Pestañas abiertas

1 abierta

    Domingo IV de Adviento

    Exordio.

    A los predicadores o a los prelados de la Iglesia

    1. “En aquel tiempo vino la palabra del Señor a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (Lc 3, 2). Dice Isaías: “Sube a un monte alto, tú que anuncias buenas noticias a Sión; levanta tu voz, tú que anuncias buenas noticias a Jerusalén” (40, 9). Vamos a analizar qué cosa signifiquen el monte, Sión y Jerusalén.

    El monte se llama así, porque es inmóvil, y es figura de la perseverante y coherente vida del justo, de la que habla Isaías: “Será como un hombre que se resguarda del viento y se protege del torbellino; y será como corrientes de agua en tierra sedienta y como sombra de una peña en tierra reseca” (32, 2). Como si dijera- “El hombre justo, abroquelado en medio de las tribulaciones, será como aquel que, huyendo del viento y del torbellino, se refugia en lugar seguro, y como aquel que en el desierto halla fuentes limpidísimas, y evita el calor del sol bajo una peña saliente”.

    El justo se resguarda del viento de las sugestiones diabólicas y se protege de la tempestad de la prosperidad mundana y se riega con corrientes de aguas, o sea, de gracias, contra la sed de los deseos carnales y evita el calor del sol, o sea, de las persecuciones mundanas, bajo la sombra de una roca saliente, o sea, de Jesucristo, que lo protege en la tribulación.

    Por ende, la vida del justo está figurada en un monte. Al contrario, dice Isaías, “su corazón”, el de Acaz, “y el corazón de su pueblo se estremecieron, como se agitan los árboles de la floresta por el viento” (7, 2). Y esto es lo que dice Job: “La montaña cae y se desmorona, la roca es removida de su sitio, las aguas cavan las piedras, y la tierra poco a poco es desgastada por las inundaciones” (14, 18-19). Consulta el relato de Job en el sermón del domingo XIV después de Pentecostés.

    Entonces “tú que evangelizas a Sión, sube a un alto monte”, que no cae ni se desploma. Comenta Gregorio: “El que se dedica al celestial oficio de la predicación, abandonando la bajeza de las obras terrenas, aparece como ubicado por encima de todo; y tanto más fácilmente arrastra a los fieles a ser mejores, cuanto más habla de las cosas superiores con el ejemplo de su vida. Penetra más fácilmente en el corazón de los oyentes aquella voz, que es acreditada por la vida del que habla, porque lo que manda con la palabra, ayuda a practicarlo, mostrándolo con el ejemplo”.

    “Levanta tu voz con fuerza, tú que evangelizas a Jerusalén”. Sión, que era la parte más baja de la ciudad, representa a los seglares; Jerusalén, que era la parte más alta, representa a los religiosos. Cuando evangelizas a Sión, sube a un monte alto, para que ella suba contigo de lo inferior a lo superior. Se relata en el segundo libro de los Reyes: “David subió la cuesta de los olivos; y la subió llorando y caminando con la cabeza descubierta y los pies descalzos. Y todo el pueblo , que le acompañaba, subía llorando y con la cabeza descubierta” (15, 30).

    David es figura del predicador, que, subiendo la cuesta de los olivos, o sea, tendiendo a la vida perfecta, iluminada y enriquecida con el aceite de la divina misericordia, debe asumir tres disposiciones: llorar, descubrir la cabeza y caminar con los pies descalzos; o sea, llorar con Acsa, “para obtener la fuente superior y la inferior” (Jos 15, 19); cubrirse la cabeza, que comprende todos los sentidos; y caminar con los pies desnudos de las vanidades del mundo, o sea, despojar los afectos de la mente de toda piel muerta de la propia voluntad y de toda propiedad, Si el predicador sube así, todo el pueblo subirá devotamente detrás de él con la cabeza descubierta de toda vanidad mundana y llorando sus pecados. Pero no leemos que el pueblo camine con los pies desnudos como David, porque a los seglares les está permitido poseer propiedades.

    Símilmente, cuando evangelizas a Jerusalén, o sea, a los religiosos, levanta con fuerza tu voz, para que sean vivamente alentados y exulten para que recorran el camino (de la perfección) y conquisten la corona incorruptible.

    Dice Job del caballo, o sea, del justo: “Cuando oye la trompeta”, o sea, la predicación que resuena con fuerza, “grita: “¡Aah!”. El piafa de contento y se lanza con bríos al encuentro de las armas, desprecia el miedo y no retrocede delante de la espada” (39, 21- 25).

    Había subido a un monte alto y había levantado con fuerza su voz el más grande de los predicadores, el bienaventurado Juan el Bautista. De él y de su predicación habla el evangelio de hoy: “Vino la palabra del Señor a Juan”.

