Pestañas abiertas

1 abierta

    Anunciación de Santa María (Segundo Sermón)

    1. “En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios…” (Lc 1, 26). En este evangelio se destacan tres momentos: el envío de Gabriel a la Virgen, el anuncio de la concepción del Señor y la intervención del Espíritu Santo.

    I - El envío de Gabriel a la Virgen

    2. “El ángel Gabriel fue enviado”. Gabriel se interpreta “Dios, mi fortaleza”. A este propósito dice Isaías: “Digan a los de corazón tímido: ¡Animo! ¡No teman! He aquí: Dios mismo vendrá y los salvará” (35, 4). Generalmente solemos confortar a tres categorías de personas: el enfermo, el afligido y el tímido.

    El género humano sufría estas tres dolencias: estaba enfermo desde más de cinco mil años atrás y no hallaba ningún remedio; estaba afligido porque se hallaba privado de las delicias del paraíso terrenal; y vivía en el miedo al diablo, que con una mano lo azotaba y con la otra lo arrastraba al infierno. Pero, gracias a Dios, fue finalmente enviado el consuelo, que curó al enfermo, alegró al afligido y fortaleció al tímido.

    Fue enviado, pues, el ángel Gabriel, feliz mensajero de una tierra lejana al alma sedienta de agua fresca. He aquí el alivio para el alma sedienta, que languidecía por la sed y por la languidez desfallecía: agua fresca, agua de la sabiduría que salva.

    ¿Y a dónde es enviado? “A una ciudad de Galilea”, nombre que se interpreta “rueda” o también “emigración”. El que sufre dificultades por estas dos cosas, necesita de consuelo.

    Se llama “rueda”, porque rueda (de “rodar”). El género humano rodaba de pecado en pecado y al fin emigraba al infierno. Dice Jeremías: “Judá emigró a causa de la aflicción y de la dura esclavitud; habitó entre las naciones y no halló descanso. Todos sus perseguidores lo apresaron entre las estrecheces” (Lam 1, 3).

    De la esclavitud del pecado sucedía la emigración a la condenación del infierno. En una angustia tan grande era de veras necesario el consuelo, que convirtiera hacia la vida aquella rueda que corría hacia la muerte y así sucediera la emigración hacia la gloria. “Los precederá a Galilea. Allí ustedes lo verán” (Mt 28, 7).

    “Su nombre era Nazaret”, que se interpreta “flor”, o también “unción” o consagración”, porque allí había la flor de la virginidad, la unción de la gracia septiforme (los siete dones del Espíritu Santo), allí la consagración de la Virgen gloriosa.

    3. El ángel fue enviado “a una Virgen”. Una referencia semejante se halla en el Génesis: “Rebeca era una espléndida muchacha, una virgen bellísima y no había conocido varón” (24, 16). Rebeca, que se interpreta “aquella que mucho recibió”, es la bienaventurada Virgen, que a todas luces mucho recibió, porque concibió al Hijo de Dios.

    Y de la belleza de la Madre el mismo Hijo proclama: “Tú eres hermosa, amiga mía, suave y encantadora como Jerusalén” (Cant 6, 4). Bella por la humildad, amiga por la caridad, suave por la contemplación, encantadora por la virginidad, como la Jerusalén celestial, en la que habita Dios; y la Virgen es su habitación. “El que me creó -está escrito-, reposó en mi tienda” (Sir 24, 12), o sea, en mi seno.

    “A una Virgen desposada con un hombre llamado José”. He aquí la Glosa de Beda: “El Hijo de Dios quiso nacer de una mujer desposada, para que por medio de José fuese conocida su descendencia, y también para que no fuese lapidada como adúltera, y para que la niña tuviera el amparo de un hombre, quien a su vez fuese el testigo de su integridad; y en fin para que el diablo no conociera el misterio”. El antiguo José fue “salvador”, porque salvó a Egipto del hambre. Este José salvó a la Virgen de la infamia. Prefirió el Señor que algunos dudaran de su origen antes que dudaran del pudor de la madre. Sabía él que la reputación del pudor se puede perder fácilmente.

    “De la casa de David”. Esto no sólo se refiere a José, sino también a la Virgen, porque ambos eran descendientes de la casa de David. Existía el mandato de Dios: “Todos los varones desposarán a mujeres de su tribu y de su parentela; y todas las mujeres desposarán a hombres de la misma tribu” (Num 36, 7-8).

    “Y el nombre de la Virgen era María”. Nombre dulce, nombre deleitable, nombre que conforta al pecador y nombre de dichosa esperanza. ¿Quién es María sino la estrella del mar, o sea, luminoso camino que guía al puerto a los que están todavía en poder de los oleajes de la amargura? Es un nombre amable para los ángeles, terrible para los demonios, saludable para los pecadores y suave para los justos.

