Domingo de Pentecostés (I)
Exordio.
El Espíritu Santo y la propiedad del crisólito
1. “Al cumplirse los días de Pentecostés, todos los discípulos estaban juntos en el mismo lugar” (Hech 2, 1).
Dice Ezequiel: “El Espíritu de vida estaba en las ruedas” (1, 20). Los apóstoles fueron ruedas que giraban velozmente, llevando a todas partes al Hijo de Dios. Estas ruedas, como el mismo profeta añade, “tenían el aspecto de la piedra de crisólito”(10, 9).
La piedra de crisólito (topacio) brilla como el oro, como ya lo indica su nombre griego: chtysós, oro, y lithos, piedra.
Esta piedra parece despedir por sí misma chispas ardientes, y ahuyenta toda especie de serpientes. Y simboliza a los apóstoles que, resplandecientes por el oro de la gracia septiforme (los siete dones del Espíritu Santo), despidieron por sí mismos las chispas de la predicación que inflamaban a los oyentes, y con ellas ahuyentaron a todo género de demonios.
Estas ruedas, como el mismo profeta aclara, eran de gran dimensión y altura, y de aspecto terrible. Y también los apóstoles fueron grandes en la perfección de su doctrina, excelsos por la sublimidad de las promesas celestiales y terribles por las amenazas y espantosos castigos que sucederían.
El penitente dice en el Cantar de los Cantares: “Mi alma se conturbó a motivo de las cuadrigas de Aminadab” (6, 11). Aminadab se interpreta “espontáneo”, y es figura de Jesucristo que espontáneamente se ofreció a sí mismo en la cruz por nosotros. Y sus cuadrigas fueron los apóstoles, de los que dice Habacuc: “Y tus cuadrigas son la salvación” (3, 8), o sea, a motivo de ellas das la salvación. Y a motivo de su predicación, mi alma, confiesa el penitente, se conturbó, o sea, se turbó toda y me impulsó a la penitencia.
Todavía Habacuc: “Lanzaste al mar tus caballos para agitar las aguas profundas. Lo oí mis entrañas se estremecieron” (3, 15-16). El Señor lanzó y al mar, o sea, al mundo los caballos, o sea, a los apóstoles, que, mediante su predicación, agitaron las aguas profundas, o sea, a muchos pueblos y los convirtieron a la penitencia. Dice el penitente: “Yo escuché su predicación, y mis entrañas, o sea, mi carnalidad, se estremecieron”.
I - La infusión de la gracia del Espíritu Santo en los apóstoles en forma de lenguas de fuego
2. En estas ruedas estaba el Espíritu de vida, que todo vivifica. Se lee en la epístola de hoy: “Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos juntos en el mismo lugar. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, que llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas repartidas de fuego, que se posaban sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas, como el Espíritu Santo les daba que hablasen” (Hech 2, 1-4).
Pentecostés es un término griego, que significa “cincuenta”; y el antiguo pueblo elegido lo festejaba, porque, cincuenta días después de la inmolación del cordero, por medio del cual los hijos de Israel salieron de Egipto, les fue dada la Ley por Dios, rodeado de fuego. En el Nuevo Testamento, cincuenta días después de la Pascua de Cristo, descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles, apareciendo en el fuego. La Ley fue dada en el monte Sinaí, el Espíritu en el monte Sión. La Ley fue dada en un alto lugar del monte, el Espíritu en el cenáculo.
“Cuando llegó el día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos juntos en el mismo lugar”. No faltaba ninguno, tanto porque el número doce estaba completo, como porque eran un solo corazón y una sola alma.
“Estaban en el mismo lugar”, o sea, en el cenáculo, al cual habían subido. El que desea recibir al Espíritu, pisotea la habitación de la carne, superándola con la contemplación de la mente. “De repente vino del cielo un estruendo como de un viento impetuoso, y llenó toda la casa, en la cual se hallaban”. No conoce demoras la gracia del Espíritu Santo, según el dicho: “El ímpetu del río alegra la ciudad de Dios” (Salm 45, 5). Con el estruendo llegó aquel que habla venido para instruir a los suyos.
Tenemos una concordancia con el Éxodo: “Al llegar el tercer día y al clarear la mañana, se oyeron truenos y se vieron resplandecer relámpagos. Densísimas nubes cubrían el monte, y retumbaba un fortísimo sonido de trompeta; y todo el pueblo que estaba en el campamento, se estremeció de miedo”
El primer día fue el de la encarnación de Cristo; el segundo, el de su pasión; y el tercero, el de la venida del Espíritu Santo. A su venida, se oyeron truenos, porque de repente vino del cielo un estruendo; y resplandecieron los relámpagos, símbolos de los milagros de los apóstoles. Y densísimas nubes, o sea, la compunción de los corazones y el arrepentimiento, cubrieron el monte Sinaí, o sea, al pueblo que se hallaba en Jerusalén. Por esto se lee en los Hechos de los Apóstoles que “los arrepentidos de corazón preguntaban a Pedro y a los demás apóstoles: “¿Hermanos, qué debemos hacer?”. Y “el sonido de la trompeta”, o sea, de la predicación, “resonaba con más fuerza”. En efecto, Pedro exhortó: “Hagan penitencia, y cada uno de ustedes se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para la remisión de sus pecados; después, recibirán el don del Espíritu Santo”. Y todo el pueblo que se hallaba en los campamentos, se estremeció de miedo; y por eso “se bautizaron; y en aquel día se les unieron unas tres mil personas” (Hech 2, 37-38; y 2, 41).
