Pestañas abiertas

1 abierta

    Fiesta de Pentecostés (II)

    1. “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho” (Jn 14,

    26). Exordio.- El Espíritu Santo Consolador

    2. “Paráclito” es una palabra griega que significa “consolador”. El Espíritu Santo es llamado “consolador”, porque consuela a los que llenó de sí, para que, abandonadas las cosas de este mundo, gocen de eterna alegría. Dice Isaías: “El Señor consolará a Sión y consolará (restaurará) todas sus ruinas. De su desierto hará un lugar de delicias y de su estepa, un jardín del Señor. Habrá en ella júbilo y gozo, cantos de agradecimiento y de alabanza” (51, Vamos a explicar este pasaje ante todo en sentido moral y después en sentido anagógico, o sea, místico.

    3. Sentido moral. Sión, que se interpreta “escollo” o “exploración”, es el alma del justo, la cual, estando en el cuerpo como el escollo en medio del mar, sufre los oleajes de las diversas tentaciones, pero no cede ni se mueve, sino que explora dentro de si y por encima de sí. “Señor, dame la gracia de conocerte a ti y de conocerme a mí”, dice Agustín. El Espíritu Santo consuela a Sión:

    “¡Bienaventurados los que lloran porque serán consolados!” (Mt 5, 5); e Isaías: “Consolaré a todos los que lloran, y llenaré de gozo a todos los que lloran en Sión” (61, 2-3).

    Llorar se dice en latín lugere, que suena casi como luce égere, carecer de luz. Al que sabe renunciar a la luz de la gloria mundana, el Espíritu Santo lo llena con el consuelo de su gracia.

    “Restaurará todas las ruinas”. He aquí lo que dice el Señor: “El que deja casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o campos por mi nombre, recibirá cien veces más” (Mt 19, 29); o sea, recibirá virtudes y dones espirituales, que son como el céntuplo, si los comparamos con los bienes temporales y carnales. Cuando éstos se desploman, aquéllos renacen; se desploma el soberbio y renace el humilde; se desploma el lujurioso y renace el casto; y así de las demás virtudes.

    “De su desierto hará un lugar de delicias”. Desierto significa “lugar abandonado”, y es figura del corazón del justo que, no gozando de los consuelos de este mundo, es deleitado con la gracia del Espíritu Santo. ¿Qué deleites podría nombrar, sino la dulzura de la contemplación, la devoción de la mente y la operosa compasión hacia el prójimo? “Y hará de su estepa”, o sea, de su pobreza, “un jardín del Señor”. Dice la esposa del Cantar: “Mi amado desciende a su jardín” (6, 1). Dice Bernardo. “En el cielo había abundancia de todos los bienes: sólo faltaba la pobreza. En la tierra esta “mercadería”, o sea, la pobreza, abundaba, pero el hombre desconocía su valor. El Hijo de Dios vino a buscarla y con su aprecio la hizo preciosa”. Y en Sión “habrá gozo” por el pecado perdonado, “alegría” por la iluminación de la conciencia, “acción de gracias” por los beneficios temporales, y “cantos de alabanza” por los bienes espirituales.

    4. Sentido místico. observa que en el citado pasaje de Isaías por dos veces se usa la palabra “consolará”; y es a motivo de la doble consolación que el justo recibirá en la resurrección final, o sea, la estola del alma y la del cuerpo.

    Se lee en los Proverbios: “Todos los de su casa tienen vestidura doble” (31, 2 1); e Isaías: “En lugar de la doble confusión y de la doble vergüenza que padecieron, rendirán gracias por la porción que les fue dada; por eso poseerán el doble en su tierra y tendrán una alegría perenne” (61, 7).

    Se dice “doble” lo que está compuesto de dos partes. Consolará el alma y consolará también el cuerpo, porque restaurará todas sus ruinas. El Señor por boca de Amós promete: “En aquel día yo levantaré la tienda caída de David; repararé las brechas de sus muros y restauraré lo que se había desplomado” (9, 11).

    La tienda de David, o sea, el cuerpo del justo, que cayó con la muerte, el Señor lo resucitará en aquel día, o sea, en la resurrección final; y entonces reparará las brechas de sus muros, o sea, los sufrimientos de sus miembros, para que ya no haya en ellos padecimiento alguno.

    Y porque no existe verdadera resurrección, si no se levanta lo que había caído, añade: “Y restauraré lo que se había desplomado”. Dice Job: “Con esta mi carne veré a Dios, mi Salvador” (19, 26).

    Y porque aquí abajo el justo fue “desierto” en el recogimiento de su espíritu, y “soledad” por la pobreza de su cuerpo, allá arriba su alma será deleitada con el gozo de la sabiduría, con la que se sacian los ángeles; y su cuerpo, como jardín del Señor, será regado por los cuatro ríos del paraíso, o sea, será dotado de las cuatro prerrogativas de los cuerpos gloriosos.