    4. “El ángel entró a su casa y le dijo”. Aquella a la cual el ángel entró, estaba en el interior y estaba ocupada en la lectura o en la contemplación; estaba sola y cuidaba su soledad. Dice Oseas: “La llevaré a un lugar solitario y hablaré a su corazón” (2, 14). “ ¡AVE! “, o sea, sin “ayes!” (a privativo, ¡vae!, ay), sin las tres ayes del Apocalipsis: “¡Ay, ay, ay a los habitantes de la tierra!” (8, 13). María estuvo exenta de “la concupiscencia de la carne, de la concupiscencia de los ojos y de la soberbia de la vida” (1 Jn 2, 16), porque fue casta, porque fue pobre y porque fue humilde.

    “Llena de gracia”, porque, primera entre todas las mujeres, ofreció a Dios el glorioso don de la virginidad; y por esto mereció gozar de la visión del ángel y de su coloquio, y dio al mundo al autor de toda gracia. “Llena de gracia”, porque “el perfume de tus ungüentos supera todos los aromas. Un panal de miel destilan tus labios” (Cant 4, 10-11), sobre los cuales se derrama la gracia. “El Señor está contigo”. El, por tu amor a la castidad, absolutamente nuevo, te elevó a la sublimidad del cielo, y después, con la asunción de la naturaleza humana, te consagró con la plenitud de la divinidad. “El Señor está contigo”. “Mi amado es para mí racimo de uva de las viñas de Engadí” (Cant 1, 14); y entonces, llena del vino de la gracia.

    “Bendita tú entre las mujeres”. Concuerdan las palabras del libro de los jueces: “Bendita sea entre las mujeres Jael” -nombre que se interpreta “aquella que espera en Dios”-, “bendita sea entre las mujeres en su tienda” (5, 24). verdaderamente bendita sea entre las mujeres la Virgen, que esperó a aquel que es la bendición y, esperando, lo acogió. Verdaderamente sea bendita aquella que no fue ni estéril ni violada; fue “fecunda sin rubor, grávida sin gravamen y puérpera sin dolor” (Bernardo); ella, única entre todas las mujeres, fue virgen y madre, y engendró a Dios.

    5. “Al oír esas palabras, ella se turbó”.

    Concuerdan las palabras de Juan: “El ángel del Señor descendía, de vez en cuando, a la piscina, y el agua se agitaba” (5, 4). La agitación simboliza la turbación de María por la visión del ángel y por su insólito saludo.

    “Se preguntaba qué sentido tuviera ese saludo”. María se turba por pudor, y en su prudencia se asombra de aquella desacostumbrada fórmula de bendición. “El que en seguida se confía, muestra poca reflexión” (Sir 19, 4).Es bellísima esta combinación de pudor y de prudencia, para que el pudor no resulte afectado y la prudencia indiscreta. “El ángel le dijo: “¡No temas, María!”. Como si tuviera familiaridad con ella, la Rama por nombre y le ordena que no tema, “porque hallaste gracia delante de Dios”. Se lee en el libro de Ester: “Cuando el rey Asuero vio a la reina Ester de pie delante de él, ella agradó a sus ojos y él extendió hacia ella -en señal de demencia- el cetro de oro que tenía en mano. Y ella avanzó y besó la punta del cetro” (5, 2). Asuero, que se interpreta “bienaventuranza”, es figura de Dios, felicidad de los ángeles, a cuyos ojos agradó nuestra reina Ester, nombre que significa “preparada en el tiempo”, o sea, para el tiempo de nuestra salvación. El cetro de oro es la gracia celeste que infundió en ella, cuando la colmó de gracia más que a todas las mujeres. Ella, por cierto, no permaneció ingrata ante una gracia tan grande, sino que se acercó con la humildad y besó con el amor.

    II - El anuncio de la concepción del Señor

    6. “He aquí que concebirás y darás a luz a un hijo” (Lc 1, 31).

    Dice san Bernardo: “Los milagros son dos, admirablemente unidos entre sí: Dios que se hace Hijo, y la Virgen que se hace Madre. A Madre Virgen no convenía otro Hijo, y a Dios Hijo no convenía otro parto”.

    Observa que Cristo es concebido en Nazaret, nace en Belén y es crucificado en Jerusalén, en un lugar más bien alto. De esa manera Cristo es concebido en la humildad, nace en la caridad, que es la casa del pan, y es crucificado en una elevación.