3. “Y se les aparecieron lenguas repartidas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos”. Por medio de las lenguas de la serpiente, de Eva y de Adán, “la muerte entró en el mundo” (Sb 2, 24). La lengua de la serpiente inoculó el veneno en Eva; la lengua de Eva infundió el veneno en Adán; y la lengua de Adán intentó retorcerlo contra Dios. La lengua es un miembro frío, nada en la humedad; y es por eso un mal rebelde, y está llena de veneno mortal (Sant 3, 8), del cual no hay nada más frío. Por eso, el Espíritu Santo se apareció en lenguas de fuego, para contraponer lenguas a lenguas y fuego a veneno mortal.
Y observa que el fuego posee cuatro propiedades: quema, purifica, calienta e ilumina. De manera semejante, el Espíritu Santo quema los pecados, purifica los corazones, sacude el entumecimiento del frío e ilumina las ignorancias.
El fuego es también incorpóreo e invisible en su naturaleza; pero, al atacar algún objeto, asume diversas coloraciones, según los materiales, en los que arde. Así el Espíritu Santo no puede ser visto, sino por medio de las criaturas, en las que obra. Recuerda también que “la dispersión de las lenguas sucedió en la torre de Babel”, según el principio: la soberbia desune y dispersa, la humildad reúne, la soberbia está la dispersión, en la humildad la concordia.
He aquí que se cumple la promesa del Señor: “No los dejaré huérfanos, sino que les enviaré al Espíritu Paráclito” (Jn 14, 18 y 26), que fue su abogado y habló a todos en su favor. Trajo las lenguas aquel, que venía por la Palabra. Entre la lengua y la palabra hay un parentesco, tanto que no pueden estar separadas una de la otra. Así la Palabra (el Verbo) del Padre, o sea, el Hijo, y el Espíritu Santo son inseparables, más aún, tienen una misma naturaleza.
“Y todos estuvieron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar diversas lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen”.
He ahí el signo de la plenitud: el vaso lleno desborda, el fuego no puede ser ocultado. Hablaban todas las lenguas; o también, hablaban su lengua hebrea, y todos los entendían, como si hablaran las lenguas de cada uno de ellos. El Espíritu Santo, “distribuyendo sus dones a cada uno como quiere” (1Cor 12, 11), infunde su gracia, donde quiere, como quiere, cuanto quiere, cuando quiere y a quien quiere.
Roguemos, pues, que se digne infundir su gracia también en nosotros aquel Espíritu Santo, que hoy infundió su gracia en los apóstoles por medio de las lenguas de fuego. A El sean siempre la alabanza y la gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!
II La infusión del Espíritu Santo y la resurrección del alma
4. “Al cumplirse los días de Pentecostés, los discípulos estaban reunidos todos juntos en el mismo lugar”.
Dice Ezequiel: “Ven, oh Espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, para que revivan” (37, 9).
Los cuatro vientos son las cuatro partes del mundo: el oriente, el occidente, el septentrión y el mediodía. En el oriente está indicada la encarnación de Cristo; en el occidente, su pasión; en el septentrión, su tentación; y en el mediodía, el envío del Espíritu Santo.
O también: en el oriente está señalado nuestro miserable ingreso en el mundo; en el occidente, el pensamiento de nuestra dolorosa partida; en el septentrión, la consideración de nuestra infeliz condición; y en el mediodía, el reconocimiento de nuestros pecados.
De estos cuatro vientos viene el Espíritu Santo y sopla, con el soplo de su gracia, sobre los muertos por la espada de la culpa, para que revivan a una vida de penitencia. Se lee en los Hechos de los Apóstoles que, “mientras Pedro hablaba, descendió el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban su palabra” (10, 44).
En la lección de los Hechos de los Apóstoles que se lee hoy, se deben ponderar cuatro aspectos:
primero: el cumplimiento de los cincuenta días: “Al cumplirse los cincuenta días de Pentecostés”; segundo: la venida del Espíritu Santo: “De repente vino un estruendo del cielo”; tercero: la aparición de las lenguas de fuego: “Se les aparecieron lenguas repartidas de fuego”; cuarto: los apóstoles, que hablaban en todas las lenguas: “Todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban diversas lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen”.
