Domingo III de Pascua
Exordio.
Sermón a los que oyen la palabra de Dios
1. “En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Todavía un poco, y no me verán; y otro poco, y me verán, porque yo voy al Padre” (Jn 16, 16). En el Apocalipsis dijo el ángel a Juan: “Ve y toma de la mano del ángel el libro, y devóralo. Te llenará de amargura el vientre; pero en tu boca será dulce como la miel” (10, 8-9).
El libro, llamado así por la fecundidad de letras, simboliza la abundancia de la santa predicación. Es aquel pozo que Isaac en el Génesis llamó “abundancia” (26, 33). Es aquel río, cuya “corriente copiosa alegra a la ciudad de Dios”, o sea, al alma, en la que habita Dios.
Oh hombre, aferra o, mejor, apodérate de este libro, para eliminar con su fecundidad tu esterilidad, con su abundancia tu miseria. “¡Y devóralo!”. Devora el libro el que con avidez escucha la palabra del Señor. Por eso se dice en el libro de Esdras: “Los oídos de todo el pueblo estaban tendidos a la escucha del libro” (2 Esd 8, 3).
Tiende los oídos al libro, el que escucha la palabra de Dios con atención. “Y llenará de amargura tu vientre”. El vientre es ese órgano del cuerpo que digiere los alimentos recibidos, y se llama así, porque distribuye por todo el cuerpo el alimento vital. El vientre es un símbolo de la mente del hombre, que debe recibir la palabra de Dios; y, después de haberla recibido, digerirla a través de la meditación; y, después de haberla meditado bien, transmitirla a cada una de las virtudes.
La palabra del Señor llena de amargura el vientre, porque, como dice Isaías, “es amarga la bebida para los que la beben” (24, 9); y Ezequiel: “Me fui amargado y con mi espíritu indignado” (3, 14). No debe asombrarnos si la palabra de Dios amarga la mente, ya que anuncia la destrucción de todas estas cosas temporales, la brevedad de la vida presente, la amargura de la muerte y el rigor de las penas del infierno.
“Pero en tu boca será dulce como la miel”, porque todo lo que es difícil como precepto y amargo en la palabra de la predicación, es liviano y dulce para el que ama. o también: es amargo en esta vida, porque acicatea a la penitencia; pero será dulce en la patria, porque llevará a la gloria. Por esto, sobre estos dos temas, dice el Señor en el evangelio de hoy-. “Todavía un poco y no me verán”.
2. En este evangelio se deben considerar tres realidades. Primero: la breve duración de nuestra vida, cuando se dice: “Todavía un poco y ya no me verán”. Segundo: la vana alegría por las cosas mundanas: “En verdad, en verdad les digo: ustedes gemirán y Dorarán”. Tercero: la gloria eterna: “Yo los veré de nuevo y su corazón se alegrará”. Confrontaremos estas tres últimas partes del evangelio con las tres últimas partes del Apocalipsis. La primera parte trata de los siete ángeles que tienen las siete copas de la ira de Dios; la segunda habla de la condenación de la gran meretriz, o sea, de la vanidad mundana; y la tercera habla del río de agua viva, o sea, de la eternidad de la vida futura.
En el introito de la misa se canta: “Canta a Dios himnos de gozo, oh tierra entera”; y se lee la epístola del bienaventurado Pedro: “Los exhorto como a peregrinos y a forasteros.
I - La breve duración de nuestra vida
3. “Todavía un poco y no me verán”, como si dijera: “Poco, o sea, breve tiempo me queda hasta sufrir la pasión y ser encerrado en el sepulcro; y de nuevo, un poco más de tiempo, hasta verme resucitado”. o también: por poco tiempo, o sea, por tres días, yo no seré visto, porque estaré encerrado (en el sepulcro); y de nuevo, por poco tiempo, o sea, durante cuarenta días, ustedes me verán resucitado. “Porque voy al Padre”; o sea, ya va a llegar el tiempo en que yo, abandonada mi condición mortal, introduciré en el cielo la naturaleza humana.
Sentido moral.
observa que en este pasaje evangélico se repite siete veces la palabra “un poco”, para significar que nuestra vida, que se desenvuelve en siete días, es breve y medida. Dice Santiago: “¿Qué es nuestra vida? Es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Sant 4,14). Dice Job: “Pasan sus días en el bienestar, y en un instante bajan al sepulcro”. Y de nuevo: “La gloria de los impíos es breve, y la felicidad del hipócrita es como un punto” (21, 13; 20, 5).Punto deriva de “punzar”, y es cortísimo, tanto que no tiene duración, y de tan incalculable brevedad, que no puede dividirse en partes.
El punto simboliza la vida del pecador, en la que siente la punción de la conciencia y la brevedad de la vida. Se lee en el libro de la Sabiduría: “La esperanza del impío es pelusilla barrida por el viento, o como espuma liviana, que la tempestad dispersa, o como humo que el viento desperdiga, y como el recuerdo de un huésped de un solo día, que se desvanece” (5, 15).
El placer, que se espera sacar de la abundancia de los bienes terrenales, vuela ligero como la pelusilla. La pelusilla es un vello que producen algunos árboles frutales; es también el fruto de la caña, hueco y superfluo, como la espuma, de la que habla Oseas: “Samaría hizo pasar a su rey, como espuma sobre la superficie del agua” (10, 7). Samaría simboliza a la autoridad, que hace pasar a su rey, o sea, al prelado, como espuma, en la que está indicada la soberbia, que pronto es barrida por la procela de la enfermedad. También el placer es como el humo de la mente, que molesta los ojos y deja en pos de sí excrementos, o sea, las inmundicias del pecado, como un huésped de paso. Con estas cuatro comparaciones concuerda lo que dice Oseas: “Serán como neblina de la mañana, y como el rocío de la mañana que desaparece, y como el tamo que el torbellino levanta de la era, y como el humo que sale de la chimenea” (13, 3). La neblina y el rocío se desvanecen y se consumen, a la llegada del sol; el tamo es arrastrado por el viento y el humo se disipa en tenues volutas. De la misma manera, cuando llega la llama de la muerte, la abundancia de las cosas temporales se desvanece y se disipa, la concupiscencia de la carne y toda vanagloria se evaporan. ¡Ay de aquellos, pues, que por un poco de abundancia en esta vida y por algún efímero deleite pierden la vida eterna! En los siete días de este infeliz destierro están enredados en los siete vicios; y entonces deberán beber de las siete copas de la ira de Dios.
4. He aquí la concordancia con el Apocalipsis., “oí una gran voz desde el cielo, que decía a los siete ángeles: “vayan y derramen las siete copas de la ira de Dios sobre la tierra”. Fue el primero y derramó su copa sobre la tierra. Y el segundo derramó su copa sobre el mar. Y el tercero derramó su copa sobre los ríos y las fuentes de las aguas. Y el cuarto derramó su copa sobre el sol. Y el quinto derramó su copa sobre el trono de la bestia, y su reino se cubrió de tinieblas. El sexto derramó su copa sobre el gran río Éufrates. Y el séptimo derramó su copa por el aire” (16, 1-17).