    2. En este evangelio se destacan dos cosas: la excelencia de la predicación y el valle de la humildad. La primera, cuando dice: “vino la palabra de Dios a Juan”; y la segunda, cuando dice: “Todo valle será rellenado”.

    En el introito de la misa se canta: “¡Acuérdate de nosotros, Señor!”. Y se lee la epístola del bienaventurado Pablo a los corintios: “Los hombres deben considerarnos como ministros de Cristo” (1Cor 4, 1). La dividiremos en dos partes, que concordaremos con las dos partes del evangelio. La primera: “Los hombres deben considerarnos como ministros de Cristo”; la segunda: “No quieran juzgar antes del tiempo”.

    I. - Sublimidad de la predicación

    3. “La palabra del Señor vino a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (Lc 3, 2). Juan representa al prelado o al predicador de la santa Iglesia, que debe ser “hijo de Zacarías”, cuyo nombre se interpreta “memorial del Señor”, para que tenga siempre en su mente “el memorial” de la pasión de Cristo.

    Dice Isaías.- “Tu nombre y tu recuerdo son el anhelo de nuestra alma. mi alma te desea por la noche; y mi espíritu y mis entrañas te buscan de madrugada” (26, 8-9). En las noches de la adversidad debemos desearlo y en los días de la prosperidad debemos dirigirnos a El y tener siempre en la mente el memorial de su pasión. Se lee en el Éxodo: “Será como una señal en tu mano y como un recuerdo delante de tus ojos (13, 9). Y en el Deuteronomio: “Graba en tu corazón estas palabras”, o sea, la encarnación y la pasión del Señor. “incúlcalas a tus hijos y medítalas, cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte, átalas a tu mano como una señal y que cuelguen como un rótulo ante tus ojos. Y escríbelas en la puerta de tu casa y en los postes” (6, 6-9).

    Si el prelado, o el predicador, es hijo de Zacarías y dice con el Profeta: “Me acordé del Señor y me reconforté” (Salm 76, 4) en la amargura de su pasión, para poder decir con la esposa del Cantar: “Mi amado es para mí una bolsita de mirra, que descansa entre mis pechos” (1, 12), entonces descenderá sobre él la palabra del Señor, palabra de vida y de paz, palabra de gracia y de verdad, palabra que Isaías, hijo de Amós, vio sobre Judá y Jerusalén, o sea, sobre el alma que alaba al Señor y vive en paz consigo misma.

    ¡Oh palabra que no golpea, sino que embelesa el corazón! ¡Oh palabra dulce, que conforta al pecador! ¡oh palabra de dichosa esperanza! ¡Oh palabra, agua fresca para el sediento, grato mensajero que trae buenas noticias de tierras lejanas! “Aquí hay el silbo de una brisa suave” (3 R 19, 12), o sea, la inspiración de Dios omnipotente, de la que dice Job “Ciertamente, hay en el hombre el espíritu; y el soplo del omnipotente lo hace inteligente” (32, 8).

    ¡o cuán bienaventurado y de veras digno de ser llamado Juan (don de Dios), sobre el cual descendió esta Palabra! Te suplico y te imploro, Señor, que descienda también sobre tu siervo tu Palabra; y “según tu Palabra vaya en paz” (Lc 2, 29). “¡Lámpara para mis pasos es tu Palabra!” (Salm 118, 105).

    Hemos escuchado sobre quién descendió la Palabra. Pero, ¿en qué lugar descendió? “En el desierto”. Donde hay el desierto, allí hay la Palabra. Me refiero al desierto, del que habla el Salmo: “En un desierto, sin caminos y árido (Salm 62, 3). Consulta el sermón del domingo 111 de Cuaresma, parte IV, sobre el evangelio: “Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre…

    4. “Y Juan recorrió toda la región del jordán” (Lc 3, 3). Aquel, sobre quien desciende la palabra de la divina inspiración, sin duda recorre la región del jordán, que se interpreta “humilde descenso” y que simboliza la compasión hacia el prójimo. El prelado, o el predicador, debe descender y condescender, para poder levantar al que yace por tierra.

    Sobre esto tenemos una concordancia en Isaías, donde el Señor habla a los predicadores: “vayan, mensajeros veloces, a una nación perturbada y dilacerada, a una gente terrible más que cualquier otra, a un pueblo que espera y que está oprimido, cuya tierra fue devastada por los ríos” (18, 2). En esta cita del profeta se señalan siete vicios, que llevan a la ruina al género humano.