“Al cumplirse los días de Pentecostés”. Pentecostés es un término griego que significa “cincuenta”: cinco veces diez hacen cincuenta. Cinco son los sentidos del cuerpo y diez los mandamientos del decálogo. Si los cinco sentidos de nuestro cuerpo fueran perfectos en el cumplimiento de los mandamientos del decálogo, entonces sin duda se cumplirla en nosotros el muy sagrado día de Pentecostés, en el que se da el Espíritu Santo. Con respecto a este número “cincuenta”, se lee en el Génesis que “el arca de Noé medía cincuenta codos de ancho” (6, 1 Salm). Pero, ante todo, debemos observar que “la misma arca tenla cinco sectores. El primero era el sector de los desechos; el segundo, el de las provisiones; el tercero, el de las bestias feroces; el cuarto, el de los animales domésticos; y el quinto, de los hombres y de las aves.
Noé es figura del justo, cuya arca es el propio cuerpo, que con razón se dice arca. El arca es Ramada así, porque aleja (en latín, árceo) a los ladrones. As! el cuerpo del justo debe rechazar todo vicio, que intenta hurtarle las virtudes. Los cinco sectores de esta arca son los cinco sentidos, o sea, el gusto, el olfato, el tacto, el oído y la vista.
5. El primer sector es el de los desechos, o estercolero. Y es la lengua de nuestra boca, por medio de la cual en la confesión debemos tirar todo el estiércol de nuestros pecados. Esta es la puerta del estercolero, de la cual se dice en el libro de Nehemías: “Malquías, hijo de Recab, reedificó la puerta del estercolero y estableció sus puertas, sus cerraduras y sus trancas” (3, 14).
El estercolero, lugar lleno de estiércol, es llamado así porque está ensuciado emporcado de estiércol. La conciencia del pecador, hedionda y ensuciada por el estiércol del diablo, debe purificarse a través de la puerta de la confesión. Esta puerta la construye Malquías, hijo de Recab. Malquias se interpreta “coro para el Señor” y Recab, “que sube”.
Malquías es el penitente que, por medio del timbal y del coro, o sea, a través de la mortificación de la carne y la armonía de la caridad, debe hacer resonar un himno al Señor. Este penitente es hijo de Jesucristo, que sube a la derecha del Padre. Este Malquías debe aplicar a su lengua los batientes (en latín, valvae, de velar u ocultar), que son puertas internas, que se cierran por dentro; o sea, el penitente debe encerrar todos sus bienes en su interior, y en la frente de su conciencia debería escribir como letrero el versículo de Isaías: “¡Mi secreto es para mí, mi secreto es para mí!” (24, 16). Debe aplicar también las cerraduras, para contener, con las cerraduras del amor y del temor de Dios, los impulsos del alma, que quieren irrumpir al exterior. Asimismo, debe aplicar las trancas, para proponer, a su tiempo y en su lugar, cosas útiles y jamás hablar de cosas malas.
6. El segundo sector es el de las provisiones, y simboliza el olfato de las narices. Las narices son llamadas en latín nares, porque por ellas pasa el aire (en latín, aer) o el aliento.
Las narices tienen tres tareas: respirar, captar los olores, expurgar el cerebro.
El modo justo de respirar, establecido por la naturaleza, es el de las narices. El no hacerlo es un defecto. Se respira por la boca sólo por necesidad pero es muy feo, porque va contra la naturaleza. Y también el estornudo sale por las vías de las narices, cuando aumenta el aire en el cerebro e irrumpe súbitamente.
En las narices, como ya se dijo a menudo, están simbolizadas la discreción y la prudencia, Por medio de estas dos virtudes, como por las narices, aspiramos el espíritu de contemplación y de la caridad celestial, captamos el aroma del buen ejemplo y purificamos los pensamientos inútiles. Y como la respiración por las narices es el camino justo y natural, así por medio de la discreción y de la prudencia, como si fuera un camino recto, se aspira el espíritu del amor divino, que después se espira y se exhala para consuelo y edificación del prójimo. Y como la respiración por la boca se hace sólo por necesidad y es muy feo, así la confesión de la boca se hace por necesidad. Ya que pecaste, es necesario que te confieses; si no quieres confesarte, estás destinado a la condenación.
Y es muy feo, porque hace sentir el hedor del estercolero, del cual se lee en Lucas: “Señor, la higuera déjala todavía este año, yo cavaré a su alrededor y echaré el estiércol” (13, 8). La higuera es figura del alma; la excavación, la contrición; el abono, la confesión de los pecados, que hace que el alma estéril fructifique.
Y cuando el viento de la soberbia o de la vanagloria aumenta en el cerebro, o sea, en la mente, inmediatamente es expulsado por medio del camino de la discreción y de la prudencia.
7. El tercer sector es el de los animales feroces, y es figura del tacto de las manos, con las que debemos empuñar el azote y castigarnos a nosotros mismos sin misericordia por los pensamientos desordenados, por las palabras indecentes y por las obras malas. Comenta la Glosa: “Cuantos fueron los deleites ilícitos, tantos han de ser nuestros sacrificios de expiación”.
Y observa que como en las manos hay diez dedos, así diez son las especies de disciplina, o sea, de mortificación: la renuncia a la propia voluntad, la abstinencia en la comida y en la bebida, el rigor del silencio, las veladas nocturnas en oración, la efusión de las lágrimas, una conveniente dedicación a la lectura, el trabajo manual, la operosa compasión hacia las necesidades del prójimo, una vestidura modesta, el desprecio de sí mismo.
