Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo de Septuagésima

    Exordio : Sermón para la formación del corazón del pecador

    1. “En el principio Dios creó el cielo y la tierra” (Gen 1, 1).

    A Ezequiel, o sea, al predicador, habla el Espíritu Santo: “Y tú, hijo del hombre, toma un ladrillo y dibuja en él la ciudad de Jerusalén” (Ez 4, 1). El ladrillo, por las cuatro propiedades que posee, representa el corazón del pecador: hay que formarlo entre dos tablas, llevarlo a la justa anchura, endurecerlo con el fuego y se vuelve rojo. También el corazón del pecador debe ser formado entre las dos tablas de los dos Testamentos. Dice el profeta: “Entre los dos montes -o sea, entre los dos Testamentos- fluirán las aguas” (Salm 103, 10), o sea, las enseñanzas doctrinales.

    Con razón se dice: “Debe ser formado”, porque el pecador, deformado por el pecado, recibe su forma de la predicación de los dos Testamentos. También “es llevado a la justa anchura”: la anchura de la caridad dilata el corazón estrecho del pecador. Dice el Salmo (118, 96): “los mandamientos se dilatan sin fin”, y la caridad es más vasta que el océano. Y también: se endurece con el fuego. Con el fuego de la tribulación, el espíritu inconstante y voluble se solidifica, para que no se disperse en el amor de las cosas temporales. Dice Salomón: “Lo que es el horno para el oro, lo que es la lima para el hierro, lo que es el bieldo para el grano, esto es la tribulación para el justo “ (Sab 3, 6). En fin: el ladrillo se vuelve rojo. En esto está señalada la audacia del santo celo, del que se dice: “El celo de tu casa -o sea, de la iglesia o también del alma fiel me devora” (Salm 68, 10). También Elías proclama: “Yo ardo de gran celo” (3Rey 19, 10) por la casa de Israel, Por lo tanto, en el símbolo del ladrillo se destacan estas cuatro cosas: el conocimiento de los dos Testamentos para instruir al prójimo, la riqueza de la caridad para amarlo, la paciencia en la tribulación para soportar el desprecio por Cristo y la audacia del celo para luchar contra todo mal. “Toma, pues, un ladrillo, y dibuja en él la ciudad de Jerusalén”.

    2. Recuerda que en la Jerusalén espiritual hay tres partes: la primera es la iglesia militante, la segunda es el alma fiel y la tercera es la patria celestial. Por esto, en el nombre del Señor yo tomaré el ladrillo, o sea, el corazón de cada oyente, y dibujaré en él esta triple ciudad, o sea, los artículos de fe de la iglesia, las virtudes del alma fiel y los premios de la patria celestial, citando y explicando los pasajes escriturales de los dos Testamentos, incluyéndolo todo bajo el simbólico número de siete.

    1 Los Siete días de la creación y los siete artículos de la fe

    3. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra” (Gen 1, 1). Presta atención al continente y al contenido. Dios Padre, en el principio, o sea, en el Hijo, creó y recreó: creó durante seis días y en el séptimo descansó; recreó con seis artículos, prometiendo descanso eterno para el séptimo. El primer día dijo Dios: “Hágase la luz” y “la luz se hizo” (Gen 1, 3… El primer artículo de la fe es la Navidad.

    El segundo día dijo Dios: “Haya un firmamento en medio de las aguas y que separe unas aguas de otras”. El segundo artículo de fe es el bautismo. El tercer día dijo Dios: “Produzca la tierra hierba verde y la que dé semilla, y plantas frutales que den fruto según su especie”. El tercer artículo de la fe es la Pasión.

    El cuarto día dijo Dios: “Haya dos lumbreras en el firmamento”. El cuarto artículo de la fe es la Resurrección.

    El quinto día Dios creó a “las aves del aire”. El quinto artículo de la fe es la Ascensión.

    El sexto día dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Y sopló en su rostro el aliento de vida, y lo hizo un ser viviente”. El sexto artículo de la fe es el envío del Espíritu Santo. El séptimo día, Dios “descansó de todo trabajo que había realizado”. El séptimo artículo de la fe es la llegada al juicio; entonces reposaremos de todo nuestro trabajo y de toda fatiga.

    Invoquemos, pues, al Espíritu Santo, que es amor y vínculo de unión del Padre y del Hijo, para que nos conceda la gracia de unir y concordar entre ellos cada uno de estos siete puntos, tanto de los días como de los artículos de la fe, de modo que todo resulte para su honor y edificación de la iglesia.

    4. El primer día dijo Dios: “Hágase la luz”. Esta luz es la sabiduría del Padre, que “ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9), y que “habita en una luz inaccesible” (1Tim 6, 16). De esta luz dice el Apóstol en la carta a los Hebreos (1, 3): “El es el esplendor y la figura de su sustancia”; y el Profeta: “En tu luz veremos la luz” (Salm 35, 9); y en el libro de la Sabiduría (7, 26): “El es el esplendor de la luz eterna De esa luz, pues, dijo el Padre: “Hágase la luz, y la luz se hizo”. Y Juan más explícitamente escribe: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Y Ezequiel, con el mismo sentido pero con distintas palabras: “Se hizo sentir sobre mí la mano del Señor” (3, 22), en el cual y por el cual el Padre hizo todas las cosas. La luz, pues, que era inaccesible e invisible, se hizo visible en la carne, para “iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1, 79).