    7. “Y lo llamarás Jesús”. Observa que cinco personas fueron llamadas nominalmente por Dios, antes que fuesen concebidas en el seno materno. El primero fue Isaac: “Sara, tu mujer, te parirá un hijo y lo llamarás Isaac” (Gen 17, 19).

    El segundo fue Sansón: “Dijo el ángel a la mujer de Manoa: “Concebirás y parirás un hijo” (Juec 13, 3-5).

    El tercero fue Josías: “He aquí, nacerá un hijo para la casa de David, de nombre Josías” (3 R 13, 2). El cuarto y el quinto fueron Juan el Bautista y Jesucristo.

    En estas cinco personas son designadas cinco categorías de elegidos.

    En Isaac, que se interpreta “sonrisa”, son representados los caritativos, que siempre tienen la sonrisa en el ánimo. Dice Job: “Si me reía con ellos, no se atrevían a creerlo, y la luz de mi rostro no caía por tierra” (29, 24). El rostro del alma es la razón, cuya luz es la gracia. De ella está escrito: “Está marcada sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor” (Salm 4, 7). El caritativo sirve con sonrisa de devoción; pero los detractores no le creen, sino que lo calumnian; sin embargo, no por esto debe caer por tierra su luz; más bien, debe seguir obrando en la luz de la razón y en el gozo de la mente.

    Así en Sansón, que se interpreta “su sol”, son designados los que predican la palabra de Dios y que deben ser con su palabra y su ejemplo el sol para aquellos a los que predican. “Ustedes son la luz del mundo”, dice el evangelio (Mt 5, 14). El sol es la fuente del calor y de la luz. Y el calor y la luz son la vida y la doctrina, que, como dos ríos, brotan como de fuente de los que predican, para llegar a los que escuchan. La vida debe ser fervorosa y la doctrina luminosa.

    En Josías, que se interpreta “donde hay el incienso” o también “donde hay el sacrificio”, son designados los auténticos religiosos, en los que hay el incienso de la devota oración y el sacrificio de la mortificación de la carne. Ellos imploran: “¡Ojalá pudiéramos ser acogidos con el corazón contrito y el espíritu humillado; y tal sea nuestro sacrificio, que agrade en tu presencia!” (Dan 3, 39-40). En el Bautista son designados los penitentes y los buenos laicos, que se bautizan (se lavan) y se santifican en el jordán, o sea, “en el río del juicio”, en las lágrimas y en la confesión, en la liberalidad de las limosnas y en el cumplimiento de las demás obras de misericordia.

    En fin, en Jesús Salvador son designados los buenos prelados de la Iglesia, de los que dice el profeta Abdías: “Subirán salvadores al monte de Sión, para juzgar el monte de Esaú; y el reino será del Señor” (1, 21). El monte de Sión es la excelencia de la vida virtuosa, a la cual deben subir los prelados.

    Sólo así podrán juzgar y también condenar el monte de Esaú, o sea, la soberbia de los carnales; y así en sí mismos y consigo mismos harán para el Señor un reino. ¡Amén! ¡Así sea!

    III - La intervención del Espíritu Santo

    8. “Pregunta María al ángel: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón” (Lc 1, 34). Es evidente que la que pregunta cómo suceda una cosa, cree que esa cosa se realizará. Pregunta cómo podrá suceder todo esto, si había prometido en su ánimo no conocer varón, a menos que Dios no dispusiera diversamente.

    Comenta Ambrosio: “Cuando Sara sonrió de la promesa de Dios y María preguntó: “¿Cómo será esto?”, ¿por qué no se volvieron ambas mudas, como sucedió con Zacarías? Pero Sara y María no dudan que suceda lo que está prometido: sólo preguntan cómo sucederá. En cambio, Zacarías niega saber, niega creer, y busca alguna otra cosa que aumente su fe. Entonces recibe el signo del silencio, porque los signos son dados no a los fieles, sino a los infieles”.

    “Y respondió el ángel: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti”. Porque antes había dicho: “Llena de gracia” y aquí dice: “Vendrá”, hace entender que, como un vaso lleno, si algo más se le añade, desborda, así algunas gotas de su gracia desbordarían también sobre nosotros.

    Al venir el Espíritu Santo en la Virgen y en su alma, la purificó de toda fealdad y de todo vicio, para que fuese digna del parto celeste; y con su acción, de la carne de la Virgen, el Espíritu creó en su seno el cuerpo del Redentor.

    “Y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. En estas palabras están indicadas las dos naturalezas del Señor, porque la sombra se forma con la luz y con un cuerpo que se interpone. La Virgen no podía contener la plenitud de la divinidad; pero el poder del Altísimo la cubrió con su sombra, cuando la incorpórea luz de la divinidad asumió en ella el cuerpo de la humanidad, para que así ella pudiera acoger a Dios (el latín Deum pati puede también significar experimentar intensamente a Dios).