Con estos diez dedos debemos empuñar el azote y golpearnos sin piedad, sin lenidad y sin misericordia, para que en el día del castigo, que quebrará los huesos, merezcamos conseguir misericordia.
8. El cuarto sector es el de los animales domésticos, y es figura del oído.
Has de saber que la oreja está compuesta de cartílagos y de carne. En la oreja interior hay un meandro sinuoso, que se asemeja a una armella (anillo), que va a terminar en un hueso, semejante por forma y configuración a la ore)a externa. A ese hueso llegan todos los rumores y todos los sonidos, que por él son transmitidos al cerebro. Y del cerebro sale una vena que va hasta la oreja derecha y otra vena que va a la oreja izquierda. Y todos los animales, que tienen orejas, las tienen móviles, a excepción del hombre (Aristóteles).
El cartílago tiene la apariencia de hueso, pero no tiene su dureza. La carne (en latín, caro) se llama así, porque es cara, o sea, querida.
En el cartílago y en la carne, de los que se compone la oreja, están indicadas las virtudes de la mansedumbre y de la humildad, de las que nada hay más querido por Dios y por los hombres. El oído de cada hombre debe ser provisto de estas dos virtudes, para responder con mansedumbre y humildad a todo golpe, molestia o injuria verbal. Y todo esto lo enseña la misma naturaleza, que en la oreja interna no abrió un meandro recto, sino sinuoso, para que, cuando oyes lo que no te gusta, no repercuta en seguida en el espíritu, sino que las palabras y los discursos pasen con dificultad como por rodeos y vueltas, perdiendo su virulencia; y así llegan a destino debilitados y te punzan poco o nada.
Y las dos venas, que salen del cerebro, de las que una va a la oreja derecha y la otra va a la oreja izquierda, simbolizan la templanza y la obediencia. En la vena derecha está indicada la prosperidad y en la izquierda, la adversidad. Cuando sientes la prosperidad y lo que te gusta, es necesaria la templanza; en cambio, cuando te disgusta lo que te mandan o cuando sientes la adversidad, entonces la obediencia es más necesaria, porque es más fructuosa.
Y todos los animales que tienen orejas, las tienen móviles, a excepción del hombre. Es de veras digno de ser llamado hombre aquel que no tiene las orejas móviles, o sea, que no se deja disuadir de la estabilidad de su mente por el viento de las palabras. En cambio, todo hombre que tiene orejas con comezón, que cree a toda palabra y que de buena gana y con avidez tiende el oído a la adulación, no es digno de ser llamado hombre, sino animal bruto.
9. El quinto sector estaba destinado a los hombres y a las aves, y es figura de la vista de los ojos, con los cuales debemos mirar misericordiosamente a los pobres, que padecen necesidad, y considerar atentamente las cosas celestiales, porque, como dice el Apóstol, “las perfecciones invisibles de Dios pueden ser contempladas y entendidas por medio de las cosas creadas” (Rom 1, 20).
He ahí que ahora sabes que los cinco sectores del arca de Noé son figuras de los cinco sentidos del cuerpo del justo.
Y observa aún más que el arca de Noé fue construida sobre el modelo del cuerpo humano: medía trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de altura.
En el cuerpo humano la altura es seis veces mayor que su circunferencia y diez veces mayor que su diámetro. La altura se mide de la planta de los pies hasta la coronilla; la circunferencia se mide a la altura del tórax; y el diámetro, del dorso al vientre (Glosa).
Si los cinco sentidos del cuerpo fueren perfectos por la observancia de los diez mandamientos del decálogo, entonces de veras el arca de Noé se dilatará hasta cincuenta codos; y as! se cumplirá el quincuagésimo día; y el justo, al fin de su vida, alcanzará la perfección. Se lee en el libro de la Sabiduría: “El justo llegó en breve a la perfección, y realizó las obras de una larga vida; su alma era del agrado del Señor” (4, 13~14).
Con razón se dice: “Al cumplirse los días de Pentecostés, todos los discípulos estaban juntos en el mismo lugar”.
Los discípulos del justo son los sentimientos de la razón y los puros pensamientos de la mente. Y éstos están todos juntos de veras en el mismo lugar, cuando se cumple el día de Pentecostés, o sea, cuando los cinco sentidos alcanzan la perfección . Presta atención a las dos palabras: “todos juntos” y “en el mismo lugar”.
“Todos juntos”, o sea, en pie de igualdad y al mismo tiempo. Están todos juntos aquellos pensamientos de la mente que se despliegan con orden, bajo la regla de la razón igual para todos, y proceden con recto juicio, de modo que en la mente un pensamiento no aparezca superior al otro, ni éste inferior al primero. Si esto sucediera, la misma desigualdad sería ocasión de ruina de todo el edificio de las virtudes.