    De esta “iluminación” hallas en Juan que “Jesús escupió en tierra, hizo lodo y untó los ojos del ciego de nacimiento” (9, 6). La saliva, que desciende de la cabeza del Padre, representa la sabiduría. “La cabeza de Cristo es Dios” (1Cor 11, 3), dice el Apóstol. La saliva se une al polvo, o sea, la divinidad se une a la humanidad, para iluminar los ojos del ciego de nacimiento, es decir, del género humano que fue cegado en nuestros primeros padres.

    Está claro, pues, que en el día en que Dios dijo: “Hágase la luz”, en el mismo día, o sea, en domingo, la Sabiduría de Dios Padre, nacida de la Virgen María, desterró las tinieblas, que “cubrían los abismos” (Gen 1, 2), o sea, el corazón humano. Por eso, en aquel mismo día, en la misa de la Luz (Misa de la Aurora en Navidad), se canta: “Hoy resplandece sobre nosotros la luz y en el evangelio: “Una luz del cielo envolvió a los pastores”.

    5. El segundo día dijo Dios: “Haya un firmamento en medio de las aguas y que separe las unas de las otras”. El firmamento en medio de las aguas es el bautismo, que separa las aguas superiores de las inferiores, o sea, que separa a los fieles de los infieles. Los infieles con razón son llamados “aguas inferiores”, porque buscan las cosas inferiores y cada día se envilecen con sus caídas. En cambio, “las aguas superiores” representan a los fieles, que, como dice el Apóstol, deben “buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios” (Col 3,1).

    Y observa que estas aguas son llamadas “cristalinas”. El cristal, tocado o herido por los rayos del sol, desprende chispas ardientes; así el hombre fiel, iluminado por los rayos de sol, debe desprender las chispas de la sana predicación y de la buena conducta, que inflamarán al prójimo. Pero, lamentablemente, una vez quebrado el firmamento, las aguas superiores se dispersan en un mar muerto, entrando a formar parte de los muertos. Dice Ezequiel: “Estas aguas, que salen del túmulo de la arena oriental y descienden al llano del desierto, entrarán en el mar” (47,8). El túmulo indica la contemplación, en la que, como en un túmulo, el muerto es sepultado y escondido. El hombre contemplativo, muerto al mundo, apartado de la agitación de los hombres, yace como sepultado. Y Job: “En la abundancia de años entrarás en el sepulcro, como a su tiempo se recogen los montones de trigo” (5,26). El justo, en la abundancia de la gracia que le es concedida, entra en el sepulcro de la vida contemplativa, como a su tiempo el montón de trigo es llevado al granero. Despojado de la paja de las cosas temporales, su mente se recluye en el granero de la plenitud celestial y, así encerrada, se sacia de su dulzura.

    6. Observa que este túmulo es llamado “de arena oriental”. En la arena se indica la penitencia. Por esto hallas en el Éxodo que Moisés “escondió en la arena al egipcio, a quien había golpeado a muerte” (2, 12). El justo debe matar al pecado mortal con la confesión y sepultarlo con la satisfacción de las obras penitenciales, que debe siempre dirigir hacia aquel oriente, del cual habla Zacarías: “He ahí al hombre, cuyo nombre es Oriente” (6, 12).

    “Estas aguas salen del túmulo de la arena oriental”. ¡Ay de mí! ¡Cuántas aguas, cuántos religiosos abandonan el “túmulo de la vida contemplativa”, de la arena de la penitencia, del oriente de la gracia! Se van, digo, con Dina y Esaú de la casa paterna (Gen 34, 1); con el diablo y con Caín se alejan del rostro de Dios (Gen 4, 16); con judas traidor - que era ladrón y tenía su peculio (Jn 12, 6) - abandonan la escuela de Cristo (Jn 13, 29-30), y bajan al llano del desierto, a la planicie del desierto de Jericó, en el que el rey Sedecías es cegado por Nabucodosor, o sea, por el diablo, como dice el profeta Jeremías (39, 4-7). Esto significa que en la abundancia de las cosas temporales, el pecador es privado de la luz de la razón y de los propios hijos, o sea, de sus obras, destruidas por el mismo diablo.