    “Por eso, el santo ser que de ti nacerá, será llamado Hijo de Dios”. Jesús nace santo, para poder vencer la condición de la naturaleza corrupta; por otra parte El no fue concebido por unión o conjunción carnal. Nosotros, sujetos a la condición de la naturaleza corrupta, podemos ser santificados por la gracia. Fue conveniente que aquella que más allá de toda ley concibió como virgen, por encima de toda ley y humana costumbre engendrara al Hijo de Dios.

    “Y he aquí a Isabel, tu parienta Para que la Virgen no dudara poder dar a luz, el ángel le ofrece el ejemplo de una mujer estéril y anciana que habría dado a luz, para que aprenda que todo es posible para Dios, también aquello que parece contrario al orden de la naturaleza (Glosa).

    9. Dijo María: “He aquí la sierva del Señor”. No se ensoberbece por la singularidad del privilegio, sino que, recordando en todo su condición y la dignación divina, proclama ser la sierva del Señor, del cual es elegida como Madre; y con gran devoción aspira a que la promesa del ángel se realice.

    “Hágase en mí según tu palabra”. Y en aquel momento fue concebido Cristo de la Virgen, hombre perfecto en el alma y en la carne, aunque todavía no se pudiera distinguir con la mirada las formas del cuerpo y de los miembros.

    Se cree que haya sido concebido el 25 de marzo y que, pasados treinta y tres años, haya muerto el mismo día, aquel que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    IV- Sermón moral

    10. “El ángel Gabriel fue enviado Hemos escuchado en qué modo la bienaventurada María concibió al Hijo de Dios Padre; ahora escuchemos brevemente en qué modo el alma concibe al espíritu de la salvación.

    En la Virgen María vemos representada el alma riel, “virgen” por la integridad de la fe, como dice el Apóstol: “Los he desposado con un solo hombre, para presentarlos como una virgen pura a Cristo” (2Cor 11, 2); y “María”, o sea, estrella del mar por la profesión de la misma fe. “Con el corazón se cree para alcanzar la justificación”: he ahí a la virgen; “y con la boca se hace la confesión de fe, para alcanzar la salvación” (Rom 10, 10): he ahí la estrella que de la amargura del mundo guía al puerto de la salvación eterna.

    Esta virgen habita en Nazaret, o sea, “en la flor de la trasmigración”. La flor es la esperanza del fruto. El alma fiel espera “trasmigrar” de la fe a la visión, de la sombra a la verdad, de la promesa a la realidad, de la flor al fruto, de lo visible a lo invisible.

    Dicen los pastores: “¡Vayamos hasta Belén!” (Lc 2, 15), porque allí hallaremos buenos pastos, el pan de los ángeles, el verbo encarnado. Dice Isaías: “Gozo de los onagros (asnos salvajes), pasto de los rebaños” (32, 14). En los onagros están representados los justos, cuyo gozo serán los pastos de los rebaños, o sea, el esplendor y la bienaventuranza de los ángeles, porque junto con los ángeles se apacentarán, o sea, gozarán de la visión del Verbo encarnado.

    A esta Virgen es enviado el ángel Gabriel, cuyo nombre se interpreta “Dios me confortó” y en el cual está indicada la infusión de la gracia, sin cuya confortación el alma desfallece.

    Por esto dice Judit: “Dame fuerza, Señor, Dios de Israel, en este momento”. Y con la espada golpeó dos veces en el cuello de Holofernes y le cortó la cabeza” (13, 7-8). Holofernes se interpreta “debilita al ternero gordo”; y en él está representado el pecador que, engordado con la grasa de los bienes temporales, es despojado por el diablo de las virtudes; y así se debilita y se enferma. La cabeza de Holofernes es la soberbia del diablo. Dice el Génesis: “Ella te aplastará la cabeza y tú le acecharás el calcañar” (3, 15): en el calcañar está indicado el fin de la vida.

    La Virgen María trituró con la humildad la soberbia del diablo; pero éste la acechó en su calcañar, o sea, en la pasión de su Hijo. El que quiera arrancar de sí la soberbia del diablo, debe golpearlo dos veces. Los dos golpes son el recuerdo de nuestro nacimiento y de nuestra muerte. El que medita seriamente en estos dos momentos, arranca de sí la soberbia del diablo; pero antes debe impetrar la fuerza de la gracia divina. “¡obren virilmente y tome aliento su corazón!” (Salm 30,25).