Exhorta el Apóstol: “Todas las cosas se deben hacer con orden” (1Cor 14, 40), para que se pueda decir a éste: “Vete”; y él va; y a otro: “Ven”; y él viene; y al siervo, o sea, a nuestro cuerpo: “Haz esto”; y el siervo lo hace (Mt 8, 9).
Estén, pues, los discípulos todos igualmente juntos, para que los pensamientos de la mente, reunidos todos juntos como un batallón de soldados, puedan luchar intrépidamente contra las potestades del aire. Y estén también $ten el mismo lugar”, no divididos y separados, porque la mente dividida no tiene fuerza impetratoria.
Dice el Eclesiástico: “Hijo mío, no emprendas muchas cosas”; y de nuevo. “¡Ay del pecador que procede por dos caminos!”, o sea, con engaño (11, 10;,y 2, 14).
Escribe Gregorio: “El río, que se ramifica en muchos arroyos, se seca en su cauce”. Y Bernardo: “El hombre, que se aplica a muchas cosas, necesariamente será atormentado por las preocupaciones”.
Si, pues, los días de Pentecostés fueren cumplidos y todos juntos en el mismo lugar, también los discípulos estarán dispuestos a recibir la gracia del Espíritu Santo.
Se digne infundirnos también en nosotros esa gracia aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
III - La penitencia para los religiosos
10. “De repente resonó del cielo un estruendo, como de un viento impetuoso, que llenó toda la casa donde se hallaban” (Hech 2, 2).
Sonido es todo lo que es sensible al oído. Hay tres especies de sonido: el sonido producido por la voz por medio de la garganta; el producido por el soplo como en la trompeta; y el producido por la pulsación, como en la lira.
El estruendo de un viento impetuoso es la contrición del corazón, que el penitente percibe como un sonido a través del oído del corazón. Dice el Señor en Juan: “El viento (el Espíritu) sopla donde quiere, porque puede elegir el corazón al que quiere iluminar, oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va” (3, 8).
La voz del Espíritu Santo es la compunción que habla al corazón del pecador; pero, “aunque la oigas, no sabes de dónde venga”, o sea, cómo penetró en su corazón, o en qué modo haya retornado, porque su esencia es invisible.
Considera aún más que este sonido se produce de tres maneras: con la voz del predicador, con el soplo de la solidaridad fraterna, con la pulsación de la corrección paterna. De estos tres modos suele brotar el sonido de la compunción en el corazón del pecador. Con razón se dice: “De repente se oyó del cielo un estruendo como de un viento impetuoso”. Se halla una concordancia en las palabras del Éxodo: “Ya había llegado el tercer día, y la mañana resplandecía” (19, 16), como ya hemos visto. El primer día simboliza el reconocimiento del propio pecado; el segundo día, el odio y el rechazo contra el pecado; y el tercer día, la contrición del corazón por los pecados.
Y cuando llega la contrición y resplandece la mañana de la gracia, entonces se comienza a oír los “truenos” de los gemidos, de los suspiros y de las acusaciones; comienzan a brillar los “relámpagos” de la confesión; y “nubes densísimas”, o sea, la oscuridad de la penitencia, “llegan a cubrir el monte”, o sea, al penitente, que es como un monte que se eleva del valle de la impureza y de la miseria. “El sonido de la trompeta”, o sea, de la vida santa y de la buena reputación, “retumbaba con vehemencia”, porque “donde abundó el pecado, sobreabundó la justicia” (Rom 5, 20). De esa manera se espanta todo “el pueblo” de demonios, que se hallan “en los campamentos” y están siempre dispuestos al ataque; pero, al asistir a todas estas manifestaciones, ya no se atreven a trabar batalla. Se lee en Job: “Ninguno le dirigía la palabra, porque veían que su dolor era muy grande” (2, 13).
Cuando los espíritus del mal ven que el estruendo del viento impetuoso llena toda la casa, o sea, la mente del penitente, en la cual vive, y el penitente se humilla reflexionando sobre sus años en la amargura de su alma, esos espíritus del mal no se atreven a avanzar más allá ni se atreven a deslizar palabras de sugestión.
Y presta atención que usa el adjetivo “vehemente” con sus dos significados: elimina el eterno vae, ¡ay!, y transporta en alto la mente (vehens mentem). Así la contrición del corazón elimina la eterna amenaza y transporta en alto la mente.
11. En el introito de la misa de hoy se lee: “El Espíritu del Señor llenó el orbe terráqueo; y esto, que todo lo contiene, tiene el conocimiento de la voz” (Sb 1, 7).
El orbe es llamado así por la redondez del círculo. La tierra es oscura, fría e inmunda. El orbe es el corazón del pecador, que se mueve por los alrededores como una rueda y recorre el mundo tanto hacia oriente como hacia occidente; pero ese mundo es oscuro por la soberbia, frío por la avaricia e inmundo por la lujuria. Pero el Espíritu del Señor llena el orbe terráqueo, cuando infunde en el corazón del pecador la gracia de la compunción; y así lo libera del vae eterno, o sea, de la amenaza eterna.