    En esta llanura Caín, cuyo nombre significa “posesión”, mató a Abel, cuyo nombre significa “luto”. La posesión de una efímera abundancia mata el luto de la penitencia. Descienden, pues, las aguas en la llanura desierta. Se lee en el Génesis: “Caminando de oriente a occidente, hallaron una planicie en la tierra de Senaar” (11, 2). Del oriente de la gracia, los hijos de Adán caminan hacia el occidente de la culpa y, hallado un campo de gozo mundano, se instalan en la tierra de Senaar, nombre que se interpreta “hedor”. En la hediondez de la gula y de la lujuria construyen la casa de sus vivencias, tomando el nombre de Dios en vano, no como cristianos, sino como paganos, mientras el Señor manda en el Éxodo: “No tomes el nombre de Dios en vano” (20, 7). Toma en vano el nombre de Dios el que no asume la realidad del nombre, sino el nombre sin la realidad. Y de esta manera entran en el mar, es decir, en la amargura de los pecados, para llegar después a la amargura de los tormentos. Pero Dios hizo el firmamento del bautismo en medio de las aguas, para dividir las unas de las otras. Pero estos pecadores, como dice Isaías, “transgredieron las leyes, cambiaron el derecho, violaron el pacto eterno. Por esto, la maldición devorará a la tierra; sus habitantes pecarán y por esto sus cultivadores enloquecerán” (24, 5-6). Transgreden las leyes de la letra y de la gracia, porque no quieren guardar ni la ley de la letra como esclavos, ni la de la gracia como hijos. Cambian el derecho natural, que dice: “No hagas a los demás lo que no quieres que se te haga a ti” (Tob 4, 16). Quebrantan la eterna alianza, que juraron en el bautismo. Y por esto la maldición de la soberbia devorará la tierra, es decir, a los mundanos, y sus habitantes caerán en el pecado de la avaricia. A ellos se les dice en el Apocalipsis: “¡Ay de los que habitan la tierra!” (8, 13); y los que la cultivan enloquecerán en el pecado de la lujuria, la cual es locura y demencia.

    7. El tercer día dijo Dios: “Produzca la tierra hierba verde”. La tierra, que deriva del latín tero pisar, triturar, es el cuerpo de Cristo, que, como dice el profeta Isaías (53, 5), “fue triturado a causa de nuestros pecados”. Y esta “tierra” (el cuerpo de Cristo) fue excavada y arada con los clavos y con la lanza; y de ella se dice: “La tierra excavada dará fruto a su tiempo. La carne de Cristo, traspasada, dará el reino de los cielos. Esta tierra germinó hierba verde en los apóstoles, produjo la semilla de la predicación en los mártires y el árbol fecundo que dio fruto en los confesores y en las vírgenes. La fe en la iglesia primitiva era como hierba tierna. Por esto, los apóstoles podían decir con el Cantar de los Cantares (8, 8): “Nuestra hermana”, es decir, la iglesia, es “pequeña” por el número de fieles, “y no tiene pechos”, para amamantar a sus hijos. Todavía no había sido fecundada por el Espíritu Santo; y entonces decían. “¿Qué haremos a nuestra hermana el día de Pentecostés, en el cual se le deberá hablar” con la palabra del Espíritu Santo? Por esto, dice el Señor en el evangelio: “El Espíritu Santo se lo enseñará todo y se lo sugerirá -se lo administrará- todo” (Jn 14, 26).

    8. El cuarto día dijo Dios: “Haya dos lumbreras en el firmamento”. En el firmamento, o sea, en Cristo ya glorificado con la resurrección, hubo dos lumbreras: el esplendor de la resurrección simbolizada por el sol, y la incorruptibilidad de la carne simbolizada en la luna; pero hay que tener presente la condición del sol y de la luna antes (te la caída de nuestros primeros padres, porque, por causa de su desobediencia, todas las criaturas soportan un daño. Lo dice el Apóstol: “Toda la creación gime y sufre hasta hoy en día los dolores de parto” (Rom 8, 22).

    9. El quinto día Dios creó las aves del cielo; y con esto concuerda muy bien el quinto artículo de la fe: la Ascensión, por la cual el Hijo de Dios, como un ave, voló a la derecha del Padre con la carne humana que había asumido. Por esto dice con las palabras del profeta Isaías: “Yo llamo del oriente un ave y de una tierra lejana al hombre de mi voluntad” (46, 11). “Llamo del oriente”, es decir, del monte de los olivos que se halla al oriente, a aquel del cual se dice: “Subió a la parte más alta del cielo” (Salm 67, 34), es decir, a la misma dignidad del Padre. “Llamo del oriente un ave”, es decir, a mi Hijo, y de una tierra lejana, es decir, del mundo, “al hombre de mi voluntad”, a aquel que dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre que me envió” (Jn 4, 34).

    10. El sexto día dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. El sexto artículo de la fe es el envío del Espíritu Santo, en virtud del cual la imagen de Dios, afeada y deformada, con la infusión del Espíritu Santo que “sopló en el rostro del hombre el aliento de la vida”, fue reformada e iluminada. Está escrito en los Hechos (le los Apóstoles: “Llegó del cielo un improviso estruendo, como de un viento vehemente que soplaba” (2, 2).

    Y observa bien que el Espíritu Santo es llamado “vehemente”, tanto porque quita el eterno dolor (en latín, vae, ay), como también porque lleva en alto la mente(vehens mentem). Dice el profeta David: “Está marcada sobre nosotros, Señor, la luz de tu rostro” (Salm 4, 7). El rostro del Padre es el Hijo. Como se reconoce a una persona por el rostro, así por medio del Hijo conocemos al Padre. La luz del rostro de Dios es, pues, el conocimiento del Hijo y la iluminación de la fe, que en el día de Pentecostés fue marcada y grabada en el corazón de los apóstoles como un carácter; y así “el hombre fue un ser viviente” (Gen 2, 7).