    “Oh mensajeros”, o sea, prelados y predicadores, “vayan veloces”, porque la dilación trae peligros. Por esto dice el Señor: “No saluden a nadie por el camino” (Lc 10, 4), para que el recorrido de su predicación no sufra impedimentos. En el cuarto libro de los Reyes, Eliseo dice a Giezi: “Si encuentras algún hombre, no lo saludes; y si alguno te saluda, no le contestes” (4, 29). “Vayan, pues, a una nación, que vive “gentilmente”, o sea, como pagana, arrancada de la raíz de la humildad por el espíritu de soberbia. Por eso dice Job: “Me quita la esperanza, como árbol desarraigado” (19, 10). Vayan a una nación “dilacerada” por la envidia, que rasga el corazón; y de ella habla el profeta Nahúm: “ ¡Ay de ti, ciudad sanguinaria, repleta de mentira y llena de rapiña!” (3, 1). “Vayan a una gente terrible” por la ira, de la que dice Job: “Mi enemigo me miró con ojos horrísonos” (16, 10). “Vayan a un pueblo, que espera” la recompensa de la vanagloria: “Ya recibieron su recompensa” (Mt 6, 5); y Jeremías: “Te sentabas junto a los caminos, esperando a los hombres, como hace el salteador en lugares deshabitados” (3, 2). “Vayan a un pueblo oprimido” por la avaricia, de la que dice Isaías: “Será pisoteado como barro por las plazas” (10, 6); y Habacuc: “¡Ay del que multiplicó lo que no era suyo! ¿Hasta cuándo seguirá cargando sobre sí tan denso barro?” (2, 6). “Vayan a un pueblo, cuya tierra fue devastada por los ríos”, o sea, su inteligencia fue arruinada por la gula y la lujuria; y de esto dice Ezequiel: “Heme aquí contra ti, espantoso dragón, que te recuestas en medio de tus grandes ríos y dices: “¡Mío es el río!” (29, 3). De este texto bíblico se deduce cuán necesaria sea la predicación, de la que el evangelio habla: “Juan predicaba el bautismo de penitencia para la remisión de los pecados” (Lc 3, 3). Lo mismo dice también Isaías: “¡Lávense y límpiense!”. Y poco después: “Aunque sus pecados sean como la escarlata, se volverán blancos como la nieve; y aunque sean rojos como la púrpura, serán como lana blanca” (1, 16 y 18). Sobre este argumento consulta el primer sermón del domingo II de Cuaresma, parte II, sobre el evangelio: “Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan”.

    Símilmente, dice el Señor en Isaías: “Yo disipé tus iniquidades como una nube y como una neblina tus pecados. Vuélvete a mí” haciendo penitencia, “porque yo te redimí” con mi sangre”. Y de nuevo: “Consuélense, consuélense, oh pueblo mío, dice su Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que se acabó su aflicción y que su culpa está remitida. Ella recibió de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados” (44, 22; y 40, 1-2). Comenta la Glosa: “El motivo de su consuelo es la remisión de los pecados y el motivo de la remisión es porque recibió el doble castigo. Hay que Observar que nuestros pecados no son desatados, si no recibimos de la mano del Señor el doble castigo. No es lo mismo desatar los pecados y remitirlos. A aquel a quien son remitidos, no es necesario que sean desatados. Por esto dice Jesús: “Tus pecados te son remitidos” (Mt 9, 5). En cambio, cuando son “desatados”, esto sucede porque fueron expiados y cancelados por medio de los castigos.

    5. “Como está escrito en el libro de los sermones del profeta Isaías: “Voz de uno que grita en el desierto” (Lc 3, 4). Presta atención a estas tres palabras: “voz”, “de uno que grita”, “en el desierto”. ¿Cuál es la voz, quién es el que grita y qué es el desierto? La voz es el predicador; el que grita, es Cristo; el desierto es su cruz.

    “La voz es aire”; y el predicador ha de ser “aéreo”, o sea, celestial, para que su familiaridad sea con el cielo. Se lee en el Éxodo: “Bajo los pies del Señor había una piedra de zafiro, semejante al cielo cuando es sereno” (24, 10). El zafiro tiene el color del aire; y la obra de piedra de zafiro es la vida del predicador santo, que con la humildad de su mente está postrado a los pies de la encarnación del Señor y, con la contemplación, está como suspenso en la contemplación de la celestial bienaventuranza. Dice Isaías: “¿Quiénes son éstos que vuelan como una nube y como palomas a su palomar?” (60, 8). Los predicadores santos son comparados a las nubes, porque son ligeros, o sea, aliviados de las cargas terrenas; hacen llover palabras, truenan con las amenazas, iluminan con los ejemplos y vuelan al cielo con las alas de las virtudes. Y, sencillos como palomas, están delante de las ventanas, vigilando los cinco sentidos de su cuerpo, para que la muerte no entre en la casa de su conciencia. Oh Señor, si yo oyera una tal voz, gritaría como Adán: “ ¡oí tu voz y tuve miedo!” (Gen 3, 10). Esa voz no es de hombre, sino casi del Dios Altísimo. “Resuene, pues, tu voz en mis oídos: tu voz es dulce” (Cant 2, 14). “Por tal voz se estremecieron mis labios” (Ha 3, 16); “y tu voz era como un trueno en el torbellino” (Salm 76, 19).