    11. “Entró el ángel en su casa”. Aquí resalta la soledad del alma, que mora consigo misma, leyendo en el libro de la propia miseria y buscando la dulzura divina. Por esto merece oír decir: “¡Ave!”.

    El nombre de Eva, que se interpreta “ ¡ay! “ o “calamidad”, si es leído al revés, se vuelve ¡Ave! El alma que se halla en pecado mortal es Eva, o sea, “¡ayes!” y calamidad; pero, si se convierte a la penitencia, oye decir “¡Ave!”, o sea, “sin ayes” (a, sin; vae!, ¡ayes!).

    “Llena de gracia”. El que vierte algo en un vaso lleno, pierde todo lo que se vierte. Así también sucede en el alma: si está llena de gracia, no puede entrar en ella la suciedad del pecado. La gracia llena todo el espacio y no deja vacío ningún ángulo, en el cual pueda entrar o quedarse lo que le es contrario (el pecado). El que compra todo, quiere poseerlo todo; y el alma es tan grande que nadie puede llenarla, sino únicamente Dios, el cual, como dice Juan, “es infinitamente más grande que nuestro corazón y lo conoce todo” (1 Jn 3, 20). Un vaso bien colmado desborda por todas partes. De la plenitud del alma reciben también todos los sentidos, porque, como dice Isaías, “será sábado de sábado” (66, 23), de día de reposo a día de reposo, o sea, de la paz interior vendrá la paz de los sentidos y de los miembros.

    “El Señor está contigo”. Lo contrario se lee en el Éxodo: “Yo no subiré contigo, porque eres un pueblo de dura cerviz” (33, 3), o sea, desobediente y soberbio. Como si dijera: “Subiría contigo, si fueras humilde”. Y por eso promete al humilde: “Tú eres mi siervo: cuando pases por las aguas, yo estaré contigo y los ríos no te anegarán; cuando camines por el fuego, no te quemarás y la llama no arderá en ti” (Is 43, 1-2). En las aguas están representadas las sugestiones del diablo; en los ríos, la gula y la lujuria; en el fuego, el dinero o la abundancia de las cosas temporales; y en la Dama, la vanagloria. El siervo, o sea, el humilde, con el cual está el Señor, pasa ileso por las tentaciones del diablo, porque ni la gula ni la lujuria lo anegan. El que tiene la cabeza totalmente tapada, no puede ver, ni oler, ni hablar, ni oír distintamente; de la misma manera, el que está tapado por la gula y por la lujuria, se priva de la facultad de contemplar, de discernir, de confesar y de obedecer. El humilde, aunque camine a través del fuego de las cosas temporales, no se quema ni por la avaricia ni por la vanagloria.

    12. “Tú eres bendita entre las mujeres”. Se dice en la Historia Natural que las mujeres experimentan la compasión más intensamente que los hombres, más pronto derraman lágrimas y tienen una memoria más tenaz (Aristóteles). En estas tres cualidades están indicados la compasión hacia el prójimo, la devoción de las lágrimas y el recuerdo de la pasión del Señor.

    Se lee en el Cantar de los Cantares: “Ponme como un sello sobre tu corazón y como una marca sobre tu brazo, porque es fuerte como la muerte el amor” (8, 6), o sea, tu amor, por el cual moriste. ¡Benditas sean, pues, aquellas almas que poseen estas tres cualidades! Entre ellas, es bendecida con el privilegio de una especial bendición el alma fiel y humilde, rica en obras de caridad.

    Y acerca de esta bendición, sigue: “He aquí que concebirás y darás a luz a un hijo y le darás el nombre de Jesús”. Se dice en la Historia Natural que las mujeres grávidas sufren dolores, pierden el apetito y se les anubla la vista. Otras mujeres, al quedar encintas, aborrecen el vino, porque, al beberlo, pierden las fuerzas (Aristóteles).

    Así sucede también en el alma. Cuando, bajo la acción del Espíritu Santo, concibe el espíritu de la salvación, comienza a arrepentirse de su pecado; siente fastidio por las cosas temporales; se disgusta de sí misma -éste es el significado de tener la vista anublada-, ella que estaba acostumbrada a mirarse con complacencia; y aborrece el vino de la lujuria. Con estos signos podrás ponderar, si el alma concibió el espíritu de la salvación, y lo parirá, cuando lleve frutos en la luz de las obras buenas; y a este fruto dará el nombre de “salvación”, porque todo lo que hace, lo hace en vista de la salvación. Se dice que es la intención la que pone el nombre a la obra, o sea, la cualifica. En efecto, el alma fiel obra para agradar a Dios, para obtener el perdón de los pecados y para conseguir la eterna salvación. Dígnese concedernos también a nosotros la salvación aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    V- Sermón alegórico

    13. “Hubo un viento (en latín, spíritus) grande y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Y después del viento, hubo un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Y después del terremoto, hubo un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, hubo un silbo de viento suave, o sea, una brisa (3 R 19, 11-12); y en él estaba el Señor.