En la tierra están indicados los avaros y los usureros; en el mar, los soberbios y los presumidos; en los ríos y en las fuentes de las aguas, los lujuriosos; en el sol, los vanidosos; en el trono de la bestia, los envidiosos y los indolentes; en el río Éufrates, que se interpreta “abundancia”, los beodos y los glotones; en el aire, los falsos religiosos.
De la tierra de la avaricia dice el Señor a la serpiente en el Génesis: “Comerás tierra todos los días de tu vida” (3, 14), porque el avaro es el alimento del diablo.
Del mar de la soberbia dice Job: “Habla el mar: no está conmigo” (28,14) la sabiduría, porque “Dios resiste a los soberbios” (1 Pe 5, 5).
Del río de la lujuria se dice en el Éxodo, que el faraón dio a todo el pueblo esta orden: “A todo hijo varón, que nacerá, échenlo al río” (1, 22). Faraón se interpreta “el que destruye” o “el que desviste”, y es figura del diablo que, después de haber destruido el edificio de la virtud, desviste y desnuda al hombre desgraciado del vestido de la gracia. El diablo quiere ahogar en el río de la lujuria toda obra viril, virtuosa y perfecta, y quiere preservar a las hembras, o sea, a las mentes afeminadas, de las que se servirá para obrar el mal.
Del sol de la vanagloria, al, hablar de la semilla y del sembrador, dice el Señor en Mateo: «Nacido el sol, la semilla se quemó y, por no tener raíces, se secó” (13, 6). La semilla simboliza las obras buenas que, cuando arde el sol de la vanagloria, se secan. En efecto, todo lo que hagas por vanagloria, lo pierdes. A este propósito habla el bienaventurado Bernardo: “Tú eres ceniza y polvo; ¿de dónde a ti la gloria? ¿De la santidad de la vida? Pero es el Espíritu el que santifica: no tu espíritu, sino el de Dios. Tal vez, ¿te halaga el favor popular, porque sabes exponer con elegancia la buena palabra? Pero es Dios el que da la boca y la sabiduría. ¿Qué es tu lengua, sino la pluma del escribano, que escribe velozmente?”.
Dice el filósofo Cicerón: “Breve es el camino para llegar a la gloria, para los que se esfuerzan por ser realmente lo que quieren aparecer”.
Del trono de la envidia, en el cual está sentada la bestia, o sea, el diablo, se lee en el Apocalipsis: “Sé dónde vives: donde está la sede de Satanás” (2, 13). Los envidiosos son la morada del diablo. Dice Job: “La fiera entra en su guarida y mora en su antro” (37, 8). La guarida y el antro son figuras del corazón del envidioso, que es oscurecido por el hollín de la envidia. Antro deriva de áter, negro o sombrío.
Del Éufrates de la gula se lee en Jeremías: “El cinturón se pudrió en el río Éufrates” (13, 7). El cinturón de la castidad se pudre en los excesos de la gula y de la ebriedad. Dice el Filósofo: “Come y bebe, para vivir bien; no vivas sólo para comer y beber”.
Del aire de la falsa religión se lee en el Apocalipsis “que el aire se oscureció por la humareda que salía del pozo” (9, 2). El pozo es la codicia, cuya humareda ya ahumó a casi todos los religiosos. Todos los que se enredaron en estos siete vicios durante los siete días de esta vida, serán embriagados con las siete copas y serán afligidos por las siete plagas, o sea, las siete sentencias de condenación, en el infierno. Serán eternamente castigados en el cuerpo y en el alma, con los que pecaron.
Oremos, pues, queridísimos hermanos, al Señor Jesús, que en estos siete breves días de nuestra vida nos guarde, nos proteja y nos defienda, para que, liberados de las siete penas del infierno, merezcamos llegar al reino infinito de su gloria. Nos lo conceda aquel que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!
II - La vana alegría de los mundanos
5. “En verdad, en verdad les digo que llorarán y gemirán, mientras el mundo gozará. Ustedes se entristecerán; pero su tristeza se cambiará en gozo. La mujer, al dar a luz, sufre tristeza, porque le llegó su hora; pero, después de haber dado a luz a un niño, ya no se acuerda más de los trabajos, por la alegría que llegó al mundo un hombre” (Jn 16, 20-21).
En las tribulaciones de este mundo todos los buenos lloran, mientras los amantes del mundo gozan. Sobre unos y otros se explaya Isaías: “El Señor de los ejércitos llamó al gemido y al llanto, a raparse el cabello y a vestirse de saco. En cambio, ellos gozan y están alegres, matan novillos y carnean chivos, comen carnes y beben vino:
“Comamos y bebamos, que mañana moriremos”
(22, 12-13).
Todos los justos son llamados por la gracia de Dios al gemido de la contrición y al llanto de la confesión, a raparse la cabeza, o sea, a la renuncia de las cosas temporales, y a vestirse de saco, o sea, al rigor de la penitencia. En cambio, los amantes del mundo viven en los placeres del mundo, en la alegría del pecado, embriagándose de gula y de lujuria.
6. Y ésta es la Babilonia, con la que concuerdan las palabras del Apocalipsis: “Vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata, cubierta de nombres blasfemos, con siete cabezas y diez cuernos. Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas. Empuñaba con la mano una copa de oro, colmada con las abominaciones y las inmundicias de sus fornicaciones” (17, 3-4).
La mujer (en latín, mulier), que deriva su nombre de “molicie”, simboliza a aquellos afeminados, que conforman su vida a la de Eva, de la que tuvo comienzo el pecado. De esta mujer dice Salomón: “La prostituta es como el estiércol por el camino” (Ecli 9, 10).
El estiércol es llamado así, porque se extiende por los campos (en latín, sterno). En la prostituta están representados todos los mundanos, que son conculcados por los demonios, como el estiércol es pisoteado por los viandantes. De esta meretriz el Señor se lamenta por boca de Jeremías: “Desde mucho tiempo atrás, rompiste mi yugo y desmenuzaste mis ataduras, y dijiste: “¡Ya no te serviré! “. En efecto, en todo altozano y bajo todo árbol frondoso, te prostituías” (2, 20).
Los hijos de este siglo, generación depravada, adúltera y perversa; y los hijos espurios, cómplices de los ladrones, o sea, de los demonios, rompieron el yugo de la obediencia y quebrantaron las ataduras de los mandamientos de Dios; y dijeron: “¡No serviremos!”. Job retoma el interrogante: “¿Quién es el Todopoderoso, para que lo sirvamos? ¿Y de qué nos aprovecha el adorarle?” (21, 15). En todo altozano de la soberbia y bajo todo árbol frondoso de la lujuria, porque la lujuria busca lugares frondosos y oscuros, como una meretriz, ¡se prosternan delante del diablo!