    Y en relación a esas propiedades, que serán como la estola, o sea, el vestido del cuerpo glorificado, habrá en el alma “el júbilo” por la luminosidad, “la alegría” por la agilidad, “la acción de gracias” por la sutileza e “himnos de alabanza” por la impasibilidad.

    ¡Bienaventurado el hombre que merecerá ser consolado por el Paráclito con esta doble consolación!

    I Sermón sobre el sentido literal del evangelio de esta fiesta

    5. “El Paráclito, el Espíritu Santo”. Este Espíritu es aquel que el Padre y el Hijo infunden en el corazón de los santos; y es aquel que los santifica, para que ellos merezcan ser santos. Como el espíritu humano es la vida de los cuerpos, as! este Espíritu divino es la vida de los espíritus. El espíritu humano es vida sensificante, que torna sensible; el Espíritu Santo es vida santificante. Y es llamado Espíritu Santo, porque sin El ningún espíritu, ni angélico ni humano, llega a ser santo. “El Espíritu, que el Padre enviará en mi nombre”, o sea, para mi gloria, para manifestar mi gloria, o también porque tiene el mismo nombre del Hijo, o sea, es Dios.

    Y añade: “El me glorificará” (Jn 16, 14), porque, “haciéndolos espirituales, proclamará en qué modo el Hijo es igual al Padre, ese Hijo que los discípulos sólo habían conocido en la carne, como hombre (2Cor 5, 16); o también: El los liberará de todo temor y los hará capaces de anunciar a todo el mundo mi gloria, que no será de provecho para mi, sino para los hombres” (Glosa).

    “El les enseñará todas las cosas”. Dice Joel: “Hijos de Sión, canten de júbilo al Señor su Dios, porque les dio al maestro de la justicia” (2, 23), que los instruirá para que conozcan todo lo que tiene relación con la salvación.

    Y poco antes, el Señor habla prometido: “He aquí, yo les enviaré trigo, vino y aceite, y los tendrán en abundancia” (2, 19). El Espíritu Santo está simbolizado en el trigo, porque sostiene al que camina hacia la patria, “para que no desfallezca en el camino” (Mt 15, 22); está simbolizado en el vino, porque alegra en las tribulaciones; está simbolizado en el aceite, porque suaviza las cosas ásperas.

    Estas tres acciones del Espíritu eran muy necesarias a los apóstoles, que debían ir a predicar por todo el mundo; y por esto, como hoy, el Señor les envió al Espíritu Santo, que les infundió estos tres dones, de los que ellos estuvieron llenos”. Por eso se canta: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”, para que en ellos no pudiera entrar el espíritu del mundo. Un vaso colmado no puede recibir ninguna otra cosa.

    “Y les recordará todas las cosas”, o sea, les comunicará, o les traerá a la memoria “todo lo que yo les había dicho”. Los instruirá, para que sepan, y les sugerirá, para que quieran.

    He aquí, pues, que el Espíritu Santo nos da el saber y el querer; de parte nuestra, debemos poner, en lo posible, todo nuestro esfuerzo (de colaboración); y así seremos templos del mismo Espíritu Santo. Nos lo envíe también a nosotros el Hijo, que es Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    II Sermón alegórico

    6. “Un río de fuego salía veloz delante del Antiguo de los días” (Dan 7, 10). Algo semejante se lee en Isaías: “Yo derramaré agua sobre el sediento y ríos sobre la tierra árida. infundiré mi Espíritu sobre tu descendencia y mi bendición sobre tu posteridad” (44, 3). La misma cosa proclamó Pedro en Jerusalén, después de la venida del Espíritu Santo: “Derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y sus hijos y sus hijas profetizarán” (Hech 2, 17). El río es el curso perenne de las aguas, llamado así por su continuo fluir. La misma agua es corriente, y el río es el curso de la misma agua (Isidoro). El río es la gracia del Espíritu Santo, que hoy regó con abundancia el corazón de los apóstoles, los sació y los purificó. “Derramaré sobre ustedes agua pura, y serán purificados de todas sus inmundicias” (Ez 36, 25).