    En estas palabras del tercer libro de los Reyes se destacan los cuatro eventos de la fiesta de hoy: el saludo del ángel, la turbación de la bienaventurada María, la intervención del Espíritu Santo y la encarnación del Hijo de Dios.

    14. El saludo del ángel: “Ave, llena de gracia”, está indicado por las palabras: “He ahí un viento (espíritu) grande y poderoso”. Este saludo es llamado “espíritu”, porque es enviado a una “espiritual” por medio del espíritu angélico; “grande”, porque promete cosas grandes; “poderoso”, porque procede del omnipotente Rey de la gloria por medio del “fuerte” Gabriel. Estas tres palabras corresponden también a las tres partes del saludo. “Ave, llena de gracia”: he ahí el “espíritu”. Aquí nada hay de tierra, aquí nada hay de carne, sino que todo es del espíritu, porque viene de la gracia. La primera mujer, Eva, es tierra de la tierra, carne de la carne, hueso de hueso; y se le dice: “¡Ay! (vae, Eva); multiplicaré tus sufrimientos y parirás en el dolor” (Gen 3, 16). En cambio, a María, cuya vida ya estaba en el cielo, se le dice: “¡Ave, llena de gracia!”.

    Y Observa que el ángel no dijo: “¡Ave, María¡ “, sino “¡Ave, llena de gracia!”. En cambio, nosotros decimos: “¡Ave, María!”, o sea, “estrella del mar”, porque estamos todavía en medio del mar, estamos sacudidos por los oleajes, sumergidos por la tempestad; y por eso gritamos: “¡Estrella del mar!”, para llegar con su ayuda al puerto de la salvación. Es ella la que arrebata de la tempestad a los que la invocan, les muestra el camino y los guía al puerto. En cambio, los ángeles no necesitan ser liberados del naufragio, porque ya están al seguro en la patria, porque “el esplendor de Dios los ilumina y su lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23). Por eso el ángel no dice: “¡Ave, María!”. En cambio, nosotros desventurados, arrojados al mar y alejados del rostro y de los ojos de Dios, sacudidos en todo momento por las tempestades y puestos en los confines de la muerte, imploremos a cada instante: “¡Ave, María!”.

    “El Señor está contigo”: he ahí (el espíritu) “grande”. Verdaderamente grande, porque por nueve meses llevó y nutrió al Señor, al cual “os cielos y la tierra no pueden contener” (3Rey 8, 27). “Tú eres bendita entre las mujeres”: he ahí el poderoso. Se lee en el libro de los jueces: “Bendita sea entre las mujeres Jael, que extendió su mano izquierda a la estaca y la mano derecha al martillo de los herreros, y golpeó a Sísara en la cabeza” (5, 24-26).

    Y también en Judit: “Una sola mujer llenó de vergüenza a la gente de Nabucodonosor.

    Holofernes yace por tierra y su cabeza ya no está adherida al tronco. Y Ozías, cabeza del pueblo, dijo a Judit: “Hija mía, que el Señor Dios Altísimo te bendiga más que a todas las mujeres de la tierra” (14, 18 y 13, 18).

    La estaca, con la cual se cierra el ingreso de la tienda, es la virginidad de la bienaventurada María. “Esta puerta permanecerá cerrada, no se abrirá y ningún hombre entrará por ella” (Ez 44, 2). El martillo, que tiene la figura de tau T, es la cruz de la pasión del Señor. Sísara, que se interpreta “exclusión de la alegría”, es el diablo, que continuamente procura excluir a los hombres de la eterna felicidad.

    El diablo fue matado por la virginidad de María y por la pasión de su Hijo, no conoció su secreto, y por la influencia de los dos perdió todo poder. Con razón, pues: “¡Tú eres bendita entre las mujeres y más que todas las mujeres! ¡Tú llevaste la confusión a la casa del diablo, cortaste la cabeza del tirano y nos devolviste la paz!”.

    Y sigue: “Viento (espíritu) que rompía los montes”, o sea, la soberbia, “y quebraba las peñas”, o sea, la obstinación y la maldad de los demonios. “El Señor en su potencia te bendijo”, oh bendita entre los ángeles, “y por tu medio aniquiló a nuestros enemigos” (Judit 13, 17), fulminando su arrogancia y triturando su dureza.

    “El Señor no está en el viento”, porque durante el saludo del ángel no aconteció la encarnación. María ante todo pregunta cómo sucedería eso:

    preguntando aprende, aprendiendo consiente, consintiendo concibe. Se debe proceder en orden y se debe subir por grados.