    Pero, lamentablemente, no oigo la voz, sino mugidos y refunfuños. Por eso dice Isaías:

    “Hablarás desde la tierra; y tu palabra saldrá débilmente del polvo; tu voz saldrá de la tierra como la de una pitonisa (adivina); y tu palabra será un susurro desde el polvo” (29, 4). (Consulta el sermón del II domingo después de Pentecostés, parte II, sobre el evangelio: “Un hombre celebró un gran banquete”). Este susurro no es de Cristo, que grita. El no nos dijo cosas terrenas, sino celestiales: “El clamó como un león” (Is 21, 8).

    Pero, ¿dónde gritó? “En el desierto”. El desierto fue su cruz, en la cual fue abandonado, desnudo y coronado de espinas: allí gritó. Dice el profeta Amós: “Moab morirá entre grandes estrépitos, al sonido de la trompeta” (2, 2). Moab es el diablo, que pereció al sonido de la trompeta, o sea, de la predicación del Señor, y al sonido de su voz, cuando en la cruz gritó: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” (Lc 23, 46).

    Sigue diciendo Isaías: “He ahí que el dominador, el Señor de los ejércitos, quebrará el ánfora con el terror; y los árboles más altos serán talados y los más elevados abatidos; y los bosques de los valles serán cortados con el hierro y el Líbano caerá con sus altos cedros” (10, 33-34).

    El ánfora es la humanidad de Cristo, formada de tierra virgen y quebrada en la pasión. Y con esto aterrorizó a los demonios, los cuales, altos de estatura, fueron cortados por su poder; y los más elevados, o sea, los soberbios judíos, fueron humillados, o sea, abatidos, en castigo por la pasión de Cristo. Y los bosques de los valles, o sea, la Jerusalén terrena, llamada así por la multitud de su población, fue devastada con el hierro por Tito y Vespasiano; y el Líbano, o sea, el templo, se desplomó con los altos cedros, o sea, sus sacerdotes.

    6. “Preparen el camino del Señor” (Lc 3, 4). Dice Isaías: “En aquel tiempo fueron aliviadas las tierras de Zabulón y de Neftalí; en el último tiempo fue oprimido el camino del mar” (9, 1) (El sentido original es un tanto diverso). Esto es una especie de “triduo”, del que habla Moisés: “Avanzaremos en el desierto durante una caminata de tres días y ofreceremos un sacrificio al Señor, Dios nuestro” (Ex 3, 18).

    “En el primer tiempo”, o sea, en la infusión de la gracia, que al comienzo previno al pecador, “la tierra”, o sea, su mente, es aliviada de la carga del pecado mediante la contrición. Y entonces “es tierra de Zabulón”, que se interpreta “habitación de la fuerza”. En efecto, la gracia robustece con la fuerza de la constancia a aquel, en el cual ella habita.

    Dice Isaías: “El Señor fortalece al que está fatigado y acrecienta la fuerza del que no tiene vigor” (40, 29). “Esa tierra es aliviada” también en la confesión, cuando manifiesta el pecado y sus circunstancias; y entonces “es tierra de Neftalí”, que se interpreta “expansión”. La mente del pecador se expande en la confesión, como el Señor prometió a Jacob: “Te expandirás al oriente y al occidente, al septentrión y al mediodía” (28, 14). Considera que en la confesión el sacerdote debe proponer al pecador cuatro requisitos: dolerse y hacer penitencia de los pecados cometidos y de los pecados de omisión; cumplir la penitencia que se le impondrá; tener el firme propósito de no cometer pecados mortales en el futuro; y reparar el mal hecho al prójimo, perdonarlo de corazón y amarlo. Si está dispuesto a cumplir estos cuatro requisitos, debe imponerle la penitencia; diversamente, no. Cuando expresa su dolor y se arrepiente, entonces el pecador se dilata hacia el oriente, porque es iluminado por el sol de la justicia. Cuando quiere obedecer a la voluntad y a la voz del sacerdote, entonces se expande hacia el occidente, porque cae de sí mismo (de su soberbia), mientras se somete a otro. Cuando tiene el firme propósito de no recaer, entonces se expande hacia el septentrión o aquilón, en el cual se indica la tentación del diablo. Se expande hacia el aquilón aquel que resiste a los asaltos del diablo. “El enemigo que lucha valerosamente, te enseña a luchar valerosamente” (Ovidio). En fin, cuando promete amar al prójimo, entonces el pecador se expande hacia el mediodía, en el cual está simbolizado el ardor de la caridad. Si el pecador recorre estas dos etapas (contrición y confesión), podrá llegar también a la tercera, indicada en las palabras: “En el último tiempo fue oprimido”, o sea, profundamente contristado, “el camino del mar” (Is 9, 1).