    11. El séptimo día Dios descansó de todas sus obras. Y también la iglesia, en el séptimo artículo de la fe, descansará de toda fatiga y sudor, cuando Dios “enjugará toda lágrima de sus ojos” (Ap 21, 4), eliminando toda causa de llanto. Entonces ella será alabada por su Esposo y merecerá oír: “Denle el fruto de sus manos, y que sus obras la alaben en las puertas” del juicio (Prov 31, 31). Y ella, junto con sus hijos, oirá “el susurro de una brisa tenue” (3Rey 19, 12): “¡Vengan, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo!” (Mt 25, 34).

    Después de haber trazado brevemente en “el ladrillo” los siete días de la creación y los siete artículos de la fe, nos disponemos a escribir en sentido moral las seis virtudes del alma fiel y las seis horas de la lectura evangélica, concordándolas con “el denario” y con “el sábado”.

    II Los seis días de la creación y las seis virtudes del alma

    12. Consideraremos brevemente a “la segunda Jerusalén”, o sea, al alma fiel, que en mateo es llamada “viña”. Veremos cómo debe ser escardada con la azada de la contrición, podada con la guadaña de la confesión y sostenida con los tutores de la satisfacción.

    Dijo Dios.- “Hágase la luz”. “Y la luz se hizo”. Porque, como dice Ezequiel. “Una rueda estaba en medio de otra rueda” (1, 16), es decir, el Nuevo Testamento está en el Antiguo, y “cortina trae cortina” (Ex 26, 3), es decir, el Nuevo Testamento explica el Antiguo. He ahí, pues, que, explicando en sentido moral las “seis horas” del evangelio con las obras de los “seis días” llevadas a cabo por Dios, pondremos de acuerdo el Nuevo con el Antiguo Testamento.

    13. El primer día dijo Dios: “Hágase la luz”. Y la luz fue hecha”. oye la concordancia de la primera hora: “Semejante es el reino de los cielos a un padre de familia que salió temprano, para contratar obreros” (Mt 20, 1).

    Observa que las virtudes del alma son seis: la contrición del corazón, la confesión de la boca, la satisfacción de las obras de penitencia, el amor de Dios y del prójimo, el ejercicio de la vida activa y contemplativa, la consecución de la perseverancia final. Cuando sobre la faz del abismo, o sea, en el corazón, existen las tinieblas del pecado mortal, el hombre sufre por el desconocimiento de Dios y de su fragilidad, y no sabe discernir entre el bien y el mal. Y éste es el triduo”, de que se habla en el Éxodo, donde se dice que “por tres días hubo tinieblas que se podían palpar en la tierra de Egipto”; pero donde estaban los hijos de Israel, había luz (10, 21-23). Los tres días son el conocimiento de Dios, el conocimiento de uno mismo y el discernimiento entre el bien y el mal. Para los dos primeros, san Agustín ora así: “ Señor, dame la gracia de conocerte a ti y a mí”. Acerca del tercero se dice en el Génesis que “el árbol del bien y del mal, o sea, el discernimiento, estaba en el jardín” (2, ), o sea, en el espíritu del hombre. El primer día nos ilumina para que conozcamos la dignidad de nuestra alma. Dice el Eclesiástico: “Guarda tu alma en la mansedumbre, y dale honor” (Ecli 10, 31). Pero “el hombre desgraciado, cuando vivía en el honor, no comprendió, y se hizo semejante a los animales” (Salm 48, 13). El segundo día nos ilumina para que conozcamos nuestra enfermedad. Dice Miqueas: “Tu humillación está en medio de ti” (6, 14). El centro de nuestro cuerpo es el vientre, depósito de excrementos. Si pensáramos en ello, nuestra soberbia quedaría humillada, nuestra arrogancia quedaría desinflada y nuestra vanagloria se evaporaría. El tercer día nos ilumina para distinguir el día de la noche, la lepra de la limpieza, lo puro de lo impuro. Todo esto es muy necesario. Dice Ovidio: “El mal linda con el bien, en el mismo error. A menudo la virtud arrastra crímenes a favor del vicio”.

    En estos tres días hay tinieblas palpables en la tierra de Egipto y sobre la faz del abismo; pero donde se hallen los verdaderos hijos de Israel, reina la luz, de la cual dijo Dios: “Hágase la luz”. Esta luz es la contrición del corazón que ilumina al alma, suscita el conocimiento de Dios y de su enfermedad y produce diferencia entre el hombre bueno y el malvado.

    14. Estas son la primera mañana y la primera hora, en las que el padre de familia, o sea, el penitente, sale a contratar obreros para trabajar en su viña, como se dice en el evangelio de este domingo; y en el introito de la Misa se canta: “Me rodean gemidos de muerte”; y se lee la carta del apóstol Pablo a los corintios: “¿No saben que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio?” (1Cor 9, 24-25).

    De esta “mañana” dice el Profeta: “Por la mañana”, o sea, al comienzo de la gracia, “estaré delante de ti” (Salm 5,5) recto y erecto, como recto y erecto tú me hiciste. En efecto, dice san Agustín, “Dios es recto y erecto, e hizo al hombre recto y erecto, para que sólo con los pies tocara la tierra, o sea, buscara de la tierra sólo las cosas necesarias. De esta mañana se dice en Marcos: “Muy de madrugada, el primer día después del sábado, llegaron al sepulcro, cuando ya el sol había salido” (16, 2).Y observa bien que dice “el primer día después del sábado”, porque nadie puede andar al sepulcro, si antes no se libera de las preocupaciones de las cosas temporales. “En la mañana de la contrición -dice el Profeta- exterminaba ¿t todos los pecadores de la tierra” (Salm 100, 8), es decir, reprimía todos los movimientos desordenados de mi carne.