    15. La turbación de la bienaventurada María: “Y después del viento, el terremoto”. “A aquellas palabras -dice Lucas-, ella se turbó”, quizás porque oyó decir “bendita entre las mujeres”, ella que ya estaba bendita entre los ángeles.

    Se lee en el libro de Judit: “Tú eres la gloria de Jerusalén, tú eres el júbilo de Israel, tú eres el honor de nuestro pueblo, porque obraste virilmente y tu corazón fue valiente por haber amado la castidad” (15, 10). O también: quizás se turbó, porque oía afirmar de sí misma, lo que ella no sentía ser. Escribe Gregorio: “Es característica de los elegidos tener de sí un concepto más modesto que lo que son”. Y Bernardo: “La perfección de la virtud consiste en no ver la propia virtud y esconder a los propios ojos el bien que es evidente a los ojos ajenos”. María nos dio el ejemplo, para que también nosotros nos turbemos cuando nos alaban, y para que siempre nos estimemos menos que lo que somos o que lo que oímos de los demás.

    Se lee en la Historia Natural que las ostras, que producen las perlas con el rocío del cielo, si de improviso resplandece un relámpago, se encogen por el terror y se cierran por el repentino espanto, porque temen que su producto se manche (Solino). Así la dichosa María, que del rocío del cielo -“rocíen, cielos, de arriba” (Is 45, 8)- concibió la perla preciosa de los ángeles, se turbó por el súbito esplendor de la aparición del ángel. Por esto cantamos en la liturgia del Adviento: “La Virgen se turbó por la luz improvisa”. De la misma manera también nosotros, que con el rocío de la gracia queremos concebir la perla de una vida santa, ante el relámpago de la alabanza humana debemos temer, encogernos, humillarnos y, para no salir fuera con la distracción, encerrarnos, para evitar el riesgo de perder, con el favor humano, el bien que concebimos. “El Señor no está en el terremoto”, o sea, no en la turbación de María aconteció la encarnación del Verbo.

    16. La intervención del Espíritu Santo: “Y después del terremoto, el fuego”. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti”. Es un fuego que no quema, sino que ilumina.

    Observa que el fuego supera todos los obstáculos; no puede ser contenido y transforma, según su propia acción, las cosas a las que se adhiere; se transmite a todo lo que de algún modo se le acerca; se renueva y no pierde vigor cuando se propaga. Del mismo modo el Espíritu Santo, igual al Padre y al Hijo, supera todos los obstáculos, “El Espíritu del Señor se movía sobre las aguas” (Gen 1, 2), como la mente del artífice se cierne sobre la obra que está ejecutando. Su potencia no se puede comprender, y “no sabes de dónde viene ni adónde va” (Jn 3, 8). inflama de sí las almas en las cuales se enciende y las hace capaces de inflamar a otros. Se da a todos; y todos los que se le acercan, sienten su calor. Es Espíritu renovador y por esto oramos: “Envía a tu Espíritu, y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra” (Salm 103, 30). Eleva la mente hacia lo alto; y, aunque difunda su gracia por todas partes, permanece siempre inmutable en sí mismo.

    Este fuego descendió en la Virgen y la colmó con los carismas de toda gracia. Pero tampoco en este fuego se realizó la encarnación del Verbo, porque esperaba el asentimiento de la Virgen. Nadie puede concebir a Dios en la mente sino con el asentimiento de la misma mente. Todo lo que hay en el alma sin el consentimiento, no puede justificar al hombre.

    17. Y finalmente acontece la encarnación del Hijo de Dios: “Y después del fuego, un silbo de aire suave” (brisa); y en él estaba el Señor. “He aquí la sierva del Señor” -he aquí el silbo-; hágase en mí según tu palabra”. Y en seguida “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). Observa que el silbo se hace con los labios contraídos. La dichosa María se “contrajo”, o sea, se empequeñeció: la reina de los ángeles se declaró sierva; y así hoy “el Señor miró la humildad de su sierva” (Lc 1, 48). Y esto concuerda con lo que se lee en el libro de Judit: “El sumo sacerdote, Joaquín, de Jerusalén llegó a Betulia, para ver a Judit” (15, 8). Joaquín, que se interpreta “su preparación”, es figura de Jesucristo, que dijo: “Me voy para prepararles un lugar” (Jn 14, 2), y que “con la propia sangre entró una vez para siempre en el santuario” (Heb 9, 12). El, hoy, desde la Jerusalén celestial llegó a Betulia, que se interpreta “casa que da a luz al Señor”, o sea, a la bienaventurada Virgen, que lo dio a luz. El mismo en persona quiso verla, quiso habitar en ella y de ella asumir su carne, A El sean honor y gloria por los siglos eternos. ¡Amén! ¡Así sea!