“Y esto, que todo lo contiene, tiene el conocimiento de la voz”, o sea, el hombre, animal racional, que comprende todos los cuatro elementos, de los que están compuestas todas las cosas, “tiene el conocimiento de la voz”, porque entiende cuando el Espíritu Santo le habla. Dice el bienaventurado Bernardo: “Tantas veces el Espíritu Santo nos habla, cuantas veces pensamos en cosas buenas”. Y el Profeta: “Escucharé lo que me dice el Señor Dios” (Salm 84, 9); y así eleva en alto la mente. Y el Filósofo, describiendo el espíritu, dice: “El espíritu es el vehículo de las virtudes, por medio del cual las virtudes salen para ejecutar sus operaciones” (Séneca).
Roguemos, pues, al Hijo de Dios, que nos infunda el espíritu de contrición, que nos libere de la amenaza eterna y eleve nuestra mente a las cosas celestiales.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!.
IV - La proclamación de la alabanza y la confesión del pecado
12. “Se les aparecieron lenguas repartidas de fuego, que se posaron sobre cada uno de ellos”. Presta atención a estos tres detalles: las lenguas, repartidas o separadas, y el fuego. En las lenguas está indicada la confesión; en las lenguas repartidas, la manifestación de las circunstancias del pecado; y en el fuego, el fervor de la confesión y de la satisfacción.
Observa que la lengua es el instrumento del sentido del gusto, y esa sensibilidad se experimenta principalmente en la punta de la lengua. La parte mayor de la lengua tiene menor sensibilidad. Y la lengua siente lo que es común a todos los cuerpos: el calor y el frío, la dureza y la blandura. Y esto lo experimenta en todas sus partes. Y la lengua, por su naturaleza, está destinada para saborear las cosas húmedas y para hablar.
La lengua del hombre es absolutamente libre, flexible y ancha, muy idónea para las dos funciones: el gusto y la palabra. La lengua flexible y ancha es muy idónea para la facilidad y la elegancia de la elocución, porque se extiende y se contrae, se pliega y se gira en la boca por todas partes y de diversas maneras; y si la lengua es libre y ancha, se puede hablar con buen gusto. Y esto resulta aún más evidente cuando se observa a los que tienen la lengua trabada, como a los balbucientes o a los tartamudos.
Algunos tienen en la lengua otro impedimento; y esto sucede con algunas consonantes, cuando la lengua fuere estrecha, contracta y poco extendida, porque lo pequeño cabe en lo grande, pero no lo grande en lo pequeño. Y por esto las aves de lengua ancha son capaces de pronunciar algunas sílabas o palabras, a diferencias de las aves de lengua contracta (Aristóteles).
En la lengua, como se dijo, está indicada la confesión, en la cual se debe manifestar todo lo que es común a todo el cuerpo, o sea, los pecados que se cometen con todo el cuerpo: en el abrasado calor de la soberbia, en el frío de la malicia y de la pereza, en la dureza de la avaricia, en la molicie de la concupiscencia y lujuria. Y como la lengua está destinada por la naturaleza para saborear y para hablar, así dos son las manifestaciones de la lengua: la proclamación de la alabanza y la confesión de los pecados.
La proclamación de la alabanza se realiza en el oficio divino y en las salmodias. Si cumplimos estas acciones con devoción, podremos saborear la gracia de la compunción y la dulzura de la contemplación.
Dice Gregorio: “Con la voz de la salmodia, cuando se obra con la recta intención del corazón, al mismo corazón se le prepara un camino para llegar a Dios omnipotente, para que infunda en la mente dócil la comprensión de los misterios de la profecía y la gracia de la compunción. Está escrito: “El sacrificio de alabanza me honrará” (Salm 49, 23). Mientras a través de la salmodia se expresa la compunción, se nos abre un camino en el corazón, por el cual, al fin, se llega a Jesús”.
13. En la confesión del pecado debemos hablar, o sea, declarar resuelta, abierta y totalmente nuestros pecados. Y esto nos lo enseña la misma naturaleza, porque la lengua del hombre es resuelta, ágil y ancha. Así la confesión del pecado ha de ser resuelta en la manifestación de todas las circunstancias, flexible en la efusión de las lágrimas, ancha en la reparación de todas las ofensas causadas, en la restitución de todo lo mal quitado y en la seriedad de un firme propósito de no volver a caer.
Una tal confesión de la lengua abre camino para que el alma se eleve hasta Dios a través de la contemplación, se repliegue hacia sí misma a través de la humildad y corra de una parte a otra para manifestar su solidaridad con el prójimo.
En cambio, muchos pecadores, miserables, tartamudos y tontos, tienen la lengua contracta e impedida, porque, cuando se confiesan, se confiesan balbuciendo y de manera incompleta. Con razón se dice: “Se les aparecieron lenguas repartidas, corno de fuego”.
Las lenguas de la confesión deben ser “repartidas”, porque, en la confesión, el pecador debe tener la lengua y el corazón divididos en muchas partes: el corazón, para dolerse de varias maneras por los muchos pecados cometidos; y la lengua, para determinar distintamente todas las circunstancias de los pecados cometidos.