Con razón dice Juan: “Vi a una mujer, sentada sobre una bestia escarlata”. La bestia, casi vastia, devastadora, es el diablo, que devasta las virtudes del alma: el diablo es sanguinario hacia sí mismo y hacia los suyos.
Sobre él se sientan los mundanos, porque el diablo es su fundamento y en él se apoyan. Pero, el que se apoya en el diablo que cae del cielo, necesariamente caerá con él. Dice Job: “A la vista de todos, se precipitó” (40, 28): tanto él como los réprobos, de los que él es el jefe.
“Colmada de nombres blasfemos”. El diablo, como dice el Apocalipsis, tiene tres nombres: en hebreo Abdo, en griego Apollyon y en latín Exterminans. Abdo significa “esclavo”. Apollyon y Exterminans tienen el mismo significado de “Exterminador”. El término griego Apollyon puede significar también “dañoso” e “infernal”. Estos son los nombres blasfemos, con los que el diablo y sus seguidores blasfeman a Dios. Son esclavos del pecado, dañosos e infernales exterminadores, o sea, se ponen a sí mismos y a los demás extra terminum, fuera de los confines de la vida eterna.
“La bestia tiene siete cabezas y diez cuernos”. Las siete cabezas son los siete vicios , de los que habla el Profeta: “Vi en la ciudad la injusticia y la discordia. Día y noche la rodea sobre sus muros la iniquidad; y en medio de ella, ajetreo e injusticia; y no se apartan de sus plazas la usura y el engaño” (Salm 54, 10-12). Es ciudad sanguinaria, toda llena de engaño, en la cual el Señor no entra. En ella se halla reunida una multitud de carnales y en ella reina la injusticia contra Dios, evocada aquí dos veces, porque de dos maneras se peca contra Dios: cometiendo alguna obra mala u omitiendo alguna obra buena. La discordia se refiere al prelado; el ajetreo y la injusticia, a ti mismo; y la usura y el engaño, al prójimo.
De los diez cuernos habla el Apóstol: “Están atestados de toda injusticia, maldad, fornicación, avaricia, perversidad, envidias, homicidios, contiendas, engaños y malignidad” (Rom 1, 29). o también, las siete cabezas y los diez cuernos podrían ser aquellos de que habla la Sabiduría: “Todo está en gran confusión: sangre y homicidio, robo y engaño, corrupción e infidelidad, peleas y perjurio, turbación entre los buenos, olvido del Señor, -corrupción de las almas, perversión sexual, infidelidad matrimonial, desórdenes, concubinatos, deshonestidad, culto de ídolos abominables” (14, 25-27).
7. “Y la mujer estaba revestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas” (Ap 17, 3-4). En la púrpura se indica la pasión por las dignidades; en la escarlata, que es de color sanguíneo, la crueldad de la mente; en el oro, la sabiduría mundana; en las piedras preciosas y en las perlas, la abundancia de las riquezas. De todos estos adornos se rodea y se embellece la mujer meretriz, o sea, la gran Babilonia, la sinagoga de Satanás, la multitud de los carnales.
“Y tiene en mano una copa de oro”. La copa, o el cáliz de oro, en mano de Babilonia es la gloria mundana, dorada por fuera, pero por dentro repleta de toda suciedad y abominación. Por esto dice Salomón: “Falsa es la gloria y vana la belleza” (Prov 31, 30). Con este cáliz se embriagan los reyes de este mundo, los prelados de la Iglesia, las religiosas y los religiosos. Por eso dice Juan: “Con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución “ (Ap 17, 2).
De esa ebriedad habla Isaías: “El Señor envió en medio de Egipto un espíritu de vértigo, y lo hizo errar en toda su obra, como tambalea el ebrio en su vómito” (19, 14). El vértigo en sentido propio es cualquier viento que levanta la tierra y la hace girar (remolino), o también es dolor de la cabeza (vahído).
En medio del Egipto, o sea, entre los mundanos, el Señor envió, o permitió que se desarrollara, el espíritu del vértigo, o sea, la pasión y la codicia, por cuyo impulso, como si fuera un torbellino, giran y dan vueltas; y así van errando, como un ebrio, que nunca encuentra un camino bastante ancho. Y como el ebrio, mientras es arrastrado o golpeado, no siente nada, así también los mundanos se tornan insensibles. Se lee en los Proverbios: “Mientras me azotaban, no sentí dolor; y mientras me arrastraban, no me di cuenta” (23, 35), porque el desgraciado pecador no siente dolor, cuando es azotado por los demonios; ni se da cuenta, cuando los mismos lo arrastran de pecado en pecado. Concuerdan con lo anterior las palabras de Jeremías: “Goza y alégrate, hija de Edom, que habitas en la tierra de Uz. También a ti te llegará el cáliz, te embriagarás y serás desnudada” (Lm 4, 21). Edom se interpreta “sangre”. La hija de Edom es figura de la afeminada voluptuosidad de los carnales. A ella se dirige el Profeta irónicamente: “Goza y alégrate”. Ella goza de la abundancia del mundo y se alegra en la lujuria de la carne. Ella vive en la tierra de Uz, que se interpreta “consejo”, del cual dice Isaías: “Los sabios consejeros del faraón le dieron un consejo necio” (19, 11). Los sabios de este mundo dan consejos necios: buscar los bienes temporales, correr en pos de los transitorios, creer en las falsas promesas del mundo. La hija de Edom, engañada por el consejo de este mundo, se embriaga con la copa de oro de la gloria mundana y después es desnudada. Los amantes de este mundo, después de la embriaguez de las cosas temporales, serán despojados de todos sus bienes y, así despojados, serán condenados a las penas eternas.
Sigue Juan en el Apocalipsis: “Un ángel poderoso levantó una piedra, como una gran piedra de molino, y la echó al mar, gritando: “Con la misma violencia será derribada Babilonia, la gran ciudad, y nunca más será hallada” (18, 21). El ángel fuerte es Cristo, que vence los poderes del aire. “Levantó una piedra”, porque levanta a los malos y a les que tienen el corazón endurecido, para castigarlos con mayor rigor. “Una gran piedra de molino”, porque están revueltos por las cosas mundanas, o también, porque aplastan a los demás; “y la echó al mar”, o sea, a las amarguras del infierno, para que, en la medida en que Babilonia se exaltó y se abandonó a los placeres, en la misma medida sufra los tormentos (del infierno).
8. Con razón en el evangelio de hoy dice el Señor: “El mundo gozará mientras ustedes estarán en la tristeza, pero su tristeza se cambiará en gozo”; y el gozo del mundo en tristeza”. Y dice el Señor en otra parte del mismo evangelio. “Todo hombre presenta ante todo el buen vino y después el menos bueno” (Jn 2, 10). En este mundo beben el vino de la alegría; pero en el otro beberán el vinagre de la gehena.