    Este río es llamado “de fuego”. ¿Y qué es el Espíritu Santo sino fuego divino? Lo que el fuego material obra en el hierro, obra también este fuego en un corazón malvado, frío y endurecido. Con la infusión de este fuego, el alma del hombre aparta de sí toda suciedad, insensibilidad y dureza, y se transforma en una semejanza de aquel que la abrasó. Para este fin le es dado, para este fin le es infundido: para que, cuanto sea posible, le sea conforme. Gracias al abrasamiento del fuego divino, el hombre se vuelve totalmente incandescente, arde todo y se derrite en el amor de Dios, según lo que dice el Apóstol: “El amor de Dios fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rom 5, 5). Considera que el fuego, cuando quema las cosas altas las abaja, y aglutina las cosas divididas como el hierro al hierro, clarifica las cosas oscuras, penetra las cosas duras, está siempre en movimiento, dirige sus movimientos y sus impulsos hacia lo alto y huye de la tierra; e implica en su acción (de quemar) todas las cosas que embiste.

    Estas siete propiedades del fuego se pueden aplicar a los siete dones del Espíritu Santo, el cual con el don del temor abaja las cosas altas, o sea, humilla a los soberbios; con el don de la piedad aglutina las cosas divididas, o sea, los corazones desavenidos; con el don de la ciencia hace claras las cosas oscuras; con el de la fortaleza penetra en los corazones endurecidos; con el don del consuelo está siempre en movimiento, porque aquel que recibió la inspiración, ya no languidece en el ocio, sino que se mueve con fervor para procurar su salvación y la del prójimo: “La gracia del Espíritu Santo no conoce dilaciones” (Ambrosio). Con el don de la inteligencia influye en todos los sentimientos, porque con su inspiración da al hombre la capacidad de comprender, en latín, intelligere, intus legere, leer dentro, leer en el corazón, para buscar las cosas celestiales y huir de las terrenales; en fin, con el don de la sabiduría transforma la mente, en la que se infunde, según su propia operación, haciéndola capaz de gustar las cosas del espíritu. Dice el Eclesiástico: “He llenado mi morada con una nube perfumada” (24, 21).

    La mente del justo, en la cual tiene su morada el Espíritu Santo, exhala fragancias como un vaso o como una habitación en la que se colocan esencias aromáticas.

    La gracia del Espíritu Santo es Ramada “río de fuego”: río, porque apaga la sed de las cosas temporales y lava las inmundicias de los pecados; de fuego, porque inflama para amar e ilumina para conocer. Por esto se dice que hoy se apareció a los apóstoles en lenguas de fuego, porque los hizo elocuentes y ardientes: ardían de amor a Dios y con su palabra iluminaban al prójimo.

    7. “El río corría rápido”. Y los Hechos de los Apóstoles: “De repente vino del cielo un estruendo, como de una vehemente ráfaga de viento:

    vehemente, o sea, que lleva en alto la mente (en latín, véhit méntem), o elimina el eterno “ay” (en latín, vae), o amenaza. “El ímpetu del río alegra la ciudad de Dios” (Salm 45, 5), porque “llenó toda la casa donde ellos estaban” (Hech 2, 2). Hemos visto la dirección del río; ahora vamos a ver de dónde haya brotado: “Salía de la cara del Antiguo de los días”.

    Antiguo es como decir “antes que Cristo dice de sí: “Antes que Abraham existiera, yo soy” (Jn 8, 58). El es, pues, “el Antiguo de días”, porque es el Principio sin principio, “el sin tiempo” que forma los tiempos y los gobierna; El reina como Dios en todas partes, de cuya cara hoy salió el río de fuego. La cara es llamada así, porque hace conocer (en latín facies, facit scire). Por medio del Hijo conocemos al Padre, y por medio del Espíritu Santo conocemos al Hijo. “Cuando venga el Paráclito, dará testimonio de mí” (Jn 15,26).

    Roguemos, pues, con devoción al Hijo, para que nos envíe al Paráclito, el Consolador, por medio del cual podamos conocerlo y amarlo, de manera que merezcamos llegar a El.

    Dígnese concedérnoslo aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    III. - Sermón moral

    8. “Un río de fuego salía rápido de la cara del Antiguo de los días”. Algo semejante se lee en Isaías: “Cuando El venga será como un río impetuoso, que el Espíritu del Señor empuja” (59, 19).

    El río simboliza las corrientes de las lágrimas, que el espíritu de contrición compele a derramar. Se lee en el Éxodo: “Moisés con la vara golpeó la roca, y de ella salió agua” (17, 6). La roca es el corazón endurecido, del que, si se golpea con la vara de la contrición, saldrá el agua de las lágrimas. Punza el ojo y brotarán lágrimas; punza el corazón y brotará la sabiduría.

    Y este río es llamado “de fuego”, o sea, hirviente. Se lee en el Génesis: “Este es Aná, que halló en el desierto aguas termales, mientras apacentaba las asnas de su padre Zibeón” ( 36, 24).