    ¿Quién es ésta -dice del alma penitente el esposoque avanza como la aurora que surge?” (Cant 6, 10). Como la aurora marca el comienzo del día y el término de la noche, así la contrición marca el término del pecado y el comienzo de la penitencia. Dice el Apóstol: “Si por el pasado eran tinieblas, ahora son luz en el Señor” (Ef 5, 8); y también: “La noche está por acabar, y el día está cerca” (Rom 13, 12).

    15. A la primera luz y de madrugada salga, pues, el jefe de familia, para cultivar la viña. De ella dice Isaías: “A mi amado le fue dada una viña en una loma, hija del aceite, o sea, fértil. El la rodeó de una tapia y la liberó de las piedras; edificó en medio de ella una torre, construyó un lagar y plantó vides seleccionadas” (5, 1-2).

    “La viña”, o sea, el alma, “fue hecha para el amado y para su honor”, en una loma, a través de la potencia de la Pasión. “Para el amado, hijo del aceite”, o sea, de la misericordia. Sólo por misericordia y “no por obras de justicia que hubiéramos hecho” (Tit 3, 5), El salvó a la viña. Y la rodeó de una tapia, la tapia de la ley escrita y de la ley de la gracia, de la que Salomón en el Eclesiastés dice: “El que destruye la tapia”, o sea, transgrede la ley, “será mordido por la serpiente”, o sea, el diablo que merodea en las sombras, o sea, en los pecadores (Ecle 10, 8). Por esto dice Job:”El duerme a la sombra”, es decir, en una mente tenebrosa, y “descansa escondido en el cañaveral”, es decir, en la falsedad de la hipocresía, y “en lugares húmedos” (Job 40, 16), es decir, en los lujuriosos.

    “Y la liberó de las piedras”, es decir, de la dureza del pecado. “Y en el medio edificó la torre” de la humildad, o sea, la parte superior de la razón, y “construyó el lagar “ de la contrición, de la que se exprime el vino de las lágrimas; y así, con los ejemplos y las enseñanzas de los santos, “plantó vides seleccionadas”. A esta viña el jefe de familia debe llevar de madrugada a los obreros, es decir, el amor y el temor de Dios, para que la cultiven de la manera debida.

    16. Acerca de esta “madrugada”, hallas en el primer libro de los Reyes que “Saúl, entrado de madrugada en medio de los campamentos de los hijos de Amón, hirió a los amonitas hasta que el día se hiciera cálido” (11, 11). Saúl representa al penitente, ungido con el óleo de la gracia. Este, de madrugada, con la contrición del corazón, debe introducirse en los campamentos de los hijos de Amón, nombre que se interpreta “agua paterna”, y simboliza los movimientos carnales, los cuales derivan hacia nosotros, como agua corriente, de nuestros primeros padres. Saúl, es decir, el penitente, debe destruir esos movimientos hasta que el día se haga cálido, es decir, hasta que el fervor de la gracia irradie el alma y, después de haberla irradiado, la caliente.

    De esta “mañana”, leemos en el profeta Jonás que “el Señor, al surgir el alba, envió un gusano que carcomió la hiedra, y ésta se secó” (4,7). La hiedra, que por sí misma no puede elevarse en alto, sino que lo hace adhiriendo a las ramas de algún árbol, representa al rico de este mundo, quien puede elevarse al cielo no por sí mismo, sino con las limosnas dadas a los pobres, que lo levantan a manera de brazos. Y por eso el Señor dice en el evangelio: “Háganse amigos con el dinero de la iniquidad”, o sea, de la injusticia, “para que cuando desfallezcan, los acojan” (Lc 16, 9). Esta hiedra, “al brotar del alba”, es decir, al brotar de la gracia y con la contrición del corazón, es herida y desprendida por el diente del gusano, o sea, por el remordimiento de la conciencia, de tal modo que, cayendo a tierra, o sea, considerándose tierra, se seca en sí misma y se envilece. Dice el Profeta: “Mi carne y mi corazón desfallecen” (Salm 72, 26), o sea, la soberbia de mi corazón y mi carnalidad. Después de haber hecho estas consideraciones sobre “el primer día” de la creación y “la primera mañana” de la contrición, vamos a pasar al segundo día de la creación y a la “hora tercera” de la confesión.

    17. El segundo día dijo Dios: “Haya un firmamento en medio de las aguas y las divida las unas de las otras”. El firmamento es la confesión, que ata firmemente al hombre, para que no se disperse en los placeres. Por esto el Señor, por boca de Jeremías, reprende al alma pecadora, privada de este firmamento, o apoyo: “¿Hasta cuándo te consumirás en los placeres, hija vagabunda?” (31, 22). E Isaías añade: “Recorre la tierra como un río, oh hija del mar, porque ya no tienes cinturón” (23, 10~). El alma mísera es llamada “hija del mar”, porque chupa ávidamente, como de mama diabólica, los placeres del mundo, que tienen el gusto de la dulzura, pero engendran una amargura sempiterna.