Dice Jeremías. “He aquí que los que no estaban condenados a beber el cáliz, lo beberán ciertamente; y tú, quizás, ¿quedarás impune? No serás considerado inocente, sino que también tú deberás beberlo, juro por mí mismo, dice el Señor, que Bosra será reducida a desierto, oprobio, escarnio y maldición” (49, 12-13). Los santos, a los que ningún tribunal impuso beber el cáliz de la tristeza de este mundo, lo beberán con la amargura del corazón y lo beberán con el sufrimiento del cuerpo, porque ellos sufren y gimen por todas las abominaciones, que se cometen en toda la tierra. Y tú, Babilonia, madre de fornicaciones, ¿serás considerada inocente? No eres inocente; y por esto, después de haber bebido en este mundo el vino del placer, beberás en el otro mundo el vinagre del infierno.
Dice Gregorio: “Si es tan grande la fragilidad de esta vida mortal que ni los justos, que un día habitarán en el cielo, pueden pasar la vida sin trabajos, dado el inmenso cúmulo de la miseria humana, ¿cuánto más los que serán privados de la gloria celestial, deberán aguardar como seguro desenlace la eterna condenación?”. Y de nuevo. “Cada vez que yo medito en la paciencia de Job o evoco la muerte de Juan el Bautista, te digo a ti, pecador, busca entender de allí qué cosa padecerán aquellos a los que Dios condena mientras tanto sufren los que son elogiados por el testimonio del mismo juez? ¿Qué cosa hará el arbusto del desierto, si hasta el cedro del paraíso será sacudido por el terror?”.
“Juro por mí mismo, dice el Señor” -porque no hay otro por encima de mi-, que “Bosra”, que se interpreta “fortificada”, o sea, la pérfida sinagoga de los mundanos, que se fortifica con los bastiones de los pecados y con las flechas de las defensas, -llegará a ser un desierto”, porque quedará aislada sin la compañía de la gracia; “y un oprobio”, porque despojada de todos los bienes temporales; “y un escarnio”, porque engañada por los demonios; “y una maldición”, como la que sigue: “¡Vayan, malditos, al fuego eterno!”.
“La mujer, cuando da a luz, siente tristeza”. Triste suena como a “triturado”, del latín tero, machacar. Los santos, en la peregrinación de este destierro, son machacados, afligidos y angustiados: de ellos el mundo no es digno. A ellos les habla hoy Pedro con las palabras de su epístola: “Queridísimos, los exhorto como a forasteros y peregrinos a abstenerse de los deseos carnales, que luchan contra el alma” (1 Pe 2, 11). Se llama forastero, porque viene de otro lugar; y peregrino es el que va lejos de su patria. Todos somos forasteros, porque venimos de otro lugar; o sea, del gozo del paraíso (terrenal) hemos llegado a la mísera condición de este destierro. Somos también peregrinos, porque, echados del rostro y de los ojos de Dios, vamos de acá para allá mendigando, lejos de la patria del cielo.
Abstengámonos, pues, de los deseos carnales, a semejanza de Nabot, que se interpreta “excelso”. Como él prefirió morir a vender su heredad, como se lee en el tercer libro de los Reyes (21, 1-14), así nosotros debemos preferir sufrir cualquier penalidad a trocar la gloria eterna con los placeres de la carne. Si lo hacemos, nuestra tristeza se convertirá en gozo.
Con todo esto van de acuerdo las palabras del introito de la misa de hoy: “Aclamen a Dios con alegría, tierra entera; canten un himno a su nombre; denle la gloria y la alabanza” (Salm 65, 1-2). Nos exhorta a hacer tres cosas: aclamen a Dios, con la alegría del corazón; canten un himno, con la boca, y denle gloria, con las obras. De esa manera, mereceremos Regar a la gloria del gozo eterno.
III - La gloria eterna
9. “Yo los veré de nuevo, y su corazón se alegrará, y nadie podrá quitarles su gozo”.
Observa que el Señor nos ve de tres maneras. Primera: infundiéndonos la gracia. El dijo a Natanael: “Cuando estabas bajo la higuera, yo te vi” (Jn .1, 48). Los desterrados del paraíso terrenal recibieron un vestido de hojas de higuera, que provocan el prurito de la carne. Está bajo la higuera aquel, que busca para si una morada a la “sombra” de una conducta desganada y se deja atrapar por el prurito de la libido de la carne. Dios lo ve, cuando le confiere la gracia. Segunda: lo ve, cuando le conserva la gracia que le dio. Se lee en el Génesis: “El Señor vio todas las cosas que había hecho; y eran muy buenas” (1, 3 1). Todas las cosas que obra el Señor en nosotros, cuando nos infunde la gracia, son buenas; pero, cuando ve, o sea, conserva en nosotros lo que obró, entonces son muy buenas, o sea, perfectas. Tercera: nos verá, cuando nos tome consigo. Por eso dice: “Los veré de nuevo, y gozará su corazón”.
El corazón es la fuente del calor y el principio de la sangre, y es también el principio de los movimientos de las cosas agradables y de las perjudiciales; y en general, los movimientos de cada uno de los sentidos nacen de él y a él vuelven. Y la energía del espíritu permanece en el corazón hasta el último instante; y la consunción de todos los miembros sucede antes que la del corazón, el cual es el primero en pulsar y el último en detenerse (Aristóteles) Como el corazón es el órgano más noble que los demás, dice de él el Señor: “Y su corazón gozará”. Como la vida procede del corazón, así también del corazón proviene el gozo.
10. “Y nadie podrá quitarles su gozo”. Con esto concuerda la última parte del Apocalipsis: “El ángel me mostró un río de agua viva, espléndido como el cristal, que procedía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la plaza de la ciudad” (22, 1-2). En el río está indicada la eternidad, en el agua viva la saciedad, en el esplendor del cristal la luminosidad, y en el trono de Dios y del Cordero, que es Dios y Hombre, la humanidad glorificada. ¡He ahí su gozo, que nadie les podrá quitar! De la perennidad del río dice el Señor por boca de Isaías: “ ¡ojalá hubieses prestado atención a mis mandamientos! Tu paz sería como un río” (48, 18). El río tiene el agua perenne. Oh hombre, si tú prestas atención a los mandamientos de Dios, gozarás seguro en la paz de la eternidad.
Sobre la saciedad del agua viva se lee en el Salmo: “En ti está la fuente de la vida” (35, 10). Es una fuente perenne, una fuente que sacia a todos, ya que “el que beba de ella, no tendrá sed jamás” (Jn 4, 13).
Sobre el esplendor dice siempre el Apocalipsis: “La ciudad no necesita ni de sol ni de luna, porque la ilumina la luz de Dios, y su lámpara es el Cordero” (21, 23), o sea, el Hijo de Dios. De su trono, o sea, de su humanidad, en la cual se humilló la divinidad, proceden la luz de la perennidad, el agua viva de la eterna saciedad, el cristalino esplendor del divino fulgor, y se expanden al centro, o sea, a la comunidad, de la plaza de la ciudad, de la Jerusalén celestial, porque “Dios será todo en todos” (1Cor 15, 28). Todos recibirán denario, todos compartirán la única recompensa y todos darán gracias al Verbo encarnado, porque, por medio de El, llegaron a ser eternos, satisfechos, esplendorosos y bienaventurados.
También nosotros te rogamos, Señor Jesús, que en el septenario de esta corta existencia nos concedas la gracia de concebir el espíritu de salvación y de dar a luz al heredero de la vida eterna, a través de la tristeza del corazón; y así mereceremos beber del río de agua viva en la Jerusalén celestial y gozar para siempre contigo.
Dígnate concedérnoslo tú, que eres el Dios bendito, glorioso, digno de alabanza y de amor, dulce e inmortal por los siglos eternos.
Y toda criatura responda: “¡Amén! ¡Aleluya!.
IV El alma que sufre y engendra obras buenas
11. “La mujer, que da a luz, sufre tristeza”. Dice Isaías: “El Señor te llamó como a una mujer abandonada y con el ánimo afligido” (54, 6). El Señor, con la inspiración de su gracia y con la predicación de la iglesia, llama a la mujer, o sea, al alma pecadora, floja y afeminada, a la penitencia: abandonada por el diablo y acogida por Dios. Por esto ella dice: “Mi padre”, o sea, el diablo, y “mi madre”, o sea, la concupiscencia carnal, “me abandonaron; pero el Señor me acogió” (Salm 26,10). Los que son abandonados por el diablo, son acogidos por Cristo.
Se cuenta que el cuervo no alimenta a sus polluelos, si antes no ve crecer en ellos las plumas negras. Mientras tanto, los pequeños cuervos viven así: en la baba que fluye de la boca de los pequeños cuervos, se juntan las moscas; y entonces los pequeños cuervos chupan la baba con las moscas; y de esta manera tan singular se alimentan. Dice Job: “¿Quién prepara a¡ cuervo su alimento, cuando sus polluelos claman a Dios y andan errantes por falta de comida?” (38, 41). Y el Salmo: “El da su alimento al jumento y a los polluelos de los cuervos que gritan a El” (146, 9). Pero, si el cuervo ve que sus polluelos crecen con las plumas blancas, los abandona y los arroja del nido.
El cuervo es el diablo. Los polluelos del cuervo son los pecadores que viven en pecado mortal, imitando la negrura del padre. De ellos habla el profeta Nahúm: “Su rostro es como la negrura de la olla” (2, 10). La olla toma el color negro del fuego y del humo. La cara simboliza las obras, por las que, como por la cara, el hombre es conocido. “Por sus frutos los conocerán” (Mt 7, 16).
Las obras de los pecadores son como la negrura de la olla, porque están ennegrecidas por el fuego de la sugestión diabólica y el humo de la concupiscencia carnal. Dice Jeremías en las Lamentaciones: “Su semblante es más oscuro que el carbón” (4, 8). Los pecadores son, pues, hijos del diablo; pero, cuando, por medio de la gracia, a través de la remisión de los pecados, recuperan el candor, entonces el diablo los abandona y el bondadosísimo Señor los acoge en los brazos de su misericordia.
Con razón se dice: “Una mujer abandonada y con el corazón abatido”. La misma se lamenta por boca de Jeremías: “Me dejó abandonada y todo el día amalgamada de dolor” (Lm 1, 13). “Desolada”, o sea, privada del consuelo de las cosas temporales; “amalgamada de dolor”. Se forma una óptima amalgama, cuando con estas tres especias -la contrición, la confesión y la satisfacción-, unidas al bálsamo de la divina misericordia, por obra del perfumista, o sea, del Espíritu Santo, se prepara el reconstituyente para el alma penitente. De ella dice el Señor en el evangelio de hoy: “La mujer, cuando da a luz, sufre tristeza”.
Ya que el Señor nos presentó el ejemplo de la mujer que da a luz y de su dolor, para enseñarnos a arrepentirnos del pecado y a producir obras buenas, por esto queremos explicar cómo el hombre es concebido en el seno materno, cómo se forma, cómo es llevado por nueve meses y cómo es dado a luz en el sufrimiento. Expondremos ante todo el proceso natural y después las aplicaciones morales que se pueden sacar.
12. La mujer concibe en el deleite, y da a luz en el dolor. Después de la fecundación se vuelve más pesada y sobre sus ojos se forma como una sombra. En algunas mujeres esto aparece muy pronto, unos diez días después; y en otras más tarde. En las mujeres grávidas se manifiesta una disminución del apetito, cuando al embrión le comienzan a nacer los cabellos en la cabeza.
Entre todos los órganos, el primero que se forma es el corazón, y los órganos internos se forman antes que los externos. Y se distingue, ante todo, la parte superior, del diafragma para arriba, y es la más grande en proporción; en cambio, la parte inferior es más pequeña. Necesariamente, el órgano que es el corazón, debe formarse antes que los demás, porque es el principio del movimiento y es el órgano que tiene una vasta influencia, porque de él procede (depende) la vida. El corazón está situado en la parte superior y por delante. Lo que es más noble, está puesto en el lugar más noble, según la naturaleza.
Sólo el corazón, entre todos los órganos internos, no debe sufrir dolores ni grandes enfermedades. Y esto es muy justo, porque cuando se arruina el principio, el fundamento, llega a faltar el sustentáculo para los demás órganos. Los demás órganos reciben su fuerza del corazón; pero el corazón no la recibe de ellos. Y en el corazón no hay hueso, a excepción del corazón del caballo y de alguna raza de vacas. En el corazón de estos animales hay un hueso en razón de la grandeza de su cuerpo. El hueso está puesto por la naturaleza en el corazón para sostenerlo, como en los demás miembros. (Aristóteles).
Después de la formación del corazón, se forma la parte superior del cuerpo. Por esto en la formación del embrión, aparecen primeramente la cabeza y los ojos. En cambio, los miembros que están por debajo del ombligo, como las piernas y los muslos, se muestran muy pequeños, ya que la parte inferior del cuerpo está ordenada para la parte superior. En el corazón, pues, deben hallarse el principio de los sentidos y todas las potencias del alma; y es por esto que el corazón se forma primero. Y a motivo del calor del corazón y de ser centro de irradiación de las venas, la naturaleza dispuso, en contraposición al corazón, un órgano frío, o sea, el cerebro. Por esto, en el proceso del desarrollo se forma la cabeza después de la formación del corazón. La grandeza de la cabeza es superior a la grandeza de los otros miembros, porque el cerebro es grande y blando, desde su formación. Por eso los recién nacidos no pueden sostener la cabeza por largo tiempo, por el peso del cerebro. Y todos los miembros reciben primeramente la configuración y las características; y después, poco a poco, reciben la consistencia, la morbidez y el colorido apropiados. El pintor, ante todo, traza el dibujo y después pone los colores sobre los dibujos, hasta completar su obra.