Sobre este argumento se habló con mayor profundidad en el sermón del primer domingo de cuaresma: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto”.
Y observa que como el fuego calienta las cosas frías, ablanda las cosas duras, solidifica las cosas blandas, abaja e incinera las cosas altas; y si uno lo quiere tener encendido, lo conserva bajo la ceniza; así el fervor de la confesión y de la satisfacción calienta con el fuego del amor a los fríos, ablanda con la compunción a los corazones duros, consolida con la seriedad de un santo propósito a los flojos, o sea, a los lujuriosos, abaja a los que son altos, o sea, a los soberbios y los incinera con el recuerdo de su fragilidad y de su infamia. Bajo tal ceniza, este fuego se puede conservar a continuación. Yo les suplico, queridísimos hermanos, que este fuego se pose y permanezca siempre sobre cada uno de ustedes; que sus lenguas estén “repartidas” en la confesión de los pecados y de sus circunstancias, para que, confesándose resuelta, abierta y totalmente, merezcan llegar a la Jerusalén celestial para proclamar con los ángeles el nombre del Señor.
Se lo conceda aquel Cristo, “cuyo fuego está en Sión y cuyo horno está en Jerusalén” (Is 3 1, 9), y que vive y reina por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
V Los frutos de la gracia del Espíritu Santo
14. “Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en varias lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hech 2, 4). Se llenan del Espíritu Santo, que es el único que puede llenar el alma, la cual no puede ser llenada por todo el universo. “Y no pueden recibir a otro espíritu, porque los vasos llenos no pueden recibir aumento” (Glosa).
A la Virgen se le dijo: “Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres” (Lc 1, 28). Observa que entre las dos palabras: “Llena de gracia” y “Bendita tú entre las mujeres”, se dice “El Señor está contigo”, porque es el mismo Señor, que conserva en el interior la plenitud de la gracia y realiza en el exterior la bendición de la fecundidad, o sea, de las obras santas.
Además, después de “Llena eres de gracia”, se dice con razón: “el Señor está contigo”, porque, como sin Dios nada podemos hacer o tener, sin El tampoco podemos conservar lo que hemos recibido. Por esto, después de la gracia, es necesario que el Señor esté con nosotros y conserve lo que El sólo dio. Al darnos su gracia, El nos previene; pero, para conservarla, nosotros debemos ser sus cooperadores. El no vela sobre nosotros, si junto con El no velamos también nosotros.
El Señor manifiesta claramente que exige nuestra solícita colaboración, cuando pregunta a los apóstoles: “¿No pudieron velar una sola hora conmigo? Velen y oren para no entrar en la tentación” (Mt 26, 40-41). Con razón, pues, se dice: “ Y todos fueron llenos del Espíritu Santo”. A este propósito dice el Señor en el evangelio de hoy: “El Paráclito, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les dije” (Jn 14, 26). El Padre envió al Consolador en nombre del Hijo, o sea, para gloria del Hijo, para manifestar la gloria del Hijo. “El les enseñará”, para que sepan; “les recordará”, o sea, les proveerá los medios, para que quieran. La gracia del Espíritu Santo da el saber y el querer. Hoy se canta en la misa. “Ven, Espíritu Santo, y llena los corazones de tus fieles”, para que tengan el saber; y “enciende en ellos el fuego de tu amor”, para que quieran llevar a cabo lo que saben (Secuencia de la Misa de Pentecostés).
También se canta: “Envía a tu Espíritu; y las cosas serán creadas” con tu saber; y así “renovarás la faz de la tierra”, con tu buena voluntad (Salm 103, 30). Con este versículo del salmo, concuerda lo que leemos en las Lamentaciones de Jeremías: “Desde lo alto, el Señor envió fuego en mis huesos y me instruyó” (1, 13). Es la Iglesia que se expresa as!: “El Padre, desde lo alto, o sea, desde el Hijo, envió hoy el fuego, o sea, al Espíritu Santo, en mis huesos, o sea, en los apóstoles, y por medio de ellos me instruyó, para que sepa y quiera”.
15. “Todos fueron llenos del Espíritu Santo”. De ello se halla una concordancia en las palabras del Génesis: “El Señor hizo pasar un viento”, el Espíritu Santo, “sobre la tierra; y las aguas disminuyeron. Las fuentes del abismo y las cataratas del cielo fueron cerradas; y las lluvias del cielo fueron detenidas” (8, 1-2).
Presta atención a estas cuatro palabras: las aguas, las fuentes, las cataratas y las lluvias. En las aguas están simbolizadas las riquezas; en las fuentes del abismo, los pensamientos del espíritu; en las cataratas del cielo, los ojos; en las lluvias, la abundancia de las palabras. Cuando el Señor hace pasar al Espíritu Santo Sobre la tierra, o sea, sobre la mente del pecador, entonces las aguas de las riquezas disminuyen, porque son distribuidas entre los pobres.
De estas aguas se dice en el Génesis: “A la reunión de las aguas, Dios la llamó “mar” (1, 10). La acumulación de las riquezas no es otra cosa más que amargura de tribulaciones y de dolores. Dice Habacuc: “¡Ay de aquel que multiplicó lo que no era suyo! ¿Hasta cuándo cargará sobre sí tan denso barro?” (2, 6).
El barro, amontonado en casa, despide hedor; pero, esparcido, hace fecunda la tierra. Así son las riquezas: si se acumulan, y, sobre todo, si no son propias, sino ajenas, despiden el hedor del pecado y de la muerte; pero si se distribuyen entre los pobres y si se restituyen a sus propietarios, hacen fecunda la tierra de la mente y la hacen fructificar. El abismo es el corazón del hombre, del cual dice Jeremías: “Malvado e inescrutable es el corazón del hombre; ¿quién podrá conocerlo?” (17, 9). Las fuentes de este abismo son los pensamientos; pero estas fuentes se cierran, cuando se infunde la gracia del Espíritu Santo. Con esto concuerda lo que se lee en el libro segundo de las Crónicas: “Ezequías reunió a mucha gente, y cegaron todas las fuentes y el arroyo que corría a través del territorio, diciendo: “Si vienen los reyes de Asiria, no deben hallar abundancia de aguas” (32, 4).
Ezequías es el justo, que debe reunir una gran multitud de buenos pensamientos y obstruir las fuentes de los pensamientos inicuos y perversos y el torrente de las concupiscencias, para que los demonios, al hallar abundancia de aguas, no destruyan con ellas la ciudad del alma.
Las cataratas del cielo son las ventanas. Las ventanas son llamadas as¡, porque traen luz o porque a través de ellas podemos mirar hacia fuera. Luz se dice en griego phos (y en latín, ventana se dice fenestra con cierta asonancia con phos, luz). En la cabeza, como los dos astros colocados por Dios en el firmamento (Gen 1, 14), están situadas dos lumbreras, o sea, los dos ojos, que son como dos ventanas, a través de las cuales podemos ver. Las dos ventanas se cierran a la vanidad del mundo, cuando se infunde en la mente la luz de la gracia. Las lluvias (en latín, pluviae, que suena como fluviae fluentes) simbolizan las palabras, que sin obstáculos ni impedimentos son prodigadas profusamente en todas partes. Dice Salomón: “El que inicia un litigio, es como si abriera una represa” (Prov 17, 14). Y el Eclesiástico aconseja: “No permitas a tus aguas una salida, ni pequeña” (25, 34).
Estas lluvias cesan cuando, con la gracia del Espíritu Santo, la lengua se acostumbra a cantar las alabanzas de su Creador y a confesar sus pecados. Con razón, pues, se dice,. “Y todos fueron llenos del Espíritu Santo”.
16. “Y comenzaron a hablar en varias lenguas, según el Espíritu Santo les daba que hablasen”. El que está lleno del Espíritu Santo, habla diversas lenguas. Las diversas lenguas son los distintos testimonios, que podemos dar a Cristo, como la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia; y llegamos a hablar en estas “lenguas”, o virtudes, cuando las mostramos a los demás en nuestra vida práctica.
La lengua es viva, cuando hablan las obras. Les conjuro: ¡cesen las palabras, y hablen las obras! Estamos llenos de palabras, pero vacíos de obras; y por eso el Señor nos maldice, como “maldijo la higuera, en la cual no halló frutos, sino sólo hojas” (Mt 21, 19).
Dice Gregorio: “Hay una ley dada al predicador: que practique lo que predica. inútilmente hace conocer la ley aquel que con las obras, o sea, con su vida, destruye su enseñanza”.
En cambio, los apóstoles hablaban, “según el Espíritu Santo les daba que hablasen”.
¡Bienaventurado el hombre, que habla según el Espíritu Santo le da, y no según sus inclinaciones! Hay algunos que hablan según sus inclinaciones, se apoderan de las palabras ajenas, las proclaman como propias y se las atribuyen.
Contra ellos y contra los que son como ellos, el Señor amonesta por boca de Jeremías: “Heme aquí contra los profetas, que se roban los unos a los otros mis palabras. Heme aquí contra los profetas, que toman sus palabras y proclaman: “¡Dice el Señor!”. Heme aquí contra los profetas que profetizan sueños mentirosos, y los cuentan, y pervierten a mi pueblo con sus mentiras y con sus falsos milagros. Yo no los envié, ni los mandé; y ellos no hicieron ningún provecho a mi pueblo, dice el Señor” (23, 30-32).
En conclusión, hablemos según el Espíritu Santo nos da que hablemos, y pidámosle con humildad y devoción que nos infunda su gracia, para que cumplamos los días de Pentecostés con la perfección de los cinco sentidos y en la observancia del decálogo, y para que nos llenemos del vehemente espíritu de contrición y nos inflamemos con las lenguas de fuego de la confesión. Así inflamados e iluminados, mereceremos ver a Dios uno y trino entre los esplendores de los santos. Nos lo conceda el Dios uno y trino, que es bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Aleluya!