    El camino del mar es la ejecución de la penitencia, que de veras es amarga. Dice Isaías: “Amarga es la bebida para quien la bebe” (24, 9). En los dos primeros momentos, o sea, con la contrición y la confesión, el alma se siente aliviada; en cambio, en el tercer momento, la carne está sometida a graves sufrimientos. Comenta Gregorio: “Es necesario que la carne, después de haber llegado a la culpa gozando, retorne al perdón sufriendo”.

    Este es el camino por el cual el Señor llega al alma. ¡Bienaventurado aquel que lo prepara de esta manera! “¡Mi corazón está dispuesto, oh Dios; dispuesto está mi corazón!” (Salm 56, 8).

    7. “Enderecen los senderos de nuestro Dios” (Lc 3, 4). Dice Isaías: “El camino del justo es derecho; derecho es el sendero del justo para caminar” (26, 7). Sendero se dice en latín semita, como medio camino (semis íter). Es un sendero toda orden religiosa, que se restringió y se delimitó con los votos de pobreza, castidad y obediencia.

    Dice Isaías: “El lecho es demasiado angosto, y otro caería; la manta demasiado corta no puede cubrir a los dos” (28, 20). El lecho es siempre la orden religiosa, que, si es bien angosta, como el sendero, sólo puede acoger al esposo de la castidad y al espíritu de obediencia, y rechaza al adúltero y al fornicador y el vicio de la desobediencia. Y la corta manta de la pobreza no puede cubrir a dos personas, o sea, al que quiere poseer y al pobrecillo de espíritu. “¿Qué acuerdo puede haber entre Cristo y Belial (el maligno)?” (2Cor 6, 15). ¿Qué acuerdo puede haber entre el pobrecillo y el propietario, que es como Belial entre los hijos de Dios? “Enderecen, pues, oh religiosos, los senderos de nuestro Dios”.

    8. Con esta primera parte del evangelio concuerda la primera parte de la epístola: “Los hombres deben considerarnos como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (1Cor 4, 1).

    E Isaías: “Ustedes serán llamados sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios” (61, 6). Ministros y administradores son los prelados y los predicadores, que administran la palabra de Dios y predican el bautismo de penitencia para la remisión de los pecados. De ellos sigue hablando Isaías: “¡Qué hermosos”, limpios del polvo del pecado, “sobre las montañas”, o sea, con las virtudes, “los pies del mensajero que anuncia la paz”, o sea, la reconciliación entre el pecador y Dios; “que anuncia el bien”, o sea, la infusión de la gracia; “que predica la salvación”, o sea, la bienaventuranza de la vida, “y que dice: “¡Oh Sión”, o sea, oh alma, “reinará en ti tu Dios, “ y no el pecado!” (52, 7).

    “Ahora bien, de los administradores se requiere que cada uno sea riel” (1Cor 4, 2). Del administrador fiel, así habla el Señor en Isaías: “En aquel día llamaré a mi siervo Eliaquím, hijo de Jilquías, y lo revestiré con tu túnica, y lo ceñiré con tu cinturón, y entregaré en sus manos tu poder: será como un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá” (22, 20-21).

    Eliaquím se interpreta “resurrección de Dios”, y es figura del fiel administrador de la iglesia, por el cual Dios resucita a penitencia al pecador. Este es hijo de Jilquías, o sea, de la justicia, que, revestido de la túnica de la misericordia y sostenido por el cinturón de la continencia, es como un padre para todos los fieles de la iglesia.

    ¿Dónde se puede hallar un administrador tan fiel? ¡Ay de mí! “¿Cómo se volvió meretriz la ciudad”, una vez, “tal fiel y tan llena de rectitud? La justicia moraba en ella; ¡y ahora no hay más que asesinos! Tu plata se volvió escoria, tu vino se mezcló con el agua. Tus jefes son infieles, cómplices de ladrones; todos aman el soborno y corren detrás de los regalos; no hacen justicia al huérfano, ni llega hasta ellos la causa de la viuda” (Is 1, 21-23).

    La plata, o sea, la elocuencia de los prelados y de los predicadores, se cambió en la escoria de la vanagloria. El vino de la predicación se mezcló con el agua de la adulación y del lucro temporal. Las demás palabras no necesitan explicaciones, porque son muy claras a los ojos de todos.

    Hermanos queridísimos, roguemos al Señor Jesucristo, para que haga descender sobre nosotros su palabra inspirada y nos purifique con el bautismo de la penitencia, para que podamos prepararle el camino y enderezar sus senderos. Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II - El valle de la humildad

    9. Todo valle será rellenado” (Lc 3, 5). Esto es lo que dice el Señor en Isaías: “¿A quién miraré sino al pobrecillo y al contrito de espíritu, que se estremece ante mis palabras?” (66, 2).

    El valle simboliza la humildad de la mente, de la que habla Jeremías: “Mira tu proceder en el valle” (2, 23), o sea, reconoce tus pecados con una doble humildad. La humildad muestra al hombre a sí mismo. Dice Isaías: “El Señor será conocido por Egipto, y los egipcios conocerán al Señor en aquel día” (19, 21). En aquel día, o sea, a la luz de la humildad, los egipcios, o sea, los soberbios envueltos en tinieblas, conocen al Señor, y viceversa; y así se conocerán también a sí mismos, Dice Agustín: “Señor, concédeme la gracia de conocerte y de conocerme”. Por eso Isaías, después de haber visto al Señor, se reprende, diciendo: “¡Ay de mí, que callé, porque soy un hombre de labios impuros!” (6, 5). Y el Señor dice a Ezequiel: “Hijo del hombre, muestra a la casa de Israel el templo”, o sea, a Jesucristo; “¡y que se avergüencen de sus iniquidades!” (43, 10).

    Pues bien, “todo valle será rellenado” con aquel grano de trigo, “que, caído a tierra, murió” (Jn 12, 24), y del que el Salmo dice: “Los valles abundarán de trigo” (64, 14).

    La bienaventurada María, por ser un valle, fue colmada; “y de su plenitud todos nosotros recibimos” (Jn 1, 16). Y el Salmo: “Nos llenaremos con la abundancia de tu casa” (35, 9). Sólo los humildes se llenarán con aquella abundancia, que el Señor prometió en el Levítico: “Les enviaré las lluvias a su debido tiempo, y la tierra producirá sus brotes, y las plantas se colmarán de frutos” (26, 3-4). El Señor envía las lluvias, cuando infunde la gracia de la compunción. Dice Isaías: “Caerá la lluvia sobre tu semilla, dondequiera tú siembres en la tierra” (30, 23); y ella producirá sus brotes. De la lluvia de la compunción brota el germen de la buena voluntad; y así las plantas, o sea, los sentidos del cuerpo, se llenarán de los frutos de las buenas obras.

    10. Con esto concuerda lo que Isaías dice a Ezequías: “Este año come lo que nace espontáneamente; y el próximo año aliméntate de fruta; en el tercer año siembren y cosechen, planten viñas y coman sus frutos” (37, 30).

    Observa que hay una triple situación de los buenos, simbolizada en estos tres años: los incipientes, los proficientes y los perfectos.

    Los incipientes, prevenidos por la gracia divina, infundida gratuitamente, comen lo que nace espontáneamente. Esto es lo que dijo el Señor en Oseas: “Yo los amaré gratuitamente” (14, 5). Ellos son sustentados por la gracia, únicamente por la benevolencia divina, y no por sus méritos anteriores. Comenta el bienaventurado Bernardo: “A veces no se experimentan la disposición oí la pura oración y una conveniente dulzura de los sentimientos; en cambio, las halla el que no pide, ni busca, ni llama, ni casi sabe, cuando la gracia lo previene. Cuando un espíritu inexperto y aún en los comienzos es introducido en esa disposición de oración que, de ordinario, sólo se concede como premio a la santidad y a los merecimientos de los perfectos, acontece como cuando los siervos son admitidos a la mesa de los hijos”.

    Símilmente, los proficientes, simbolizados en el segundo año, se alimentan con los frutos de las buenas obras, para que la buena voluntad, que sólo era un sentimiento, se traduzca también en la práctica de las obras.

    En cambio, los perfectos, simbolizados en el tercer año, rebosan de toda especie de plenitud, como dice el Salmo: “Tú coronas el año”, o sea, la vida perfecta de los justos, “con tu benevolencia; y tus campos rebosan de abundancia” (64, 12). Con razón se dice: “Todo valle será rellenado”.

    Este relleno está indicado en aquella “visita”, de la que habla el introito de la misa de hoy: “Acuérdate de nosotros, Señor, según tu benevolencia para con tu pueblo” (Salm 105, 4). También Isaías dice: “Mira desde el cielo y contempla, Señor, desde tu santa morada y desde el trono de tu gloria”. Y de nuevo: “No te irrites, Señor, hasta el exceso, ni te acuerdes para siempre de nuestras iniquidades. ¡Mira, Señor, que todos nosotros somos tu pueblo! (63, 15; y 64, 9). “Visítanos con tu salvación” (Salm 105, 4), o sea, con la venida de tu Hijo, para que los valles se llenen de trigo.

    11. “Todo monte y todo collado serán abajados” (Lc 3, 5). Esto es lo que dice también Isaías: “Tú soberbia fue precipitada al abismo y tu cadáver yace en tierra; debajo de ti está esparcida la polilla y tu manta serán los gusanos” (14, 11).

    Presta atención a estas dos palabras: el monte y el collado. El monte es la soberbia en el corazón, y el collado la soberbia en las obras. Aquella es peor que ésta.

    Dice Isaías: “Hemos oído la soberbia de Moab: es muy soberbio. Su soberbia, su arrogancia y su altanería superan su fuerza”. Y la Glosa interlineal comenta: “Se atreve más de lo que pueda”. “Por esto Moab aullará contra Moab, todos aullarán” (16, 6-7). O sea, en el infierno el soberbio aullará contra el soberbio y el lujurioso contra el lujurioso; y todos aullarán contra sí mismos.

    Siempre Isaías: “Los sátiros aullarán uno contra otro” (34, 14). De nuevo: “Doblegará a los que habitan en las alturas, humillará a la ciudad altiva, la humillará hasta la tierra, la derribará hasta el polvo. Será pisoteada bajo los pies” de los demonios “la soberbia corona de los ebrios de Efraím” (26, 5-6). Y otra vez: “Siéntate, calla y escóndete en las tinieblas, hija de los caldeos, porque ya no serás llamada “soberana de los reinos” (47, 5).

    Por eso “todo monte y todo collado serán abajados”.

    12. Otra consideración sobre la verdadera humildad. Dice Isaías, suspirando por el advenimiento de Cristo y previendo su humildad: “¡Ojalá rasgaras los cielos y descendieras! Delante de tu rostro, las montañas se disolverían como el fuego incendia un matorral; y las aguas hervirían por el fuego” (64, 1-2).

    Considera de cuán grande deseo arda el que anhela que los cielos se rasguen, para poder ver al invisible en la carne visible. ¡Se rasgue el cielo y descienda el Verbo; y delante de El se disuelva la soberbia de los montes!.

    “Delante de tu rostro”, o sea, a la presencia de tu humanidad, “los montes se disolverían”. ¿Quién podría ser todavía tan soberbio, tan arrogante y tan hinchado, si reflexionara seriamente sobre la majestad anonadada, sobre la potencia debilitada y la sabiduría balbuciente? ¿No se derretiría su corazón como la cera al sol y diría con el Profeta: “En tu verdad”, o sea, en tu Hijo humillado, oh Padre, “con razón me humillaste también a mí”? (Salm 118, 75).

    “Como el fuego incendia” el leño, el heno y los rastrojos, así los avaros serían consumidos. ¿Quién sería tan avaro, si reflexionara seriamente sobre el Hijo de Dios, envuelto en pañales, recostado en el pesebre, el que no “tuvo donde reclinar la cabeza”, sino en la cruz, donde “inclinó la cabeza y entregó el espíritu”?. ¿No renunciaría el avaro al amor de los bienes terrenos; y todo su dinero no quedaría reducido a ceniza, como paja al fuego? Y “las aguas”, o sea, los lujuriosos, que cada día con sus caídas se acercan al infierno, “¿no arderían del fuego” del Espíritu Santo, que seca las excrescencias de la lujuria e infunde la gracia de la continencia?

    13. “Los caminos tortuosos serán enderezados” (Lc 3, 5). Es lo que dice también Isaías: “Abandone el impío su camino”, o sea, su camino perverso; “y el malvado abandone sus pensamientos; y vuelvan al Señor y El les tendrá misericordia” (55, 7). Dice Jeremías: “Perverso e impenetrable es el corazón del hombre: ¿quién podrá conocerlo?” (17, 9). De esa perversidad dice Isaías: “Se fue errante”, o sea, fuera de sí, como Caín, al que fue dicho: “Andarás por la tierra errante y vagabundo” (Gen 4, 12); “errante por el camino”, o sea, en la perversa actividad “de su corazón” (57, 17).

    El corazón perverso se vuelve recto, cuando se verifica lo que dice Isaías: “¡Rebeldes, vuelvan a su corazón!” (46, 8); o sea, vuelvan a la razón, los que vivieron como bestias. Y de nuevo: “¡Hijos de Israel, vuelvan a aquel contra quien se rebelaron profundamente!” (31, 6). Y sigue Isaías: “¡Si buscan, busquen nomás; conviértanse y vengan!” (21, 12); o sea, “si buscan” mi ayuda en la adversidad, “búsquenla” también en la prosperidad. “Conviértanse a mí” de corazón, “y vengan” a mí con las obras.

    “Y los caminos escabrosos serán allanados” (Lc 3, 5). Esto es lo que dijo también Isaías: “Ellos se apacentarán a lo largo de los caminos y hallarán sus pastizales en todos los lugares llanos. No tendrán hambre ni sufrirán sed; no los golpearán ni la sequedad ni el sol, porque el que se compadece de ellos, los guiará y los abrevará en las fuentes de agua” (49, 9-10).

    Los lugares escabrosos son los corazones de los arrogantes, y se cambian en caminos llanos, cuando esos corazones se vuelven sensibles y mansos. Y esto es lo que se lee en el cuarto libro de los Reyes, donde dice Isaías: “Traigan un emplasto de higos. Cuando lo trajeron y lo pusieron sobre la herida de Ezequías, éste se curó” (4 R 20, 7). La llaga en el cuerpo simboliza la crueldad en el espíritu; y el emplasto de higos, la mansedumbre, la dulzura y la afabilidad, que curan la llaga de la crueldad. Se lee en los Proverbios: “Con la paciencia se calma el príncipe, y la lengua blanda quebranta las cosas más duras” (25, 15).

    “Y toda carne verá la salvación de Dios” (Lc 3, 5); o sea, todo hombre, en el juicio final, verá a Jesucristo. Los impíos, para su confusión, “verán a aquel a quien traspasaron” (Jn 19, 37). Dice Isaías: “En la tierra de los santos obró la iniquidad; y por eso no verá la gloria de Dios” (26, 10). Los Setenta (traductores de la Biblia hebrea al griego) dan otra versión: “El impío sea alejado, para que no vea la gloria de Dios”. En cambio, los justos, como dice Isaías, “verán con sus ojos, cuando el Señor haga volver a Sión” (52, 8).

    14. Con esta segunda parte concuerda la segunda parte de la epístola: “No juzguen nada antes del tiempo” (1Cor 4, 5). Contra los que juzgan, dice Isaías: “¡Ay de ustedes, que llaman bien al mal y mal al bien; que cambian las tinieblas en luz y luz en las tinieblas; que tornan dulce lo amargo y amargo lo dulce!” (5, 20).

    “Hasta que venga el Señor”. Dice Isaías: “¡Miren! El Señor llega con poder, y su brazo le asegura el dominio. El trae consigo la merced”, o sea, la retribución para todos; “y sus trofeos”, o sea, la cruz y los instrumentos de la pasión, con la que “obró la salvación en toda la tierra” (Salm 73, 12), “lo preceden” (40, 10), para confusión de los réprobos.

    “El Señor pondrá en luz los secretos de las tinieblas”. Dice Isaías: “La luz de Israel se convertirá en un fuego, y su Santo en una llama” (10, 17): luz para iluminar; en el fuego, para aquilatar; en llama, para quemar.

    “Y manifestará las intenciones de los corazones” (1Cor 4, 5). Esto es lo que dijo Isaías: “Ya que las hijas de Sión son tan soberbias” -aquí está indicada la soberbia del corazón-; “y avanzan con cuello erguido” -he ahí la arrogancia en la conducta-; “y guiñan con los ojos” -y aquí está indicada la lascivia-; “y andan danzando y mueven sus pies con paso estudiado” -he ahí la frivolidad y la inconstancia-; por esto, en el día del juicio, “el Señor hará calvos los vértices de las cabezas de las hijas de Sión” -porque lo que está escondido, será manifestado y así se verá su vergonzosa calvicie-; “y el Señor las desnudará de sus cabelleras” (Is 3, 16-17); o sea, descubrirá sus pensamientos y sus proyectos. Y ésta será la ignominia de los impíos. Pero cuando “toda carne (todo hombre) verá la salvación de Dios” (Lc 3, 6), “entonces cada justo tendrá su alabanza de Dios” (1Cor 4, 5). E Isaías: “¡Digan al justo, que le irá bien!” (3, 10). Como no es posible expresar cómo serán la alabanza y la gloria de los santos, Isaías no dice cuánta y cómo será, sino sólo:” ¡Bien!”.

    Roguemos, pues, hermanos queridísimos, al Señor Jesucristo, que abaje los montes, enderece los caminos tortuosos, allane las cosas ásperas, para que podamos llegar a aquel “Bien, que ningún ojo vio”, porque está escondido, “ni oído oyó”, porque es silencioso, “ni entró en corazón de hombre”, porque es incomprensible.

    Dígnese concedérnoslo aquel Jesús que en su primera venida fue humilde, que será terrible en la segunda, y que será amable y suave, deseable y bendito por los siglos eternos.

    Y toda alma humilde diga: “¡Amén! ¡Aleluya!”.

    Cita bíblica