    Dice Santiago: “La concupiscencia engendra el pecado; y el pecado, después de consumado, engendra la muerte” (Sant 1, 15). Al alma se le dice: “Recorre la tierra como un río”, como si le dijera:”Cíñete con el cinturón de la confesión y recoge tus vestiduras, para que no se manchen con cosas inmundas; y no quieras pasar por la abundancia de los bienes terrenos, donde muchos se perdieron, sino escoge el camino de la sencillez y las estrecheces de la pobreza, ya que a través de un arroyuelo se pasa con toda tranquilidad”. Pero el alma pecadora “no tiene el cinturón”, no tiene el apoyo de la confesión, del que se dice: “Haya el firmamento en medio de las aguas, y las divida las unas de las otras”.

    Las aguas superiores son los efluvios de la gracia, las aguas inferiores son las exhalaciones de la concupiscencia, que deben estar bajo el dominio del hombre. O en otro sentido: la mente del justo tiene las aguas superiores, o sea, la razón, que es la potencia superior del alma y siempre estimula al hombre para el bien; pero también tiene las aguas inferiores, o sea, la sensualidad, que tiende siempre a la calda. El “firmamento” de la confesión divida las aguas superiores de las inferiores, para que el penitente, salido de Sodoma y subiendo a las montañas, no mire atrás, como la mujer de Lot, y se transforme en una estatua o en un bloque de sal (Gen 19, 17-26), que los animales, o sea, los demonios, consumirán lamiéndolo con gran avidez. El penitente, salido de Egipto con los verdaderos israelitas y dirigiéndose hacia la tierra prometida, no tome por guía a su propia voluntad, que lo haría volver a las ollas de carnes, melones y cebollas de Egipto, o sea, a los deseos carnales.

    “Haya, pues, los conjuro, un firmamento en medio de las aguas”, para que el penitente, después de haber dado al confesor la promesa de un firme propósito de no recaer, en la misma confesión, casi a la hora tercera, merezca. junto con los apóstoles, ser embriagado con el mosto del Espíritu Santo, y como un odre, renovado por la confesión, se llene de vino nuevo. Dice el Señor: Si el vino nuevo, o sea, la gracia del Espíritu Santo, fuera trasegado al odre viejo de los días de pecado, el odre se despedazaría y el vino se desparramaría, como sucedió al inveterado traidor judas, el cual, colgado del cuello como un odre, reventó al centro del vientre; y sus entrañas, que se habían saturado del veneno de la avaricia, se esparcieron por tierra (Hech 1, 18).

    Con razón la confesión es Ramada “hora tercera”, en la cual el verdadero penitente, como un jefe de familia, cultiva la viña de su alma. El debe confesarse culpable de tres cosas: de haber ofendido al Señor, de haberse matado a sí mismo y de haber escandalizado al prójimo, no dando a cada uno la justicia debida: a Dios el honor, a sí mismo la desconfianza, al prójimo el amor. Por eso, en el introito de la misa de hoy se duele diciendo: “Me rodearon gemidos de muerte”, porque ofendí a Dios; “me aferraron las penas del infierno”, porque caí en el pecado mortal; y en mi tribulación que sufro, porque escandalicé al prójimo, “invoqué con la contrición del corazón al Señor”; y El, desde su santo templo, es decir, de su humanidad, en la cual habita la divinidad, “escuchó mi voz”, la voz de mi confesión.

    18. El tercer día dijo Dios: “Produzca la tierra hierba verde, que dé semilla según su género y que tenga en sí misma su semilla sobre la tierra”. Observa que en el tercer día se señala la satisfacción de la penitencia, que consiste en tres prácticas: la oración, el ayuno y la limosna. Las tres están indicadas en las palabras susodichas.

    “Produzca la tierra hierba verde”. La hierba verde representa la oración. Dice Job del penitente: “¿Quién dejó libre al onagro, o sea, asno salvaje, y quién desató sus correas? A él le di como casa el desierto, y sus tiendas están en tierra salobre; desprecia la multitud de la ciudad, y no oye el clamor del exactor; abarca con su mirada los montes de sus pastos, y busca todo lo que es verde” (39, 5-8). El onagro, cuyo nombre deriva de onus, peso, y de áger, campo, representa al penitente, que, en el campo de la iglesia, se somete al peso de la penitencia. El Señor lo envía libre y desata sus ataduras, cuando le permite irse liberado de la esclavitud del demonio y desatado de las cadenas de sus pecados. Por esto el Señor dice a los Apóstoles: “¡Desátenlo y déjenlo ir! “. A este penitente Dios le da como casa la soledad de la mente y las tiendas de la vida activa, en las que lucha “en tierra salobre”, o sea, entre las vicisitudes humanas. Y así este penitente desprecia la multitud de la ciudad, de la que dice el Señor por el Profeta: “Yo soy el Señor y no cambio” (Mal 3, 6), ni entro en la ciudad. Y David: “En la ciudad vi la iniquidad contra Dios y las contiendas contra el prójimo” (Salm 54, 10). “Y no escucha la voz del exactor”. El exactor es el diablo, que una vez ofreció a nuestros primeros padres la moneda del pecado; ahora, todos los días, no deja de exigirla con los intereses de la usura. El penitente no escucha la voz de este exactor, cuando rehúsa consentir a sus sugestiones. o también el exactor es el vientre que todos los días reclama en voz alta el tributo de la gula; pero el penitente de ninguna manera lo escucha, porque le obedece no por el placer sino por la necesidad.