    VI - Sermón moral

    18. “He ahí un viento (espíritu) grande y poderoso”. Aquí se destacan cuatro eventos: la ira del juez venturo, la sentencia contra los condenados, la gehena de fuego y la gloria de los bienaventurados.

    La ira del juez venturo. Se lee en Isaías: “Espíritu de juicio para el que se sienta en el trono”; y “En aquel día el Señor, con su espada rígida, grande y fuerte, castigará al Leviatán, serpiente huidiza y tortuosa, y matará al dragón que estaba en el mar” (28, 6 y 27, 1). La espada es figura del Hijo, que el Padre blandirá en el juicio. La espada blandida hace dos cosas: brillo y temblores de sombra. As¡ Cristo en el juicio mostrará a los justos la gloria de la divinidad y a los injustos la forma asumida del hombre, para que vean “a aquel, a quien traspasaron” (Jn 19, 37). Esta espada es rígida, porque no se doblará ni por súplica ni por precio; grande, porque llegará a todos; fuerte, porque triturará todo.

    En el día del juicio, pues, el Padre, en la persona de su Hijo, castigará al Leviatán, o sea, al diablo y a sus seguidores. Ese diablo es llamado “serpiente” por su astucia; “rígido” o sea, inflexible por la soberbia, “tortuoso” por la envidia, “dragón” por la rapiña. Son así también sus seguidores, con los cuales el diablo vive en una familiaridad amarga, o sea, de pecado. Entonces aquel “viento romperá los montes”, o sea, a los soberbios y a los poderosos de este mundo, “y triturará las peñas”, o sea, los corazones endurecidos.

    19. La sentencia contra los condenados. “Y después del viento, el terremoto”.

    Dice Isaías: “Con gran fragor será quebrantada la tierra”, o sea, el soberbio; “con grandes hendiduras será desmenuzada la tierra”, o sea, el avaro; “con grandes terremotos será trastornada la tierra”, o sea, el iracundo; “Como un ebrio, se bamboleará reciamente la tierra”, o sea, el glotón y el lujurioso” (24, 19-20). Día y noche el Señor clama: “¡Vengan a mí todos los fatigados!” (Mt 11, 28); pero ellos no quieren ir. Entonces, en aquel día oirán: “¡Vayan, malditos!” (Mt 25, 41). ¡Qué tremendos serán la convulsión, el estrépito y el tumulto, el dolor y el gemido, el rechinamiento y el llanto, cuando aquella riera, el diablo, será precipitado al infierno con todos los impíos!

    20. La gehena de fuego: “Y después del terremoto, el fuego”. Dice Isaías: “He ahí, el Señor vendrá con fuego, y sus cuadrigas serán como torbellino. Descargará indignado su ira y sus amenazas con llamas de fuego, porque el Señor hará justicia con el fuego” (66, 15-16). Y Judit: “Entregará sus cuerpos al fuego y a los gusanos, para que se quemen y sufran eternamente” (16, 17).

    21. La gloria de los bienaventurados. “Y después del fuego, un silbo de aire suave: “¡Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el reino!” (Mt 25, 34). Entonces el Señor será dulce y suave, digno de alabanza y amable, piadoso y benigno. No vendrá el Señor en el espíritu de indignación, ni en el trastorno de la condenación, ni en la gehena de fuego; sino en el silbo de aire suave, o sea, de su inefable misericordia.

    A este propósito dice Zacarías: “Con un silbo los llamaré y los reuniré, porque los rescaté” (10, 8). Entonces, como dice Isidoro, “los santos conocerán perfectamente qué bienes les procuró la gracia; qué suerte habrían alcanzado, si la divina misericordia no los hubiese elegido con don gratuito; y cómo es verdadero lo que canta el Salmo: “¡Misericordia y justicia te cantaré a ti, Señor! “ (Salm 100, 1). Esto debemos creer con absoluta certeza: nadie se salvará sino por la misericordia que no le es debida, y nadie se condenará sino por veredicto que le es debido.

    Cuidémonos, pues, queridísimos hermanos, del espíritu de soberbia, de la agitación de la avaricia y de la ira, del fuego de la gula y de la lujuria: en todo ello no está el Señor. Y humillémonos en el silbido de nuestra confesión y de nuestra acusación, de la mansedumbre y de la paz, porque allí está el Señor. De esa manera, en el día del juicio mereceremos oír: “¡Vengan, benditos!”.

    Nos lo conceda aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica