La Cena del Señor (Jueves Santo)
1. “Jesús se levantó de la cena, depuso su vestidura y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego, puso agua en un lebrillo y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla con que estaba ceñido.” (Jn 13, 4-5)
Exordio.
La cena del Señor comparada con la cena de Abraham
2. Se lee en el Génesis: “Voy a traer un poco de agua y laven sus pies; y descansen debajo del árbol. Traeré un bocado de pan y sustentarán su corazón” (Gen 18, 4-5).
Lo que Abraham hizo a los tres ángeles, Cristo lo hizo a sus santos apóstoles, mensajeros de la verdad, que habrían predicado en todo el mundo la fe en la santa Trinidad. Se inclinó ante sus pies como un esclavo y, así encorvado, les lavó los pies. ¡Oh incomprensible humildad! ¡Oh inefable dignación! Aquel que en el cielo es adorado por los ángeles, se inclina a los pies de los pescadores. Aquella cabeza que hace temblar a los ángeles, se encorva ante los pies de los pobres.
Por esto Pedro se asustó: “¡No me lavarás los pies jamás!”. Apresado por el espanto, no pudo tolerar que un Dios se humillara ante sus pies. Pero el Señor le replicó: “Si no te lavo”, o sea, si rechazas que yo te lave, “no tendrás parte conmigo”.
Comenta la Glosa: “Quien no se lava por medio del bautismo, de la confesión y de la penitencia, no tiene parte con Jesús”.
Después de haberles lavado los pies, los hizo descansar bajo el árbol, que era El mismo. “Me senté a la sombra de aquel a quien tanto deseaba; y sus frutos -o sea, su cuerpo y su sangre- son dulces a mi paladar” (Cant 2, 3). Este es el bocado de pan, que puso delante de ellos y con el cual corroboró sus corazones, para soportar las fatigas.
“Mientras ellos cenaban, Jesús tomó el pan, lo bendijo y lo partió” (Mt 26, 26). Lo partió para indicar que “la fracción de su cuerpo” no se hubiera llevado a cabo sin su voluntad. Antes, lo bendijo, porque, junto con el Padre y el Espíritu Santo, colmó con la gracia de la potencia divina a la naturaleza que había asumido.
“Tomen y coman.. “Esto es mi cuerpo”. Has de entender así: “Lo bendijo”, y has de presuponer: “diciendo: “Esto es mi cuerpo”. Después lo partió, se lo dio y dijo: “¡Coman!”; y repitió: “Esto es mi cuerpo”.
I - Sermón alegórico
3. Vamos a ver ahora el significado alegórico de la cena, del vestido, de la toalla, del agua, del lebrillo y de los pies de los apóstoles.
La cena es la gloria del Padre; la deposición de los vestidos simboliza el anonadamiento de la majestad; la toalla, la carne inocente; el agua, el derramamiento de la sangre o la infusión de la gracia; el lebrillo, los corazones de los discípulos; y los pies, sus sentimientos.
“Se levantó de la cena”, en la cual se hallaba con Dios Padre. “Un hombre hizo una gran cena y convidó a muchos” (Lc 14, 16). Era una cena muy grande, porque espléndida y rebosante de la gloria de la Majestad divina, de las riquezas de la bienaventuranza angélica y de las delicias de la doble glorificación. Muchos son los convocados a esta cena, pero pocos participan, porque “el número de los necios es infinito” (Ecle 1, 15), que desdeñan “la cena de la vida” por el estiércol de las cosas terrenas. El puerco prefiere dormir en el barro que en un lindo lecho. Cristo se levanta de la felicidad de su cena, para levantar a éstos de la miseria de su estiércol.
“Depuso sus vestiduras”. Observa que Cristo cuatro veces depuso sus vestiduras. En la cena las depuso y las volvió a asumir; en la flagelación a la columna fue desnudado y después revestido; durante los escarnios de los soldados, fue desnudado y revestido, pero no se lee que fuera desnudado por Herodes; en la cruz fue desnudado, pero no fue revestido.
La primera vez se refiere a los apóstoles, a quienes El abandonó, pero volvió a hallarlos al poco tiempo. La segunda vez se refiere a los que fueron “asumidos”, acogidos en la iglesia en el día de Pentecostés y a los que serán acogidos poco a poco. La tercera vez se refiere a los que son “asumidos”, acogidos hacia el fin de los tiempos. La cuarta se refiere a la perversa mediocridad de nuestro tiempo, que jamás será “asumida”, aceptada.
La segunda y la cuarta expoliación se conmemoran hoy en algunas iglesias, cuando se desnudan los altares y después son rociados con agua y vino fustigados con ramas, como si fueran azotes. Deponer las vestiduras significa anonadarse a sí mismo. Después del lavado, Jesús las reasumió, porque, realizada la obediencia, volvió al Padre del cual había salido.
Se lee en el martirio de san Sebastián que un rey tenía un anillo de oro, enriquecido con una gema preciosa. El anillo le era muy querido, pero se le desprendió del dedo y cayó en una cloaca, por lo cual sufrió un gran disgusto. No encontrando a nadie que pudiera recuperar el anillo, depuso las vestiduras de su regia dignidad, y, vestido de saco, bajó a la cloaca, buscó cuidadosamente el anillo y finalmente lo halló. Una vez hallado lleno de gozo, y lo llevó consigo al palacio.
Aquel rey es figura del Hijo de Dios; el anillo representa al género humano; la preciosa gema, engastada en el anillo, es el alma del hombre. Este del gozo del paraíso terrestre, como del dedo de Dios, cayó en la cloaca del infierno. El Hijo de Dios sufrió un gran disgusto por esa pérdida. El Hijo de Dios buscó entre los ángeles y los hombres a alguien que pudiera recuperar el anillo, pero no lo halló, porque nadie podía hacerlo. Entonces depuso sus vestiduras, se anonadó a sí mismo, se revistió del saco de nuestras miserias, buscó el anillo por treinta y tres años, finalmente descendió a los infiernos y allí halló a Adán con toda su posteridad . Lleno de gozo, tomó a todos consigo y los llevó a la eterna felicidad.
4. “Tomó una toalla y se la ciñó”. De la carne purísima de la Virgen El tomó la toalla de nuestra humanidad. Y con esto concuerda lo que dijo Ezequiel: “Dijo el Señor al hombre revestido de lino: “Entra en medio de las ruedas, que están debajo de los querubines” (10, 2). La rueda, que retorna al mismo punto del que partió, es la naturaleza humana, a la cual se dijo: “Eres tierra y a la tierra regresarás”. Se dice “en medio” con respecto a los dos extremos: el principio y el fin. Observa que la naturaleza humana está caracterizada por tres momentos: la impureza de la concepción, la miseria del peregrinaje y la incineración de la muerte. El hombre, revestido de lino, es Jesucristo, que de la bienaventurada Virgen recibió el vestido de lino. El no entró en el mundo con una concepción impura, porque fue concebido por la Virgen purísima por obra del Espíritu Santo, ni sufrió al fin la incineración humana, porque “no permitirás que tu santo vea la corrupción” (Salm 15, 10); y se insertó en medio de nuestro peregrinaje como pobre, desterrado y peregrino, tanto que en todo el mundo apenas si tenía una morada.
Dice Nehemías: “No había ni espacio para que pasara el jumento, sobre el cual estaba sentado” (2 Esd 2, 14). Nehemías, que se interpreta “consolación del Señor”, es figura de cristo, nuestra consolación en el tiempo de la desolación.
Dice Isaías: “Tú fuiste fortaleza para el pobre, sostén para el mísero en su angustia, esperanza en el torbellino, sombra en el ardor del sol” (25, 4). Entre las zarzas de las adversidades humanas, en el torbellino de la sugestión diabólica, en el ardor de la lujuria o de la vanagloria, El es nuestro consolador. Su jumento era la humanidad, en la cual estaba sentada la divinidad. Este jumento, sobre el cual colocó al hombre herido, o sea, al género humano, en todo el mundo no tuvo una morada, porque “El no tenía dónde reclinar la cabeza”. Sólo halló donde “reclinar la cabeza en la cruz, en la que entregó el espíritu”.
Entró en medio de las ruedas que están bajo los querubines, porque “se hizo un poco menor que los ángeles”, cuando tomó la toalla y se la ciñó. En aquella carne se ciñó de humildad, porque era necesario que hubiese tanta humildad en el Redentor cuanta soberbia había habido en el traidor.
5. “Puso agua en el lebrillo”. Comenta la Glosa: “Derramó la sangre en tierra, para purificar las huellas de los creyentes, ensuciadas por los pecados terrenos”. Observa que el lebrillo es un recipiente cóncavo, resonante, y tiene el labio abierto. Así era el corazón de los apóstoles, y ¡ojalá sea as! también el nuestro!: cóncavo por la humildad, resonante por la devoción, con el labio abierto para acusarse a uno mismo. El lebrillo se dice en latín pelvis, porque en él se lavan los pies (pedes).
El día de Pentecostés, el Señor envió el agua de la gracia al corazón de los apóstoles, y diariamente la infunde en el corazón de los fieles, para que purifiquen sus pies, o sea, sus afectos, de toda impureza. Es lo que dice Job: “Lavaba mis pies en la manteca” (29, 6). En la gordura de la manteca está indicada la devoción del alma, con la que Job, o sea “el que se duele de sus pecados”, lava los afectos de su mente.
“Y los secaba con la toalla, con la que estaba ceñido”. Todo el sufrimiento y la pasión del Señor fueron nuestra purificación. Con esta toalla debemos enjugar los sudores de nuestra fatiga y la sangre de nuestra pasión, tomando en toda nuestra tribulación el ejemplo de su paciencia, para poder gozar con El en su gloria.
Nos lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
II Sermón alegórico
6. Así dice Isaías: “El Señor de los ejércitos preparará en este monte un banquete de manjares suculentos y un banquete de vinos refinados, de gordos tuétanos y de vinos purificados” (25, 6). Y Mateo dice del mismo banquete: “Mientras estaban cenando, Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomen y coman: “Esto es mi cuerpo”. Y tomando el cáliz, dio gracias y se lo dio, diciendo: “Beban todos de él: “Esta es mi sangre (sobreentendido: a confirmación) de la nueva alianza” (26, 26-28). Como te das cuenta, Cristo hoy cumplió cuatro cosas: lavó los pies de los apóstoles, les entregó su cuerpo y su sangre, les brindó un largo y precioso discurso, y oró al Padre por ellos y por todos los que creerían en El. Por eso fue un suntuoso banquete.
El es de veras el “Señor de los ejércitos”, o sea, de los ángeles, de los que en esa misma noche dijo a Pedro: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, que me daría en seguida más de doce legiones de ángeles?” (Mt 26, 53). Como si dijera: “No necesito la ayuda de los doce apóstoles, ya que puedo alcanzar doce legiones de ángeles, que abarcan setenta y dos mil ángeles”.
“En este monte”, o sea, en Jerusalén, en ese cenáculo espacioso y bien adornado, en el cual también los apóstoles, el día de Pentecostés, recibieron al Espíritu Santo, El hizo hoy por todos los pueblos que creerían en El, “un banquete suntuoso”. El banquete de hoy es de veras un banquete de manjares suculentos, porque se servía el ternero engordado, al que el Padre sacrificó por la reconciliación del género humano. Se lee en Lucas: “‘Traigan el ternero cebado y mátenlo; y comamos y banqueteemos, porque este mi hijo estaba muerto y volvió a la vida; estaba perdido y fue hallado. Y todos comenzaron a banquetear” (15, 23-24). Comenta la Glosa: “Prediquen el nacimiento de Cristo y pregonen su muerte, para que el hombre crea en su corazón, imitando al que fue muerto, y con la boca reciba el sacramento de la pasión, para la propia purificación”.
Es lo que hace hoy la iglesia universal, para la cual Cristo preparó hoy en el monte Sión un banquete espléndido y suntuoso, con una doble riqueza: interior y exterior, y abundante. Les dio su verdadero cuerpo, rico en todo poder espiritual y cebado con la caridad interior y exterior; y mandó que fuera dado también a los que creerían en El. Por eso se debe creer firmemente y confesar con la boca, que aquel cuerpo, que la Virgen dio a luz, que colgó de la cruz, que yació en el sepulcro, que resucitó el tercer día y que subió al cielo a la derecha del Padre, El, hoy, realmente lo dio a los apóstoles; y la iglesia todos los días lo consagra y lo distribuye a sus fieles.
Al imperio de las palabras: “Esto es mi cuerpo”, el pan se transustancia en el cuerpo de Cristo, que confiere la unción de una doble riqueza a aquel que lo recibe dignamente: mitiga las tentaciones y suscita la devoción. Por esto es llamado “tierra que mana leche y miel” (Dt 31, 20), porque endulza las amarguras e incrementa la devoción.
¡Desgraciado aquel que se atreve a entrar a este banquete sin el vestido nupcial de la caridad, o de la penitencia!. “Aquel que lo recibe indignamente, recibe su propia condenación” (1Cor 11, 29). ¿Qué relación puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿Entre el traidor judas y el Salvador? “La mano del traidor está junto a la mía sobre la mesa” (Lc 22, 21). Está escrito en el Éxodo: “Todo animal”, también el hombre que se hizo semejante al animal, si toca el monte”, o sea, el cuerpo de Cristo, “será apedreado”, o sea, será condenado (Ex 19, 12-13).
7. “Un banquete de vinos sin escorias”, o sea, refinados y libres de toda impureza. Lo dice también Moisés en su cántico: “Y bebían la purísima sangre de la uva” (Dt 32, 14). La uva es la humanidad de Cristo, que, exprimida en el lagar de la cruz, esparció por todas partes su sangre, que hoy dio a beber a los apóstoles: “Esta es mi sangre, que por ustedes y por la multitud será derramada para la remisión de los pecados”. ¡Era, pues, necesario que aquella sangre fuera como un vino refinado y purísimo, para ser derramada para la remisión de tantos pecados!
¡Oh caridad del Dilecto! ¡Oh amor del Esposo hacia su esposa, la iglesia! Aquella sangre que el día después sería derramada por ella por las manos de los infieles, El mismo se la ofreció hoy con sus manos santísimas. Y por eso ella exclama en el Cantar de los Cantares: “Mi amado es para mí un manojo de mirra, que descansa entre mis pechos. Mi amado es para mí como un racimo de uva en las viñas de Engadí” (1, 12-13).
Entra la esposa, la iglesia, o también el alma, en lo espeso de los sufrimientos y de los suplicios de su Esposo, y recoge piadosamente, y une, y ata con los vínculos del amor ya los insultos, ya las bofetadas y los salivazos, ya los escarnios y los flagelos, acá y allá la cruz, los clavos y la lanza; y junta todo ello como en un manojo de mirra, de dolores y de amarguras; y lo coloca entre sus pechos, donde está el corazón, o sea, el amor. El Dilecto, que mañana será para su esposa un manojo de mirra, hoy es para ella un racimo de uva. “Mi cáliz embriagador”: he ahí el racimo de uva; “¡qué excelente es !”: he ahí la uva seleccionada y su purísima sangre (Salm 22, 5).
¿Y dónde se encuentra? ¿Y de dónde se saca? “En las viñas de Engadí”, que se interpreta “fuente del cabrito”, el cual hiede. Las viñas de Engadí simbolizan las heridas de nuestro Dilecto, en las que hay un manantial de aguas vivas que lavan toda suciedad y eliminan todo mal olor. En esta fuente el ladrón lavó sus crímenes, mientras imploraba: “Acuérdate de mí, cuando estés en tu reino” (Lc 23, 42). De esta fuente habla Zacarías: “En aquel día”, o sea, mañana, “habrá para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén una fuente que brota, para lavar al pecador y a la menstruada” (13, 1). He ahí: la fuente mana y se ofrece a todos, Vengan, pues, y saquen; y laven las manchas escondidas y las manifiestas, indicadas en el ciclo mensual.
8. He aquí que ahora nuestro Dilecto, el racimo de uva, el manojo de mirra, después de haber celebrado aquel rico y refinado banquete y haber cantado el himno (en acción de gracias), sale con sus discípulos hacia el monte de los Olivos. Pasa toda esta noche sin dormir, preocupado por llevar a cabo la obra de nuestra salvación; se aleja de los apóstoles; comienza a estar triste hasta la muerte, dobla las rodillas delante del Padre, pide que, si fuere posible, pase de El aquella hora; pero somete su voluntad a la del Padre; y entrando en agonía, mana un sudor sanguíneo.
Después de todo esto, es traicionado por un discípulo con un beso, es maniatado y es llevado como un ladrón. Su rostro es cubierto y es escupido; su barba, arrancada; su cabeza es golpeada con la caña y es magullado por las cachetadas; es flagelado a la columna, coronado de espinas y condenado a muerte; sus espaldas cargan el madero de la cruz y se encamina hacia el Calvario, es despojado de sus vestiduras y crucificado desnudo entre los malhechores; es abrevado con hiel y vinagre y es insultado y blasfemado por los viandantes.
¿Y qué más todavía? ¡La vida muere por los muertos! ¡Oh ojos de nuestro Dilecto, cerrados en la muerte! ¡Oh rostro, que los ángeles desean contemplar, pálido y exangüe! ¡Oh labios, panal de miel que destila palabras de vida eterna, amoratados! ¡oh cabeza, que hace temblar a los ángeles y que cuelga reclinada! ¡Aquellas manos, a cuyo toque desaparecía la lepra, la vida volvía, la luz perdida era devuelta, ahuyentaba al demonio y multiplicaba los panes! ¡Aquellas mismas manos, repito, ¡ay de mí!, ahora son traspasadas por los clavos y bañadas en sangre!
Queridísimos hermanos, recojamos todas estas cosas y hagamos un manojo de mirra y coloquémoslo entre nuestros pechos, o sea, llevémoslo en nuestro corazón, sobre todo, en esta noche y mañana, para que al tercer día merezcamos resucitar con El.
Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
III. - Sermón anagógico-místico
9. “El Señor de los ejércitos”… Vamos a ver el significado anagógico (místico) de estas cinco cosas: el monte, el banquete, la gordura, la médula y la uva seleccionada.
El monte es aquella patria celestial, de la cual habla Isaías: “Ustedes elevarán un cántico como el de las celebraciones solemnes, y su corazón gozará de gran alegría como quien parte con la flauta, para venir al monte del Señor, al Fuerte de Israel” (30, 29).
Presta atención a estas tres cosas: el cántico, la alegría y la flauta. El cántico es una alabanza hecha con la voz; alabanza que, corno dice Casiodoro, será proclamada en la patria: “Te alabarán por los siglos de los siglo s” (Salm 83, 5). La alegría es el júbilo del corazón. La flauta simboliza la melodía concorde de la carne y del espíritu, que tendremos en grado perfecto en la resurrección final. Con ella subiremos exultando y cantando al monte de la patria celestial, al Fuerte, que es Jesucristo, quien de las manos del poderoso liberé a Israel, o sea, a sus fieles, para los cuales en este monte celestial preparó un banquete.
Y dice Lucas: “Yo les preparo un reino, como mi Padre me lo preparó a mí, para que coman y beban a mi mesa en el reino de los cielos” (22, 29-30). La mesa, preparada para todos los santos para que gocen, es la gloria de la vida celestial, en la que habrá tres banquetes: de la gordura, de la médula y del vino purificado; y en ellos están indicados los tres gozos de los bienaventurados.
En el banquete gordo está indicado aquel gozo que fruirán por la visión de toda la Trinidad; en el banquete meduloso está indicado el gozo que tendrán por su propia felicidad y por el esplendor interior de su conciencia. Por estos dos gozos oraba David: “Mi alma será saciada de meollo y de grosura”, o sea, de aquel doble gozo; “entonces mi boca te alabará con labios de júbilo” (Salm 62,6). En el vino, purificado de la escoria, está indicado el gozo de toda la iglesia triunfante, que entonces será de veras purificada, cuando “este cuerpo mortal se revista de la inmortalidad y este cuerpo corruptible se revista de la incorruptibilidad” (1Cor 15, 53). Se digne concedernos ese gozo aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!