    “Este onagro abarca con la mirada los montes de su pasto”, porque, llegado a un modo de vivir superior, mirando a su alrededor, descubre los pastos de la Sagrada Escritura y dice con el Profeta: “El Señor me colocó en pastos lozanos” (Salm 22, 2); busca todo lo que es verde en la oración asidua; y así de los pastos de la sagrada lectura llega a la posesión de las hierbas verdes de la devota oración, de la que se dice: “Produzca la tierra hierba verde”.

    19. “Produzca la tierra hierba verde y que dé semilla”. Con estas palabras se indica el ayuno. Dice Isaías: “¡Felices ustedes, que siembran sobre las aguas y atan el pie del buey y del asno!” (32, 20). Siembra sobre las aguas aquel que a la oración y a la compunción de las lágrimas añade el ayuno, y así ata con los vínculos de los mandamientos “el pie del buey y del asno”, es decir, los afectos del espíritu y del cuerpo. Dice el Señor: “Esta raza de demonios”, o sea, la impureza del corazón y la lujuria de la carne, “no puede ser echada sino con la oración y el ayuno” (Mt 17, 20). Efectivamente, con la oración purificamos el corazón de los malos pensamientos y con el ayuno frenamos la petulancia de la carne.

    Sigue el tercer punto: “Las plantas frutales den fruto según su especie”. En la planta frutal se designa la limosna, que produce su fruto en los necesitados, fruto que ellos mismos con sus manos transportarán al cielo. Observa que se dice: “Que den fruto según su especie”. La especie del hombre es otro hombre, creado de la tierra y hecho viviente con el alma. Debe, pues, hacer la limosna como “fruto según su especie”, porque el alma se nutre de pan espiritual y el cuerpo de pan material. Dice Job: “Visitando a tu especie, no cometerás pecado” (Job 5, 24). Tú especie es otro hombre, al que debes visitar con la limosna espiritual y material; y así no transgredirás el mandamiento que dice: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 39). Observa también que se dice: “Y que tenga en sí misma su semilla”. Comenta Agustín: “El que quiera hacer la limosna con buen orden, antes debe comenzar de sí mismo”.

    Estas tres prácticas hacen perfecta la satisfacción de la penitencia, que está bien representada por la “hora sexta”, o sea, el mediodía, cuando el jefe de familia salió a contratar obreros para cultivar su viña. Observa que el mediodía, momento en que el sol es más caliente que durante las otras partes del día, representa el fervor en cumplir la satisfacción de la penitencia. Hacia el fin del Deuteronomio está escrito: “Neftalí gozará de abundancia y será colmado de las bendiciones del Señor: poseerá el mar y el mediodía” (Dt 33, 23). Neftalí se interpreta “convertido” o “dilatado”, y representa al penitente, que se convierte de su mal camino y se expande en buenas obras. Este gozará de la abundancia de la gracia en su itinerario y estará colmado con la bendición de la gloria. Sin embargo, para que merezca alcanzarla, es necesario que ante todo posea el mar, o sea, la amargura del corazón, y el mediodía, o sea, el fervor de la satisfacción.

    20. El cuarto día dijo Dios: “Haya en el firmamento dos grandes lumbreras”. La cuarta virtud es el amor de Dios y del prójimo. El amor de Dios está representado por el esplendor del sol, el amor del prójimo por la mutabilidad de la luna. ¿No te parece que haya cierta mutabilidad en la frase de san Pablo: “Gozar con los que gozan y llorar con los que lloran?” (Rom 12, 15). De estos dos amores se lee hacia el fin del Deuteronomio: “La tierra de José esté repleta de todos los frutos del sol. y de la luna” (33, 14). Los frutos representan las obras del justo por la alegría de la perfección, por la belleza de la recta intención, por el perfume de la buena reputación. Estos frutos proceden del sol y de la luna, o sea, del amor de Dios y del prójimo, dos virtudes que hacen perfecto a cualquier hombre.

    Este doble amor está simbolizado en la “hora novena”, cuando, una vez más, el jefe de familia sale para contratar obreros. La perfección de este doble amor conduce a la perfección de la bienaventuranza angélica, que el profeta Ezequiel subdivide en nueve órdenes, bajo el símbolo de las nueve piedras preciosas, cuando habla a Luzbel: “innumerables piedras preciosas adornaban tu manto: rubí, topacio, diamante, crisólito, ónice, jaspe, zafiro, carbúnculo y esmeralda” (Ez 28, 13).

    21. El quinto día, Dios creó a los peces en el mar y a las aves sobre la tierra. La quinta virtud es la práctica de la vida activa y contemplativa. En ella el hombre activo, como el pez, recorre las sendas del mar, o sea, del mundo, para poder socorrer al prójimo que padece necesidades; y el hombre contemplativo, como el ave, elevado hacia el cielo por las alas de la contemplación, en la medida de sus capacidades, contempla “al Rey en su esplendor” (Is 33, 17). “El hombre -dice Job- nace para la fatiga” de la vida activa, y “el ave para el vuelo” de la vida contemplativa (5, 7).