    Aná, que se interpreta “vuelto grato”, es el penitente que la gracia divina, gratuitamente otorgada, volvió grato a Dios. Este halló las aguas, o sea, las lágrimas ardientes, que expulsan el frío de la maldad, no en la ciudad ni en el tumulto de los negocios seglares, sino en el desierto, en la soledad del cuerpo y de la mente.

    El niño goza, cuando la madre lo zambulle en el agua tibia para lavarlo. Así el justo, que es un niño con respecto a la malicia, goza cuando la gracia, como una madre, lo lava en las lágrimas. “Lávame y seré más blanco que la nieve” (Salm 50,9). Y halla estas aguas, mientras busca las asnas, o sea, cuando con el flagelo de la disciplina castiga en si mismo la lentitud y los retardos propios de los asnos, y se esfuerza por alcanzar los pastos eternos. o también: las asnas son las almas fieles, que se dicen pertenecer a Zibeón, que se interpreta “está en el dolor”. En Zibeón está representado Cristo, padre del justo, que, por asumir nuestra naturaleza, estuvo en el dolor, porque, como dice el Apóstol, “con lágrimas y grandes clamores ofreció oraciones y súplicas” (Heb 5, 7). El justo, mientras apacienta con las palabras y con el ejemplo a los fieles de cristo, halla las lágrimas en la soledad de su mente, porque, compartiendo los sufrimientos del prójimo, le nace la compunción de las lágrimas. Dice Job: “Lloraba con quien estaba en la aflicción, y mi alma compartía los sufrimientos del pobre” (30, 25). La compunción de las lágrimas, pues, es llamada “río de fuego”, porque purifica y calienta. Dice el proverbio: “Derrama cálidas lágrimas, el que llora desde lo profundo del corazón”. Porque en el corazón de la Magdalena grande era el fuego del amor, ella prodigó lágrimas ardientes: “ Comenzó a bañar con lágrimas sus pies” (Lc 7, 38). De veras sus lágrimas fueron un vortiginoso río de fuego, porque destruyeron todos sus pecados. “Le son perdonados sus muchos pecados -dijo Jesús-, porque amó mucho” (Lc 7, 47).

    9. “Río rápido”. Dice Job: “Gimo y suspiro antes de comer, y mis gemidos son como aguas desbordantes” (3, 24).

    Como un río rápido y vortiginoso o como las aguas desbordantes arrollan los obstáculos, así los gemidos y las lágrimas de la penitencia arrollan todo obstáculo de tentaciones. Y como al rugido del león, todos los demás animales sujetan el paso; así también los demonios se detienen ante el rugido del penitente.

    Y siempre en Job se lee: “Nadie se atrevía a dirigirle la palabra, porque veían que su dolor era muy grande” (2, 13).

    Las tentaciones y las sugestiones de los demonios cesan, cuando en el penitente se manifiesta un dolor muy fuerte. Y este dolor debe tener la prioridad, para que luego pueda nutrirse, o sea, gozar del reposo y de la tranquilidad de la conciencia.

    Este río sale del rostro de Cristo, que viene a juzgar y a dar a cada uno según sus obras(Mt 16, 27). El hombre debe considerar la ira formidable de aquel terrible juez, delante del cual “las potencias del cielo se estremecerán” (Lc 21, 26) y “las columnas del cielo temblarán” (Job 26, 11), cuando dirán a los montes y a las piedras: “ ¡Caigan sobre nosotros y ocúltennos de la cara de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero! “ (Ap 6, 16). Ese Cordero permaneció mudo delante de quien lo esquilaba y golpeaba; y su rostro, que fue ensuciado por los esputos, entumecido por las bofetadas, pálido en la hora de la muerte, en el día del juicio será terrible, lleno de indignación e inflexible.

    Entonces, ¿quién se atreverá a mirar aquel rostro?. Si Ester -como se lee en su historia-, al ver el rostro de Asuero, esplendente de majestad, se desmayó y cayó casi exánime (15, 17-18), ¿qué hará el hombre, cuando, en el último juicio, vea el rostro del justo juez, tan terrible y tan austero? “Habiendo Asuero alzado el rostro y manifestando con el fuego de su mirada el furor de su pecho, la reina se desmayó, mudó su colorido en palidez y replegó su cansada cabeza sobre la criada” (15, 10).

    Cuando uno reflexiona seriamente en su interior sobre todas estas cosas, se siente sacudido por el miedo, lleno de aflicción y bañado en lágrimas. Y así un impetuoso río de fuego sale del rostro de Cristo.

    Concluye Isaías: “Delante de tu rostro, Señor, hemos concebido y dado a luz el espíritu de la salvación” (26, 17-18), o sea, el espíritu de compunción bañado en lágrimas, Dígnese concedérnoslo también a nosotros Aquel, que es el Dios bendito por los siglos. ¡Amén! ¡Así sea!

    Cita bíblica