Si en el pequeño cuerpo se forman los atributos masculinos, las mujeres grávidas van a tener un colorido más hermoso y el parto resultará más fácil; y desde los cuarenta días ya comienza el movimiento. En cambio, el sexo femenino comienza a moverse sólo al nonagésimo día, y, después de haber concebido una hembra, el rostro de la grávida se torna más pálido y sus piernas se aflojan en la lentitud. Cuando nacen los cabellos en ambos sexos, aumentan también las incomodidades de la madre y en los plenilunios crece también el malestar. Por otra parte, el plenilunio es siempre perjudicial a los nacidos. Si la futura madre come alimentos un tanto salados, el niño nace sin uñas. Y observa que todos los animales cuadrúpedos están extendidos en el útero, mientras los animales sin pies, como los peces, por ejemplo, la ballena y el delfín que llevan a las crías en el vientre, están estirados en un costado. En cambio, otros peces depositan sus huevos en el agua; y por esto aman poco a los hijos, porque fatigan poco por ellos. Por eso se lamenta Habacuc: “Tú hiciste a los hombres como a los peces del mar y como a los reptiles que no tienen quien los gobierne” (1, 14).
Y todos los animales que tienen dos pies yacen encorvados en el útero, como las aves y el hombre, que están encorvados en el útero: su nariz está entre las rodillas y sus ojos por encima de las rodillas. Por esto, las mejillas (en latín, genae) deben su nombre a la rodilla (en latín, genu); y, cuando en la oración doblamos las rodillas, los ojos se excitan hasta las lágrimas por cierta sintonía afectiva. Y sus orejas sobresalen. Y todos los animales, en sus comienzos, tienen la cabeza dirigida hacia lo alto; y cuando están formados y se mueven para salir, dirigen la cabeza hacia abajo. Como la parte superior del cuerpo es más grande y pesada que la parte inferior, sucede como en la balanza, en la que el plato más pesado se doblega hacia la tierra. Y en los hombres las manos del embrión están estiradas sobre las costillas; pero cuando el niño nace, en seguida sus manos van a la boca.
Cuando la mujer está muy cerca de liberar el útero y llega el momento del parto, conviene que retenga al máximo el aliento, porque el bostezo podría detener el puerperio y el retraso podría ser letal. Esto sucede, sobre todo, en las mujeres que tienen el tórax estrecho, y por esto no pueden retener bien el aliento.
Observa también que en muchísimas mujeres su estado de salud empeora durante el embarazo; y esto sucede porque están demasiado tiempo inactivas, y por ende se les acumulan muchos humores superfluos. En cambio, en las mujeres que trabajan, el embarazo no produce tales inconvenientes; y probablemente dan a luz sin retraso, porque el esfuerzo consume los humores superfluos. El esfuerzo es una de las cosas que hacen transpirar mucho; y así la mujer en el parto puede retener su aliento. Por ende, cuando hace así, su parto será rápido y fácil; cuando no lo hace, su parto será doloroso, complicado y triste. “La mujer, pues, cuando da a luz, está en la tristeza”.
13. En sentido moral. La mujer es el alma. La gracia del Espíritu Santo es como el esposo que la hace fecunda del hijo de la bendición, o sea, del propósito de la buena voluntad y del espíritu de salvación. Dice Isaías: “Delante de tu rostro, Señor, hemos concebido y hemos dado a luz el espíritu de la salvación” (26, 17-18). Después de esa fecundación, el alma se torna pesada, porque se aflige por los pecados; la vista se le debilita por la neblina, porque se le amortigua el esplendor de las cosas temporales. Dice Job: “Se oscurecerán las estrellas a causa de su nebulosidad” (3, 9). Las estrellas de la gloria mundana se opacarán por la neblina de la penitencia. En la fecundación se embota y se marchita el apetito, porque el alma, después que la gracia de Dios la fecunda, se torna remisa para el mal y siente náusea de los vicios pasados. Dice la esposa en el Cantar: “Anuncien a mi dilecto, que desfallezco de amor” (5, 8). El hombre lánguido es débil y siente fastidio por la comida. Concluye la Glosa: “También el alma, cuando languidece de amor por su esposo, se vuelve incapaz de hacer el mal y siente repugnancia por los vicios practicados con antelación”.
El corazón, entre todos los órganos, es el primero en ser formado. En el corazón está indicada la humildad, porque esta virtud halla en él su morada preferida. “Aprendan de mí, dice el Señor, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29). La humildad debe nacer antes que las demás virtudes, porque ella es “la forma que reforma las cosas deformadas”. De ella deriva el principio motor de todas las buenas obras, y ella tiene una gran influencia sobre todas las demás, porque es “madre y raíz de todas las virtudes” (Gregorio).
Dice Salomón: “Mejor un perro vivo que un león muerto” (Ecle 9, 4). Y comenta la Glosa: “El humilde publicano es mejor que el soberbio fariseo. Cuanto más se humilló el primero, tanto más fue encomiado”. Y el bienaventurado Bernardo:
“Cuanto más a fondo excaves los cimientos de la humildad, tanto más en alto se elevará el edificio” (de la santidad). La humildad es más noble que las otras virtudes, porque con su nobleza sostiene las cosas menos nobles y menos apreciadas. Debe ser ubicada preferentemente en el lugar más alto, o sea, en los ojos, y en la parte más avanzada, o sea, en los ademanes del cuerpo. Dice el evangelio del humilde publicano: “No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho, diciendo: “¡Oh Dios, ten piedad de mí, pecador! “ (Lc 18, 13).
Como el corazón no puede sufrir dolencias o enfermedades, así la verdadera humildad no puede permitir que uno se queje de la injuria recibida ni que se disguste por la prosperidad ajena. Y esto es muy justo, porque si la humildad se malogra, todas las demás virtudes se desploman. Dice Gregorio: “El que acumula virtudes sin la humildad, es como aquel que echa el polvo contra el viento”.
A excepción del corazón del caballo y de la vaca, en ningún corazón hay hueso, En el caballo está indicado el hipócrita arrogante y en la vaca el lujurioso. En la falsa humildad del hipócrita se asoma el hueso de la soberbia y de la rapiña, porque se ufana con las plumas del avestruz y arrebata las alabanzas de la santidad ajena. En la inconstante humildad del lujurioso se exterioriza el hueso de la disculpa y de la obstinación. A través de estos dos animales, o sea, el caballo y la vaca, están señalados todos los géneros de vicios,
14. Después de la formación del corazón, se forma la parte superior del cuerpo. Cuando en la mente del hombre nace la humildad, entonces se establece la distinción entre la parte superior y la inferior; y como la parte superior tiene mayor dignidad que la inferior, por eso se forma antes y, ante todo, aparecen en ella la cabeza y los ojos. La parte superior es la vida contemplativa, en la que, ante todo, aparece, y debe aparecer, la cabeza de la caridad, de la que se dice en el Cantar: “Su cabeza es oro purísimo” (5, 11). El oro es puro y esplendente; y la caridad debe ser pura con respecto a Dios y esplendente con respecto al prójimo. Y entonces aparecen los ojos, o sea, el conocimiento de la felicidad eterna. La vida activa, como parte inferior, debe servir a la contemplación, porque la parte inferior está en función de la parte superior. Dice el Apóstol: “No fue el hombre formado de la mujer, sino la mujer del hombre” (1Cor 11, 9). La vida activa fue instituida para servir a la vida contemplativa, no la vida contemplativa para servir a la activa.
Y como el cerebro, que es miembro frío, fue puesto en contraposición al corazón, para templar su calor, así la vida contemplativa, que consiste en la compunción de la mente, está puesta en contraposición con la vida activa, para que con su oración y la compunción de las lágrimas temple la fiebre del activismo y el ardor de las tentaciones; y todo esto debe llevarse a cabo con la humildad del corazón.
Y como la grandeza de la cabeza es superior a la de los demás miembros, as! la gracia de la contemplación es más sublime, porque está más cerca de Dios, a quien contempla.
¡Ay de mí! ¡Cuántos niños, o sea, cuánta gente de mente voluble, intentaron sostener la grandeza de esta cabeza; sin embargo, por largo tiempo no pudieron resistir, por su grandeza! Sólo Abraham, el justo, con el hijito, o sea, con la pureza de la mente, subió al monte (Gen 22, 5) de la vida contemplativa. En cambio, los siervos permanecieron en el valle de los placeres mundanos, esperando junto con el asno, o sea, con la lentitud del asno.
Y como todos los miembros reciben, ante todo, su configuración, sus señales, su colorido, su consistencia y su morbidez, así todas las virtudes deben tener su configuración, para que, avanzando por la vía regia, no tuerzan ni a la derecha ni a la izquierda, y para que,” bajo pretexto de justicia la crueldad no reivindique su lugar, ni la ociosa indolencia se disfrace con el manto de la mansedumbre” (Isidoro). Y deben tener las señales de la pasión del Señor, para que todo lo que hagamos de virtud esté marcado con el sello de su cruz; y también el colorido, no sombrío sino genuino, para que los vicios, teñidos con el color de las virtudes, no engañen al alma.
Dice san Isidoro: “Algunos vicios toman la apariencia de las virtudes, y así engañan más funestamente a sus seguidores, porque se esconden bajo el velo de la virtud”. Y el Filósofo: “Ninguna acechanza es más secreta que la que se esconde bajo la apariencia del deber”. El caballo de Troya engañó, porque simulaba la imagen de Minerva. Además, las virtudes deben tener su consistencia y su morbidez: vino y aceite, la vara y el maná, los azotes y los pechos, la espada y el ungüento.
15. “Cuando el pequeño cuerpo toma las características masculinas…” En el varón está indicada la obra virtuosa, en la hembra la obra afeminada. Cuando el alma concibe una obra virtuosa, manifiesta buen talante, porque todo lo dispone con rectitud y orden, y manifiesta buen colorido, porque agrada a Dios y edifica al prójimo. A este varón lo quiere ahogar el faraón, o sea, el diablo, en el río de Egipto, o sea, en el amor de este mundo.
Y de este varón se habla en el primer libro de los Reyes: “Señor de los ejércitos, dijo Ana, si dieras a tu sierva un hijo varón, lo consagraré al Señor todos los días de su vida” (1, 11). Pide un hijo varón, no una hembra. Sabia ella que el faraón había ordenado que las hembras le fueran reservadas (Ex 1,22).
Por eso, en el sexo femenino está simbolizada la obra de la mente afeminada; y cuando la mísera alma la concibe, su rostro se cubre de palidez, o sea, es afeado por el amor de las cosas terrenales y es estorbado por una floja lentitud, porque el alma negligente, tibia y privada de fuerzas, flaquea en las obras buenas. Esta es la hija del rey de Egipto, que echó a perder la sabiduría de Salomón y “pervirtió su corazón, para que siguiera a dioses foráneos” (3Rey 11, 3-4).
¡Ay de mí! ¡Cuántos sabios, tibios por la languidez de la mente, se abandonan hoy a los pecados mortales! Cuantos son los pecados mortales, otros tantos son los dioses a los que adoras. Dice el bienaventurado Bernardo: “Aunque seas sabio, te falta la sabiduría si no lo eres para tu bien”. Cuando los cabellos, o sea, los pensamientos inútiles, nacen en la mente, procuran al alma grandes inconvenientes, porque, como dice Salomón: “los pensamientos malos alejan de Dios” (Sb 1, 3). Y cuando la mujer grávida come alimentos un tanto salados, la criatura nace sin unas. La sal hace estéril el terreno. La mujer de Lot fue convertida en una estatua de sal (Gen 19, 26). El Señor ordena que la sal insípida sea echada fuera (Mt 5, 13). En este pasaje, la sal indica la vanagloria, que hace estéril toda obra. El alma, que ha de dar a luz al heredero de la vida eterna, si come la sal de la vanagloria, su obra carecerá de uñas, o sea, será privada de la perseverancia final y de la gloria celestial. Además, las aves y el hombre yacen encorvados en la matriz; y sus narices están entre las rodillas, y los ojos sobre las rodillas, y las orejas por fuera. En la nariz está indicada la discreción; en las rodillas, la compunción de las lágrimas y la aflicción de la penitencia; en los ojos, la iluminación de la mentey en las orejas, el mandato de la obediencia. El ave y el hombre simbolizan el propósito de la buena voluntad, porque vuela en la contemplación y fatiga en la acción. Dice Job: “El hombre nace para la fatiga, y el ave para el vuelo” (5, 7). Su nariz tiene que estar entre las rodillas, para poder proceder con discreción y teniendo el justo medio, tanto en la compunción de la mente como en la aflicción del cuerpo. Los ojos deben estar sobre las rodillas, para que realicen todas las cosas en la gozosa iluminación de la conciencia, “porque Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9,7). Y las orejas deben estar por fuera, para obedecer por libre opción, porque, dice Gregorio, “la obediencia atrae a sí todas las virtudes y, después de haberlas atraído, las custodia”.