    Observa, además, que, como el ave que tiene el pecho ancho, es frenada por el viento porque desplaza mucho aire, mientras el ave que ha el pecho estrecho y penetrante, vuela más velozmente y sin dificultad (Aristóteles); así la mente del contemplativo, si se expande en muchos y variados pensamientos, sufre muchos obstáculos en el vuelo de la contemplación; pero, si su mente se recoge y se concentra en una sola cosa, fruirá de veras del gozo de la contemplación.

    La práctica de esta doble vida está representada en la “hora undécima”, en la cual el jefe de familia vuelve a salir. La hora undécima consta del uno y del diez. La vida contemplativa se refiere al uno, porque tiene por objeto a un solo Dios, que es el único gozo. En cambio, la vida activa se refiere a los diez mandamientos del decálogo, con los cuales la misma alcanza la plenitud en el tiempo de este destierro terreno.

    22. El sexto día dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. La sexta y la última virtud del hombre es la perseverancia final, que es la cola de la víctima en el sacrificio y la larga y multicolor túnica de José. Sin la perseverancia final, las otras cinco virtudes serían inútiles; pero con ella serán ejercidas fructuosamente. Sólo en ella la imagen y semejanza de Dios, que jamás debe ser afeada, manchada o borrada, se graba eternamente en el rostro del alma, como sucedió en el sexto día de la creación.

    Esta “tarde” del evangelio, última hora de la vida humana, en la cual el jefe de familia, por medio de su administrador, o sea, de su Hijo, da el “denario”, o sea, salario, a aquel que trabajó asiduamente en la viña, es simbolizada por el sábado, que significa “reposo”. De él dice Isaías: “Habrá mes de mes”, es decir, que la perfección de la gloria dependerá de la perfección de la vida; y “habrá sábado de sábado” (66, 23), es decir, el reposo de la eternidad dependerá de la tranquilidad del corazón, que es dada de la doble estola del alma y del cuerpo (o sea, el vestido de la gracia y de la inocencia). El alma será glorificada con tres prerrogativas, y el cuerpo con cuatro. El alma será adornada con la sabiduría, con la amistad y con la concordia. La sabiduría de Dios resplandecerá en el rostro del alma, que “verá a Dios como es” (1 Jn 3, 2) y “conocerá a Dios como ella misma es conocida” (1Cor 13, 12). La amistad también se refiere a Dios, y de ella dice Isaías: “Aquel cuyo fuego arde en Sión”, o sea, en la iglesia militante, “tendrá su horno” de ardentísimo amor “en Jerusalén”, o sea, en la iglesia triunfante” (31, 9). La concordia se refiere al prójimo, de cuya. gloria el alma gozará, como gozaría de la propia.

    Cuatro serán las prerrogativas del cuerpo: el esplendor, la transparencia, la agilidad y la inmortalidad. De ellas se dice en el libro de la, Sabiduría: “Resplandecerán los justos”: he ahí. el esplendor; “y como chispas”: he ahí la transparencia; “saltarán en un cañaveral”: he ahí la agilidad; “y el Señor será su rey para siempre”: he ahí la inmortalidad (Sb 3, 7-8). Dios, en efecto, no es el dios de los muertos, sino el Dios de los vivientes (Mt 22, 32).

    23. Para merecer esta corona incorruptible, adornada de estas siete piedras preciosas (tres del alma y cuatro del cuerpo), debemos correr, como nos exhorta el Apóstol en la epístola de hoy: “¿No saben que los que corren en el estadio, todos corren, pero uno solo conquista el premio? Corran también ustedes para conquistarlo. Los atletas que se desafían en el certamen, se imponen un régimen muy estricto y lo hacen para ganar una corona de laureles que se marchita. ¡Cuánto más debemos hacerlo nosotros para ganar una corona que no se marchita!” (1Cor 1), 24-25).

    El estadio es la octava parte (le la milla, mide cientoveinticinco pasos y representa la fatiga de este destierro, durante el cual debemos correr en la unidad de la fe y con los pasos del amor, que son cientoveinticinco.

    En este número está indicada toda la perfección del amor divino. En el ciento, que es el número perfecto, está simbolizada la doctrina evangélica; en el veinte, los preceptos del decálogo, que deben ser observados tanto en sentido literal como espiritual; en el cinco, la molicie de los cinco sentidos, que debe ser mortificada. El que corre en este estadio, conquista el premio, o sea, la recompensa de una corona que no se marchita, de la que se dice en el Apocalipsis: “Yo te daré -dice el Señor- la corona de la vida” (2, 10).

    Hermanos queridísimos, imploremos con súplicas y lágrimas al Señor, para que El que nos creó y recreó, nos creó de la nada y nos recreó con su propia sangre, se digne establecernos en el “septenario” de la eterna felicidad. Y así merezcamos vivir eternamente con El, que es principio de todas las criaturas.

    ¡Nos lo conceda bondadosamente el mismo Señor, que vive y reina por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica