ver mi suciedad; “y tendrían horror de mí”, o sea, me harían abominable mis vestidos, o sea, mis cualidades o los miembros de mi cuerpo, si tú quisieras tratarme con rigor; pero ¡ayúdame tú, Señor!”.

    Dice Isaías: “Todos nosotros hemos llegado a ser una cosa inmunda”, o sea, un leproso; y “todas nuestras justicias son como paño de mujer menstruada; todos hemos caído como las hojas; y todas nuestras maldades nos arrastran como el viento” (64, 6). Entonces el solo bueno, el solo justo y el solo santo es ese Sol, de cuya fe y de cuya gracia la iglesia está revestida.

    “Y la luna bajo sus pies”. La luna, a motivo de sus variaciones, simboliza la inestabilidad de nuestra miserable condición. De ahí nació el refrán: “El juego de la fortuna cambia como el aspecto de la luna; crece y decrece, y no puede quedar la misma”. Ya lo decía el Eclesiástico: “El necio cambia como la luna” (27, 12).

    El necio, o sea, el seguidor de este mundo, pasa de los cuernos (puntas de la luna) de la soberbia a la redondez (luna llena) de la concupiscencia carnal. Esta inconstante prosperidad de las cosas caducas debe estar bajo los pies de la Iglesia. Los pies de la iglesia son todos los prelados, que deben sostenerla, como los pies sostienen el cuerpo. Y bajo sus pies deben ser conculcadas, como estiércol, todas las cosas temporales. Se lee en los Hechos de los Apóstoles: “Todos los que poseían campos o casas, los vendían, y traían el precio de lo vendido y lo ponían a los pies de los Apóstoles” (Hech 4, 34-35), porque todo lo consideraban como estiércol.

    “Y en su cabeza, una corona de doce estrellas”. Las doce estrellas son los doce apóstoles, que iluminan la noche de este mundo. “Ustedes, dice el Señor, son la luz del mundo” (Mt 5, 14). La corona, llamada así porque es como una rueda alrededor de la cabeza, de doce estrellas es la fe de los doce apóstoles; y es llamada corona, porque no tolera ni aumento ni disminución, como todo aro; y esto, porque es completa y perfecta.

    La iglesia tiene hijos, concebidos con la semilla de la palabra de Dios, clama como parturienta en los penitentes, y sufre en el parto por sus trabajos de convertir a los pecadores. Ella dice con las palabras de Baruc: “Yo me quedo abandonada y sola; me saqué el manto de la paz y me vestí del saco de la penitencia ; y quiero clamar hacia el Altísimo mientras viva. Sean de ánimo valiente, hijos ; griten al Señor; y los librará del poder de los príncipes enemigos. Los hizo partir en el luto y en el llanto; pero el Señor me los devolverá en el gozo y en la alegría” (4, 19-23). Esto sucede el día de la Ceniza, cuando los penitentes son echados de la iglesia, y el día de la Cena del Señor, cuando son acogidos.

    15. Sentido moral. “Una mujer vestida del sol”. Es el alma fiel, de la que Salomón dice: “¿Quién hallará a la mujer fuerte? Su estima sobrepasa largamente el valor de las cosas, traídas de lejos y de la extremidad de la tierra” (Prov 31, 10). ¡Bienaventurada aquella alma que, revestida de la fortaleza de lo alto, permanece firme en la adversidad y en la prosperidad y vence con valor los poderes del aire! El precio de esta mujer fue Jesucristo que, para su redención, vino de lejos: del seno del Padre, según su divinidad, y de la extremidad de la tierra, o sea, de padres pobrecillos, según su humanidad.

    O también: por “precio” toma las virtudes, porque por este precio fuimos rescatados, Dice Salomón: “El rescate del hombre son sus riquezas” (Prov 13, 8), o sea, sus virtudes (riquezas espirituales). La virtud viene de lejos, de lo alto; en cambio, los vicios son domésticos, porque provienen de nosotros mismos.

    “Esta mujer está vestida del sol”. observa que en el sol se destacan tres cualidades: el candor, el esplendor y el calor. En el candor está representada la castidad, en el esplendor la humildad y en el calor la caridad. Con estas tres virtudes se confecciona el manto del alma fiel, esposa del Esposo celestial. De este manto dice Booz a Rut: “Extiende el manto que te cubre, y tenlo con ambas manos”. Ella lo extendió y lo sostuvo; y él vertió seis medidas de cebada y se lo cargó en los hombros” (3, 15). Booz se interpreta “fuerte”; Rut, “la que ve y se apura”. Vamos a ver ahora el significado de la extensión del manto, de las dos manos y de las seis medidas de cebada.

    Rut es el alma que, al ver la miseria de este mundo, la falsedad del diablo y la concupiscencia de la carne, se apresura hacia la gloria de la vida eterna. Extiende este manto, cuando no atribuye a sí misma sino a Dios la castidad, la humildad y la caridad; y muestra estas virtudes para la edificación del prójimo. Para no perderlas, las sostiene con ambas manos, o sea, con el temor y el amor de Dios.

    La mano deriva su nombre del hecho de defender (en latín, munio), o también porque es un don (en latín, munus) al servicio de todo el cuerpo. Ella lleva el alimento a la boca y cumple todas las demás funciones. Así el temor y el amor de Dios protegen al hombre, para que no caiga; e infunden el don de la gracia, para que persevere. Si el alma extiende y sostiene así el manto, Booz, o sea, Jesucristo, el fuerte y el poderoso, le verterá seis medidas de cebada. La cebada simboliza el rigor y la aspereza de la penitencia, que consiste en seis momentos: contrición, confesión, ayuno, oración, la erogación de las limosnas y la perseverancia final.

    “Y la luna bajo sus pies”. Observa que en la luna hay tres cualidades contrarias a las del sol: la mancha, la oscuridad y la frialdad. La luna simboliza el cuerpo del hombre que, a través de la sucesión de los años, crece y decrece. Regresará al punto del cual tuvo comienzo, porque “eres tierra y a la tierra regresarás”; tiene la mancha, porque concebido en el pecado (pecado original); es oscuro por las enfermedades y frío por su reducción a ceniza.

    O también: tiene la mancha, porque está manchado por la lujuria, enceguecido por la oscuridad de la soberbia y frío por el hielo matador del odio y del rencor.

    La mujer debe tener esta luna bajo los pies, o sea, bajo los afectos de la mente, para que la carne sirva al espíritu y la sensualidad esté sometida a la razón. Se lee en el primer libro de los Reyes que Abigail montó sobre un asno y se dirigió a David (25, 42). Abigail se interpreta “júbilo de mi padre” y representa al alma vuelta a la penitencia, por la cual “habrá mayor gozo en el cielo” (Lc 15, 10). El alma monta sobre un asno, cuando castiga su cuerpo y lo obliga a servir a la razón; y así se acerca a David, o sea, a Jesucristo.

    Concuerdan con esto las palabras del profeta Nahúm: “Entra en el barro, písalo y amasa ladrillos” (3, 14). Entra en el barro, considerándote barro y casi estiércol, para que, con Job doliente, te sientes también tú dolorido en el estercolero y con un cascajo, o sea, con el rigor de la penitencia, raspes el pus de la culpa; y teniendo en la mano, en lugar del perfume, el hedor de la carne, amasa ladrillos, o sea, castiga la carne.

    El ladrillo se endurece con el fuego y con el agua se disgrega. De la misma manera la carne, cocida por las aflicciones, se fortalece, mientras con los placeres se debilita. Dice Jeremías: “¿Hasta cuándo te consumirás en los placeres, hija vagabunda?” (31, 22).

    Dice Oseas: “Como una novilla en celo se desvió Israel” (4, 16). La novilla en celo corre acá y allá con los ojos perdidos, no busca alimento, se somete al toro sin verlo y, a pesar de ser oprimida por su peso, goza con su libido. De la misma manera la carne, mientras está rodeada de delicias, vaga por los campos del libertinaje, no toma el alimento del alma, se somete al diablo aun sin verlo; y el diablo la aplasta bajo el peso del pecado, mientras ella se inflama de libido.

    “Y sobre su cabeza, una corona de doce estrellas”. Las estrellas (en latín, stellae) son llamadas así de stare, estar, porque están siempre fijas en el mismo punto del cielo y junto con el cielo se desplazan en su perpetuo movimiento. Cuando se ve caer una estrella, no se trata de estrellas, sino de pequeños fuegos caídos del aire, que se forman mientras el viento, que tiende hacia los puntos más altos, arrastra consigo el fuego del éter.

    En la cabeza, o sea, en la mente del hombre, debe haber una corona de doce estrellas, o sea, de doce virtudes. Tres de frente: la fe, la esperanza y la caridad; tres a la derecha: la templanza, la prudencia y la fortaleza; tres atrás: el pensamiento de la muerte, el día amargo del juicio y la pena eterna del infierno; y tres a la izquierda.. la paciencia, la obediencia y la perseverancia final. Te rogamos, pues, Señor Jesús, tú que eres el buen pastor, que nos guardes como a tus ovejas, nos defiendas del mercenario y del lobo y nos corones en tu reino con la corona de la vida eterna. Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito, glorioso y digno de alabanza por los siglos de los siglos.

    Toda ovejuela, o sea, toda alma fiel, responda: ¡Amén! ¡Aleluya!

    Cita bíblica