Este hijo del alma (la obra buena) debe extender sus manos sobre las costillas, Las costillas son llamadas así, porque “custodian” los órganos internos, y simbolizan el humilde aprecio de sí y el desprecio del mundo. Estas son dos excelentes condiciones para custodiar todas las virtudes, y sobre ellas el hijo del alma debe tener abiertas y fuertemente adheridas las manos, para decir con Abraham: “Hablaré a mi Señor, aunque sea polvo y ceniza” (Gen 18, 27). Y con David: “¿A quién persigues, oh rey de Israel? ¿A quién persigues? Tú persigues a un perro muerto y a una pulga” (1Rey 24, 15); y con el Apóstol: “Para mí el mundo está crucificado, como yo lo estoy para el mundo” (Gal 6, 14.
Apenas nacido, este hijo en seguida lleva las manos a la boca. Esto indica que cada uno, recordando su nacimiento, debe poner las manos sobre su boca, para no pecar con su lengua. Dice Salomón: “El que guarda sus labios, guarda su alma” (Prov 21, 23).
“Cuando la mujer está por liberar el útero Dice Jesús: “Cuando la mujer da a luz, sufre tristeza, porque le llegó su hora”. La hora del parto de la mujer simboliza la confesión del alma penitente. En aquel momento el alma debe entristecerse y prorrumpir en gemidos amargos, diciendo con el Profeta: “Estoy agotado de tanto gemir” (Salm 6, 7).
Observa que en la mujer que da a luz se deben considerar cuatro momentos: el dolor y el trabajo, el gozo del parto y los deberes de la obstetra. Las mismas cosas se deben considerar en el penitente, del que la mujer que da a luz es figura.
16. Del dolor y del trabajo habla el profeta Miqueas: “¿No tienes a algún rey, o pereció tu consejero, porque te tomó el dolor como a una parturienta? Sufre y esfuérzate, hija de Sión, como una parturienta. Ahora saldrás de la ciudad, morarás en el campo y llegarás hasta Babilonia. Allí serás liberada, allí te rescatará el Señor de la mano de tus enemigos” (4, 9-10).
Jesucristo es el rey, que guía el alma, para que no vaya errando, y es el consejero, porque la exhorta a esperar en la misericordia; y le dice: “Sufre, hija de Sión, o sea, alma, con el dolor de la contrición; esfuérzate, o sea, obra con valor en la obra de la satisfacción, para que la pena sea proporcionada a la culpa. Ahora saldrás de la ciudad, o sea, de la congregación de los santos, como se hace con los penitentes al comienzo del ayuno cuaresmal, porque el leproso habitaba fuera del campamento. Habitarás, oh alma, en el campo de la desemejanza, en el que el hijo pródigo derrochó la sustancia del padre, viviendo disolutamente-, habitarás allí, para reconocer tu desemejanza y recuperar la semejanza con Dios, según la cual fuiste formada. Y llegarás hasta Babilonia, o sea, a la confusión del pecado, para que, avergonzada de tu pecado, lo reconozcas, y, reconociéndolo, lo llores, y, llorándolo, recuperes la gracia”. Allí serás liberada, porque, como dice Agustín, “si tú reconoces tu pecado, Dios lo desconoce”, o sea, lo perdona. Allí Dios te rescatará de la mano de tus enemigos, porque la humillación por el propio pecado provoca la expulsión de los demonios, Del gozo del parto espiritual dice el Señor: “Gran gozo hay en el cielo por un pecador que hace penitencia”; y “Alégrense conmigo, porque hallé la dracma perdida”; y el arcángel Gabriel dice de Juan el Bautista: “Muchos se gozarán en su nacimiento”. (Lc 15, 7 y 9; y 1, 14).
Se lee en el Génesis que “Abraham celebró un gran banquete en el día del destete de Isaac” (21, 8). Cuando el pecador es “destetado”, o sea, separado de la leche de la conducta mundana y de la concupiscencia carnal, entonces Abraham, o sea, Dios Padre, prepara en el cielo un gran banquete. Dice Lucas: “Es necesario banquetear y alegrarse, porque este mi hijo estaba muerto y resucitó, estaba perdido y fue hallado” (15, 32).
Del oficio de las obstetras, o sea, de la diligencia de los sacerdotes, habla Job: “Con su mano de obstetra, fue extraída la serpiente tortuosa” (26, 13). Se dice obstetra del latín obstare, estar delante, servir. Las obstetras son figuras de los sacerdotes, que deben asistir y servir a los pecadores que se confiesan. Por esto se dice: “Con su mano de obstetra”.
El sacerdote es la mano del Señor, con la cual debe extraer la serpiente del pecador, o sea, al hombre viejo, para que después pueda dar a luz al hombre nuevo.
Se cuenta que en algunas regiones, en el momento del parto, las mujeres expulsan a un sapo antes de dar a luz al niño, así debe hacer el penitente: a través de la confesión expulsa al hombre viejo, y después da a luz en si mismo al hombre nuevo. Y si quiere darlo a luz con mayor seguridad, facilidad y tranquilidad, se cuide de bostezar.
Bosteza aquel que confiesa la historia de sus pecados de una manera desganada y casi durmiendo, Bosteza aquel que, trabado por la vergüenza, no manifiesta su pecado, como se había propuesto confesar. Dice Isaías: “Los hijos llegaron hasta el punto de nacer; pero la madre no tuvo fuerzas de darlos a luz” (37, 3). Y esto sucede cuando el pecado ya está en la boca, pero por la vergüenza la boca no se abre para la confesión; y así la pobre alma muere. Si sufriera y si fatigara, sin duda el alma gozaría por el parto.
Pero a causa de la inacción y del desgano, por los que se acumula en el alma un exceso de malos pensamientos, su disposición empeora y el parto corre graves riesgos.
Dice Jerónimo: “Hay que estar siempre ocupado, porque si la mano se detiene, el campo de nuestro corazón será invadido por las zarzas de los malos pensamientos”. E Isidoro: “La libido quema más intensamente, si encuentra a uno en el ocio”. En cambio, en el alma de veras arrepentida están el dolor y el trabajo; y por esto el parto de la confesión es rápido y fácil. En efecto, el trabajo consume los humores superfluos, y es una de las cosas que hacen transpirar abundantemente. Dice el Génesis: “Con el sudor de tu frente comerás tu pan” (3, 19).
El rostro es llamado así, porque manifiesta la voluntad del alma (en latín, rostro, vultus, tiene asonancia con voluntad). En el rostro del auténtico penitente se manifiesta el dolor de la contrición y fluyen las lágrimas de la amargura, como si fueran sudores del cuerpo. Y allí están el pan y el alimento del mismo penitente.
Con toda razón se dice: “La mujer, cuando da a luz, sufre tristeza; pero, después de haber dado a luz al hijo, ya no recuerda los aprietos por el gozo”, o sea, a motivo de la gloria eterna. Dice Isaías: “Las precedentes angustias fueron olvidadas, y ya no volverán a oprimir el corazón; sino que ustedes gozarán y exultarán para siempre” (65, 16-18). De la tristeza de este mundo se digne guiarnos a ese gozo sempiterno aquel Señor, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.
¡Amén! ¡Así sea!